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Tema 32. La cultura renacentista. Los enfrentamientos pol�tico-religiosos del siglo XVI.

1. RENACIMIENTO Y HUMANISMO

1.1. CONCEPTO DE RENACIMIENTO

����������� El Renacimiento es una derivaci�n l�gica de las ideas y modo de ser del hombre y de la sociedad de la Edad Media. La trayectoria cultural del mundo europeo que culmina art�stica y literariamente a principios del siglo XVI, tiene sus puntos de partida en el cambio espiritual que experimenta Europa en el siglo XII.

Inicialmente la cultura renacentista es com�n al occidente europeo, para vincularse luego al esp�ritu italiano que lo define en la primera generaci�n del Cuatrocientos y lo desarrolla hasta el Renacimiento cl�sico.

El concepto de Renacimiento engloba las transformaciones experimentadas a fines del siglo XV en la econom�a, la sociedad y el gobierno del Estado, englobando en su conjunto hechos econ�micos, sociales, pol�ticos, religiosos y culturales.

Las caracter�sticas generales se asientan en el siglo XIV y son un af�n de renovaci�n de lo religioso y lo laico. La atracci�n por la naturaleza lleva a Petrarca a buscar la existencia libre y solitaria, lejos del bullicio urbano. Este descubrimiento de los valores naturales tiene consecuencias insospechadas: crece el inter�s por las narraciones de viajes a pa�ses ex�ticos, creando el ambiente que propiciar�a los grandes descubrimientos. El empirismo cient�fico comienza a imponerse a las grandes construcciones filos�ficas representadas por el aristotelismo.

Junto a la naturaleza, el hombre es otro valor en alza. Aspira a la autonom�a de su propio ser, a su individualizaci�n completa. Se busca la gloria y la perpetuidad de un modo terreno y no paradis�aco. Lo importante es el triunfo del hombre en la sociedad coet�nea, de aqu� nace el nuevo tipo de h�roe que impulsa una actitud din�mica, un nuevo esp�ritu de empresa y aventura.

El individualismo renacentista conduce al cosmopolitismo, el hombre del Renacimiento es tolerante y poco dado a verdades absolutas. Su formaci�n espiritual y f�sica es cuidadosamente seleccionada, se desarrolla la etiqueta y la cortes�a. Nace una cultura laica impregnada de un subjetivismo radical, que se manifiesta en el relativismo cultural.

El ciudadano burgu�s que, como mercader o comerciante quer�a zafarse de las limitaciones que le impon�a el gremio, o de la prohibici�n de intereses ordenados por la Iglesia, buscaba un mundo ideol�gico que disculpase sus manejos y , que incluso, los pudieses justificar. No se puede entender en Renacimiento si n o se le concibe como una justificaci�n de la burgues�a urbana.

1.2. EL HUMANISMO: OR�GENES Y CARACTER�STICAS

En el campo de las ideas se extendi� por Europa una nueva concepci�n del mundo y de la persona que se conoce con el nombre de humanismo. El contacto con la cultura cl�sica grecolatina favoreci� loa afirmaci�n de la dignidad humana, esto es, se atribuy� al hombre el lugar central en todas las especulaciones. Uno de los exponentes m�s destacado de este movimiento, Pico della Mirandola, afirm� que: en el mundo no se puede ver nada m�s admirable que el hombre. Fue fundamentalmente en el desarrollo de los valores humanistas la influencia del pensamiento griego en el campo de la filosof�a (Plat�n) y de la ciencia (Pit�goras y Euclides) as� como de autores griegos (Homero, Esquilo, S�focles y Eur�pides) y latinos (Virgilio, Cicer�n, S�neca).

����������� Se produjo, de este modo, un cambio de mentalidad que abarc� todos los �mbitos del pensamiento. El hombre pasaba a ser el centro del Universo, en el cual constru�a un nuevo orden de valores. Aunque este movimiento no supuso la negaci�n de Dios, e incluso inicialmente intent� conciliar la tradici�n grecolatina con el cristianismo, su impacto en el campo de las ideas religiosas trajo consigo la gran conmoci�n de la Reforma luterana.

El humanismo conoci� dos etapas en su formaci�n. La primera que abarca el fen�meno renacentista hasta principios del siglo XV, se inspir� en la cultura romana, en la segunda, la r�pida asimilaci�n de la civilizaci�n hel�nica original constituye su caracter�stica m�s acusada.

1.3. EL RENACIMIENTO Y EL HUMANISMO EN ITALIA

A medida que fueron robusteci�ndose los principios esenciales que informaron el movimiento renacentista, los c�rculos intelectuales buscan las bases filos�ficas y est�ticas en que cimentar el nuevo impulso cultural, justificando su postura revolucionaria ampar�ndola bajo el dosel de la Antig�edad, como una resurrecci�n de la ideolog�a imperante en el mundo cl�sico.

Esta corriente adquiri� un mayor impulso en Italia, por conservar su poblaci�n y sus ciudades un contenido romano m�s intenso y por la riqueza y densidad pol�tica y social de los siglos XIV y XV.

En Italia el Renacimiento encuentra los valores espirituales y est�ticos de la Antig�edad. Conocer lo antiguo y crear un ambiente cultural para comprender la Antig�edad en sus esencias �ntimas, capaz de anular los propios progresos, fue la f�rmula practicada por los intelectuales italianos del siglo XV.

El humanismo florentino vibraba en la conducci�n de los negocios bancarios y textiles, en la econom�a de las horas, en las aspiraciones de la burgues�a, en la fusi�n del trabajo industrial con la especulaci�n cient�fica que hab�a de echar las bases del saber t�cnico propio d la mentalidad renacentista.

A mediados del siglo XV la Santa Sede, aunque no reacia a admitir las nuevas corrientes literarias y est�ticas, se mostraba partidaria de continuar ligada a la escol�stica, m�s o menos adulterada por el ocamismo.

1.4. CAUCES DE DIFUSI�N: IMPRENTA Y UNIVERSIDADES

La imprenta es una invenci�n vinculada al progreso t�cnico de los tiempos medievales: el grabado en madera, la fundici�n de metales por orfebres ya la calidad de las grasas y las tintas usadas por los pintores. Estas diversas t�cnicas fueron conjugadas en un todo por Juan Gutenberg y la escuela maguntina de impresores.

Hacia 1450 la imprenta se hallaba descubierta, convirti�ndose en el m�s poderoso instrumento de la vulgarizaci�n de la cultura, y en veh�culo extremadamente �til para la difusi�n de los principios humanistas. Tambi�n fue portavoz de la Reforma, por lo que pronto la Iglesia y los monarcas dictaron leyes para censurar las ediciones de libros y folletos.

El nacimiento de las academias renacentistas indica un cambio profundo en la orientaci�n de los m�todos de transmitir la cultura. Al florecimiento de los centros urbanos hab�a correspondido un instrumento caracter�stico: la Universidad.

Pero desde el momento que las corrientes culturales evolucionaron para adoptar un contenido laico e individualista, el sincretismo filos�fico del humanismo gan� terreno sobre las especulaciones escol�sticas, y las investigaciones en el campo de la naturaleza atrajeron a los individuos con m�s vigor para la pura dedicaci�n al desciframiento y comprensi�n de las verdades metaf�sicas, la Universidad medieval perdi� su primac�a en la direcci�n cultural del mundo europeo. La Universidad, sin embargo, se convirti� en semillero de nuevos humanistas sobre todo,� en sus facultades de Artes.

