Tema 68. Organizaci�n econ�mica y mundo del trabajo. La inflaci�n, el desempleo y la pol�tica monetaria
1. La organizaci�n econ�mica general
Tradicionalmente, la econom�a se viene dividiendo es tres sectores de actividad: el primario, que obtiene las materias prima, el secundario que se dedica a la transformaci�n de las materias primas, y el terciario que se dedica a los servicios.
Las actividades m�s representativas del sector primario son: la agricultura, la ganader�a, la pesca, la miner�a y la silvicultura.
Hasta la revoluci�n industrial este fue el sector m�s desarrollado, el que creaba m�s riqueza y el que empleaba m�s fuerza de trabajo, los m�todos de producci�n necesitaban mucha mano de obra. En general, se trataba de una agricultura de subsistencia, en la que se consum�a todo lo que se produc�a. La miner�a era un sector importante que alimentaba las herrer�as, y estas ofrec�an sus productos a los campesinos.
La revoluci�n industrial y la aplicaci�n a las tareas del campo de m�quinas redujo la necesidad de tanta fuerza de trabajo. Tambi�n permiti� el incremento de la productividad, con lo que se acumularon grandes capitales gracias al aumento de los beneficios. Los capitales, la fuerza de trabajo y las mercanc�as excedentes se invirtieron en la industria, lo que permiti� el desarrollo del sector secundario.
La industria proporciona insumos, que son empleados en la agricultura, la miner�a y todo el sector primario, en un proceso de retroalimentaci�n.
El segundo aumento de la productividad en la agricultura y ganader�a fue la revoluci�n verde. La revoluci�n verde es un proceso en el que se emplean, masivamente, los avances cient�ficos y tecnol�gicos que se producen en la industria, aplicados a la agricultura, y que se desarrolla principalmente tras la segunda guerra mundial. Utilizaci�n de semillas VAR (variedad de alto rendimiento), pesticidas, selecci�n de especies, etc. Cada vez es m�s importante la investigaci�n en ingenier�a gen�tica de las especies alimenticias. Pero, tambi�n, es importante la investigaci�n de los recursos m�s productivos aut�ctonos, la agricultura biol�gica, que pretende utilizar el menor n�mero de insumos posible, aprovechando la capacidad de la naturaleza para producir. Tambi�n en el ganado ha entrado la revoluci�n verde, con la administraci�n de hormonas y la selecci�n gen�tica.
La revoluci�n verde permite una mayor reducci�n de la mano de obra empleada en las tareas agr�colas y un aumento de la productividad de la tierra, lo que genera un exceso de trabajadores, los cuales deben ocuparse en otros sectores, o acaban en el paro. Adem�s, gracias a este incremento de la productividad los precios unitarios de los productos agr�colas descienden.
En los pa�ses desarrollados esta agricultura necesita ayudas a la inversi�n, para renovar el equipo y adecuar el tama�o de las explotaciones a las nuevas necesidades productivas.
Los pa�ses desarrollados son autosuficientes en los productos b�sicos de su dieta y s�lo acuden a los bienes del Tercer Mundo cuando son art�culos de lujo, o netamente m�s baratos.
El GATT es el organismo que vela por la libre competencia y el libre comercio internacional. La Ronda Uruguay del GATT celebrada en 1994 permite la liberalizaci�n del comercio de los productos agr�colas. Como el comercio de estos productos est� en manos de los pa�ses desarrollados son estos los m�s favorecidos por la liberalizaci�n. El 1 de enero de 1995 fue sustituido por la OMC (Organizaci�n Mundial del Comercio).
En los pa�ses desarrollados el sector primario ocupa cada vez a menos poblaci�n activa y tiene un peso menor en el PIB, pero en los subdesarrollados a�n tiene mucha importancia, tanto desde el punto de vista econ�mico como en lo que a ocupaci�n de la poblaci�n se refiere. En Espa�a el sector emplea a una media del 10% de la poblaci�n activa, aproximadamente.
