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Tema 72. Cambio social y movimientos alternativos. Feminismo, pacifismo y ecologismo

1. El cambio social

     Vivimos en una sociedad, la capitalista, democr�tica y occidental, que genera dentro de s� ciertos cambios. Casi se podr�a decir que est� permanentemente en transformaci�n, y que estos cambios son muy r�pidos, y hasta cierto punto definitivos. Un vicio del que no est�n exentos ni los soci�logos, ni los historiadores, ni los periodistas, ni nadie que se dedique a observar la sociedad es el de pensar que vivimos la �poca m�s decisiva de la historia de la humanidad, o la m�s catastr�fica.

     Se tiende a creer que las sociedades antiguas cambian poco, pero esta es una apreciaci�n, sin duda, fruto de la ignorancia a cerca de ellas. Probablemente ocurra lo contrario. Vivimos en una sociedad muy organizada, con un nivel econ�mico alto, muchos servicios y muchos derechos que queremos conservar a toda costa, a�n por encima de las modas y los cambios a corto plazo. Tendemos a ser m�s conservadores.

     Probablemente, el cuerpo te�rico y dogm�tico que anima a la mayor parte de los soci�logos e historiadores es la creencia en el fin de las ideolog�as, el agotamiento y el cansancio, incluso la muerte, de los grandes sistemas ideol�gicos, sin darse cuenta que la ideolog�a siempre existe y que quien hace dejaci�n de ella asume la ideolog�a dominante acr�ticamente. Se asume, as�, una ideolog�a transmitida por los medios de comunicaci�n y la educaci�n, y que tiende a ser est�tica. Por eso conviene estudiar sistemas diferentes, que son los que promueven el cambio social. Entre estas ideolog�as diferentes est�n el feminismo, el pacifismo y el ecologismo, que son las m�s pujantes.

     Estas ideolog�as se caracterizan por no estar dentro de los parlamentos, y ni siquiera est�n constituidas en partidos pol�ticos, son las ideolog�as alternativas. Sin embargo, todas ellas tienen una gran fuerza dentro de la sociedad, crean opini�n y promueven posturas positivas en su favor. Poco a poco impregnan los discursos de todos los partidos organizados y con representaci�n parlamentaria, si bien de una manera un tanto distorsionada.

     Aunque los movimientos alternativos han existido siempre, es en la d�cada de los a�os 60 cuando en nuestra sociedad toman carta de naturaleza como movimientos de masas, generando simpat�as y opiniones en nuestro entorno, de tal manera que hoy en d�a todo el mundo se considera un poco feminista, pacifista o ecologista, aunque no se asuman todas las posturas. Estos movimientos no ejercen el poder, pero crean un estado de opini�n al que el poder termina acogi�ndose, para no gobernar en contra de las masas.

    Las nuevas tecnolog�as han proporcionado un arma nueva de organizaci�n de estos grupos. Los gobiernos controlan, en mayor o menor grado, los medios de comunicaci�n de masas: prensa, radio y televisi�n. Pero la aparici�n de Internet y la posibilidad de que los tel�fonos m�viles reciban mensajes cortos de texto han revolucionado la organizaci�n de manifestaciones. En principio comenz� de manera l�dica, convocando a la mayor cantidad de gente en un punto concreto para hacer una cosa absurda y divertida, como saludar a una c�mara de vigilancia, pero desde aqu� el salto a convocar manifestaciones de manera r�pida y espont�nea fue muy f�cil. Las manifestaciones contra el gobierno, en distintos pa�ses del mundo han comenzado a sucederse. Estos medios han tenido especial relevancia en la convocatoria de manifestaciones tras el atentado del 11 de marzo del 2004 en Madrid, sufrido tres d�as antes de las elecciones Generales en Espa�a. Durante los d�as 12 y 13 se convocaron manifestaciones multitudinarias a trav�s de los tel�fonos m�viles para pedir explicaciones al Gobierno.

1.1. Teor�as del cambio social

     Los cambios sociales e hist�ricos han venido siendo estudiados por todos los fil�sofos. En el siglo XVIII Comte invent� el t�rmino sociolog�a para referirse a la ciencia que estudia la sociedad, sus comportamientos y costumbres. Desde entonces se han aplicado diversos cuerpos ideol�gicos al an�lisis de la sociedad.

Las teor�as evolucionistas

     Desde una �ptica simplificada de las teor�as sobre la evoluci�n de Darwin, sociol�gicos como Herbert Spencer y Lewis Henry Morgan aplicaron la teor�a de la selecci�n natural a las sociedades, seg�n la cual sobreviv�an las m�s fuertes y organizadas.

     Estas teor�as, durante el siglo XIX, justificaron el colonialismo y el triunfo del capitalismo.

Las teor�as marxistas

     Las teor�as marxistas tambi�n est�n vinculadas al evolucionismo, pero se centraban m�s en los mecanismos del cambio y la revoluci�n, fij�ndose m�s en los factores socioecon�micos que en los culturales, ideol�gicos y organizativos. Frecuentemente se le ha acusado de lineal y finalista.

Las teor�as funcionalistas

     En las teor�as funcionalistas encontramos a soci�logos como Emile Durkheim o Bronislav Malinowski. Se busca el origen de los cambios sociales en fen�menos contempor�neos a los mismos, despreciando la historia y cuantificando los hechos para determinar su importancia. Es la teor�a m�s aceptada, ya que configura la visi�n de la sociedad de consumo de masas, y utiliza la estad�stica como paradigma.