Fuera de Italia, directamente influidos por las corrientes renacentistas de esta naci�n se desenvuelven los estudios humanistas de las universidades alemanas, en las que resalta la de Erfurt. Basilea se convierte en centro de contacto entre el humanismo italiano y el alem�n, influyendo en la cuenca del Rhin medio.

1.5. SU MANIFESTACION EN OTROS PAISES EUROPEOS

Desde Florencia y Roma, el Renacimiento se difundi� por toda Europa. En primer lugar por el resto de Italia, especialmente Venecia, donde Sansovino renov� la arquitectura de la ciudad, y donde floreci� una escuela pict�rica propia. Cabr�a citar tambi�n otras ciudades como Mil�n, G�nova, Ferrara, Mantua, Siena, Parma, claros ejemplos de la potencialidad econ�mica italiana de esa �poca.

Los Pa�ses Bajos, otra de las regiones m�s ricas� de Europa, se convirtieron asimismo en un centro renacentista de primer orden, sobre todo en pintura, donde destaca la obra de El Bosco y de Pieter Brueghel el Viejo.

En Francia el Renacimiento se localiz� primordialmente en el valle del Loira, donde se levantaron magn�ficos castillos. Pero el Renacimiento lleg� tambi�n con fuerza a otros pa�ses como Espa�a, Inglaterra, Alemania (con la gran figura de Dudero), Polonia e incluso Rusia.

1.6. ERASMO Y EL ERASMISMO

Erasmo de Rotterdam (1476-1536) fue un incansable viajero. Nacido en esa ciudad holandesa, estuvo en Par�s, Inglaterra, Italia y Basilea donde muri�. Su pensamiento es un ejemplo de tolerancia y visi�n cr�tica. Su obra m�s importante es el Elogio de la locura, en la que ataca severamente las desviaciones de la Iglesia, aunque sin llegar a abandonar la ortodoxia cat�lica aunque ello no le sirvi� para evitar persecuciones.

Otras obras son Institutio� princis christini (1516) donde defiende la concordia universal, y De libero arbitrio (1524) un texto en el que se opone a las tesis de Lutero.

Erasmo dio al Humanismo su denominador com�n y su valor universal y permanente. Potencia las fuerzas del Renacimiento en su aspecto cultural: profundo conocimiento del mundo y de la cultura cl�sica, sagaz cr�tica de textos, esp�ritu tolerante y polifac�tico, doctrina filos�fica relativista, verbo ca�stico y mordaz contra las instituciones medievales, ideal de renovaci�n presente. Resume las posturas del Humanismo frente a la Reforma de la iglesia y sintetiza sus tendencias renovadoras.

Erasmo pertenece aun grupo bastante reducido: los idealista absolutos que, al mismo tiempo, son completamente moderados. No pueden soportar las imperfecciones del mundo; se siente constre�idos a combatir. Necesitaba luchar contra lo viejo, y a pesar de ello, no pod�a aceptar lo nuevo.

El erasmimo adquir�a particular difusi�n en toda Europa, pero sobre todo en Alemania es omnipotente el influjo el sabio holand�s, hasta el punto que es all� donde se desencadena la segunda oleada humanista, impregnada del evangelismo erasmista.

1.7. EL FLORECIMIENTO ART�STICO DURANTE EL RENACIMIENTO

La creaci�n art�stica experiment� una notable renovaci�n. En la mirada creadora del artista, la figura humana cobr� una importancia fundamental . Fue en la ciudad de Florencia, en el siglo XV (el Quatrocientos), donde se hizo realidad esta nueva visi�n art�stica.

En arquitectura destaca Brunelleschi, autor de la airosa c�pula de la catedral, la primera gran obra de la arquitectura renacentista. En escultura, Donatello cre� su famoso David, que evidencia un detenido estudio del cuerpo humano. En pintura Sandro Boticelli cre� El nacimiento de Ven�s, de claras referencias mitol�gicas.

El origen de la arquitectura del Renacimiento se encuentra en Italia, donde el gusto por la tradici�n cl�sica se ha mantenido a lo largo de la Edad Media. En el Renacimiento italiano se distinguen dos per�odos: el Quattrocento (siglo XV) y el Cinquecento (siglo XVI). En el primero se aprecia una riqueza decorativa en el exterior, en el interior los temas son vegetales y animales, tambi�n se emplean guirnaldas, laureles, etc.

El Cinquecento prefiere el efecto de masas y las monumentales l�neas constructivas, a la menuda decoraci�n del per�odo anterior.

La escultura est� inspirada en las obras cl�sicas imprimi�ndoles nueva vida. En el siglo XV tiene una tendencia al realismo y a la individualizaci�n de las figuras, en el XVI se tiende a reproducir las obras cl�sicas idealiz�ndolas y prestando gran atenci�n al desnudo y al cuerpo humano. En el siglo XVI el centro art�stico del Renacimiento se traslada de Florencia a Roma.

����������� En la pintura del Quattrocento a�n se aprecia la influencia del g�tico, con su ingenuidad representativa. Durante el Cinquecento se alcanza su mayor importancia, desaparecen los detalles menudos, se unifica el tema con frecuencia de grandes proporciones, mediante la eliminaci�n de escenas secundarias.

1.8. LOS CENTROS DEL HUMANISMO EN ESPA�A

En Espa�a el Humanismo de cu�o italiano se define en el �ltimo tercio del siglo XV, aunque ya antes el petrarquismo y el ciceronismo hab�an hecho adeptos que se vieron poderosamente influidos por el pensamiento erasmista,

Gracias a la labor del cardenal Cisneros, el Humanismo se convirti� en un plantel de intelectuales cat�licos instruidos en la erudici�n cl�sica, cuya futura actuaci�n en la obra de reforma y defensa de la Iglesia hab�a de resultar decisiva. Destaca Antonio de Nebrija como fil�logo, y Luis Vives.

De los centros de difusi�n del Humanismo, destaca Salamanca y sobre todo la Universidad de Alcal� de Henares, fundada por el propio cardenal Cisneros.

1.9. EL HOMBRE POL�TICO DEL RENACIMIENTO: MAQUIAVELO Y MORO

La ideolog�a renacentista plante� una nueva visi�n del pol�tico y de los fines a que deb�a tender su obras.

Uno de los m�s sagaces tratadistas de todas las �pocas fue Nicol�s Maquiavelo (1469-1527), que vivi� uno de los momentos m�s interesantes de la pol�tica de su patria, Florencia, y de Italia entera, actuando activamente desde 1498 a 1512 como secretario del Consejo de los Diez.

Tras ser destituido de su cargo por los Medici, Maquiavelo escribe El Pr�ncipe (1513), sus Discursos sobre la primera d�cada de Tito Livio (1519), de los que se desprende una pol�tica d gobierno y una teor�a sobre la vida. Descubre al hombre como una fuerza de la Naturaleza cuyo dinamismo se traduce en acciones dignas de ser consideradas por el valor que tienen como acontecimiento y experiencia. Maquiavelo pudo plantear el problema pol�tico en el �mbito hist�rico y convertir la pol�tica en una ciencia emp�rica. Sent� los principios de la secularizaci�n radical de la pol�tica y de la moral.

Maquiavelo se propone rehacer al ser humano, llevarlo por el camino que sugieren sus propias facultades y se�ala la experiencia de la vida, primando la virtud, la necesidad, la fortuna y la gloria; y considerando la virtud como la condici�n necesaria de la escena pol�tica, a�n prescindiendo de las reglas de la moral colectiva. La virtud se redime por el �xito, y ella sola puede proporcionar el imperio.

