SENTIDO Y REFERENCIA: LAS TEOR�AS DEL SIGNIFICADO

1. Introducci�n

Ser�a equ�voco sugerir que la filosof�a del lenguaje, incluso cuando la practican los fil�sofos anal�ticos, se reduce al an�lisis conceptual, a la clarificaci�n de los conceptos b�sicos del lenguaje. Hay otros tipos de tareas que, por lo com�n, se atribuyen los fil�sofos del lenguaje: est� la clasificaci�n de los actos ling��sticos, de los "usos" o "funciones" del lenguaje, de los tipos de vaguedad, de los tipos de t�rminos, de las varias clases de met�foras. Est�n las discusiones sobre el papel de la met�fora en la ampliaci�n de los lenguajes, sobre las interrelaciones del lenguaje, el pensamiento y la cultura; y sobre las peculiaridades del discurso po�tico, religioso y moral. Se han hecho propuestas para construir lenguajes artificiales con prop�sitos diversos. Est�n tambi�n las detalladas investigaciones acerca de las peculiaridades de tipos especiales de expresiones, tales como los nombres propios y las expresiones con referencia m�ltiple, y sobre formas gramaticales determinadas, tales como la forma sujeto-predicado.

Cuando digo que las manchas que hago sobre un papel, o los sonidos que emito al hablar con otra persona, tienen significado, �qu� es lo que quiero decir?, �qu� es lo que hace que determinadas palabras o expresiones tengan el significado que tienen y no otro?, �qu� diferencia hay entre una ristra de marcas significativa y otra que no lo es?, �c�mo soy capaz de reconocerla como tal aunque no la haya encontrado antes?, �c�mo es posible que unas meras manchas se refieran a fechas, ciudades, pa�ses o, en general, a objetos?, �c�mo puede una secuencia de signos significar algo verdadero o falso?. �stas son algunas cuestiones centrales de la filosof�a del lenguaje.

2. El problema de la naturaleza del "significado"

La cuesti�n referente a la consistencia real del significado de una proposici�n, palabra y oraci�n es una cuesti�n muy discutida en la historia de la filosof�a, y una de las cuestiones centrales de la filosof�a del lenguaje. Esta cuesti�n ha recibido en el siglo XX diferentes respuestas, en funci�n de la corriente de filosof�a del lenguaje de que se trata; pero el problema es pr�cticamente tan antiguo como la historia de la filosof�a. Vamos a ver en este apartado algunas respuestas hist�ricas a esta cuesti�n.

2.1 La identificaci�n de la palabra con la cosa designada

En el Teeteto Plat�n identificaba el significado de una palabra con la cosa que designa. La palabra ser�a una especie de etiqueta fijada en el objeto, ya sea humano ("S�crates"), o gen�rico ("mesa), o un proceso ("estudiar"). A pesar de su atractivo, esta teor�a es, sin embargo, demasiado simple. Quiz�s valga para los nombres propios, pero estas palabras constituyen un peque�o grupo, cuya principal caracter�stica es no tener significado, ya que su �nica funci�n es designar un objeto o persona individua, pero careciendo de significado "per se". Por el contrario, con respecto a todas las dem�s palabras esta explicaci�n confunde dos dimensiones de la palabra: las que podemos llamar "connotaci�n" y "denotaci�n". Es decir, dos palabras pueden tener la misma denotaci�n (designar o mentar los mismos conceptos) y sin embargo tener distinta connotaci�n (es decir, diferente significado).

2.2 El significado como apelaci�n

Esta teor�a identifica el significado de una palabra con la respuesta condicionada que la palabra produce en quien la escucha o, al menos, con la disposici�n a responder de una determinada manera. Por ejemplo, un objeto cualquiera (como un vaso de vino) produce en nosotros una determinada respuesta (beberlo, repudiarlo...), o al menos una disposici�n a la respuesta (a beberlo, si nos apetece). El vaso de vino, al ser "nombrado", produce en nosotros un est�mulo y tambi�n una respuestaapropiada. Pero ese est�mulo inicial puede ser sustituido por cualquier otro (un sonido, por ejemplo) que aparezca asociado frecuentemente con �l; y entonces este est�mulo sustitutivo produce una respuesta igual o semejante a la que produc�a el est�mulo primitivo. Entonces, estos est�mulos sustitutivos son signos de los est�mulos propios; y su significado consiste precisamente en esta respuesta anticipatoria, en esa preparaci�n del organismo para la aparici�n del est�mulo adecuado. Su significado no consiste, como se suele pensar, en ning�n concepto, en ning�n "signo mental" que se d� en la mente del que habla o del que escucha, sino simplemente en una disposici�n para responder de una forma determinada.

Esta concepci�n ha sido fuertemente criticada. �Sentimos ganas de estornudar al escuchar la voz "pimienta"? Seg�n esta cr�tica , la teor�a conductista del lenguaje ha comenzado la casa por el tejado. Es decir, para que la palabra "caliente" produzca en nosotros la disposici�n de retirar la mano de un objeto es preciso previamente que hayamos comprendido su significado. Pero, �en qu� consiste "comprender" una palabra sino en captar "lo que significa"? Por tanto, el significado no es una disposici�n a responder de un modo determinado, aunque esto acontezca frecuentemente.

2.3 El significado como idea

Esta teor�a considera que el significado de una palabra (al menos, de las descriptivas, que constituyen la base de un idioma) es una idea o un concepto, que se encuentra en la mente del que habla y en la del que comprende tras escucharnos. Esta teor�a tiene dos puntos a su favor:

  1. no pone una relaci�n directa entre la palabra y el objeto mentado
  2. admite la necesidad de una intencionalidad, de un proceso mental interpretativo, para que la palabra, que considerada en s� misma no es sino un conjunto de sonidos, adquiera un significado.

El concepto o la idea no debe ser comprendido como una especie de objeto mental suprasensible, sino que debe comprenderse como la capacidad mental de usar las palabras de manera "humana", inteligente y adecuada, capacidad que se realiza y actualiza en nuestras proposiciones. Conocemos el significado de una palabra cuando somos capaces de comprender lo que significa y de utilizarla correctamente. Pero esta capacidad del uso correcto implica la existencia de determinados procesos mentales, eid�ticos; por ejemplo, la captaci�n de relaciones de semejanza o analog�a entre los objetos que pertenecen a un conjunto determinado. E igualmente implica la capacidad de explicar, aunque sea de un modo aproximado, las reglas que gobiernan el uso correcto de esa palabra. Dicho de otro modo, implica la capacidad de dar definiciones de nuestras palabras.

3. La teor�a referencial

Se ha pensado que toda expresi�n significativa nombra a algo o a alguien o, por lo menos, que est� en lugar de algo o de alguien, y tiene con ellos una relaci�n del tipo de la de nombrar (designar, rotular, referirse a, etc.). Ese algo o alguien al que se hace referencia no tiene que ser una cosa particular concreta y observable, podr�a tratarse de una clase de cosas (por ejemplo de los "sustantivos comunes" como 'perro'), de una cualidad ('perseverancia'), de una situaci�n ('anarqu�a'), de una relaci�n ('poseer'), etc. En realidad lo que se supone es que, en relaci�n con toda expresi�n significativa, podemos entender qu� quiere decir que �sta tenga un cierto significado, sin m�s que observar que hay algo o alguien a los que se refiere: "Todas las palabras tienen significado, en el sentido simple de que son s�mbolos que est�n en lugar de algo distinto de ellas mismas" (B. Russell, Los principios de la matem�tica, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1948, p. 82).

Hay una versi�n m�s elemental de la teor�a referencial. Ambas versiones suscriben la afirmaci�n de que para que una expresi�n tenga un significado debe referirse a algo distinto de ella misma, pero las dos versiones sit�an el significado en �reas diferentes de la situaci�n referencial. La versi�n m�s elemental considera que el significado de una expresi�n es aquello a lo que esa expresi�n se refiere; el punto de vista m�s sofisticado es el de que el significado de una expresi�n debe identificarse con la relaci�n entre la expresi�n y su referente, esto es, que lo constitutivo del significado es la conexi�n referencial.

Ninguna teor�a referencial ser� suficiente para dar cuenta completa del significado a menos que sea verdad que todas las expresiones ling��sticas significativas se refieren a algo. Sin embargo, parece que las conjunciones y otros componentes del lenguaje que desempe�an una funci�n esencialmente conectiva - palabras como 'y', 'si', 'es', 'por cuanto' - no se refieren a nada. Los te�ricos de la referencia responden a esta objeci�n, por lo general, negando que los t�rminos "sincategorem�ticos" tengan significado "aisladamente", o que estos t�rminos puedan tener significado aisladamente, o que estos t�rminos puedan tener significado en el sentido m�s tosco en que se afirma que los sustantivos, adjetivos y verbos lo tienen.

Las teor�as de la referencia pueden dividirse en dos grandes grupos: teor�as de la referencia directa (o teor�as causales de la referencia; sus representantes m�s destacados son Kripke y Putnam) y teor�as descriptivas de la referencia (sus representantes m�s destacados son Frege, el Wittgenstein del Tractatus y Russell). En las teor�as de la referencia directa se defiende la posibilidad de la referencia como una relaci�n entre el signo y el objeto, que no viene mediada pro ning�n tipo de contenido descriptivo. El conocimiento del hablante no es suficiente, ni necesario, para explicar la referencia. La expresi�n ling��stica consigue denotar el objeto de la realidad extraling��stica directamente. Esta relaci�n directa entre el lenguaje y el mundo viene posibilitada por las conexiones causales de los hablantes entre s� y con el mundo natural.

Por su parte, las teor�as descriptivas de la referencia establecen un v�nculo tal entre el nombre y las descripciones que �stas vienen a constituir su definici�n. De la misma manera que el predicado "soltero" se define como "persona no casada", el nombre propio "Cleopatra" se podr�a definir como "�ltima reina egipcia de la dinast�a ptolemaica"; sin embargo

3.1 Teor�a sem�ntica de fray Luis de Le�n

Para Fray Luis de Le�n, las cosas, adem�s del ser real que tienen en s�, poseen otro ser del todo semejante al real, pero m�s delicado que �l y que nace, en cierta manera, de �l. La verdad reside en el ser real; la imagen de la verdad, en nuestra boca y en nuestro entendimiento, cuando corresponde al ser real. Por ejemplo, si se juntan muchos espejos y los ponemos delante de los ojos, la imagen del rostro, que es una, reluce una misma y en un mismo tiempo en cada uno de ellos. El ser real en s� -en este caso, el rostro- es "uno e id�ntico", pero se multiplica como imagen en cada espejo. De igual manera acontece entre el ser real en s� y la mente de los hombres. En �sta, como en los espejos, se hacen "imagen" las cosas y, por ello, es "una" con dichas cosas, de modo que "la silla de la unidad venza y reine sobre todo". La realidad -el ser real en s�- configura su imagen en la mente humana, su "eidos", pero dicta, a la vez, su nombre a la boca. El nombre, entonces, contiene la imagen del ser real en s�. Fray Luis de Le�n define el nombre como aquello mismo que se nombra, no en el ser real y verdadero que tiene, sino en el ser que le da nuestra boca y entendimiento. El nombre, pues, es una palabra breve, que se sustituye por aquello de quien se dice y que se toma en lugar del ser verdadero real al que remite o designa.

Hay dos tipos de nombre: los que son im�genes por naturaleza -que est�n en el alma- y los que fabricamos nosotros por arte. El nombre por naturaleza corresponde a la imagen y figura que en el alma sustituye al ser real en s� por la semejanza natural que con �l tiene. En cambio, el nombre por arte es el que fabrican los hombres por medio de la palabra, al se�alar para cada cosa la suya, sirviendo as� de sustitutos de las mismas.

Las im�genes por naturaleza son los mismos objetos, en cuanto pensados, las copias de lo real que los objetos dejan en el esp�ritu. Estas im�genes por naturaleza son los verdaderos nombres en sentido riguroso y exacto. Sin embargo, las voces, las palabras -im�genes por arte- son tambi�n calificadas y conocidas como "nombres". Pero su adecuaci�n con lo real no est� garantizada, pues es cosa puramente humana y, por tanto, s�lo aproximativa; son obra del saber, la costumbre, educaci�n y mil influencias artificiales y exteriores.

3.2 Bertrand Russell

Russell elabor� una teor�a radicalmente referencialista, que supone que a cada categor�a l�gico-ling��stica le corresponde una categor�a ontol�gica. Sostuvo la doctrina conocida como "atomismo l�gico", que es una combinaci�n de empirismo radical y l�gica. La doctrina del atomismo l�gico sostiene que la estructura de las frases (su gram�tica o sintaxis) guarda relaci�n con la estructura de los hechos. As� como el lenguaje es descomponible en unos elementos �ltimos, tambi�n la realidad lo es. Tales elementos no tienen car�cter f�sico, sino l�gico; son entidades inanalizables por el pensamiento.

La relaci�n sem�ntica b�sica es una relaci�n de correspondencia entre lenguaje y realidad. Esta relaci�n de correspondencia se expresa a trav�s de dos relaciones que ligan el lenguaje con el mundo: nombrar y representar. Nombrar es la relaci�n propia de los nombres y representar la de los enunciados. Entre los enunciados y el mundo existe una especie de paralelismo o isomorf�a: del mismo modo que los enunciados se componen de proposiciones at�micas, la realidad se compone tambi�n de hechos at�micos.

Las lenguas naturales son imperfectas e incluso enga�osas, pero el fil�sofo puede poner de relieve su estructura o "forma l�gica" descomponiendo los enunciados en sus elementos genuinos. Russell distingui� dos tipos de enunciados o proposiciones: at�micas y moleculares.

Mientras que las proposiciones moleculares se componen de at�micas, estas �ltimas se corresponden o representan hechos at�micos. A diferencia de las oraciones, los nombres no representan sino que tienen como funci�n referir a entidades particulares. Esta tesis, de car�cter sem�ntico, es completada por Russell por una tesis epistemol�gica de car�cter empirista: s�lo conocemos las entidades particulares de modo directo, por familiaridad.

La sem�ntica de Russell est� ligada a su teor�a del conocimiento, seg�n la cual el conocimiento de la realidad es reducible a un conocimiento directo de los componentes de la realidad. Russell distingue dos tipos b�sicos de conocimiento: por descripci�n y por familiaridad. Casi todo lo que conocemos, lo conocemos por descripci�n. En este conocimiento partimos de datos sensoriales y construimos un conocimiento de las cosas, apoyados en la memoria y en el conocimiento de ciertas verdades f�sicas. A diferencia de este tipo de conocimiento, existe otro modo de conocimiento que es directo y que Russell denomina por familiaridad. Es el conocimiento de los datos sensibles y fundamenta el conocimiento por descripci�n. Se da cuando hablamos de "esto" referido al objeto inmediatamente presente, como cuando decimos "esto es blanco".

Seg�n Russell, hemos de distinguir entre los nombres propios ordinarios y los nombres l�gicamente propios. Los nombres l�gicamente propios designan entidades que son conocidas por familiaridad, es decir, de modo directo. Los nombres propios ordinarios nombran generalmente objetos conocidos por descripci�n. En realidad no son m�s que descripciones abreviadas. Su referencia es indirecta, a trav�s de las descripciones abreviadas.

Por �ltimo, el referente de las expresiones predicativas es la propiedad o relaci�n que designan.

3.2.1 La teor�a de las descripciones de Russell

Russell mostr� que la versi�n elemental de la teor�a referencial es inadecuada, ya que dos expresiones pueden tener diferentes significados pero un mismo referente.

Tom� para mi argumentaci�n el contraste entre el nombre "Scott" y la descripci�n "el autor de Waverley". El enunciado "Scott es el autor de Waverley" expresa una identidad y no una tautolog�a. Jorge IV quiso sabe si Scott fue el autor de Waverley, pero no quer�a saber si Scott era Scott. Si bien esto es perfectamente inteligible para todo el mundo, aunque no haya estudiado l�gica, presenta un conflicto para el l�gico. Los l�gicos piensan (o sol�an pensar) que si dos frases denotan el mismo objeto, una proposici�n que contenga a una de ellas puede ser reemplazada siempre por una proposici�n que contenga a la otra, sin dejar de ser verdadera, si era cierta, o falsa, si era falsa. Pero, como acabamos de ver, pod�is convertir una proposici�n verdadera en falsa sustituyendo "el autor de Waverley" por "Scott". Esto demuestra que es necesario distinguir entre un nombre y una descripci�n. Scott es un nombre, pero "el autor de Waverley" es una descripci�n (Russell, B., La evoluci�n de mi pensamiento filos�fico, Madrid, Alianza, 1982, p. 85)

Las descripciones definidas est�n formadas por un art�culo determinado seguido de un sustantivo o de una frase que funciona como tal, que corresponde a una cierta propiedad. Por ejemplo, �El autor del Quijote�, que describe la propiedad de haber escrito el Quijote. Una descripci�n sirve para seleccionar un objeto de nuestro universo de discurso (del conjunto de cosas de que estamos hablando) al se�alar una propiedad pose�da en exclusiva por este objeto (Cervantes como autor del Quijote). Ahora bien, cuando pensamos que las descripciones tienen que referir inexorablemente a algo, pueden ser fuente de problemas.

Por ejemplo, si yo hablo del �actual rey de Francia� o del �cuadrado redondo�, Meinong y Husserl dir�an que si bien no existen del modo en que lo hace �el autor del Quijote�, al menos estas entidades fant�sticas subsisten. Russell piensa que la idea de objetos inexistentes, aunque subsistentes, es dif�cilmente admisible. De lo que se tratar�a es de encontrar un medio de obtener, sin ellas, lo que se obtiene con ellas; es decir, traducirlas y analizarlas como s�mbolos incompletos que son.

Otra objeci�n a la teor�a de la referencia a objetos ser�a que, seg�n Russell, amenazar�an el principio de tercero excluso. As�, en la oraci�n �El actual rey de Francia es calvo�. Si enumer�semos las cosas calvas que hay en el mundo, no hallar�amos al actual rey de Francia, ni en ese conjunto ni en el conjunto de las cosas no calvas. As�, las oraciones A y B ser�an falsas:

A) El actual rey de Francia es calvo

B) El actual rey de Francia no es calvo

Hay, pues, que analizar estas proposiciones como s�mbolos incompletos. El uso del art�culo determinado singular �el�, para Russell, ser�a el siguiente: si tenemos la oraci�n �El actual rey de Francia�, lo que decimos es: la funci�n proposicional �x es rey de Francia actualmente� es verdadera exactamente para una valor de la variable x. Si ahora sustituimos �El actual rey de Francia� por un valor real, obtendremos una funci�n proposicional en la que se han eliminado los s�mbolos incompletos anteriores y se han sustituido por funciones proposicionales. La funci�n proposicional

C) x es rey de Francia en la actualidad

es verdadera para exactamente un valor de x, y la funci�n proposicional �x es calvo� es verdadera para ese valor de x.

En un primer momento, parece que hemos salido de la dificultad de que una descripci�n refiera a objetos al sustituirla por funciones proposicionales, pero veremos que no es as�.

Tomemos B) (El actual rey de Francia no es calvo). Esto puede significar dos cosas:

B.1) De el actual rey de Francia es cierto esto: no es calvo

B.2) No es cierto esto: el actual rey de Francia es calvo

Pues bien, A) y B) son contradictorias cuando B) tiene el sentido de B.1). Ambas dicen que hay un individuo que es el actual rey de Francia, y mientras una dice que es calvo, la otra lo niega.

B.2) niega que se den conjuntamente las condiciones de que un individuo sea a la vez rey de Francia y calvo y, en ese sentido, es contradictoria con C) (que hab�amos traducido a funci�n proposicional). Pero puesto que c expone pormenorizadamente el contenido de B.1), B.1) y B.2) son contradictorias, con lo cual queda libre de duda el principio de tertio excluso.

En resumen, la teor�a de las descripciones posibilita �la renuncia a entidades fant�sticas tales como el cuadrado redondo o el actual rey de Francia�. Introduce econom�a en nuestra imagen del mundo y en nuestro inventario de �l, ya que imagina una v�a para regular las conclusiones que acerca de las cosas inferimos del uso del lenguaje, nos ayuda a perfilar una idea de realidad.

El punto esencial de la teor�a de las descripciones es que una frase puede contribuir al significado de una oraci�n sin tener significado en absoluto aisladamente

En el caso de las descripciones hay una prueba clara de esto: si "el autor de Waverley" significara cualquier otra cosa en vez de "Scott", "Scott es el autor de Waverley" ser�a falso, que no lo es. Si "el autor de Waverley" significa "Scott", "Scott es el autor de Waverley" ser�a una tautolog�a, que no lo es. Por tanto, "el autor de Waverley" no significa "Scott" ni cualquier otra cosa; es decir "el autor deWaverley" no significa nada, quod erat demostrandum (Russell, B., op. cit., p. 87)

El punto esencial de la teor�a es que, aunque una expresi�n sin significado pueda ser gramaticalmente el sujeto de una expresi�n con significado, tal proposici�n, cuando se analiza correctamente, deja de tener tal sujeto. Por ejemplo, la proposici�n "la monta�a de oro no existe" se convierte en "la funci�n proposicional 'x es de oro y una monta�a' es falsa para todos los valores de x".

3.3 La teor�a figurativa del significado: el Tractatus

Seg�n la teor�a figurativa, una proposici�n es una figura o representaci�n de una parte de la realidad. M�s espec�ficamente, una proposici�n es una figura -una maqueta- de una situaci�n real o hipot�tica. Por ello, comprender una proposici�n es comprender la situaci�n o estado de cosas que representa. Quien entiende lo que dice una proposici�n sabe qu� hecho describe esa proposici�n en el caso de ser verdadera, pues su sentido es la situaci�n que dibuja o de la que es figura.

Las proposiciones son entendidas como algo articulado l�gicamente: expresan un "pensamiento" mediante un orden determinado. Una proposici�n es figura de una situaci�n por compartir con ella la misma forma l�gica. Lo que la proposici�n tiene en com�n con la realidad es la forma l�gica o estructura com�n.

En el Tractatus hay una exigencia de isomorf�a entre el lenguaje y el mundo. El constituyente �ltimo del mundo son los objetos o cosas; los objetos son simples y forman parte de los estados de cosas. Por eso dice Wittgenstein que "lo que acaece, el hecho, es la existencia de estados de cosas". El conjunto de hechos constituye la realidad. El lenguaje debe reflejar esto y, con este fin, usa los nombres para los objetos; con las proposiciones simples describe los estados de cosas y con las proposiciones complejas los hechos.

Tiene que haber proposiciones elementales por razones puramente l�gicas. Es la exigencia de determinaci�n del sentido la que mueve este proceso. Por ello en el �mbito l�gico se llega a unidades elementales, que contengan afirmaciones b�sicas acerca de la realidad. Estas unidades elementales se componen de signos simples como nombres de los objetos. El que lenguaje y realidad tengan la misma forma l�gica posibilita la relaci�n de los elementos de la proposici�n con las cosas de la realidad; y las relaciones entre elementos con relaciones entre las cosas de la situaci�n representada.

Entre los elementos de la proposici�n y los elementos de la realidad hay una relaci�n isom�rfica: a cada elemento de la proposici�n debe corresponder un elemento de la realidad y uno s�lo; y siempre que los elementos de una proposici�n guarden alguna relaci�n entre s�, sus im�genes han de guardar la relaci�n correspondiente. Los elementos de la proposici�n son los nombres y las constantes l�gicas. Los signos simples o nombres representan objetos. Su significado es el objeto en lugar del cual est�n las proposiciones. Las constantes l�gicas no son representantes de nada; no son nombres; no hay una l�gica de los hechos, sino s�lo de las proposiciones.