El sector secundario abarca a la industria y a todas las actividades de transformaci�n de la materia prima en un bien de equipo o consumo.
La industria tiene su despegue durante los siglos XVIII y XIX en el per�odo conocido como revoluci�n industrial. El despegue industrial se debe, principalmente, a la utilizaci�n de la tecnolog�a en las tareas del trabajo. Esto es posible gracias al trasvase de capitales, fuerza de trabajo y mercanc�as desde el sector primario, la agricultura principalmente, al sector secundario.
El sector industrial se caracteriza por la concentraci�n geogr�fica de la producci�n, buscando ventajas comparativas y de localizaci�n, y la de la poblaci�n. Surgen, as�, las grandes ciudades y las regiones industriales, y tambi�n las regiones especializadas en determinados productos. Ni las ciudades, ni las regiones especializadas son autosuficientes para producir todo lo que necesitan. Aparece, de este modo, la necesidad de crear mercados m�s amplios, de �mbito nacional o internacional, en los que comprar y vender. En este proceso el transporte va a tener un papel fundamental, que no s�lo impulsa la industria, sino que adem�s es uno de sus principales consumidores. Con la creaci�n de mercados nacionales e internacionales caen las barreras aduaneras, el proteccionismo econ�mico s�lo aparecer� en caso de crisis, y se reducir�n los precios unitarios del transporte.
El sector industrial es el m�s contribuye al PIB y el que m�s fuerza de trabajo emplea hasta la segunda guerra mundial, tras la que empieza a perder importancia a favor de los servicios.
Se distinguen tres tipos b�sicos de industria: la industria pesada, la industria de equipo y la industria ligera. En sentido estricto, una industria pesada es aquella que trata grandes cantidades de productos brutos, pesados, para transformarlos en productos semielaborados. En realidad, estos art�culos son en su mayor�a bienes de equipo, por lo que se considera como industria pesada a las de primera elaboraci�n y como industrias de equipo a las que emplean productos semielaborados. La industria ligera es la que produce bienes de uso y consumo particular. Para ello utiliza materias primas y productos semielaborados. Aunque la industria alimentaria moviliza grandes cantidades de mercanc�a, el destino de estos art�culos es el mercado al por menor.
Las nuevas tecnolog�as tambi�n han hecho aumentar la productividad en la industria. Los robots y las tareas automatizadas permiten realizar el mismo trabajo con menos obreros y en menos tiempo. Las nuevas tecnolog�as crean nuevas industrias pero en menor proporci�n que los puestos de trabajo que se destruyen. El exceso de trabajadores, capitales y mercanc�as se invierten en el sector servicios, que tiene un incremento espectacular.
En 1973 la crisis del petr�leo paraliz� buena parte de las inversiones y produjo un espectacular aumento del paro en los pa�ses desarrollados.
En Espa�a el sector secundario ocupa a un 30% de la poblaci�n activa. Aunque esta cifra se mantiene desde hace a�os ese 30% cada vez trabajan en menos empresas y con una productividad mayor, por lo que su contribuci�n al PIB ha aumentado.
El sector terciario se dedica, sobre todo, a ofrecer servicios a la sociedad, a las personas y a las empresas. Lo cual significa una gama muy amplia de actividades que est� en constante aumento. Esta heterogeneidad abarca desde la tienda de la esquina, hasta las altas finanzas o el Estado. Es un sector que no produce bienes, pero que es fundamental en una sociedad capitalista desarrollada. Su labor consiste en proporcionar a la poblaci�n todos los productos que fabrica la industria, obtiene la agricultura e incluso el propio sector servicios. Gracias a ellos tenemos tiempo para realizar las m�ltiples tareas que exige la vida en la sociedad capitalista de consumo de masas: producir, consumir y ocupar el tiempo de ocio.