2. El feminismo

     El feminismo es un movimiento de toma de conciencia y lucha de las mujeres por sus derechos y su emancipaci�n social, as� como por la igualdad real en la sociedad, de todos, hombres y mujeres, como personas. Claro que se ha dado un feminismo radical que pretend�an la superioridad de la mujer frente al hombre.

     Es, sin duda, el movimiento alternativo de m�s larga tradici�n en la historia contempor�nea. Nace en el siglo XIX con el movimiento sufragista en Inglaterra, aunque hunde sus ra�ces en las ideas ilustradas y en la Revoluci�n francesa. Igualdad para todos, el lema de la revoluci�n, implicar� que las mujeres tambi�n quieran ejercer los derechos que se le reconocen al hombre. Sin embargo, esa igualdad s�lo es real si se parte de unas mismas condiciones y unas similares posiciones sociales, de lo contrario se torna en desigualdad.

     La situaci�n social de partida de las mujeres es la de objeto decorativo y fuente de placer. Durante el romanticismo se las consider� como unos sujetos pasivos que deben limitarse a ser bellas. Las mujeres han trabajado en todas las �pocas, pero su incorporaci�n al sistema de producci�n capitalista se produce durante el siglo XIX, aunque con rasgos distintivos ante el trabajo masculino. El trabajo femenino durante el siglo XIX era complementario de la econom�a familiar e intermitente ya que depend�a de las obligaciones dom�sticas. Normalmente el puesto de trabajo estaba en el propio domicilio, un 55% de las trabajadoras, y de estas el trabajo de modistilla era el m�s habitual. Las mujeres comienzan a trabajar fuera de casa, hasta alcanzar un tercio de la poblaci�n laboral a comienzos del siglo XX, en los pa�ses del centro de Europa. Las mujeres trabajadores eran solteras, o casadas cuya econom�a familiar era especialmente cr�tica. Naturalmente, en el campo las mujeres trabajaban habitualmente, aunque siempre dentro de la econom�a familiar. Durante la primera guerra mundial, la crisis de trabajadores favoreci� la incorporaci�n de las mujeres a la producci�n fabril. Sin embargo, a pesar de esta contribuci�n laboral, no les eran reconocidos los derechos pol�ticos.

     El primer signo de protesta se produce en 1791 cuando Olimpia de Gouges proclama ante la Asamblea Nacional Francesa la Declaraci�n de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, que son los mismos que los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Pero si la Declaraci�n de los Derechos del Hombre y el Ciudadano se fue imponiendo a lo largo del siglo XIX, los de la mujer no.

     La lucha de las mujeres durante el siglo XIX se centra en conseguir el derecho al voto. Son las famosas sufragistas que se extienden por toda Europa y Estados Unidos. Este movimiento tiene su carta de nacimiento el 19-20 de julio de 1848 en Seneca Falls (Nueva York). La reuni�n de Seneca Falls fue convocada como respuesta al rechazo que soportaron dos activistas antiesclavistas en un congreso celebrado en Londres en 1840, s�lo por el hecho de ser mujeres. Se redacto la Declaraci�n de sentimientos, en la que se plasmaban sus reivindicaciones: acabar con todas las leyes que producen su infelicidad, lo que impide ocupar la posici�n social deseada; reconocer la igualdad de sexos; obtener una educaci�n completa; poner fin a la doble moral vigente; abrirse camino en empleos lucrativos; y obtener el derecho a votar. La lucha por el voto era una cuesti�n central, ya que se consideraba que si un pol�tico depend�a de sus votos para salir elegido atender�a sus peticiones.

     Pero la ideolog�a m�s pujante, y de m�s proyecci�n en la �poca, es el marxismo. Los marxistas unen la suerte de la emancipaci�n de la mujer a la de la liberaci�n del proletariado. Mujeres como Flora Trist�n o Louise Michel est�n en esta posici�n.

     Para los marxistas, la nueva sociedad crear� otras estructuras e infraestructuras donde la mujer se ver� liberada de la esclavitud a la que le somete el sistema capitalista; por consiguiente, mientras tanto, el marxismo no hace nada para mejorar la situaci�n actual de las mujeres.

     Pero en el siglo XIX las primeras en conseguir resultados son las sufragistas. No en vano, ellas s� pretenden mejorar la situaci�n de las mujeres en la sociedad capitalista. Adem�s de la participaci�n en la vida p�blica, a trav�s del voto, reivindican, tambi�n, el derecho a la educaci�n y a tener un empleo. Quiz�s las primeras en conseguirlo fueron las cantantes e interpretes de m�sica y las maestras de escuela. Por supuesto estamos hablando de las mujeres pertenecientes a la burgues�a y cierta clase media, ya que las mujeres del proletariado fueron protagonistas en la puesta en marcha de la revoluci�n industrial. El trabajo femenino fue una constante desde los primeros tiempos, ya que cobraban menos.

     En 1792 Mary Wollstonecraft publica en los Estados Unidos Vindicaci�n de los derechos de la mujer. En esta obra trata de dar una batalla legal para que los derechos de la mujer sean incluidos junto con los del hombre en la constituci�n estadounidense. Con el tiempo, su postura se radicaliza y propone la abolici�n del matrimonio, ya que para ella esta es la causa, y el medio, de opresi�n de la mujer.