�Y qu� son los objetos a los que se refieren los nombres? Wittgenstein dice que son algo simple, los �ltimos constituyentes de todo. Se trata de �tomos no f�sicos, sino l�gicos del mundo, que se combinan y forman estados de cosas o situaciones. La admisi�n de los objetos responde al postulado de lo simple, lo fijo, lo existente, requerido como firme por un lenguaje absolutamente preciso. La verdad o falsedad de las proposiciones exige que los nombres tengan una referencia fija e inequ�voca.

El lenguaje y el mundo no pueden entenderse como realidades separadas y contrapuestas. El lenguaje pertenece al mundo. No podemos vernos a nosotros mismos fuera del mundo y del lenguaje. �Las proposiciones pueden representar toda la realidad, pero no pueden representar lo que tienen que poseer en com�n con la realidad para poder representarla -la forma l�gica. Para poder representar la forma l�gica deber�amos poder situarnos nosotros mismos junto con las proposiciones en alg�n lugar que est� fuera de la l�gica, es decir, fuera del mundo� (4.12).

De la imposibilidad de hablar con sentido de la forma l�gica extrajo Wittgenstein multitud de consecuencias. La m�s importante es la ilegitimidad de cualquier disciplina que pretenda hablar del sentido de las proposiciones. De aj� tambi�n la ilegitimidad del propio Tractatus en cuanto que pretende decir algo sobre la naturaleza del lenguaje.

Wittgenstein distingue dos funciones sem�nticas en una proposici�n. Por una parte lo que una proposici�n afirma, que los hechos son de un modo determinado. Por otro lado, lo que una proposici�n muestra, esto es, c�mo son los hechos. Por ejemplo, en el caso del cuadro titulado La rendici�n de Breda, el t�tulo dice lo que en el cuadro es mostrado. El t�tulo describe el hecho que el cuadro muestra a trav�s de su forma. Entre decir y mostrar no hay conexi�n: una proposici�n no puede decir nada de c�mo se muestra un determinado hecho, no puede afirmar nada sobre su propio sentido. �La proposici�n no puede representar la forma l�gica; �sta se refleja en aqu�lla. Lo que en el lenguaje se refleja, el lenguaje no puede reflejarlo. Lo que en el lenguaje se expresa, nosotros no podemos expresarlo por el lenguaje. La proposici�n muestra la forma l�gica de la realidad, la exhibe� (4.121).

La imagen del lenguaje que late en esta concepci�n es el lenguaje como medio universal. La tesis caracter�stica es que no podemos adquirir una posici�n de privilegio desde la cual proceder a examinarlo. Es m�s, puesto que "los l�mites del lenguaje son los l�mites de mi mundo" y "la l�gica llena el mundo; los l�mites del mundo son tambi�n sus l�mites", el modo en que me represente el mundo depender� de los recursos que el lenguaje ponga a mi disposici�n. El lenguaje viene a dictar entonces las condiciones bajo las cuales hablamos del espacio l�gico.

3.4 El criterio empirista de la significatividad

Son varias las razones por las cuales ha parecido aceptable, o incluso necesario, un criterio empirista. La m�s importante es quiz� la siguiente: si consideramos que la significatividad depende en cierto modo de las expresiones que se conecten con aspectos del mundo extraling��stico al cual se refieren, �c�mo es posible esa conexi�n?. No es que un determinado esquema de sonido est� m�s relacionado con un aspecto del mundo que con otro en virtud de sus caracter�sticas intr�nsecas, y es dif�cil suponer que esos v�nculos sean innatos a la mente humana. (Si as� fuera, todos los hombres hablar�an la misma lengua). La �nica alternativa parecer�a ser la de que esos v�nculos se establecen por medio de la experiencia, a trav�s de repetidos apareamientos de la expresi�n con aquello en cuyo lugar est�, de acuerdo con la experiencia del que aprende.

Otra argumentaci�n es esta: �qu� razones podr�a tener yo para suponer que un tercero asigna el mismo significado que yo a una determinada expresi�n?. Cada uno de nosotros podr�a producir una definici�n verbal de la expresi�n, pero esto permitir�a alcanzar la conclusi�n deseada s�lo si suponemos que ambos usamos de la misma manera las palabras de la definici�n (y, tambi�n, que ambos entendemos de la misma manera la forma oracional 'Dar una definici�n de...'). Y la cuesti�n de si este supuesto es o no verdadero es exactamente del mismo tipo que aqu�lla a la que pretend�amos dar respuesta. Habr�a quiz� una manera de salir fuera de este c�rculo si, en algunos momentos, pudi�ramos contrastar la hip�tesis del significado com�n sin necesidad de apoyarnos en la comunidad de significado respecto de otras expresiones. Pero �c�mo podr�a hacerse esta contrastaci�n sino investigando la manera en que la expresi�n se apareja o no con los objetos experimentados en la actividad verbal de cada uno de nosotros? Esto significa, pues, que esas contrastaciones son posibles s�lo si es necesario para la significatividad el que existan esos apareamientos.

La formulaci�n cl�sica del criterio empirista de significado es la siguiente: una palabra adquiere un significado al asociarse con una determinada idea de manera tal que la aparici�n de la idea en la mente da salida a la emisi�n de esa palabra y, a su vez, la audici�n de la palabra tiende a provocar la aparici�n de esta idea en la mente del oyente. todas las ideas son copias o transmutaciones de copias de las impresiones de los sentidos. Por tanto, una palabra puede tener significado s�lo si se ha establecido una asociaci�n entre esa palabra y una idea derivada de la experiencia sensorial. En este sentido todo significado se deriva necesariamente de la experiencia de los sentidos.

En todas las formas del empirismo excepto en la m�s ingenua, el lenguaje se divide en niveles o estratos sem�nticos. El nivel fundamental est� constituido por las palabras que adquieren su significado a partir de su asociaci�n con elementos que pueden experimentarse directamente. Se sigue de aqu� que, para poder adquirir un significado, las otras palabras deben poder definirse en t�rminos de las palabras del primer nivel y, adem�s, probablemente, en t�rminos de otras palabras que hayan sido ya definidas. Algunas palabras adquieren su significado a partir de la experiencia m�s directamente que otras, pero en cualquier caso, directa o indirectamente, la experiencia es la fuente del significado para todas las palabras.

Los positivistas l�gicos introdujeron en primer lugar el principio de que para que uno pudiese hablar con sentido se deber�a poder especificar una manera de verificar emp�ricamente lo que se dec�a; en otras palabras, deb�a ser posible especificar qu� observaciones pod�an incidir en contra o a favor de la verdad de lo que se dec�a.

Cuando los positivistas imponen la verificabilidad como condici�n de la significatividad no est�n con ello afirmando que s�lo sean significativas las oraciones que han sido verificadas. Los positivistas admiten que hay oraciones perfectamente significativas que no han sido contrastadas todav�a, e incluso enunciados significativos cuya contrastaci�n es de momento imposible. Al exigirverificabilidad, los positivistas exigen simplemente que sea posible especificar c�mo podr�a ser esa prueba emp�rica, no pretenden que la prueba se haya llevado a cabo. Verificabilidad es posibilidad de verificaci�n.

En tanto en cuanto podamos proporcionar una especificaci�n inteligible de las observaciones que establecer�an la verdad o la falsedad de ese enunciado, habremos satisfecho el criterio de verificabilidad del significado.

Del acuerdo con el uso que los positivistas hacen del t�rmino 'verificabilidad', verificabilidad es en realidad equivalente a la disyunci�n 'verificable o falsable', es decir, 'susceptible de que pueda decirse que es verdadero o falso'. Por tanto, lo que realmente se exige es que una determinada oraci�n sea susceptible de contrastaci�n emp�rica.

Una oraci�n es significativa si y s�lo si puede contrastarse emp�ricamente.

Las primeras formas del criterio de verificabilidad exig�an la completa verificabilidad, es decir, no pod�a admitirse que una oraci�n fuera significativa a menos que fuese posible especificar una manera de mostrar conclusivamente, por medio de datos emp�ricos, que esa oraci�n era verdadera o falsa. Enseguida se vio que esta exigencia era demasiado fuerte, puesto que exclu�a, por ejemplo, todas las generalizaciones que carecen de restricciones. Los positivistas modificaron este criterio de modo que requiriese tan s�lo la especificaci�n de observaciones que incidiesen en contra o a favor del enunciado, que sirviesen para confirmarlo o negarlo en alguna medida.

3.4.1 El verificacionismo en Ayer

Para Ayer, "un enunciado es literalmente significativo si, y s�lo si, es anal�tico o emp�ricamente verificable". Por literalmente significativo, Ayer entend�a "susceptible de ser mostrado verdadero o falso". Las proposiciones de la ciencia son de dos tipos: anal�ticas y emp�ricamente verificable. De este modo, la ciencia se constituye o bien en matem�tica y l�gica formal, o en dato factual verificable.

�C�mo una proposici�n carente de contenido emp�rico puede ser verdadera, �til e, incluso, sorprendente? Ayer, ante esta pregunta, se niega a buscar refugio en el racionalismo y mantener la tesis de este en su aseveraci�n de que la raz�n sea fuente de conocimiento, independientemente de la experiencia y m�s v�lida, incluso, que ella. Por tal causa, intentar� demostrar que las proposiciones anal�ticas o bien no son acerca del mundo, o bien no son verdades necesarias, ya que para �l no se dan "verdades de raz�n".

Los enunciados anal�ticos se verifican o falsan simplemente apelando a las definiciones de los signos usados en ellos. Si resultan ser tautolog�as, son verdaderos; si resultan contradictorios, son falsos. Se trata del mismo planteamiento kantiano. Las proposiciones anal�ticas no nos dicen nada sobre la realidad, ya que son independientes de �sta. �Por qu�, entonces, estas proposiciones anal�ticas no resultan absurdas como las de la metaf�sica? �Cu�l es su valor? Seg�n Ayer, estas proposiciones poseen cierta capacidad de sorpresa y nos son valiosas en tanto en cuanto nos hacen caer en la cuenta sobre el uso de ciertos s�mbolos que antes no apreci�bamos con claridad. No aumentan nuestro conocimiento, pero hacen m�s f�cil el camino de la invenci�n.

Todos los dem�s enunciados significativos pueden ser verificados o falsados mediante las observaci�n emp�rica. Las proposiciones emp�ricas "son todas y cada una, hip�tesis que pueden ser confirmadas o desautorizadas por la experiencia sensorial real [�] no hay proposiciones finales". Lo que la experiencia debe confirmar o refutar no es una mera hip�tesis, sino todo un sistema de hip�tesis que, por tanto, siempre se encuentra sometido a cambios posibles seg�n las corroboraciones emp�ricas que se lleven a cabo. La funci�n de tal sistema de hip�tesis es la de predecir anticipadamente experiencias, sensaciones futuras. En caso de que nuestras expectativas respecto a dichas hip�tesis se cumplan, se habr�n verificado. Es decir, hecho verdad. En caso contrario, resultar�n falsas. De este modo, nuestras verdades emp�ricas nunca ser�n absolutamente v�lidas. Siempre existir� la posibilidad de hallar una experiencia que las contradiga. Al menos, en teor�a. Por ello, la observaci�n aumenta el grado de confianza con el que es razonable mantener una hip�tesis. Y, en consecuencia, "la racionalidad de una creencia se define no en relaci�n a una norma absoluta, sino en relaci�n a una parte de nuestra propia pr�ctica real". Nada que no sea verificable puede caer en el �mbito de la verdad. Pero, �qu� es verificable? Lo verificable es aquello que entra dentro de los contenidos sensoriales. Entonces, los objetos materiales aparecen como construcciones l�gicas a partir de lo sensorial.

3.4.2 Verificaci�n y sem�ntica en Carnap

3.4.2.1 El principio de verificabilidad

Hay que distinguir dos �rdenes de verificaci�n: directa e indirecta. Si un enunciado, por ejemplo, afirma algo respecto a una percepci�n actual, pongamos por caso "en estos momentos yo veo un cuadro rojo sobre un fondo azul", entonces el enunciado puede probarse directamente acudiendo a mi percepci�n actual. En la verificaci�n de tipo indirecto se trata de proposiciones que no son verificables en s� mismas, pero que s� lo son mediante verificaci�n directa de otras proposiciones ya verificadas con anterioridad.

Por ejemplo: sea el enunciado E1: "Esta llave est� hecha de hierro". Entre los diversos modos de verificar E1 se encuentra el de �ndole magn�tica. Por experiencias anteriores est� comprobado que un im�n atrae a los objetos de hierro. Entonces puede inferirse que "esta llave es de hierro" siguiendo este modelo de razonamiento:

E1 Esta llave est� hecha de hierro (Proposici�n, cuyo contenido quiere ser verificado)

E2 Si un objeto de hierro es colocado cerca de un im�n es atra�do por �ste (Dato f�sico perteneciente ya a experiencias comprobadas, verificadas)

E3 Este objeto -una barra- es un im�n. (Dato igualmente comprobado y verificado por experiencias previas)

E4 La llave es colocada cerca de la barra o im�n (Dato que nosotros constatamos mediante observaci�n directa)

E5 La llave es ahora atra�da por el im�n o barra (Conclusi�n que se verifica igualmente de modo directo)

Si se analiza este proceso, en seguida salta a la vista que no sale nunca de la dimensi�n experimental y que consta de dos clases de proposiciones: las ya verificadas y certificadas por experiencias previas de la ciencia (E2, E3) y las verificadas inmediatamente por nosotros (E4, E5). Las proposici�n E1 no era directamente verificable. �No se construyen tambi�n llaves de oro, bronce o plata? �C�mo hacer verdadera -verificar- nuestra proposici�n E1? Los enunciados E2 y E3, pertenecientes de antemano a lo ya comprobado cient�ficamente, posibilitan una constataci�n emp�rica que se expresa en E4 de la que se infiere que la llave est� hecha de hierro. Caso contrario, el cient�fico o habr�a de negar que el hierro fuera elemento constitutivo de la llave, o buscar alguna explicaci�n plausible del dato negativo experimental. Y cuantas m�s sean las experiencias positivas tanto m�s se acercar� el cient�fico a una certeza "casi absoluta".

De esta manera, toda aseveraci�n cient�fica debe afirmar algo acerca de percepciones actuales o acerca de otra clase de observaciones y, entonces, es verificable por ellas; o bien afirmar enunciados acerca de futuras experiencias que se infieren de la uni�n de datos cient�ficos u otros que se someten a constataci�n emp�rica. Todo aquello que caiga fuera de esta dimensi�n, no pertenece a la ciencia. Su lenguaje no es significativo, cient�ficamente hablando. La ciencia, pues, es un sistema de hip�tesis verificables que, en �ltima instancia, tocan la realidad. Y todas las proposiciones de su lenguaje expresivo son reducibles a "enunciados at�micos", "juicios de percepci�n", "proposiciones protocolares" que son propiamente las emp�ricas en sentido estricto.

La conclusi�n de este an�lisis a�ad�a a la divisi�n cl�sica de proposiciones anal�ticas y sint�ticas otro tipo de proposiciones, propias en particular de la metaf�sica: las carentes de significaci�n que, como tales, eran meramente expresivas de pseudoproblemas. El lenguaje filos�fico es de esta naturaleza vac�o de significado e indecible seg�n los c�nones de la ciencia. �C�mo fue posible este grave equ�voco multisecular de la cultura?. Seg�n Carnap, tomando como punto de partida unas estructuras l�gicas y gramaticales correctas, puede llegarse a proposiciones sin sentido en virtud de que su contenido es inverificable. Veamos el an�lisis carnapiano de la expresi�n de Heidegger "�Cu�l es la situaci�n en torno a la nada? [�] La nada anonada". Carnap pone en dos columnas los posibles tipos de respuesta:

�Qu� hay fuera?

I
1. Afuera hay lluvia
2. La lluvia llueve
II
1. Afuera nada hay
2. La nada anonada

De estas dos columnas, s�lo la I se atiene a la correcci�n tanto gramatical como l�gica. Pero ello da pie a la formaci�n de otras proposiciones en II, carentes de sentido y que, en consecuencia, ni siquiera son expresables en un lenguaje l�gico. La sintaxis gramatical de "afuera hay lluvia" es plenamente correcta, pero hace posible la construcci�n sint�ctica "afuera nada hay", que carece de significado. Y esto porque "nada" no es t�rmino que pueda derivarse o retrotraerse a expresi�n alguna ligada con la experiencia. O lo que es lo mismo, "nada" no puede ser controlado ni verificado. Y, al no poder serlo, pierde cualquier inter�s cient�fico. Por igual motivo, la proposici�n "la nada anonada", aunque construida en conformidad con la estructura sint�ctica de "la lluvia llueve" -expresi�n anal�tica o tautol�gica-, resulta tambi�n sin significado cient�fico. Es pura poes�a. Pero a la poes�a no se le pregunta si es o no verdadera. Sencillamente, decimos que nosagrada o nos desagrada. Los problemas metaf�sicos y filos�ficos son, para la doctrina carnapiana, todos de �ndole ret�rica o po�tica. Los fil�sofos, del mismo modo que los poetas, sistematizan elucubraciones que obedecen a estados emocionales frente a la vida. La filosof�a debe ser sustituida por la l�gica de la ciencia. Es decir, las ciencias que, fundamentalmente, consisten en la sintaxis formal de su lenguaje.

3.4.2.2 Carnap y el enfoque sem�ntico

Carnap distingue entre sem�ntica descriptiva y sem�ntica pura. La primera versa sobre los lenguajes naturales e hist�ricos. Puede referirse a una lengua concreta, a un grupo de ellas o a todas las que existen en general. Siempre se trata, aqu�, de la descripci�n de datos emp�ricos. Por este motivo, es una ciencia de enunciados sint�ticos. Y su campo de estudio compete a la ling��stica. La sem�ntica pura, en cambio, es de �ndole anal�tica y tiene como objeto la interpretaci�n del significado de sistemas l�gicos formalizados. Por tanto, su acci�n recae sobre lenguajes idealmente perfectos. La tarea del fil�sofo semantista consistir�, pues, en buscar definiciones exactas y adecuadas de los conceptos sem�nticos ordinarios y de otros nuevos a fin de elaborar una teor�a basada en dichas definiciones.

Carnap realiza un an�lisis tridimensional de la semi�tica dividiendo a �sta en sintaxis, sem�ntica y pragm�tica. La sintaxis se preocupar�a de las relaciones de los signos entre s�, haciendo abstracci�n de los objetos o de los usuarios de las diferentes formas simb�licas. El �mbito sem�ntico estudiar�a, entonces, las relaciones de los signos con sus designata. La sem�ntica contiene reglas que nos se�alan las condiciones en virtud de las cuales un signo es aplicable a un objeto o a una situaci�n. Seg�n estas reglas, un signo denota todo lo que se ajusta a dichas condiciones, determinando en concreto su designatum.

En la construcci�n de la sem�ntica carnapiana se parte de la distinci�n entre metalenguaje y lenguaje-objeto. Aqu�, los lenguajes-objeto son siempre sistemas formalizados. Para elaborar un sistema sem�ntico S de primer orden con un n�mero finito de constantes de individuo son necesarias, seg�n Carnap, tres cosas: en primer lugar, se precisa una clasificaci�n de los signos deS. Se trata de algunas nociones sint�cticas que se presuponen, como las de constantes de individuos y predicados, variables igualmente de individuos y de predicados, signos l�gicos y signos auxiliares. En segundo lugar, debe definirse qu� es lo que se entiende por "termino en S", "f�rmula en S" y "sentencia en S", se�alando el modo de combinaci�n de los signos para la construcci�n de expresiones correctamente formadas, sean at�micas o moleculares. Y, por �ltimo, se ha de llevar a cabo tambi�n la definici�n de "designaci�n de individuos en S", y "designaci�n de atributos primitivos de grado n en S".

Por otra parte, en conexi�n con el concepto de "designaci�n" se dilucida la "determinaci�n en S", mediante la cual se indica qu� entidades se especifican en las proposiciones funcionales y qu� atributos se precisan en la funciones proposiciones. De aqu� deriva lo que Carnap denomina "condici�n satisfactoria". Por ejemplo, se dice que un objeto x satisface una sentencia o funci�n sentencial de una variable dada, si y solamente si x posee la propiedad que esta sentencia o funci�n sentencial determina. A todo esto, deben a�adirse las "reglas de valores" y la definici�n de "verdadero en S". Las reglas de valores indican el �mbito de las variables o su universo de discurso. La definici�n de "verdadero en S", en cambio, nos enumera las condiciones necesarias y suficientes para que se pueda aplicar a una sentencia el predicado metal�gico "verdadero".

Carnap tiene, ante los ojos, el c�lculo proposicional de dos valores o bivalente: toda sentencia ha de ser verdadera o falsa, y examina si dicho c�lculo puede ser una formalizaci�n completa de la l�gica. Con este fin, lo interpreta desde la sem�ntica comprobando, as�, que contiene en su sistema todas las proposiciones l�gicas que intenta representar. Basta, para conseguir esto, aplicar las reglas de designaci�n sem�ntica que indican las entidades a las que se refiere el c�lculo, y las reglas correspondientes de verdad.

El significado, en esta versi�n referencial carnapiana, queda reducido a su pura dimensi�n l�gica. Y remite a un mundo construido por medio de la l�gica, m�todo de la ciencia y de la filosof�a de la ciencia. La l�gica, adem�s es instrumento de unificaci�n de las diversas ciencias.

3.5 La cr�tica de Quine a los "dos dogmas del empirismo"

En "Dos dogmas del empirismo" Quine critic� las dos doctrinas puntales del empirismo l�gicos ("dogmas" los denomina �l. Estas dos doctrinas son:

  1. Para cada proposici�n o enunciado existe el conjunto de las experiencias u observaciones que la confirmar�an (y el conjunto de aquellas otras que la desconfirmar�an)

  2. Hay dos grandes clases de proposiciones: las anal�ticas, que son aquellas que resultan confirmadas o desconfirmadas, seg�n sean verdaderas o falsas, por cualesquiera datos de observaci�n, y las sint�ticas, que son aquellas que resultan confirmadas, o desconfirmadas, por experiencias y observaciones espec�ficas.

De estas dos doctrinas, la primera -el llamado por Quine dogma reductivista- tiene una versi�n fuerte que nos es m�s familiar: que para cada proposici�n con significado emp�rico (o cognitivo) existe su traducci�n a un lenguaje fenomenista. La versi�n (1) es menos exigente que esta �ltima, pero igual de �til. Ambas versiones comparten lo que de hecho es objeto de la cr�tica de Quine: que es leg�timo hablar del significado (cognitivo, emp�rico) de una proposici�n considerada aisladamente de las dem�s. Frente a esto, Quine arguye que, en general, no puede decirse que toda proposici�n tenga un fondo de experiencias confirmatorias que puede considerarse propio. La puesta en cuesti�n de (1) conduce, por lo tanto, a una seria modificaci�n de la teor�a verificacionista del significado.

El rechazo de (2) atenta, por su parte, contra otro de los pilares del empirismo l�gico: aceptar que hay dos clases de proposiciones, las anal�ticas y las sint�ticas, proporcionaba al fil�sofo empirista una salida a la hora de dar cuenta del estatuto de las proposici�n de la l�gica y de la matem�tica. Si se renuncia a (2) los problemas que el fil�sofo empirista cre�a resueltos vuelven a hacer acto de presencia.