El maquiavelismo es una doctrina pol�tica positiva, en laque los grandes principios han de someterse a las experiencias fortuitas del momento y a una t�ctica oportunista. Desaparece el soberano moderado, y da paso al pr�ncipe que s�lo tiene en cuenta el inter�s supremo del Estado, que es el suyo propio, y el de la opini�n que secunda sus ideas.

Simult�neamente a Maquiavelo, publica sus obras el ingl�s Tom�s Moro. Su obra Utop�a es de muy distinto orden que las de aquel.

Moro es evasi�n, disgusto por la mezquindad del mundo que lo rodea. Construye su propio edificio pol�tico, en el que le gustar�a vivir, una sociedad que ha alcanzado la felicidad renunciando a la propiedad, al dinero, al ej�rcito. Un Estado previsor, regido por magistrados consentidos y elegidos por el pueblo, organiza el trabajo de los ut�picos y distribuye entre ellos los v�veres y los bienes producidos por la colectividad. Nadie es rico, pero a nadie le falta nada.

2. LA CRISIS RELIGIOSA: LA REFORMA LUTERANA. LA REFORMA CALVINISTA Y EL CISMA INGL�S

2.1. LA CRISIS RELIGIOSA BAJO MEDIEVAL

La expansi�n de la vida y actividad religiosas en el Cuatrocientos se empalma directamente con la piedad pr�xima que se desarroll� en la Edad Media; con los ideales sustentados por los grandes santos del siglo XIII.

La fuerza espiritual que se desarrolla durante el siglo XV, tiende a concentrarse en el interior de los individuos. El creyente prescinde de los motivos exteriores, acentuando su vida religiosa �ntima, con el triunfo de la m�stica alemana.

Esta ola de renovaci�n espiritual choca con la realidad social y eclesi�stica, provocando la aparici�n de las corrientes religiosas disgregadoras que, apoyadas en la aparici�n de la imprenta, difunden el Antiguo y el Nuevo Testamento, basando en las escrituras sus ideales de pobreza e igualdad frente a una Iglesia que hab�a salido del Medievo rica y jer�rquica.

Se desarrollan varias herej�as como el socialismo cristiano alem�n, los valdenses en Francia y los husitas bohemios. El descontento social y la inquietud religiosa tuvieron otra manifestaci�n no menos perturbadora: el apocaliptismo, apoyado en textos b�blicos, y que renov� la idea del anticristo.

La Iglesia de fines del siglo XV se hallaba en condiciones poco adecuadas para canalizar la corriente religiosa. El Papado se hallaba desprestigiado por la vida mundana y ego�sta de sus titulares, la aparici�n de los Estados nacionales hab�a debilitado su posici�n pol�tica, la alta nobleza se apoderaba de obispados y abad�as sin tener en cuenta vocaciones ni educaci�n religiosa. Mientras el bajo clero, pobre y mal instruido, no pod�a realizar su misi�n entre las almas de sus feligreses.

2.2. NUEVAS FORMAS DE ESPIRITUALIDAD: LA DEVOTIO MODERNA Y EL ERASMISMO CRISTIANO

Los descontentos de la organizaci�n social y los econ�micamente insatisfechos basan en la Biblia sus ideales de pobreza e igualdad frente a una Iglesia rica y poderosa, origin�ndose el socialismo cristiano que te�ir� de sangre los campos alemanes durante las sublevaciones agrarias antes y despu�s de la reforma luterana. El socialismo cristiano predica por medio de Hans B�hm el retorno al estado natural para preparar el advenimiento pr�ximo del reino de Dios, o en Rosenpl�t el apologista del trabajo natural y d la gente pobre. Esta corriente religiosa se aproxima a los ideales sustentados por la secta de los hermanos boh�mios, y favorece la difusi�n de los valdenes que, aunque duramente reprimidos en Francia y Alemania, continu� desarroll�ndose en los bordes monta�osos de Bohemia, derivando en una m�stica pante�sta. Este nuevo tipo de espiritualidad se basaba en el cumplimiento de las Leyes de Dios: pobreza, resignaci�n al sufrimiento ante el Estado y prohibici�n del juramento.

Paralelamente se desarrolla el apocalipticismo apoyado en el Evangelio y en el Apocalipsis de San Juan, manifest�ndose en gran parte de las actividades de la �poca, y con �l se relaciona la cr�tica de los pecados capitales, el temor al Juicio Supremo, el menosprecio a las vanaglorias humanas y el ferviente deseo de una penitencia que prepare para el �ltimo d�a.

La intelectualidad humanista contribuy� a preparar el ambiente propicio para una reforma. Los humanistas part�an de ideales opuestos a los propios de la Iglesia, pretendiendo la renovaci�n del cristianismo por la sabidur�a cl�sica, se pusieron de relieve los valores individualistas del esp�ritu cristiano, y se menospreci� lo colectivo y tradicional. El dogma qued� desplazado por la cr�tica e imper� un te�smo religioso universal.

En Espa�a el nuevo ideal fue puesto al servicio de la Iglesia para su reforma dentro del cuadro de sus tradiciones hist�ricas. El resto de Europa en cambio, vivi� bajo los preceptos de la filosof�a de compromiso de Erasmo.

Erasmo no era subversivo, pretend�a el esplendor del humanismo por el Papado y del Papado por el Humanismo, estableciendo un racionalismo teol�gico. Para Erasmo el problema se plantea como una manifestaci�n de la inteligencia soberana reflexionando sobre la fe y considerando como aut�nomos los valores de Dios, Cristo, Iglesia, hombre y voluntad. Y esa manifestaci�n la extrae en la condici�n previa que exige Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento: una acci�n de la libertad humana, que se encarna en la fuerza de voluntad del cristiano. Esta acci�n individualista, subjetiva, socava la dogm�tica cat�lica y establece la filosof�a de Cristo �nica compatible con los postulados del espiritualismo cl�sico.

2.3. LUTERO Y EL AMBIENTE POL�TICO DEL IMPERIO

El fervor religioso del siglo XV se entremezclaba en Alemania con vivos sentimiento disidentes, en lo nacional y en lo dogm�tico, de la Iglesia romana, mientras que la inestabilidad social y el fracaso de las tentativas centralizadoras del gobierno p�blico procuraban la coyuntura propicia para el arraigo en el pueblo de las nuevas posturas religiosas. En esta atm�sfera creci� la generaci�n reformista de 1517, cuyas caracter�sticas son el esp�ritu entusiasta, violento, cr�tico y profundamente religioso.

En Alemania sobreviv�a la idea de Imperio y de la autoridad del monarca, pero durante el siglo XV el Reich se hab�a desmembrado y el poder imperial se hab�a anulado, perdiendo el poder central atribuciones y derechos que eran asumidos por los pr�ncipes. As� la Alemania moderna nac�a con no menos de cuatrocientos estados independientes en su r�gimen interno. El �nico �rgano com�n, adem�s del Emperador, era la Dieta o Reigstag.

Durante el reinado de Federico III, la anarqu�a del r�gimen era evidente, por lo que hubo que plantearse la reforma, que afrontar�a Maximiliano I. Se constituy� un tribunal imperial, y se dieron los pasos para formar un ej�rcito nacional.

2.4. RUPTURA CON ROMA. REPERCUSIONES POL�TICAS Y SOCIALES. SU EXPANSI�N.

La nueva escol�stica ejerci� profunda huella en el esp�ritu de Lutero, el nominalismo occamista grab� dos ideas en su mente: fuerte pronunciamiento de la voluntad humana y severa justicia de Dios, llevada hasta lo arbitrario.

Tras ingresar en la orden de los eremitas agustinos en 1505, pas� Lutero a la Universidad de Wittemberg donde ense�a dial�ctica y f�sica aristot�lica. En 1510-1511 realiza un viaje a Roma para resolver problemas de su orden.

