El modo de producci�n capitalista ve en la naturaleza la fuente de recursos, el factor tierra de la industria, que por el factor trabajo se puede transformar para conseguir un valor a�adido que aumente el beneficio y el capital. Cuanto mayor sea el valor a�adido, que se calcula en ingresos, y menor sea el coste de producci�n, mayor ser� el beneficio. Ser� precisamente por esta regla del beneficio por la que se regir� la explotaci�n del medio.
Otros dos conceptos vienen a reforzar esta idea: la propiedad privada absoluta y la libertad individual absoluta. Seg�n esto, el propietario de un recurso puede hacer con �l lo que quiera. Puede intentar sacar el m�ximo beneficio en el menor tiempo posible, a�n a costa de esquilmar el recurso.
Debemos tener en cuenta que no todo lo que existe en la naturaleza es un recurso, sino s�lo aquello que la tecnolog�a existente en una sociedad es capaz de transformar para su utilizaci�n como bien. Esta utilidad implica que el recurso se convierta en capital.
La capacidad que tiene la humanidad para transformar el medio ha tenido tres etapas decisivas:
En la primera, la sociedad era cazadora y recolectora. Recorr�a el espacio sin mayores transformaciones, fuera de algunos �tiles de madera y piedra. Su capacidad para transformar el medio no era mucho mayor que la de otros animales, aunque s� era cualitativamente m�s decisiva.
A ra�z de la revoluci�n neol�tica, y el descubrimiento de la agricultura, las sociedades adquieren una capacidad para transformar el medio de una manera decisiva y permanente; dentro de la biocenosis en la que se encuentra. La agricultura supone la elecci�n de unos determinados espacios de cultivos en los cuales se hace una selecci�n de especies, eliminando unas y cultivando otras (las que nos interesan). El instrumento m�s com�n para limpiar de especies el bosque ha sido el fuego y la roza. Pero, hasta la invenci�n del arado no era posible limpiar el monte totalmente, siempre quedaban los pies de los �rboles, las ra�ces y las matas, que tend�an a recuperar el bosque m�s o menos r�pidamente. Sin embargo, el arado permite que se arranquen todos estos �residuos�, haciendo muy dif�cil su recuperaci�n y fomentando los procesos de erosi�n y la degradaci�n del suelo. En los espacios cultivados s�lo se permite la existencia de una especie. Esta monofuncionalidad implica la r�pida degradaci�n de nutrientes del suelo cultivable, por lo que se hace necesario dejar en barbecho parte de la tierra durante un per�odo m�s o menos largo; lo que supone la multiplicaci�n de la tierra de cultivo por dos, por tres o por cuatro. De esta manera, la tierra necesaria que ha de permanecer limpia para poder cultivar es muy superior. No ser� hasta el siglo XVIII, cuando se comprenda c�mo funciona las asociaciones de cultivos y la rotaci�n de especies.
El monte era una fuente de recursos, como por ejemplo: madera, frutas, pastos, etc. Este bosque, en ocasiones, era roturado para obtener tierras de cultivo en �pocas de superpoblaci�n. Estas nuevas roturaciones tienen barbechos m�s largos. La utilizaci�n del monte como recurso supuso hacer, tambi�n, una selecci�n de especies (incluso introduciendo algunas, como el casta�o en Asturias en �poca de los romanos). Con el tiempo, el bosque se aclara de las especies arbustivas menos interesantes, y se hace una corta de �rboles regular y reglada.
Cuando la poblaci�n crec�a, ante la imposibilidad virtual de aumentar la productividad, se pon�an en cultivo nuevas tierras a costa del monte. Este sistema alcanz� su grado m�ximo hacia el siglo XVIII, cuando por el aumento de poblaci�n se hubo de roturar, en Europa, hasta las tierras marginales y gran parte del bosque.
