Idea com�n a todas las opciones de la filosof�a anal�tica: Los problemas filos�ficos son problemas ling��sticos; problemas cuya soluci�n exige enmendar, volver a esculpir nuestro lenguaje o, cuando menos, hacernos una idea m�s cabal de sus mecanismos y de su uso. Aceptar esto es aceptar que la filosof�a se convierte en (o ser reduce a) an�lisis del lenguaje.
Ahora bien, el an�lisis del lenguaje no es exclusivo de los fil�sofos anal�ticos. Los fil�sofos han estado siempre interesados por investigar distintas especies de sistemas de conceptos. Desde los tiempos de S�crates se ha supuesto que el an�lisis conceptual (o el an�lisis ling��stico) no s�lo arroja luz sobre el modo como los seres humanos han ido describiendo la realidad, sino tambi�n sobre el mundo mismo y sus categor�as, sobre las cosas que lo pueblan y sus propiedades. El An�lisis cl�sico pregunta, entonces, c�mo est�n organizados nuestros conceptos: de qu� otros conceptos est�n formados y de qu� manera estos componentes suyos se articulan entre s�.
Lo que la Filosof�a Anal�tica a�ade a la empresa cl�sica del an�lisis del sistema conceptual es la doctrina de que los problemas filos�ficos pueden solventarse a trav�s de su disecci�n, ya que derivan de una interpretaci�n err�nea de nuestro lenguaje o de la utilizaci�n de un sistema ling��stico inadecuado.
Quiz� la �nica propiedad com�n que se puede se�alar a esta orientaci�n anal�tica tan amplia es la de asignar al lenguaje un papel fundamental en el planteamiento y resoluci�n de los problemas filos�ficos. En efecto, el lenguaje es, en buena parte de la filosof�a de este siglo, el �mbito en que es relevante repensar los tradicionales problemas filos�ficos, desde los epistemol�gicos a los ontol�gicos, desde los psicol�gicos a los morales y pol�ticos.
En este sentido, afirma Manuel Garc�a-Carpintero que la filosof�a anal�tica se distingue por mantener la tesis metodol�gicade
La prioridad filos�fica del estudio del lenguaje, y de los conceptos tal y como se expresan en el lenguaje, sobre el estudio de los pensamientos. La filosof�a, en esta concepci�n, es una actividad intelectual te�rica, coincidente con la lexicograf�a en particular y la sem�ntica de los lenguajes naturales en general en sus m�todos y en su objetivo: la investigaci�n del significado de las expresiones ling��sticas. La diferencia con estas disciplinas es doble. En primer lugar, el �mbito de la filosof�a es m�s restringido: a la actividad filos�fica interesa s�lo el estudio de los significados de ciertas expresiones, a prop�sito de las cuales la tradici�n filos�fica viene planteando (desde los presocr�ticos) genuinos problemas te�ricos: t�rminos tales como �saber�, y �opini�n�; �objetivo� y �subjetivo�; �causa��; �realidad� y �apariencia�; �mente� y �cuerpo�, etc. De este modo, la filosof�a ser�a, si acaso, una parte propia de la lexicograf�a o la sem�ntica. Pero no cabe en rigor hablar de inclusi�n, como consecuencia de la segunda diferencia; pues las explicaciones que la filosof�a pretende ofrecer al elucidar los significados de palabras como las mencionadas (o, como diremos alternativamente, al elucidar los conceptos expresados por estas palabras) no son meramente descriptivas(como ocurre en el caso de la sem�ntica), sino cr�ticas, regulativas. La actividad filos�fica se arroga a s� misma la capacidad de corregir el uso que hacemos com�nmente de expresiones como las anteriores (Las palabras, las ideas y las cosas, pp. xvii-xviii)
Se puede, sin embargo, hacer una distinci�n general en la funci�n o en la orientaci�n del an�lisis del lenguaje como forma de resoluci�n de problemas filos�ficos. En este sentido, cabe distinguir entre dos grandes tendencias a las que se puede denominar como an�lisis cl�sico y cr�ticos del an�lisis cl�sico, subdividi�ndose �stos a su vez en constructivistas y deconstructivistas.
Dentro del an�lisis cl�sico, Fue Frege el primero en practicar esta forma de filosof�a. En su Conceptograf�aescribe que �es tarea de la filosof�a romper la tiran�a de las palabras sobre el pensamiento, trayendo a la luz las confusiones que son casi inevitables en el uso del lenguaje�.
Dummett afirma que para Frege, como para todos los fil�sofos anal�ticos posteriores, la filosof�a del lenguaje es el fundamento del resto de la filosof�a porque la �nica ruta para analizar el pensamiento va a trav�s del an�lisis del lenguaje:
S�lo con Frege qued� finalmente establecido el objeto propio de la filosof�a: a saber, primero, que la meta de la filosof�a es el an�lisis de la estructura del pensamiento; segundo, que el estudio del pensamiento debe distinguirse tajantemente del estudio del proceso psicol�gico de pensar; y, finalmente, que el �nico m�todo apropiado para analizar el pensamiento consiste en el an�lisis del lenguaje... la aceptaci�n de estos tres principios es com�n a la escuela anal�tica entera (Dummett, M. �Can Analiytic Philopsophy be Systematic, and Ought it to Be?�,Hegel-Studien 17, 305-26; reimp. en Dummett, M., Truth and Other Enigmas, Duckworth, Londres, 1978, pp. 437-58, p. 458).
En Moore el objeto del an�lisis aparece bajo la forma de propiedades o universales unas veces, de conceptos otras y designificados las restantes. A su modo de ver, no hab�a gran diferencia entre las tres cosas, pues pensaba que un concepto es el significado de una expresi�n y asimilaba conceptos a propiedades. Pero consideraba que el an�lisis no era del lenguaje sino de algo objetivo significado por las expresiones. Para Moore hab�a una importante diferencia entre conocer el significado de una expresi�n, esto es, conocer su definici�n verbal y su uso, y conocer el an�lisis de su significado. Se puede conocer lo primero sin conocer lo segundo. Analizar el concepto por el que est� una expresi�n es algo as� como inspeccionar un objeto mental, distinguiendo sus partes componentes y su combinaci�n y especificando c�mo se relaciona con, y se distingue de, otros conceptos. Ahora bien, la pr�ctica del an�lisis, en cuanto distinta de su teor�a, llevaba a Moore hacia el an�lisis del lenguaje. El resultado del an�lisis era o bien la revelaci�n de que un cierto concepto es simple o inanalizable o bien una combinaci�n de conceptos equivalente al analysandum.
Russell tambi�n adopt� la concepci�n mooreana del an�lisis como descomposici�n de conceptos o de estructuras conceptuales en sus constituyentes simples, pero di a sus an�lisis un car�cter m�s l�gico y un prop�sito m�s reductivo. La l�gica se convierte en la herramienta principal del an�lisis y �ste est� presidido por �la m�xima suprema de todo filosofar cient�fico�: siempre que sea posible, entidades inferidas han de sustituirse por construcciones l�gicas. Aunque Russell presenta el an�lisis l�gico como el resultado de la �filosof�a cient�fica�, lo consideraba s�lo un instrumento para descubrir la forma l�gica de la realidad, dado el supuesto en que en un lenguaje l�gicamente perfecto las formas l�gicas de las expresiones ser�an isom�rficas con las formas l�gicas de la realidad.
Wittgenstein, por su parte, consideraba que el lenguaje ordinario est� en orden tal como est�. Su sintaxis l�gica es isom�rfica con la estructura l�gica de la realidad. El an�lisis debe desvelar las formas l�gicas que est�n ocultas bajo el revestimiento del lenguaje. La filosof�a pone l�mites al pensamiento poniendo l�mites al lenguaje �determinando los l�mites del sentido�. Consiste en el an�lisis l�gico de las proposiciones, entendiendo por tales las oraciones con sentido. La tarea de la filosof�a es la clarificaci�n l�gica de los pensamientos por medio de la clarificaci�n de las proposiciones. El fil�sofo demuestra la ilegitimidad de la metaf�sica clarificando los modos en que el metaf�sico intenta decir algo que transgrede los l�mites del sentido. Mientras que Russell afirma la continuidad entre ciencia y filosof�a y entiende el an�lisis l�gico como el �m�todo cient�fico� en filosof�a, Wittgenstein traza una tajante distinci�n entre ambas empresas. Para �l la filosof�a no es una disciplina al lado de las ciencias. Si la meta de las ciencias es hallar verdades, expresables en proposiciones, la tarea de la filosof�a es clarificar esas proposiciones. Los resultados de la filosof�a no son �proposiciones filos�ficas� sino clarificaciones de proposiciones no filos�ficas.
Esta concepci�n influy� en el C�rculo de Viena. Para Schlick, mientras que la ciencia se ocupa de la verdad, la filosof�a se ocupa del significado, elucida las proposiciones que la ciencia verifica. No es un �sistema de cogniciones�, sino un sistema de actos: la actividad a trav�s de la cual se determina el significado de las proposiciones. Los positivistas l�gicos compart�an con el primer Wittgenstein y con Russell la idea de que el an�lisis l�gico es el m�todo de la filosof�a. Ve�an dos usos en ese m�todo. Su uso negativo consist�a en eliminar pseudo-proposiciones metaf�sicas; para ello apelaban al principio de verificaci�n, de acuerdo con el cual toda proposici�n significativa deber�a ser o bien una proposici�n anal�tica, o bien una proposici�n verificable mediante la observaci�n emp�rica. Toda proposici�n que no satisfac�a este criterio era considerada un sinsentido.
Las filosof�as de Moore y Russell, el Tractatus de Wittgenstein y el positivismo l�gico son variedades de lo que se ha denominado el an�lisis cl�sico. Este tipo de an�lisis se concibe como una especie de traducci�n.Ciertas proposiciones que conten�an conceptos problem�ticos, o conceptos no b�sicos, o ciertas proposiciones cuya forma gramatical patente resultase desorientadora en cuanto a su verdadera forma l�gica latente, eran objeto de an�lisis. Y el an�lisis consist�a en sustituirlas por otras proposiciones equivalentes que contuvieran conceptos menos problem�ticos, o conceptos m�s b�sicos, o por otras proposiciones cuya forma l�gica evidenciara la verdadera estructura de los hechos que representan. El an�lisis se entend�a como descomposici�n, como el desmenuzamiento de un concepto o de una proposici�n en sus componentes elementales y la exhibici�n de la relaci�n mutua que guardan esos componentes.
La meta del an�lisis cl�sico era reformular una proposici�n, el analysandum, por medio de otra, elanalisans, de manera que al t�rmino del proceso encontr�semos una proposici�n que cumpliese al menos dos requisitos. En primer lugar, ser sin�nima o equivalente en alg�n sentido a la proposici�n original; de lo contrario, el an�lisis ser�a inadecuado. En segundo lugar, ser explicativa del significado de la proposici�n original; de lo contrario, el an�lisis no ser�a iluminador. Y ser�a explicativa de su significado bien por que lo desmenuzara en sus elementos l�gicos �ltimos o porque expusiera patentemente su verdadera forma l�gica subyacente. La mayor�a de los analistas cl�sicos dieron por sentado que la nueva l�gica de los Principia Mathematica de Whitehead y Russell suministraba el armaz�n o esqueleto formal del an�lisis y que el contenido de este armaz�n vendr�a dado por los datos sensoriales en los que se descompondr�a �ltimamente nuestra experiencia. Russell y otros acomodaron la teor�a de los datos sensoriales, seg�n la cual lo que nos es dado inmediatamente en la experiencia no son objetos f�sicos sino siempre datos de los sentidos fugaces, privados y ciertos, en una teor�a fenomenista de la percepci�n. Las teor�as representativas de la percepci�n suponen que la conexi�n entre la experiencia sensorial y los objetos del mundo externo es contingente, causal. Los contenidos de la experiencia nos proporcionan una evidencia inductiva de la existencia de objetos externos. Percibir un objeto material es tener un dato sensorial que es causado por el objeto en cuesti�n, de manera que la consciencia perceptiva es una inferencia desde el efecto a la causa. As� las creencias acerca de objetos f�sicos son equiparables a las hip�tesis cient�ficas. Pero los cr�ticos de este tipo de teor�as han se�alado una desemejanza crucial entre hip�tesis cient�ficas y creencias sobre objetos. Pues una inferencia causal s�lo es leg�tima si es en principio posible obtener a favor de la existencia de la causa una evidencia que sea independiente de los hechos para cuya explicaci�n se postula. Pero en este caso no hay ning�n control independiente que nos permita examinar los objetos f�sicos para ver si son representados fidedignamente o no por los datos sensoriales. Como consecuencia, los cr�ticos de la teor�a representativa se han visto llevados a afirmar una conexi�n necesaria entre experiencia sensorial y objetos: hablar de objetos es hablar de modo abreviado de ciertas regularidades o pautas que presenta nuestra experiencia. En expresi�n de Russell, los objetos f�sico no son sino �construcciones l�gicas� a partir de datos sensoriales. La m�xima suprema de la filosof�a cient�fica nos exige substituir las entidades inferidas, los objetos f�sicos, por construcciones l�gicas a partir de los datos sensoriales. Reformulado ling��sticamente, el programa fenomenista consist�a en reemplazar el lenguaje de objetos f�sicos por el lenguaje fenomenista.
Los cr�ticos del an�lisis cl�sico conceb�a, por su parte, la filosof�a como la clarificaci�n l�gica de las proposiciones. Ahora bien, esta labor de clarificaci�n pod�a llevarse a cabo siguiendo dos caminos que se vieron como excluyentes: o bien el camino de la construcci�n ling��stica o el camino de la descripci�n ling��stica. Estas dos corrientes equivalen a lo que m�s arriba hemos denominado constructivismo y deconstructivismo.
Dentro de los cr�ticos del an�lisis cl�sico, las tendencias constructivistas se caracterizan por el empleo de los recursos t�cnicos de la l�gica moderna tanto en el planteamiento como en la resoluci�n de problemas filos�ficos. Las deconstructivistas se identificar�an mediante la utilizaci�n de t�cnicas ling��sticasetol�gicas, esto es, por el an�lisis de los tradicionales problemas filos�ficos en el h�bitat natural en que se plantean, esto es, en el uso del lenguaje natural.
El supuesto que gu�a las actitudes constructivistas es b�sicamente el mismo que compartieron Frege, Russell y el primer Wittgenstein, que la construcci�n (y contemplaci�n) de un mecanismo ling��stico ideal impide plantear ciertos problemas filos�ficos, o los resuelve. Lo cual a su vez implica que la actitud constructivista considera que los problemas filos�ficos se plantean irremediablemente en el lenguaje com�n, en el cual no pueden encontrar salida. En cambio, de acuerdo con la actitud deconstructivista, ocurren dos cosas que hacen in�til la estrategia del constructivista:
Las reconstrucciones ideales no son �artefactos� en la comunicaci�n cotidiana, por lo que la resoluci�n filos�fica se ve desplazada a un reino lulliano. El deconstructivista ha considerado una desventaja (un error) esta remisi�n a una soluci�n externa de los problemas filos�ficos, al margen de los problemas internos de la reconstrucci�n l�gica en cuesti�n: dudas sobre la sinonimia, insuficiencias de las equivalencias l�gicas como elucidaciones conceptuales, etc.