Seg�n el Quine de "dos dogmas", estos dos pilares son mucho menos s�lidos de lo que podr�a parecer. El argumento de Quine puede desglosarse en dos pasos. El primero de ellos consiste en apercibirse de que (1) implica (2): si est� justificado hablar del significado de una proposici�n, habr� que contar con el caso l�mite de proposiciones que sean verdaderas y cuyo significado emp�rico sea nulo. Una vez que hablamos de la posibilidad de que haya experiencias que confirmen una proposici�n, no podremos excluir el caso de esas proposiciones cuyo conjunto de consecuencias confirmatorias (o desconfirmatorias) sea vaci�. Semejantes proposiciones ser�n verdaderas o falsas con independencia de qu� experiencias se tomen como piedra de toque. (Estas ser�n las proposiciones anal�ticas).

El segundo paso consiste en ver c�mo los intentos de definir criterios de distinci�n entre proposiciones anal�ticas y proposiciones sint�ticas fallan sistem�ticamente hasta un punto en que llegamos a convencernos de que el criterio buscado simplemente no existe. En ese mismo momento concluimos que (2) es un principio falso. Ahora bien, si (1) implica (2) y si �ste es falso, el principio (1) tambi�n habr� de serlo (seg�n un razonamiento en modus tollens). Con esto, los dos dogmas han sido rebatidos.

En Dos dogmas Quine examina detenidamente diversos criterios de distinci�n entre lo anal�tico y lo sint�tico. Veamos alguno de estos argumentos:

Una idea popular que parece estar de acuerdo con la distinci�n anal�tico-sint�tico es �sta: si deseamos saber si un enunciado es anal�tico -es decir, verdadero en virtud del significado de sus t�rminos- basta con que consultemos en un diccionario el significado que poseen. Esa consulta permitir� determinar, sin investigar cu�les son los hechos del mundo, su verdad o falsedad. As�, por ejemplo, una ojeada de la palabra hombre, en un diccionario m�nimamente completo, nos permitir� dar con la acepci�n oportuna que verifique el car�cter anal�tico de la proposici�n:

a) Los hombres son seres dotados de raz�n

Sin embargo, semejante maniobra aplicada a la palabra araucaria ser� incapaz de establecer el valor de la verdad de la proposici�n

b) En Ibiza hay araucarias tra�das por emigrantes isle�os.

La diferencia se explica por la analiticidad de (a) y la sinteticidad de (b). La distinci�n parece, por tanto, impecable.

A este planteamiento Quine objeta que los diccionarios sean el tipo de obra que contiene los significados de las palabras, si por significado se entiende algo diferente de informaci�n emp�rica o informaci�n relativa a los hechos (es decir, al mundo). Por el contrario, los diccionarios recogen los usos de las palabras, y los lexic�grafos que los organizan y los redactan no entran en la cuesti�n de si sus definiciones plasman significados u otra cosa distinta. De hecho, raro ser� el diccionario que, en la entrada correspondiente a esmeralda no diga que las esmeraldas son verdes. Significa esto que la proposici�n (c) "Todas las esmeraldas son verdes" es una proposici�n anal�tica, es decir, con independencia de c�mo es el mundo, de c�mo son las esmeraldas? La respuesta es tajantemente negativa. (Es m�s, hay diccionarios que llegan a decir cosas tales como que las esmeraldas est�n formadas de silicato de al�mina y de glucina te�ido de �xido de cromo. El que tales sustancias den lugar a un bello color verde cuando se ti�en de �xido de cromo no es, con seguridad, una circunstancia puramente ling��stica, sino un afortunado accidente de la naturaleza). Por consiguiente, o bien admitimos que (c) no expresa un hecho del mundo, o bien renunciados a la idea de que los significados de las palabras son esas cosas que dan los diccionarios.

Una vez arruinada la doctrina de que hay verdades en virtud del lenguaje y verdades en virtud de los hechos, la concepci�n empirista del sistema del conocimiento humano ha de cambiar de un modo radical. Ya no hemos de admitir, para empezar, que las verdades l�gicas y matem�ticas est�n a salvo de refutaci�n emp�rica. Todas las proposiciones habr�n de considerarse, a partir de ahora, sint�ticas en un mayor o menor grado. Proposiciones como 7+5 = 12, que hasta ahora se han considerado necesarias, no tienen un estatuto diferente de (b) o (c). Esto no significa que haya en alg�n lado observaciones o experiencias que muestren que 12 no es el resultado de sumar 7 y 5. Significa que no hay nada que excluya, como posibilidad l�gica, un vuelco tal en el sistema de todo nuestro conocimiento que quite a esas proposiciones el lugar que hasta el momento se les ha reconocido.

Esta idea se capta mejor si se tiene en cuenta que las proposiciones no se confirman una a una, sino en bloques o conjuntos. Esto es especialmente cierto en el caso de las afirmaciones de la ciencia con un contenido te�rico m�s alto (es decir, de aquellas proposiciones que hablan de entidades inobservables). Ninguna de ellas est� sujeta por s� sola a confirmaci�n. Lo est� en conjunci�n con otras proposiciones auxiliares de diverso tipo o incluso en conjunci�n con otras teor�as cient�ficas. Por ello, cuando una proposici�n queda aparentemente refutada, es posible mantenerla a salvo como verdadera efectuando cambios en -o renunciando a la verdad de- las proposiciones adyacentes o acompa�antes. Cabe, adem�s, la posibilidad de que estos cambios sean menos dr�sticos y mutilen menos el cuerpo de conocimiento acumulado si se efect�an sobre el aparato l�gico o matem�tico de la teor�a o teor�as implicadas en el caso. El que una posibilidad como esta no pueda olvidarse es lo que permite a Quine afirmar que todas las proposiciones pueden ser objeto de revisi�n.

Para el empirismo cl�sico todas las verdades sobre el mundo derivan inductivamente de la experiencia. A esta visi�n opone Quine la de que todas las verdades (sin restricci�n) pueden serconfutadas por la experiencia. El matiz importante arrastra consigo la cl�usula de que no se confirman (verifican) proposiciones una a una y por separado, sino en bloques o conjuntos de proposiciones. Esta doctrina recibe el nombre de holismo sem�ntico. La renuncia a la distinci�n anal�tico-sint�tico y la adhesi�n al holismo sem�ntico son pasos obligados en la adhesi�n a un empirismo sin dogmas.

3.6 Putnam

Las teor�as descriptivas de la referencia aceptan la tesis seg�n la cual los t�rminos generales tienen tanto un sentido, o intensi�n, como una referencia, o extensi�n. De acuerdo con las teor�as descriptivas, la intensi�n determina la extensi�n, es decir, si conocemos la intensi�n de un t�rmino podemos fijar con toda precisi�n su extensi�n. Dos hablantes competentes del castellano que tengan en su vocabulario la palabra "tigre" habr�n "captado" el mismo concepto, y estar�n en el mismo estado psicol�gico. Es por tanto indiferente partir de que la intensi�n determina la extensi�n, o considerar que el estado psicol�gico (que determina la intensi�n) es el que determina la extensi�n.

Putnam comienza su reflexi�n pidi�ndonos que imaginemos que en la galaxia se encuentra un planeta, id�ntico en todo a la Tierra, excepto en aquellos aspectos relevantes para la argumentaci�n, al que llamaremos Tierra-Gemela. Supongamos que una de las diferencias entre los dos planetas radica en que el agua de la Tierra-gemela, id�ntica a la nuestra en todas las caracter�sticas superficiales, no es H2O, sino que tiene una f�rmula qu�mica que representaremos como XYZ. Por supuesto que los hispanohablantes de la Tierra-gemela usan la palabra "agua" exactamente del mismo modo que nosotros, pero lo que all� se llama "agua" no es H2O, sino XYZ.

Consideremos un hablante terr�queo llamado �ngel y su r�plica en la Tierra-gemela, �ngel-g. Situ�monos en el a�o 1750, antes del descubrimiento de la qu�mica. �ngel y �ngel-g se encontraban en el mismo estado psicol�gico: ambos conceb�an el agua como el l�quido incoloro, que llena los r�os, etc.; la intensi�n del t�rmino "agua" es id�ntica. Sin embargo, cuando �ngel, en la Tierra, usa el t�rmino "agua", de lo que est� hablando es de H2O, mientras que cuando en la Tierra-gemela �ngel-g utiliza el mismo t�rmino est� hablando de XYZ. Queda claro que el estado psicol�gico del hablante (y por tanto la intensi�n) no determina la extensi�n, aquellas cosas en el mundo de las que el t�rmino es verdadero. Esto es as� aunque los hablantes y sus comunidades ling��sticas desconozcan la composici�n qu�mica del agua.

La raz�n por al cual el t�rmino "agua" tiene la misma extensi�n en 1750 que en la actualidad es su rigidez, el hecho de que en ninguno de los dos momentos hist�ricos es sin�nimo del conjunto de propiedades que definen el concepto agua.

Si se introduce el t�rmino "agua" mediante una definici�n ostensiva que utiliza una determinada muestra con una f�rmula del tipo "a esto se le llama 'agua'", se presupone que este l�quido es el mismo que aquel al que en mi comunidad ling��stica se le llama agua. De este modo se establece la condici�n necesaria y suficiente que ha de cumplir una sustancia para ser agua: la de hallarse en la relaci�n "mismo l�quido" (mismoL) con la sustancia de la muestra. Ahora bien, precisar esta relaci�n mismoL es algo que compete a la ciencia de cada momento hist�rico, y se pueden cometer errores. Pero estos errores no implican que el significado del t�rmino "agua" sufra variaciones a lo largo de la historia, puesto que la intenci�n de los hablantes siempre ha sido la de aplicar el t�rmino a aquella sustancia que comparta la naturaleza de aquello a lo que realmente se considera tal, y nunca ha existido la pretensi�n de hacer el t�rmino sin�nimo de las descripciones, cient�ficas o no, de la sustancia en cuesti�n. El significado es constante, pero nos podemos equivocar al determinar la extensi�n.

As�, el hecho de que un hispano-hablante podr�a haber llamado "agua" a XYZ en 1750, aunque �l o los que siguiesen no habr�an llamado agua al XYZ en 1800 o en 1850, no significa que el "significado" de "agua" cambiara en ese intervalo para el hablante medio. En 1750 o en 1850 o en 1950 uno podr�a haber apuntado con el dedo al l�quido del lago Michigan en tanto que ejemplo de "agua". Lo que cambi� fue que en 1750 habr�amos pensado err�neamente que XYZ guardaba la relaci�n mismoL con el l�quido del lago Michigan, mientras que en 1800 o en 1850 habr�amos sabido que �se no era el caso (ignoro, naturalmente, el hecho de que el l�quido del lago Michigan era en 1950 un agua dudosa) (H. Putnam, "El significado de 'significado'", en L. M. Vald�s,La b�squeda del significado, pp. 131-194 (p. 142)

Con respecto a los de�cticos (aquellas expresiones cuya referencia s�lo puede determinarse en funci�n de ciertas caracter�sticas del contexto de emisi�n, "yo", "aqu�", etc.), tienen convencionalmente asignado un sentido, pero ese sentido no es suficiente para determinar la referencia. s�lo el conocimiento del contexto de uso puede hacerlo. En este caso, tambi�n se puede afirmar que la intensi�n no determina la extensi�n. Pues bien, en la teor�a de Putnam, el medio natural imprime a los t�rminos de g�nero natural una cierta indicabilidad en la medida en que proporciona el contexto en el que se fija la referencia y por tanto determina el patr�n que sirve para juzgar la pertenencia o no a una clase de cualquier ejemplar:

Nuestra teor�a puede resumirse diciendo que palabras como "agua" tienen un elemento indicador oculto: el "agua" es una sustancia que guarda con el agua de por aqu� una cierta relaci�n de similaridad. En un tiempo o en un lugar distintos, o incluso en otro mundo posible, el agua,si es que ha de ser agua, ha de estar con nuestra "agua" en la relaci�n mismoL. As� pues, la teor�a de que (1) las palabras tienen "intensiones", que son algo parecido a los conceptos vinculados a las palabras de los hablantes; y que (2) la intensi�n determina la extensi�n, no puede ser verdadera en lo que toda a las palabras que designan clases naturales, como "agua", por la misma raz�n por la que no puede ser verdadera para el caso de palabras obviamente indicadoras, como "yo" (ibid., p. 152)

�C�mo se articula la determinaci�n de la referencia con el hecho innegable de que distintos hablantes tienen distinto conocimiento de la misma, es decir, que no todos los hablantes competentes en castellano saben que el agua es H2O y, sin embargo, estos son los criterios determinantes para clasificar a una determinada sustancia como agua?

Conforme las sociedades crecen en complejidad y la ciencia se desarrolla, un n�mero mayor de palabras precisan de un conocimiento especializado acerca de la naturaleza de su extensi�n y del tipo de pruebas para determinarla. El hablante medio tiene un conocimiento acerca de la extensi�n de este tipo de palabras que se limita generalmente a las caracter�sticas observables y que no incluye, desde luego, aquellos criterios que permiten fijar con precisi�n su extensi�n. Pero cualquier hablante sabe que, en caso de necesidad, puede recurrir a alg�n experto capacitado para precisar si un determinado ejemplar pertenece o no a la clase de que se trate. De este modo, la determinaci�n de la extensi�n depende de la cooperaci�n social, y no es funci�n del conocimiento de cada hablante competente. Los criterios que se utilicen para determinar la pertenencia o no de un ejemplar a la extensi�n del t�rmino general, se encuentran presentes en la sociedad colectivamente considerada, estableci�ndose lo que Putnam denomina "divisi�n del trabajo ling��stico".

Si no todo lo que se sabe acerca de un g�nero natural tiene que ser conocido por el hablante medio, �qu� tipo de conocimiento es suficiente para poderlo considerar competente en el lenguaje? Cuando alguien nos pregunta por el significado de un t�rmino de g�nero natural, la respuesta adopta t�picamente la forma de una ostensi�n, o, si no disponemos en el entorno de un ejemplar del g�nero natural en cuesti�n, ofrecemos una descripci�n. Esta descripci�n integrar� las caracter�sticas usuales de los miembros normales de las clase de que se trate. A este conjunto de rasgos generales lo denomina Putnam estereotipo. Para considerar que una persona conoce una determinada palabra, son necesarios los siguientes requisitos: 1) ha de hacer un uso cabal de la misma, 2) su posici�n en su entorno social y natural ha de ser tal que la extensi�n del t�rmino en cuesti�n ha de ser, efectivamente, la totalidad de ese t�rmino. Esta cl�usula pretende excluir del conjunto de usuarios conocedores de una palabra a los hablantes de la Tierra-gemela que denominan "agua" a un l�quido distinto al agua de la Tierra. Este conocimiento m�nimo de los t�rminos constituye el estereotipo, que Putnam define as�:

En el habla ordinaria, un "estereotipo" es una idea convencional (frecuentemente maliciosa y que puede ser harto imprecisa) de c�mo parece ser, de c�mo es o de c�mo se comporta un X. Obviamente, exploto algunos de los rasgos del habla com�n. No me ocupo de estereotipos maliciosos (salvo donde el lenguaje mismo lo sea); lo hago de ideas convencionales, que pueden ser imprecisas. Sugiero que ideas convencionales as� se hallan asociadas a "tigre", a "oro", etc., y m�s a�n: que esto es el solo elemento de verdad que hay en la teor�a del "concepto".

De acuerdo con esta tesis, a quien sepa lo que significa "tigre" (o, como hemos decidido hacer en su lugar, quien haya adquirido la palabra "tigre") se le pide que sepa que los tigresestereot�picos tienen la piel rayada. Dicho en t�rminos m�s precisos: hay un estereotipo de los tigres (�l puede tener otros) que la comunidad ling��stica como tal exige: se le pide que tenga este estereotipo y que sepa (impl�citamente) que es obligatorio. Este estereotipo debe incluir el rasgo de las rayas en la piel, para que su adquisici�n se juzgue conseguida (ibid., pp. 169-70)

Si bien los estereotipos recogen rasgos verdaderos de los miembros normales de la clase de que se trate, puede ocurrir que incluyan alg�n error que, no obstante, facilite la comunicaci�n. El tipo y la cantidad de informaci�n que integran el estereotipo depender�n del tema y de la cultura.

El conocimiento que la comunidad ling��stica exige al hablante individual y que garantiza la comunicaci�n, queda muy por debajo del que es necesario para la determinaci�n de la referencia en el caso de los t�rminos de g�nero natural. Para esta funci�n se requiere tanto la cooperaci�n de la sociedad como la del entorno natural. La sociedad interviene a trav�s de la divisi�n del trabajo ling��stico, y el entorno natural proporcionando las muestras paradigm�ticas que determinan la extensi�n. De ah� el eslogan putnamiano "los significados no est�n en la cabeza". De qu� hable alguien no es funci�n de lo que conoce acerca de la extensi�n. Cuando un hablante castellano habla del oro se est� refiriendo, en virtud de c�mo est� situado en su comunidad ling��stica y en el mundo natural, a lo que se define como "metal amarillo de los llamados 'preciosos', n�mero at�mico 79, se encuentra en la naturaleza s�lo nativo, es uno de los metales m�s pesados, muy d�ctil y maleable y atacable s�lo por el cloro, el bromo y el agua regia". �sta es la extensi�n del t�rmino "oro" que est� utilizando, aunque lo �nico que �l sepa acerca del oro es que se trata del metal amarillo con el que se hacen las joyas.

3.7 Kripke

Kripke ha originado lo que se ha llamado "nueva teor�a de la referencia", o tambi�n la denominada teor�a de la referencia directa. Seg�n Kripke no es necesario que el hablante conozca las caracter�sticas del referente de modo tal que este conocimiento resulte id�neo para fijar un �nico objeto en la realidad extraling��stica. Kripke argumenta, adem�s, en contra del car�cter necesario de la relaci�n entre el nombre y la mayor�a de las propiedades que se atribuyen a su portador.

Seg�n las teor�as descriptivas, consigo referirme a alguien si conozco alg�n dato que le identifica de manera un�voca. La pregunta es: �es cierto que asociamos a los nombres propios que usamos este tipo de conocimiento? Y, si no es as�, �realmente no conseguimos referirnos a un particular? Para responder a estas preguntas Kripke propone el siguiente ejemplo: lo �nico que saben de Einstein la mayor�a de los hablantes es que fue el autor de la teor�a de la relatividad, pero si se les pregunta qu� saben de la teor�a de la relatividad, en general, lo �nico que saben es que es la teor�a de Einstein. Se incurre, pues, en una circularidad que no puede, en ning�n caso, constituir el conocimiento suficiente para identificar a un individuo en la realidad extraling��stica. Sin embargo, cuando un hablante de este tipo afirma "Deber�an de explicar la teor�a de Einstein en las facultades de Filosof�a", nos parece claro que, a pesar de todo, se refiere a Einstein.

Es decir, a�n sin poseer un conocimiento identificador un�voco del referente, un hablante puede conseguir referirse a un particular. Sorprendentemente, tambi�n cuando un hablante asocia al nombre una descripci�n identificadora err�nea, intuimos que consigue referirse con �xito. Mucha gente dir�a de Crist�bal Col�n que fue el primer europeo que pis� suelo americano, descripci�n que es verdadera de alg�n n�rdico.

Los dos ejemplos anteriores no dependen para su validez de que el error sea algo individual; la situaci�n es similar cuando el error se extiende a la totalidad de los miembros de una comunidad ling��stica

Estos dos ejemplos no dependen para su validez de que el error sea algo individual; la situaci�n es similar cuando el error se extiende a la totalidad de los miembros de una comunidad ling��stica. Otro ejemplo. Para la mayor�a de los miembros de nuestra sociedad, "Bizet" es el nombre del compositor de la �pera Carmen. Imaginemos que Bizet no compuso en realidad la obra, sino que se apropi� de ella furtivamente. Este hurto fue posible gracias a que Bizet fue el �nico testigo de la muerte de su autor real, M. Gr�vy, que hab�a dejado la �pera concluida en una repisa de su estancia, pudiendo de este modo Bizet sustraerla sin levantar sospechas. De acuerdo con la teor�a descriptiva, el referente de un nombre propio es el objeto que satisface la/s propiedad/es expresadas por el sentido; por lo tanto, el referente de "Bizet" es el objeto del cual se puede predicar con verdad que es el autor de la �pera Carmen, es decir, M. Gr�vy. Pero nuestras intuiciones nos dicen que esto no es as�, que a pesar del hurto, cuando alguien utiliza el nombre propio "Bizet" habla realmente de Bizet y no de M.l Gr�vy. La posibilidad definici�n ijar el referente mediante una propiedad contingente que puede a la postre ser falsa, permite dar cuenta de este tipo de fen�menos.

Un caso m�s opuesto si cabe a las pretensiones de las teor�as descriptivas viene dado por la posibilidad de referirse a alguien a pesar de que todo lo que se sabe de �l constituya una leyenda. Kripke ilustra esta posibilidad con el caso del personaje b�blico Jon�s. Aunque los eruditos b�blicos piensan que existi�, todo lo que se sabe de �l (que fue tragado por un gran pez, etc.) es obviamente falso, y no es verdadero de ninguna otra persona. A pesar de todo, es posible referirse a Jon�s cuando se utiliza el nombre propio "Jon�s".

Las teor�as descriptivas de la referencia vinculan la teor�a del sentido de los nombres con la teor�a de la referencia. Ambas dimensiones son interdependientes: la descripci�n que constituye el sentido del nombre sirve, al mismo tiempo, para fijar el referente. La propuesta de Kripke podr�a resumirse diciendo que reelabora el problema de la fijaci�n del referente y lo desliga de la cuesti�n del sentido. Es decir, una descripci�n como "La reina egipcia que se suicid� en el 30 a.C. junto a Marco Antonio", puede utilizarse para fijar el referente del nombre "Cleopatra", pero esto no la convierte en sin�nima del nombre. De este modo, el car�cter contingente de la descripci�n deja de ocasionar problemas.

La relaci�n entre un nombre y las descripciones asociadas no puede considerarse, seg�n Kripke, una relaci�n de sinonimia. Una descripci�n, que expresa un hecho contingente acerca del referente, puede usarse para fijar el referente de un nombre, pero, una vez fijado, el nombre funciona comodesignador r�gido, pudiendo incluso plantearse la posibilidad de que la descripci�n usada para fijarlo resulte ser falsa.

El t�rmino designador es usado por Kripke para referirse tanto a nombres propios como a descripciones definidas.

Llamemos a algo un designador r�gido si en todo mundo posible designa al mismo objeto; llam�mosle un designador no r�gido o accidental si no es �ste el caso [...] Una de las tesis que sostendr� en estas charlas es que los nombres son designadores r�gidos (El nombrar y la necesidad, p. 56)

Del mismo modo que los nombres propios designan al portador sin ning�n tipo de mediaci�n epist�mica, los t�rminos de g�nero natural (agua, cebra, ...) designan su extensi�n r�gidamente. Ve�moslo con un ejemplo de Kripke. Imaginemos que, debido a una serie de cambios atmosf�ricos, el agua adquiere un ligero color esmeralda y mantiene el resto de sus propiedades. Sin duda, seguir�amos pensando que el l�quido que llena los mares y r�os, etc., es agua. Supongamos que sucede algo similar con el resto de la propiedades observables del agua, de modo que llegamos a dudar si el l�quido en que se ha transformado el agua seguir� o no siendo agua. �Cu�l se supone que ser�a la reacci�n natural para salir de la duda? Parece obvio que acudir�amos a un experto parar que averiguara mediante un an�lisis qu�mico si el l�quido en cuesti�n sigue teniendo la composici�n qu�mica del agua, es decir, H2O. Del mismo modo que la propiedad contingente de ser el maestro de Alejandro Magno pod�a servir para fijar la referencia del nombre propio "Arist�teles" sin convertirse en su sin�nimo, las propiedades observables contingentes del agua pueden servir para fijar la referencia del t�rmino de g�nero natural "agua" sin constituirse en su sin�nimo. Al igual que el origen de Arist�teles como persona es lo que proporciona el criterio para hablar de una continuidad del referente, la composici�n qu�mica del agua constituye una propiedad que puede ser considerada como esencial, puesto que es lo que define la clase natural en cuesti�n.