     Las mujeres van consiguiendo el derecho al voto en diferentes pa�ses. En 1893 lo consiguen en Nueva Zelanda, en 1917 en Rusia, en 1918 en Inglaterra, aunque lo pierden y han de recuperarlo en 1928. En 1920 en Estados Unidos, en 1931 en Espa�a, y en 1971 en Suiza, el �ltimo pa�s desarrollado. En la mayor�a de los pa�ses isl�micos el voto sigue negado a la mujer, cuando no al hombre.

     El socialismo y el anarquismo obtienen pocos �xitos, ya que no profundizan mucho en la situaci�n de las mujeres. Sin embargo, sus mujeres son las m�s activas y las que m�s contribuyen a la difusi�n del feminismo.

     Los anarquistas dan por supuesto que las mujeres estar�n en igualdad de condiciones con el hombre en la nueva sociedad, en la que no existir�n ni clases, ni grupos de poder ni, por supuesto, diferencias entre hombres y mujeres. La educaci�n liberar�a al hombre de su prejuicio contra las mujeres. Su opresi�n no es m�s que otra manifestaci�n de la represi�n general.

     El socialismo est� en la misma idea, pero Engels introduce un elemento m�s de an�lisis: la lucha de clases-sexo, no es espec�ficamente capitalista, si no que tiene su propia din�mica. La liberaci�n de la mujer se producir� con la del proletariado, pero para ello debe estar plenamente integrada en el modo de producci�n capitalista. Las mujeres deben luchar espec�ficamente por la igualdad en el trabajo y en la sociedad dentro del propio partido. Paladinas de estas posturas fueron Clara Zetkim, Alexandra Kollontai y Rose Luxemburg.

     En el siglo XX el fascismo fue una ideolog�a que domin� durante los a�os 20 al 40. El fascismo redujo a la mujer a la condici�n de cosa, y le priv� de los m�s elementales derechos, algunos de ellos ni siquiera durante el Antiguo R�gimen se les hab�a negado, como el derecho a administrar sus bienes. Hasta 1978, en Espa�a una mujer no pod�a tener un pasaporte, abrir una cuenta corriente, o poner una denuncia, si no era con el consentimiento expreso de su marido, padre o hermano.

     Ser� despu�s de la segunda guerra mundial cuando el feminismo, como ideolog�a, sea asumido por toda la sociedad, y ello gracias a la informaci�n y a la sociedad de masas.

     Sin embargo, la visi�n de la mujer para la sociedad de consumo de masas es muy diferente a la de los feminismos. Esta sociedad impone un tipo de mujer: esposa, feliz en su hogar, porque tiene aparatos que le hacen todas las tareas de la casa. Esta mujer feliz, y con mucho tiempo libre para el ocio, no tardar� en revelarse en su jaula de oro.

     Despu�s de la segunda guerra mundial aparecen tres grandes pensadoras del feminismo: Simone de Beauvoir, Betty Friedmann y Kate Millet.

     Simone de Beauvoir publica en 1949 El segundo sexo. Sostiene, que la situaci�n oprimida de la mujer en la sociedad actual es algo cultural, y no natural, como creen algunos. Pone de manifiesto las diferencias de hecho, pero sostiene que no suponen un rango inferior. Se deben buscar nuevas relaciones entre los sexos, lo que enriquecer� a ambos como personas.

     Betty Friedmann arremete en 1963 contra la m�stica de la feminidad, la esclavitud del hogar feliz y la paz del mito consumista. Todo ello lo que provoca es el aislamiento de la mujer, que vuelve a estar enga�ada por los viejos mitos, aunque modernizados.

     Kate Millet en 1970 desarrolla una teor�a sobre la pol�tica sexual. Para ella el patriarcado es un arte de dominaci�n masculino que afecta a todas las clases sociales.

2.1. Los a�os 60 y el nuevo feminismo

     Desde los a�os 50 y 60 la opresi�n de las mujeres va desapareciendo de la vida p�blica y se concentra en el hogar. No obstante, las mujeres que trabajan sufren situaciones laborales discriminatorias: tienen salarios inferiores por igual trabajo, o puestos de menor categor�a con la misma formaci�n. Son las leyes de la ideolog�a consumista que propagan la publicidad y la pornograf�a, y que convierten a la mujer en objeto de la publicidad, y en destinataria de los mensajes de consumo.

     Las feministas de los a�os 60 se dan cuenta que la sola igualdad jur�dica es una estafa, y que sufren una situaci�n de explotaci�n econ�mica, legal y sexual. Las mujeres son la minor�a oprimida dentro de las minor�as.

     No se trata s�lo la lucha de las mujeres por la igualdad, sino de un compromiso de la sociedad por destruir las barreras de la opresi�n social. El mundo est� organizado seg�n el modelo masculino, tanto en lo laboral como en la educaci�n. Aunque es cierto que la mujer tiene derecho a la educaci�n, tambi�n es verdad que los contenidos, y los m�todos pedag�gicos a los que acceden, pertenecen al modelo masculino. Un buen ejemplo de la situaci�n de la mujer en esta �poca lo constituyen las pel�culas de estos a�os, que transmiten la idea de la mujer sumisa, ama de casa y, s�lo circunstancialmente, trabajadora, siempre en puestos de poca responsabilidad.