En esta intensificaci�n del cultivo se encuentra el origen de muchos de los paisajes actuales: sabanas, la Castilla sin �rboles de campos abiertos, los campos cerrados y abiertos de la Europa central, los cultivos arroceros por inundaci�n del sureste asi�tico, o las explotaciones de dehesas de la llanura del macizo hesp�rico e, incluso, las zonas de pasto para el ganado.
No faltaban en este per�odo actividades industriales, pero su capacidad para transformar los recursos naturales era escasa. Sus fuentes de energ�a depend�an de la naturaleza. El viento, el agua y los animales eran, pues, perfectamente renovables, pero, ten�an el impedimento de que se limitaba la capacidad transformadora, ya que determinaban la localizaci�n industrial.
El tercer per�odo decisivo, en la capacidad transformadora del medio, aparece en el siglo XIX, con la revoluci�n industrial. La revoluci�n industrial se inicia en el siglo XVIII en Inglaterra. Supone una capacidad de intervenci�n en el medio decisiva, y en aquel momento inimaginable. Este modelo de transformaci�n alcanza sus mayores cotas de expresi�n en la �ltima mitad del siglo XX, cuando la revoluci�n industrial ha evolucionado y ha encontrado nuevos recursos.
El primer sector en el que incide la revoluci�n industrial es la agricultura, no s�lo porque sea la que transfiere a la industria capitales, fuerza de trabajo y las mercanc�as necesarias para el desarrollo industrial, sino porque los productos industriales: mec�nicos, qu�micos y biol�gicos; permiten un incremento decisivo de la productividad y un uso intensivo del suelo agr�cola. Se hace posible reducir la superficie de cultivo, sobre todo la dedicada a barbecho y forrajes, y se comienza un proceso de especializaci�n regional favorecido por la mejora de las comunicaciones y la creaci�n de un mercado nacional e internacional.
El proceso culmina en los a�os 60 del siglo XX con la conocida como revoluci�n verde. La revoluci�n verde consiste en: la aplicaci�n masiva de la tecnolog�a y los avances cient�ficos y gen�ticos a la agricultura; desde potentes tractores que horadan la tierra a la profundidad justa, al empleo de abonos qu�micos nitrogenados y calculados para que la tierra recupere los nutrientes perdidos; o la utilizaci�n de herbicidas y pesticidas, para evitar que crezcan otras especies que las deseadas, o sean atacadas por hongos, insectos u otras enfermedades que, las dimensiones de los cultivos, convierten en plaga. Tambi�n se usa la selecci�n gen�tica de especies de crecimiento r�pido o mayor productividad por unidad de superficie; e incluso la ingenier�a gen�tica, que va desde los injertos, de anta�o, al laboratorio. Y todo ello para lograr que una determinada especie pueda cultivarse en ecosistemas que no le son propicios; y para lograr la creaci�n de biosistemas artificiales, como el invernadero o la agricultura si tierra, que permiten diversificar la oferta de productos agr�colas en el mercado. Este tipo de agricultura necesita grandes cantidades de capital.
Todo esto permite a los pa�ses capitalistas de Europa, con poca tierra de cultivo, producir una gama variada de productos, aunque a un alto precio, con lo que tenemos una agricultura de policultivo capitalista. En los pa�ses capitalistas con muchas tierras, como Estados Unidos, Argentina y, tambi�n, la URSS, este aumento de la producci�n se puede hacer con menos recursos de capital, a costa de la extensi�n de la tierra de cultivo y de una m�nima ayuda de los avances t�cnicos. Sin embargo, tambi�n aqu� se acude a los avances de la revoluci�n verde y se invierte mucho capital. En los pa�ses subdesarrollados se ha establecido una dualidad entre la agricultura tradicional, que apenas ha sentido el impacto de la revoluci�n verde (por la falta de capital), y la agricultura especulativa de plantaci�n, altamente capitalizada y que acude a todos los avances t�cnicos y cient�ficos a su alcance.