El sector servicios aumenta progresivamente con el desarrollo de la sociedad capitalista. Durante el Antiguo R�gimen era muy escaso, reduci�ndose a las ferias locales, la Administraci�n del Estado y poco m�s. Comienza a aumentar con los inicios de la revoluci�n industrial, y con la concentraci�n de la poblaci�n en las ciudades, que hace aparecer en ellas las tiendas permanentes, los servicios bancarios, etc. Adem�s, la Administraci�n del Estado se vuelve m�s compleja. Se tiende a mejorar la gesti�n y distribuci�n de los bienes, pero el aumento espectacular se da tras la segunda guerra mundial y el desarrollo del Estado del bienestar. Actualmente es el sector que m�s contribuye al PIB y el que m�s poblaci�n activa ocupa, llegando hasta el 90% en pa�ses peque�os y ricos, como Luxemburgo o B�lgica.
Esta inflaci�n de servicios se debe a la producci�n de bienes de consumo por parte de la industria y a la inversi�n en servicios. Durante los a�os 80 y 90 tambi�n se ha producido un aumento espectacular de la productividad en los servicios, gracias a las nuevas tecnolog�as, y sobre todo a la inform�tica. El exceso de capitales, fuerza de trabajo y mercanc�as producido, no se puede transferir a otros sectores, lo que implica un aumento del paro espectacular, y estructural, y una inflaci�n de los servicios, �nico sector con capacidad de crecer a corto plazo.
El sector servicios emplea en Espa�a a un 60% de la poblaci�n activa, y gran parte de ella en el subsector del turismo y la Administraci�n.
Pero tener unos porcentajes altos de poblaci�n activa en el sector servicios no es exclusivo de los pa�ses ricos, sino que tambi�n en el Tercer Mundo hay esos mismos �ndices de trabajadores en este sector. La diferencia est� en que en el Tercer Mundo no hay industria que sostenga el desarrollo de los servicios, y la mayor�a de ellos son servicios personales, dom�sticos o actividades sumergidas. Es la existencia de grandes ciudades en los pa�ses subdesarrollados lo que propicia esta situaci�n, junto a las grandes desigualdades sociales.
La estructura del consumo depende del nivel de renta del que disponga una familia y de la oferta del mercado. En el Antiguo R�gimen la econom�a de subsistencia implicaba que cada familia produc�a, en la medida de lo posible, aquello que consum�a, y compraba en el mercado lo que no pod�a producir. Los art�culos consumidos eran productos agr�colas, vestidos, aperos de labranza, menaje y �tiles de primera necesidad. El mercado de lujo y de juguetes era excepcional. Los productos se adquir�an, normalmente, en los mercados itinerantes y estacionales.
La primera revoluci�n industrial no cambia en exceso las cosas, ya que los bienes producidos por las f�bricas son mayoritariamente bienes de equipo, que son consumidos por la propia industria y el transporte: tractores, ferrocarriles, m�quinas, etc. Sin embargo, el consumo de bienes de primera necesidad s� cambia. Contin�an siendo el mismo tipo de art�culos, pero ahora se compran en las tiendas permanentes que aparecen en las ciudades.
La burgues�a cambia sus h�bitos de consumo en mayor medida. Dedica un menor porcentaje de sus ingresos a la alimentaci�n y la vivienda, y m�s al ocio y los gustos ostentosos y suntuarios.
El cambio radical que suponen la creaci�n de mercados nacionales e internacionales, permite que determinadas zonas se especialicen en un producto, buscando ventajas comparativas; lo que implica que son necesarios los transportes y los mercados permanentes. Ya no es posible abastecerse de todo en el entorno inmediato.