El problema de c�mo lograr la salvaci�n eterna era su preocupaci�n m�s acuciante. Su visi�n del mundo y su excesivo temperamento le induc�an a buscar la soluci�n apoy�ndose en una concepto personal y firme. Llegando a una conclusi�n negativa: la voluntad humana era incapaz, por s� sola, de superar el estado de pecado y alcanzar la justificaci�n ante Dios.

La doctrina de la justificaci�n por el puro acto y sentimiento de creer, sin ninguna contribuci�n por parte del cristiano llevaba larvado el concepto de predestinaci�n, ya que la Providencia otorgaba o no la misericordia suprema de la creencia de Dios y en la obra hist�rica de Cristo. Por lo tanto la gracia divina quedaba identificada con la misma justificaci�n, y negada su consecuci�n por las simples obras del cristiano.

Lutero propag� sus conclusiones primero al c�rculo universitario de Wittemberg. Pero una cuesti�n circunstancial, las indulgencias otorgadas por Le�n X, favoreci� la difusi�n de sus doctrinas, al mostrarse Lutero discrepante con la forma materialista en que se tomaban las indulgencias. Por ello redact� sus famosas 95 tesis de Wittemberg (31 de octubre de 1517) fij�ndolas al d�a siguiente en la puerta del castillo de la ciudad. En ella, adem�s de la protesta, sent� proposiciones her�ticas sobre el poder de la Iglesia, el Purgatorio y la jerarqu�a eclesi�stica.

A las tesis de Lutero replicaron Tetzel y Eck. Estas discusiones, que pod�an derivar hacia una controversia erudita, tuvieron una resonancia popular insospechada, que nac�a de las mismas inquietudes sociales, pol�ticas, nacionales y espirituales de Alemania. Debido a esta conmoci�n intervinieron directamente en la cuesti�n el papa Le�n X y el emperador Maximiliano, mientras Lutero contaba con el apoyo de Federico El sabio, duque de Sajonia.

La muerte de Maximiliano propici� a Lutero dos a�os de calma, ante el temor del Papado de enemistarse con el duque de Sajonia y a la b�squeda de un acercamiento, bruscamente roto en la Controversia de Leipzig (julio de 1519) al reconocerse Lutero partidario de las tesis husitas y negar la jerarqu�a del Papado y la autoridad de los Concilios.

Desde Leipzig la ruptura era clara, y hab�a de conducir a la creaci�n de una nueva Iglesia moldeada seg�n los sentimiento luteranos.

En 1520 aparecen los tres escritos esenciales, donde se precisa la doctrina luterana y se desarrolla su determinismo m�stico y religioso: A la nobleza de la naci�n alemana de contenido pol�tico y religioso, De la cautividad babil�nica de la Iglesia de contenido dogm�tico y apocal�ptico, De la libertad cristiana que sintetiza los anteriores, acentuando la justificaci�n por la sola fe en Cristo.

En junio de 1520 el Papa expide contra Lutero la bula Exsurge domine, lo declara her�tico y lo excomulga. Lutero quem� la bula y se ratific� en su actitud ante la Dieta de Worms (1521) convocada por el emperador Carlos V. La Dieta conden� a Lutero a las penas reservadas para los herejes, pero �ste hall� refugi� y amparo en el castillo de Wartbugo propiedad del elector de Sajonia.

Desde 1519 figuraban junto a Lutero un c�rculo de humanistas y profesores universitarios, protegidos del elector de Sajonia, el m�s importante de ellos Felipe Schwarzerd, Melanchton, profesor de griego y hebreo en Wittemberg, de profunda influencia en toda Europa.

Lutero fue incapaz de dominar el movimiento que hab�a iniciado mientras se encontraba en el castillo de Wartburgo. Los predicadores evangelistas partieron de la regi�n de Turingia y Sajonia, y difundieron la nueva doctrina por las ricas ciudades del mediod�a de Alemania y por las del Rin. La difusi�n de la nueva doctrina dio lugar a multitud de conflictos, unos de car�cter social y otros de orden religioso.

Este hervidero social y religioso se acentu� cuando Federico de Sickingen se sublev� en nombre de la caballer�a y reclam� la secularizaci�n de las propiedades eclesi�sticas del arzobispado de Tr�veris. Este levantamiento fue ahogado en sangre por la alta nobleza.

El movimiento agrario se inici� en el sudeste de Alemania en 1524 con reclamaciones estrictamente sociales, que poco a poco se fueron llenando de dogmatismo religioso. Este levantamiento tambi�n fue sofocado por la nobleza en el transcurso de 1525 de forma muy cruel.

2.5. EL ANABAPTISMO

La Reforma suiza est� estrechamente relacionada con el espiritualismo y el humanismo de la Alta Alemania y con su ambiente revolucionario, sin embargo difiere bastante de la obra luterana tanto en el �mbito religioso como en el pol�tico.

Se desarrollo aqu� la secta de los anabaptistas, como ala izquierda de la Reforma protestante. Nacida de la inquietud en las clases bajas del campo y la ciudad, adopt� formas apocal�pticas y comunistoides. De Suiza pas� a Alemania propagada por Baltasar Hubmaier, tomando como focos de difusi�n Augsburgo y Estrasburgo, desde donde part�an profetas a establecer comunidades en el Palatinado y los Pa�ses Bajos.

La introducci�n del anabaptismo se caracteriz� por grandes disturbios sociales, como los acaecidos en M�nster en 1532 y 1535. Mostrando que los se�ores no estaban dispuestos a tolerar reformas subversivas.

2.6. CALVINO Y LA SEGUNDA FASE DE LA REFORMA. SUS PRINCIPIOS DOCTRINALES. �REAS DE EXPANSI�N.

En Francia las ideas reformistas no fueron eficaces, al oponerse a ellas la monarqu�a, y a los movimientos de reforma dentro de la propia Iglesia.

Calvino, franc�s de Picard�a, pertenece a la segunda generaci�n reformista, y aporta a la subversi�n religiosa del siglo XVI una serie de elementos originales que le imprimieron un car�cter inconfundible.

Huido de Francia, publica en Basilea su libro Institutio religionis christianae y su �xito hace que Farel le llame a Ginebra. Tras una etapa de actividad propagadora, la burgues�a ginebrina expulsa a ambos reformadores que se establecen en Estrasburgo. Su estancia en esta ciudad permite a Calvino profundizar en las ideas religiosas de los evangelistas alemanes, hasta que nuevamente es llamado a Ginebra.

Calvino parte de la premisa luterana de la justificaci�n por la fe, para afirmar la predestinaci�n del cristiano. Priva al hombre del libre albedr�o y lo justifica s�lo por la fe, y �sta s�lo se comunica por la elecci�n divina. Desde el principio de los tiempos, el dios omnicomprensivo hab�a decretado el bien y el mal, atribuyendo a unos la elecci�n y a otros la reprobaci�n. La Divinidad, al crear el pecado en Ad�n, se�al� para siempre a los r�probos. Estos se inclu�an en el plan divino como simples medios para la perfecci�n de los elementos positivos: los elegidos.

Este racionalismo exigente indujo a Calvino a negar cualquier instituci�n religiosa que no derivara de la interpretaci�n evang�lica. Su principal preocupaci�n radicaba en imponer el esp�ritu de Cristo en todas las manifestaciones de la vida de la �poca, lo que le lleva a intervenir en la vida p�blica, constituyendo en Ginebra un gobierno teocr�tico.