�C�mo se dilucida la sem�ntica de los t�rminos de g�nero natural? Se postula un bautismo hipot�tico, que desempe�a la misma funci�n que el bautismo inicial en el caso de los nombres propios. Se supone que en un momento dado quedaron asociados, mediante ostensi�n o definici�n, un determinado t�rmino de g�nero natural con una clase natural concreta. A partir de ese momento, se establece una cadena de comunicaci�n tal que, cuando un hablante usa el nombre de un g�nero natural con el que no ha estado nunca en contacto, consigue referirse a este g�nero por su pertenencia a la cadena causal correspondiente:

el nombre de la especie puede pasarse de eslab�n en eslab�n, exactamente como en el caso de los nombres propios, de manera que quienes han visto muy poco o ning�n oro pueden sin embargo usar el t�rmino. Su referencia se determina mediante una cadena causal (hist�rica), no mediante el uso de ning�n ejemplar (El nombrar y la necesidad, p. 145)

Este an�lisis nos lleva a responder al problema de c�mo son posibles los enunciados contingentes de identidad. Este problema es analizado por Kripke en "Identidad y necesidad", y su respuesta es:

... en ambos casos, tanto en el de los nombres como en el de las descripciones, los enunciados de identidad son necesarios y no contingentes. Esto es, son necesarios si es que son verdaderos.

Kripke adopta como noci�n de necesidad, la necesidad en sentido d�bil, seg�n la cual es necesario aquel enunciado en el que, siempre que los objetos mencionados en �l existan, el enunciado ser� verdadero.

Su primer argumento a favor de esta postura tiene su base en el siguiente razonamiento l�gico:

(1) (x) (y) [x = y) (Fx Fy)]

(2) (x) ? (x = x)

(3) (x) (y) (x = y) [? (x = x) ?(x = y)] (por sustituci�n en (1)

(4) (x) (y) ((x = y) ? (x = y))

La postura de Kripke es que cualquiera que crea (2) (y la verdad de (2) parece algo indiscutible), necesariamente tiene que creer (4). Ahora bien, lo que en cuatro se afirma es que los enunciados de identidad son necesarios.

En todo esto, sin embargo, parece haber una paradoja. Para ilustrar esta paradoja veamos el enunciado

(5) El primer director general de Correos de USA es el inventor de los lentes bifocales

Parece ser que este enunciado es un enunciado contingente, a pesar de ser un enunciado de identidad, pues es evidente que no era necesario que el primer director general de Correos fuese el inventor de los lentes bifocales. �C�mo conciliar (4) con (5)?. Seg�n Kripke esta aparente paradoja queda resuelta si tenemos en cuenta la noci�n russelliana de "alcance de una descripci�n"; es decir, la soluci�n de Kripke consiste en sustituir en (4) los cuantificadores universales por descripciones; seg�n esto, (5) se podr�a traducir como:

(5') Hay un objeto x tal que x invent� los lentes bifocales, y es una cuesti�n de hecho contingente que hay un objeto y tal que y es el primer director general de correos de USA, y necesariamente x = y

Con esta interpretaci�n de (5), queda salvada la aparente paradoja existente entre (4) y (5), pues se puede mantener la opini�n de que (4) es verdadero a pesar de que el hecho mencionado en (5) sea un hecho totalmente contingente.

Ahora bien, �qu� pasa con los nombres propios?. En una primera aproximaci�n, parece que la funci�n de los nombres propios es la de hacer referencia a un objeto, y no la de describir al objeto nombrado; de aqu� se sigue que si a es b, necesariamente a ha de ser b. Seg�n esto, cuando hacemos enunciados de identidad entre nombres, si los enunciados son verdaderos, tienen que ser necesarios. Sin embargo, esto parece falso, como lo "demuestra" el hecho de que

(6) Hesperus es Phosphorus

es una verdad contingente, emp�rica, que podr�a haber resultado de otra manera, pues, en efecto, es del todo contingente que el objeto celeste al denominamos Hesperus sea el mismo objeto celeste que aquel al que denominamos Phosphorus.

�C�mo negar que (6) es una verdad contingente y seguir, por tanto, manteniendo nuestra tesis de que "los enunciados de identidad son necesarios, si es que son verdaderos"?. La soluci�n de Russell consiste en afirmar que los nombres propios de (6) no son nombres propios, sino descripciones.

La argumentaci�n de Russell es como sigue:

... si queremos reservar el t�rmino "nombre" para cosas que realmente s�lo nombran un objeto sin describirlo, los �nicos nombres propios genuinos que podemos tener son los nombres de nuestros propios datos sensoriales inmediatos, de los objetos "que se nos hacen presentes de manera inmediata". Los �nicos nombres de esa naturaleza que aparecen en el lenguaje son demostrativos tales como "esto" y "eso"

Es claro, seg�n Kripke, que si aceptamos la tesis de Russell, se cumple el requisito de la necesidad de la identidad en los nombres propios. Ahora bien, si por nombre propio entendemos no una noci�n artificial, tal como la de Russell, sino un nombre propio en el sentido ordinario, entonces parece ser que s� puede haber enunciados contingentes de identidad en los que se usan nombres propios, entonces (4) estar�a equivocado. Un ejemplo en favor de esta tesis podr�a ser el siguiente:

(7) H20 es agua

(7) es un enunciado contingente de identidad pues, de lo contrario, no habr�a sido necesario un descubrimiento cient�fico para conocerlo, lo habr�amos sabido desde siempre. Kripke, sin embargo, no est� de acuerdo con esta afirmaci�n. �l sigue pensando que los enunciados de identidad son necesarios, si es que son verdaderos. �C�mo fundamentar esto?.

La postura de Kripke tiene a su base las dos siguientes distinciones:

(1) Distinci�n entre designador r�gido y designador no r�gido. Un designador r�gido es aquel que designa al mismo objeto en todos los mundos posibles: 25 = 52. Un designador no r�gido, por el contrario, es aquel que no designa al mismo objeto en todos los mundos posibles: "Franklin fue el inventor de los lentes bifocales". Al hablar de designador r�gido, Kripke no quiere implicar que el objeto referido tenga que existir en todo mundo posible, esto es, que tenga que existir necesariamente, lo �nico que quiere decir, es que

... en cualquier mundo posible donde el objeto en cuesti�n exista, en cualquier situaci�n en la que el objeto existiera, usamos el designador en cuesti�n para designar a ese objeto. En una situaci�n en la que el objeto no exista, entonces debemos decir que el designador no tiene referente y que el objeto en cuesti�n as� designado no existe (p. 110)

La idea es que nombres propios y descripciones definidas se comportan de modo diferentes en contextos modales. Los nombres propios son designadores r�gidos: designan el mismo individuo en todo mundo posible en el que ese individuo existe. Las descripciones definidas son designadores no r�gidos: cambian de referencia de mundo posible a mundo posible. Kripke sostiene que las teor�as de Frege y Russell confunde las nociones de fijar la referencia y de un nombre y dar el significadodel mismo. Aunque podemos fijar inicialmente la referencia de un nombre por medio de una descripci�n definida ('Cicer�n es el autor del De fato'), al hacerlo utilizamos una propiedad accidental del nombre (pues Cicer�n podr�a no haber escrito De fato) y por ello la descripci�n no da el significado del nombre. Esa descripci�n es un designador no r�gido porque hay mundos posibles en los que Cicer�n no escribi� De fato. Una vez que hemos fijado la referencia de un nombre mediante una descripci�n definida, seguimos usando el nombre como designador r�gido de su portador. Todos los nombres son designadores r�gidos y, aunque la mayor�a de las descripciones son designadores no r�gidos, algunas, las que especifican propiedades esencial de los objetos, tambi�n son r�gidas.

(2) Distinci�n entre a priori y necesario. Una verdad a priori es aquella que puede conocerse como verdadera independientemente de la experiencia. Un enunciado necesario es aquel que es verdadero y no puede ser de otra manera. Puede darse el caso de que todo lo necesario, seacognoscible a priori, pero ello no hace de estas dos nociones algo id�ntico, pues la noci�n de ser necesario hace referencia a la ontolog�a, mientras que la noci�n de cognoscibilidad a priori se refiere a la epistemolog�a.

A continuaci�n, pregunta Kripke: �todo lo que es necesario es cognoscible a priori o conocido a priori?. Su respuesta es la siguiente: �� no es trivial que s�lo porque un enunciado sea necesario pueda ser conocido a priori. Se requieren considerables aclaraciones antes de decidir qu� puede conocerse de esta manera. Y as�, esto muestra que aun si todo lo necesario es a priori en alg�n sentido, esto no debe tomarse como una cuesti�n trivial de definici�n� (p. 116). Un ejemplo que apoya la postura de Kripke es la conjetura de Goldbach (todo n�mero par es la suma de dos n�meros primos). �Es esta conjetura verdadera o falsa? Si es verdadera es necesaria; ahora bien, si �ste es el caso, �por qu� no lo sabemos si todo lo necesario es conocido a priori?.

Otro argumento a favor de la tesis de Kripke es la teor�a esencialista. Seg�n esta teor�a, si esta mesa est� hecha de madera, corresponde a su esencia el estar hecha de madera, de modo que una mesa de hierro no podr�a ser nunca esta mesa. Ahora bien, esta teor�a s�lo puede ser verdadera si distinguimos, por un lado, entre verdad a priori y verdad a posteriori y, por otro, entre verdad necesaria y verdad contingente, pues aunque sea necesario el que esta mesa no est� hecha de hierro, esto no es algo que conozcamos a priori pues, �c�mo podr�a yo saber, antes de haber visto nunca esta mesa, que estaba hecha de madera y no de hierro?. Ahora bien, dado que esta mesa no est� hecha de hierro (y esto es conocimiento a posteriori), necesariamente no est� hecha de hierro:

... si P es el enunciado de que el atril no est� hecho de hielo, uno conoce por un an�lisis filos�ficoa priori alg�n condicional de la forma "si P, entonces necesariamente P". Si la mesa no est� hecha de hielo, necesariamente no est� hecha de hielo. Por otro lado, entonces, conocemos mediante una investigaci�n emp�rica que P, el antecedente del condicional, es verdadero, que esta mesa no est� hecha de hielo. Podemos concluir por modus ponens:

P ?P

P

----------------

?P

La conclusi�n, '?p', es que es necesario que la mesa no est� hecha de hielo y esta conclusi�n es conocida a posteriori, ya que una de las premisas en las que se basa es a posteriori. De esta manera, la noci�n de propiedades esenciales puede mantenerse siempre y cuando se distingan las nociones de verdad a priori y verdad necesaria, y yo la mantengo (p. 118)

La argumentaci�n de Kripke contin�a del siguiente modo: si en un enunciado de identidad se utilizan designadores r�gidos, es claro que los enunciados de identidad son necesarios. Por otro lado, en los enunciados de identidad donde no hay designadores r�gidos, lo que ocurre es lo siguiente: el designador no es r�gido en el sentido de que podr�a haber sido, o podr�amos haber elegido otro, es decir, que en otro mundo posible podr�a haber sido otro el designador que hiciese referencia a una determinada cualidad; ahora bien, una vez que el designador no r�gido ha sido elegido, se convierte en un designador r�gido

... lo que puede ser el caso es que nosotros fijemos la referencia del t�rmino 'Cicer�n' mediante el uso de una frase descriptiva tal como 'el autor de estas obras'. Pero una vez que tenemos fijada esta referencia, entonces usamos el nombre 'Cicer�n' r�gidamente para designar al hombre que de hecho hemos identificado mediante su calidad de autor de estas obras. No lo usamos para designar a quienquiera que hubiese escrito estas obras en lugar de Cicer�n, si es que alguien m�s las escribi� (pp. 121-122)

Por otro lado, los que defienden que existen enunciados de identidad que no son necesarios, confunden la necesidad de que algo tenga una determinada propiedad, con la contingencia de que la propiedad o propiedades de esa cosa produzcan unos determinados efectos. Por ejemplo, una cosa es que el calor sea el movimiento de las mol�culas (esto es necesario), y otra cosa distinta es que el calor produzca en nosotros el efecto que produce (esto es contingente). Los que afirman que hay enunciados de identidad contingentes, confunden la composici�n del calor con los efectos que produce en nosotros y, por ello, afirman que el enunciado "El calor es el movimiento de las mol�culas" es un enunciado contingente, cuando lo que realmente ocurre es que es verdadero.

4. La teor�a ideacional

La formulaci�n cl�sica de la teor�a ideacional arranca del fil�sofo ingl�s John Locke, quien, en su Ensayo sobre el entendimiento humano, secci�n 1, cap�tulo 2, libro III, dice:

Resulta, pues, que el uso de las palabras consiste en que sean las se�ales sensibles de las ideas; y las ideas que se significan con las palabras son su propia e inmediata significaci�n.

�ste es el tipo de teor�a que, impl�citamente, conciben quienes piensan que el lenguaje es un "medio o instrumento para la comunicaci�n del pensamiento", o una "representaci�n f�sica exterior de un estado interno", o la propia de quienes defienden la oraci�n como una "cadena de palabras que expresan un comportamiento completo". En el pasaje inmediatamente anterior al que se acaba de citar Locke dice:

Aun cuando el hombre tenga una gran variedad de pensamientos, y tales, que de ellos otros hombres, as� como �l mismo, pueden recibir provecho y gusto, sin embargo, esos pensamientos est�n alojados dentro de su pecho, invisibles y escondidos de la mirada de los otros hombres, y, por otra parte, no pueden manifestarse por s� solos. Y como el consuelo y el beneficio de la sociedad no pod�a obtenerse sin comunicaci�n de ideas, fue necesario que el hombre encontrara unos signos externos sensibles, por los cuales esas ideas invisibles de que est�n hechos sus pensamientos pudieran darse a conocer a otros hombres... Es as� como podemos llegar a concebir de qu� manera las palabras, por naturaleza tan bien adaptadas a aquel fin, vinieron a ser empleadas por los hombres para que sirvieran de signos de sus ideas; no, sin embargo, porque hubiera alguna natural conexi�n entre sonidos particulares aislados y ciertas ideas, pues en ese caso no habr�a sino un solo lenguaje entre los hombres, sino por una voluntaria imposici�n, por la cual un nombre dado se convierte arbitrariamente en se�al de una idea determinada (Locke, J., Ensayo sobre el entendimiento humano, M�xico, F.C.E., 1982, II, ii, 1)

Seg�n esta teor�a, lo que hace que una expresi�n ling��stica adquiera significado es el hecho de que se la use regularmente en la comunicaci�n como "marca" de una cierta idea; pero las ideas con las que construimos pensamientos tienen una existencia y una funci�n independientes del lenguaje. S�lo porque sentimos la necesidad de transmitir a los dem�s nuestros pensamientos tenemos que hacer uso de indicaciones observables por todos de las ideas puramente privadas que se deslizan a trav�s de nuestras mentes. Una expresi�n ling��stica adquiere su significado a trav�s de ser usada como tal indicaci�n.

A cada expresi�n ling��stica, a cada sentido distinguible de una expresi�n ling��stica, debe corresponder una idea, de modo tal que cuando se use una expresi�n ling��stica con este sentido, se use como una indicaci�n de la presencia de esa idea. Siempre que se use una expresi�n ling��stica con un sentido dado 1) la idea debe estar presente en la mente del hablante, 2) el hablante debe producir esa expresi�n para conseguir que el oyente se d� cuenta de que esa idea est� en ese momento en su cabeza, y 3) en tanto en cuanto la comunicaci�n tuviera �xito, la expresi�n deber�a suscitar la misma idea en la mente del oyente

4.1 J. Locke

Sociedad y lenguaje est�n, en su g�nesis, estrechamente vinculados. La naturaleza social del hombre se promociona y desarrolla mediante la palabra y su ejercicio, mediante el lenguaje. La significatividad de �ste es de car�cter convencional. Es decir, no se da conexi�n natural alguna entre sonidos particulares -palabras- e ideas, ya que entonces existir�a �nicamente una �nica lengua, un idioma en el mundo. Al contrario, es por una voluntaria imposici�n por la que un nombre dado se convierte arbitrariamente en se�al de una idea determinada.

El lenguaje cumple dos funciones fundamentales: la de contribuir al desarrollo del conocimiento y la de actuar, como el medio por excelencia que posee el hombre, para comunicar a sus semejantes sus propias experiencias, internas o externas.

La primera funci�n es posible en la medida en que las palabras favorecen la formaci�n y organizaci�n de las ideas de extensi�n universal. Si as� no fuera, la mente se disgregar�a en la m�ltiple confusi�n de las existencias particulares y del vocabulario correspondiente, que habr�a de abarcar infinito n�mero de t�rminos. Para remediar semejante inconveniente, el lenguaje perfeccion� el uso de las palabras, ampliando el �mbito de su significatividad. De ser signo de ideas particulares, las palabras pasaron a ser tambi�n signo de ideas generales, propiciando de este modo su formaci�n, nexo y comparaci�n. Por otra parte, existen en el lenguaje vocablos que los hombres usan, no para significar idea alguna, sino para significar la carencia o ausencia de las mismas. Igualmente, se dan palabras que designan acciones y nociones muy lejanas de lo sensible que, aunque tienen origen en los sentidos, son de �ndole muy abstrusa, por ser resultado de la abstracci�n sobre otras abstracciones.

En su segunda funci�n fundamental, el habla da a conocer a quien escucha las ideas de su interlocutor. Esto es posible s�lo si el hablante y oyente designan iguales o parecidas percepciones sensibles o sus abstracciones derivadas con id�nticas palabras, aceptadas de antemano por libre convenci�n. A esta situaci�n se llega porque, al principio, los hombres han debido referirse a experiencias aproximadamente comunes, al menos en la adquisici�n de sus ideas simples, a las que han atribuido palabras que las significasen -que fueran su signo- y, con el uso continuado de las mismas, se ha garantizado cierta estabilidad ling��stica.

El signo se constituye en tal por su "estar en lugar de otra cosa". Por medio de su referencia, el signo acaba por contener en s�, esa otra cosa a la que remite y que configura su significado. Aquello en lugar de lo cual se utilizan nuestras palabras son nuestras ideas o percepciones, simples o complejas, particulares o generales. Resulta, pues, que el uso de las palabras consisten en que sean se�ales (signos) sensibles de las ideas; "y las ideas que se significan con las palabras, son su propia e inmediata significaci�n" (Ensayo�, II, ii, 1).

Las palabras significan las ideas de quien las usa, y por medio de aqu�llas se pretende expresar �stas. Se da, por tanto, en la significaci�n una referencia de los t�rminos respecto a las ideas o percepciones de cada individuo concreto y particular que los emplea.

Aunque las palabras, seg�n las usan los hombres, solamente significan propia e inmediatamente las ideas que est�n en la mente de quien habla, sin embargo hacen en su pensamiento una secreta referencia a otras dos cosas. En primer lugar, remiten a las ideas de los otros hombres con quienes sostienen comunicaci�n y que se suponen son iguales o parecidas a las del que habla. Si no sucediera de este modo, no habr�a comunicaci�n ni entendimiento alguno entre los hablantes. Las palabras, en segundo lugar, remiten tambi�n a la realidad de las cosas. Por ello, el lenguaje tiene que ver con la realidad de las cosas. De aqu� la relaci�n que debe establecerse entre palabras, sustancias y modos.

Es verdad que las palabras, en virtud de un uso prolongado y familiar, llegan a provocar en los hombres ciertas ideas de manera pronta y constante. Este fen�meno inclina f�cilmente a pensar que entre palabra e idea existe un nexo natural. Nada m�s err�neo, ya que la significaci�n de la palabra es perfectamente arbitraria. Esto se pone de manifiesto en el hecho de que las palabras, con mucha frecuencia, dejan de suscitar en otros las mismas ideas de las que suponemos son signos. Adem�s, todo hombre posee una tan inviolable libertad de hacer que las palabras signifiquen las ideas que mejor le parezcan, que nadie tiene el poder de lograr que otros tengan en su mente las mismas ideas que �l tiene cuando usan las mismas palabras que �l usa. Es cierto, sin embargo, que el uso com�n, por un consenso t�cito, apropia ciertos sonidos a ciertas ideas en todos los lenguajes.

En la comunicaci�n ling��stica, en cuanto es veh�culo de conocimiento, aparecen dos niveles: el de la denominaci�n de las ideas y el de la formaci�n de los juicios.

A la hora de expresar una idea -primer nivel- nos encontramos con que las simples son indefinibles, cosa que no sucede con las complejas. Las ideas simples �nicamente se adquieren por aquellas impresiones que los objetos mismos hacen sobre la mente. Ahora bien, como las palabras son sonidos, no pueden producir en nosotros ninguna otra idea simple que no sea, precisamente, la contenida en esos sonidos. Lo contrario acontece con las ideas complejas. En �stas importa, sobre todo, conseguir una buena definici�n. Para ello se precisa enumerar los elementos simples -indefinibles en s�- que est�n ligados inmediatamente a la experiencia. Con ello se configura la esencia del nombre general o com�n de las cosas, su esencia nominal. �sta, por tanto, queda constituida en su contenido significativo a partir de la experiencia procedente del sentido interno o externo, sometida al proceso de abstracci�n. As�, la esencia nominal debe distinguirse de la esencia real de los singulares y de la objetividad de los mismos.

El segundo nivel, en el que se desarrolla la comunicaci�n ling��stica, se construye con el material de las ideas, seg�n conexi�n o desacuerdo entre las mismas, y genera el �mbito de los juicios o proposiciones, que cobra plenitud en el raciocinio. El acuerdo o desacuerdo de las ideas se realiza, seg�n Locke, en conformidad a cuatro tipos de relaci�n: identidad, diversidad, coexistencia o conexi�n necesaria y existencia real.

4.2 Frege. Sobre sentido y referencia

La teor�a de Frege tiene a su base dos principios: principio del contexto y el principio de composicionalidad. Seg�n el principio del contexto, �No se debe inquirir por el significado de expresiones separadas, sino que debe investigarse su significado en el contexto de oraciones�. Sin embargo, el significado de las oraciones es derivado o secundario con respecto al de las palabras; el significado de las oraciones est� sistem�ticamente determinado, en virtud de reglas composicionales, a partir del significado de sus partes; �ste es el principio de composicionalidad. Lo que propone el principio fregeano del contexto es que las palabras no significan aisladamente, sino que su significado es una contribuci�n espec�fica al significado de las oraciones en las que pueden aparecer. A pesar de lo que pudiera parecer, no existe conflicto entre ambos principios. El principio de composicionalidad requiere que el significado de las "palabras", a diferencia del significado de las oraciones, sea asistem�tico, es decir, establecido caso a caso por enumeraci�n. El segundo requiere que el significado de las unidades l�xicas, a diferencia del significado de las oraciones, sea contextual, que las reglas del significado para las palabras hagan necesariamente referencia al modo en que, dada una categor�a sem�ntica general a la que pertenecen, contribuyan junto con palabras de otras categor�as al significado de las oraciones. El principio del contexto requiere, en definitiva, que las reglas que determinan el significado de las oraciones a parir del significado de las palabras no tomen en consideraci�n del mismo modo el significado de todas las palabras.

