Tema 19. La poblaci�n espa�ola. Comportamiento demogr�fico. Fen�menos migratorios
Sobre los tiempos preestad�sticos no se pueden hacerse m�s que conjeturas sujetas a un alto grado de error, debido a las t�cnicas de estudio indirectas. Parece ser que el solar hispano ha estado poblado desde muy antiguo. En las investigaciones que se han hecho en Atapuerca (Burgos) se han encontrado restos humanos de hace unos 800.000 a�os, y los restos encontrados en Orce (Granada) datan de hace 1.000.500.000 de a�os.
Sin embargo, es pr�cticamente imposible determinar cu�ntos habitantes hab�a entonces. Es muy posible que procedieran del norte de �frica. Pero s�lo en la �poca Musteriense comienzan a abundar los restos humanos de Homo s�piens. Se calcula que hab�a unos 10.000 habitantes, y que a finales del Paleol�tico ascender�an a unos 30.000, pero nada seguro. La tasa de crecimiento durante esta �poca ser�a del 0,02-0,05�, con lo que la poblaci�n se duplicar�a en unos 15.000 a�os, pr�cticamente estancada.
El Neol�tico es un per�odo de crecimiento demogr�fico. Las causas de este incremento no est�n claras: puede que fuese por el aumento de la productividad de la tierra, gracias a la agricultura y la ganader�a; o que fuese debido a la reducci�n del intervalo intergen�sico; pero lo cierto es que durante el Neol�tico hubo una aut�ntica explosi�n demogr�fica. Hacia el 4000a.C. la pen�nsula ser� colonizada por los pueblos ribere�os del Mediterr�neo. Estas civilizaciones buscan riquezas mineras como el cobre y el esta�o. Adem�s, la pen�nsula tambi�n ser� invadida por las tribus indoeuropeas de los campos de urnas. Fenicios, griegos y cartagineses llegaron hacia el siglo VIII a.C. Todo ello hace aumentar la densidad de poblaci�n en las zonas m�s feraces, y en los nudos de las rutas mercantiles del sur y el Levante peninsular.
A pesar del aumento de poblaci�n, la tasa de crecimiento no debi� superar el 0,2-0,5�, durante todo el per�odo. Esta ser�a la situaci�n hasta la llegada de Roma.
En tiempos de los romanos hab�a en Hispania, seg�n Plinio y Estrab�n, unos 3.000.000 de ind�genas, que podr�an ser 4.000.000. Durante la �poca romana la poblaci�n aumentar�a lentamente hasta el siglo II, debido tanto al crecimiento vegetativo como a la inmigraci�n de romanos veteranos del Ej�rcito, italianos, mauritanos y jud�os. Aunque la romanizaci�n supuso un descenso de la poblaci�n ind�gena.
Parece ser que la esperanza de vida de los romanos no era muy superior a la de las poblaciones ind�genas. Sobre todo en la esperanza de vida al nacimiento.
La pen�nsula ib�rica fue escenario de las primeras epidemias documentadas en el Mediterr�neo occidental, a finales del siglo II. Durante el siguiente siglo tuvieron lugar las invasiones de los pueblos germ�nicos y las migraciones indoeuropeas. Pero la aut�ntica invasi�n ocurri� en el siglo V. Con ellas la sociedad se vuelve rural, cae la fecundidad y la nupcialidad, debido al clima de violencia e inseguridad. Esta ca�da de las tasas demogr�ficas supuso que hacia el siglo VI, cuando los visigodos se asentaron en Hispania, no hubiese m�s de 4.000.000 de habitantes.
Por otro lado la ocupaci�n visigoda nunca fue una invasi�n masiva. Los visigodos que dominaron Hispania no debieron ser muchos m�s de 200.000. En esta �poca la poblaci�n creci�, a pesar de la alta mortalidad, probablemente debido a una nupcialidad temprana y universal. Pero tambi�n debieron ser muy comunes las pr�cticas de aborto, infanticidio y exposici�n, ante la falta de recursos econ�micos. El Concilio de Toledo del 589 condenaba expresamente estas pr�cticas.
A finales del siglo VI llegan a Espa�a las grandes epidemias, que diezman la poblaci�n. La peste bub�nica en el 542, el 588, y entre el 687 y el 702. Muy posiblemente hacia el a�o 700 la poblaci�n alcanzase sus niveles m�s bajos desde el fin del Imperio romano.
La pen�nsula ib�rica fue la �nica regi�n europea ocupada por los musulmanes de manera permanente durante el medievo. Pero no hay que exagerar sus consecuencias. Los invasores musulmanes fueron muy pocos en el 711. Hasta el 756 no debieron pasar de 60.000. Tuvo m�s importancia en la heterogeneidad �tnica: �rabes, sirios, egipcios y ber�beres, que en los aportes de poblaci�n efectivos.
La presencia de ber�beres no se consolid� hasta la organizaci�n del ej�rcito de Almanzor, a finales del siglo X. Luego, con las invasiones almor�vide y almohade de los siglos XI y XII, llegar�an m�s norteafricanos, pero siempre ser�an una minor�a. La mayor�a de la poblaci�n era mulad�, al lado de ellos estaban los moz�rabes, los jud�os, los �rabes, sirios, egipcios y ber�beres, los esclavos negros y blancos y los esclavones. Los moz�rabes desaparecer�an en 1126, perseguidos por los almor�vides.
El crecimiento vegetativo de la poblaci�n musulmana era notable, pero las persecuciones terminaban, con frecuencia, con la huida o el destierro de amplios sectores de la poblaci�n. Adem�s, la Reconquista no favoreci� un clima de paz en el que la poblaci�n creciese sin trabas.
El proceso de reconquista lleva asociado el concepto de repoblaci�n. Aunque en ocasiones, en las tierras conquistadas, se expulsaba a los habitantes para permitir el asentamiento de forasteros. La Reconquista tiene como motivo inmediato conseguir tierras para los colonos cristianos, al menos en principio.