De Ginebra parten los propagandistas calvinistas para toda Europa. Fundan comunidades en Francia (hugonotes), Inglaterra (puritanos), Escocia (presbiterianos), Pa�ses Bajos, Alemania (reformados), Polonia, Hungr�a y Transilvania, fueron combatidos por los poderes p�blicos, tanto cat�licos como luteranos, puesto que constitu�an un peligro de subversi�n pol�tico-social.

2.7. ZWINGLIO Y LA REFORMA EN ZURICH

La reforma suiza est� estrechamente relacionada con el espiritualismo y humanismo de la Alta Alemania y asimismo con el ambiente creado por Lutero. Sin embargo difiere bastante de la obra luterana, tanto en el aspecto religioso como en el pol�tico. Su precursor, Ulrico Zwinglio, era hombre de temperamento ardiente e intransigente. En 1516 se estableci� en Einsieldeln, donde comenz� a predicar contra las ceremonias judaicas de la Iglesia exterior, el mal uso de los sacramentos y el servicio divino. En 1519 propaga la lectura de la Biblia como �nica fuente de salvaci�n para el cristiano y difunde los escritos de Lutero, si embargo elabora una teolog�a propia, cuyo fundamento halla en la pura y exclusiva aceptaci�n de la Biblia como ley de Dios revelada. Intenta una subversi�n total contra la Iglesia: la fe que conduce a la salvaci�n eterna es predestinada por Dios creador del bien y del mal, y por tanto del pecado. Juzga los sacramentos como puros s�mbolos y convierte el es de la f�rmula eucar�stica en significa. Reduce la misa a un serm�n conmemorativo, e introduce en Zurich un gobierno teocr�tico en el que el profeta inspira las decisiones del Consejo municipal burgu�s.

La obra de Zwinglio adquiere un marcado inter�s pol�tico nacional, tanto de unidad suiza como de liberaci�n de influencias exteriores. Ligaba la difusi�n de la Reforma al sentimiento de emancipaci�n nacional.

2.8. LA CUESTI�N DEL DIVORCIO DE ENRIQUE VIII Y EL CISMA

La Reforma en Inglaterra es el resultado de la formaci�n de Iglesias nacionales dominadas por la monarqu�a centralizadora. Por ello originalmente no fue una herej�a, si no un movimiento cism�tico de fuerte contenido antipapista.

La original forma de gobernar que impuso Enrique VIII, se hab�a apreciado en varios hechos: la aspiraci�n al Imperio Alem�n en 1519, o las extravagantes combinaciones que urdi� en el campo de la pol�tica internacional para sacar partido de la lucha entre Carlos V y Francisco I.

Pero el problema del divorcio del rey y su esposa Catalina de Arag�n, precipitado por la falta de sucesi�n masculina y la desbordante pasi�n de Enrique VIII por Ana Bolena, se convirti� muy pronto en una cuesti�n de inter�s nacional. Es evidente que el monarca intentaba dar rienda suelta a su voluntad sin enfrentarse con Roma que tantas veces hab�a cedido a peticiones de tal naturaleza. Pero detr�s de Clemente VIII estaba el sobrino de la reina de Inglaterra, el emperador Carlos. En 1529. El Papado dio una respuesta negativa formal. Entonces Enrique VIII, aconsejado por el te�logo de Oxford Thomas Crammer se decidi� por el divorcio y la ruptura con Roma.

2.9. SITUACI�N DE LA IGLESIA EN INGLATERRA: THOMAS CRAMMER Y LA REFORMA INGLESA

La Iglesia cat�lica inglesa se manten�a mucho m�s pura que otras Iglesias del continente, y merec�a la confianza de gran parte de la poblaci�n. Los c�rculos humanistas de Oxford y Cambridge capitaneados por Tom�s Moro, no aceptaban la propaganda luterana. El propio Enrique VII adopt� una postura de defensa de la Iglesia.

Cuando la cuesti�n del divorcio del rey provoc� la ruptura con Roma, la gran mayor�a de Inglaterra era cat�lica, a excepci�n de algunos puntos de Londres, Kent, East Anglia y Cambridge, donde el luteranismo hab�a conseguido algunos avances.

El clero ingl�s sent�a, sin embargo, cierto recelo contra la continua intervenci�n del Papado en la vida de la naci�n. La nobleza aspiraba a las propiedades del clero, por lo que ninguno de los dos estamentos puso excesivos reparos al cisma, sinti�ndose halagado el pa�s en su sentimiento de vanidad e independencia patria.

En 1531 el monarca fue declarado �nico jefe supremo de Iglesia, luego los eclesi�sticos se sometieron al rey en 1532. Preparadas as� las cosas por Crammer, que acababa de ser nombrado arzobispo de Canterbury, declar� el 23 de mayo de 1533 la nulidad del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Arag�n. La Santa Sede excomulg� al monarca, a lo que el Parlamento respondi� aprobando el Acta de Supremac�a en 1532 que legalizaba la constituci�n de la nueva Iglesia anglicana.

Se hab�a producido un cisma de escaso contenido ideol�gico. Crammer era un luterano moderado, Cromwell elevado al cargo de canciller, s�lo aspiraba a hacerse con las riquezas de los conventos. Al principio se mantuvieron los principios b�sicos del cristianismo medieval, haci�ndolo compatible con la teocracia mon�rquica acabada de implantar.

M�s tarde (1536) se public� el Libro de los Diez Art�culos que establec�a los dogmas b�sicos de la Iglesia anglicana, manten�a los tres sacramentos esenciales (comuni�n, bautismo y penitencia), la creencia en el Purgatorio y el celibato eclesi�stico. Poco despu�s se produjo la publicaci�n de los llamados Seis Art�culos de 1539, que pretend�an defender el anglicanismo de las reformas luteranas y anabaptistas, e intentaba demostrar que la Iglesia anglicana pod�a seguir siendo cat�lica sin el Papa a su cabeza.

Entre 1536 y 1539 se produjo la secularizaci�n de los monasterios, provocando un tremendo expolio de las propiedades de la Iglesia, con el exclusivo beneficio de la Corte.

3. LA CONTRARREFORMA

3.1. POSTURA DE LA IGLESIA CAT�LICA ANTE LA REFORMA PROTESTANTE. INTENTOS DE CONCILIACI�N Y RENOVACI�N INTERNA.

En el mismo a�o en que Lutero clavaba sus 95 tesis a la puerta de la Iglesia de Wittemberg, nac�a dentro de la Iglesia Cat�lica, en el Oratorio del Amor Divino de Roma la idea de renovaci�n a fondo de la vida eclesi�stica. En especial hab�a que poner fin a la disoluci�n moral de la clerec�a, causa por la que la opini�n p�blica se hallaba frente al clero, mediante la formaci�n de sacerdotes de una vida intachable que supieran vivir en el mundo.

El saqueo de Roma por las tropas de Carlos V en su lucha contra los papas de tendencias francesas puso brusco fin al esplendor del Renacimiento romano. A los papas humanistas de fines del siglo XV y principios del XVI, le siguieron una serie de hombres que intervinieron con f�rrea dureza en la vida eclesi�stica.

Correspondiendo al deseo del emperador, y con la esperanza de mover a los partidarios de la fe evang�lica a su reunificaci�n con la Iglesia cat�lica, el papa Pablo III convoc� el Concilio ecum�nico de Trento (1544) en el que se reserv� tambi�n una plaza a los partidarios de Lutero, plaza que no aceptaron.