     Pero este cuadro que hemos pintado es la situaci�n de la mujer en la sociedad capitalista occidental. La situaci�n de la mujer en el Tercer Mundo es a�n m�s penosa, puesto que adem�s de estar atrapada en una sociedad machista, es pobre. Sus recursos de defensa dependen del hombre, as� como los econ�micos. Su educaci�n es muy deficiente, seg�n los patrones occidentales. Todo esto impide que se desarrollen movimientos de protesta o rebeld�a semejantes a los occidentales. El caso m�s extremo es la situaci�n de la mujer en el Afganist�n de los talibanes. Aqu�, la mujer debe ir cubierta con el burka, una prenda que la tapa totalmente, no tienen derecho a trabajar, aun siendo viudas y no teniendo hombres en casa, ni a la educaci�n, o a salir a la calle si no van acompa�adas. Tampoco tienen derecho a la sanidad, no es raro que las mujeres mueran en los hospitales ante la pasividad de los m�dicos. Sin llegar a tales extremos, la situaci�n de muchas mujeres del Tercer Mundo es similar; si a toda la poblaci�n se le niegan los derechos a ellas se le niega la posibilidad de reclamarlos, y no s�lo desde el poder, sino desde su mismo ambiente social. Frecuentemente, la prostituci�n y la emigraci�n es la �nica manera de conseguir dinero.

2.2. El feminismo en Espa�a

     El movimiento feminista en Espa�a no tiene una presencia destacada hasta instauraci�n de la segunda Rep�blica, cuando prende con fuerza. Desde las primeras Cortes republicanas las mujeres est�n presentes en la pol�tica y tienen derecho al voto.

     Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken son las primeras diputadas de las Cortes espa�olas.

     En el bienio radical-cedista se incorporan a las Cortes Mar�a Lejarreta, Matilde de la Torre, Veneranda Garc�a Blanco y Francisca Bohigas, y durante el gobierno del Frente Popular Dolores Ibarruri (La Pasionaria), y Julia �lvarez. En 1936 Espa�a es el pa�s de mundo que m�s mujeres tiene en el Parlamento.

     Victoria Kent, diputada de la CEDA, es nombrada, en 1931, directora de Prisiones, hasta 1934. Por primera vez en el mundo una mujer es nombrada para un cargo p�blico tradicionalmente masculino. Hasta entonces, incluso en la Uni�n Sovi�tica, s�lo se les daba cargos considerados como �asuntos de mujeres�, o asuntos para los que �la mujer ten�a una sensibilidad especial�, como la educaci�n o los diversos �asuntos sociales�. Victoria Kent fue la primera mujer espa�ola que intervino en un juicio como abogado, en 1924, y en 1930 actu� como abogado ante el Tribunal Supremo, era la primera vez en la historia que una mujer actuaba ante un Tribunal Supremo. Muri� en Nueva York en 1989.

     Margarita Nelken defender� en el Parlamento la ley del Divorcio y la cuesti�n del voto femenino. Es una activista muy capaz, preocupada especialmente por la condici�n social de la mujer en Espa�a. Es diputada del Partido Socialista Obrero Espa�ol. Escribi�, entre otras obras La condici�n social de la mujer (1921). Muri� en Mosc� en 1968.

     Clara Campoamor, militante del Partido Radical tambi�n defender� la ley del Divorcio ante el Parlamento. Este es el tema m�s importante, en aquel momento, del feminismo activo en Espa�a. A fin de cuentas, en la mentalidad de la �poca, la manera de independizarse de su familia, para toda mujer, era cas�ndose, y la del hombre trabajando, por lo que la mujer quedaba atada para siempre al marido que la sustentaba, independientemente de las condiciones del matrimonio. Partidaria de la concesi�n inmediata del voto a la mujer, sostuvo un agrio debate con Victoria Kent, partidaria de aplazarlo. Tambi�n formar� parte de la comisi�n encargada de redactar la constituci�n de 1931. Escribi� El derecho femenino en Espa�a (1936), y La situaci�n jur�dica de la mujer espa�ola (1938), entre otras como Mi pecado mortal sobre el asunto del voto femenino en Espa�a. Muri� en Lausana en 1972.

     Pero sin duda la m�s carism�tica de todas ellas fue Dolores Ibarruri, la Pasionaria. Ella es una activa dirigente comunista de gran fuerza, que lucha por los trabajadores. Sus discursos durante la guerra civil, en la defensa de Madrid, la convierten en un mito. Se exilia en Mosc�. Regresa a Espa�a en 1977. Ese a�o se presenta a las elecciones generales y sale elegida por Asturias. No obstante, dimite de su esca�o a los seis meses. Muri� en Madrid en 1989.

     Otra mujer importante en tiempos de la rep�blica fue Federica Montseny. Ella est� fuera del parlamento, ya que es anarquista, pero durante la guerra civil particip� en un gobierno de compromiso, cosa de la que se arrepentir�a m�s adelante. Muri� en Toulouse en 1995.

     En Catalu�a, durante la guerra civil, surge el Grupo de Mujeres Libres, de tendencia anarquista. Se trata de una asociaci�n que re�ne a unas 20.000 afiliadas, y que practica un feminismo activo y radical. Muchas de ellas habr�n luchado en el frente como milicianas. Publican la revista Mujeres Libres, que es de lo m�s revolucionario y progresista que el feminismo ha hecho nunca. La mayor parte de sus reivindicaciones hoy se consideran b�sicas, pero otras a�n est�n por conquistar. Entre las animadoras de este grupo se encuentra Luc�a S�nchez, Mercedes Comaposada y Amparo Poch.