Tras la gran crisis de finales del siglo XIX la industria comienza ha producir bienes de consumo, y los productos financieros, como el cr�dito, se populariza, empezando una fiebre consumista por parte de la burgues�a y la peque�a burgues�a que hace creer espectacularmente la econom�a. Este sistema entra en crisis en 1929 de una manera tr�gica, haciendo aumentar el paro y disminuyendo el consumo. De esta crisis se sale tras la segunda guerra mundial gracias al gasto p�blico y al aumento del gasto privado. Aparece, as�, la sociedad de consumo de masas, como instrumento imprescindible para sostener el sistema econ�mico capitalista. Los objetos de consumo se abaratan, se diversifican y aumentan las rentas nominales. Este incremento de las rentas supone que se dedique un menor porcentaje a la alimentaci�n, el vestido, la vivienda y las necesidades b�sicas, y que se aumente el gasto en el equipamiento del hogar, tecnol�gico, el autom�vil, el ocio, etc., que progresivamente se van convirtiendo en necesidades b�sicas.
Este consumo en masa de los productos supone una subida de los precios de las cosas, es decir: inflaci�n, que si es demasiado alta implica una p�rdida del poder adquisitivo de las rentas, y una disminuci�n del gasto, con lo que el sistema econ�mico entra en crisis.
Te�ricamente, el aumento de los precios, que es lo que se entiende por inflaci�n, asegura la inversi�n y el crecimiento econ�mico, ya que es posible acumular capital m�s r�pidamente. Sin embargo, si la inflaci�n es demasiado acusada, los consumidores pierden poder adquisitivo y el mercado entra en recesi�n, arrastrando toda la econom�a y provocando a la larga una crisis.
La inflaci�n de los precios al consumo provoca una deflaci�n de los precios de las mercanc�as y un incremento de los costes de producci�n. Este mecanismo, junto con la superproducci�n, est� en la base de la crisis de 1929. La abundancia de oferta provoca la ilusi�n de recursos inagotables y la posibilidad de producir siempre por encima de la demanda. Esta falsa impresi�n de riqueza, hace creer a la gente que con m�s dinero se vivir� mejor, pero esto, que es cierto si aumentan unas pocas rentas, no se cumple si aumentan todas las rentas, ya que la inflaci�n hace subir los precios, y que se pierda poder adquisitivo en general. Entre 1969 y 1997 la peseta ha perdido alrededor de un 300% de su poder adquisitivo.
La inflaci�n es un fen�meno secular, pero si bien es cierto que antes de la segunda guerra mundial produc�a p�nico, hoy, m�s bien, produce indiferencia y resignaci�n, ya que los sueldos suele subir en la misma proporci�n, con lo que no se pierde poder adquisitivo; y las empresas pueden asumir ese incremento de los sueldos gracias al aumento de los beneficios; con lo cual se llega a un equilibrio bastante estable.
La inflaci�n sube a causa del aumento de la demanda, lo que provoca un alza de los precios, y supone una disminuci�n de los costes unitarios. La primera v�ctima de la inflaci�n es el ahorro privado en dinero contante, ya que la misma cantidad de dinero sirve para consumir menos cosas. Esto implica una disminuci�n de las tasas de ahorro y de la posibilidad de inversi�n.
Para reducir la inflaci�n lo m�s com�n es elevar los tipos de inter�s, pero esto implica encarecer el dinero, con lo que disminuye la inversi�n y aumenta el paro.
La sociedad de consumo de masas es el motor del crecimiento econ�mico. La oferta de trabajo siempre depende de la salud econ�mica. El fen�meno del paro afecta a todas las �pocas, son caracter�sticos los mendigos de siglo XVII que pueblan la novela picaresca. El siglo XVIII es una �poca de crisis econ�mica en Espa�a. El n�mero de puestos de trabajo es limitado y tiende a decrecer con la aplicaci�n de la tecnolog�a a las tareas productivas. Sin embargo, esto s�lo es verdad cuando falta inversi�n.
En la sociedad de consumo de masas se da la paradoja de que el parado es un individuo �til a la sociedad, ya que consume y no produce. La sociedad de consumo de masas no podr�a subsistir si no hubiera un amplio sector de la poblaci�n activa que no produjese art�culos. De ah� el crecimiento desmesurado del porcentaje de poblaci�n activa que se dedica a los servicios.