Se calcula que los habitantes que se refugiaron en los valles del norte tras la invasi�n musulmana eran unos 500.000, una aut�ntica superpoblaci�n para la zona y sus recursos. Esta situaci�n provoc� que las primeras campa�as de reconquista, del siglo VIII, tuvieran un marcado acento repoblador, para ocupar las tierras de frontera. Pero las repoblaciones de los territorios m�s all� del norte del Duero y el Ebro son m�s producto de la voluntad y la planificaci�n que de la ocupaci�n espont�nea por parte de agricultores. Los condes y los reyes pretend�an fijar colonos cristianos en las nuevas tierras conquistadas para asegurarse su dominio. Este impulso se vio favorecido por un incremento, lento pero continuo, de la poblaci�n cristiana.
Durante los siglos IX y X la repoblaci�n del norte del Duero y Catalu�a la vieja se hizo con poblaci�n cristiana. Desde mediados del siglo XI y hasta el XIII, la Reconquista avanzar� sobre territorios poblados por musulmanes, pero coincidir� con una etapa de crecimiento de la poblaci�n cristiana.
La poblaci�n musulmana viv�a mayoritariamente en ciudades, m�s que la cristiana, pero esta se volvi� urbana al conquistar los territorios musulmanes del sur del Tajo. Muchas veces, la repoblaci�n de estas zonas se hubo de hacer tras la expulsi�n de la poblaci�n aut�ctona. Estas repoblaciones est�n dirigidas por las �rdenes militares y la Iglesia. En general, hay demasiado espacio para repoblar, por lo que surge la gran propiedad y la agricultura extensiva. Algunas poblaciones, creadas para colonizar ciertas zonas, fracasaron, al ser tierras pobres; otras fueron abandonadas, principalmente tras la conquista de Toledo en el 1085. Durante la repoblaci�n, por medio del asentamiento de colonos, se cre� la red urbana de los reinos cristianos, a trav�s del sistema de presura, el concejil y de los fueros que se conced�an, aunque en principio ser�n aldeas de pocos vecinos, entre 50 y 100.
En esta �poca el camino de Santiago es una zona pacificada, y la poblaci�n se asienta en su entorno; sobre todo emigrantes francos. En las tierras conquistadas permanec�an los moriscos, pero con frecuencia fueron expulsados, sobre todo tras las rebeliones (1264 en las Alpujarras).
La expansi�n de la Reconquista no se hizo por falta de tierras, hab�a de sobra, sino por motivos pol�ticos. Las ventajas que ofrec�an los fueros de las poblaciones del sur provocaron la emigraci�n desde el norte y la despoblaci�n de las monta�as cant�bricas y la cuenca del Duero. En definitiva, este es un ciclo de intensas migraciones en todas las direcciones.
En el per�odo 750-1100 es dudoso que en la pen�nsula hubiera m�s de 4.000.000 de habitantes, el norte ser�a la regi�n con mayor densidad de poblaci�n. Su crecimiento ser�a escaso, debido al hambre, las revueltas internas y las guerras. Los fen�menos migratorios son intensos, como la llegada de moz�rabes a Le�n durante del siglo X.
Durante los siglos XII y XIII la Reconquista contin�a, y la poblaci�n aumenta ligeramente. A finales del siglo XIII, cuando s�lo queda Granada, la poblaci�n ser�a de unos 5.500.000. Este aumento se atribuye a la temprana nupcialidad en las zonas seguras, y a las aportaciones de moz�rabes y jud�os a los reinos cristianos. Tras la expulsi�n de los mud�jares en 1264 muchos se instalan en Castilla.
Entre los siglos XIV y XV la poblaci�n disminuye. En realidad se da una crisis en el siglo XIV y un a recuperaci�n en el siglo XV. La causa parece ser la peste negra, que asola la pen�nsula. La epidemia afecta primero a Arag�n y luego a Navarra y Castilla. Las epidemias son sucesivas y continuas desde 1348 hasta 1400. La primera se detecta en 1348 y dura hasta 1350, y afect� principalmente a Andaluc�a. Se calcula que la peste acab� con la vida de un tercio de la poblaci�n, sobre todo en Arag�n. La mortalidad producida por la peste negra produjo una crisis de subsistencia, al dejar los campos sin gran parte de la fuerza de trabajo. Esto signific� el hambre, en muchas zonas de Arag�n a la que se suma la huida de poblaci�n con motivo de la guerra de 1462-1472.
En el a�o 1492 se expulsa de Espa�a a unos 150.000 jud�os, despu�s de lo cual la poblaci�n debe ser de unos 5.000.000 de habitantes, 6.000.000 si se incluye Portugal.
El siglo XVI es de prosperidad econ�mica, por el descubrimiento de Am�rica y el aumento de los intercambios comerciales con Europa. Y tambi�n de incremento de la poblaci�n. La tasa de crecimiento es de un 0,6%, que llega hasta un 0,9% en Valencia y Navarra. El mayor aumento se da en las ciudades, sobre todo en Sevilla, por la inmigraci�n continua. La sociedad se urbaniza de manera general. Aunque los n�cleos rurales pierden poblaci�n, aument� la roturaci�n del campo, ya que hab�a que alimentar a una poblaci�n mayor. A finales del siglo XVI hay en Espa�a unos 7.000.000 de habitantes, la mortalidad es relativamente baja, a pesar de las pestes y las hambrunas, que la final del per�odo, casi han desaparecido.
Adem�s, Espa�a es tierra de inmigraci�n para los europeos, sobre todo franceses, que llegan a la Corona de Arag�n. Estas inmigraciones compensan las emigraciones de espa�oles a Am�rica.