     Durante el franquismo la mujer espa�ola pierde todos sus derechos y es reducida al papel de esposa, madre y mujer piadosa. No ten�a derecho, siquiera, a administrar sus bienes, tener pasaporte, o poner una denuncia. En un juicio, para que el testimonio de las mujeres se tuviese en cuenta como el de un hombre, deb�an formularlo dos. La mujer est�, literalmente, secuestrada en casa. Sin embargo, los avances sociales pueden m�s que las leyes injustas. En los a�os 60 y 70 Espa�a tiene un crecimiento econ�mico muy importante. Se permite la emigraci�n y el turismo. Todo ello muestra otro estilo de vida, m�s democr�tico y, sobre todo, otro concepto de la mujer que poco a poco va calando en la sociedad. En 1970 la nueva ley general de Educaci�n no puede obviar el asunto y reconocer� el derecho a una educaci�n igual para todos, incluidas las mujeres. Las mujeres van tomando conciencia de sus derechos, comienzan a reclamarlos, y la sociedad cada vez ve m�s normal que se les concedan. No obstante, estos derechos no ser�n reconocidos en Espa�a hasta la proclamaci�n de la constituci�n en 1978. Desde entonces las mujeres espa�olas han conseguido los mismos derechos que las de cualquier pa�s desarrollado.

     En la actualidad, el feminismo ha dejado de ser radical, pero impregna la ideolog�a de toda la sociedad, de tal manera que es impensable, e imposible, legislar discriminatoriamente contra las mujeres, o tomar decisiones que no las tengan en cuenta. No obstante, los hechos nos siguen diciendo que la mujer sufre, en muchos casos, situaciones de opresi�n. La mujer sigue siendo el pilar fundamental del hogar, le cuesta m�s encontrar trabajo y, en caso de que lo consiga, suele tener un puesto inferior y un sueldo menor, en la empresa privada.

3. El pacifismo

     La paz es una de las aspiraciones m�s antiguas de la humanidad. En La rep�blica, de Plat�n, ya se pone esto de manifiesto. Toda guerra ha generado corrientes pacifistas, que normalmente no eran otra cosa que una manera diplom�tica de resolver los problemas y los conflictos.

     Pero, �qu� es la paz? Esta es una de las discusiones ideol�gicas que se han mantenido durante los �ltimos a�os. En principio, la paz es la ausencia de guerra, sin embargo, est� claro que esta definici�n se queda corta, porque puede haber ausencia de guerra e inestabilidad social por causas econ�micas, pol�ticas, etc. El concepto de paz tambi�n debe incluir la paz social, donde no hay muertos ni declaraciones de guerra, pero donde s� hay detenidos por defender los derechos, y en donde los conflictos se resuelven de forma violenta, contra los bienes, las v�as de comunicaci�n y las personas. Los ejemplos m�s claros de esto los tenemos en los pa�ses con dictaduras y en Espa�a, donde entre octubre de 1998 y el 28 de noviembre de 1999 la ETA proclam� una falsa tregua. Durante ese per�odo no ha habido ning�n asesinato, pero no han cesado las algaradas callejeras, las extorsiones, ni las amenazas, que han creado un clima de violencia dif�cilmente soportable. Hoy en d�a, la actividad del terrorismo internacional, con el atentado del 11 de septiembre en la Torres gemelas de Nueva York, que provoc� miles de muertos, y el atentado del 11 de marzo en Madrid, en el que murieron cientos de personas, se tiene la sensaci�n de estar inmerso en una guerra no declarada contra una minor�a fan�tica que optan por el terrorismo para imponer su modelo social.

     El pacifista est� tanto contra la guerra, como contra las maneras violentas de resolver los conflictos, por ser ileg�timas y, a la larga, ineficaces.

     Por otra parte, la guerra no es una querella entre individuos amplificada, sino un esfuerzo de dominaci�n pol�tica y econ�mica de un Estado sobre otro, o sobre un pueblo o un territorio.

     Seg�n este concepto, es muy posible que la guerra, como instituci�n, nazca durante la Edad de los Metales, ya que el dominio del territorio donde exist�a el cobre, el esta�o o el hierro, por un lado, y los mercados, por otro, supon�an una riqueza suplementaria para el pueblo dominador.

     En la aparici�n del pacifismo, como ideolog�a, tienen mucho que ver las religiones, como el cristianismo y el budismo, que predican el amor a los dem�s y la renuncia a las cosas del mundo, como modelo de vida.

     El pacifismo moderno se puede remontar hasta los anabaptistas y otros grupos religiosos que en la Francia del siglo XVI se negaron a participar en las guerras de religi�n. El cat�lico Bo�tie, defendi� la t�ctica no violenta a trav�s de la desobediencia a los jefes. En el siglo XVIII, los cu�queros, crearon comunidades en Pensilvania (EE UU) lo que les libr� de la guerra durante muchos a�os.

     Tras la guerra franco-prusiana aparecieron los primeros grupos pacifistas. Estaban formados, generalmente, por socialistas que se negaron a participar en una guerra burguesa.

     Pero es en el siglo XX, y despu�s de la primera guerra mundial, cuando el pacifismo toma carta de naturaleza, como ideolog�a asumida por gran parte de la sociedad.

     Las grandes figuras del pacifismo en el siglo XX son: Mohandas Gandi, Juan XXIII, con su enc�clica P�cem in Terris, Mart�n Lutero King y Le�n Tolstoi, que abogaba por una revoluci�n social no violenta.