Se distingue en el catolicismo de esa �poca dos generaciones distintas: la propiamente reformista y la contrarreformista. La l�nea divisoria de ambas se sit�a en el a�o 1541, fecha en que fracas� la �ltima aproximaci�n intentada por los cat�licos respecto a los protestantes en la Dieta de Ratisbona. Los reformistas hab�an querido darle a su obra un tono tradicionalista, conciliador y educativo. La virulencia protestante, singularmente la calvinista, hizo imposible que alcanzaran la meta. Entonces prevaleci� la actitud combativa, dram�tica, propagand�stica y social t�pica de la Contrarreforma.

3.2. EL CONCILIO DE TRENTO: VICISITUDES PREVIAS A SU CONVOCATORIA. ETAPAS Y CONCLUSIONES. AFIRMACI�N DE LA ORTODOXIA CAT�LICA.

Muchos cat�licos consideraban imprescindible introducir cambios en la Iglesia, de ah� que en pa�ses de fuerte arraigo cat�lico, como Italia y Espa�a, tuvieran lugar movimientos reformistas.

La convocatoria de un Concilio ecum�nico se retras� debido a los recelos del Papado que sospechaba que tras la insistencia de Carlos V de Alemania se escond�a el designio de imponer su autoridad suprema. Tambi�n la situaci�n b�lica que viv�a Europa contribuy� al retraso, situaci�n en la que todo lo religioso se aprovechaba en beneficio de la pol�tica y viceversa. S�lo tras la paz de Crepy fue posible pensar en el Concilio. Finalmente Pablo III convoc� el Concilio de Trento. Las sesiones duraron de 1545 a 1563.

Las reuniones celebradas se agrupan en tres per�odos: de 1545 a 1547, per�odo del papa Pablo III; de 1551 a 1552 per�odo del papa Julio III; y per�odo de 1562 a 1563 del papa P�o IV. La pol�tica internacional provoc� dos suspensiones: la primera en 1547 por la acci�n de Carlos V contra los confederados de Esmalcalda, y la segunda en 1152 a ra�z de los �xitos de los protestantes y las resoluciones de la Dieta de Augsburgo.

Se hicieron evidentes dos tendencias: una de car�cter m�s conservador y centralista representada por los obispos italianos, y otra de car�cter m�s renovador en la que destacaron eminentes te�logos jesuitas y dominicos espa�oles.

Se neg� el libre examen y se� reconoci� como fuente de revelaci�n a la tradici�n. Se reconoci� la necesidad de buenas obras. Se definieron los siete sacramentos, la existencia del Purgatorio, el culto a la Virgen y a los santos, la presencia real de Cristo en la Eucarist�a y el valor de las indulgencias. Tambi�n se reform� la autoridad del papa reafirm�ndola, se confirm� el celibato para los sacerdotes, se oblig� a que no se acumularan cargos eclesi�sticos en una misma persona y a que los obispos y abades residieran en sus respectivas di�cesis y monasterios. Asimismo se crearon seminarios en cada di�cesis. Se revis� la parte del derecho can�nico relativa al matrimonio. Ya durante el Concilio sus decisiones fueron anunciadas en los pa�ses cat�licos y llevadas a la pr�ctica.

Despu�s que se hubo visto que no ten�a resultados querer ganar a los evang�licos por el camino de la persuasi�n, empez� la lucha, iniciada no en �ltimo lugar por los pr�ncipes cat�licos con medios mundanos, para la reconquista de los territorios perdidos hasta 1517. El Papado pod�a apoyarse para este objeto en una Iglesia que internamente se hab�a renovado del todo. El Concilio tridentino dio a la fe cat�lica una nueva y firme base de espiritualidad y organizaci�n.

El Concilio de Trento cierra un ciclo de la historia de la Iglesia, que se inicia en el siglo XIII con la aparici�n de los grandes movimientos her�ticos, se fomenta en el XIV con la lucha entre el Papado y el Concilio, y culmina a principios del XVI con la Reforma protestante, secuela natural de unos y otos. De la contienda la Iglesia cat�lica sale triunfante, porque opone su universalismo al particularismo luterano, y al subjetivismo de �ste objetividad de una instituci�n divina anclada en el Papado.

3.3. LA COMPA��A DE JES�S Y LAS �RDENES DESCALZAS

El m�s importante portador del nuevo esp�ritu de la Iglesia cat�lica fue la Compa��a de Jes�s. Su fundador fue el noble vasco Ignacio de Loyola (1492-1556) en un principio oficial del ej�rcito espa�ol, inutilizado por una herida para el servicio de armas. Con algunos compa�eros cre� las bases de la nueva orden, que en 1540 fue confirmada por el papa Pablo III. Junto a los votos usuales de pobreza, castidad y obediencia, los miembros de la orden jesuita juraban tambi�n someterse sin r�plica a las instrucciones del papa. La Compa��a de Jes�s fue organizada con rigidez militar, de este modo era f�cil para la direcci�n enviar a sus miembros donde hiciera falta.

Para el examen de conciencia y formaci�n del car�cter jesuita serv�an los Ejercicios (d�as de recogimiento y meditaci�n) que se practicaban con regularidad. No se entend�a el ascetismo y el renunciamiento, prohibiendo a sus miembros los ayunos, azotes, cilicios, etc.

Ignacio de Loyola y su Compa��a de Jes�s representan el �pice del activismo cat�lico y es la muestra m�s completa de la reacci�n contra las fuerzas disolventes del Renacimiento.

Otras nuevas �rdenes se crearon o se reformaron en la �poca. Entre las figuras m�s destacadas, Santa Teresa de Jes�s y San Juan de la Cruz. Santa Teresa cre� en su ciudad natal, Avila, el primer convento de monjas carmelitas reformadas. Tuvo grandes problemas con las autoridades debido a sus fundaciones y reformas.

San Juan de la Cruz, adem�s de un important�simo autor l�rico, particip� en la reforma de la rama masculina del carmelo, colaborando con Santa Tersa, lo que le comport� graves incomprensiones y sufrimientos, incluso la prisi�n. Ocup� altos cargos en su orden.

3.4. EL PROBLEMA PROTESTANTE: ACTITUD DEL EMPERADOR

En 1530 millones de alemanes eran luteranos. Carlos V no era un hombre intolerante, por lo que en principio trato de reducir la herej�a mediante el di�logo y la negociaci�n, hasta el punto de sorprender a los protestantes en la Dieta de Augsburgo. Se puso de manifiesto la necesidad de un concilio tanto para acometer la reforma de la Iglesia, como para lograr la unidad perdida. Sin embargo el Concilio lleg� tarde. La Iglesia se reform�, pero la unidad no s�lo no se lograr�a, sino que los acuerdos conciliares provocan la ruptura definitiva. Como consecuencia la pol�tica del emperador cambio radicalmente, se cerraba la v�a del di�logo y la tolerancia. La constituci�n de la Liga de Esmalcalda por parte de los luteranos constitu�a un grave peligro, por cuanto reivindicaban no s�lo la libertad de conciencia, sino la independencia de los pr�ncipes alemanes frente al poder imperial. ��������� El fracaso de la postura conciliadora de Carlos V llev� a las armas. El emperador no era intolerante y se sent�a influido por la corriente erasmista.

Al final Carlos V derrota a la Liga de Esmalcalda en la batalla de M�lhberg, pero acuciado por otros problemas abandona Alemania en manos de su hermano, y se acepta el principio de cuis regio, eius religio (cada pr�ncipe, su religi�n). No se daba la libertad religiosa individual, sino que cada pr�ncipe escog�a la religi�n en su territorio y sus s�bditos deb�an aceptarla, ya fuese cat�lica o protestante.