La natalidad crece, ya que la fecundidad leg�tima es elevada. Los matrimonios son tempranos, los moriscos se casar�n muy j�venes. Pero tambi�n se incrementa la natalidad ileg�tima en las ciudades.
El crecimiento de la poblaci�n, en Castilla, se conoce gracias a la existencia de vecindarios, tras el Concilio de Trento (1545-1563). Se conocen tambi�n la existencia de episodios de mortalidad catastr�fica, como la peste de 1507, el tifus de 1557, el hambre de 1570, el catarro de 1580, la peste atl�ntica de 1596-1602, etc. Pero sabemos muy poco sobre la mortalidad ordinaria. El crecimiento demogr�fico se debi� al aumento de la fecundidad y a la inmigraci�n.
En el siglo XVII la poblaci�n decrece, al ritmo de la crisis econ�mica. Esta etapa es mejor conocida, ya que comienzan a registrarse, sistem�ticamente, los bautizos y las defunciones. De esta �poca son tambi�n los primeros recuentos por vecinos, los padrones municipales y los eclesi�sticos; aunque son incompletos. De todas formas, se sabe muy poco de esta etapa. Parece que hubo un ligero aumento de 1.000.000 de habitantes, con un incremento del 0,1% anual: muy bajo. Aumenta la mortalidad catastr�fica, debido a las pestes y la hambre, que ahora se hacen cr�nicas. Pudo haber al rededor de 1.500.000 v�ctimas. Sin embargo, no bastan para explicar el descenso de poblaci�n.
La crisis econ�mica hizo elevar la edad del matrimonio, por lo que la fecundidad desciende alarmantemente. Adem�s, hay un alto incide de celibato definitivo, hasta el 10%. Se generalizan las pr�cticas maltusianas como el aborto y el infanticidio.
La expulsi�n de los moriscos en 1609 supuso un duro golpe para la poblaci�n aragonesa. La emigraci�n a Am�rica aument� en Castilla. La emigraci�n y la mortalidad catastr�fica hicieron disminuir la poblaci�n, a pesar de que la inmigraci�n francesa continuaba siendo importante, principalmente en Catalu�a.
Las causas de la disminuci�n de la poblaci�n no inciden lo mismo en todas partes. En Arag�n la expulsi�n de los moriscos afecta a un 16,2% de la poblaci�n, en Valencia a un 18,8%, mientras que en otras partes no llega al 2%. La peste de 1676-1683, golpe� sobre todo a Murcia y a Andaluc�a, y la emigraci�n a Am�rica predomin� en Castilla y Extremadura, a la que se suman los contingentes de milicianos que luchan en los Tercios en Europa y los funcionarios europeos. La emigraci�n en Castilla tiene particular importancia, ya que afecta, principalmente, a los adultos varones.
El primer recuento de poblaci�n que abarc� todo el territorio se hizo en la segunda d�cada del siglo XVIII: El vecindario de Campoflorido, entre 1712 y 1717. En �l se estimaba que la poblaci�n espa�ola era de unos 7.500.000 de personas. A partir de �l todos los censos realizados se han saldado con un incremento de la poblaci�n, aunque esto no quiere decir que no hubiese per�odos de recesi�n. En la segunda mitad del siglo se comienzan a hacer censos individuales, o de almas, en lugar de vecinos. El Censo que se incluye en el Catastro del Marqu�s de Ensenada en 1752 se salda con unos 9.400.000 habitantes, un incremento importante, con una tasa anual de un 0,4%.
La emigraci�n continu� siendo una constante en las zonas del norte. Se increment� la emigraci�n americana, y a las comarcas del sur de la pen�nsula. Catalu�a continu� recibiendo inmigrantes franceses.
El incremento de la poblaci�n se debi� a una menor actividad de las pestes y una escasa incidencia de las crisis de subsistencia. El ma�z y la patata se utilizan en la alimentaci�n humana. Adem�s, empiezan a generalizarse las pr�cticas sanitarias. Comienza la inoculaci�n de la vacuna contra la viruela. En el siglo XVIII hay una pol�tica decididamente poblacionista, ya que los economistas fisi�cratas creen que la riqueza de un pa�s est� en la tierra y en la poblaci�n que haya para trabajarla. Todo ello nos pone en el camino del ciclo demogr�fico moderno.
En la sociedad espa�ola no han faltado las minor�as �tnicas marginadas y perseguidas. Los jud�os y los moriscos sufrieron pogromos y fueron expulsados en 1492 y 1609 respectivamente.
Los gitanos llegan en el siglo XV, son una poblaci�n n�mada. Los vagabundos no est�n bien considerados en el pa�s. Sufren persecuciones que llegan a su m�xima expresi�n durante el reinado de Fernando VI con la prisi�n general, decretada por el marqu�s de Ensenada, que incluso pens� en la extinci�n final, y que no se levantar� hasta que Carlos III decrete la libre circulaci�n en 1783, aunque con la prohibici�n de vagabundear. Se calcula que en el siglo XVIII hay unos 12.000 gitanos, y aunque eran libres, socialmente estaban discriminados para el ejercicio de muchas profesiones.
La poblaci�n vagabunda y mendicante siempre fue de dif�cil cuantificaci�n, aunque aumentan en �poca de crisis. De ella tenemos noticias por la novela picaresca, que refleja la situaci�n de una parte de la poblaci�n importante. Estas personas son las que sufren las levas para el ej�rcito, y las leyes de vagos que les obligan a trabajar por poco dinero en obras p�blicas. Proliferan los conventos donde se ofrece la sopa boba y los hospicios para los hu�rfanos. En ellos se trabaja bajo el control de los gremios en oficios �tiles.
La esclavitud fue un fen�meno de poca importancia, aunque no faltaron esclavos en la pen�nsula. Fue m�s importante durante la reconquista, pero una vez terminada disminuy� r�pidamente. A finales del siglo XVI pod�a haber en Espa�a unos 50.000 esclavos, concentrados en Sevilla, mayoritariamente. En el siglo XVII la crisis casi termin� con el fen�meno. En el siglo XVIII los esclavos en la pen�nsula eran una an�cdota.