     Mohandas Gandi utilizar� la estrategia de la no violencia para oponerse al gobierno ingl�s de la India, y como medidas de presi�n utiliza la resistencia pasiva, la no colaboraci�n y la desobediencia civil. No utiliza armas, pero tampoco la paz social. En primer lugar est� la no colaboraci�n, que implica renunciar a las supuestas ventajas que ofrece el sistema brit�nico, con el fin de paralizar la maquinaria del Estado. En segundo lugar est� la desobediencia civil, seg�n la cual se transgreden deliberadamente las leyes injustas buscando la detenci�n y la condena, que se acepta sin apelar y sin defensa; para poner en evidencia lo injusto de las leyes y crear un estado de opini�n en contra, incluso de sus defensores. Y en tercer lugar la resistencia pasiva, que son los tres pilares de la estrategia de la no violencia.

     El socialismo, sobre todo en el siglo XIX, es pacifista en un sentido: condena la lucha entre Estados, la guerra burguesa, a favor de la lucha de clases y la solidaridad obrera internacional. Se niega a tomar parte en las guerras concretas. Sin embargo, su fracaso ante la guerra franco-prusiana y en la primera guerra mundial le lleva a replantearse su postura.

     La primera guerra mundial produjo un rechazo generalizado hacia la guerra, pero s�lo algunos hicieron algo positivo. En Inglaterra se proclama el Juramento de Oxford en el que los firmantes se niegan a volver al luchar por la patria y el rey. Juramentos similares se hicieron en muchos pa�ses, pero fueron firmados por una peque�a parte de la sociedad, y quedaron en papel mojado ante la barbarie nazi.

     Con la explosi�n de las primeras bombas at�micas en Hiroshima y Nagasaki, se inicia una nueva era en la tecnolog�a militar y en las relaciones internacionales. Socialmente se toma conciencia de que la esta tecnolog�a es capaz de terminar con la vida humana sobre la Tierra, particularmente cuando estas bombas proliferan y aumentan su potencia, durante la guerra fr�a. Surge, entonces, un pacifismo radical y activo que se niega a utilizar la violencia para resolver cualquier tipo de conflictos, se opone a cumplir el servicio militar obligatorio y, en definitiva, rechaza aprender a matar.

     Los primeros grupos pacifistas aparecen en los pa�ses escandinavos durante la invasi�n nazi en la segunda guerra mundial, pero su mayor desarrollo, y los m�s activos, surgieron en Estados Unidos durante la guerra de Vietnam (1956-1973). Los grupos de objetores de conciencia surgen desde diferentes posturas ideol�gicas, o religiosas como los testigos de Jehov� o el islam. Pero, sobre todo, son grupos antimilitaristas de todo tipo.

     La objeci�n de conciencia tiene en Estados Unidos una cierta tradici�n. Durante la guerra contra M�xico en 1845 Henry David Thoreau sienta las bases de la desobediencia civil y aboga por el derecho a rechazar el servicio militar obligatorio.

     Los primeros grupos pacifistas abogan por el desarme nuclear definitivo, como una reivindicaci�n inexcusable. El terror al holocausto nuclear es el principal motor de toma de conciencia de las ideas pacifistas por parte de la sociedad. Aunque en la actualidad la paz se plantea de otra forma.

     Durante los a�os 80 los grupos pacifistas m�s activos, y de mayor calado social, se encuentran en Alemania. Alemania sufre especialmente la guerra fr�a y las consecuencias de la pol�tica de bloques, con lo que se desarrolla una especial sensibilidad antimilitarista.

     Estos grupos son, con frecuencia, reprimidos violentamente, sobre todo en los pa�ses donde no est�n garantizadas las libertades m�nimas, ya que opinan y protestan fuera de la l�gica del sistema.

El pacifismo en Espa�a

     La sociedad espa�ola se incorpora muy tarde a los movimientos pacifistas. Hasta 1978 estuvimos bajo el signo del franquismo, en el que el modelo de organizaci�n, por excelencia, era el militar y se cultivaba el culto a la violencia, la juventud y los valores patri�ticos militares.

     Tras la ley de Libertad Religiosa de 1976 algunos testigos de Jehov� se niegan a hacer el servicio militar obligatorio. Pero ser� el caso de Jos� Luis Beunza el juicio por objeci�n de conciencia que m�s repercusi�n tenga, por ser el m�s publicado y seguido de la �poca. Jos� Luis Beunza es un cat�lico que en sus argumentos utiliza el Nuevo Testamento, y la enc�clica P�cem in Terris, del papa Juan XXIII. Su juicio ser� una farsa en la que no se le permite la defensa, ni leer sus alegaciones, y es condenado a hacer el servicio militar en la Legi�n. Despu�s de pasar por la prisi�n de Valencia, en 1971.

     La constituci�n de 1978 reconoce el derecho a la objeci�n de conciencia, en su art�culo 30, y desde el primer momento comienzan a declararse objetores al servicio militar. Pero falta una ley de Objeci�n de Conciencia que los regule; y estas personas estar�n en una situaci�n alegal. No se les puede negar su objeci�n de conciencia, pero no hay una ley que diga lo que tienen que hacer.