3.5. RELACIONES CON EL PAPADO. CARLOS V Y EL CONCILIO DE TRENTO

Como ya hemos indicado la pol�tica del emperador con respecto a los luteranos fue de di�logo y tolerancia. Su primer deseo consist�a en llegar a un acuerdo pactado que conservase la unidad de la Iglesia. Para ello se puso de manifiesto la necesidad de un concilio, tanto para acometer la reforma de la Iglesia como para lograr la unidad perdida. La Iglesia se reform�, pero la unidad no s�lo no se lograr�a, sino que los acuerdos conciliares provocaron la ruptura definitiva.

El concepto de concilio no era el mismo para el papa y el emperador. Carlos V pensaba m�s bien en un s�nodo de mesa redonda, en que los luteranos, salvadas ciertas garant�as con respecto al dogma y la autoridad pontificia, pudieran exponer libremente su opini�n; para el Pont�fice, la sumisi�n previa de los herejes era requisito imprescindible para que pudieran ser admitidos en las deliberaciones.

La discrepancia explica en gran parte las dilaciones que una y otra vez fueron demorando la convocatoria del s�nodo religioso, pese a la excelente voluntad del Papa y del Emperador. Cuando al fin se reuni� el tan esperado Concilio era demasiado tarde para muchas cosas. No fue el Concilio de la uni�n sino el de la separaci�n radical, la definici�n tajante de la fe cat�lica frente a un protestantismo poderoso que desde bastantes a�os antes hab�a perdido todo deseo de di�logo.

Carlos V, como tantos otros cat�licos, comprend�a la necesidad de una seria reforma en el seno de la Iglesia. Su doble error consisti� en creer que las diferencias entre cat�licos y protestantes eran accidentales y que una serie de reformas externas o en puntos doctrinales no afectados por el dogma, ser�an suficiente para atraerse a Lutero y a los suyos.

3.6. EL REINADO DE FRANCISCO I: PROBLEMAS POL�TICOS Y RELIGIOSOS.

Francisco I (1515-1547) consigui� afianzar el sistema de gobierno y llevar a Francia a una �poca de plenitud. La naci�n se aproxima al rey, y consigue imponer y reforzar la administraci�n real.

Consigui� el concordato de 1516 que le asegur� grandes ventajas y pon�a fin� al sistema de elecci�n. Para los beneficios consistoriales, el monarca presentaba su candidato y el papa conced�a la investidura can�nica.

La historia interna de Francia fue muy tranquila. No hubo querellas din�sticas ni levantamientos internos importantes. Probablemente las campa�as exteriores contra el imperio alem�n ayudaron a ello, pues ocuparon las energ�as de la nobleza. Aunque internamente estable, la preocupaci�n de sus soberanos por los problemas exteriores impidi� a los reyes franceses tender adecuadamente a los internos.

Sutilmente las nuevas doctrinas luteranas comienzan a introducirse en los a�os veinte, en el decenio de los cuarenta, los calvinistas desde Ginebra, preparan una larga etapa de guerras religiosas y civiles.

4. CONFLICTOS POL�TICO-RELIGIOSOS

4.1. FRANCIA

LAS GUERRAS DE RELIGI�N BAJO CARLOS IX Y ENRIQUE III

La muerte de Enrique II coloc� en el trono al joven Francisco II de s�lo quince a�os. La regencia recay� en el cardenal de Lorena, de la cat�lica familia de los Guisa. Comenzaba a plantearse con toda su crudeza el problema del avance del calvinismo, en el que estaban implicadas las rivalidades de las grandes familias francesas.

En los primeros meses de 1560 la situaci�n pol�tico-religiosa de Francia ya era cr�tica. El s�nodo calvinista reunido en 1559 fue duramente reprimido, por lo que los nobles calvinistas articularon una conspiraci�n para derribar a los Guisa. La s�bita muerte de Francisco II modific� la situaci�n.

Le sucedi� su hermano de diez a�os Carlos IX. La cuesti�n de la regencia, que correspond�a a la casa de Borb�n, fue asumida por la madre del monarca, Catalina de M�dicis, cuyo �nico objetivo era conservar la paz y el trono de Francia para sus hijos. Pero su pol�tica religiosa provoc� la oposici�n de los m�s significativos personajes cat�licos, que constituyeron el llamado Triunvirato Cat�lico.

En enero de 1562, Catalina rodeada ya de consejeros calvinistas, public� el edicto de la tolerancia que garantizaba a los protestantes la libertad de culto. Este edicto desagrad� enormemente a Roma y a Espa�a, que estimularon a los cat�licos a la acci�n, lo que provoc� altercados que hicieron al cat�lico Guisa entrar triunfante en Par�s y poner bajo su protecci�n al rey y a la regente. esto hizo que los protestantes se levantaran el armas, ocuparon Orleans y se dedicaran a destruir iglesias cat�licas.

Esta primera guerra adquiri� dimensi�n internacional: los calvinistas recibieron ayuda de Ginebra, del elector Federico y de Isabel de Inglaterra; los cat�licos fueron apoyados por Felipe II.

La guerra se cobr� la vida de algunos de los m�s destacados actores el bando cat�lico, por lo que Catalina se apresur� a firmar la paz y a ampliar el decreto de libertad de conciencia a todos sus s�bditos. Inmediatamente inici� la tarea de la reconciliaci�n nacional, lo que la llev� a una entrevista en Bayona con el espa�ol duque de Alba que le ofreci� su apoyo para acabar con los protestantes.

El temor de estos les llev� a volver a tomar las armas e intentar capturar a Catalina y al rey, para lo que se apoyaron en un fuerte contingente de protestantes alemanes. La segunda guerra fue breve ante los recelos de Catalina de una intervenci�n espa�ola, se forz� un acuerdo que establec�a el statu quo y aproxim� a la regente al sector cat�lico.

As� se inici� en septiembre de 1568 la tercera guerra en la que el duque de Anjou, hermano del rey, derrot� a los hugonotes refugiados en La Rochela. Pero h�biles movimientos de las tropas protestantes durante 1569, unidos a la escasa eficacia del ej�rcito real y a las nuevas conversaciones de paz de Catalina, llevaron a la firma de una nueva paz en el verano de 1570 muy favorable a los protestantes. Este acercamiento de Catalina estaba justificado por la actitud del duque de Alba en Flandes que irritaba a los calvinistas franceses, por lo que la regente inici� el acercamiento por razones de estado, y realiz� una nueva pol�tica matrimonial.

Los temores de Catalina a quedar fuera del poder la llevaron a organizar en agosto de 1572 una terrible matanza de hugonotes, la matanza de la noche de San Bartolom�. Estos asesinatos provocaron el exilio de numerosos protestantes a Ginebra y Estrasburgo.

Los hugonotes endurecieron sus posturas y se rebelaron contra un rey que hab�a ordenado su exterminio, tomaron las armas en todas partes e iniciaron la cuarta guerra, ahora contra el poder real. A ellos se aproximaron alguno nobles incluso cat�licos, deseosos de acabar de una vez con las luchas religiosas.

Carlos IX muri� en el verano de 1574 y le sucedi� su hermano el duque de Anjou, con el nombre de Enrique III. Astuto y perspicaz, carec�a de vigor f�sico y de tenacidad para ejecutar sus prop�sitos. En su ausencia, Catalina enemistada con alguno nobles, hab�a provocado la existencia en el sur y sureste de Francia de un virtual estado hugonote independiente, con sus propias instituciones, su estructura financiera y un acuerdo para vivir una plena libertad de conciencia. Enrique III, sin medios para combatirlos, tuvo que aceptar la humillante paz de Monsieur muy favorable a los hugonotes. Parec�a que Francia estaba dividida en dos religiones, pero num�ricamente los cat�licos representaban un gran volumen de la poblaci�n.