El estudio de la poblaci�n antes de la etapa estad�stica es muy complejo y est� sujeto a hip�tesis. Las fuentes que nos proporcionan informaci�n sobre este per�odo son las actasde bautismos, defunciones, matrimonios y alg�n recuento de vecinos.
Lo m�s caracter�stico del ciclo demogr�fico antiguo no es la alta tasa de mortalidad y de natalidad, sino la influencia que tiene la mortalidad catastr�fica, por epidemias y hambre, en el n�mero de habitantes de un pa�s. Lo que, adem�s, provoca baja natalidad en las generaciones posteriores. El n�mero de habitantes de un pa�s esta directamente relacionado con la situaci�n econ�mica. En �poca de crisis disminuye la poblaci�n, y en �pocas de bonanza aumenta.
La tasa de fecundidad es elevada, pero el crecimiento vegetativo es muy peque�o. El modelo de matrimonio es variable. Durante el siglo XVI es temprano, en el siglo XVII es tard�o y el celibato se generaliza, como sucede en �pocas de crisis. El modelo de matrimonio m�s habitual es tard�o, las mujeres sol�an casarse m�s tarde de los 21 o 23 a�os, y en algunos casos m�s tarde de los 25. Los hombres en torno a los 25. Con este sistema, el total de hijos nacidos no superaba los 8, de los que s�lo sobreviv�an al matrimonio entre 3 y 5. Independientemente de que fuesen o no leg�timos. Se intenta reducir la natalidad y se adoptan t�cnicas maltusianas como el infanticidio y el aborto.
La mortalidad en el ciclo demogr�fico antiguo es muy alta. Sobre todo la mortalidad infantil, pero no es la mortalidad ordinaria la que hace crecer o disminuir la poblaci�n, ya que esa est� asumida, sino la mortalidad catastr�fica. Las medidas sanitarias tomadas en el siglo XVIII no fueron eficaces para la mayor parte de la poblaci�n. El tifus y el paludismo, de 1784 y 1787, provocaron m�s de 1.000.000 de enfermos. Aunque esta �poca es la del comienzo paulatino del ciclo demogr�fico moderno.
El siglo XVIII se debate entre los ciclos antiguo y moderno. En �l se da un aumento continuo y acelerado de la poblaci�n y, adem�s, por motivos nuevos. Pero las condiciones econ�micas contin�an siendo las mismas. En el siglo XVIII el modelo agr�cola del Antiguo R�gimen alcanza su m�ximo desarrollo. La bonanza econ�mica hace crecer la poblaci�n. Pero Espa�a a�n no es un pa�s industrializado.
La patata y el ma�z pasan a formar parte de la dieta humana, y los intercambios de grano con Europa se intensifican. Esto basta para terminar con las crisis de subsistencia, ya que se pueden importar alimentos. La peste pierde morbilidad, as� como la mayor�a de las enfermedades infecciosas; puede que debido a la mejora de la alimentaci�n, aunque no s�lo. Esto supone una reducci�n radical de la mortalidad catastr�fica. La poblaci�n aumenta debido a esto, y no tanto a un aumento de la fecundidad o la nupcialidad, como suced�a en el ciclo antiguo.
Se producen importantes mejoras en la sanidad, aunque tardan en
generalizarse. En 1771 aparece en Espa�a
la inoculaci�n contra la viruela, que se
pone por primera vez en El Ferrol. En 1796 Edward Jenner
descubre el sistema de vacunaci�n,
precisamente con la viruela. La vacuna de Jenner se
extiende con cierta rapidez por toda Espa�a, y desde muy pronto (1800), gracias
al apoyo p�blico ilustrado y a pesar de
las reticencias de ciertos sectores. Sin embargo, la guerra de la Independencia cort� la introducci�n de la vacuna, y
en general el comienzo el ciclo moderno.
Si la peste fue el azote del siglo XVII, la viruela lo fue en el siglo XVIII y el c�lera en el siglo XIX. El c�lera, s�lo afecta a Andaluc�a, por motivos ecol�gicos, y en medios urbanos, los puertos en contacto con las regiones tropicales. Aunque localmente puede ser importante, no supone una reducci�n notable de la poblaci�n espa�ola.
El siglo XVIII es el de la Ilustraci�n, y los ilustrados abogan por mejorar la higiene de las ciudades y por crear una red sanitaria en todo el pa�s. En 1720 se crea la Junta Suprema de Sanidad, luego los Colegios de Cirug�a. El colegio de Madrid aspirar� a proveer de m�dicos a los pueblos. En 1794 se publica una Farmacopea general y oficial. Mejora la sanidad para mucha gente, y la higiene comienza a entrar en las escuelas.
Tambi�n se hacen mejoras urban�sticas, en las que est�n presentes las teor�as higienistas. Se hacen alcantarillados, se ensanchan calles, se recoge la basura, los cementerios se sacan de las ciudades, as� como las c�rceles y los cuarteles, y se construyen hospitales en las afueras; en general, todo lo que puede ser un foco de infecci�n.
Sin embargo, a finales del siglo XVIII, tras la Revoluci�n francesa, se detiene el crecimiento debido al hambre, y la guerra. A finales del siglo XVII y comienzos del siglo XIX las hambrunas (1792-1795 y 1803-1805) y la guerra de Independencia detienen la introducci�n del ciclo moderno y se vuelve al ciclo antiguo.