     La ley de Objeci�n de Conciencia llega en 1984. Desde el primer momento es contestada por todos los movimientos de objetores establecidos en Espa�a, particularmente el MOC (Movimiento de Objeci�n de Conciencia), lo que provocar� el fen�meno de la insumisi�n. Los insumisos usan la estrategia de la desobediencia civil y se niegan a hacer tanto el servicio militar obligatorio como la prestaci�n social sustitutoria que establece la ley. El motivo fundamental es que los mecanismos que establece la ley para declararse objetor, y la propia prestaci�n sustitutoria en s�, no son considerados adecuados, justos, ni constitucionales, por los grupos de objeci�n de conciencia. El que una persona sea objetor depende de un tribunal de evaluaci�n que decide si puede serlo o no. Se rechazan a todas aquellas personas que en alg�n momento hayan intentado entrar en el Ej�rcito. No se contempla la objeci�n sobrevenida, con lo que no se reconoce que una persona pueda cambiar de opini�n una vez conocida la realidad. Por otro lado, la prestaci�n social sustitutoria tiene dos defectos: en primer lugar dura m�s que el servicio militar obligatorio, lo que se considera un castigo, y nadie puede ser castigado por ejercer un derecho reconocido en la Constituci�n; y por otro, generalmente, los puestos en los que se realizan pueden ser cubiertos por trabajadores sociales, con lo que se ocupan puestos de trabajo, cosa que prohibe expresamente la propia ley. No obstante, una resoluci�n de la Uni�n Europea obliga a aceptar como objetores a todas aquellas personas que lo declaren. En 1997 el Partido Popular, en el gobierno, present� una ley para hacer un ej�rcito plenamente profesional en el a�o 2002.

     A partir de la promulgaci�n de la ley de Objeci�n de Conciencia, en Espa�a los objetores aumentan espectacularmente, hasta el punto de desbordar a la Administraci�n. Con el anuncio del fin del servicio militar obligatorio los objetores de conciencia aumentan a�n m�s, llegando a los m�ximos hist�ricos. Una vez producida la profesionalizaci�n del Ej�rcito la objeci�n de conciencia y el movimiento pacifista en Espa�a debe cambiar radicalmente.

4. El ecologismo

     El ecologismo es la �ltima ideolog�a en incorporarse a las preocupaciones de la sociedad, y por lo mismo es la que m�s impulso y arraigo tiene en la actualidad. Apenas se pueden encontrar antecedentes hist�ricos del ecologismo, como no sean las actitudes higienistas del siglo pasado, puesto que el deterioro del medio natural est� ligado directamente al aumento de la industrializaci�n en todos los pa�ses de Occidente, y a la utilizaci�n de combustibles f�siles y recursos no renovables, as� como a la sobreexplotaci�n de los mismos.

     Esto implica que el ecologismo, no s�lo tiene una dimensi�n ideol�gica, sino tambi�n una magnitud econ�mica de primer orden. Las implicaciones econ�micas permiten que hagan bandera del ecologismo todas las ideolog�as pol�ticas y econ�micas. No obstante, donde primero prenden las ideas del ecologismo es en los grupos de izquierda desencantados del socialismo sovi�tico y mao�sta, y en el anarquismo radical.

     El ecologismo comienza a tomar cuerpo en los a�os 60, en movimientos extraparlamentarios que reaccionan contra la pol�tica de bloques y la guerra fr�a, y no se identifican ni con el capitalismo ni con el socialismo existente.

     Los primeros grupos ecologistas surgen junto con los pacifistas antinucleares, que ponen de relieve los peligros de la radiactividad y las centrales nucleares: son el primer paradigma de la defensa del medio. Pero pronto se analizar�n los efectos negativos para la vida, de toda la contaminaci�n industrial y urbana, sobre todo despu�s del accidente, y desastre ecol�gico, del Gran Londres en 1952, en que una niebla de smog asfixia a la ciudad y las autoridades brit�nicas se ven obligadas a promulgar, en 1956, una ley sobre limpieza del aire.

     En 1965 Murray Bookchim escribe un texto en el que resume el pensamiento ecol�gico: Ecolog�a y pensamiento revolucionario. En �l se describen las bases te�ricas del ecologismo y su implantaci�n, y sus consecuencias econ�micas, como la descentralizaci�n del poder econ�mico y la formaci�n de circuitos locales de comercio. Tambi�n advierte sobre la desvirtuaci�n interesada de los principios ecol�gicos, que pueden convertir en una farsa la preocupaci�n por la mejora del medio.

     En la Alemania de los a�os 70 los grupos ecologistas se organizan pol�ticamente, y optan por la no violencia y el pacifismo, sin necesidad de dejar de ser contundentes en sus reivindicaciones.

     El grupo m�s importante se forma en 1977, es Greenpeace, de car�cter internacional. Se funda en un congreso en Estocolmo. Adena se crea en Espa�a 1968 y se adhiere al Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) la otra gran asociaci�n ecologista mundial.