El mundo del trabajo est� lleno de mitos que la gente cree, aunque no se analizan en profundidad. El primero de ellos es el referido a la limitaci�n de puestos de trabajo y la falta de inversi�n. Otro mito es la idea de que el trabajo es un medio para ganarse la vida, en realidad es un medio de conseguir dinero para consumir, nadie se hace rico trabajando, no es un medio de crear riqueza para uno mismo, sino de repartirla.
El n�mero de empresas que contratan trabajadores crece con el aumento de las necesidades. Sin embargo, las empresas tienen una fuerte tendencia a conservar el statu quo y a evitar que aparezcan empresas competidoras; de ah� la rigidez en los cambios del mercado de trabajo.
El mercado de trabajo est� compuesto por todas aquellas personas entre 16 y 65 a�os que quieren trabajar, y por aquellas empresas que necesitan contratar fuerza de trabajo para sus necesidades. La oferta depende del n�mero de personas que est�n en disposici�n de trabajar. Esto depende tanto de la demograf�a como de cuestiones legales: en las que se determina a qu� edades y qui�n puede trabajar. La demanda de trabajo depende de las posibilidades tecnol�gicas, el precio de la fuerza de trabajo, los costes de producci�n y los niveles de inversi�n.
Uno de los mitos del mercado de trabajo, m�s arraigados, es el demogr�fico. Siempre hay m�s oferta que demanda, es lo que el marxismo llama ej�rcito social de reserva, que se mantiene as� para conservar las condiciones de contrataci�n bajas. De esta manera se puede dar cabida a las nuevas tecnolog�as y aumentar los beneficios, ya que en la sociedad de consumo de masas es necesario que existan m�s consumidores que productores. El aumento de poblaci�n que supuso la transici�n demogr�fica trajo un agravamiento del problema, no su aparici�n.
Una parte importante del mercado de trabajo est� desempleado. Se pueden distinguir cuatro tipos de desempleados en funci�n de sus caracter�sticas: el desempleo estacional, en el que se encuentran aquellas personas que tienen trabajos temporales vinculados a actividades estacionales, como el turismo, los jornaleros o los dependientes de temporada; el c�clico, formado por aquellas personas que pierden el empleo durante las �pocas de crisis y lo recuperan las �pocas de bonanza; el estructural, formado por aquellas personas que no encuentran trabajo en condiciones normales; y el eventual, formado por aquellas personas que han dejado un trabajo para emplearse en otro, en un per�odo corto de tiempo.
En las condiciones de contrataci�n de la fuerza de trabajo han tenido gran importancia los sindicatos. Los obreros se han asociado para reivindicar mejores condiciones de trabajo, mejores sueldos, jornadas laborales cada vez m�s cortas, acceso al trabajo de la mujer, etc. La existencia de sindicatos garantiza que las conquistas conseguidas se mantengan y se reivindiquen otras nuevas: como la jornada laboral de 35 horas semanales o la garant�a de que los sueldos aumentan al ritmo de la inflaci�n. En 1919 se consigui� en Espa�a la jornada laboral de ocho horas, el descanso anual de ocho d�as, y el descanso de un d�a a la semana. Para contrarrestar la fuerza de los sindicatos, los empresarios tambi�n se asocian, en las patronales. En Espa�a hay, en la actualidad, multitud sindicatos: UGT (Uni�n General de Trabajadores), CC OO (Comisiones Obreras), USO (Uni�n Sindical Obrera), CSIF (Confederaci�n de Sindicatos Independientes de Funcionarios), y otros de menor importancia como la CNT (Confederaci�n Nacional del Trabajo) o diversos sindicatos profesionales y locales. Por la parte de la patronal existen dos grandes asociaciones la CEOE (Confederaci�n Espa�ola de Organizaciones Empresariales) y la CEPYME (Confederaci�n Espa�ola de la Peque�a y Mediana Empresa), adem�s de m�ltiples asociaciones de empresarios locales.