Las reconstrucciones ideales no son un�vocas: terminan reflejando las opciones filos�ficas de sus autores, por lo que los problemas filos�ficos que se hab�an arrojado por la puerta vuelven a entrar por la ventana. Ello se debe a que la relaci�n con los conceptos del habla com�n es tan laxa (de hecho, ni se requiere el an�lisis previo de tales conceptos) y los criterios de adecuaci�n tan problem�ticos que se pueden ofrecer diferentes reconstrucciones de esos mismos t�rminos o conceptos naturales. Por su parte, la actitud deconstruccionista parte de la necesidad de encontrar una resoluci�n filos�fica en el �mbito de la comunicaci�n mediante el lenguaje com�n, no mediante la utilizaci�n de recursos t�cnicos, sino mediante una profundizaci�n en la comprensi�n del lenguaje com�n y de la comunicaci�n humana, b�sicamente en el mismo sentido de lo propuesto por el segundo Wittgenstein. Los problemas filos�ficos son ineliminables en la medida en que surgen naturalmente del lenguaje com�n, y �ste es insustituible a los efectos, no solamente de la comunicaci�n no cognitiva, sino tambi�n en los procesos de fijaci�n y transmisi�n del conocimiento, cient�fico o no cient�fico.
Un supuesto compartido hasta cierto punto por las diferentes actitudes hasta los a�os 70 era que los problemas filos�ficos tienen que ver con el mal uso del lenguaje por parte del fil�sofo. Lo que no compart�an era el tratamiento a prescribir. La raz�n estaba en que unos pon�an el �nfasis en el propio lenguaje: el lenguaje natural es irremediablemente vago, impreciso, enmascarador de su aut�ntica forma, etc., y los otros, en cambio, insist�an en la maldad del usuario: los problemas tienen que ver con el uso ileg�timo del lenguaje natural, con su utilizaci�n fuera de los contextos pertinentes, con la violaci�n de reglas o convenciones sociales de empleo, etc.
Pero esta diferencia de �nfasis result� fundamental en el siguiente sentido: el constructivista se impon�a una tarea de traza normativa, aunque no siempre la concibiera as�. Propon�a un nuevo uso ling��stico que se debe adoptar si se quieren evitar o solucionar los problemas filos�ficos. Por ello, poco tiene que reprochar al fil�sofo tradicional que adopta un nuevo uso ling��stico para plantear problemas filos�ficos. En definitiva, en lo que difieren es en su valoraci�n de esos problemas: para el constructivista son cuestiones que hay que resolver, para el fil�sofo especulativo son asuntos que es interesante plantear. Las quejas del fil�sofo anal�tico est�n justificadas en la medida en que se da mala fe, esto es, cuando el especulativo trata de hacer pasar como descriptiva de los conceptos de la lengua natural la propuesta o estipulaci�n de nuevos sentidos o contextos de uso para tales conceptos. Pero en la medida en que su actividad es l�cida y transparente, sus propuestas pueden ser tan leg�timas como las del que ofrece una particular reconstrucci�n l�gica de una familia de expresiones de la lengua oral.
En cambio, la orientaci�n deconstructivista es voluntaria, metodol�gicamente descriptiva. Al insistir en la responsabilidad del usuario y no del lenguaje, el descriptivista no se ha sentido impelido a proponer normativamente ninguna construcci�n artificial carente de problemas. Su tarea ha tenido que ver con la descripci�n cuidadosa y veraz de los diferentes usos socialmente sancionados, esto es, considerados como leg�timos en una comunidad de comunicaci�n. Su posici�n y la orientaci�n de sus argumentaciones, frente al fil�sofo de corte tradicional, son muy diferentes a las del constructivista. Su esfuerzo ha sido doble: por una parte, mostrar que el uso filos�fico es un uso ling��stico desviado, esto es, carente de apoyos en las convenciones o reglas comunicativas. Y por otra demostrar que, como tal uso desviado, es ileg�timo, esto es, ajeno o extra�o a las convenciones que rigen su comunidad comunicativa.
La Conceptograf�a presentaba una teor�a de la inferencia deductiva apta para la argumentaci�n en cualquier rama de la investigaci�n cient�fica y, muy especialmente, la matem�tica. Tambi�n Frege pretend�a realizar un servicio a la filosof�a. Era su intenci�n construir un instrumento que permitiera al fil�sofo detectar las trampas que el uso del lenguaje inevitablemente tiende al pensamiento.
Como matem�tico, la principal preocupaci�n de la trayectoria intelectual de Frege fue la de dotar a la aritm�tica de unos s�lidos fundamentos, tanto en el orden conceptual como en el orden demostrativo. En su opini�n, los conceptos sobre los que se erige el edificio de la aritm�tica necesitaban de definiciones exactas, desprovistas de aditamentos innecesarios o equ�vocos. Las teor�as mismas deb�an ser expl�citamente formuladas para que su naturaleza y su estructura quedasen bien de manifiesto. Asimismo, todos y cada uno de los recursos empleados en la demostraci�n de teoremas deber�an investigarse, de modo que cada paso de ese proceso pudiera controlarse y simplificarse al m�ximo.
Al final, pretend�a Frege, tanto los conceptos fundamentales de la aritm�tica, como los mecanismos necesarios para la demostraci�n de sus verdades, descansar�an sobre principios puramente l�gicos. Este programa se conoce como programa logicista.
Frege propuso desarrollar el programa logicista en tres etapas, a la primera de las cuales corresponde la Conceptograf�a. (En la segunda etapa, cuyo trabajo se plasma en Los fundamentos de la aritm�tica, Frege defini� la noci�n de n�mero natural a partir de las nociones l�gicas de concepto y propiedad. En la tercera, a la que pertenecen las Leyes b�sicas de la aritm�tica, intent� la reducci�n efectiva de las verdades aritm�ticas a verdades l�gicas). En su primera obra, Frege presenta un simbolismo especial en dos dimensiones concebido para poder expresar en �l cualquier contenido cient�fico. A este simbolismo le dio le nombre de conceptograf�a. Su conceptograf�a es un medio en el que poder expresar los contenidos y el c�lculo de la demostraci�n de teoremas.
Frege ide� ese instrumento para poder representar e investigar eso que aparece en sus escritos bajo la denominaci�n de el pensamiento puro. Para hacerse una idea de qu� es esto, es necesario distinguir en todo aserto o enunciado dos componentes:
el acto ling��stico, o el acto mental de asentimiento, y
el contenido de tal acto.
En su simbolismo, cada uno de estos componentes viene representado por un trazo. El trazo del juicio o de la afirmaci�n es vertical; el trazo del contenido es horizontal y conecta el trazo vertical con la representaci�n del contenido.
El pensamiento puro (o pensamiento sin m�s) forma parte del contenido del acto de afirmaci�n, enunciaci�n o aserci�n, y no siempre puede identificarse con �l. Esta identificaci�n no es siempre posible porque en la expresi�n ling��stica, adem�s de haber los medios para la transmisi�n de pensamientos, se encuentran elementos con los cuales
se pretende actuar sobre los sentimientos, el estado de �nimo del oyente o estimular su imaginaci�n. (El pensamiento, en Investigaciones l�gicas, Madrid, Tecnos, 1984, p. 54)
Estos efectos o rasgos psicol�gicos, si bien son parte del contenido de la aserci�n, no pertenecen al �mbito de lo l�gico. Constituye eltono del acto verbal. Podemos decir, pues, que el pensamiento es esa parte del contenido diferente del tono.
Hay otra forma m�s directa de indicar cual es el �mbito del pensamiento. Es el �mbito de lo verdadero y de lo falso. S�lo de los pensamientos puede decirse que son o verdaderos o falsos. Es m�s, s�lo de los pensamientos valen las leyes o principios l�gicos, pues �nicamente ellos entran en el mundo de las relaciones l�gicas. Es exclusiva de los pensamientos el ser contradictorios los unos con los otros, o el ser unos consecuencias l�gicas de otros. Lo psicol�gico, por su parte, es el �mbito de lo que se juzga verdadero, de lo que se cree, de lo que se piensa, de lo que se toma por verdadero. L�gica y psicolog�a son, consiguientemente, ciencias del todo independientes.
Los c�lculos que la conceptograf�a permite simbolizar adoptan el ropaje de cadenas de expresiones cuyo rasgo m�s caracter�stico es su bidimensionalidad. En cada una de estas cadenas o sucesiones, todo elemento salvo el primero, o los dos primeros, se obtienen de uno o m�s de los que le preceden por la aplicaci�n de una regla de inferencia. Una deducci�n o una inferencia deductiva se representa como una sucesi�n de expresiones del simbolismo (f�rmulas) cuyos elementos o bien se obtienen de expresiones precedentes o bien son axiomas l�gicos o axiomas de la teor�a en cuesti�n.
�Qu� raz�n hay para no utilizar nuestra propia lengua, con el a�adido de los conceptos y definiciones necesarias para el estudio del tema que nos ocupe, en vez de tal lenguaje de f�rmulas? �No es, aprender tal simbolismo, una nueva dificultad que sumar a la que de por s� suponga el objeto de investigaci�n? La contestaci�n de Frege compara la relaci�n que hay entre una lengua natural y su conceptograf�a con la que existe entre el ojo humano y el microscopio.
El ojo humano tiene un campo de aplicaci�n incomparablemente mayor que el del microscopio. Mientras que con el ojo pueden verse muy diversas cosas en cuanto a tama�o y color, el microscopio sirve a unos fines muy espec�ficos dentro de m�rgenes estrechos. As�, en lo referente a su adaptabilidad a situaciones muy diferentes, el microscopio es muy inferior al ojo. Sin embargo, debe decirse a cambio, en aquello para lo que el microscopio ha sido concebido, all� donde las exigencias cient�ficas llevan la voz cantante, el ojo es un instrumento insuficiente, incapaz de proporcionar las observaciones precisas que se requieren.
Pues bien, algo an�logo puede decirse de una lengua natural y de la conceptograf�a. Para la expresi�n de nuestros sentimientos y de nuestras opiniones en la pr�ctica totalidad de nuestra vida cotidiana, la conceptograf�a ser�a algo m�s que un obst�culo engorroso. Sin embargo, cuando importa la formulaci�n y el control estricto de inferencias v�lidas, la conceptograf�a es incomparablemente m�s sutil, exacta y adecuada que nuestro lenguaje.
Entre las innovaciones de la Conceptograf�a est� el abandono de las antiguas categor�as l�gicas de sujeto y predicadopor las nuevas de argumento y funci�n.
En la conceptograf�a fregeana a cada expresi�n significativa le corresponde un elemento de la realidad; es decir, cada expresi�n significativa es nombre de, designa o refiere a una cierta entidad del universo. (Incluso las oraciones declarativas son, para Frege, nombres de algo. Ese algo son los valores de verdad: todas las oraciones declarativas o asert�ricas verdaderas son nombres de un objeto llamado lo verdadero; las falsas son nombres de lo falso). De esto se sigue que todas las expresiones o son expresiones de objeto o son expresiones de funci�n.
En un inventario del universo, un fil�sofo � la Freges�lo mencionar�a objetos y funciones. Son objetos los n�meros, las personas y otras entidades f�sicas como las gotas de agua y los granos de arena; lo son tambi�n las regiones geogr�ficas y las ciudades y un largo etc. Entre las funciones, las aritm�ticas o las l�gicas.
Una expresi�n de concepto es una expresi�n no-saturada a partir de la cual se forman oraciones declarativas. Y pasando del plano ling��stico al plano �ntico (es decir, al plano de las cosas), podemos decir que los conceptos son aquellas funciones que tienen como valores lo verdadero o lo falso.
Los conceptos son una especie tan solo dentro del g�nero de las funciones.
Entre las expresiones funcionales, las hay que tienen un destacado protagonismo l�gico. Ese es el caso de expresiones como no, y, si, entonces, o, etc. A estas y a otras expresiones se las denomina constantes l�gicas. Las constantes l�gicas se caracterizan por la circunstancia de que, cuando una inferencia deductiva es l�gicamente v�lida �y su conclusi�n se sigue de sus premisas�, su validez descansa en el significado de las constantes l�gicas que en ellas se den. Las constantes l�gicas mencionadas �pues esto no se aplica a todas� son nombres de funciones. De funciones de verdad, para ser m�s exactos.
Frege pretende que con su lenguaje de f�rmulaspodemos obviar algunos problemas, caracter�sticamente filos�ficos, que surgen de un uso del lenguaje poco sensible para con sus sutilezas l�gicas.
Si es una tarea de la filosof�a quebrar el dominio de la palabra sobre la mente humana al descubrir los enga�os que sobre las relaciones de los conceptos surgen casi inevitablemente en el uso del lenguaje, al liberar al pensamiento de aqu�llos con que plaga la naturaleza de los medios ling��sticos de expresi�n, entonces mi conceptograf�a, m�s desarrollada para estos prop�sitos, podr�a ser un instrumento �til a los fil�sofos. (Conceptograf�a, M�xico, UNAM, 1972, p. 10)
Es esta utilidad de la conceptograf�a la que autoriza a considerar a Frege el mentor de la Filosof�a Anal�tica. Frege consider� que una gran parte de la labor filos�fica ven�a a ser una lucha contra el lenguaje.
Dos de los �xitos en esta tarea de Frege fueron los siguientes:
1) Un apartado central del pensamiento de Frege es su cr�tica de la l�gica tradicional. El principal reproche que le hace Frege a �sta es el de que confunde lo l�gico con lo psicol�gico. M�s en concreto, que emplea conceptos, como los de sujeto y predicado, que son conceptos psicol�gicos, disfrazados de otra cosa; pertenecen a la esfera del modo en que los hablantes de una lengua entienden las oraciones y proferencias que leen o que oyen, y no conceptos relevantes para la verdad o la falsedad de unas y otras. As�, el llamado sujeto de una oraci�n indica de qu� habla �sta, es decir, cu�l es su tema. El predicado, por su parte, expresa lo que se dice o cuenta del tema. Entender una oraci�n supone, entonces, identificar el tema y lo que se predica de �l. La teor�a tradicional es, por tanto, una teor�a acerca de qu� identificamos en las oraciones y proferencias cuando las entendemos cabalmente.
Esta mezcla de lo l�gico con lo psicol�gico tiene, en ciertos casos, efectos fatales. Seg�n la perspectiva l�gica fregeana, a la vista de la oraci�n
habr�a que decir que su tema es C�sar y que se dice de �l que conquist� las Galias; y a la vista de
habr�a que decir que su tema son los espa�oles, y que de ellos se dice que son europeos. Hasta el momento, por tanto, el modo de analizar ambas oraciones es el mismo. Sin embargo, ese an�lisis no distingue entre propiedad y caracter�stica. Lo primero, en la perspectiva de Frege, es lo que se tiene en (1). De lo segundo es de lo que se trata en (2). Esa confusi�n conduce a un problema insoluble.