La revoluci�n verde, si bien es cierto que ha producido un incremento espectacular en la productividad agraria y las rentas de los agricultores, ha tenido graves consecuencias ecol�gicas. La utilizaci�n masiva de abonos qu�micos y pesticidas ha contaminado numerosas tierra y aguas, que han quedado inservibles para la agricultura. Se ha acelerado la erosi�n de los suelos y la p�rdida de nutrientes en los espacios de monocultivo. La selecci�n gen�tica ha rebajado la calidad del producto, y se ha asumido que ha de ser cultivado en tierras contaminadas.
Las consecuencias m�s graves se han dado en los cultivos sobre tierras heredadas. Su degradaci�n bajo condiciones ecol�gicas diferentes a las que hab�a cuando se formaron hacen, virtualmente, imposible su recuperaci�n. En los climas semi�ridos y con posibilidades de disponer de agua al�ctona se ha optado por la extensi�n masiva del regad�o. Frecuentemente, hay algunos desequilibrios entre las formas de regad�o (como, por ejemplo, el sistema de inundaci�n), y las demandas de agua. Al mismo tiempo se ha llegado al desecamiento de numerosas zonas h�medas. Espa�a es un arquetipo claro, y las tablas de Daimiel su ejemplo m�s emblem�tico. Sin embargo, hay sistemas de regad�o m�s eficaces, como la aspersi�n, el gota a gota o el regad�o al anochecer.
Pero las consecuencias de la revoluci�n verde no han sido s�lo ecol�gicas, sino tambi�n sociales. En los pa�ses del Tercer Mundo, la agricultura especulativa de plantaci�n ha supuesto la desarticulaci�n de la agricultura tradicional; detrayendo de �sta tierra de cultivo y fuerza de trabajo. Adem�s de la roturaci�n del bosque tropical. Por su car�cter especulativo, una plantaci�n depende de los precios internacionales del producto, que pueden variar con rapidez. El abandono de la explotaci�n de una tierra esquilmada implica la aceleraci�n de los procesos de erosi�n, sobre todo en los sistemas morfogen�ticos �ridos. La plantaci�n ha supuesto la introducci�n de un modo de vida diferente y la creaci�n de un proletariado agr�cola. E incluso, se ha variado la dieta tradicional de la poblaci�n, sobre todo a trav�s de las ayudas internacionales. Todo esto se refleja en la quiebra ecol�gica y social de los pa�ses del Tercer Mundo.
Otro �mbito en el que la revoluci�n industrial ha supuesto la quiebra ecol�gica de los biosistemas es el de las actividades extractivas. La pesca masiva, un recurso que tiene como �nica posibilidad de recuperaci�n su propia fertilidad natural, ha desencadenado la casi total desaparici�n de multitud de especies; e incluso bancos muy ricos, como el banco peruano. Se ha tenido que legislar la prohibici�n de capturar algunas especies y se han debido de conformar paradas biol�gicas, en las �pocas de cr�a, para asegurar la recuperaci�n de los bancos. La ballena es el caso m�s representativo de todos, al ser uno de los animales m�s emblem�ticos y m�s capturados en el oc�ano. La capacidad de capturas de las actuales flotas, y las artes utilizadas, hacen que no s�lo la especie que se pesca caiga en las redes de los barcos, sino, tambi�n, muchas otras. Esto supone, para todas las especies, que no se tengan garantizadas las posibilidades de recuperaci�n, ya que se puede modificar hasta la cadena tr�fica. Es posible que otras especies se extingan y se provoque la quiebra de la biocenosis.
Exactamente lo mismo ocurre en la caza y la silvicultura, las otras dos grandes actividades extractivas de recursos biol�gicos. Los m�todos de extracci�n son tan intensos, y tan agresivos, que afectan a todo el equilibrio ecol�gico del ecosistema, introduciendo incluso cambios en el topoclima, los suelos y los procesos morfogen�ticos.