4. El caso espa�ol
Espa�a es un pa�s que se industrializa tard�amente, y no sin problemas. El impulso de la industrializaci�n lo dan el Estado y el capital extranjero, ya que el capital espa�ol, salvo excepciones, no invierte en industria. El proceso de industrializaci�n comienza en la segunda mitad del siglo XIX y avanza con retraso respecto a las zonas industrializadas de Europa. La guerra civil frena este proceso. La pol�tica de autarqu�a impuesta por Franco supone una vuelta al campo de la mayor parte de la poblaci�n activa, y adem�s en unas condiciones miserables. La recuperaci�n se inicia en los �ltimos a�os 50 y los 60, la �poca del desarrollismo. Comenz� un fuerte proceso de emigraci�n del campo a la ciudad y al extranjero: fue el fin de la autarqu�a. La emigraci�n a Europa tras la segunda guerra mundial fue la soluci�n a la falta de empleos en Espa�a.
Los a�os 60 fueron los del desarrollismo, cuando la econom�a espa�ola creci� espectacularmente. Se mejora la alimentaci�n, la sanidad, la calidad de vida, desciende la tasa de mortalidad y aumenta la poblaci�n.
En 1973 la crisis del petr�leo fue un duro golpe para Espa�a. La tasa de emigraci�n cae espectacularmente, los emigrantes vuelven, los precios agr�colas caen, desciende la inversi�n industrial y en los servicios, y aumenta la inflaci�n. Esto trajo como consecuencia un incremento espectacular del paro y la disminuci�n del consumo. La actividad sindical hizo subir los salarios.
Este es el sector que ha sufrido una reconversi�n m�s profunda y durante m�s tiempo, y el sector donde m�s empleos se han destruido. En la agricultura la reforma arranca en la concentraci�n parcelaria, y continuamente se est� renovando con nuevos cultivos y t�cnicas. Este es el sector m�s din�mico, en este sentido, de la econom�a espa�ola. Las empresas suele ser de tama�o medio y de car�cter familiar, subsidiarias de las grandes compa��as que comercializan el producto.
La miner�a y la pesca son sectores que han sufrido una profunda destrucci�n de puestos de trabajo, sin ir acompa�ado de una mejora tecnol�gica. En la miner�a predominan las grandes empresas, mientras que en la pesca existen o grandes compa��as con una flota numerosa, que pesca en alta mar, o peque�as empresas con un solo barco de bajura.
El sector industrial es el que menos empleo produce, salvo en la construcci�n, por el car�cter puntual de la producci�n.
La necesidad de reconversi�n desde unos medios de producci�n obsoletos a otros m�s modernos, ha implicado que se destruyan muchos puestos de trabajo y parezca uno de los sectores m�s afectados, sobre todo en empresas de mediano tama�o. Las grandes compa��as suele estar dominadas por el capital extranjero. En torno a ellas hay multitud de peque�as empresas subsidiarias de aquellas y, frecuentemente, con malas condiciones en el contrato.
El sector servicios ha absorbido mucho paro, pero en este momento es, al mismo tiempo, el que m�s destruye y el que m�s crea. Es muy diverso y din�mico.
En Espa�a ofrece grandes oscilaciones estacionales, debido al turismo y la hosteler�a. Continuamente surgen empresas nuevas. En este sector existen todos los tama�os de empresa. Predomina una u otra seg�n los subsectores. Pero, en general, las peque�as empresas familiares son las que m�s empleos absorben.
La pol�tica de empleo depende de las condiciones de contrataci�n de la mano de obra que las empresas impongan al trabajador, y la legislaci�n que haya en cada pa�s. En general se tiende a promover la experiencia y la especializaci�n del trabajador, a abaratar las condiciones de contrataci�n, a la negociaci�n colectiva bilateral entre empresas y trabajadores (que se plasman en convenios), y al trabajo temporal. La estrategia patronal consiste en reducir costes y no invertir m�s que lo necesario, con lo que se tiende a una acumulaci�n especulativa del capital.