El siglo XIX est� marcado por una mortalidad excesiva, debido a las continuas guerras y las consiguientes hambres por malnutrici�n. Sin embargo, la poblaci�n aumenta. Este incremento se debe fundamentalmente a tres causas: una mayor fecundidad, un aumento de la duraci�n de la vida humana, y el cese de la emigraci�n tras la independencia de Am�rica. Sin embargo, tiende a prolongarse el r�gimen antiguo de poblaci�n, en las altas tasas de natalidad y mortalidad. A finales del siglo, los �ndices de mortalidad infantil est�n en el 20�, y los de natalidad se situaban en torno al 34�; la tasa de crecimiento vegetativo era del 0,9%.
La natalidad contin�a siendo alta, pero los per�odos de mortalidad catastr�fica reducen las ganancias. El c�lera que afect� a Andaluc�a desde 1830, y sobre todo en la epidemia de c�lera de 1885 que produjo una sobremortalidad femenina e infantil, lo que supuso un descenso de la fecundidad. Adem�s, ya en al �poca se dieron cuenta de que las enfermedades no atacaban a todos por igual. Hab�a enfermedades que depend�an claramente del nivel social y los recursos de la familia. Esto sucedi� con la viruela, sobre todo tras la vacunaci�n, con la tuberculosis y en general con todas aquellas enfermedades que depend�an de la higiene y contra las que se hab�an encontrado soluciones. Las primeras para las que se hallan remedios son las enfermedades infecciosas, que por otra parte van perdiendo vitalidad. Son dolencias prevenibles con una buena higiene, para lo que hay que educar a las personas. Adem�s, se mejora el medio urbano, y tambi�n la alimentaci�n, el vestido y la vivienda, la higiene p�blica y privada, se dota a las casas de agua potable y de evacuaci�n de aguas residuales. En 1866 el 60% de los ni�os quedaban si vacunar. Claro que estas ventajas s�lo alcanzan a quien puede pagarlas, de ah� que las enfermedades tengan un componente social muy alto. La tuberculosis es compa�era de la desnutrici�n y la miseria. Aunque se legisla con medidas higienistas, la falta de voluntad pol�tica retrasa su generalizaci�n hasta el Estatuto Municipal de 1924.
Durante el siglo XIX perduran las crisis de subsistencia, en la medida que se mantiene la agricultura como principal fuente de riqueza. El precio de los alimentos aumenta, las condiciones en las que se desarrolla a agricultura no son las m�s saludables, sobre todo en el interior peninsular. Los altos precios de los alimentos provocan una disminuci�n de los nacimientos; causa que se suma a la guerra y las crisis pol�ticas. A mediados del XIX, en Espa�a, una mala cosecha sigue significando una mayor mortalidad y una menor fecundidad.
La crisis econ�mica y la pol�tica oficial llevaron a buena parte de la poblaci�n a residir en el campo. Se favoreci� la emigraci�n, pol�tica que se sostuvo hasta principios del siglo XX. Sin embargo, y a pesar de tener que favorecer el desplazamiento, la pol�tica del Estado contin�a siendo poblacionista. Esto significar� que aumenta la corriente migratoria a Am�rica, sobre todo a Argentina, Brasil y Cuba, y ello a pesar de la independencia, ya que estos pa�ses admiten muy bien a los inmigrantes. Tambi�n se da la emigraci�n golondrina a Francia, al menos desde 1830 y hasta 1914, y a �frica: Marruecos, Argelia y el S�hara. La emigraci�n es el factor m�s caracter�stico de finales del XIX y principios del XX. La emigraci�n a Am�rica se extiende desde 1846 hasta 1932, cuando los pa�ses americanos cambian de pol�tica, por la crisis de 1929. Aunque la mayor corriente migratoria se genera despu�s de la primera guerra mundial.
El primer censo moderno, y m�s fiable de la �poca es el que se hizo en 1857, que inaugura la serie regular de censos en Espa�a. Este censo nos permite saber que, hasta 1910, la poblaci�n espa�ola aument� un 94%, aunque no en todas partes igual. En general el norte pierde poblaci�n mientras que el sur la gana, y el centro, excepto Madrid, pierde, mientras que la costa gana. Esta es, grosso modo, la distribuci�n actual.
A pesar de todos los problemas, a finales del XIX se hab�a iniciado la transici�n demogr�fica, con la disminuci�n de la mortalidad ordinaria y el mantenimiento de la fecundidad. S�lo hac�a falta que la mortalidad catastr�fica y la emigraci�n dejasen de actuar.
En el siglo XX el descenso de las tasas de fecundidad y mortalidad se acelera, entrando de lleno en la transici�n demogr�fica. La bonanza econ�mica que trajo la primera guerra mundial permiti� que se iniciase el proceso de una manera definitiva. Adem�s, la contienda provoca la detenci�n de la emigraci�n tanto a Europa, por la guerra, como a Am�rica, por la ofensiva en el mar. No obstante, aument� la emigraci�n interior, primero a las ciudades y luego a las regiones industrializadas, como Catalu�a, la regi�n m�s favorecida por la guerra, el Pa�s Vasco o Asturias.
El descenso de las tasas de fecundidad y mortalidad supone entrar en el r�gimen demogr�fico moderno. Pero la transici�n demogr�fica implica el aumento de la poblaci�n, mayormente cuando se detiene la emigraci�n. Sin embargo, la econom�a espa�ola no es capaz de absorber los nuevos contingentes de trabajadores que tiene, y aumenta el paro hasta convertirse en cr�nico. La tasa de mortalidad se sit�a por debajo del 30�, y la de natalidad en torno al 36�.
Tras el fin de la guerra se reanuda la emigraci�n, sobre todo a Francia, que necesita fuerza de trabajo, ya que ha perdido muchos brazos en el conflicto. La mayor parte de los emigrantes fueron levantinos. Durante la Rep�blica la corriente migratoria aumenta, sobre todo a Europa, pero tambi�n a Am�rica, aunque m�s t�midamente. El crac de 1929 vuelve a detener la corriente migratoria; la crisis econ�mica no hace tan atractiva la emigraci�n.