En efecto, neguemos ahora ambas oraciones. Puesto que ��sta es la hip�tesis que Frege combate� ambas atribuyen una propiedad a algo (o se dice algo de un tema), su negaci�n deber�a expresar la ausencia de posesi�n de tal propiedad por parte de ese algo (o bien que se diga lo contrario del mismo tema). Es decir, la negaci�n de (1) tendr�a que ser (1�), y la negaci�n de (2) tendr�a que ser (2�):
Sin embargo, aunque (1�) es la negaci�n de (1), (2�) noes la negaci�n de (2). Una oraci�n y su negaci�n deben expresar pensamientos contradictorios (es decir, que no pueden ser ambos verdaderos), pero (2) y (2�) no se encuentran en ese caso. La negaci�n buscada de (2) es (2�):
Como la premisa que nos ha llevado a esa err�nea conclusi�n es que (2) consta de una expresi�n de objeto (en funci�n de sujeto) y una expresi�n de concepto (en funci�n gramatical de predicado), esa premisa debe considerarse fundamentalmente err�nea.
2) El segundo �xito tiene que ver con la cuesti�n del argumento ontol�gico de la existencia de Dios. Con el argumento ontol�gico se trata de demostrar la existencia de Dios partiendo de premisas que establecen que Dios posee todas las propiedades que supongan alguna perfecci�n. San Anselmo parec�a pensar que la existencia es una de esas propiedades, de modo que infer�a de una y otra cosa que Dios existe. Desde antiguo, se ha objetado al argumento ontol�gico que la existencia no es una propiedad y que, por tanto, en una oraci�n declarativa como Dios existe, la expresi�n existeno puede considerarse un predicado.
Trasplantada al sistema conceptual de Frege, la objeci�n al argumento ontol�gico se expresa diciendo que, en la oraci�n Dios existe,existe no es una expresi�n de concepto; y que al decir que Dios existe no estamos afirmando que el objeto Dios cae bajo el concepto de existencia. Si no es as�, �cu�l es el estatuto ontol�gico de una expresi�n como existe?
La tesis de Frege de que la existencia no es un predicado deriva de la siguiente reflexi�n en torno a oraciones como La Tierra tiene un sat�lite o como Frege escribi� en vida tres libros. �Qu� hacemos al afirmar la primera oraci�n? Predicamos algo de un concepto, pues afirmamos que bajo el concepto sat�lite de la Tierra cae un objeto (que es la Luna). �Y qu� afirmamos al proferir la segunda oraci�n? Afirmamos que bajo el concepto libro publicado en vida por Frege caen tres objetos.
Un an�lisis an�logo vale de asertos como el de que existen n�meros primos mayores que 100. La oraci�n
expresa el pensamiento de que bajo el concepto n�mero primo mayor que 100 cae m�s de un objeto. As�, pues, los juicios de existencia expresan propiedades de conceptos, y no de individuos. Por ello, cuando decimos de algo que existe no se est� atribuyendo propiedad ninguna de ese algo, sino que se est� predicando algo de un concepto. Siendo esto as�, el defecto del argumento ontol�gico �o mejor: uno de sus defectos� es que recurre a una premisa en la que se confunden propiedades de conceptos con propiedades de individuos, al malinterpretar los enunciados de existencia.
Mientras que los intereses m�s primordiales de Frege eran de �ndole l�gica, los de Russell eran, adem�s, metaf�sicos. As�, Frege pod�a examinar el argumento ontol�gico y decir: �Lo veis? Se malinterpreta un enunciado de existencia al decir que en �l se predica algo de un objeto cuando, de hecho, se dice que algo cae bajo un concepto. Y si el precio que hubiese que pagar por la claridad l�gica fuese alto, Frege no dudar�a en pagarlo. La actitud de Russell es bien distinta. La claridad l�gica era importante para �l, pero no lo era menos el que la descripci�n del mundo que pudiese resultar de esa claridad fuese razonable. En su opini�n, el pensamiento de Frege no armonizaba ambos desideratum.
Un aspecto bien conocido de la obra de Frege es el de su distinci�n entre el sentido y la referencia de un signo. Esta distinci�n subraya la existencia en toda expresi�n de dos dimensiones de su significado. En primer lugar, los signos son nombres de, est�n en lugar de, representan a, o designan objetos. La relaci�n en la que entra un signo con aquello que designa o representa hace a �ste la referencia de aquel. Ahora bien, un signo no tiene o deja de tener referencia sin m�s, sino siempre de alg�n modo. La expresi�n designativa el autor del Quijote refiere a Cervantes en tanto que autor de una obra literaria; y el autor de las Novelas ejemplares tiene la misma referencia, aunque la presente de un modo distinto, a saber, como autor de otra obra. En una situaci�n as�, Frege dir�a que estas dos expresiones tienen la misma referencia, aunque un sentido diferente. El sentido es, as� pues, el modo en que un signo presenta su referencia.
Aunque esta dimensi�n est� presente en todo signo, un caso especialmente interesante lo proporcionan las oraciones asert�ricas. Estas expresan, por s� solas, un pensamiento y refieren, por s� solas tambi�n, un valor de verdad. Pensamiento expresado y valor de verdad son, respectivamente, el sentido usual y la referencia usual de tales expresiones.
Estos principios generales tienen excepciones. Es m�s, estas expresiones ponen en serio aprieto la validez de algunas reglas de inferencia l�gica. Una de esas reglas nos dice que si una oraci�n es verdadera y cambiamos una de sus expresiones componentes por otra con su misma referencia, la nueva oraci�n resultante seguir� siendo verdadera. Este principio l�gico se enfrenta a oraciones complejas en las que una oraci�n subordinada se encuentra subordinada por expresiones de actitud psicol�gica, tales como cree que, me parece que, se teme que, etc. En ejemplos como estos, la doctrina de Frege del sentido y la referencia parece verse entre la espada y la pared. Sea la oraci�n c):
c) Cop�rnico cre�a que las �rbitas planetarias eran circulares
en la cual tenemos la oraci�n subordinada
d) Las �rbitas planetarias son circulares.
La oraci�n c) es verdadera, pues Cop�rnico cre�a efectivamente lo que en ella se afirma. Por tanto, c) refiere a lo verdadero. Por otro lado, d) refiere a lo falso. Tambi�n refiere a lo falso la siguiente oraci�n:
e) 7 + 5 = 13
As�, por el principio anterior, si cambiamos en c) la oraci�n d) por la oraci�n e), el resultado tendr� que ser una oraci�n verdadera. Pero f) no es verdadera (pues Cop�rnico sab�a sumar):
f) Cop�rnico cre�a que 7 + 5 = 13.
�Qu� falla aqu�? Seg�n Frege, el valor de verdad de c) no depende de c�mo sean las �rbitas planetarias, sino de qu� cre�a efectivamente Cop�rnico; es decir, no de la referencia de d), sino de su sentido. Por ello, si reemplazamos en c) la oraci�n d) por otra que exprese el mismo pensamiento que esta, la nueva oraci�n tendr� que ser verdadera. En efecto, c) es verdadera y g) tambi�n lo es:
g) Cop�rnico cre�a que las trayectorias descritas por los planetas (al girar alrededor del Sol) eran circulares
Puesto que el valor de verdad se conserva, y puesto que, en el ejemplo desarrollado, el valor de verdad se mantiene al sustituir una oraci�n por otra que exprese su mismo pensamiento, Frege concluy� que las oraciones subordinadas precedidas por cl�usulas como cree que y otras tienen como referencia el pensamiento que expresar�an por s� solas. A esta referencia Frege la denomin� indirecta. La referencia usual de una oraci�n declarativa (o asert�rica) es su valor de verdad, pero su referencia indirectaes el pensamiento que por s� sola expresar�a.
Ahora bien, esta conclusi�n iba m�s all� de lo que Russell estaba dispuesto a admitir. Las referencias de las expresiones son lo que hay en realidad, y admitir que las expresiones pueden tener referencia indirectas implica aceptar que, junto a personas, r�os, libros o bares donde se vende alcohol a menores, hay entidades como el pensamiento de que las �rbitas planetarias son circulares o como el de que 7 + 5 = 13. La revuelta de Russell contra Frege es, por tanto, una revuelta contra la idea de realidad:
Suponer que haya en el mundo real de la naturaleza todo un conjunto de proposiciones falsas dando vueltas de un lado para otro resulta monstruoso para mi mentalidad. No puedo ni siquiera ponerme a suponerlo. No puedo creer que se den ah�, en el mismo sentido en que se dan los hechos. (Russell, B., �La filosof�a del atomismo l�gico�, en Muguerza, J. (comp.), La concepci�n anal�tica de la filosof�a, Madrid, Alianza, 1974, p. 188)
Por realidad entiende Russell:
Todo aquello que habr�a de ser mencionado en una completa descripci�n del mundo.
En esa descripci�n habr�a que mencionar, sin duda, las creencias falsas, pero no incluir, pongamos por caso, los pensamientos fregeanos. Hace falta disfrutar de un instinto de realidad bien afinado para no dar entrada a entidades puramente fant�sticas; y si el an�lisis del lenguaje las introdujera, ese an�lisis ser�a reprobable. Para evitar ese tipo de errores Russell construye su teor�a de las descripciones.
Seg�n Russell,
Una teor�a l�gica debe ser puesta a prueba por su capacidad para enfrentarse con rompecabezas, y ejercitar a nuestra mente en el m�s amplio repertorio posible de rompecabezas constituye, por lo que hace a la l�gica, un procedimiento sumamente recomendable, puesto que aqu�llos desempe�an, en gran medida, id�ntica funci�n que los experimentos en f�sica (Russell, B., �On denoting�, Mind 14, 479-93, reimp. en Russell, B., L�gica y conocimiento, Madrid, Tecnos, 1981, p. 62)
Russell enumera cuatro rompecabezas que una teor�a de la denotaci�n debe ser capaz de resolver; estos cuatro rompecabezas son:
El rompecabezas de Frege: �C�mo es posible que un enunciado de identidad de la forma �Clar�n es Leopoldo Alas� sea m�s informativo que �Clar�n es Clar�n�?
El rompecabezas de los enunciados existenciales singulares: seg�n Meinong, cuando decimos de la monta�a de oro que no existe, en el enunciado �La monta�a de oro no existe�, estamos afirmando la no existencia de un determinado objeto, a saber, la monta�a de oro. Pero, �c�mo podr�amos afirmar algo de la monta�a de oro si �sta no existiese? Por tanto, parece que la monta�a de oro ha de existir, o al menos subsistir, seg�n expresi�n de Meinong. �Es aceptable esto?
El rompecabezas de los t�rminos singulares no denotativos: �c�mo puede ser significativa una oraci�n que contenga un nombre vacuo? Si el significado de un nombre es su portador, los nombres no denotativos carecer�n de significado. Pero si carecen de significado, las oraciones en las que aparecen carecer�n tambi�n de �l. Esto es consecuencia del principio de composicionalidad, seg�n el cual el significado de una expresi�n compleja es funci�n de los significados de sus componentes y de su ordenaci�n. Ahora bien, encontramos oraciones con nombres no referenciales que no s�lo son significativas sino incluso verdaderas, como (2) anterior. Russell advierto que las oraciones que contienen t�rminos singulares no referenciales parecen violar la Ley de Tercio Excluso. Consideremos (3) �El actual rey de Francia es calvo�. Parece que (3) no puede considerarse verdadera, en cuyo caso deber�amos poder decir que (4) �El actual rey de Francia no es calvo� es verdadera. Sin embargo, si hacemos una lista con todos los individuos calvos y otra con todos los no calvos, no encontraremos en ninguna de ellas al actual rey de Francia.
El rompecabezas de los contextos oblicuos: sea la oraci�n (5) �Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley�. De acuerdo con el principio leibniziano de Sustitutividad de los Id�nticos, deber�amos poder sustituir en (5) �el autor de Waverley� por �Scott�, dado que el enunciado de identidad (6) �Scott es el autor de Waverley� es verdadero. Pero esta sustituci�n arrojar�a el enunciado falso (7) �Jorge IV quer�a saber si Scott era Scott�.
Seg�n Russell, la teor�a de las descripciones es capaz de resolver satisfactoriamente estos cuatro rompecabezas. De acuerdo con su teor�a, las palabras son s�mbolos significativos en virtud de lo que simbolizan. Su significado es aquello que simbolizan. En Los principios de la matem�ticausa la palabra �t�rmino� para todo aquello por lo que est�, o indica, una palabra y distingue dos tipos de t�rminos: cosas y conceptos�que m�s tarde llamar� particulares y universales�. As� toda palabra indica un t�rmino y los t�rminos son parte de la realidad. Todo t�rmino tieneser. Esto lleva a una ontolog�a barroca, pues entre los t�rminos se incluyen algunas cosas que no existen.
Para salvar esta ontolog�a barroca introduce, en �Sobre el denotar�, la noci�n de �expresi�n denotativa� mediante los siguientes ejemplos: �un hombre, alg�n hombre, cualquier hombre, todo hombre, ...�. Russell afirma que una expresi�n es denotativa exclusivamente en virtud de su forma. La cuesti�n de si una expresi�n constituye una descripci�n definida depende �nicamente de su forma, no de si hay un individuo determinado que responda a esa descripci�n. Admite, pues, expresiones denotativas que no denotan nada �descripciones impropias�.
Adem�s de las descripciones impropias, distingue otros dos tipos de descripciones: las que denotan un objeto determinado (expresiones de la forma �el tal-y-tal�, que llamar� descripciones definidas) y las que denotan un objeto indeterminado (expresiones de la forma �un tal-y-tal�, llamadas descripciones indefinidas).
Cuando en un enunciado como:
(8) Encontr� un hombre
aparece una descripci�n indefinida, Russell afirma que en el enunciado no �interviene� ning�n nombre. A este respecto contrasta (8) con
(9) Encontr� a P�rez
(8) y (9) tienen distinta forma l�gica; (9) nombra una persona real, P�rez; en cambio (8) involucra s�lo una funci�n proposicional, la funci�n
(10) Encontr� a x y x es humano.
Lo que dice (8) realmente es que esa funci�n es verdadera para al menos un individuo x. As� en (8) interviene un concepto. Seg�n Russell, la carencia del aparato de las funciones proposicionales llev� a Meinong a postular la existencia de objetos irreales, tales como la monta�a de oro (nuestro rompecabezas 2).
En tales teor�as me parece que hay una carencia de ese sentido de la realidad que debe preservarse incluso en los estudios m�s abstractos. (Russell, B., �La filosof�a del atomismo l�gico� en Russell, L�gica y conocimiento, p. 148-9)
Obedeciendo a su �robusto sentido de la realidad�, Russell insiste en que en el an�lisis de la proposici�n no debe admitirse nada irreal. Para ello niega significaci�n al grupo de s�mbolos �un unicornio� en la frase �Encontr� un unicornio�. Tanto la oraci�n completa, como la palabra �unicornio� son significativas, pero la descripci�n indefinida �un unicornio� no forma un grupo significativo por separado. De lo contrario, nos ver�amos abocados a afirmar que debe haber algo que signifique. La teor�a de Russell podr�a resumirse diciendo que las expresiones denotativas no denotan nada, sino que tienen significado s�lo en el contexto; esto es, que son expresiones sincategorem�ticas. En t�rminos formales, sea un enunciado de la forma (11) Un tal-y-tal tiene esta-y-aquella propiedad. La tesis de Russell es que (11) no es de la forma sujeto-predicado �Fa�, sino de la forma
(12) $x (Gx & Fx),
donde �Gx� representa la propiedad tal-y-tal y �Fx� la propiedad ��sta-y-aqu�lla�.