Los cat�licos se reunieron en una Liga y forzaron a Enrique III a iniciar la sexta guerra (1576-1577) que acab� con una tregua menos favorable a los protestantes.

Siguieron unos a�os confusos, que sumieron a Francia en el caos. La Liga cat�lica revivi� en 1584 para imponer sus candidatos a la sucesi�n al trono de Francia. Contaba con� el importante apoyo de Felipe II que necesitaba mantener una dinast�a cat�lica que no apoyara a los protestantes flamencos. Presionado por la Liga, Enrique III revoc� todos los edictos de tolerancia religiosa y declar� proscrita la herej�a protestante.

As� en septiembre de 1585 surg�a la octava guerra, la m�s larga y encarnizada. Se jugaba la supervivencia protestante y la sucesi�n a Enrique III. Par�s se sublev� contra el monarca y le declar� tirano y asesino, implantando un r�gimen revolucionario. Enrique III no tuvo m�s remedio que apoyarse en los protestantes. El 1 de agosto de 1589 fue asesinado ante los muros de Par�s. Antes de morir declar� sucesor a Enrique de Navarra jefe del partido hugonote. La Liga apoyada por Felipe II proclam� en Par�s a Carlos X, el cardenal de Borb�n ya muy anciano. La prosecuci�n de la lucha era inevitable. Los hugonotes arreciaron en sus campa�as y asediaron Par�s, que resisti� gracias al apoyo de Alejandro Farnesio. La situaci�n de empate provocaba una indefinici�n del conflicto.

ENRIQUE IV Y LA PROCLAMACI�N DEL EDICTO DE NANTES.

Era evidente que la mayor�a cat�lica de Francia no quer�a un rey calvinista, y tambi�n que el triunfo de la Liga cat�lica provocar�a la desmembraci�n de Francia o su sumisi�n a Espa�a. Se necesitaba una soluci�n de compromiso que terminara con un conflicto que duraba ya dos generaciones. Se busc� la unidad de Francia bajo un trono cat�lico y una pol�tica de moderaci�n religiosa.

El �ltimo obst�culo lo constitu�a la fe calvinista del pretendiente al trono, Enrique de Navarra. Este adjur�, por segunda vez, del calvinismo. En la bas�lica de Saint Denis se reconcili� con la Iglesia. Francia necesitaba una conversi�n completa y adecuada a la realidad religiosa. Enrique IV fue entonces aceptado por el pueblo de Par�s como su leg�timo monarca el 22 de marzo de 1594.

El nuevo rey comenz� de inmediato la tarea de la reconquista nacional, encontrando oposici�n en Borgo�a. La absoluci�n otorgada por el papa Clemente VIII en 1595 a Enrique� IV, facilit� en grado sumo la pol�tica del rey, as� en octubre de 1595 terminaron las guerras religiosas en Francia.

Reconocido por todos los franceses, Enrique IV fund� el dominio de la casa de Borb�n en Francia. A los que hab�an sido hasta entonces sus correligionarios les concedi� en el edicto de Nantes de 1598, una amplia libertad religiosa.

4.2. INGLATERRA

LA POL�TICA RELIGIOSA: AFIRMACI�N DEL ANGLICANISMO

Aunque la Iglesia de Inglaterra segu�a conservando algunas formas cat�licas sin embargo los 39 art�culos con su repulsa al Papado, de la doctrina cat�lica de la Eucarist�a, de la veneraci�n de los santos y de las indulgencias, est� separada por un abismo que no es posible soslayar. Contra los adversarios de la Iglesia estatal se dictaron una serie de disposiciones legales, que en los primeros a�os fueron aplicadas a los papistas con bastante suavidad. S�lo cuando la reina escocesa Mar�a Estuardo, cuyas pretensiones al trono ingl�s eran apoyadas por Espa�a, los dem�s pa�ses cat�licos y una parte de los cat�licos ingleses, busc� refugio en Inglaterra ante una rebeli�n de calvinistas escoceses, y fue apresada; se alz� una ola de persecuciones contra los cat�licos. Inglaterra se convirti� en la cabeza del frente evang�lico, por lo que se enfrent� a los Habsburgo y al Imperio espa�ol.

RELACIONES CON ESCOCIA

Mar�a Estuardo regres� a Escocia en 1561, era cat�lica, y se encontr� que desde 1545 las aspiraciones antieclesi�sticas de la alta nobleza se hab�an plasmado en el credo calvinista difundido por John Knox, que cre� el tipo presbiteriano de moral escocesa y que obtuvieron la secularizaci�n de los bienes de la Iglesia, de los que los nobles obtuvieron la parte m�s importante.

Mar�a Estuardo se hall� ante una nobleza sublevada, sin apoyos externos y con la enemistad de Isabel de Inglaterra, y opt� por casar con Enrique Darnley, primo de Isabel de Inglaterra, lejano aspirante al trono ingl�s y favorito de la nobleza cat�lica de aquel pa�s.

����������� Se produjo una sublevaci�n nobiliar incitada desde Londres, en laque perdi� la vida el rey regente. Mar�a volvi� a casar con el conde de Bothwell, pero las sospechas de su participaci�n en el asesinato de su anterior marido, provoc� una rebeli�n que oblig� a Mar�a Estuardo a abdicar en su hijo Jacobo de dos a�os de edad.

La reina huy� de Escocia y se refugi� en Inglaterra, donde fue detenida por Isabel, a la vez que el papa P�o V excomulgaba a la reina inglesa e incitaba a los cat�licos de este pa�s. Esto provoc� la persecuci�n contra estos, de los que muchos fueron ejecutados acusados de traici�n. En 1587 un tribunal ingl�s conden� a muerte a Mar�a Estuardo.

Como Isabel I permaneci� soltera, con ella se extingui� la casa Tudor. Su heredero fue el hijo de Mar�a Estuardo, Jacobo VI, que fue educado como calvinista. As� las islas Brit�nicas quedaban unidas bajo una corona.

4.3. LA INSURRECCI�N DE LOS PA�SES BAJOS.�����

A partir de 1556 Flandes fue el mayor problema que hubo de afrontar Espa�a, condicionando en gran medida su pol�tica exterior. Se entrecruzan las luchas religiosas y el crecimiento de las ideas nacionales.

Flandes era una pr�spera posesi�n de la casa de Borgo�a. Felipe II hab�a encomendado el gobierno a su hermana Margarita de Parma y a Gravela, al cual hubo de destituir presionado por el conde de Esmont y el pr�ncipe de Orange, pero no acept� otras reivindicaciones como la libertad de cultos que preocupaba a los calvinistas.

Estos junto a la nobleza flamenca recelaban de la pol�tica intransigente de Felipe II, por lo que en 1556 estallaron tumultos que acabaron con el saqueo de varias iglesias.

Felipe II reaccion� enviando al duque de Alba para sofocar la rebeli�n y este procedi� con mano dura, acabando con la vida de los condes de Esmont y de Horn. La insurrecci�n se agrav� y se convirti� en guerra al mando de Guillermo de Orange que se ali� con los protestantes alemanes e ingleses, y con los hugonotes franceses, con cuyo apoyo organiz� una flota que le proporcion� importantes victorias,� haci�ndose fuerte en las provincias del norte.

A partir de 1573 la guerra se volvi� sangrienta, agrav�ndose cuando en 1576 las tropas mal pagadas saquearon Amberes. En 1579 se firm� la Uni�n de Arras al sur y la uni�n de Utrech al norte, por lo que los Pa�ses Bajos quedaron divididos entre protestantes y cat�licos.