Aunque el significado de una oraci�n venga sistem�ticamente determinado por el significado de las palabras que la componen, una oraci�n no es una mera lista de palabras. Si una oraci�n no es una mera lista es porque las palabras pertenecen a distintas categor�as sem�nticas, distinguidas por sus diferentes funciones sem�nticas; por consiguiente, una especificaci�n te�rica del significado de las palabras debe indicar cu�l es su espec�fico tipo de contribuci�n al significado de las oraciones de las que pueden formar parte. El significado de cada oraci�n particular viene determinado sistem�ticamente por el significado de las palabras (o, mejor dicho, por el de las unidades sem�nticas que la componen: esto es el n�cleo del principio de composicionalidad. Especificar el significado de cada unidad sem�ntica requiere indicar el modo general en que las palabras de su misma categor�a sem�ntica contribuyen al significado de las oraciones: �ste es el n�cleo delprincipio del contexto. El principio fregeano es as� una tesis que contradice la concepci�n agustiniana del lenguaje. El correlato de la concepci�n agustiniana es la idea de que los significados de las palabras se explican mediante actos de ostensi�n; el principio fregeano del contexto pone de manifiesto una deficiencia de esta idea, insistiendo en que las palabras no significan todas del mismo modo. Es en parte �sta la raz�n por la cual no puede bastar un acto de ostensi�n para entenderlas.

Dado que un usuario competente del lenguaje es capaz de producir coherentemente oraciones nuevas, as� como de entender oraciones nuevas, debemos suponer que la propiedad que tienen las oraciones de tener un cierto significado es sistem�tica: no se comprenden las oraciones como un todo, sino que de alg�n modo su significado se obtiene del significado de sus partes. Esto es lo que dice el principio de composicionalidad, y en este sentido el significado de las oraciones depende del significado de las palabras. Por otro lado, una explicaci�n del significado de una palabra debe consistir en una explicaci�n de c�mo esa palabra contribuye a determinar el significado de las oraciones en las que aparece; porque, dado que las oraciones no son meras sartas de palabras, es claro que las palabras deben contribuir de modos distintos al significado de las oraciones. Esto es lo que el principio del contexto nos pide tomar en cuenta. Ambos principios se complementan as� coherentemente. De acuerdo con el principio del contexto, una teor�a del lenguaje debe especificar el significado de cada palabra, no como si la palabra fuese un signo dotado por s� solo de significado, sino indicando al hacerlo de qu� modo espec�fico contribuyen las palabras pertenecientes a una misma categor�a al significado de las oraciones. Por otra parte, en la medida en que la especificaci�n del significado de las unidades l�xicas se atenga al principio del contexto, el significado de cada oraci�n estar� completamente determinado por las reglas que especifican el significado de las unidades sem�nticas que la componen; y esto es lo que establece el principio de composicionalidad.

Por consiguiente, la construcci�n de una teor�a de las reglas composicionales que permiten determinar el significado de las oraciones a partir del significado de las palabras requiere clasificar las palabras en diferentes categor�as o grupos. Estas categor�as ser�n categor�as sem�nticas, por cuanto se trata de categor�as necesarias para determinar el significado de las oraciones a partir del significado de las palabras. Una de estas categor�as es la de los t�rminos singulares. Son t�rminos singulares para Frege las descripciones definidas, los nombres propios en sentido estricto, y expresiones de�cticas (cuya contribuci�n sem�ntica depende del contexto en que se profieren) como 'yo', 't�', 'all�', etc. La funci�n sem�ntica de los t�rminos en esta categor�a es introducir un individuo particular acerca del cual trata el discurso. Otras categor�a es la de los predicados o t�rminos generales, como 'es mayor que', 'es rojo', etc. Otras ser�a la de las conectivas como 'y', 'o', etc. El principio del contexto nos llama la atenci�n sobre el hecho de que las expresiones en cada una de estas categor�as contribuyen al significado de las oraciones de modos espec�ficos, distintos del modo en que lo hacen las expresiones de otras categor�as y relativos los modos propios de los unos a los otros.

En "Sobre sentido y referencia" Frege mantiene la tesis de que una teor�a sem�ntica debe necesariamente asociar dos propiedades sem�nticas distintas con cada expresi�n: la expresi�n de unsentido y la referencia a un referente. La argumentaci�n fregeana a favor de esta tesis tiene la forma de una paradoja: se enuncian tres proposiciones, aparentemente inconsistentes entre s�, cada una de ellas altamente plausible. Se ofrece entonces la distinci�n entre sentido y referencia, que posibilita una sutil interpretaci�n de las proposiciones eliminadora de su aparente inconsistencia; y se concluye la necesidad de establecer la distinci�n como el �nico modo razonable de solucionar la paradoja.

La primera proposici�n de la tesis de Frege es una tesis sobre el significado de los t�rminos singulares. Para reflexionar sobre el significado de un t�rmino singular debemos preguntarnos cu�l es su contribuci�n a los enunciados en los que el t�rmino puede aparecer. Siguiendo a Frege, el significado de una expresi�n es su contribuci�n sem�ntica al significado de los enunciados en que pueda aparecer. Los enunciados son evaluables como verdaderos o falsos. Que sean verdaderos o falsos depende de los hechos relativos a un cierto objeto extraling��stico (y extramental) al que nos dirige el t�rmino. Ese objeto est� claramente involucrado en la configuraci�n de las condiciones de verdad de los enunciados. La entidad en cuesti�n es una entidad objetiva, un constituyente deacaecimientos. El objetivo del argumento es mostrar que no hay nada como "el" significado, sino que lo que llamamos as� se descompone en dos aspectos. Frege denomina a este aspecto del significado la referencia del t�rmino. �sta es la definici�n inicial de referencia:

la referencia de un t�rmino singular es esa entidad objetiva por relaci�n a la cual se eval�a la verdad o falsedad de los enunciado en que el t�rmino aparece y que contribuye a configurar sus condiciones de verdad.

La primera premisa del argumento de Frege sostiene que t�rminos singulares como 'el lucero del alba' tiene como referencia una entidad objetiva (el planeta Venus, en este caso); por tanto (bajo el supuesto sem�ntico monista que el argumento de Frege pretende refutar), tienen una entidad objetiva como significado.

La segunda premisa del argumento de Frege afirma que un enunciado resultante de sustituir en otro un t�rmino singular por otro diferente, pero con la misma referencia, puede tener diferente valor cognoscitivo que el primero para un usuario competente del lenguaje en el que ambos enunciados est�n formulados. Consideremos los enunciados

(1) el lucero del alba es visible al amanecer

(2) el lucero vespertino es visible al amanecer

(1) y (2) s�lo difieren en el hecho de que contienen expresiones distintas que, sin embargo, refieren a lo mismo; (2) es el resultado de sustituir en (1) un t�rmino ('el lucero del alba') por otro ('el lucero vespertino') con la misma referencia. Sin embargo, (1) y (2) pueden tener diferente valor cognoscitivo para un hablante dado. Uno de los enunciados puede no ser informativo para esa persona, mientras que el otro s� lo es. De modo m�s general, la segunda premisa de la tesis de Frege asevera que un usuario competente del lenguaje en que est�n expresados estos enunciados puede aceptar como verdadero uno y rechazar (o suspender el juicio acerca de) el otro, que s�lo difiere del primero en contener un t�rmino singular diferente pero con la misma referencia.

Frege ilustra la segunda premisa de su argumento mediante enunciados de identidad; mientras que (3) no es informativo para un hablante competente en el uso de las expresiones que lo componen, (4) s� puede serlo:

(3) el lucero del alba = el lucero del alba

(4) el lucero vespertino = el lucero del alba

El elemento fundamental de la segunda premisa del argumento de Frege es que, si bien a un individuo que aceptase (1) y (3), pero rechazase (2) y (4) le faltar�a informaci�n astron�mica, a un individuo as� no tendr�a por qu� faltarle informaci�n ling��stica.

La tercera premisa del argumento de Frege es que las diferencias en valor cognoscitivo entre los enunciados que acabamos de ilustrar s�lo pueden ser explicadas atribuyendo a las expresiones en que los enunciados difieren diferencias en sus significados. Bajo el supuesto monista la inclusi�n de esta proposici�n produce, junto a las dos anteriores, una contradicci�n. Reflexionando sobre la naturaleza del significado de un t�rmino singular, hemos identificado un aspecto del mismo con su referencia, y, tras ofrecer una caracterizaci�n abstracta del concepto de referencia, hemos encontrado buenas razones para identificar las referencias, y por tanto los significados, de 'el lucero del alba' y 'el lucero vespertino'. La segunda y la tercera premisa, conjuntamente, conllevan sin embargo que los significados de esas expresiones (y, por tanto, las referencias, si los significados son las referencias) son diferentes. Sin embargo, la tercera premisa parece enteramente plausible. La premisa excluye posibles explicaciones de los fen�menos presentados en la segunda, distintas de la explicaci�n consistente en que las palabras en que difieren los enunciados en cuesti�n tengan diferentes significados.

El problema que Frege intenta poner de relieve, el que realmente motiva su distinci�n te�rica entre sentido y referencia, consiste en esto: por un lado, un hablante competente del castellano puede suponer diferentes los referentes de las expresiones en que (1) y (2) difieren, coherentemente con su competencia ling��stica. Mientras que, por otro, existen razones intuitivas prete�ricas para pensar que los referentes son los significados, y que, por consiguiente, la competencia ling��stica consiste en conocer el v�nculo ling��stico de las expresiones con los mismos.

En los casos contemplados en la segunda premisa, las diferencias tienen que ver con diferencias en los significados, no meramente con diferencias entre las expresiones; y se trata de diferencias en los significados en el sentido preciso en que conocer el significado es conocer el referente (aquello por relaci�n a lo cual se eval�a la verdad o falsedad de los enunciados, su contribuci�n a las condiciones de verdad), y no meramente de diferencias en las connotaciones asociadas a los t�rminos (excluyendo as� una explicaci�n del segundo tipo).

�Qu� conclusi�n hemos de extraer del argumento de Frege? No que la primera proposici�n sea falsa, pues, seg�n Frege, las intuiciones que la justifican son totalmente correctas. Igualmente ciertas son las proposiciones 2 y 3. Podemos formular la proposici�n 3 as�: las diferencias en valor cognoscitivo de expresiones con el mismo referente s�lo pueden ser explicadas atribuyendo a las expresiones en que los enunciados difieren diferencias en los significados relativas a sus referentes. Desde el punto de vista de Frege, la dificultad est� aqu�: pues la distinci�n entre sentido yreferencia revela una ambig�edad en la idea que aqu� se expresa. Para que las tres proposiciones sean contradictorias es preciso interpretarla as�: las diferentes actitudes s�lo pueden ser explicadas atribuyendo a las expresiones relaciones de referencia con diferentes entidades. Las diferencias en valor cognoscitivo indican que los hablantes, pese a ser usuarios competentes, y pese a que los enunciados s�lo difieren en contener expresiones que significar�an lo mismo si el enunciado fuese el referente, entienden diferentes cosas -pues es coherente con su competencia ling��stica la suposici�n de que la verdad de los enunciados (1) y (2) depende de que se den o no diferentessituaciones objetivas. Hemos supuesto que esto implica que las referencias mismas deben ser distintas, lo que produce una inconsistencia patente con la primera proposici�n (y nos forzar�a a rechazarla, sosteniendo que los referentes de 'el lucero del alba' y 'el lucero vespertino' son diferentes.

Sin embargo, el principio general que permite construir los ejemplos que ilustran la segunda proposici�n apunta a una interpretaci�n distinta de la tercera, una de acuerdo con la cual no hay inconsistencia entre las tres -y con ello a una soluci�n del problema. Los referentes de los t�rminos singulares son entidades objetivas, que s�lo pueden ser conocidas mediante el conocimiento de modos de presentaci�n que las identifican distintivamente; modos de presentaci�n diferentes pueden, sin embargo, identificar una misma entidad. La conclusi�n que Frege extrae de su argumento se apoya en esto: seg�n Frege, un hablante competente s�lo puede conocer la referencia O de un t�rmino singular T conociendo un modo de presentaci�n V que (i) est� tambi�n sem�nticamente asociado con T, y (ii) identifica un�vocamente a O. Las diferencias en valor cognoscitivo ejemplificadas por (1)-(2) se explican porque los distintos t�rminos singulares est�n asociados ling��sticamente con diferentes modos de presentaci�n que los vinculan con la misma referencia. Podemos aceptar ahora la distinci�n entre la referencia y el referente; la referencia es el v�nculo sem�ntico entre la expresi�n y el referente. Pero, para obtener una explicaci�n correcta de las diferencias en valor cognoscitivo, hemos de a�adir que ese v�nculo pasa a trav�s de una relaci�n sem�ntica previa entre la expresi�n y su sentido. La referencia es el v�nculo sem�ntico entre la expresi�n y el referente mediado por la relaci�n sem�ntica de la expresi�n con un sentido.

Dado que los sentidos son indispensables para "llegar" a las referencias o para determinarlas, esta explicaci�n es compatible con las consideraciones que sustentaban la tercera proposici�n. Frege sostiene que ning�n usuario competente del lenguaje puede conocer "directamente" la referencia de 'el lucero del alba', la contribuci�n de estas expresiones a las condiciones de verdad de los enunciados que las incluyen; se conoce la referencia de estas expresiones a trav�s del conocimiento de ciertos sentidos que "nos dirigen" a ellas, individualiz�ndolas. Por consiguiente, la "diferencia en las referencias" que establece la tercera proposici�n puede consistir, no en una diferencia en las entidades significadas, sino m�s bien en una diferencia en la manera en que se accede a ellas.

No hay, pues, inconsistencia entre las proposiciones. El argumento de Frege nos fuerza a adoptar una actitud pluralista, atribuyendo a los t�rminos singulares dos tipos de propiedades sem�nticas: un sentido y una referencia. Hacerlo as� revela como meramente aparente la inconsistencia; pero s�lo porque el sentido y la referencia de una expresi�n no son independientes. Las referencias de los t�rminos singulares est�n determinadas por sus sentidos, en la medida en que los sentidos son modos de presentaci�n o conjuntos de caracter�sticas que individualizan al referente, y sin la asociaci�n con los cuales las palabras no tendr�an referencia.

Seg�n Frege, existe una relaci�n entre signo, sentido y referencia. Esta relaci�n es la siguiente: cada signo tiene un sentido, cada sentido tiene una referencia; ahora bien, una referencia no solamente tiene un signo, sino que puede tener varios. En nuestro ejemplo, la referencia Venus tendr�a como signos 'El lucero de la ma�ana' y 'El lucero de la tarde'.

Por otro lado, no todo sentido tiene por qu� tener una referencia. "Las palabras 'el cuerpo celeste m�s alejado de la Tierra' tienen un sentido; pero que tengan tambi�n una referencia es muy dudoso".

La referencia de una palabra es aquello de que se quiere hablar cuando se la usa normalmente. Sin embargo, hay que distinguir entre referencia directa y referencia indirecta. Del mismo modo, hay que distinguir entre sentido directo y sentido indirecto. La referencia directa de una palabra ser�a el objeto del que se quiere hablar, mientras que la referencia indirecta har�a referencia al sentido de una palabra

Si se quiere hablar del sentido de la expresi�n "A", basta con usar sencillamente la locuci�n "el sentido de la expresi�n 'A". En el estilo indirecto se habla del sentido, por ejemplo, del discurso de otro. Se ve claramente que, incluso en este modo de hablar, las palabras no tienen su referencia usual, sino que se refieren a lo que habitualmente es su sentido... La referencia indirecta de una palabra es, pues, su sentido usual

La referencia y sentido de un signo se distingue tambi�n de la representaci�n asociada a tal signo. Si la referencia de un signo es un objeto sensiblemente perceptible, la representaci�n que yo tengo de tal objeto es una imagen interna formada a partir de recuerdos e impresiones sensibles que he tenido. Tenemos, as�, la primera diferencia entre referencia y representaci�n: mientras que la referencia es algo objetivo (el planeta Venus es un objeto que est� ah� para cualquiera que quiera mirarlo), la representaci�n es algo subjetivo (est� en funci�n de nuestras experiencias y expectativas personales). Cuando hablamos de una representaci�n, siempre hemos de a�adir que es la representaci�n de alguien en un momento determinado.

Tenemos, as� una nueva relaci�n entre t�rminos. Por un lado est� la referencia, que es el objeto al que estamos designando; por otro lado, tenemos la representaci�n de ese objeto, que, como se acaba de decir, es subjetiva. Entre ambas tenemos el sentido, el cual no es subjetivo como la representaci�n, pero que tampoco es el objeto mismo al que estamos aludiendo

Quiz� sea adecuada la siguiente analog�a, para ilustrar estas relaciones. Alguien observa la Luna a trav�s de un telescopio. Comparo la Luna con la referencia; es el objeto de observaci�n, que es proporcionado por la imagen real que queda dibujada sobre el cristal del objetivo del interior del telescopio, y por la imagen en la retina del observador. La primera imagen la comparo con el sentido; la segunda, con la representaci�n o intuici�n. La imagen formada dentro del telescopio es, en verdad, s�lo parcial; depende del lugar de observaci�n; pero con todo es objetiva, en la medida en que puede servir a varios observadores... Pero, de las im�genes retinianas, cada uno tendr�a la suya propia. Apenas podr�a lograrse una congruencia geom�trica, debido a la diferente constituci�n de los ojos (Frege, op. cit.)

Frege pasa a continuaci�n a distinguir entre palabras, expresiones y oraciones completas. Con respecto a las palabras, Frege afirma que existe una conexi�n incierta entre las representaciones y las palabras; pero, a pesar de ello, la referencia de una palabra sigue siendo algo objetivo, a saber, aquello a lo que designa. No ocurre lo mismo con el sentido; esto es lo que hace posibles, por ejemplo, los matices con que la poes�a y la elocuencia tratan de revestir el sentido. Estos matices y �nfasis no son objetivos, sino que, por el contrario, tienden a influir de un determinado modo en el oyente, o en el lector.

�Qu� ocurre con las oraciones, es decir, con los enunciados asertivos completos?, �cu�l es su sentido y su referencia?. Una oraci�n contiene un pensamiento; �es tal pensamiento su sentido o su referencia?. Seg�n Frege, el pensamiento no es la referencia de un enunciado, sino su sentido.

�Qu� pasa con la referencia?, �por qu� queremos que un enunciado, adem�s de sentido, tenga referencia?. La respuesta de Frege es la siguiente:

Porque, y en la medida en que, nos interesa su valor veritativo... Es la b�squeda de la verdad lo que nos incita a avanzar del sentido a la referencia. Hemos visto que a un enunciado hay que buscarle una referencia siempre que interesa la referencia de las partes componentes; y esto es siempre el caso, y s�lo entonces, cuando nos preguntamos por los valores veritativos (Frege, op. cit.)

De aqu� parecer�a seguirse que la referencia de un enunciado asertivo ser�a su valor veritativo, es decir, la verdad o la falsedad. Ahora bien, si es cierto que la referencia de un enunciado es su valor veritativo, el valor veritativo de un enunciado deber� permanecer incambiado cuando una parte del enunciado se sustituye por otra que tenga la misma referencia. Seg�n Frege, �ste es el caso. De aqu� se sigue todos los enunciados verdaderos tienen la misma referencia, verbigracia, la verdad; y que todos los enunciados falsos tienen la misma referencia, a saber, lo falso. El conocimiento que nos proporciona un enunciado proviene de unir al pensamiento expresado en el enunciado su referencia, es decir, su valor veritativo.

�Ocurre lo mismo con los enunciados subordinados?. Los enunciados subordinados aparecen como parte de una estructura enunciativa que es asimismo un enunciado, a saber, el enunciado principal. Ahora bien, �vale tambi�n para los enunciados subordinados el que su referencia sea un valor veritativo?. Seg�n Frege, la referencia de un enunciado subordinado no es su valor veritativo, sino que es an�loga a la de un nombre, un calificativo o un adverbio; es decir, es an�loga a la de una parte del enunciado. En los enunciados introducidos por "que" la referencia del enunciado subordinado es un pensamiento, y por sentido el sentido de las palabras "el pensamiento de que...", el cual es una parte del pensamiento expresado en la oraci�n completa. El que la referencia de un enunciado subordinado es un pensamiento se refleja en el hecho de que para la verdad de toda la oraci�n es indiferente que ese pensamiento sea verdadero o falso.

Tampoco es un valor veritativo la referencia de enunciados subordinados introducidos con "que" despu�s de expresiones como "mandar", "pedir", "prohibir", ... En estos casos, la referencia no es un valor veritativo, sino una orden, un ruego, ...

El enunciado subordinado, por lo general, no tiene por sentido ning�n pensamiento, sino �nicamente una parte de alguno y, en consecuencia, no tiene por referencia ning�n valor veritativo. La raz�n consiste, o bien en que, en la subordinada, las palabras tienen su referencia indirecta, de modo que la referencia, y no el sentido de la subordinada, es un pensamiento, o bien en que la subordinada es incompleta debido a que hay en ella un componente que s�lo alude indeterminadamente, de modo que �nicamente junto con la principal puede expresarse un pensamiento, y entonces, sin perjuicio de la verdad del todo, puede ser sustituida por otro enunciado del mismo valor veritativo, siempre y cuando no existan impedimentos gramaticales (Frege, o.c)

Las razones por las que no siempre se puede sustituir una subordinada por otra del mismo valor veritativo, sin perjuicio de la verdad de la estructura enunciativa entera son:

  1. Que la subordinada no se refiere a ning�n valor veritativo, al expresar s�lo una parte de un pensamiento. Esto ocurre en la referencia indirecta de las palabras, o cuando una parte del enunciado alude s�lo indeterminadamente, en vez de ser un nombre propio

  2. Que la subordinada se refiere a un valor veritativo, pero no se limita a esto, al comprender su sentido, adem�s de un pensamiento, una parte de otro pensamiento.

5. Teor�as conceptualistas

El significado de 'X' no es ni un objeto denotado por 'X' ni un proceso mental de ninguna especie, ni una estructura de conducta, sino una "entidad" que no es ni f�sica ni ps�quica. Esta entidad es justamente el "significado". As�, puede haber significados de cualesquiera expresiones con tal que �stas tengan sentido y no sean una mera sucesi�n de signos. Dentro del universo de significados caven toda suerte de "entidades" de la �ndole citada; se puede hablar del significado de 'animal', de 'y', de 'cuadrado redondeo', etc.

Esta teor�a ha sido propuesta por todos los que han combatido el psicologismo. La objeci�n m�s corriente a la misma es que parece necesario admitir un universo "plat�nico" de significados irreductibles a objetos o a procesos mentales (o, en general, cognoscitivos). Algunos autores han declarado que no hay m�s remedio que aceptar tal universo, cuando menos para algunas "entidades", tales como las clases, pues de otra suerte una expresi�n que designara una clase de objetos (existentes o no) no se referir�a a nada. La clase como tal no existe, pero "subsiste". Por otro lado, ello obligar�a a sostener que si bien ciertas clases, como la de los cuadrados redondos, no tienen miembros, subsiste un n�mero infinito de tales cuadrados.

6. La teor�a del significado como usos del lenguaje. Teor�as conductistas y funcionales

El significado de 'X' no es nada de lo dicho en ninguna de las anteriores teor�as, porque no hay, en puridad, significado de 'X'; hay s�lo uso, o usos, de 'X'. Ello concierne tanto a nombres propios como a proposiciones, expresiones sincategorem�ticas, etc. En efecto, para ninguna de tales expresiones ling��sticas hay un universo aparte que sean los significados; s�lo ocurre que tales expresiones ling��sticas son usadas en varios contextos.