La miner�a es otra actividad extractiva altamente agresiva con el medio. Fue en la miner�a en el primer sector en el que se emple� la m�quina de vapor para mejorar la productividad, lo que da la medida del impacto de la revoluci�n industrial en ella. En principio, se supone que los recursos mineros son limitados, ya que el ciclo de regeneraci�n es de escala geol�gica, por lo que no cabe esperar una explotaci�n en las que se conserven las reservas. Adem�s, sus m�todos de extracci�n, sobre todo en el caso de las minas a cielo abierto, inciden directamente en la direcci�n en la que se desarrollan los procesos morfogen�ticos: cambiando el curso de la escorrent�a, lo que puede afectar a la biocenosis en la que se encuentran.
La revoluci�n industrial, y el despegue tecnol�gico, supuso para la industria transformadora una capacidad para modificar el medio sin precedentes hasta el momento, y de una manera radical. Este es el sector en el que m�s incidi�, por definici�n, la revoluci�n industrial.
En primer lugar, por la transformaci�n masiva de productos naturales en un corto per�odo de tiempo, lo que implica el esquilmo de los recursos naturales por encima de su tiempo de renovaci�n. La industria demanda productos del medio natural en lugares muy diversos, por lo que su impacto no se reduce, s�lo, al lugar donde se instalan, sino a todos los lugares de los que demandan productos.
Pero es el lugar en el
que est�n ubicadas las plantas industriales donde m�s se deja sentir su impacto. Para el funcionamiento industrial es
necesaria la total transformaci�n del
medio. El emplazamiento ha de estar libre de especies vegetales, adem�s, las infraestructuras necesarias inciden, tambi�n,
en el equilibrio de la biocenosis. La contaminaci�n del aire y ac�stica,
as� como del suelo, hace de �l un lugar poco propicio para el desarrollo de la
vida natural.
En el proceso de
transformaci�n de la materia prima, esta pierde
peso. Esta p�rdida de peso es materia perdida, que se convierte en un agente contaminante de primer orden en cuanto
que es introducido en el medio por encima de su capacidad de recuperaci�n. Son
est�riles para los suelos, contaminantes del agua y el aire, productos s�lidos,
l�quidos y gaseosos que no se encuentran normalmente en la biocenosis en la que
se introducen.
Pero, el impacto de la industria en el medio no s�lo viene de la mano de sus productos, sino, tambi�n, de la energ�a que se requiere para el proceso de transformaci�n de las materias primas. Esta energ�a, en los tiempos modernos, se ha ido liberando de la escasa potencia de las energ�as renovables y de su localizaci�n. El consumo de fuentes de energ�a f�siles permiti� otras ubicaciones de la industria, y el aumento de la escala de las f�bricas. La emisi�n al aire de gases y part�culas, procedentes de la combusti�n de estas fuentes de energ�a f�siles, tienen un impacto superior al de la comarca en la que est�n ubicadas las plantas de fabricaci�n y producci�n de energ�a.
La energ�a el�ctrica, utilizada en muchas industrias actuales, traslada el problema de la contaminaci�n para producir energ�a, de su �mbito, a otro m�s degradado o despoblado; gracias a la tecnolog�a que permite transportar la electricidad a grandes distancias. Se forman, as�, espacios especializados en la producci�n de energ�a el�ctrica (por medios t�rmicos o hidroel�ctricos). Los medios hidroel�ctricos son m�s limpios, con en aire, que los t�rmicos por combusti�n de carb�n o petr�leo; pero, necesitan grandes embalsamientos de agua y grandes desniveles, lo que provoca otro tipo de problemas ambientales, como son la anegaci�n de valles de monta�a y la modificaci�n del topoclima en su entorno; a fin de cuentas, se crea un lago artificial capaz de modificar la humedad absoluta de la atm�sfera local y, por lo tanto, la humedad relativa. Otra manera de conseguir electricidad es la termonuclear, que no genera contaminaci�n del aire, ni hace necesario el anegamiento de valles. Sin embargo, utiliza grandes cantidades de agua, que una vez calentada es devuelta al medio, no siempre lo suficientemente enfriada. Pero el problema m�s grave de la energ�a termonuclear es que genera residuos radiactivos altamente peligrosos, de vida muy larga y muy dif�ciles de eliminar.