Ahora podemos ver como una oraci�n como �Una monta�a de oro no existe� (rompecabezas dos) puede ser significativa y verdadera, sin comprometernos con la existencia o el ser de esa entidad fant�stica. Esa oraci�n es equivalente a �No hay nada que sea una monta�a y sea de oro�, donde la expresi�n �una monta�a de oro� no es un componente.
Russell define un nombre como
Un s�mbolo simple que designa directamente un individuo que es su significado y que tiene ese significado por derecho propio, independientemente de los significados de todas las dem�s palabras (Introducci�n a la filosof�a de la matem�tica, Barcelona, Paid�s, 1988, p. 152).
Por el contrario, las descripciones no tienen un significado por s� mismas, aunque contribuyen al significado de las oraciones en las que aparecen. La idea b�sica es que las descripciones no son aut�nticas expresiones singulares, no est�n por un objeto que es su significado, como sucede con los nombres. As� Russell pretende mantener a la vez una teor�a referencial del significado y evitar la jungla meinongiana de los objetos irreales.
Russell ofrece una prueba de que las descripciones son s�mbolos incompletos. La prueba tiene dos partes. Primero, muestra que las descripciones definidas impropias como �el c�rculo cuadrado� son s�mbolos incompletos. Una descripci�n como �sta no est� por un objeto porque no hay un objeto as�. Sea el enunciado �El c�rculo cuadrado no existe�. Ese enunciado es verdadero, pero no podemos concebirlo como la negaci�n de la existencia de un cierto objeto determinado �el c�rculo cuadrado�. Si hubiese tal objeto, existir�a. No podemos asumir que hay un objeto denotado por esa descripci�n y luego negar que lo haya. Pero, dado que el enunciado en cuesti�n es significativo y verdadero, la descripci�n que contiene no puede denotar el objeto descrito.
La segunda parte de la prueba trata de mostrar que todaslas descripciones definidas son s�mbolos incompletos, o lo que es lo mismo, que no son nombres. Para demostrar esto Russell da cinco argumentos:
(a) El argumento basado en la distinci�n simple/complejo: un nombre es un s�mbolo simple. Una descripci�n es un s�mbolo complejo: consta de partes que son s�mbolos. As� �el autor de Waverley� consta de cuatro palabras cuyos significados ya est�n prefijados y determina a su vez el significado de la descripci�n. En cambio un nombre como �Scott� es un s�mbolo simple cuyo significado no queda ya determinado al determinar el significado de las restantes palabras del lenguaje. Para entender el significado de �el autor de Waverley� basta entender la lengua espa�ola; para entender el significado de �Scott� hay que saber a qui�n se aplica.
(b) El argumento basado en la paradoja de la identidad: tomemos el enunciado
(1) Scott es el autor de Waverley.
Si en (1) intentamos sustituir la descripci�n por un nombre cualquier, �c�, obtenemos
(2) Scott es c.
Ahora bien, s�lo hay dos posibilidades: que �c� sea el nombre de alguien distinto de Scott, en cuyo caso (2) es falso, o que �c� sea un nombre de Scott, en cuyo caso (2) se convertir�a en una tautolog�a. Pero (1) no es ni falso ni tautol�gico. Por tanto, �el autor de Waverley� no significa nada; no es un nombre.
(c) El argumento basado en las descripciones impropias: seg�n Russell, no hay nombres vacuos, pero hay descripciones vacuas. La funci�n sem�ntica de un nombre requiere que tenga un portador, pero la funci�n de una descripci�n deja abierta la cuesti�n de si tiene o no tiene denotaci�n. Pues podemos entender una descripci�n sin saber si tiene denotaci�n o sin saber cu�l es su denotaci�n, pero no podemos entender un nombre sin saber cu�l es su referente. La alternativa al punto de vista de que hay descripciones impropias es la posici�n que le atribuye a Meinong: distinguir entre ser y existencia de modo que podamos decir que algunas cosas que no existen sin embargo tienen ser o subsisten. Pero Russell objeta que esta posici�n infringe la Ley de Contradicci�n, porque comporta, por ejemplo, que el c�rculo cuadrado es cuadrado y tambi�n no cuadrado.
(d) El argumento basado en la noci�n de alcance: Russell afirma que las descripciones son sensibles a las distinciones de alcance, mientras que los nombres no lo son. En los Principia Mathematicase entiende por alcance de una expresi�n que no sea un par�ntesis la f�rmula m�s breve en la que ocurre. Diferencias relativas de alcance pueden conllevar diferencias de significado. Por ejemplo, ��$x Fx� y �$x �Fx� significan cosas distintas debido a los alcances relativos diferentes del negador y del cuantificador existencial. En la primera el alcance del negador es toda la f�rmula y el alcance del cuantificador es �$x Fx�. En la segunda sucede al rev�s: el negador cae dentro del alcance del cuantificador.
Sea el enunciado �El actual rey de Francia no es calvo�. Un enunciado as� contiene una ambig�edad de alcance. O lo que es lo mismo, la descripci�n �el actual rey de Francia� es sensible al alcance del negador. Decimos que una expresi�n es sensible al alcance cuando hay una expresi�n ambigua en la que aparece que puede desambiguarse en t�rminos de los diferentes alcances de esa expresi�n en relaci�n a otras expresiones. Seg�n Russell, el enunciado �El actual rey de Francia no es calvo� puede significar que no existe un individuo que sea actualmente rey de Francia y sea calvo, en cuyo caso tiene la forma
(1) �$x (Fx & "y (Fy �y = x) & Gx).
(1) no entra�a �El actual rey de Francia existe�. Aqu� la negaci�n tiene alcance largo y la descripci�n aparece en una intervenci�n secundaria en el enunciado m�s amplio que empieza por el negador. Pero el enunciado en cuesti�n puede leerse tambi�n como afirmando que el individuo que es actualmente rey de Francia no es calvo, en cuyo caso tiene la forma
(2) $x (Fx & "y (Fy � y = x) & �Gx).
(2) s� que entra�a �El actual rey de Francia existe�. En este caso la negaci�n tiene alcance corto y la descripci�n tiene intervenci�n primaria.
Por el contrario, Russell afirma que los nombres propios son insensibles al alcance. As�, en �Scott no es humano�, no hay posibilidad de doble negaci�n como la que existe en el caso de una expresi�n descriptiva.
(e) El argumento basado en los existenciales singulares: seg�n Russell, no tiene sentido un enunciado existencial cuyo sujeto sea un nombre propio, pero s� podemos hacer enunciados existenciales rellenando con una descripci�n en blanco en ��� existe� o en ��� no existe�.
La teor�a de las descripciones definidas ofrece definiciones contextuales de las descripciones de la forma �el tal-y-tal�. Una descripci�n definida puede aparecer en un contexto existencial. Sea el enunciado �El autor de Waverley existe�. Seg�n Russell este enunciado entra�a, y es entra�ado, por el siguiente par
(1) establece el requisito de existencia de por lo menos un individuo que satisfaga la propiedad en cuesti�n; (2) establece el requisito de unicidad �debe tratarse a lo sumo de un individuo que satisfaga la propiedad en cuesti�n�. Conjuntamente (1) y (2) exigen que una y s�lo una persona escribiera Waverley.
En general, cualquier enunciado de la forma �El xtal que Fx existe� entra�a, y es entra�ado por, el par
"x "y (Fx & Fy � y = x).
La conjunci�n de (3) y (4) puede reescribirse en la forma
(5) $x (Fx & "y (Fy � y = x),
que puede tomarse como definiens can�nico de �El xtal que Fx existe�. A su vez, el enunciado �El x tal que Fx no existe� es analizado como
(6) �$x (Fx & "y (Fy � y = x).
Una descripci�n definida puede aparecer tambi�n en un contexto no predicativo. Sea �El autor de Waverley era un poeta�. Seg�n Russell, este enunciado es equivalente a la conjunci�n de tres enunciados, los enunciados (1) y (2) m�s el enunciado
(7) Quienquiera que escribiese Waverley era un poeta.
(7) establece un requisito adicional: la subsunci�nde quienquiera que satisfaga la primera propiedad en la clase de los individuos que satisfacen la segunda propiedad. Conjuntamente, (1), (2) y (7) exigen que un �nico individuo escribiera Waverley y que ese individuo fuera un poeta.
En general, cualquier enunciado de la forma �El xtal que Fx tiene la propiedad G� entra�a, y es entra�ado por, el tr�o formado por (3), (4) y (8)
(8) "x (Fx �Gx).
La conjunci�n de (3), (4) y (8) puede reescribirse como
(9) $x (Fx & "y (Fy � y = x) & Gx),
que podemos tomar como definiens can�nico de �El x tal que Fx tiene la propiedad G�.
El an�lisis de Russell tiene el efecto de asimilar las descripciones definidas a las expresiones cuantificacionales y de sacarlas de la clase de los t�rminos singulares o expresiones referenciales singulares. Las expresiones de la forma �un F� y �el F� son cuantificadores. La primera contiene el cuantificador existencial. La segunda contiene lo que podr�amos llamar el cuantificador singular �el x tal que Fx�. De modo que Fx es G� dice que todo F es G y hay exactamente un F.
Ontol�gicamente, la teor�a de las descripciones tuvo un efecto liberador. Al tratar las descripciones como s�mbolos incompletos, Russell ya no necesita asumir que designan entidades que deben incluirse en el �mobiliario de la realidad�.
La teor�a de las descripciones tambi�n contribuy� a advertir sobre la posibilidad de que la forma gramatical superficial de una oraci�n pueda ser desorientadora en cuanto a su forma l�gica profunda. Si comparamos la forma l�gica de �El autor de Waverley era un poeta� [$x (Fx & "y (Fy �y = x) & Gx)], con la que tiene la oraci�n �Scott era un poeta� (Ga), vemos que hay una enorme diferencia. Mientras que esta �ltima es una oraci�n de la forma sujeto-predicado, aqu�lla es una generalizaci�n existencial en la que no hay ning�n s�mbolo que corresponda a la expresi�n descriptiva.
La paradoja de la identidad: para que un enunciado de identidad sea verdadero y a la vez informativo es necesario que al menos uno de los flancos del signo de identidad est� ocupado por una descripci�n definida. Si ambos flancos est�n ocupados por aut�nticos nombres propios, el enunciado es �s�lo una tautolog�a�. Sobre la base de este supuesto hecho, Russell argument� que los nombres propios ordinarios son descripciones definidas disfrazadas, abreviadas, o truncadas.
Enunciados existenciales singulares: seg�n Russell, no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios. Suponiendo que �a� sea un nombre propio genuino, la afirmaci�n �a existe� ser�a trivial, redundante, puesto que el hecho mismo de usar el nombre ya presupone que su referente existe. A su vez, la afirmaci�n �a no existe� ser�a contradictoria: presuponemos que existe el portador del nombre usado y luego procedemos a decir que no existe. Russell considera que esto es un corolario de la idea de Frege seg�n la cual la existencia es una propiedad de segundo orden, esto es, no una propiedad de objetos sino de conceptos. Seg�n esto, cuando decimos que existe un sat�lite de la Tierra estamos afirmando que el concepto sat�lite de la tierra no es vac�o, es satisfecho al menos por un individuo. Si tiene sentido decir que �R�mulo no existi� es porque �R�mulo� no es un nombre propio sino una descripci�n definida disfrazada. En esa proposici�n R�mulo no interviene como elemento constitutivo, pues, si lo hiciera, el enunciado de que no existi� ser�a autocontradictorio. Una consecuencia de la posici�n de Russell en este punto es que el argumento ontol�gico de la existencia de Dios es inv�lido. La primera premisa del argumento dice que Dios es el ser m�s perfecto. �El ser m�s perfecto� es una descripci�n definida. Por tanto, esta premisa entra�a que el ser m�s perfecto existe. Pero esto es lo que el argumento pretende probar y asumirlo en la premisa es pedir la cuesti�n.
T�rminos singulares no denotativos: el enunciado �El actual rey de Francia es calvo� es un�voco y tiene la forma �La propiedad G se predica del x tal que Fx�. Este enunciado entra�a que el actual rey de Francia existe y por ello es falso. Por tanto, por tercio excluso, su negaci�n debe ser verdadera. Pero el enunciado �El actual rey de Francia no es calvo� es ambiguo. Si la descripci�n tiene incidencia primaria, entra�a asimismo que el actual rey de Francia existe y por ello es tambi�n falso. Por tanto, bajo esta lectura, no es el contradictorio del �El actual rey de Francia es calvo�, ya que ambos son falsos, sino su subcontrario. El contradictorio de �El actual rey de Francia es calvo� es aquel enunciado interpretado de manera que la descripci�n tenga intervenci�n secundaria, pues entonces niega que una y s�lo una persona sea a la vez rey de Francia y calva; y �ste s� que es verdadero, si aqu�l era falso. As� pues, la Ley de Tercio Excluso no resulta da�ada.
Contextos oblicuos: �Scott es el autor de Waverley� no contiene como constituyente �el autor de Waverley� y por ello no hay nada que podamos sustituir por �Scott�. Cuando reescribimos �Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley� y �Scott es el autor de Waverley� empleando el an�lisis de las descripciones definidas, la descripci�n desaparece con el an�lisis y ya no hay descripci�n que reemplazar.
Russell concluye que los nombres ordinarios son en realidad descripciones definidas disfrazadas por dos razones: porque no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios y porque, de lo contrario, los enunciados de identidad entre nombres propios tendr�an que ser o triviales o falsos.
Una tercera raz�n ser�a la siguiente. Russell distingue dos tipos de conocimiento de cosas, en cuanto distinto del conocimiento de verdades, el conocimiento por familiaridad y el conocimiento por descripci�n. El conocimiento del primer tipo es directo o inmediato, obtenido �sin el intermediario de proceso alguno de inferencia o de conocimiento alguno de verdades�. Se trata de una relaci�n cognitiva directa con un objeto por la que tenemos apercepci�n directa del objeto mismo. Tenemos conocimiento directo solamente de ciertos particulares como nuestros datos sensoriales y de ciertos universales, como la rojez, que tienen ejemplificaciones particulares con las que estamos familiarizados y sobre cuya base abstraemos el universal. Al no depender de inferencia ninguna, el conocimiento as� obtenido es indubitable, no est� sujeto a error. En cambio, el conocimiento por descripci�n siempre involucra alg�n conocimiento de verdades como su fuente y fundamento. En este caso no se trata de una relaci�n cognitiva directa con el objeto, sino que conocemos el objeto como �el tal-y-tal�, esto es, como el �nico objeto que satisface una cierta funci�n proposicional. Russell cree que el conocimiento de las cosas ordinarias es por descripci�n.
En Los problemas de la filosof�a formula as� el principio de familiaridad:
Toda proposici�n que podamos entender debe componerse totalmente de constituyentes con los que estemos familiarizados.