Esta teor�a tiene la ventaja de que suprime de un plumazo las cuestiones relativas a la referencia, a la naturaleza de los procesos mentales y a las entidades "plat�nicas" llamadas "significados". Tiene, por otro lado, el inconveniente de que puede acabar por disolver todos los significados en usos lexicogr�ficos, y �stos en situaciones ling��sticas concretas y determinadas. Los defensores de la mencionada teor�a no ignoran ese inconveniente y sugieren, para evitarlo, la elaboraci�n de una "l�gica del funcionamiento de las expresiones". El problema es si semejante "l�gica" requiere algo m�s que una clasificaci�n de usos, es decir, si requiere alg�n esquema conceptual no derivado de los usos, pero mediante el cual se agrupen �stos.

6.1 Bloomfield

Para Bloomfield la lengua, en la experiencia y dato sensible, aparece siempre bajo la estructura de un acto individual de habla del que hace un an�lisis en t�rminos conductistas. �En qu� se distingue b�sicamente un comportamiento ling��stico del que no lo es? El proceso no ling��stico se podr�a simbolizar mediante la siguiente f�rmula:

E R

El comportamiento ling��stico es algo m�s complejo, su simbolizaci�n es la siguiente:

E1 r1, ... e2 r2�, en R1

Donde E y R son "acontecimientos pr�cticos", est�mulos y reacciones extraling��sticas, mientras que e y r son est�mulos y reacciones ling��sticas. Supongamos que la sensaci�n de sed le entra a una persona en la calle. �Qu� hace entonces? Penetra en una cafeter�a, se acerca a un camarero y emite un conjunto de ondas articuladas y sonoras, simbolizadas por la min�scula r1. Tenemos, as�, que al est�mulo de la sed (E), la persona responde con un acto ling��stico: una proferencia. Pero esta proferencia act�a, a su vez, como est�mulo e2 para el camarero. Tal acci�n se simboliza por r2 que, a la postre, resulta ser est�mulo para la persona que finaliza el proceso con la correspondiente conducta extraling��stica de beber la cerveza. Se observa que el acto ling��stico se encuentra instalado entre dos que no lo son. Y las diferencias entre ambos saltan a la vista. En E R se trata s�lo de una persona que siente un est�mulo y lo sacia con una reacci�n adecuada. En cambio, en la segunda f�rmula, se observa que el est�mulo (E) empuja a nuestra persona a emitir palabras (r1) que ponen como nuevo est�mulo (e2) en movimiento al camarero. �ste realiza, para satisfacer dicho est�mulo, un conjunto de actos. Este esquema tan simple podr�a irse complicando cada vez m�s, introduciendo una tercera o cuarta persona en el di�logo. Con ello, se patentiza que lo peculiar del comportamiento ling��stico consta de tres elementos: el que habla, el que escucha y la comunicaci�n que tiene lugar entre ellos, quedando el acto ling��stico encuadrado dentro de lo social.

Dentro de esta visi�n behaviorista el significado de una forma ling��stica puede definirse solamente por la situaci�n en la que el hablante la emite y la respuesta de conducta que provoca en el oyente.

6.2 Ch. Morris

El pensamiento de Morris podr�a considerarse como el desarrollo, dentro de un contexto biol�gico-conductista, de la proposici�n hipot�tica: "si C, entonces R". C sustituir�a al conjunto de condiciones que disponen a una persona a responder ante ellas con un determinado comportamiento, simbolizado por R. Se trata, pues, de una estructura m�s elaborada de E R, que intenta superar mediante el concepto "disposici�n para responder" las dificultades en que se ve inmersa la versi�n conductista sencilla del significado.

El punto de partida de Morris es la b�squeda de los elementos comunes existentes entre el signo no ling��stico y el signo ling��stico. Ve�moslo con un ejemplo. Una persona se dirige a una cierta ciudad conduciendo su autom�vil por un determinado camino; en el trayecto es detenida por otra persona que le comunica que siguiendo la direcci�n que lleva se encontrar� en un preciso momento con un corrimiento de tierras. Despu�s de escuchar el mensaje, el conductor del coche en un punto concreto dobla por un camino lateral y toma otra ruta hacia su destino. El mensaje -sonidos articulados- que una persona emiti� y que la otra escuch� fueron para ambos "signos sustitutivos" del est�mulo real, el corrimiento de tierras. Y obtuvieron, por parte del conductor del veh�culo, un comportamiento similar al que adoptar�a ante el est�mulo de dicho corrimiento de tierras. La persona se comporta de una manera que satisface una necesidad de llegar a una ciudad. Para alcanzar sus objetivos, el hombre dispone de distintos medios. Y, aunque las reacciones ante el est�mulo real no sean exactamente iguales a las que suscite el "signo sustitutivo", todas se dirigen a conseguir el fin propuesto.

A la luz de este an�lisis, Morris formula de manera preliminar una definici�n de signo:

Si algo (A) rige la conducta de un organismo hacia un objetivo de forma similar (pero no necesariamente id�ntica) a como otra cosa (B) regir�a esa misma conducta respecto de aquel objetivo en una situaci�n que fuera observada, en tal caso (A) es un signo (Morris, o. c., ver bibliograf�a, p. 14)

Las palabras del mensaje, seg�n esto, son signos porque rigen la conducta del hombre en la obtenci�n de un fin de antemano fijado -llegar a la ciudad que desea- de modo an�logo a como lo har�a el est�mulo del corrimiento de tierras. Toda conducta, en consecuencia, controlada por los "signos" configura la llamada conducta semi�tica.

Para que esta explicaci�n pase de "preliminar" a "definitiva", Morris elucida cuatro conceptos impl�citos en ella: el de est�mulo preparatorio, el de disposici�n para la respuesta, el de serie de respuestas y, por �ltimo, el de familias de conducta. En primer lugar, cualquier est�mulo que ejerza influjo sobre la respuesta a otro est�mulo es calificado de preparatorio. El "est�mulo preparatorio"dispone a un organismo para responder de cierto modo. Es decir, un organismo, condicionado por determinadas circunstancias adicionales, produce una determinada reacci�n. Todo est�mulo preparatorio, pues, provoca una disposici�n para responder en un sentido preciso a alguna otra cosa. De aqu� derivan los conceptos de "serie de respuestas" y "familia de conductas". "Serie de respuestas" es cualquier serie de respuestas consecutivas, la primera de las cuales tiene origen en un objeto-est�mulo y la �ltima acaba consiguiendo el fin que motiv� la serie de respuestas. A cualquier conjunto de serie de respuestas corresponder� una "familia de conducta".

Con esto Morris se encuentra ya en condiciones de formular una explicaci�n definitiva de signo:

Si algo, A, es un est�mulo preparatorio que, en ausencia de objetos-est�mulo que inician una serie de respuestas de cierta familia de conductas, origina en alg�n organismo una disposici�n para responden dentro de ciertas condiciones, por medio de una serie de respuestas de esta familia de conductas, en tal caso, A es un signo (o. c., p. 17)

As�, se puede interpretar un signo como la disposici�n que �ste suscita en el oyente; sureferencia o denotatum como el objeto al que tiende la acci�n a la que est� dispuesto el oyente, y susignificado como las condiciones de las cuales se puede decir que todo lo que las cumple es una referencia del signo.

6.3 El segundo Wittgenstein: los juegos del lenguaje

La tesis que Wittgenstein defiende en las Investigaciones l�gicas es que el lenguaje no es un espejo de la realidad. Simplemente es un instrumento para el desarrollo de la vida del hombre. Pensamiento y lenguaje son, ante todo, conducta humana y, en consecuencia, pertenecen al campo de la praxis.

El punto de partida de la obra es una cita agustiniana de las Confesiones, I, 8, en la que se describe la denominaci�n de los objetos mediante palabras-nombre. �ntimamente unida a la denominaci�n se encuentra tambi�n en este pasaje la suposici�n de que el significado de una palabra se obtiene s�lo por "ostensi�n".

La interpretaci�n de este texto agustiniano llevada a cabo por Wittgenstein le conduce a representar un lenguaje primitivo en el que se verifique la comunicaci�n humana, teniendo como elementos constitutivos la denominaci�n y la ostensi�n. Supongamos, as�, que se est� construyendo una casa. Desde el andamio, el alba�il grita al pe�n: "ladrillos". �Qu� sucede entonces? Sucede que el pe�n, ante la palabra escuchada, realiza un conjunto de acciones: llena con ciertos objetos su carretilla, los acarrea hasta debajo del andamio y, luego, se los iza a su jefe. Tal sistema comunicativo, cuyos instrumentos son palabras del tipo "ladrillos", "arena", "cemento", "cal", puede ser considerado, por quien lo observa, como completo y cerrado en s� mismo y ser� �til solamente para la comunicaci�n en el contexto de la actividad descrita. Para otros contextos, habr� que proceder con distintos y diversos t�rminos, pero de forma an�loga. Por este motivo, el aprendizaje de una lengua consistir�, m�s que en una ense�anza te�rica, en un adiestramiento pr�ctico de lo que debe hacerse al escuchar determinada expresi�n ling��stica. As�, la configuraci�n de cada contexto se verifica de modo muy similar a lo que acontece en un juego.

Un juego consiste, fundamentalmente, en sus reglas. Un juego puede o no jugarse seg�n los deseos de cada uno. Pero quien acepta jugarlo, deber� someterse en todo momento a las normas que lo rigen y, en consecuencia, se ver� obligado a realizar, en conformidad con dichas normal, m�ltiples acciones. Seg�n estas ideas, el lenguaje es concebido por Wittgenstein como una actividad natural que se ejercita en forma de juegos. Con la expresi�n de "juego ling��stico" Wittgenstein quiere poner en evidencia que el hecho de hablar un lenguaje es parte de una actividad o forma de vida.

De modo similar a como acontece en los juegos, cuyo n�mero no puede fijarse ni permanecer constante a trav�s del tiempo, los usos del lenguaje no se establecen de una vez para siempre, sino que van apareciendo nuevas formas de los mismos mientras que otras desaparecen o caen en "desuso".

En la naturaleza integral del lenguaje cabe distinguir el lenguaje ordinario o vulgar de estructura complicada y el lenguaje cient�fico, de trazos m�s regulares, m�s sencillos y sim�tricos. El uso ordinario del lenguaje se rige por reglas mucho m�s diversas de las que rigen el discurso cient�fico. Y, en definitiva, el uso del lenguaje debe abarcar todos estos "usos diferentes" de la comunicaci�n ling��stica humana. Esto nos lleva a la concepci�n del uso como teor�a del significado.

En una amplia clase de casos -aunque no en todos- en los que empleamos el t�rmino significado puede �ste definirse as�: el significado de una palabra es el uso que de ella se hace en el lenguaje [�] la oraci�n ha de ser vista como un instrumento, y su sentido como su empleo(Investigaciones filos�ficas, p�rrafo 421)

Esta tesis central del �ltimo pensamiento de Wittgenstein rechaza la noci�n de significado como correspondencia entre nombres y objeto y entre estructuras proposicionales y estructuras de la realidad. Y, en consecuencia, desmantela la doctrina del atomismo l�gico del Tractatus e invalida su prop�sito de construir un lenguaje ideal perfecto.

Fuera del uso un signo en s� est� muerto. El signo vive �nicamente en el uso� El uso es como su respiraci�n (o. c., p�rrafo 432)

En lugar del dogm�tico "el significado de un enunciado es su m�todo de verificaci�n", procedente del neopositivismo l�gico, ahora se proclama: "no pregunt�is nunca por el significado; preguntad por el uso".

Lo que yo doy es una morfolog�a del uso en una expresi�n. Muestro que tiene tipos de usos en los que ni por asomo hab�ais pensado. En filosof�a uno se siente forzado a mirar un concepto de modo determinado. Lo que hago es sugerir, o incluso inventar otros modos de mirarlo. Sugiero posibilidades en las que no hab�ais pensado previamente. Cre�ais que hab�a una posibilidad o a lo sumo �nicamente dos. Pero os hice pensar en otras. Es m�s, os hice ver que era absurdo confiar que el concepto se conformara a posibilidades tan estrechas. De este modo vuestro calambre mental desaparece y qued�is libres para inspeccionar el campo de uso de la expresi�n y para describir los diferentes tipos de uso de ella (Norman Malcolm, "Recuerdo de Wittgenstein", en Las filosof�as de L. Wittgenstein, p. 59)

Con esta postura, desmantelado el atomismo l�gico e invalidado el ideal del "lenguaje perfecto", se descarta igualmente cualquier teor�a denotacionista o referencial del significado. El "uso" tiene prioridad sobre el nombrar, denotar o definir. Y, por consiguiente, no tiene objeto defender esencialismo o univocismo ling��stico alguno.

En un juego son imprescindibles las reglas, en conformidad con las cuales se hace uso de las piezas. De forma similar, en los innumerables juegos que constituyen el lenguaje, el uso de las palabras -piezas del juego- viene tambi�n regido por reglas. Una misma palabra, una misma oraci�n, en contextos diferentes, puede cobrar significados diversos seg�n sean las reglas que norman su "uso correcto" en tales circunstancias. Las reglas, por ello, ayudan a aprender a jugar un juego determinado, y su aprendizaje se realiza mediante la repetici�n de ejemplos. La obediencia a una regla es una pr�ctica o costumbre que se adquiere, no algo que se derive de un �nico hombre o que se d� de una vez para siempre. Las reglas, por tanto, marcan, por un lado, la uniformidad y, por otro, la diversidad de conductas, de "uso", en raz�n de cada juego ling��stico diferente.

Existen tres clases de usos ling��sticos. El uso cotidiano es un uso normal de las palabras,, cuya normalidad viene dada por el contexto o "juego" dentro del que se utilizan. As�, en un contexto cotidiano no se acostumbra a designar al agua mediante su f�rmula H2O. Y, sin embargo, esto resulta normal en un lenguaje "cient�fico". Tendr�amos, entonces, que el lenguaje cotidiano se nos revelar�a como una suerte de paradigma o modelo al cual se habr�a de acudir siempre para explicar los dem�s tipos de lenguaje. Y, seg�n el cual, ser�an solventados todos los problemas filos�ficos.

Otra posible acepci�n del t�rmino uso, en segundo lugar, se determina en raz�n de su validez. Esta resulta posible s�lo si se fijan los criterios o reglas en virtud de las cuales las palabras y oraciones valen para ser utilizadas en un "juego ling��stico" y no valen para ser utilizadas en otro. Por este motivo, en tercer lugar, este uso v�lido se halla �ntimamente unido al regulado o normado. El lenguaje, en este caso, goza de significado por someterse a ciertas normas o reglas.

Igual que hizo en el Tractatus, Wittgenstein en sus Investigaciones filos�ficas se fija, como tarea, cuestionar las preguntas que afectan al hombre y que parecen insolubles, descubrir los l�mites del sentido y se�alar con precisi�n lo que puede y no puede decirse. Pero mientras en el Tractatussolventaba los problemas �ltimos merced a un criterio referencial de significado bien definido, en sus Investigaciones, al concebir el lenguaje como "juego", no hablar� ya de "el l�mite", sino de los "l�mites" del lenguaje. Ya que, ahora, no se dan criterios sem�nticos absolutos, ni carencias de significado, sino �nicamente "usos" de las palabras en cada juego ling��stico. Cada juego ling��stico posee sus propios l�mites, traza su propia frontera.

Decir esta combinaci�n de palabras carece de sentido es tanto como excluir de la esfera del lenguaje a dicha combinaci�n y poner l�mites al dominio del lenguaje. Pueden, sin embargo, trazarse l�mites por distintos tipos de razones. Si rodeo un �rea con una verja, una l�nea o alguna otra manera, puedo hacerlo con el prop�sito de evitar que alguien entre o salga; pero tambi�n puede tratarse de un juego, cuyos jugadores deben saltar por encima del l�mite; o puede mostrar d�nde termina la propiedad de un hombre y d�nde comienza la de otro, y as� sucesivamente. Por tanto, trazando una l�nea divisoria no digo para qu� la trazo (o. c., p�rrafo 499)

Aunque califique a las proposiciones metaf�sicas de "carentes de significado", al trazar una l�nea divisoria entre el "juego metaf�sico" y otros tipos de "juego", se advierte que no intenta eliminar la metaf�sica ni acabar con toda la filosof�a. En los "juegos ling��sticos" no se da "significado referencial" -en este aspecto todos ellos carecen de sentido- sino usos de hecho. En consecuencia, con el "uso" como criterio de significaci�n se intenta tambi�n elucidar en qu� consiste el quehacer filos�fico y cu�les son sus objetivos.

6.4 Las teor�as de los actos de habla

6.4.1 Austin

Austin sostiene que los fil�sofos han supuesto err�neamente que la �nica ocupaci�n interesante de una emisi�n ling��stica es registrar un hecho o describir una situaci�n con verdad o falsedad. Suponer esto es cometer la falacia descriptiva. Un ejemplo de ella es suponer que 'Yo s�' es una frase descriptiva. Uno de los aspectos notables de la sem�ntica de esta expresi�n es que se comporta de una manera similar a 'Yo prometo'. Podemos decir 'Espero hacer A, pero puede que no lo haga', pero ser�a de alg�n modo contradictorio o parad�jico decir 'Prometo hacer A, pero puede que no lo haga'. Paralelamente, aunque podemos decir 'Creo que p, pero puede que est� equivocado', ser�a parad�jico decir 'S� que p, pero puede que est� equivocado'. Este paralelo entre 'prometo' y 's�' condujo a Austin a tratar 'Yo s�' como una expresi�n realizativa, una cuya emisi�n en las circunstancias apropiadas no consiste en describir la acci�n que estamos realizando o el estado mental en que estamos sino realizar esa acci�n.

Seg�n Austin, las proferencias realizativas, a diferencia de las constatativas, no ser�an propiamente evaluables como verdaderas o falsas, ni, por consiguiente, ser�a su significado especificable en t�rminos de sus condiciones de verdad, sino con categor�as de un tipo completamente distinto, categor�as tales como �xito o fracaso, propiedad o impropiedad, ejecuci�n afortunada o desafortunada, es decir, categor�as normativas. Mediante tales proferencias no representamos el mundo, de ah� que la cuesti�n de la verdad o la falsedad no surja; mediante esas proferencias llevamos a cabo actos; de ah� que las categor�as evaluativas no sean verdadero y falso, sino m�s bien afortunado y desafortunado.

Si especificar el significado de una proferencia constatativa es especificar sus condiciones de verdad, especificar el significado de las proferencias realizativas requiere especificar las condiciones en que las proferencias realizativas se llevan a cabo de un modo afortunado, y las categor�as generales que se necesitan para llevar a cabo esta tarea de un modo general; por tanto, la tesis central de Austin es que algunas proferencias tienen un significado proposicional, especificable en t�rminos de condiciones de verdad, mientras que otras tienen un significado puramente pragm�tico, especificable en t�rminos de condiciones de feliz ejecuci�n.

El verdadero prop�sito de Austin es distinguir dos aspectos sem�nticos distintos presentes entodas las proferencias ling��sticas (o en las m�s significativas, al menos), tanto en las realizativas como en las constatativas. Uno de esos aspectos tendr�a que ver con la cuesti�n de la representaci�n, con la cuesti�n de las relaciones entre el lenguaje y el mundo; y este aspecto, que da lugar a la evaluaci�n en t�rminos de verdad y falsedad (o en otros t�rminos equivalentes), est� presente no s�lo en las aseveraciones, sino tambi�n en todas las otras proferencias. Del mismo modo que las proferencias constatativas, tambi�n las proferencias realizativas apuntan a estados posibles del mundo.

Seg�n Austin, hay un tipo de emisiones que parecen enunciados, que no son carentes de sentido y que, sin embargo, no son verdaderas o falsas como, por ejemplo, 'S� quiero (dicho en el transcurso de una ceremonia nupcial)'. A las oraciones de esta clase, y a las emisiones llevadas a cabo por medio de ellas, Austin las denomin� realizativos y las contrast� con enunciados, descripciones, informes o, en general, constatativos. Las emisiones realizativas tienen, al parecer, dos rasgos caracter�sticos:

  1. No describen o constatan nada y, por tanto, no son verdaderas o falsas
  2. Al proferirlas no describimos la realizaci�n de un acto, lo hacemos.

Entender estas emisiones como registros, verdaderos o falsos, de un acto mental interno es cometer forma de la falacia descriptiva.

Aunque los realizativos no sean ni verdaderos ni falsos, sufren ciertas incapacidades propias a las que Austin denomina infortunios. Su tipolog�a de las condiciones que deben cumplir los realizativos para no ser desafortunados es la siguiente:

(A1) Debe haber un procedimiento convencional aceptado que tenga un cierto efecto convencional

(A2) Las personas y circunstancias deben ser apropiadas para la invocaci�n del procedimiento

(B1) El procedimiento debe ser ejecutado correctamente y

(B2) completamente.

(G1) Frecuentemente, los participantes deben tener los pensamientos, sentimientos o intenciones requeridos, como se especifica en el procedimiento, y

(G2) si se especifica una conducta consiguiente, deben conducirse as�.

Hay una importante distinci�n entre las condiciones A y B, por un lado, y las condiciones G por el otro. Si se incumple alguna de las condiciones A-B, el acto intentado es nulo y sin efecto, no se realiza. Austin habla en estos casos de fallos o desaciertos (Por ejemplo, cuando en el acto de bautizo de un barco, un borracho le quita la botella a la persona encargada de bautizarlo y dice "Bautizo este barco con el nombre de Sadam Hussein' y, a continuaci�n, rompe la botella). Pero si se incumple algunas de las condiciones G, el acto se logra, aunque se trate de un acto pretendido pero hueco. Austin denomina a esto �ltimo abusos de procedimiento (por ejemplo, cuando digo 'Prometo hacer A', pero no tengo intenci�n de cumplir mi promesa).

�Qu� criterios podemos utilizar para clasificar una emisi�n como realizativa? No es posible un criterio gramatical claro para distinguir emisiones realizativas. Lo que cabe esperar como m�ximo es que toda emisi�n realizativa sea reducible a una emisi�n realizativa expl�cita y luego, con la ayuda de un diccionario, podamos hacer una lista de los tipos de verbos realizativos.

Seg�n Austin, la anterior distinci�n de los actos en realizativos y constatativos tiene un problema, que en realidad son tres; a saber:

(a) Los constatativos pueden estar aquejados tambi�n de infortunios. As�, cuando alguien dice 'Todos los hijos de Juan son calvos', pero Juan no tiene hijos. Aqu� tenemos, seg�n Austin, un caso de presuposici�n: cuando el enunciado presupuesto es falso, el enunciado presuponiente no es ni verdadero ni falso sino nulo por falta de referencia, hay una presuposici�n de existencia cuyo incumplimiento convierte el acto en nulo y sin efecto. Nos encontramos con un fallo.

(b) Los realizativos son tambi�n evaluables en la dimensi�n de la verdad y la falsedad. As�, cuando alguien dice 'La rata est� bajo la lata, pero yo no lo creo'. Moore advirti� que el que yo diga 'La rata est� bajo la lata' implica (en un sentido ordinario de la palabra) que yo lo creo. De ah� el car�cter parad�jico de cualquier aserci�n de la forma 'p, pero yo no creo que p'. Pero no se trata de una contradicci�n sem�ntica: 'p' y 'No creo que p' pueden ser a la vez verdaderas. El problema es pragm�tico: al aseverar que p implico que creo que p; al a�adir, 'pero no creo que p' lo que asevero ahora entra en conflicto con lo que acabo de implicar. En el caso de la simple afirmaci�n 'La rata est� bajo la lata', hecha cuando yo no lo creo, tenemos un caso de insinceridad: el enunciado ha sido hecho sin el concurso de las creencias apropiadas. Nos encontramos aqu� con un caso de abuso del procedimiento; pero el acto no es nulo, se realiza. As� pues, cuando tenemos en cuenta "el acto de habla total en la situaci�n de habla total", hay un paralelo entre enunciados y realizativos. Los enunciados tambi�n pueden ser desafortunados. Pero, en segundo lugar, sucede que muchos realizativos son evaluables en la dimensi�n de la verdad y la falsedad.