El impacto contaminante de la industria no se reduce a su propio �mbito, ni a su entorno. La emisi�n de contaminantes al aire y al agua, que son fluidos que circulan por todo el globo, implica la irrupci�n de ellos en otros �mbitos. La importancia contaminadora de la industria ha llevado a poder considerar a todo el planeta como �mbito contaminado, desde el aire, al mar Mediterr�neo, B�ltico, etc. En lugares muy lejanos, tanto de los centros fabriles como de las regiones industriales, se puede encontrar su impacto contaminador.
Una de las consecuencias m�s notables de la revoluci�n industrial es la urbanizaci�n masiva de la poblaci�n: la concentraci�n en grandes ciudades, con una alta densidad de poblaci�n y con extensiones muy grandes.
Una de las caracter�sticas de las ciudades actuales es la ausencia, casi total, de naturaleza. No es que haya ausencia de animales, los hay dom�sticos, tambi�n hay especies vegetales, plantas dom�sticas y de jard�n (como las que encontramos en los parques, salones y veredas de los r�os), que, en ning�n caso, pueden considerarse como biocenosis, porque no se cumplen las transferencias necesarias. Tambi�n hay vida salvaje, con especies urbanas como ciertas aves, cig�e�as, vencejos, gorriones, insectos, ratas, ratones (que mantienen abiertas las ca�er�as m�s estrechas), etc.
Otra caracter�stica de la vida en las ciudades, en la actualidad, es la utilizaci�n de productos industriales y agr�colas que no produce, y que son usados de manera parcial y una sola vez. Esto genera un ingente volumen de basuras muy dif�cilmente eliminables; m�xime cuando gran parte de los residuos urbanos son productos industriales dif�cilmente degradables, como pl�sticos, metales, vidrios y contaminantes fluidos: aceite, mercurio, detergente, etc.
Otro elemento importante en las ciudades es la contaminaci�n urbana e interurbana. El rey de los desplazamientos urbanos es el coche privado, un agente contaminante de primer orden, ya que contamina el aire por la combusti�n de gasolina, produce contaminaci�n ac�stica y, tambi�n, contaminaci�n espacial; generando atascos, dificultando el tr�nsito peatonal y congestionando todas las ciudades. Hay que tener en cuenta que, a cada familia le corresponden casi dos coches.
Pero adem�s, la comunicaci�n entre ciudades necesitan unas v�as especializadas, carreteras y v�as de tren, que atraviesan diversos espacios naturales, con un impacto en el medio m�s o menos importante. En general, cuanto mayor sea la velocidad permitida en la red, mayor es el impacto en el medio natural. Estas v�as se constituyen en aut�nticas barreras artificiales que impiden la comunicaci�n entre ambos lados de la biocenosis, particularmente para las especies animales. A�n est� muy poco estudiado cu�l es la importancia y las consecuencias de este tipo de barreras para los diferentes ecosistemas.
La ciudad es un espacio artificial que hace segura y confortable la vida humana, pero que desequilibra de manera radical la biocenosis donde se ubica, debido, sobre todo, a su potencial contaminante.
La contaminaci�n consiste, b�sicamente, en la generaci�n de residuos en un medio, que se introducen por encima de la capacidad, de este, para eliminarlos. No es, pues, una cuesti�n de qu� productos se introducen, sino su cantidad. La proliferaci�n de estos residuos supone un desequilibrio grave en el biosistema, hasta el punto de llegar a imposibilitar la vida de las especies existentes. El agua, el aire y el suelo, son los principales medios contaminados.