Es decir, en �ltimo an�lisis toda proposici�n inteligible debe ser analizable en t�rminos de proposiciones cuyos componentes tengan un significado que podamos captar por familiaridad. Del principio se desprende que la existencia de los portadores de los nombres propios ordinarios est� sometida a duda y s�lo tenemos garant�a epist�mica acerca de los objetos de conocimiento directo. Si a esto a�adimos la teor�a referencial del significado de los nombres, seg�n la cual el significado de un nombre es su portador, se sigue que los nombres propios ordinarios no son aut�nticos nombres y que los �nicos nombres l�gicamente propios deben designar objetos de conocimiento directo.
Los nombres propios ordinarios no son nombres propios genuinos porque los objetos que parecen denotar no son particulares simples sino entidades complejas. Y no son conocidos sino por descripci�n. Los nombres l�gicamente propios son signos puramente demostrativos, carentes de todo contenido descriptivo o connotaci�n y se caracterizan porque su significatividad garantiza la existencia del objeto denotado. Y puesto que los �nicos particulares garantizados epist�micamente son aquellos que nos son dados inmediatamente en la experiencia, s�lo los signos que se refieran a nuestros datos sensoriales privados contar�n como genuinos nombres propios. Esto reduce la categor�a de esas expresiones a los demostrativos �esto�, �eso� y �aquello�, pero s�lo cuando se usan para referirse a nuestros datos sensoriales actuales. S�lo los datos sensoriales que percibimos est�n enteramente garantizados desde un punto de vista epist�mico. De ah� que �esto� s�lo funcione como nombre aut�ntico cuando se refiere a los datos sensoriales presentes.
Otra consecuencia es que un lenguaje l�gicamente perfecto ser� un lenguaje privado:
Un lenguaje perfecto, si fuera posible construirlo, ser�a no s�lo intolerablemente prolijo, sino, en buena medida, y por lo que respecta a su vocabulario, del dominio privado del que habla, es decir, todos los nombres que en �l intervinieran ser�an de la exclusividad de aqu�l �ltimo, y no podr�an entrar a formar parte del lenguaje de otro interlocutor.
La raz�n es que en un lenguaje l�gicamente perfecto los nombres propios ordinarios no tendr�an ning�n papel que desempe�ar. Ser�an sustituidos por descripciones definidas. Y los �nicos nombres ser�an los demostrativos usados para designar los datos sensoriales privados del hablante.
Russell excluye a las descripciones definidas de la categor�a de expresiones referenciales. Sin embargo, Russell defiende la viabilidad de un nombrar genuino: el que viene posibilitado por el uso de lo que llama nombres l�gicamente propios.
Las �nicas palabras de que, de hecho, nos servimos como nombres, en el sentido l�gico del t�rmino, son palabras como �esto� o �aquello�. Podremos hacer uso de �esto� como de un nombre referido a alg�n particular directamente conocido en este instante. Supongan que decimos �Esto es blanco�. Si convienen en que �esto es blanco� refiri�ndose a �esto� que ven ustedes, estar�n usando �esto� como un nombre propio. Pero si tratan de aprehender el sentido de la proposici�n por m� expresada al decir �Esto es blanco�, ya no podr�n usarlo como tal. Si se refieren a este trozo de tiza en cuanto objeto f�sico, ya no estar�n usando �esto� como un nombre propio. S�lo cuando usen �esto� refiri�ndose al objeto inmediatamente presente a sus sentidos, funcionar� de hecho aquel vocablo como un nombre propio. Y precisamente en este punto posee �esto� una propiedad bien extra�a para ser un nombre propio, a saber, que raramente significa la misma cosa en dos momentos consecutivos ni significativa lo mismo para el que habla que para el que escucha. Se trata de un nombre propio ambiguo, mas no por ello es menos un aut�ntico nombre propio, y casi la �nica palabra que alcanzo a imaginar que se use estricta y l�gicamente como un nombre propio en el sentido en que he venido hablando de los nombres propios (La filosof�a del atomismo l�gico, en J. Muguerza, La concepci�n anal�tica de la filosof�a)
Seg�n Russell, s�lo el pronombre demostrativo neutro usado por el hablante para referirse a un dato sensorial en presencia de aquello que lo provoca es un nombre propio en sentido l�gico. De acuerdo con el sentido com�n, un nombre propio es una palabra que sirve para referirse a un particular. Ahora bien, si se cuestiona que las cosas que se consideran como particulares desde el punto de vista del sentido com�n sean tales, y se conciben como entidades complejas, mientras se mantiene la definici�n de los nombres propios como �palabras que se refieren a particulares�, obviamente cambiar�n el tipo de expresiones que pueden clasificarse como nombres propios. �ste es el punto de partida de la teor�a de Russell. Russell define los particulares como �t�rminos de relaciones de los hechos at�micos�.
Los hechos m�s simples imaginables son aquellos que consisten en la posesi�n de una cualidad por parte de una cosa particular. Hechos como, por ejemplo, �Esto es blanco�. Estos hechos habr�n de interpretarse en un sentido un tanto rebuscado. No les pido que piensen en el trozo de tiza que tengo entre los dedos, sino en lo que ustedes ven cuando contemplan esta tiza (ibid.)
�Esto� tiene como referente el dato sensorial percibido por el hablante mientras contempla el trozo de tiza, y este dato sensorial es un particular. Si el pronombre demostrativo tuviera como referente el trozo de tiza que el hablante est� mirando en ese momento, la oraci�n �Esto es blanco� ser�a equivalente a �Este trozo de tiza es blanco�; en este caso, �esto� no ser�a un nombre propio, puesto que el trozo de tiza no es un particular. Los particulares son, por tanto, privados y evanescentes, difieren de un individuo a otro y s�lo persisten lo que dura la experiencia del sujeto. Russell funda su epistemolog�a sobre la distinci�n entre el conocimiento directo y el conocimiento por referencia (o descripci�n):
Diremos que tenemos conocimiento directo de algo cuando sabemos directamente de ello, sin el intermediario de ning�n proceso de inferencia ni de ning�n conocimiento de verdades. As� en presencia de mi mesa, conozco directamente los datos de los sentidos que constituyen su apariencia �su color, forma, dureza, suavidad, etc.�; de ello soy inmediatamente consciente cuando veo y toco mi mesa. [...] Mi conocimiento de la mesa, como objeto f�sico, no es al contrario, un conocimiento directo. Es obtenido, tal como es, a trav�s del conocimiento directo de los datos de los sentidos que constituyen la apariencia de la mesa [...] Mi conocimiento de la mesa es de la clase que denominaremos �conocimiento por referencia�. La mesa es �el objeto f�sico que causa tales y cuales datos de los sentidos�. As� se describe la mesa por medio de los datos de los sentidos (Los problemas de la filosof�a, pp. 47-48)
S�lo se puede nombrar un particular; no es posible nombrar nada de lo que no se tenga conocimiento directo; conocemos directamente los datos de los sentidos y �stos son los particulares que podemos nombrar. �Por qu� s�lo podemos nombrar aquello de lo que tenemos conocimiento directo? �Qu� sucede con los nombres propios en sentido usual? Nombrar algo viene a ser equivalente a se�alarlo mediante un signo ling��stico, siendo la relaci�n entre el nombre y su portador directa, pues el nombre, en su mera calidad de signo, es suficiente para identificar al referente. Esta asociaci�n directa entre el lenguaje y una entidad extraling��stica s�lo es posible cuando el nombre designa el dato sensorial que el hablante est� experimentando; es decir, una entidad particular percibida directamente. A una entidad compleja �construida� a partir de particulares (datos sensoriales) resulta imposible nombrarla, puesto que s�lo somos capaces de identificarla merced a las verdades, descripciones, que conocemos acerca de ella. Si decido poner un nombre propio a la mesa de mi estudio, �Frida�, lo �nico que conseguir� ser� poder aludir a ella de una manera m�s breve; en lugar de decir �la mesa de mi estudio� podr� utilizar el nombre propio �Frida� que, de este modo, funcionar� como una descripci�n definida abreviada. No identificamos el referente porque un signo ling��stico nos los se�ala, sino porque se ajusta a las descripciones que sabemos acerca de �l.
Nosotros no conocemos directamente a S�crates y, por tanto, no podemos nombrarlo. Cuando empleamos la palabra �S�crates�, hacemos en realidad uso de una descripci�n. Lo que pensamos al decir �S�crates� podr�a traducirse por expresiones como �El maestro de Plat�n�, �El fil�sofo que bebi� la cicuta� o �La persona de quien los l�gicos aseguran que es mortal�, mas no emplearemos ciertamente aquel nombre como un nombre en sentido propio (La filosof�a del atomismo l�gico)
La categor�a de los nombres propios queda, pues, reducida a los pronombres demostrativos neutros usados por el hablante para designar sus datos sensoriales cuando los est� experimentando. Ninguna informaci�n acerca del referente est� asociada al nombre propio en sentido l�gico; su funci�n es exclusivamente la de estar por el referente, de ah� que su significado sea el portador del nombre y conocer este significado sea conocer el referente, tener conocimiento directo del particular nombrado. Los particulares se conciben como completamente autosubsistentes, existiendo cada uno de ellos con total independencia de los dem�s, y el reflejo sem�ntico de esta tesis metaf�sica es al asignaci�n a los nombres propios de un significado aut�nomo, independiente del contexto.
Las caracter�sticas fundamentales de la l�gica de Russell son dos: su identificaci�n con la matem�tica y su planteamiento realista. Sobre el primer punto Russell ha dicho:
Si no existiese el deseo de atenernos al uso, podr�amos identificar la matem�tica con la l�gica y definir una y otra como la clase de proposiciones que contienen �nicamente variantes y constantes l�gicas; pero el respeto a la tradici�n me mueve preferiblemente a adherirme a la citada distinci�n, aun reconocido que ciertas proposiciones pertenecen a ambas ciencias (Los principios de las matem�ticas, � 10).
La distinci�n a que alude es aquella por la cual la l�gica est� constituida por las �premisas de la matem�tica�. La posici�n de Russell es el logicismo que afirma cierta prioridad de la l�gica sobre la matem�tica y admite la l�gica como gu�a o disciplina intr�nseca de la matem�tica. Russell define la matem�tica como �la clase de todas las proposiciones de la forma �p implica q� donde p y q son proposiciones que contienen una o m�s variables y ni p ni q contienen ninguna constante excepto las constantes l�gicas� (ib., � 1). Constantes l�gicas son las nociones definibles por medio de las siguientes: la implicaci�n, la relaci�n de un t�rmino con una clase a la que pertenece como elemento, la noci�n de tal que, la noci�n de relaci�n y otras nociones parecidas que pueden entrar en la noci�n general de proposici�n en la forma antes expuesta. Son variableslos t�rminos precedidos por cualquiera o alguno. Desde el punto de vista de Russell, la identidad entre matem�tica y l�gica se puede afirmar en la forma m�s simple observando que ambas tienen por �nico objeto la teor�a general de las relaciones.
La otra caracter�stica fundamental de la l�gica de Russell es su planteamiento realista.
La aritm�tica hay que descubrirla en el mismo sentido en que Col�n descubri� las Indicas Occidentales, y nosotros no podemos crear n�meros como tampoco pudo Col�n crear los indios. El n�mero 2 no es puramente mental, sino una entidad a en la que se puede pensar. Todo lo que puede ser pensado tuene ser y su ser es una precondici�n, no un resultado, de su ser pensado (ib., � 427).
Russell compart�a con Frege �la creencia en la realidad plat�nica de los n�meros los cuales poblaban el reino del tiempo del ser�. Pero este plat�nico �reino del ser� lo consider� siempre Russell como la estructura misma del mundo. �La l�gica se ocupa del mundo real lo mismo que la zoolog�a, por lo que hace a sus rasgos m�s generales y abstractos� (Introducci�n a la filosof�a matem�tica). �No queremos que nuestros n�meros verifiquen las f�rmulas matem�ticas sino que se apliquen de modo exacto a los objetos con los cuales se hallen en contacto� (o.c.). Y contra el formalismo de Hilbert afirmaba:
La aplicaci�n del n�mero al material emp�rico no forma parte ni de la l�gica ni de la aritm�tica: pero no puede ser justa una teor�a que a priori la haga imposible. La definici�n l�gica de los n�meros hace inteligible su relaci�n con el mundo efectivo de los objetos que se pueden contar: no as� la teor�a formalista (Introducci�n a la segunda edici�n de los Principios de las matem�ticas)
Las partes de la l�gica son el c�lculo de proposiciones, el c�lculo de clases y el c�lculo de relaciones. El c�lculo de proposicionesestudia las relaciones de implicaci�n material entre las proposiciones. Se entiende por implicaci�n material la que es verdadera (por lo menos) si la conclusi�n es verdadera. La implicaci�n �S�crates es un hombre implica S�crates es mortal� es una implicaci�n formal que exige para su verdad que ambas proposiciones sean verdaderas: bas�ndose en esta exigencia, en S�crates, en aquella implicaci�n, se puede sustituir alg�n hombre, no alguna otra entidad. En cambio, en la implicaci�n material, en la variable se puede sustituir una entidad cualquiera, es decir, no s�lo un hombre, sino un pastel, un �rbol o una piedra. Este tipo de implicaci�n es el �nico que hace posible la generalizaci�n matem�tica. Basadas en la implicaci�n material, las proposiciones falsas implican todas las proposiciones y las proposiciones verdaderas est�n implicadas por todas las proposiciones. Adem�s, entre dos proposiciones cualesquiera, habr� siempre una que implique a la otra.
En el c�lculo de clases, Russell distingue la clase del concepto-clase o predicado con el que se define la misma: as� los hombres son una clase, mientras el hombre es un concepto-clase. Russell afirma que de los dos aspectos considerados siempre por la l�gica, la extensi�n y la intensi�n, el primero es el m�s importante, y que la clase se interpreta en el sentido de la extensi�n. Desde este punto de vista, la extensi�n es un t�rmino �nico (si se considera en su totalidad) o es aquel tipo de combinaci�n de t�rminos que se expresa conectando los t�rminos con la conjunci�n �. As�, la frase �S�crates es un hombre� puede interpretarse de alguna de las siguientes maneras: 1) �S�crates es humano� o �S�crates tiene humanidad�, que es la interpretaci�n predicativa o intensional de la frase misma; 2) �S�crates es un hombre�, que expresa la identidad entre S�crates y uno de los t�rminos denotados por un hombre; 3) �S�crates es uno entre los hombres�; 4) �S�crates pertenece a la raza humana�. Esta �ltima expresa la relaci�n de un individuo con su clase y considera la clase como uno y no como muchos, es decir, en el medio en que est� requerido por la posibilidad de la relaci�n. Esta constituye la expresi�n puramente extensional de aquella proposici�n y es la forma que m�s se da en la matem�tica simb�lica, ya que �sta no puede prescindir del todo de los conceptos-clase y de la intensi�n. En el campo del c�lculo de las clases se ha introducido tambi�n el concepto de funci�n proposicional, que se obtiene poniendo en la proposici�n �S�crates es un hombre� x en el lugar de S�crates. La proposici�n �x es un hombre� ser� una funci�n proposicional, verdadera para algunos valores de la variable y falsa para los dem�s. Los valores para los cuales es verdadera, introducen el concepto de tal que. As�: S�crates es tal que, sustituyendo a x en la funci�n �x es un hombre�, la hace verdadera.