La guerra civil de 1936-1939 supone un duro golpe para Espa�a en todos los �rdenes. Se vuelve a detener la transici�n demogr�fica, debido a la mortalidad extraordinaria de la guerra. Con el triunfo fascista salen de Espa�a millones de personas al exilio: a todos los pa�ses de Europa y a Am�rica.
Las autoridades franquistas, con su pol�tica aut�rquica, impidieron la emigraci�n de Espa�a, pero tras el Plan de Estabilizaci�n de 1959 se vuelve a autorizar. Cuando se permite la emigraci�n de una Espa�a pobre y atrasada, la partida a Europa se hace masiva, sobre todo a Francia, Suiza y Alemania. El exceso de la fuerza de trabajo en Espa�a es el que falta el Europa, y la apertura del r�gimen hace pol�ticamente posible la emigraci�n. Los contingentes espa�oles en Europa son masivos, tanto los legales como los ilegales. A diferencia de �pocas anteriores, la emigraci�n americana es muy escasa, ya que estos pa�ses exigen inmigrantes cualificados.
Los trabajadores que emigran a Europa son, en general, campesinos sin tierra con escasa cualificaci�n. Este es el tipo de mano de obra que demanda el continente. Adem�s de la emigraci�n a Europa, se produce un aut�ntico �xodo del campo a la ciudad. Con este �xodo rural la sociedad espa�ola se urbaniza definitivamente, y se asimila a cualquier otro pa�s desarrollado. Este �xodo es la continuaci�n del que hab�a comenzado en la Rep�blica, y que se hab�a detenido durante la guerra y la posguerra. La corriente migratoria, primero se dirige del campo a la capital de la provincia, luego a las regiones industrializadas, y por �ltimo a Europa. Los polos de desarrollo que se crean en el franquismo tambi�n son zonas de inmigraci�n. El despoblamiento del interior y del campo es una situaci�n buscada que permite la modernizaci�n de Espa�a.
La corriente migratoria es menor a partir de 1967, ya que en Europa se exige una mayor cualificaci�n a los inmigrantes, y se detiene a partir de la crisis de 1973. La crisis que se produce en ese a�o no s�lo detiene la corriente migratoria, sino que provoca un proceso de retorno. Pero Espa�a tambi�n entra en crisis y el paro aumenta espectacularmente.
La pol�tica franquista es claramente poblacionista; sin embargo, la tendencia de las tasas de mortalidad y fecundidad contin�an bajando, exceptuando a�os concretos.
La mortalidad contin�a reduci�ndose, salvo en episodios como la epidemia de gripe de 1920 y la guerra civil. La mortalidad afecta m�s a las clases pobres; hasta 1963, en que se generaliza la sanidad p�blica y se crea la Seguridad Social; y tras la posguerra desaparecen definitivamente las crisis de subsistencia. Pero los �xitos m�s notables se consiguen en la reducci�n de la mortalidad infantil que, aun siendo alta, a principios de los 70 baja espectacularmente. La tasa de mortalidad est� en torno al 6�.
Tambi�n se reduce la fecundidad, a pesar de las pol�ticas natalistas del r�gimen de Franco. Desde 1914 viene reduci�ndose esta tasa, y s�lo entre 1957 y 1966 se dan valores m�s altos, al calor de la bonanza econ�mica. Las tasas de fecundidad mantienen la tendencia a la baja, en torno al 12�, no s�lo por la inclinaci�n secular de la transici�n demogr�fica, sino tambi�n porque la emigraci�n afecta a la poblaci�n masculina joven, que se casa m�s tarde. A partir de 1975 se dan los valores m�s bajos. La transici�n demogr�fica ha terminado. En la actualidad es est� pr�cticamente en crecimiento cero, lo que ha hecho envejecer a la poblaci�n espa�ola de manera alarmante.
La poblaci�n ha envejecido prematuramente por el r�pido descenso de la fecundidad, desde 1930. En 1950 la poblaci�n era mayoritariamente madura, se rejuvenece levemente en los a�os 60, pero en los 70 y los 80 el envejecimiento es espectacular. Este fen�meno tiene mayor incidencia en las regiones m�s despobladas, ya que han emigrado los j�venes y regresan los jubilados en busca de paisajes tranquilos, buena conversaci�n y naturaleza.
La distribuci�n de la poblaci�n en Espa�a tiene un modelo muy claro, se concentra en las regiones de la periferia y en Madrid, mientras que las regiones del interior est�n m�s despobladas. S�lo Lugo es una provincia perif�rica con baja densidad de poblaci�n.
El crecimiento de Madrid se debi� a la emigraci�n del �xodo rural, no obstante en la actualidad crece por s� misma, por crecimiento vegetativo.
En el resto del interior s�lo Valladolid tiene unas tasas de densidad de poblaci�n algo m�s elevadas que las de su entorno.
La mayor�a de las poblaciones con m�s de 10.000 habitantes se encuentra en la costa levantina, Barcelona y Valencia, dem�s de otras provincias como Sevilla, La Coru�a, Asturias, C�diz, Murcia y Pontevedra. Todos estas provincias tienen m�s de veinte municipios claramente urbanos, sin embargo en muchas provincias del interior s�lo tiene car�cter urbano la capital: �vila, Cuenca, Soria, Teruel, Palencia, Guadalajara, etc. Hay, pues, un notable desequilibro entre el interior de la pen�nsula y sus costas. No obstante, la mejora de las comunicaciones, debido a la necesidad de enlazar Madrid con la costa, ha proporcionado a estas provincias del interior buenas perspectivas, ya que es posible vivir en ellas y trabajar en los grandes centros, como ha ocurrido en el caso de Ciudad Real y Madrid y Sevilla.
Las regiones con m�s poblaci�n son Catalu�a, Baleares, el Pa�s Vasco, Asturias, y los antiguos polos de desarrollo. Son las regiones m�s industrializadas y ricas.