El agua es un recurso escaso, pero de importancia vital para la sociedad y la naturaleza, ya que forma parte, en un tanto por ciento elevado, de la constituci�n de todos los seres vivos. De todo el agua existente en el planeta, s�lo una peque�a parte es aprovechable por la sociedad, y por la mayor parte de la naturaleza.
El agua es un recurso que proporciona energ�a y vida. La peculiar forma de vida humana, en grandes ciudades escasas de agua, y las t�cnicas de producci�n son grandes consumidoras de agua, lo que exige la creaci�n de grandes infraestructuras, como embalses y conducciones de distribuci�n del agua, tanto a�reas como subterr�neas. Incluso, se puede llegar al trasvase de agua entre cuencas hidrogr�ficas.
De todo lo disponible, el 80% del agua se utiliza en la agricultura de regad�o, que se contamina poco, dependiendo de los abonos qu�micos que se hayan utilizado. El 14% del agua lo utiliza la industria, que es altamente contaminada. Y el 6% restante lo utiliza la ciudad, y tambi�n est� muy contaminada una vez que se ha utilizado. Frecuentemente, parte del agua disponible se pierde a causa de las malas conducciones. Se puede perder hasta el 40% del total embalsado.
El agua de las ciudades y de la industria, pero tambi�n en algunos casos de la agricultura, est� contaminada por productos dif�cilmente degradables, como los aceites o los detergentes. Estos productos se vierten en los r�os, con lo que se disminuyen las proporciones de ox�geno. Algunos productos pueden actuar directamente de veneno para algunas especies que viven en el agua, o que la utilizan, es el caso de la contaminaci�n por mercurio y otros metales pesados. Estos productos, a trav�s del agua, se depositan en los suelos y entran a formar parte de la cadena tr�fica y la alimentaci�n humana.
Los agentes contaminantes alcanzan otros �mbitos a trav�s de los r�os. Debido a las dimensiones de la contaminaci�n han llegado a perjudicar, gravemente, mares enteros, comprometiendo el equilibrio ecol�gico de ellos, de su entorno y de todo el planeta.
La contaminaci�n del aire resulta muy f�cil. Su problema, real, comienza con la utilizaci�n masiva de combustibles f�siles en la industria y la automoci�n. Las ciudades son lugares en las que las concentraciones de part�culas contaminantes son especialmente elevadas, junto con los grandes centros industriales. El r�gimen de vientos expande las part�culas por todo el globo, pero es en los pa�ses industrializados donde mayor incidencia tiene la contaminaci�n del aire. Estas part�culas (CO2, SO2) se precipitan, mezcladas con el agua de lluvia, formando �cido clorh�drico y sulf�rico, y dando lugar a la lluvia �cida, de efectos tan perniciosos para las biocenosis, al proporcionar un agua no apta para ser consumida por los seres vivos.
Las consecuencias de la contaminaci�n a�rea en el clima global est�n por determinar, puesto que si, por un lado, parece que hace disminuir el brillo del sol, por otro, parece que hace aumentar el efecto invernadero. Las series de estudios al respecto son a�n demasiado cortas para llegar a conclusiones definitivas, aunque parece que apuntan en el sentido del calentamiento global del clima. O al menos, si no son su causa si parece que puedan acelerar el proceso.
El uso del suelo es otra de las caracter�sticas de la intervenci�n humana en el medio, desde la reserva de espacios para su uso exclusivo, como en las ciudades, la industria, las comunicaciones o la agricultura, hasta su degradaci�n general a trav�s de la contaminaci�n coloidal, por la lluvia �cida o la utilizaci�n en la agricultura de abonos qu�micos nitrogenados. En la agricultura, el cultivo de una sola especie le hace perder los nutrientes necesarios para su crecimiento, y dificultan tambi�n el desarrollo de otras especies, con lo que se disminuye la variedad de las plantas.