El paro se ha convertido, en los a�os 80 y 90, en un fen�meno masivo, lo que perjudica a la econom�a de consumo de masas. Afecta con m�s intensidad a los no especializados, los j�venes, las mujeres y las minor�as marginadas socialmente, lo que hace aparecer los fen�menos del contrato en precario y la econom�a sumergida.
El sector empresarial en Espa�a est� muy bien estructurado, aunque en determinados sectores existen desequilibrios importantes. Por un lado est�n las grandes compa��as, que son pocas y generalmente de capital p�blico o extranjero; por otro existen muchas empresas de tama�o medio, pero no tantas como debieran. El grueso del empresariado espa�ol tiene peque�as empresas familiares con pocos o ning�n trabajador asalariado, que subsisten malamente.
Las empresas tienden a concentrase geogr�ficamente en busca de econom�as de aglomeraci�n y de escala. En muchos municipios se ofrece suelo industrial ante el declive econ�mico de la zona, pero no suelen tener �xito por falta de econom�as de aglomeraci�n, y a veces de localizaci�n.
Las peque�as empresas suele ser subsidiarias de las grandes, y normalmente dependen de estas para la distribuci�n de sus productos, convirti�ndose casi en asalariados, y sin contrato.
En general, se da una tendencia a la concentraci�n de las grandes empresas que expulsan del mercado a las peque�as. Esto se nota mucho, en los �ltimos tiempos, en el sector del comercio.
La buena marcha de la econom�a depende de muchos factores, pero si la econom�a va mal los poderes p�blicos pueden intervenir en tres aspectos: la renta del empleo, para que se mantenga su poder adquisitivo, la estabilidad de los precios, para contener la inflaci�n, y el equilibrio de la balanza de pagos, para que se exporte m�s de lo que se importa.
Cuando la econom�a crece la pol�tica econ�mica suele ser liberalizadora, para permitir a los particulares hacer buenos negocios. Cuando decrece suele ser restrictiva, para evitar las p�rdidas particulares y la competencia de los productos for�neos.
Las autoridades monetarias pueden intervenir en la marcha de la econom�a a trav�s del aumento o la disminuci�n del coste del dinero, lo que repercute en la concesi�n de cr�ditos, y estos en los niveles de consumo e inversi�n.
Espa�a, durante el franquismo, opt� por una pol�tica econ�mica de dinero pasivo, en la que la oferta de dinero por parte del Banco de Espa�a tiene que adaptarse a la demanda. Este sistema funcion� hasta 1973.
En 1959 se implanta el Plan de Estabilizaci�n de la Econom�a, que cerr� una tendencia inflacionista y foment� el ahorro de las peque�as rentas, lo que favoreci� la inversi�n en industria, construcci�n y turismo. No obstante, la pol�tica se adaptaba a las posibilidades de inversi�n.
La estrechez del mercado de consumo ordinario se termina, y la industria se potencia gracias a la producci�n de bienes de consumo. Sin embargo, con este sistema el control monetario es muy ineficaz.
Durante los a�os 70 los instrumentos b�sicos para intervenir en la marcha de la econom�a son: la retenci�n del coeficiente legal de caja que los bancos deben tener depositado en el Banco de Espa�a, con lo que se aumenta o se restringe el dinero en circulaci�n; y la supresi�n de los cr�ditos especiales, que generaban liquidez inmediata, y por lo tanto hac�an subir la inflaci�n.
Desde 1973 el objetivo de la pol�tica econ�mica es lograr una reducci�n en las tasas de inflaci�n del dinero. Para ello se emiten bonos del tesoro a corto plazo, con tipos de inter�s variables, lo que implica una intervenci�n m�s activa en la econom�a.
La crisis mundial afecta a la econom�a espa�ola desequilibrando la balanza de pagos, a causa del petr�leo. El dinero que se gasta el Estado en compras al exterior es mayor que el que se importa. Sin embargo, las autoridades econ�micas y pol�ticas no hacen gran cosa por contener la inflaci�n y los efectos de la crisis. Los ajustes son paulatinos.