(c) Enunciar algo es, despu�s de todo, realizar un acto de habla. Lo es justamente igual que dar una orden o hacer una advertencia. 'Enuncio que' o 'afirmo que' son frases realizativas en la forma normal del realizativo expl�cito. Al igual que al decir 'Prometo devolverte el libro' hago una promesa, al decir 'Afirmo que hoy es lunes' hago un enunciado.

La conclusi�n de todo esto es que la distinci�n original realizativo/constatativo se derrumba. Austin reconsidera entonces los sentidos en que decir algo es hacer algo y distingue tres tipos de actos que son realizados simult�neamente:

(A) Acto locucionario: la emisi�n de una oraci�n con cierto significado. Estos actos, a su vez, se pueden subdividir en tres:

(A.a) acto fon�tico: el acto de emitir ciertos sonidos; se trata del aspecto del acto de habla que estudian la fon�tica y la fonolog�a, haciendo abstracci�n de todos los dem�s;

(A.b) acto f�ctico: el acto de emitir ciertas palabras en cierta construcci�n; es el aspecto que estudia la sintaxis -incluyendo en ella a la morfolog�a- haciendo abstracci�n de otros aspectos.

(A.c) acto r�tico: el acto de emitir esas palabras con un cierto significado, que Austin identifica con un cierto sentido y una cierta referencia; es el aspecto que hab�a venido estudiando la sem�ntica.

(B) Acto ilocucionario: la realizaci�n de un enunciado, orden, promesa, etc., al emitir una expresi�n con una fuerza convencional que asociamos con ella o que le confiere una expresi�n realizativa expl�cita;

(C) Acto perlocucionario: la producci�n de ciertos efectos sobre los sentimientos, pensamientos o acciones de la audiencia, tales como convencer, sorprender, asustar, etc., por medio de la emisi�n de la expresi�n, siendo especiales tales efectos seg�n las circunstancias de la emisi�n.

A la base de esta tipolog�a hay dos distinciones: (a) la distinci�n entre significado locucionario yfuerza ilocucionaria y (b) la distinci�n entre ilocuci�n y perlocuci�n.

Un problema que se plantea es que, una vez que caracterizamos el acto perlocucionario como el de producir ciertos efectos o consecuencias por el hecho de decir algo, advertimos que tambi�n los actos ilocucionarios tienen efectos o consecuencias acoplados. Estos son de tres tipos:

  1. Asegurar la captaci�n. Por ejemplo, se debe lograr un efecto en la audiencia para que el acto de avisar sea llevado a cabo. Si la audiencia no oye lo que digo o no entiende el significado y la fuerza de la locuci�n, no podemos decir que yo haya avisado.

  2. "Tener efecto" en el sentido de producir eficazmente cambios sancionados institucionalmente. Por ejemplo la afirmaci�n 'Bautizo este barco Juan Sebasti�n Elcano(dicho inmediatamente antes de proceder a romper la botella de champ�n contra su caso) puede tener el efecto de bautizar un barco; en adelante, ciertos actos subsiguientes, como referirse a �l como el Presidente Jos� Mar�a Aznar, est�n fuera de lugar.

  3. Invitar a respuestas o secuelas por convenci�n. Por ejemplo, preguntar �'S� o no?' o hacer una oferta invitan a una respuesta por parte del interlocutor.

Austin ofrece entonces un test para la distinci�n entre el acto ilocucionario y el perlocucionario:

del primero puede... decirse que es convencional, en el sentido de que al menos podr�a hac�rselo expl�cito mediante la f�rmula realizativa; pero el �ltimo no podr�a serlo. As� podemos decir 'Arguyo que' o 'Te advierto que' pero no podemos decir 'Te convenzo de que' o 'Te alarmo que' (C�mo hacer cosas con palabras, Buenos Aires, Paid�s, 1971, p. 103)

La realizaci�n con �xito de un acto ilocucionario siempre produce efectos en el oyente. Uno de ellos es entender la misi�n. Pero, adem�s de este efecto ilocucionario de comprender, hay habitualmente otros efectos sobre los sentimientos, actitudes y conducta subsiguientes del interlocutor. Estos son los efectos perlocucionarios, que pueden lograrse intencionalmente (yo puedo tratar de convencerte) o no intencionalmente (consigo asustarte sin saberlo). Los actos perlocucionarios, a diferencia de los ilocucionarios, no son esencialmente ling��sticos, en el sentido de que es posible lograr efectos perlocucionarios sin realizar actos de habla. En cambio, los actos ilocucionarios son convencionales porque tienen que ver con la comprensi�n. Y es por eso por lo que los verbos perlocucionarios no tienen, mientras que los verbos ilocucionarios s� tienen, usos realizativos.

6.4.2 Searle

Searle parte del supuesto de que la unidad m�nima de comunicaci�n es el acto de habla del tipo que Austin denomin� acto ilocucionario. Un acto ilocucionario se realiza a trav�s de un acto emisivo, el acto de emitir ciertas expresiones. Pero el acto emisivo no tienen por qu� coincidir con el acto ilocucionario. Por ejemplo, mediante dos emisiones diferentes como 'Llueve' y 'It's rainging' se puede realizar el mismo acto ilocucionario.

La forma general de un acto ilocucionario es 'F(p)', donde 'F' representa la fuerza ilocucionaria y 'p' el contenido proposicional. Dado que el mismo contenido proposicional puede ocurrir con fuerzas distintas y que la misma fuerza puede afectar a contenidos proposicionales diferentes, Searle se ve conducido a introducir otro tipo subsidiario de acto de habla, el acto proposicional, el acto de expresar un contenido proposicional.

Finalmente, la realizaci�n con �xito y sin defecto de un acto ilocucionario produce efectos en el oyente. Searle distingue entre el efecto ilocucionario de entender de entender la emisi�n y losefectos perlocucionarios. Esto motiva la introducci�n de otro acto de habla subsidiario, el acto perlocucionario.

Cada fuerza ilocucionaria puede ser dividida, seg�n Searle, en un n�mero preciso decomponentes que podemos reducir a seis. Esos componentes constituyen condiciones de �xito y de satisfacci�n de todos los actos de habla con esa fuerza. Los componentes son:

  1. Objetivo ilocucionario. Cada tipo de acto de habla tiene un objetivo o prop�sito constitutivodel tipo de acto que es. Searle ha sostenido que hay s�lo cinco objetivos ilocucionarios b�sicos. Son:

  1. El objetivo asertivo, que consiste en presentar una proposici�n como representaci�n de un cierto estado de cosas real en el mundo de la emisi�n;

  2. El objetivo compromisario, que consiste en comprometer al hablante a un curso de acci�n futuro representado por el contenido proposicional;

  3. El objetivo directivo, que consiste en tratar de hacer que el oyente lleve a cabo un curso de acci�n futuro representado por el contenido proposicional;

  4. El objetivo declarativo, que consiste en producir el estado de cosas representado por el contenido proposicional en virtud de la realizaci�n con �xito del acto de habla por parte del hablante;

  5. El objetivo expresivo, que consiste en expresar sentimientos y actitudes psicol�gicas sobre el estado de cosas representado por el contenido proposicional.

El objetivo ilocucionario no puede ser el �nico componente de la fuerza porque diferentes fuerzas ilocucionarias puede tener el mismo objetivo ilocucionario. Pero es el principal componente porque determina la direcci�n de ajuste entre el contenido proposicional de las emisiones con esa fuerza y el mundo. Hay cuatro posibles direcciones de ajuste a las que corresponden los cinco objetivos ilocucionarios:

  1. Modo de logro. Algunos actos ilocucionarios requieren un modo especial o conjunto especial de condiciones para la consecuci�n de su objetivo ilocucionario en la realizaci�n del acto de habla. Por ejemplo, aunque �rdenes y peticiones tienen ambas un objetivo ilocucionario directivo, difieren en su modo de logro: para dar un orden el hablante debe invocar su posici�n de autoridad sobre el oyente, cosa que no es necesaria en un petici�n.

  2. Condiciones del contenido proposicional. Algunas fuerzas ilocucionarias imponen condiciones a sus contenidos proposicionales admisibles. Por ejemplo, en una promesa el contenido debe representar un curso de acci�n futuro del hablante.

  3. Condiciones preparatorias. Cuando un hablante intenta realizar un acto ilocucionario,presupone que se satisfacen ciertas condiciones. Por ejemplo, quien hace una promesa da por sentado que lo prometido es algo de inter�s para el oyente y que el oyente quiere que lo haga.

  4. Condiciones de sinceridad. Al realizar un acto ilocucionario con un cierto contenido proposicional, el hablante expresa un cierto estado psicol�gico con el mismo contenido. Es posible expresar estados psicol�gicos que no se tienen; esto es, es posible realizar actos de habla insinceros. Tales actos son "defectuosos", pero no necesariamente no logrados.

  5. Grado de fuerza. Los estados psicol�gicos que entran en las condiciones de sinceridad de los actos de habla son expresados con diferentes grados de fuerza dependiendo de la fuerza ilocucionaria. El grado de fuerza de una aserci�n es menor que el de una conjetura.

Searle afirma que hay s�lo cinco fuerzas ilocucionarias primitivas o m�ximamente simples. Cada una de ellas tiene uno de los cinco objetivos ilocucionarios, carece de modo de logro de ese objetivo ilocucionario, su grado de fuerza es neutral y tiene las condiciones de contenido proposicional, preparatorias y de sinceridad que son determinadas por su objetivo ilocucionario. Hay adem�s fuerzas ilocucionarias derivadas de esas cinco primitivas mediante la adici�n de nuevos componentes especiales o el aumento o la disminuci�n del grado de fuerza. Las fuerzas ilocucionarias primitivas son:

  1. La fuerza ilocucionaria primitiva asertiva es la aserci�n. Su condici�n preparatoria es que el hablante tenga razones o evidencias para la verdad del contenido proposicional, su condici�n de sinceridad es que el hablante crea el contenido proposicional y su condici�n de contenido proposicional es neutral. Entre ellas: enunciar, afirmar, arg�ir, ...

  2. La fuerza ilocucionaria primitiva compromisoria es el compromiso con una acci�n futura, expresada por el verbo realizativo 'comprometerse'. Tiene la condici�n de que el contenido proposicional sea referente a una acci�n futura del hablante, la condici�n preparatoria de que el hablante sea capaz de llevar a cabo esta acci�n y la condici�n de sinceridad de que tenga la intenci�n de hacerlo. Ejs.: prometer, amenazar, aceptar, ...

  3. La fuerza ilocucionaria primitiva directiva es la de los directivos y es expresada por las oraciones imperativas. Tiene la condici�n de que el contenido proposicional represente una acci�n futura del oyente, la condici�n preparatoria de que el oyente sea capaz de llevar a cabo esa acci�n y la condici�n de sinceridad de que el hablante desea que el oyente la lleve a cabo. Ejs.: ordenar, solicitar, invitar, ...

  4. La fuerza ilocucionaria primitiva declarativa es la de las directrices, expresada pro el verbo 'declarar'. Tiene la condici�n de que el contenido proposicional represente una acci�n actual del hablante, la condici�n preparatoria de que el hablante sea capaz de llevara cabo esa acci�n con su emisi�n y la condici�n de sinceridad de que el hablante crea, pretenda y deseellevar a cabo esa acci�n. Ejs.: aprobar, excomulgar, nombrar, ...

  5. La fuerza ilocucionaria primitiva expresiva es la de las expresiones y es realizada por las oraciones exclamativas. La fuerza expresiva siempre es expresada junto con alg�n estado psicol�gico particular: todas las fuerzas ilocucionarias expresivas son complejas o derivadas. La noci�n de fuerza ilocucionaria primitiva expresiva es s�lo un constructo l�gico o un caso l�mite. Ejs.: agradecer, felicitar, deplorar, ...

6.5 Quine

En Palabra y Objeto Quine propuso un argumento cuya conclusi�n sobre la posibilidad de delimitar nuestras atribuciones de significado es esc�ptica. Quine intenta mostrar lo siguiente: mientras que un peque�o subconjunto de nuestras atribuciones de significado est� relativamente bien definido (la especificaci�n de los significados de las expresiones que tienen que ver con lo directamente observable, y la de las expresiones l�gicas), la gran mayor�a no lo est�n; los significados de las expresiones en cuesti�n est�n indeterminados hasta un grado mucho mayor de lo que estar�amos dispuestos a admitir a simple vista.

Quine combate la concepci�n agustiniana del lenguaje, a la que denomina "mito del museo", seg�n la cual los significados podr�an imaginarse dispuestos en un museo, exhibidos con las palabras que los expresan por etiquetas. Esta concepci�n es vista por Quine como una falsedad que nos es f�cil, y hasta quiz�s psicol�gicamente reconfortante, dar en creer.

Quine critica tambi�n la concepci�n mentalista del lenguaje defendida por el primer Locke y Wittgenstein. La concepci�n mentalista del significado no s�lo alimenta la creencia en la existencia de una distinci�n cualitativa entre verdades anal�ticas y verdades sint�ticas; alimenta tambi�n la creencia en una "divisi�n de tareas" entre el fil�sofo y el cient�fico. Una cosa es el examen de su verdad o falsedad; otra el examen del contenido de nuestros enunciados. La segunda, la tarea anal�tica, es la del fil�sofo; la primera, la tarea emp�rica, la del cient�fico. En un sentido trivial, la segunda es m�s importante que la primera: sin saber qu� dicen nuestros enunciados, mal podemos empezar a averiguar su verdad. Pero hay un sentido m�s importante en el que la concepci�n mentalista del significado sit�a la tarea del fil�sofo en un lugar privilegiado. Este sentido es epistemol�gico, y se pone claramente de manifiesto en el dogma fundacionista del empirismo tradicional. Indicando cu�l es el contenido de un enunciado, el fil�sofo lo reduce a una afirmaci�n expl�cita sobre la experiencia sensible, y con ello pone de manifiesto cu�l es el fundamento emp�rico para su verdad.

Quine se refiere a esta segunda creencia alimentada por la concepci�n mentalista de los significados como la creencia en una "filosof�a primera": un saber independiente de la experiencia y previo a la experiencia; un saber que puede descubrirse y enunciarse tranquilamente sentados en un sill�n, sin hacer ning�n tipo de indagaci�n emp�rica, en especial sin formular ninguna afirmaci�n de hecho. La l�gica, tal y como se concibe en el Tractatus, es una tal "filosof�a primera". Por lo dem�s, esta segunda creencia est� estrechamente emparentada con la primera (la creencia en una distinci�n cualitativa entre anal�tico y sint�tico), pues una "filosof�a primera", esa enunciaci�n de un saber "sublime", no emp�rico y condici�n de posibilidad de lo emp�rico, ser�a precisamente la enunciaci�n de las verdades anal�ticas.

Quine propone abandonar las dos creencias alimentadas por la concepci�n mentalista (el dogma reductivista, y el dogma de la distinci�n anal�tico/sint�tico). A defender esta propuesta est� dedicado "Dos dogmas del empirismo". A continuaci�n propone: aceptemos, siquiera sea como hip�tesis, la tesis de la no existencia de una distinci�n cualitativa entre enunciados anal�ticos y sint�ticos, lo que explicar�a el fracaso de los intentos definitorios de los partidarios de la distinci�n, y examinemos sus consecuencias; al examinarlas encontraremos razones para creer nuestra hip�tesis.

Seg�n Quine, el rechazo de la distinci�n anal�tico/sint�tico pone al fil�sofo en el mismo tren que el cient�fico; no hay "filosof�a primera" y la m�xima que se ve obligado a adoptar el fil�sofo es elconservadurismo epist�mico. No podemos poner en cuesti�n en un mismo momento la totalidad de nuestras creencias; en cada momento podemos revisar algunas, pero s�lo con respecto a la mayor�a de las otras; ahora bien, para Quine, es tan leg�timo para el fil�sofo como para el cient�fico traernos novedades; la filosof�a bien puede ser correctiva. En el curso del tiempo la totalidad de nuestras creencias en un momento dado puede cambiar, incluidas aquellas que constituyen "verdades anal�ticas", aquellas que configuraban los significados de las palabras. De hecho, no existe diferencia cualitativa alguna entre un cambio de significados y un cambio de creencias.

6.1.1 Las condiciones emp�ricas de la traducci�n radical

La idea de Quine en Palabra y objeto es estudiar los significados estudiando los criterios para una traducci�n aceptable: el significado de una expresi�n ser� aquello en virtud de lo cual una expresi�n de otra lengua es una buena traducci�n de la primera a esa otra lengua.

Estudiar esta cuesti�n pregunt�ndose por la traducci�n entre lenguas para las que ya existen manuales de traducci�n no va a llevarnos muy lejos; por otro lado, la familiaridad con esas otras lenguas puede hacer que los prejuicios mentalistas distorsionen nuestras conclusiones. Por ello, Quine propone un experimento mental: imaginar que nos encontramos en una situaci�n detraducci�n radical. Se trata de construir un manual de traducci�n para una lengua para la que no se posee ninguno.

Quine parte de supuestos conductistas. El significado de una expresi�n ser� aquello en virtud de lo cual, en una situaci�n de traducci�n radical, una expresi�n de otra lengua ser�a una buena traducci�n de la primera a esa otra lengua. Este supuesto excluye no s�lo el recurso a las entidades del tipo de las ideas de Locke, sino tambi�n el recurso a cualquier informaci�n que no sea colegible del comportamiento del nativo en circunstancias observables.

Incluso aquellos que no han adoptado el conductismo como filosof�a est� obligados a guiarse por el m�todo conductista en ciertas pr�cticas cient�ficas; y la teor�a ling��stica es una pr�ctica tal. Un cient�fico del lenguaje es, por el hecho de serlo, un conductista ex officio. Cualquiera que eventualmente resulte ser la mejor teor�a de los mecanismos internos del lenguaje, debe conformarse al car�cter conductual del aprendizaje ling��stico, a la dependencia de la conducta ling��stica respecto de la observaci�n de la conducta ling��stica. Un lenguaje se adquiere mediante la emulaci�n social y mediante la informaci�n obtenida de la reacci�n social a la propia conducta, y estos controles ignoran cualquier idiosincrasia en las im�genes o en las asociaciones del individuo que no tengan manifestaci�n en su conducta. Las mentes son indiferentes para el lenguaje en la medida en que son conductualmente inescrutables ("Philosophical Progress in Language Theory",Metaphilosophy, 1, 1970, 1-19, p. 5).

[...] mantengo que el enfoque conductista es obligatorio. En psicolog�a uno puede o no ser conductista, pero en ling��stica no hay elecci�n. Cada uno de nosotros aprende su lengua mediante la observaci�n de la conducta ling��stica de otra gente y mediante el refuerzo o la correcci�n que los otros hacen de nuestra balbuciente conducta ling��stica cuando la observan. Dependemos estrictamente de la conducta manifiesta en situaciones observables. En la medida en que nuestro dominio del lenguaje se ajusta a todos los puntos externos de control, donde nuestra proferencia o nuestra reacci�n a la proferencia de otro puede ser evaluada a la luz de alguna situaci�n compartida, en esa medida todo est� bien. Nuestra vida mental entre los puntos de control es irrelevante con respecto a la calificaci�n de nuestro dominio del lenguaje. No hay nada en el significado ling��stico m�s all� de lo que puede colegirse de la conducta manifiesta en circunstancias observables (Pursuit of Truth, Cambridge, Mass., Harvard U.P., 1990, pp. 37-38)

El significado de una expresi�n ser� aquello en virtud de lo cual una expresi�n de otra lengua es una buena traducci�n de la primera a esa otra lengua.

Seg�n Quine, las disposiciones ling��sticas b�sicas conectan est�mulos sensible sicof�sicamente caracterizados con respuestas ling��sticas tales como asentimiento y disentimiento. El significado estimulativo de una oraci�n para una persona dada en un momento dado est� constituido, por un lado, por las disposiciones a asentir a la oraci�n relativamente a la situaci�n estimulativa de los receptores sensoriales durante fragmentos breves de tiempo (significado estimulativo positivo); por otro, por las disposiciones a disentir a la oraci�n relativamente tambi�n a la situaci�n estimulativa de los receptores sensoriales tambi�n durante fragmentos breves de tiempo (significado estimulativo negativo). La noci�n de significado estimulativo se define para oraciones, no para t�rminos. Los significados estimulativos son disposiciones a asentir o disentir, y s�lo se asiente o disiente de oraciones completas. Adem�s, la noci�n de significado estimulativo debe relativizarse a una persona en un momento dado. Por otro lado, los significados estimulativos son hip�tesis causales que conectan tipos de situaciones con tipos de situaciones; y como todas las leyes causales sobre entidades "macrosc�picas", deben entenderse restringidas por cl�usulas de salvaguardiaceteris paribus.

Los significados estimulativos son disposiciones a la conducta observable (asentimientos y disentimientos) en circunstancias manifiestas; son pares formados por el conjunto de estados de los receptores sensoriales que producen asentimiento, en primer lugar, y el conjunto de estados que producen disentimiento, en segundo lugar. A partir de esta noci�n de significado estimulativo, Quine define los siguientes t�rminos:

Quine define las oraciones observacionales como aquellas oraciones ocasionales para las que es plausible, siquiera en principio, considerar el significado estimulativo como "el significado". Quine las caracteriza del siguiente modo: las oraciones observacionales son aquellas para las que:

  1. estados similares de los receptores sensoriales producir�an las mismas respuestas de un individuo en un momento dado, y

  2. estados similares de los receptores sensoriales producir�an las mismas respuestas en la mayor�a de los otros miembros de la comunidad ling��stica.

Para Quine, dos individuos pertenecen a la misma comunidad ling��stica si llevan a cabo interacciones ling��sticas tales como comunicarse informaci�n, darse �rdenes o "hablar por hablar" sin excesivas dificultades.

Una vez que disponemos de la noci�n de oraci�n observacional nos podemos en la situaci�n de traducci�n radical. Si el nativo cuyo idiolecto queremos traducir est� dispuesto a cooperar, nos ayudar� a traducir en primer lugar oraciones observacionales suficientemente breves. Para estas oraciones, el significado ser� el significado estimulativo, y el ling�ista ha de correlacionar las oraciones nativas con oraciones de su lenguaje con el mismo significado estimulativo. Ahora bien, para hacer esto deber� elaborar conjeturas sobre el significado estimulativo de las oraciones nativas, y estas conjeturas no son epist�micamente nada inmediatas; por ello, es preciso hacer experimentos, es decir, repetir la oraci�n en diferentes circunstancias para determinar si la respuesta del nativo responde a las expectativas determinadas por nuestra conjetura.

Ahora bien, las hip�tesis cient�ficas est�n infradeterminadas por los datos emp�ricos. Diferentes hip�tesis son compatibles con los datos emp�ricos recogidos; desde una perspectiva realista, cabe pensar que diferentes hip�tesis sobre los �ltimos reductos no observables del mundo f�sico son compatibles con la totalidad de los datos emp�ricos disponibles, con los hechos recogidos y con los que podr�an ser recogidos. Por tanto, es posible que una hip�tesis, por muy bien elaborada que est�, resulte ser falsa. Lo mismo ocurre con la hip�tesis que elabora el ling�ista sobre la traducci�n de oraciones observacionales. Podr�a ocurrir que el ling�ista haya decidido que la oraci�n observacional del lenguaje nativo "Gavagai" tiene el mismo significado estimulativo que la oraci�n observacional del castellano "aqu� hay un conejo"; que esta hip�tesis est� muy bien corroborada y, sin embargo, que la hip�tesis sea incorrecta.