Adem�s, la deforestaci�n y los incendios favorecen la p�rdida del suelo, sobre todo si es heredado de condiciones ecol�gicas antiguas, de una manera irrecuperable. La erosi�n del suelo, a la que se ve sometido por la desaparici�n de la cubierta vegetal, es generalizada en todo el mundo, pero sobre todo en las regiones de tr�nsito ecol�gico.
La sociedad, en suma,
incide sobre el paisaje transform�ndolo y modificando su funcionamiento, para
obtener de �l los recursos necesarios que permiten el
desarrollo econ�mico, pero sin que el medio se vea espoliado hasta su desaparici�n. La manera y la velocidad
con la que se extraen esos recursos es lo que provoca los desequilibrios.
La viabilidad del crecimiento econ�mico se ve limitada por la posibilidad de conservar los recursos. Para esto es necesario el estudio de los umbrales m�ximo y m�nimo, dentro de los cuales se pueden explotar un recurso sin afectar al equilibrio ecol�gico que le sostiene, y es responsable de su existencia.
La riqueza que puede suponer un recurso no viene, s�lo, de la eventualidad de utilizaci�n inmediata, sino de su posibilidad de utilizarlo a largo plazo de forma sostenible y garantizando su permanencia.
Para ello se debe investigar cu�l es la poblaci�n m�nima, o la cantidad del recurso m�nimo, que asegura su regeneraci�n como especie. Adem�s, hay que determinar qu� importancia tiene esa especie, o recurso, en el equilibrio del ecosistema y qu� funci�n cumple. Tan importante como asegurarse la renovaci�n del recurso es garantizar la persistencia del ecosistema que le sostiene, ya que sin �l el recurso desaparece.
El desarrollo econ�mico viene, pues, de la
posibilidad de utilizar un recurso asegurando su regeneraci�n y su equilibrio
ecol�gico, y la creaci�n de una tecnolog�a que haga menos agresiva la transformaci�n de los
recursos, de manera que se pierda menos peso en el proceso de
transformaci�n, utilizando menos energ�a o la energ�a liberada en el propio proceso de transformaci�n. Cuanto mayor sea la eficacia del proceso de transformaci�n, y menor el consumo de energ�a, mayores ser�n los beneficios econ�micos y ecol�gicos.
Existen numerosas industrias que, en el proceso de
fabricaci�n, generan calor, el cual podr�a aprovecharse para producir la
electricidad necesaria. Es la cogeneraci�n,
en la cual, una planta puede producir la energ�a que consume e incluso m�s.
Adem�s, ser�a necesario crear unas infraestructuras industriales y de transporte menos agresivas con el paisaje. Todo ello sin renunciar al desarrollo econ�mico alcanzado. Pero no debemos olvidar que, si todo el mundo tuviese un grado de consumo similar al de los pa�ses desarrollados, el planeta no podr�a, con la tecnolog�a actual, proporcionar recursos para todos.
Hay que tener en cuenta, que muchos de los productos generados por la industria son dif�cilmente degradables. Se debe evitar, en lo posible, que se conviertan en basura. Muchos de los productos utilizados por la industria, como el papel, el vidrio, las telas e incluso el pl�stico, son reciclables. Adem�s, muchas de las basuras se generan porque los productos tienen un s�lo uso. Cuanto m�s utilicemos productos de varios usos menos basuras generaremos. Es el caso de las bolsas de pl�stico utilizadas para la compra, cuando hasta no hace mucho se utilizaron bolsas de tela. La clave es reducir residuos, reutilizar productos y reciclar lo m�s posible, en suma, responsabilidad.
El mundo en el que vivimos forma un ecosistema muy complejo que debemos mantener en buen estado si queremos sobrevivir como especie. Cada vez est� m�s claro que el comportamiento individual tiene un impacto decisivo en el medio.
BIBLIOGRAF�A
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