Aparecen nuevos instrumentos de intervenci�n econ�mica, que han evolucionado hasta el d�a de hoy. El control monetario se realiza a trav�s de: la vigilancia de la cantidad de dinero en circulaci�n, los tipos de inter�s, el cr�dito bancario, y la liquidez bancaria. Tambi�n se controla la tasa de redescuento, es decir, la determinaci�n de los efectos que la banca puede utilizar en tres meses. Se controla el coeficiente de caja, los cr�ditos a corto plazo, y aparecen los pagar�s del tesoro a largo plazo.
Estos instrumentos de control de la actividad econ�mica se encuentran con dos obst�culos b�sicos: la balanza de pagos con el comercio exterior y el aumento del d�ficit p�blico. Pero ambos est�n pensados para controlar la inflaci�n. Son pol�ticas antiinflacionistas.
La pol�tica monetaria actual viene determinada por el nuevo Tratado de la Uni�n Europea, firmado en Maastricht en 1992, que ha supuesto la creaci�n de una moneda com�n, el euro. Para ello es necesario el control de la econom�a y la estabilidad monetaria, lo que supone: una convergencia en las tasas de inflaci�n de todos los pa�ses, la reducci�n del d�ficit p�blico y la estabilidad del tipo de cambio. Para lograr estos objetivos es necesaria la bajada de los tipos de inter�s, para que los datos macroecon�micos est�n fundados en la liquidez y la solvencia.
Otro objetivo de la pol�tica econ�mica de Maastricht es la creaci�n de un Banco Central Europeo que evitar� la monetizaci�n del d�ficit. Este banco comenz� a funcionar el 1 de enero de 1999, con lo que se absorbieron todos los bancos nacionales, que crearon el euro. En la actualidad es �l el que lleva el peso de la pol�tica econ�mica.
Internacionalmente tambi�n hay instituciones que controlan la evoluci�n de la econom�a e imponen una determinada pol�tica a los pa�ses que piden pr�stamos, los m�s d�biles. Son el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organizaci�n Mundial del Comercio (OMC) y el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio).
El GATT procura la liberalizaci�n del mercado internacional, cosa de la que se benefician los pa�ses ricos. El BM y el FMI prestan ayudas a la inversi�n en el Tercer Mundo, pero son altamente ineficaces. El 1 de enero de 1995 fue sustituido por la OMC (Organizaci�n Mundial del Comercio).
La reuni�n de la OMC, en Seattle 1999, trat� de liberalizar a�n m�s el comercio internacional, pero fue un fracaso, ante las presiones de los pa�ses europeos, por un lado y el Tercer Mundo, por el otro que no quer�a renunciar a su ventaja m�s competitiva: una mano de obra barata. En esta reuni�n salieron a la luz p�blica los movimientos antiglobalizaci�n.
El problema de los pa�ses del Tercer Mundo no es la falta de canales de inversi�n, sino la inexistencia de canales de distribuci�n equitativa de las rentas. Las inversiones en el Tercer Mundo son aprovechadas por aquellas personas que tienen medios para invertir en cambios y aprovecharlos, que no son los desfavorecidos del Tercer Mundo. La concesi�n de cr�ditos aumenta la deuda exterior de los pa�ses, que para pagarla tienen que aceptar pol�ticas liberales que benefician a los ricos y crean miseria, formando un c�rculo vicioso muy dif�cil de evitar. Al reducirse los beneficios y la riqueza, aumenta la deuda, y as� sucesivamente.
Aunque te�ricamente el capitalismo desarrollado no es intervencionista lo cierto es que la econom�a, a todos los niveles: nacional, internacional y privado (con las multinacionales) est� muy intervenida, por lo que existe una aut�ntica pol�tica econ�mica m�s o menos eficaz.
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