La l�gica de las relaciones establece la diferencia fundamental entre l�gica antigua y l�gica nueva: la l�gica antigua consideraba una sola forma de proposici�n, la que resulta de un sujeto y de un predicado y se fundaba en el supuesto metaf�sico de que no existen en realidad m�s que cosas y sus cualidades. La l�gica nueva toma como fundamento suyo las proposiciones que expresan una relaci�n y niega que las relaciones puedan reducirse a cualidades de una cosa. Una relaci�n puede ser sim�trica o asim�trica, transitiva o intransitiva. Es sim�trica si, mediando entre ay b, media tambi�n entre b y a; en el caso contrario es asim�trica. Una relaci�n es transitiva si cada vez que existe entre a yb, y b y c, existe tambi�n entre a y c; es intransitiva cuando, existiendo entre a y b y b y c, no existe entre a y c. Ahora bien, si las relaciones sim�tricas, transitivas e intransitivas pueden expresar la posesi�n de cualidades comunes o diferentes, las relaciones asim�tricas no expresan la posesi�n de ninguna cualidad y, por tanto, no son reducibles a cualidades de las cosas. La existencia de tales relaciones hace imposible el supuesto de la l�gica antigua (y de la antigua metaf�sica) de que no existen sino las cosas y sus cualidades.
Una proposici�n que expresa que una cosa tiene una determinada cualidad o que unas cosas tienen una determinada relaci�n, es una proposici�n at�mica, es decir, la forma m�s simple de las proposiciones. Afirmar o negar una proposici�n at�mica es cosa que s�lo se puede hacer en virtud de la experiencia porque las proposiciones at�micas son indeducibles de otras proposiciones. Por otra parte, la l�gica pura es independiente de los hechos expresados por las proposiciones at�micas (hechos at�micos); de modo que la l�gica pura y los hechos at�micos son los dos polos opuestos entre los cuales existe una vasta regi�n intermedia. En esta regi�n intermedia se sit�an las proposiciones moleculares, las cuales incluyen el contenido de hechos at�micos, pero incluyen tambi�n una conexi�n entre estos hechos que no es reducible a un hecho at�mico. Adem�s, existen proposiciones generales que tampoco son deducibles de tales hechos. La f�rmula de las proposiciones generales en l�gica es la siguiente: �Si una cosa posee una propiedad determinada y si lo que posee esta propiedad posee otra propiedad, entonces la cosa en cuesti�n posee esta otra propiedad�.
En la teor�a general de las relaciones se identifican matem�tica y l�gica. Contar significa establecer una relaci�n de t�rmino a t�rmino entre la serie de los objetos contados y los n�meros naturales. Y el n�mero natural, como procedimiento empleado al contar, no es ni los diversos n�meros particulares ni las varias colecciones de objetos a las cuales son aplicables los n�meros particulares: es, m�s bien, lo que todos los n�meros tienen en com�n. Por ejemplo, el n�mero 12 no es ni los 12 ap�stoles, ni las 12 tribus de Israel, ni los 12 signos del zod�aco, ni ninguna otra colecci�n o clasede 12 objetos: es, m�s bien, lo que todas estas colecciones o clases tienen en com�n; por lo que puede definirse como �la clase de todas las clases parecidas a ella�, esto es, la clase de todas las clases cuyos t�rminos tienen una relaci�n de uno a uno entre s�. Si tal es el n�mero particular, el n�mero general ser� simplemente un conjunto cualquiera que sea el n�mero de uno de sus miembros, es decir, �n�mero es aquella cosa que es el n�mero de una clase dada�. Sobre estas bases, y empleando el principio de inducci�n matem�tica de Peano (que Russell transforma en: �Toda propiedad de que gozan el cero y el sucesor de un n�mero que goza de tal propiedad, pertenece a todos los n�meros naturales�) Russell logra transformar en enunciados l�gicos los fundamentos de toda la teor�a de los n�meros reales y con ello realizar completamente la reducci�n de la matem�tica a la l�gica (la matem�tica que es recudible a la teor�a de los n�meros reales). Russell llama inductivos a los n�meros naturales, para indicar que su definici�n depende del uso de la inducci�n matem�tica; pero afirma que existen n�meros no inductivos, para los cuales no valen todas las propiedades inductivas; tales son los n�meros infinitos, a los que Russell define como una clase �reflexiva�; pero esto nos lleva a las antinomias.
En 1902 Russell comunicaba por carta a Frege el descubrimiento de una paradoja en la l�gica fregeana. Esta paradoja (conocida desde entonces como paradoja de Russell) es similar a la paradoja del mentiroso. Russell la enuncia as� en los Principios de las matem�ticas (� 101):
Un concepto-clase puede ser o no ser un t�rmino de la propia extensi�n [por ejemplo, la clase de los conceptos, siendo a su vez un concepto, es un t�rmino de la propia extensi�n; la clase de los hombres, no siendo un hombre, no es un t�rmino de la propia extensi�n]. La expresi�n �concepto-clase que no es un t�rmino de su propia extensi�n� es abiertamente un concepto-clase. Pero si ella es un t�rmino de la propia extensi�n, ella es un concepto-clase que no es un t�rmino de la propia extensi�n y viceversa.
En cristiano, la clase de todas las clases que no contienen a s� mismas como elemento (K) �contiene o no contiene a s� misma como elemento? Si K contiene a s� misma, contendr� una clase que contiene a s� misma como elemento y, por lo tanto, no ser� �la clase de las clases que no a s� mismas como elementos�. Si K no contiene a s� misma, entrar� precisamente con ello en el �mbito de las clases que no contienen a s� mismas como elementos y, en consecuencia, deber� contener a s� misma. En un caso y en otro se produce una contradicci�n. Ve�moslo con un ejemplo: la paradoja del barbero: Supongamos que existe un barbero que afeita a todos, y s�lo a aquellos, barberos que no se afeitan a s� mismos. �Qui�n afeitar� a este barbero?. Si decimos que se afeita a s� mismo caemos en contradicci�n, pues anteriormente hemos dicho que s�lo afeita a los barberos que no se afeitan a s� mismos. Pero tambi�n caemos en contradicci�n si decimos que no se afeita a s� mismo, pues como hemos dicho que afeita a todos los barberos que no se afeitan a s� mismos, deber�a afeitarse a s� mismo. �Qui�n lo afeita pues?
La caracter�stica com�n de todas estas paradojas es, seg�n Russell, la autorreferencia o reflexividad, por la cual derivan de creer que, cuando se considera una totalidad, por ejemplo la totalidad de las x, la totalidad misma est� incluida entre las x y es otra x. Por lo cual, se pueden evitar las antinomias tomando como regla que cada vez que se habla de la totalidad de una colecci�n no hay que considerar la totalidad misma como un miembro de la colecci�n; pero este principio puramente negativo no muestra el modo en que pueda ser rectificada la antinomia. Para responder a este problema Russell elabor� la teor�a de los tipos. Seg�n esta teor�a, se deben distinguir conceptos de tipo cero que son los conceptos individuales, es decir, los nombres propios; conceptos de tipo uno que son propiedades de individuos; conceptos de tipos dos que son propiedades de propiedades y as� sucesivamente. Dado lo cual, la regla para evitar la antinomia es la siguiente: un concepto nunca puede hacer de predicado en una proposici�n cuyo sujeto sea de tipo igual o mayor que el concepto mismo.
Russell nunca ha dudado de que el punto de partida del conocimiento es la experiencia individual, el dominio privado o egoc�ntrico de los datos inmediatos; pero tampoco ha dudado de que el conocimiento no se reduce a tal dominio sino que comprende otro dominio que s�lo puede ser alcanzado mediante la inferencia, que se reconoce y se expresa de modo totalmente distinto del primero, como constituido por elementos tomados de aqu�l.
Como punto de partida de todo conocimiento, la experiencia no puede ser, en opini�n de Russell, un m�todo de comprobaci�n. En esto se basa la cr�tica de Russell respecto al neoempirismo del C�rculo de Viena. Cuando los neoempiristas afirman que el significado de una proposici�n es el m�todo de su comprobaci�n, el principio de verificaci�n, dejan de considerar las proposiciones m�s ciertas, o sea, los juicios de percepci�n:para �stos no hay ning�n m�todo de comprobaci�n porque ellos mismos constituyen la comprobaci�n de todos las dem�s proposiciones emp�ricas que pueden ser conocidas de alguna manera. Adem�s, los neoempiristas descuidan el hecho de que todas las palabras necesarias tienen definiciones ostensivas (que son aquellas con las que se aprende a captar una palabra sin el empleo de otras, es decir, con referencia al dato inmediato a que se refiere la palabra) y que un enunciado puede ser comprendido si est� compuesto de palabras que comprendemos, aunque no tengamos una experiencia que corresponda al significado total del enunciado mismo.
Esta cr�tica confirma que, para Russell, la experiencia no es un m�todo para la comprobaci�n de los enunciados sino el punto de partida de donde nacen el conocimiento y el lenguaje. Pero como punto de partida, la experiencia es inmediata y privada. Los Problemas de la filosof�a, de 1912, ya conten�an una exposici�n completa y ordenada de lo que Russell entiende con estos t�rminos. La experiencia es la esfera del conocimiento directo, de cuyos objetos somos directamente conscientes sin mediaci�n de ning�n proceso de inferencia ni de ning�n conocimiento de verdad. Las cosas no son objetos del conocimiento directo, sino los datos sentibles por un lado, los datos de la introspecci�n (es decir, de la reflexi�n en el sentido de Locke) por otro lado, y adem�s los proporcionados por la memoria. Tambi�n es probable, seg�n Russell, que tengamos conocimiento inmediato de nosotros mismos, esto es, de nuestro yo, ya que no se ve c�mo podremos conocer la verdad de la proposici�n: �Yo tengo conocimiento de los datos sensibles� si no tuvi�semos un conocimiento inmediato de algo que llamamos �yo�. Adem�s, Russell admite que se tiene un conocimiento inmediato de los universales (o sea, de las relaciones que entran como componentes esenciales de todo enunciado) y que tal conocimiento es el concepto.
Pero, adem�s del conocimiento inmediato, existe lo que Russell llama conocimiento por descripci�n, que est� constituido por el conocimiento de la verdad. En tal caso, lo que conocemos es precisamente una descripci�ny conocemos adem�s que hay un solo objeto al que se aplica la descripci�n y conocemos adem�s que hay un solo objeto al que se aplica la descripci�n, aunque el objeto mismo no sea directamente conocido. Por ejemplo, �el ordenador que tenemos delante es el objeto fisico que causa este y aquel dato sentible�. Esta proposici�n describe el ordenador por medio de los datos sentibles. Tanto los objetos fisicos, como los esp�ritus de las dem�s personas no se conocen directarnente, sino s�lo mediante el conocimiento por descripci�n. Pero, en todo caso, el conocimiento por descripci�n es finalmente reducible al reconocirniento directo. En esto se funda el principio que regula el an�lisis de las proposiciones: Toda proposici�n que nosotros podamos comprender ha (le estar compuesta totalmente por constituyentes (le los que tengamos conocimiento inmediato Este principio es la base de la l�gica y de la teor�a del lenguaje de Russell.
El punto de partida del conocimiento es la experiencia individual, el dominio privado o �egoc�ntrico� de los datos inmediatos; pero el conocimiento no se reduce a tal dominio sino que comprende otro dominio que s�lo puede ser alcanzado mediante la inferencia, que se reconoce y se expresa de modo totalmente distinto del primero, como constituido por elementos tomados de aqu�l. Como punto de partida de todo conocimiento, la experiencia no puede ser, en opini�n de Russell, un m�todo de comprobaci�n. Cuando los neopositivistas afirman que �el significado de una proposici�n es el m�todo de su comprobaci�n�, dejan de considerar las proposiciones m�s ciertas, o sea, los juicios de percepci�n: para�stos no hay ning�n m�todo de comprobaci�n porque ellos mismos �constituyen la comprobaci�n de todas las dem�s proposiciones emp�ricas que pueden ser conocidas de alguna manera�. Adem�s, los neopositivistas descuidan el hecho de que todas las palabras necesarias tienen definiciones ostensivas y que un enunciado puede ser comprendido si est� compuesto de palabras que comprendemos, aunque no tengamos una experiencia que corresponda al significado total del enunciado mismo.
Para Russell la experiencia no es un m�todo para la comprobaci�n de los enunciados sino el punto de partida de donde nacen el conocimiento y el lenguaje. Pero como punto de partida, la experiencia es inmediata y privada. La experiencia es la esfera del conocimiento directo, de cuyos objetos �somos directamente conscientes sin mediaci�n de ning�n proceso de inferencia ni de ning�n conocimiento de verdad�. Las cosas no son objetos del conocimiento directo, sino los datos sensibles por un lado, los datos de la introspecci�n por otro y los datos proporcionados por la memoria. Adem�s, Russell, admite que se tiene conocimiento inmediato de universales(o sea, de las relaciones que entran como componentes esenciales de todo enunciado) y que tal conocimiento es el concepto.
Pero, adem�s del conocimiento inmediato, existe el conocimiento por descripci�n, que est� constituido por el conocimiento de la verdad; en tal caso, lo que conocemos es precisamente una descripci�n y conocemos adem�s que hay un solo objeto al que se aplica la descripci�n, aunque el objeto mismo no sea directamente conocido. El conocimiento por descripci�n es reducibleal conocimiento directo. En esto se funda el principio que regula el an�lisis de las proposiciones: �Toda proposici�n que nosotros podamos comprender ha de estar compuesta totalmente por constituyentes de los que tengamos conocimiento inmediato�.
�Atomismo l�gico� es el nombre que B. Russell da a su primera teor�a filos�fica, expuesta en unas conferencias dadas en 1918 y tituladas Lecciones sobre el atomismo l�gico, cuyo origen atribuye a ideas de L. Wittgenstein, disc�pulo suyo, y que �ste m�s adelante expondr� tambi�n en su Tractatus Logico Philosophicus (1921). Tambi�n es el nombre que se da a la teor�a filos�fica sobre el mundo que aparece en el Tractatus de Wittgenstein; a la versi�n wittgensteiniana del atomismo l�gico se le da el nombre de �teor�a pict�rica o figurativa de la realidad�.
Seg�n esta teor�a, el mundo consta de �hechos at�micos�, o simples, que son el referente de los enunciados simples o �enunciados at�micos�, de modo que el lenguaje viene a ser como una �pintura� (Bild en alem�n Picture en ingl�s ) del mundo, a la manera como un mapa dibuja un terreno o regi�n determinados; el mundo posee, igual que el lenguaje, una estructura l�gica, cuyos elementos se manifiestan mediante el an�lisis l�gico. Este isomorfismo entre lenguaje y mundo supone que a cada nombre corresponde, como referente, una entidad concreta, llamada en este caso dato sensorial (sense data), y a cada predicado, sea una cualidad o una relaci�n, una propiedad real, absoluta o relativa. Con este isomorfismo, Russell pretend�a superar las ambig�edades del lenguaje ordinario o natural, cuyo uso ha hecho que muchas de las proposiciones de la filosof�a sobre todo, de la metaf�sica sean �sinsentidos�. El atomismo l�gico lleva a la consideraci�n de un lenguaje ideal, caracter�stica que no es posible hallar en los lenguajes ordinarios, y que es s�lo propia de un lenguaje formalizado. Toda met�fora debe ser abandonada. El atomismo l�gico influy� notablemente en el neopositivismo l�gico, pero posteriormente tanto Russell como Wittgenstein abandonaron esta teor�a.