Las ciudades son las que m�s poblaci�n acumulan, desde los a�os 60. El 78% de los espa�oles viven en n�cleos urbanos. Pero en los �ltimos tiempos se han detectado fen�menos de dispersi�n en torno a las grandes ciudades. Son personas que huyen de la aglomeraci�n urbana pero que no desean alejarse mucho, en general est�n dentro del is�crono de los 30 minutos. Son personas que tienen un nivel adquisitivo por encima de la media, ya que necesitan el coche privado para desplazarse. En general, van buscando vivir en un entorno algo m�s natural, y a ser posible con un precio del suelo m�s barato, aunque en muchas de las urbanizaciones que se construyen esto no est� conseguido, y encima faltan servicios.
La poblaci�n y la sociedad espa�ola actual es una comunidad plenamente desarrollada, con los problemas de cualquier pa�s europeo rico.
La emigraci�n es un factor de correcci�n de las diferencias de densidad de poblaci�n. La emigraci�n puede ser voluntaria, por motivos econ�micos y forzosa. En Espa�a, hist�ricamente, ha habido dos migraciones forzosas muy famosas, la expulsi�n de los jud�os en 1492 y la expulsi�n de los moriscos en 1609. Pero nos centraremos en la emigraci�n durante la Edad Contempor�nea.
En el siglo XIX la mayor parte de los espa�oles emigraban a Am�rica. Era una constante desde su
descubrimiento. Durante los a�os de las guerras de independencia americana este flujo se detuvo, pero una vez consolidados los nuevos Estados la
emigraci�n a Am�rica se reanud� con m�s
intensidad que nunca. Los principales pa�ses
receptores fueron Argentina, M�xico, Brasil y Cuba. Es la emigraci�n a pa�ses nuevos, en los que todo est� por hacer
y las oportunidades para hacer negocios es muy grande. La emigraci�n a Am�rica
se extiende desde 1846 hasta 1932, cuando
los pa�ses americanos cambia de pol�tica, por la crisis
de 1929. Tras la primera guerra mundial se reanuda esta emigraci�n.
Al menos desde 1830 y hasta
1914 tambi�n se da la emigraci�n
golondrina a Francia. La emigraci�n golondrina tiene car�cter anual, se emigra para las campa�as agr�colas y se regresa todos los a�os.
Tambi�n hubo una cierta emigraci�n a �frica:
Marruecos, Argelia, Guinea y el S�hara.
Durante la segunda Rep�blica se inicia la emigraci�n interior, primero a las ciudades y luego a las regiones industrializadas, como Madrid, Catalu�a, el Pa�s Vasco o Asturias. Este proceso dura hasta la guerra civil. Con el triunfo fascista salen de Espa�a millones de personas al exilio: a todos los pa�ses de Europa y a Am�rica.
La segunda guerra mundial hace detener los flujos migratorios en todo el mundo. Tras el fin de la segunda guerra mundial las autoridades franquistas, con su pol�tica aut�rquica, impidieron la emigraci�n de Espa�a, pero la situaci�n econ�mica espa�ola era muy deficiente y la necesidad de mano de obra en Europa muy grande.
Cuando se permite la emigraci�n de una Espa�a pobre y atrasada, la partida a Europa se hace masiva, sobre todo a Francia, Suiza y Alemania. El exceso de la fuerza de trabajo en Espa�a es el que falta el Europa. Los contingentes espa�oles en Europa son masivos, tanto los legales como los ilegales. A diferencia de �pocas anteriores, la emigraci�n americana es muy escasa, ya que estos pa�ses exigen inmigrantes cualificados. Los trabajadores que emigran a Europa son, en general, campesinos sin tierra con escasa cualificaci�n. Este es el tipo de mano de obra que demanda el continente. No obstante, el saldo migratorio nunca fue superior a un mill�n de personas, ya que muchos de los inmigrantes volv�an. Hab�a un flujo de ida y vuelta. Quienes volv�an tra�an consigo un peque�o capital que les permit�a abrir un negocio en las ciudades. Entre esas peque�as empresas destacan las dedicadas a la venta de electrodom�sticos y su reparaci�n, gracias a las t�cnicas especializadas aprendidas en el extranjero. El ciclo termina con el regreso a las ciudades espa�olas.
Adem�s de la emigraci�n a Europa, se produce un aut�ntico �xodo del campo a la ciudad. Con este �xodo rural la sociedad espa�ola se urbaniza definitivamente, y se asimila a cualquier otro pa�s desarrollado. La corriente migratoria, primero se dirige del campo a la capital de la provincia, luego a las regiones industrializadas, y por �ltimo a Europa. Los polos de desarrollo que se crean en el franquismo tambi�n son zonas de inmigraci�n.
Llamamos �xodo rural a un fen�meno de emigraci�n masiva de los pueblos espa�oles que tuvo lugar en los a�os 60. El destino de estos emigrantes fueron las ciudades industriales de Espa�a: Barcelona, Madrid y Pa�s Vasco; y Europa. Gracias a ese proceso la poblaci�n espa�ola pasa de ser mayoritariamente rural a ser plenamente urbana (m�s del 70%), el pa�s se industrializa y las rentas del campo pueden sostener a las familias que viven de �l.
A diferencia de las migraciones exteriores, que no suelen ser definitivas, las migraciones a las ciudades s� lo son, y raramente quien ha emigrado a un n�cleo urbano regresa a su pueblo. Aunque vuelva durante los periodos vacacionales o tras la jubilaci�n.