No debe confundirse la tesis de la indeterminaci�n de la traducci�n radical con la tesis de la infradeterminaci�n de la traducci�n radical por los datos disponibles. La traducci�n de un lenguaje a otro, como cualquier otra teor�a cient�fica, estar� infradeterminada por los datos emp�ricos disponibles; nos podemos llevar sorpresas, podemos descubrir que un manual que cre�amos correcto no lo es. Esto no es nada novedoso. Lo que Quine llama la "indeterminaci�n de la traducci�n" es un "defecto" de la traducci�n que se da adem�s de la infradeterminaci�n, a�adido a esta, y que no es un defecto meramente epist�mico, sino ontol�gico.

Oraciones observacionales castellanas intuitivamente diferentes en significado no difieren sin embargo en significado estimulativo. Las oraciones "hay un conejo aqu�", "hay un estadio temporal de conejo aqu�", "hay partes no separadas de conejo aqu�" y "se participa de la conejeidad aqu�" son todas sin�nimas en significado estimulativo para cualquier hablante del espa�ol. Los mismos estados de mi retina que provocar�an mi asentimiento a una, provocar�an mi asentimiento a las otras; lo mismo para el disentimiento. De modo que la regla "traduce de modo que se preserve el significado estimulativo de las oraciones observacionales" no nos permite decidir si "Gavagai" significa "hay un conejo aqu�", o m�s bien lo que indica cualquiera de las otras tres oraciones mencionadas. Y el problema ahora no es epist�mico.

Pero, �qu� ocurre con las oraciones no observacionales? El ling�ista no proceder� traduciendo oraci�n por oraci�n. Lo que har� ser� buscar en las oraciones t�rminos, expresiones y construcciones que se repiten de oraci�n a oraci�n, y formular� hip�tesis sobre la traducci�n de estos t�rminos a t�rmino del espa�ol. Quine denomina "hip�tesis anal�ticas" a estas hip�tesis parciales, que no correlacionan ya directamente oraci�n con oraci�n, sino que correlacionan ya indirectamente las oraciones, a trav�s de la correlaci�n de las partes. Las hip�tesis anal�ticas, necesariamente, parten de conjeturas sobre la sintaxis de las oraciones nativas.

Cabr�a esperar que la elecci�n entre diferentes sistemas de hip�tesis nos permita discernir cu�ndo los nativos hablan de conejos y cu�ndo hablan de sus partes, pues las oraciones castellanas "hay un conejo aqu�" y "hay una parte (propia) no separada de conejo aqu�" no tienen el mismo significado estimulativo.

�C�mo se comprueban, emp�ricamente, las hip�tesis anal�ticas? Seg�n Quine hay cuatro modos distintos:

  1. Por sus consecuencias: las oraciones observacionales nativas y sus traducciones deben ser estimulativamente sin�nimas.

  2. En el caso de las constantes l�gicas hay un m�todo m�s directo: la regla conductual de la negaci�n consiste en asentir a ella cuando y s�lo cuando se disiente de la oraci�n negada. Con respecto a la conjunci�n, se asiente a ella cuando y s�lo cuando se asiente a las dos oraciones conjuntadas. Con respecto a la disyunci�n se asiente a ella, cuando se disiente a la negaci�n de las dos oraciones conjuntas (A B �(�A �B)). Con respecto a la implicaci�n se asiente a ella cuando y s�lo cuando se disiente a la conjunci�n de la primera y la negaci�n de la segunda (A B) (A B)). Quine denomina "criterios sem�nticos" a estas reglas conductuales para la traducci�n de las constantes l�gicas proposicionales.

  3. Noci�n conductista de analiticidad. Una oraci�n es estimulativamente anal�tica si la mayor�a de los miembros de la comunidad ling��stica asiente a ella, cualesquiera que sean las circunstancias estimulativas. Este criterio va m�s all� de la noci�n intuitiva de analiticidad, pues convierte en anal�ticas tanto a "Llueve o no llueve" como a "la nieve es blanca". Es decir, la analiticidad estimulativa no discrimina las "verdades en virtud del significado" de creencias muy extendidas, y es esto lo que la hace plausible como criterio de traducci�n.

  4. Noci�n conductista de sinonimia, o sinonimia intrasubjetiva. Dos oraciones son intrasubjetivamente sin�nimas en la lengua nativa si se traducen por oraciones intrasubjetivamente sin�nimas para hablantes del espa�ol.

Estos cuatro criterios ponen, en realidad, de relieve cuatro hechos sobre las disposiciones ling��sticas constitutivos de ese "aquello en virtud de lo cual" una expresi�n de otra lengua es una buena traducci�n de la primera a esa otra lengua; estos cuatro hechos son: a) el significado estimulativo de las oraciones observacionales; b) los "criterios sem�nticos" para las constantes l�gicas proposicionales; c) la analiticidad estimulativa; y d) la sinonimia estimulativa intrasubjetiva. La indeterminaci�n de la traducci�n radical (es decir, la indeterminaci�n de la sem�ntica, o de los significados) consiste en que estos hechos permiten establecer identidades y diferencias de significado entre oraciones con mucha menor precisi�n de lo que intuitivamente pensamos, pues estos criterios (los �nicos que, seg�n Quine, es razonable aceptar) s�lo proporcionan un criterio holista de identidad de significado.

6.5.2 La indeterminaci�n de la traducci�n y la inescrutabilidad de la referencia

La tesis de la indeterminaci�n de la traducci�n radical postula la existencia de manuales de traducci�n de la lengua nativa al espa�ol diferentes, pero todos ellos igualmente compatibles con los anteriores criterios a)-d). Las diferencias entre estos manuales pueden llegar a ser sustanciales, hasta el punto de que estos manuales pueden ser incompatibles:

Es posible confeccionar manuales de traducci�n de una lengua a otra de diferentes modos, todos compatibles con la totalidad de las disposiciones verbales y, sin embargo, todos incompatibles unos con otros. Estos manuales diferir�n en numerosos puntos: como traducci�n de una sentencia de un lenguaje dar�n sentencias del otro que no se encontrar�n entre s� en ninguna relaci�n de equivalencia plausible, por laxa que �sta sea (Quine, Palabra y objeto, p. 40)

La "posible" incompatibilidad de estos manuales puede ser compensada mediante las traducciones "diferentes" de otros t�rminos. Esto dar�a lugar a que los manuales que en principio eran incompatibles vuelvan a hacerse compatibles, aunque las traducciones seguir�an siendo diferentes. Nos encontramos aqu� con una tesis debilitada de la indeterminaci�n de la traducci�n a la que Quine denomina inescrutabilidad de la referencia o relatividad ontol�gica. Esta tesis dice que hay manuales de traducci�n alternativos, compatibles con todas las disposiciones ling��sticas (no s�lo las observadas, sino todas las posibles), que traducen una misma expresi�n (t�rmino u oraci�n) de la lengua a traducir por otras de la lengua a la que se hace la traducci�n que difieren en referencia.

El que la referencia de los t�rminos de la lengua nativa sea inescrutable consiste en que los criterios naturalistas de aceptabilidad para traducciones no nos permiten determinar su referencia; no nos permiten determinar si se refiere a un conejo particular, o a un conjunto de estadios de conejos, o a un conjunto de partes no separadas de conejo, etc. Esto equivale seg�n Quine a que la ontolog�a supuesta por una lengua es relativa a qu� manual de traducci�n se escoja. Seg�n como traduzcamos a los nativos, podemos atribuirles nuestra familiar ontolog�a de objetos de tama�o medio que duran unos a�os en el tiempo, pero podemos tambi�n atribuirles ontolog�as extra�as, habitadas s�lo por fugaces estadios de nuestros m�s familiares conejos, etc.

6.6 Davidson: significado, verdad e interpretaci�n

La filosof�a davidsoniana del lenguaje no pretende encontrar algo (representaciones mentales o entidades objetivas ideales) que haga significativa el habla. La pregunta davidsoniana no es "�qu� es el significado?", ni "�qu� hace significativa la emisi�n de ciertos sonidos?", sino m�s bien la siguiente: dado que los seres humanos son animales que hablan, �c�mo podemos entender lo que dicen? El problema del significado se convierte en el problema de la interpretaci�n y de la comunicaci�n entre los hablantes.

La investigaci�n davidsoniana, heredera del an�lisis quiniano de la traducci�n radical, se denomina interpretaci�n radical. El int�rprete radical pretende construir una teor�a del significado de las emisiones aparentemente ling��sticas de un sujeto cuyo lenguaje le es totalmente desconocido. Situar el punto de partida del an�lisis de la interpretaci�n en esta situaci�n extrema es un artificio metodol�gico destinado a poner de manifiesto los aspectos implicados en la comunicaci�n normal entre los seres humanos. La ventaja de este punto de partida consiste en que nos permite evitar que nos pasen inadvertidos presupuestos importantes de la comunicaci�n.

El int�rprete radical cuenta s�lo con la observaci�n de la conducta del sujeto y del entorno en el cual se desarrolla. El int�rprete radical ha de suponer, sin embargo, que es capaz de detectar en el sujeto una actitud b�sica, a saber, la de tener por verdadera una emisi�n. Esta actitud b�sica corresponde a la noci�n de creencia. Esta noci�n, junto con la noci�n de verdad, constituyen el bagaje de conceptos sem�nticos del int�rprete. Aunque se trata de conceptos sem�nticos, no vician el proceso de la interpretaci�n, ya que no presuponen que el int�rprete conozca ya las creencias del sujeto ni el significado de sus emisiones.

En cuanto a la verdad, Davidson la considera como una noci�n primitiva, una noci�n trascendentalmente clara, no susceptible de ser definida en t�rminos de otras nociones m�s claras que ella misma. Entendemos mejor la noci�n de verdad que cualquier otra noci�n sem�ntica como la de significado, referencia o traducci�n. Es posible, en cambio, construir estas otras nociones sobre la noci�n de verdad.

La tarea del int�rprete radical consiste en elaborar una teor�a de la verdad acerca de las emisiones que pretende interpretar, es decir, cuyo significado pretende conocer. Esta teor�a debe dar como resultado teoremas que expresen, para cada oraci�n que se interpreta, las condiciones en que esa oraci�n es verdadera. Formalmente, los teoremas en cuesti�n son enunciados bicondicionales. As�, por ejemplo, si el sujeto a interpretar habla ingl�s y el int�rprete radical habla castellano, la oraci�n del primero "snow is white" estar� interpretada mediante una teor�a, uno de cuyos teoremas es un bicondicional como el siguiente:

"Snow is white", emitida por el sujeto, es verdadera si, y s�lo si, la nieve es blanca

Que la nieve sea blanca es la condici�n de verdad de la oraci�n "snow is white", y el conocimiento de esta condici�n nos permite entender la oraci�n en cuesti�n. Ahora bien, pensemos que el siguiente bicondicional es igualmente verdadero:

"Snow is white", emitida por el sujeto, es verdadera si, y s�lo si, la hierba es verde.

Intuitivamente, este bicondicional no constituye una interpretaci�n adecuada de la oraci�n "snow is white". Que la hierba sea verde no es una condici�n de verdad de "la nieve es blanca". Lo que podr�a excluir este tipo de bicondicionales es el hecho de que la interpretaci�n de una oraci�n se produce en el marco global de la teor�a y de las relaciones de coherencia entre sus axiomas y teoremas; es la acumulaci�n progresiva de estas relaciones lo que va aislando ciertos bicondicionales como interpretaciones correctas. Y, en segundo lugar, las condiciones de verdad de una oraci�n como "snow is white", a saber, que la nieve sea blanca, causan n el agente, a diferencia del hecho de que la hierba sea verde, una disposici�n a asentir o tener por verdadera la oraci�n "snow is white".

El proceso de interpretaci�n constituye un proceso global en el que la asignaci�n de condiciones de verdad a emisiones y la asignaci�n de estados mentales, como creencias y deseos, al agente, se llevan a cabo simult�neamente y se condicionan de manera rec�proca. Seg�n Davidson, dicha asignaci�n no puede llevarse a cabo inteligiblemente a menos que el int�rprete respete ciertos supuestos acerca del sujeto al que pretende interpretar. En primer lugar, habr� de aceptar que los contenidos de las creencias m�s b�sicas del sujeto est�n constituidos por determinados rasgos objetivos del entorno, los cuales causan dichas creencias en el sujeto. En segundo lugar, habr� de aceptar que, en los casos m�s b�sicos, lo que el sujeto considera verdadero ser� tambi�n verdadero para �l mismo. En tercer lugar, habr� de atribuir al sujeto la capacidad de pensar, por lo general, de modo coherente (de acuerdo con lo que el int�rprete mismo considera como pensamiento coherente). A menos que acepte estos supuestos acerca del sujeto, el int�rprete no ser� capaz de dar sentido a sus emisiones. Por lo tanto, si a partir de la interpretaci�n radical es posible extraer conclusiones sobre la comunicaci�n entre los seres humanos, y si en general es cierto que podemos comunicarnos con nuestros semejantes, habr� de ser cierto que la mayor parte de las creencias de los seres humanos sobre el mundo son objetivamente verdaderas y que sus estados mentales est�n regidos, en general, por normas objetivas de coherencia.

La justificaci�n de estos supuestos reside, para Davidson, en que sin ellos no ser�a posible la interpretaci�n. Y si aceptamos que la interpretaci�n es un hecho, es decir, que en muchos casos entendemos las emisiones ling��sticas de los dem�s, habremos de aceptar que los supuestos de los que depende son verdaderos. La argumentaci�n davidsoniana parece tener, pues, estructura trascendental (en el sentido kantiano): se remonta desde un hecho (la interpretaci�n y la comunicaci�n intersubjetiva) hacia sus condiciones de posibilidad.

6.7 Grice: significado del hablante e intenciones comunicativas

Seg�n Grice, la comprensi�n del significado en el marco de una teor�a general de la acci�n racional no requiere necesariamente que las acciones en que se producen significados est�n gobernadas por convenciones; no prestamos atenci�n a los aspectos esenciales del significado cuando pensamos exclusivamente en acciones ling��sticas convencionales. El programa de Grice consiste en ofrecer primero una explicaci�n de la naturaleza de los que �l considera casos b�sicos de acciones en que se producen significados: aquellas que no son necesariamente parte de ninguna pr�ctica convencional; y despu�s extender esta explicaci�n para dar cuenta de las pr�cticas ling��sticas convencionales. Grice se refiere al concepto que recoge el caso b�sico como "significado ocasional del hablante", dando as� la idea de que se trata de casos en que un hablante utiliza una se�al que no necesariamente tiene un uso convencional para decir algo. Por otra parte, Grice se refiere con "significado de la expresi�n" al concepto que recoge la extensi�n subsiguiente del an�lisis, dando a entender que en este caso ya son las palabras mismas las que, gracias a la existencia de convenciones, han adquirido un significado relativamente independiente del uso concreto a que los hablantes las someten.

Grice comienza con la sugerencia de que un hablante significa no naturalmente algo por medio de una emisi�n x si el hablante pretende inducir una creencia en una cierta audiencia y que especificar cu�l era la creencia ser�a decir lo que significa no naturalmente x. Pero inmediatamente advierte que no basta con que el hablante tenga esa intenci�n primaria:

Yo podr�a dejar el pa�uelo de B cerca de la escena de un crimen a fin de inducir al detective a creer que B era el asesino; pero no querr�amos decir que el pa�uelo (o el que yo lo deje all�) significaba no naturalmente nada ni que yo haya significado no naturalmente al dejarlo que B era el asesino

Lo que el caso del pa�uelo deja fuera es la comunicaci�n entre el emisor (el referente de ese 'yo') y la audiencia (el detective).

Se necesita, por tanto, a�adir una condici�n ulterior: el emisor debe haber pretendido que la audiencia reconociese la intenci�n primaria que hay tras su emisi�n, esto es, la intenci�n de inducir en ella una creencia. Es decir, tenemos que a�adir a la intenci�n primaria una intenci�n de segundo orden que tiene dentro de su alcance la intenci�n primaria.

Ahora bien, esta condici�n es insuficiente, como muestra el siguiente ejemplo: no podemos decir que Herodes, al mostrarle a Salom� la cabeza de San Juan Bautista en una bandeja, significase no naturalmente que el Bautista estaba muerto. Sin embargo, en este caso se cumplen las dos condiciones que hemos exigido. En efecto, Herodes ten�a la intenci�n primaria de producir una respuesta particular en Salom�, a saber, la creencia en que el Bautista estaba muerto; y ten�a tambi�n la intenci�n de segundo orden de que Salom� reconociese su intenci�n primaria. Sin embargo, aunque Herodes le hizo saber deliberada y abiertamente a Salom� que el Bautista estaba muerto, no se lo dijo. Salom� pudo haberse enterado igual si se hubiera encontrado casualmente con la cabeza del Bautista sin que Herodes tuviera la intenci�n de comunicarle nada. Es decir, la intenci�n de Herodes puede ser incidental para la respuesta de Salom�.

Para salvar esta dificultad Grice puntualiza:

A [el emisor] debe pretender inducir con x una creencia en una audienciay, tambi�n debe pretender que se reconozca esa intenci�n de su emisi�n. Pero esas intenciones no son independientes; A pretende que el reconocimiento desempe�e su parte en la inducci�n de la creencia, y si no lo hace as� algo habr� ido mal en el cumplimiento de las intenciones de A [...]. Brevemente, quiz�, podemos decir 'A signific� no naturalmente algo conx' es m�s o menos equivalente a 'A emiti� x con la intenci�n de inducir una creencia por medio del reconocimiento de esa intenci�n' (Grice, "Meaning", Philosophical Review, 67 (1957)

El an�lisis establece un eslab�n entre el reconocimiento de la intenci�n del emisor por parte de la audiencia y la creencia que se pretende inducir en ella. Esto equivale a exigir que el hablante o emisor tenga una intenci�n de tercer orden: la intenci�n de que la audiencia sea inducida a cumplir la intenci�n primaria sobre la base de su cumplimiento de la intenci�n de segundo orden.

En la reformulaci�n can�nica, el an�lisis de Grice toma la forma del siguiente bicondicional anal�tico:

(A1) Un hablante H significa algo al emitir x sii H emite x con la intenci�n de

(i1) que su emisi�n de x produzca una cierta respuesta r en una audiencia A, y

(i2) que A reconozca la intenci�n (i1) de H, y

(i3) que el reconocimiento por parte de A de la intenci�n (i1) funcione como al menos parte de la raz�n de A para su respuesta r.

Es decir, el hablante S-pretende producir en la audiencia el efecto r ('S' de significar). Un rasgo de esta definici�n es que se intenta que la consecuci�n de r sea mediada por la consecuci�n de otro efecto en A; a saber, el reconocimiento de la intenci�n de H de asegurar la respuesta.

�Qu� tipo de respuesta o efecto es el pretendido? En "Meaning" el efecto S-pretendido era que la audiencia creyera algo, en el caso de las emisiones del tipo indicativo, o que la audiencia hicieraalgo, en el caso de las emisiones de tipo imperativo. En "Utterer's Meaning, Sentence Meaning, and Word Meaning" (Foundations of Language, 4, 1-18 (1968)) Grice introduce dos cambios en el efecto S-pretendido. En virtud del primer cambio, la respuesta pretendida en las emisiones de tipo indicativo pasa a ser que la audiencia piense que el hablante cree algo (a menudo con la intenci�n ulterior de que la audiencia misma lo crea). En virtud del segundo cambio, la respuesta pretendida con las emisiones de tipo imperativo pasa a ser que la audiencia pretenda hacer algo (con la ulterior intenci�n de que lo haga).

Como consecuencia del segundo cambio el efecto o respuesta S-pretendido es siempre la generaci�n de alguna actitud proporcional (creencia o intenci�n) en la audiencia. De este modo, se simplifica el tratamiento de ambos tipos de caso, haci�ndolo sim�trico. El resultado del primer cambio es introducir una distinci�n entre dos tipos de emisiones: emisiones exhibitivas, por las que el hablante S-pretende impartir la creencia de que �l, el hablante, tiene una cierta actitud proporcional, y emisiones protr�pticas, por las que el hablante S-pretende, v�a la impartici�n de la creencia de que �l tiene una cierta actitud proporcional, inducir una actitud proposicional correspondiente en la audiencia.

El objetivo del an�lisis ling��stico de Grice es el estudio del "significado global", y esto afecta tanto al �mbito de la intenci�n del hablante como al �mbito de los t�rminos y los valores de verdad y al �mbito de las reacciones que, a partir del uno y del otro, se suscitan en el oyente. La sede en la cual se manifiestan y se despliegan estos niveles del significado coincide con la situaci�n conversacional; en este punto se produce siempre un exceso comunicativo, un super�vit de significado que las expresiones vehiculan, m�s all� de sus significados conversacionales, y ese exceso comunicativo no es caracterizable a partir de un an�lisis tradicional en t�rminos de funciones veritativas. Por ejemplo, si una madre pregunta a la ni�era "�c�mo se ha comportado el ni�o?" y la ni�era responde "la casa no se ha hundido", se trata aparentemente de un intercambio incongruente y absurdo, aunque en realidad la comunicaci�n se ha producido, el significado pretendido ha sido transmitido por la ni�era a la madre: es decir, la madre se encuentra autorizada para deducir que el ni�o se ha comportado de una manera insoportable. Es obvio que este tipo de intercambio, mucho m�s frecuente de lo que parece, no puede ser explicado con los instrumentos de la l�gica tradicional.

Grice se pregunta: �en qu� consiste o de d�nde proviene el exceso comunicativo que circunda e invade la situaci�n conversacional? La respuesta consiste en que se trata de la m�ltiple combinaci�n de convenci�n y contexto: bastar�, por tanto, con examinar sistem�ticamente las formas en las cuales ciertas convenciones act�an en el interior de contextos determinados para dar cuenta del "super�vit" de significado conversacional.

Grice observa que la conversaci�n se basa esencialmente en un principio que puede definirse como "principio de cooperaci�n" y que expresa el empe�o en hacer que la propia contribuci�n enunciativa sea funcional en la comprensi�n rec�proca y en la comunicaci�n. Ese principio dice: "ofrece tu contribuci�n a la conversaci�n de la forma esperada, en el estadio requerido, en funci�n del objetivo compartido o de la direcci�n del intercambio comunicativo en el cual te ves envuelto", y se articula a partir de cuatro m�ximas: a) no sea reticente, b) no digas mentiras, c) s� pertinente y d) s� perspicuo (es decir, evita la ambig�edad, evita las expresiones oscuras, procede de manera ordenada, s� breve).

Por principio, se pueden violar una o dos m�ximas: esto no implica necesariamente la ruptura de la cooperaci�n, aunque puede crear un tipo de cooperaci�n ulterior y unos efectos comunicativos indirectos. La ni�era, en el ejemplo anterior, viola un par de m�ximas conversacionales aunque, incluso en esas circunstancias o gracias a esto, consigue ser comunicativa, consigue "cooperar" de una forma particularmente adecuada. Grice calific� esta parte impl�cita de la conversaci�n como "implicatura conversacional", y concibi� el an�lisis como un trabajo de deducci�n de las implicaturas realizado a partir del significado convencional de las expresiones en los contextos "normales", a�adi�ndoles la consideraci�n de los distintos contextos y de las distintas posibles violaciones (intencionales o no) de las reglas conversacionales.

7. Bibliograf�a