     El ecologismo supone una nueva forma de hacer pol�tica, lo que implica un choque te�rico con los economistas, un debate entre el desarrollo sostenible y el beneficio r�pido. En multitud de ocasiones se ha presentado a la ecolog�a como un freno al desarrollo, sin tener en cuenta que la existencia de materia prima en buenas condiciones, en la naturaleza, es una condici�n fundamental para la actividad econ�mica. La ecolog�a influye en todos los aspectos de la actividad econ�mica, particularmente en la generaci�n y fabricaci�n de bienes. En realidad, abarca todo el ciclo del producto, desde la extracci�n de materias primas, a la fabricaci�n, transporte, venta, consumo y hasta el fin de su vida �til y su gesti�n como residuo. En todo ello, y en todo el proceso, se pueden encontrar mejoras, que sin menoscabo de la obtenci�n de beneficios, e incluso minimizando las p�rdidas y los gastos, impliquen una mejora de la calidad ambiental. Se puede utilizar la materia prima con mayor eficacia, reduciendo los residuos, con menor consumo de energ�a, sin que haya p�rdidas en el transporte, y que no genere basura no biodegradable.

     Este intento de resolver los problemas que genera el capitalismo consumista le acerca ideol�gicamente al socialismo, por eso se considera como una ideolog�a de izquierda. Pero no es una izquierda cl�sica, marxista, sino de una nueva izquierda a�n por definir.

     Como quiera que la calidad ambiental ha ido entrando en las conciencias de la gente, muchas veces con mensajes catastrofistas, los Estados se han visto en la obligaci�n de legislar, y a asumir estos puntos de vista. En principio s�lo se trata de normas e informes t�cnicos. Se obliga a que cada obra nueva tenga una evaluaci�n de impacto ambiental, y que las empresas hagan auditor�as ambientales. Sin embargo, los grupos ecologistas pretenden, para conseguir sus objetivos, apelar a la conciencia de la gente; descubriendo en el entorno inmediato las se�ales de la degradaci�n del medio, y explicando sus consecuencias. Esta actitud ha llevado a muchos grupos ecologistas a lanzar mensajes catastrofistas y alarmantes, sin muchas bases cient�ficas. El lema emblem�tico de los ecologistas es: actuar localmente y pensar globalmente. Esto supone implicar a todas y cada una de las personas en la defensa del medio natural, pero tambi�n derivar una cadena de consecuencias, desde lo local a lo global, que no tiene en cuenta el cambio de escala y, por tanto, el cambio de naturaleza del problema. En ocasiones, tampoco est�n suficientemente probadas desde le punto de vista cient�fico. Esta actitud sugiere que la defensa comprometida de una especie o lugar concreto implica la mejora del medio natural en todo el mundo.

     La necesidad de mejorar y conservar el medio natural ha supuesto el avance de los estudios sobre ecolog�a y climatolog�a. Uno de los temas recurrentes es el del cambio clim�tico y el agujero de la capa de ozono, en los que se trata de demostrar c�mo la influencia del hombre puede alterar las condiciones del medio natural; as� como la deforestaci�n.

     Otro de los problemas centrales del discurso ecologista es el del consumo de energ�a. C�mo ahorrar energ�a, c�mo producirla con medios renovables, etc. Esto ha supuesto un avance tecnol�gico de importancia, tanto en los medios de producci�n de energ�a como en los aparatos de bajo consumo.

     El tercer problema central es el de la generaci�n de residuos y la costumbre consumista, del usar y tirar, que implica una actitud positiva de la gente, ya que debe comenzar al separar los residuos, y de la industria. La clave es reducir, reciclar y reutilizar. El gran m�rito del ecologismo es que ha sido capaz de implicar en la defensa del medio a cada persona.

     La pujanza del ecologismo en todo el mundo ha provocado multitud de reuniones diferentes, de car�cter internacional, con los gobiernos de por medio. Una de las m�s importantes ha sido La Cumbre de la Tierra, celebrada en R�o de Janeiro en 1993, y el Protocolo de Kioto, en 1998.

     Nadie discute la necesidad de conservar el medio natural para sobre vivir como especie, pero s� para crecer econ�micamente. Por eso, los gobiernos han llegado a unos acuerdos para reducir la contaminaci�n que produce la industria de su pa�s, sin perjudicar el crecimiento econ�mico. Tambi�n se han comprometido a no reducir la biodiversidad, que es la condici�n indispensable para el buen funcionamiento de los ecosistemas. Pero muchos gobiernos, sobre todo de los pa�ses en v�as de desarrollo, incumplen sus compromisos en favor de un mayor crecimiento econ�mico. Incluso los pa�ses m�s ricos como, Estados Unidos, que tiene asignadas unas determinadas emisiones a la atm�sfera, compran los derechos de emisi�n de los pa�ses m�s pobres, para sostener su econom�a.

El ecologismo en Espa�a

     Los primeros grupos ecologistas en Espa�a surgen en la d�cada de los 60, y sus primeras actuaciones se centran en contra del plan energ�tico nacional (PEN), que prev� para Espa�a la instalaci�n de varias centrales nucleares. La reacci�n antinuclear es muy fuerte, en muchos municipios, contra las autoridades franquistas del gobierno (los alcaldes tambi�n son franquistas), y en muchos casos se consigue que la central no se construya. En un principio, el movimiento antinuclear es vecinal, la �nica manera en la �poca de asociarse, pero con la llegada de la democracia en 1978 el movimiento ecologista se desarrolla extraordinariamente, apareciendo en los a�os 80, grupos en todas partes, que tienen gran calado social.

     Ha esta expansi�n no son ajenos los medios de comunicaci�n, y en especial la labor divulgativa que en aquellos a�os hacen F�lix Rodr�guez de la Fuente y Jaques Cousteau.

BIBLIOGRAF�A

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Caple Mart�nez, Rosa M�: �Mujeres, la larga marcha�. La Aventura de la Historia, n. 19, pp. 16-27.