El prop�sito de Russell es semejante al de Frege, y an�loga la justificaci�n de su inter�s por las condiciones que ha de cumplir un lenguaje para alcanzar la perfecci�n l�gica. Pero en Russell, la reflexi�n se da en un contexto filos�fico m�s rico y logra un grado de elaboraci�n m�s alto.En la doctrina de Russell, tanto los supuestos epistemol�gicos como las consecuencias metaf�sicas poseen una riqueza y tienen una explicaci�n del todo ausente en Frege. Como hemos dicho antes, la teor�a de Russell es denominada por �l, en virtud de las razones que mencionaremos, �atomismo l�gico�, y alcanza su madurez hacia 1918, a�o en que pronuncia las conferencias citadas sobre �La filosofia del atomismo l�gico�.
Aqu� caracteriza su tema como de gram�tica filos�fica, y lo justifica as�:
Creo que pr�cticamente toda la metaf�sica tradicional est� llena de errores que se deben a la mala gram�tica, y que casi todos los problemas y resultados tradicionales de la metaf�sica se deben a no hacer, en lo que podemos llamar la gram�tica filos�fica, el tipo de distinciones de las que nos hemos ocupado en estas conferencias.
Y unos a�os despu�s, en un resumen de su teor�a, escribir�a:
Creo que la influencia del lenguaje en la filosof�a ha sido profunda y casi no reconocida. Para que esta influencia no nos extrav�e, es necesario que seamos conscientes de ella, y que deliberadamente nos preguntemos en qu� medida es leg�tima. En este aspecto, el lenguaje nos extrav�a por su vocabulario y por su sintaxis. Debemos estar en guardia sobre ambas cosas para que nuestra l�gica no nos conduzca a una falsa metaf�sica".
En cumplimiento de estas advertencias, Russell desarrollar� un tipo de an�lisis del lenguaje que aspira a poner de manifiesto sus imperfecciones l�gicas, contrast�ndolas con las cualidades de un lenguaje l�gicamente perfecto.
�C�mo debe ser un lenguaje �l�gicamente perfecto�? Lo primero que Russell va a decir hace referencia no tanto al lenguaje en s� y a su estructura formal cuanto a la relaci�n entre el lenguaje y la realidad. La primera condici�n para que un lenguaje sea l�gicamente perfecto es una condici�n sem�ntica: que las palabras de cada proposici�n correspondan una por una a los componentes del hecho correspondiente. Se except�an palabras tales como �o�, �no�, �si... entonces�, las cuales tienen una funci�n diferente, es decir, carecen de conexi�n directa con la realidad; son las palabras que expresan modos de componer oraciones, y que pueden traducirse a functores l�gicos, y que, naturalmente, est�n incluidas en lo que antes hemos llamado �t�rmino sincategorem�ticos�. Queda as� establecido por Russell el principio de isomorf�a sem�ntica: �en un lenguaje l�gicamente perfecto habr� una sola palabra para cada objeto simple, y todo lo que no sea simple ser� expresado por una combinaci�n de palabras...�. Un lenguaje semejante tiene la ventaja de que muestra a simple vista la estructura l�gica de los hechos que afirman o niegan. Seg�n Russell, de esta clase pretende ser el lenguaje de los Principia Mathematica, con la �nica diferencia de que este lenguaje posee sintaxis, pero carece de vocabulario: es el tipo de lenguaje que, si le a�adi�ramos un vocabulario, ser�a un lenguaje l�gicamente perfecto�.
Pero hay que entender adecuadamente lo que Russell quiere decir. Los Principia Mathematica, como todo c�lculo l�gico, tienen su vocabulario, a saber, el conjunto de signos con los que se componen sus f�rmulas en aplicaci�n de sus reglas. Pero lo que Russell quiere dar a entender es que un lenguaje l�gicamente perfecto podr�a ser un lenguaje que, poseyendo un vocabulario, no de signos l�gicos, sino de palabras, como las del lenguaje natural, tuviera una sintaxis, unas reglas de estructuraci�n y composici�n de oraciones, como las de aquel c�lculo l�gico. Los lenguajes naturales, las lenguas humanas, no son de esa manera. Y esto, que es una desgracia desde el punto de vista filos�fico, es una ventaja a efectos pr�cticos de comunicaci�n. A diferencia de un lenguaje l�gicamente perfecto, el lenguaje ordinario se caracteriza por la ambig�edad de sus palabras, de tal manera que, cuando alguien usa una palabra, no significa por medio de ella la misma cosa que otra persona. Esto, que a primera vista podr�a parecer un inconveniente, no lo es en realidad, y lo grave ser�a que todos los hablantes significaran con sus palabras las mismas cosas, pues la comunicaci�n resultar�a imposible.�Por qu�? Porque el significado que uno d� a sus palabras tiene que depender de la naturaleza de los objetos con los que est� familiarizado, y puesto que las diferentes personas est�n familiarizadas con diferentes objetos, no podr�n hablar entre s� a menos que den a sus palabras significados muy diferentes.
El significado depende del conocimiento por familiaridad o conocimiento directo, que Russell contrapone al conocimiento por descripci�n. El conocimiento directo excluye la mediaci�n de procesos de inferencia o de conocimiento de verdades. Los datos sensibles constituyen la apariencia de un objeto material, como color, forma, dureza, etc., son ejemplo de algo que se conocen directamente por familiaridad. El conocimiento del objeto como tal es, en cambio, un conocimiento por descripci�n: supone, no s�lo mis datos sensibles actuales, sino adem�s el recuerdo de otros, junto con el conocimiento de ciertas verdades f�sicas que est�n presupuestas por nuestro trato con los objetos materiales. Estos objetos no nos son, pues, conocidos directamente. Lo que conocemos directamente son los datos sensibles que ellos nos producen; los objetos, como tales, son s�lo construcciones l�gicas que hacemos sobre la base de nuestros datos sensibles, y los conocemos por descripci�n. El fundamento de nuestro conocimiento est�, por consiguiente, en el conocimiento directo, en la familiaridad. Pero �sta no se limita a los datos sensibles. Russell ampl�a el conocimiento directo a los recuerdos, con lo que la memoria resulta ser, adem�s de los sentidos, una v�a para tal conocimiento; e incluye asimismo, en aqu�l, los estados psicol�gicos propios, objeto de familiaridad por autoconciencia, aunque duda sobre si incluir tambi�n el propio yo. Y no s�lo son conocidos directamente estos fen�menos particulares; los conceptos universales son igualmente conocidos por descripci�n.
Del conocimiento directo quedan expl�citamente excluidos por Russell los objetos f�sicos, en cuanto distintos de los datos sensibles que producen, as� como los estados psicol�gicos ajenos. De aquello que conocemos, todo cuanto no es conocido por familiaridad es conocido por descripci�n, y esto se aplica tanto a los fen�menos particulares como a los conceptos universales. El conocimiento por descripci�n tiene una importante funci�n de permitirnos sobrepasar los l�mites de nuestra experiencia personal. Pero el conocimiento por familiaridad es la base de todo conocimiento, y a �l es reducible el conocimiento descriptivo, pues "toda proposici�n que podamos entender debe estar compuesta enteramente de constitutivos con los que estemos familiarizados". La raz�n de esto ya la hemos visto: el significado que demos a nuestras palabras ha de ser algo con lo que estemos familiarizados.
La primera gran obra de Wittgenstein es el Tractatus Logico-Philosophicus. Tanto las conferencias de Russell (La filosof�a del atomismo l�gico) como el Tractatus de Wittgenstein contienen una nueva doctrina metaf�sica del mundo, una visi�n considerablemente abstracta de la naturaleza y de la composici�n �ltima de la realidad.
Russell afirma que no hay un �nico concepto de significado, pues hay variadas relaciones entre los s�mbolos y lo representado por estos. En particular, la relaci�n entre un nombre propio y el objeto nombrado por �ste, y la relaci�n entre una oraci�n y lo que �sta representa son de �ndole totalmente diferente. Russell y Wittgenstein cuestionan las bases que Frege hab�a sostenido en su an�lisis del lenguaje; as�, cuestionan el que las frases asert�ricas o declarativas refieran a valores de verdad, que toda expresi�n saturadasea nombre de algo (este principio se recusa para que en nuestra descripci�n del mundo no exista algo tal como el cuadrado redondo), ... Incluso los nombres propios no son sino descripciones definidas abreviadas que indican la cosa nombrada sin a�adir informaci�n alguna sobre �sta.
De lo que se trata es de distinguir entre la funci�n de nombrar o referir y la funci�n de describir o representar la realidad. La primera es propia de los nombres, y la segunda de las oraciones (proposiciones).
El Tractatus contiene la teor�a figurativa del significado, o del sentido. Seg�n ella, una proposici�n es una figura (o representaci�n) de una parcela de la realidad. Una proposici�n es una figura (una especie de mapa o dibujo peculiar) de una situaci�n real (es decir, existente) o hipot�tica.
2.11 La figura representa los estados de cosas en el espacio l�gico, la existencia y no existencia de los hechos at�micos
Comprender una proposici�n es conocer la situaci�n o el estado de cosas que representa. Ser figura de una situaci�n es lo mismo que describirla o ser un modelo de ella
4.023 La proposici�n es la descripci�n de un estado de cosas
4.024 Entender una proposici�n quiere decir, si es verdadera, saber lo que acaece
Quien entiende lo que dice una proposici�n sabe qu� hecho describe esta proposici�n. En una proposici�n construimos una situaci�n a modo de experimento, creamos un mundo con la ayuda de un armaz�n o andamiaje l�gico, formado por palabras con significado.
4.023 La proposici�n construye un mundo con la ayuda de un armaz�n l�gico; por ello es posible ver en la proposici�n, si es verdadera, el aspecto l�gico de la realidad
Es de este modo que las proposiciones son modelos, son reproducciones de hechos o de situaciones imaginadas, forjadas a base de los recursos que nuestro lenguaje pone a nuestra disposici�n. Wittgenstein explica c�mo una proposici�n es figura de la realidad. Parte de dos premisas: la primera es que una proposici�n es algo articulado l�gicamente (como una pieza musical en la cual su composici�n exige un plan). La proposici�n ser�a un signo articulado.
4.032 La proposici�n es una figura de un estado de cosas s�lo en cuanto est� l�gicamente articulada
La segunda premisa es que una proposici�n, as� como el pensamiento que expresa, debe compartir con la situaci�n que describa una misma estructura, a la cual Wittgenstein denomina forma pict�rica o forma l�gica
2.1513 ... pertenece tambi�n a la figura la relaci�n figurativa que hace de ella una figura
2.1514 La relaci�n figurativa consiste en la coordinaci�n de los elementos de la figura y de las cosas
Proposici�n y realidad comparte algo: la forma l�gica. Hay dos correlaciones: a) la de los elementos de la proposici�n con cosas de la realidad, y b) la de las relaciones entre elementos de la proposici�n con relaciones entre las cosas de la situaci�n representada.
Veamos un ejemplo de su Diario filos�fico:
La proposici�n �A combate con B�. El nombre A corresponde en el hecho imaginado al combatiente A. El nombre b le corresponde al otro combatiente B, y, finalmente, a �combate con�, que conecta los nombres de la proposici�n, le corresponde en el hecho la relaci�n de �combatir con� que A mantiene con B. De esta manera la coordinaci�n entre proposici�n y estado de cosas es perfecta. De aqu� se deduce que la relaci�n entre los elementos de la proposici�n y los elementos de la realidad ha de ser isom�rfica. Hay un isomorfismo entre el lenguaje y la realidad.
Esto significa que a cada elemento de la proposici�n debe corresponderle un �nico elemento de la realidad, y �nicamente uno. Por otra parte, siempre que los elementos de una proposici�n guarden entre s� alguna relaci�n, sus im�genes (los correspondientes elementos de la realidad) deben guardar entre s� la relaci�n correspondiente.
Wittgenstein concibe el lenguaje como la totalidad de las proposiciones. Esto equivale a afirmar que el lenguaje es la totalidad de figuras de todas las situaciones existentes o inexistentes.
4.001 La totalidad de las proposiciones es el lenguaje
Ahora bien, si antes afirmaba que el lenguaje es figura o modelo de la realidad, habr� que determinar cuales son los correlatos extraling��sticos de la proposici�n. Los elementos de la proposici�n que tienen correlatos en el mundo o en las situaciones imaginarias son los signos simples o nombres. Su funci�n en la proposici�n es la de servir de representantes de objetos. Los nombres tienen significado, su significado es el objeto en lugar del cual est�n en la proposici�n. Son elementos simples que no se pueden analizar. Su significado lo obtienen en el contexto de la proposici�n. Toda proposici�n acerca de un complejo puede resolverse mediante el an�lisis en una proposici�n en la que todo lo esencial se diga mediante combinaci�n de nombres (no obstante, dentro de las proposiciones no todo son nombres, sino que hay tambi�n part�culas l�gicas que no son nombres de nada). Las proposiciones elementales son meras combinaciones de nombres. A una configuraci�n de nombres en la proposici�n le corresponde una configuraci�n de objetos en una situaci�n. Pero, �qu� son esos objetos? Antes que nada, decir que son simples, no compuestos. Son los �tomos, no f�sicos, sino l�gicos, del mundo (es decir, lo que el an�lisis del lenguaje exige). Son los �ltimos constituyentes de todo lo dem�s, y en especial de los hechos y situaciones posibles.
Cuando los objetos se combinan forman lo que Wittgenstein llama estados de cosas. A los signos le corresponden los objetos, y a las combinaciones de signos le corresponden los estados de cosas. S�lo falta que unas y otras combinaciones compartan una misma estructura formal para que el ajuste lenguaje-realidad sea perfecto.
La teor�a de los estados de cosas tiene dos consecuencias:
� con independencia de que las situaciones sean o no existentes, los objetos que las forman son inalterables, son lo que subsiste. La substancia del mundo.
2.021 Los objetos forman la sustancia del mundo, por eso no pueden ser compuestos
� una vez que se han dado todos los objetos, se han dado todas las posibles situaciones. Tan pronto como se ha fijado la totalidad de objetos, se ha determinado tambi�n qu� puede y qu� no puede entrar en el conjunto de los posibles estados de cosas.
De entre los estados de cosas, algunos existen y otros no. La realidad est� configurada por la existencia y la no existencia de los estados de cosas.