La emigraci�n del campo a la ciudad no es un fen�meno exclusivamente contempor�neo, siempre ha tenido lugar, en mayor o menor medida, pero en la Espa�a del desarrollismo alcanz� cifras espectaculares, m�s de 300.000 personas al a�o. La corriente de urbanizaci�n definitiva hab�a comenzado durante la segunda Rep�blica, pero la guerra civil no s�lo cort� el proceso, sino que hizo regresar a gran n�mero de personas al campo, y es que en la larga posguerra y los a�os del hambre s�lo la vida en el campo garantizaba un poco de pan, a costa de vivir miserablemente.
Estos espectaculares movimientos de poblaci�n se explican por la situaci�n econ�mica que imperaba en el campo, y la necesidad del pa�s de crear una industria y por lo tanto un proletariado industrial desvinculado del campo. Las labores del campo en los a�os 40 y 50 ten�an un car�cter temporal, y sus rendimientos eran muy bajos. Ello encubr�a situaciones de paro y trabajo estacional, ya que hab�a gran n�mero de jornaleros que s�lo encontraba trabajo en las �pocas agr�colamente activas: siembra y recogida, principalmente. Las situaciones de minifundio y latifundio agravaban el panorama laboral. Tras el Plan de Estabilizaci�n (1959) y el desarrollo de la concentraci�n parcelaria las necesidades de mano de obra jornalera disminuyeron, y la falta de salida laboral impuls� a muchos de ellos a la emigraci�n. La mecanizaci�n del campo fue definitiva, lo que contribuy� a que la emigraci�n del campo tambi�n lo fuese.
Las provincias m�s afectadas por el �xodo rural son aquellas en las el proletariado rural era m�s numeroso: Badajoz, C�rdoba, Ja�n, Granada, Ciudad Real, etc. Es decir, Extramadura, Andaluc�a y Castilla-La Mancha. Un porcentaje importante de la emigraci�n rural se asienta en la capital de su provincia, aunque la mayor�a tendr�n como destino ciudades extraprovinciales: Barcelona (m�s de 400.000), Valencia, Madrid, Bilbao, San Sebasti�n, Zaragoza y Alicante; y Europa.
Las consecuencias m�s llamativas del �xodo rural han sido: la despoblaci�n del campo, el envejecimiento y el aumento del �ndice de masculinidad. La despoblaci�n ha llegado al extremo de provocar el abandono pueblos enteros, y ha supuesto la disminuci�n de los servicios para atender a determinadas poblaciones. S�lo en los �ltimos a�os, y gracias al aumento de la calidad de vida, los pueblos mejor comunicados han vuelto a tener m�s actividad y m�s servicios, gracias a las infraestructuras que monta el Estado. No obstante, gracias a la poca presi�n demogr�fica de determinadas regiones, se han podido construir muchas infraestructuras: pantanos y autopistas.
En la misma l�nea que la despoblaci�n est� el envejecimiento. La falta de personas j�venes y parejas con hijos ha supuesto un aumento de la edad media. Pero lo m�s grave para la econom�a rural es el aumento de la edad de los empresarios y los trabajadores. La mayor�a de los agricultores con explotaciones tienen edades cercanas a la jubilaci�n y no tienen heredero que prosiga con su actividad, con lo que la explotaci�n tendr� que cerrar.
El aumento del �ndice de masculinidad se debe a que si bien en principio la emigraci�n era cosa de varones, el aumento de la oferta de puestos de trabajo en el sector servicios en las ciudades espa�olas atrajo a ingentes cantidades de mujeres desde los pueblos, dejando a estos sin el elemento femenino necesario para crear familias.
Todo esto nos presenta un pa�s fundamentalmente urbano, que s�lo mantiene en los pueblos a las personas que pueden vivir del campo y a aquellas que viviendo de trabajos urbanos se pueden desplazar a diario del campo a la ciudad.
La corriente migratoria es menor a partir de 1967, ya que en Europa se exige una mayor cualificaci�n a los inmigrantes, y se detiene a partir de la crisis de 1973. No s�lo detiene la corriente migratoria, sino que provoca un proceso de retorno. Pero Espa�a tambi�n entra en crisis y el paro aumenta, aunque no de manera decisiva.
En la actualidad Espa�a es un receptor de emigrantes. Son personas j�venes que no pueden sobre vivir en sus pa�ses de origen y est�n dispuestos a trabajar en condiciones y en trabajos que muchos espa�oles no aceptar�amos nunca. Se emplean normalmente en la agricultura (Almer�a, Murcia, L�rida, Barcelona), en la construcci�n (Madrid, Barcelona, Pa�s Vasco, Galicia) y en la miner�a (Asturias, Le�n, Palencia).
Los pa�ses de origen de los inmigrantes son los pa�ses americanos (Ecuador, Colombia, Argentina, Brasil, Venezuela, M�xico, Per�), los pa�ses africanos (Marruecos, Argelia, Cabo Verde y los pa�ses subsaharianos en general), los pa�ses del este de Europa (Rusia, Hungr�a, Polonia, Yugoslavia) y los pa�ses del lejano oriente (China sobre todo). Tambi�n debemos contar aqu� a los inmigrantes portugueses que vienen a trabajar. La pol�tica de restricci�n a la inmigraci�n que hay en Europa provoca que muchos de estos inmigrantes no puedan entrar legalmente, y se jueguen la vida para conseguir llegar a Espa�a. Desde ese momento se ven obligados a vivir en condiciones marginales y a aceptar trabajos que est�n fuera de la legalidad.
No debemos olvidar otra inmigraci�n totalmente nueva. No son trabajadores de los pa�ses menos desarrollados sino jubilados de los pa�ses ricos de Europa (Alemania, Francia, Gran Breta�a, Suecia). Estos inmigrantes se establecen en la costa mediterr�nea, Baleares y Canarias. Son personas con altos ingresos, para el nivel de vida espa�ol, que demandan gran cantidad de servicios tur�sticos y sanitarios. De estos pa�ses llegan, tambi�n, trabajadores j�venes, pero son una minor�a.
BIBLIOGRAF�A
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