1. El mundo es todo lo que acaece
1.1 El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas
2. Lo que acaece, el hecho, es la existencia de los estados de cosas
El mundo que dibuja el Tractatus es la suma total de la realidad, la suma total de unos y otros estados de cosas. El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas
1.13 Los hechos, en el espacio l�gico, son el mundo
El espacio l�gico es el espacio de todos los mundos posibles. En este espacio, nuestro mundo, el mundo est� un�vocamente determinado por la existencia de algunos estados de cosas y por la inexistencia de los restantes. Si otros hubiesen sido los estados de cosas existentes, otro hubiera sido el mundo. Todas estas alternativas al mundo son denominadas mundos posibles. El espacio l�gico es el conjunto de todos los mundos posibles, as� como del mundo real.
Para Wittgenstein, el sentido de una proposici�n es la situaci�n que describe.
2.22 La figura representa lo que representa, independientemente de su verdad o falsedad, por medio de la forma de figuraci�n
4.06 La proposici�n puede ser verdadera o falsa s�lo en cuanto es figura de la realidad
Con estas nociones podemos caracterizar el espacio l�gico. Si la realidad pudiese ser descrita por una sola proposici�n tendr�amos:
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P |
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V |
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F |
Esto implica que �p� describe dos mundos posibles: uno en el que la proposici�n es verdadera y otro en el que es falsa. Si el mundo se describiera con dos proposiciones (por ejemplo P.1 �Hay orqu�deas que viven enterradas� y P.2 �Marlowe escribi� Otelo�) tendr�amos:
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P |
Q |
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V |
V |
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V |
F |
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F |
V |
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F |
F |
En general, podemos decir que el espacio l�gico es el conjunto de posibilidades que podr�a tener el mundo cuando puede ser descrito de acuerdo con un n�mero fijo de proposiciones elementales. El espacio l�gico correspondiente a un n�mero de proposiciones es lo que representa la tabla de atribuci�n de los valores de verdad formada por todas las asignaciones de verdad simult�neas a las n proposiciones. Una vez dado un lenguaje (un conjunto de proposiciones) el espacio l�gico correspondiente a este lenguaje contiene todo aquello que puede decirse con sentido mediante el lenguaje
2.202 La figura representa un estado de cosas posible en el espacio l�gico
M�s all� de este espacio l�gico no queda ya nada que el lenguaje pueda representar
Para Wittgenstein s�lo los hechos pueden ser figuras de estados de cosas. El lenguaje pertenece al mundo, de ah� que deba haber alg�n error en esa imagen en la que el lenguaje y el mundo son cosas separadas y contrapuestas. El error radica en vernos a nosotros mismos fuera del mundo y fuera del lenguaje. No existe ese lugar fuera del mundo y del lenguaje. Por otra parte, no podemos decir por medio de nuestro lenguaje cual es la estructura o forma l�gica de las proposiciones y, por consiguiente, tampoco podemos decir cual es la forma l�gica o estructura de la realidad. Para hacer esto tendr�amos que salirnos de la l�gica y del mundo, y esto no puede hacerse. La l�gica traza los l�mites del pensamiento humano, haciendo que �ste sea posible.
5.61 La l�gica llena el mundo; los l�mites del mundo son tambi�n sus l�mites.
Nosotros no podemos, pues, decir en l�gica: en el mundo hay esto y lo de m�s all�; aquello y lo otro, no.
Esto parece, aparentemente, presuponer que excluimos ciertas posibilidades, lo que no puede ser, pues, de lo contrario, la l�gica saldr�a de los l�mites del mundo; esto es, siempre que pudiese considerar igualmente estos l�mites tambi�n desde el otro lado.
Lo que no podemos pensar no podemos pensarlo. Tampoco, pues, podemos decir lo que no podemos pensar.
Salirse de la l�gica ser�a poder pensar lo il�gico, lo cual no es posible. Los frutos del pensar son las proposiciones. Si el lenguaje es la totalidad de las proposiciones con sentido, salirse de la l�gica es salirse del lenguaje, y los l�mites del lenguaje son los l�mites del mundo. El lenguaje define el espacio de todas las situaciones descritas por �l. Por eso es un l�mite. Para Wittgenstein si se nos preguntase c�mo ser�a un mundo il�gico, no podr�amos decirlo.
Aunque no pueda decirse cual es la forma l�gica de una proposici�n, nuestro lenguaje muestra esas cosas. El lenguaje no hace factible decirlas, pero unas y otras encuentran reflejo, se manifiestan en �l. El lenguaje dicta las condiciones bajo las cuales es posible el mundo y bajo las cuales hablamos del espacio l�gico. La principal consecuencia del Tractatuses la de investigar sistem�ticamente las conexiones entre lenguaje y realidad, es decir, la imposibilidad de la teor�a sem�ntica. Esas conexiones entre nombres y objetos, entre proposiciones y situaciones, pueden aprenderse, pues se reflejan en el lenguaje y en el uso que hacemos de �l.
Wittgenstein propone un criterio para distinguir las proposiciones con sentido de las que no lo tienen:
6.53 El verdadero m�todo de la filosof�a ser�a propiamente este: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural � algo, pues, que no tiene nada que ver con la filosof�a �; y siempre que alguien quisiera decir algo de car�cter metaf�sico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones. Este m�todo dejar�a descontentos a los dem�s � pues no tendr�an el sentimiento de que est�bamos ense��ndoles filosof�a �, pero ser�a el �nico estrictamente correcto
La filosof�a, pues, no es el conjunto de proposiciones verdaderas. La totalidad de las proposiciones verdaderas constituyen la ciencia natural. La misi�n de la filosof�a es explorar esa posibilidad del espacio l�gico que es el mundo. La filosof�a es un esclarecimiento l�gico del pensamiento, a saber, el an�lisis l�gico del lenguaje.
El lenguaje oculta o disfraza el pensamiento. La filosof�a est� plagada de errores debido a la equivocidad de los signos. Hay que construir un sistema de signos regido por una adecuada sintaxis l�gica en la que a cada s�mbolo le corresponda �nicamente un signo. Desde un punto de vista filos�fico, perseguir un sistema as� es uno de los objetivos del an�lisis l�gico. La filosof�a tiene que fijar las fronteras del pensamiento (y de la ciencia natural), es decir, especificar las condiciones de lo que puede decirse.
Una consecuencia de esta concepci�n es que las proposiciones �ticas son imposibles.
6.421Es claro que la �tica no se puede expresar.
La �tica es trascendental
(Etica y est�tica son lo mismo)
Por ejemplo, si yo digo que es bueno moralmente honrar a los padres, esta proposici�n es ilocalizable en el espacio l�gico, ya que esta afirmaci�n no describe ning�n hecho del mundo. Los valores morales o �ticos no son cualidades del mundo. Una m�xima moral pretende ver el mundo desde fuera y compararlo con otros mundos posibles. Pero esto no puede hacerse ya que esto no lo podemos encontrar en el espacio l�gico.
6.422 El primer pensamiento que surge cuando se propone una ley �tica de la forma �t� debes� es: �y qu� si no lo hago?
La odisea del fil�sofo es que sus doctrinas han traspasado los l�mites del sentido. Para la filosof�a el �nico camino posible es el an�lisis l�gico.
6.521La soluci�n del problema de la vida est� en la desaparici�n de este problema
(�No es �sta la raz�n de que los hombres que han llegado a ver claro el sentido de la vida, despu�s de mucho dudar, no sepan decir en qu� consiste este sentido?)
6.54 Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprende haya salido a trav�s de ellas fuera de ellas. (Debe, pues, por as� decirlo, tirar la escalera despu�s de haber subido).
Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visi�n del mundo
7. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse
El Tractatus influy� en un numeroso grupo de fil�sofos: Moritz Schlick, Otto Neurath, Hans Hahn, Rudolf Carnap y Hans Reichenbach, conocidos o agrupados bajo el nombre de C�rculo de Viena. Para el Tractatusel mundo est� compuesto de hechos. Estos a su vez contienen a los objetos que son simples, �tomos l�gicos. Pero, �qu� son esas clases de objetos del Tractatus? Wittgenstein no respondi�, pero Russell ten�a preparada la respuesta. Estos �ltimos elementos a los que conduce el an�lisis l�gico son cosas tales como peque�as manchas de color o sonidos, cosas fugaces y moment�neas (sense-data). Russell denomina a estas cosas particulares. Los particulares son los datos de la sensaci�n, experiencias visuales, auditivas, t�ctiles, transmitidas por nuestras terminaciones nerviosas. Los particulares son lo �nico que nos es dado conocer con certeza. A pesar de todo, los particulares son moment�neos y los objetos que consideramos en nuestra experiencia cotidiana, como un cuadro, son perdurables. Russell considera que exigir a lo real perdurabilidad en el tiempo es un prejuicio metaf�sico. Explicamos los objetos cotidianos mediante sus componentes �ltimos, los particulares. En el mismo sentido frente a lo cotidiano, las entidades que la ciencia postula (�tomos, genes, ...) son ficciones, pero desempe�an un papel importante en el conocimiento humano. Russell cree que mediante los particulares se puede armonizar la imagen del mundo dada por la psicolog�a y por la f�sica. La f�sica nos presenta un mundo que va m�s all� del sentido com�n. El mundo est� formado no s�lo por objetos f�sicos de tama�o medio, sino tambi�n por entidades inobservables: c�lulas, part�culas,..., que son reales. Los subjetivo es irrelevante para la comprensi�n de nuestro mundo.
Para el psic�logo lo que vemos u o�mos depende en gran parte de nuestra constituci�n f�sica, de modo que nuestras convicciones acerca del mundo dependen o se hallan condicionadas por nuestros �rganos sensoriales. La psicolog�a ense�a, pues, la subjetividad de nuestras experiencias del mundo.
Russell intenta armonizar estas dos visiones diciendo que tanto los objetos cotidianos como los que introduce el f�sico, son construcciones l�gicas elaboradas a partir del material inicial que son los particulares (que son los elementos �ltimos de nuestra experiencia).
En mi interpretaci�n del mundo, yo conecto unos particulares con otros en virtud de relaciones que se dan entre ellos. Una de las m�s importantes es la semejanza. Agrupo los particulares en cuerpos en funci�n de cuan semejantes son los unos con los otros, y los tomo como apariencias distintas de la misma entidad. Russell compara cualquier entidad que se construya l�gicamente a partir de un conjunto de particulares con la imagen de un hombre en una pantalla cinematogr�fica: parece que es un hombre en acci�n lo que est� siendo proyectado, mientras que s�lo se trata de una sucesi�n de im�genes fotogr�ficas sin movimiento alguno. La ilusi�n de persistencia la produce la r�pida sucesi�n de distintas im�genes. An�logamente, los libros, cuadros, las part�culas elementales, ..., son ficciones l�gicas: conjuntos de particulares que guardan entre s� diversas relaciones y que se agrupan como si por debajo de ellas hubiera una entidad subsistente. El cuadro no es algo real, sino una construcci�n l�gica llevada a cabo con el material de mis terminaciones nerviosas y de otras personas. El f�sico y el psic�logo hablan del mismo mundo, pero el f�sico construye objetos con los particulares de diferentes personas, mientras que el psic�logo con perspectivas, es decir, con las experiencias de un solo sujeto X en un instante del tiempo t.
Russell, con su teor�a de los particulares, introduce un cambio importante; intenta lograr una mayor claridad en la descripci�n del mundo, y para ello propone el llamado programa fenomenista, que tratar�a de mostrar que todo lo que decimos acerca del mundo son afirmaciones complejas en las cuales s�lo se barajan los datos de la realidad.
Carnap dio al m�todo constructivo de Russell un nuevo valor. Se tratar�a de reducir toda afirmaci�n referida a ficciones l�gicas a una que versara �nicamente sobre particulares. En Los pseudoproblemas de la filosof�aCarnap distingue cuatro tipos de objetos:
- Nivel 1: autopsicol�gicos: coincidir�an con los particulares
- Nivel 2: objetos f�sicos: un cuadro colgado frente a m�
- Nivel 3: objetos de la vida ps�quica de los dem�s (heteropsicol�gicos)
- Nivel 4: productos culturales: Constituci�n de C�diz.
Se tratar�a de reducir los objetos culturales a heteropsicol�gicos, estos a f�sicos y por �ltimo estos a autopsicol�gicos. Lo importante es traducir los enunciados de un nivel a los de otro nivel inmediatamente inferior (lenguaje fenomenalista). Si damos el nombre de significado emp�rico a la informaci�n que transmite una oraci�n acerca del mundo, se identifica el significado emp�rico de un enunciado con la informaci�n que transmite su traducci�n a un lenguaje fenomenalista. Es decir, se traduce el lenguaje a las puras sensaciones. Para Wittgenstein, comprender una proposici�n significa saber lo que es el caso, saber si es verdadera. Esto se puede interpretar como una relaci�n entre proposiciones y estados de cosas. Pero el neopositivismo lo entendi� de otro modo: comprender una proposici�n es conocer qu� experiencias sensoriales nos llevar�an a juzgarla verdadera. El sentido de una proposici�n lo constituir�an aquellas experiencias que nos permitir�an verificarla. Se ha cambiado la noci�n de verdad por la de verificaci�n. La condici�n de verdad es diferente a la de verificaci�n (aunque ambas est�n relacionadas). Una cosa son las condiciones que hacen realmente a un enunciado verdadero y otra cosa es la condici�n de verificalibilidad, que remite a una experiencia realizada por un sujeto.
En el Tractatus, se dice que una proposici�n tiene significado si representa un estado de cosas en el espacio l�gico; pues bien, el principio de verificabilidad, en su versi�n fuerte, parte de que los objetos del mundo son datos sensoriales, y, llevando a cabo el programa fenomenalista, exige que una proposici�n tenga significado emp�rico s�lo si tiene un equivalente en un lenguaje de sensaciones. El principio de verificabilidad se fue atemperando y, para Carnap, por ejemplo, el principio significar�a determinar las experiencias que confirmar�an una proposici�n, en el sentido de que fuera probable su verdad (no hay verificaci�n definitiva, hay conocimiento de las circunstancias que confirmar�an la verdad de una proposici�n). La confirmaci�n remite a que las leyes cient�ficas hablan con proposiciones universales, mientras que nuestras experiencias nos remiten a lo singular. Por muchas experiencias que tengamos, la confirmaci�n absoluta es imposible. Por eso se hablar� del grado de confirmaci�n de la proposici�n, o de su probabilidad.
El principio de verificaci�n lleva a la conclusi�n de que la filosof�a no es un conjunto de proposiciones con significado emp�rico, pues el conjunto de todas las proposiciones con significado emp�rico constituye la ciencia (v�ase el Tractatus). Ahora bien, hay otro campo del conocimiento que no tiene significado emp�rico, �ste es el de la l�gica y las matem�ticas. El problema es diferencias estas disciplinas de la metaf�sica (cuyas proposiciones, adem�s de no tener significado emp�rico alguno, son pseudoproblemas). Hume hab�a distinguido entre afirmaciones de hecho y aquellas otras cuya verdad depende de relaciones entre ideas. En estas �ltimas se puede determinar la verdad o falsedad de la proposici�n por la mera operaci�n del pensamiento. Wittgenstein llam� a la relaciones entre ideas tautolog�as(proposiciones l�gicas y matem�ticas) y las tautolog�as no dicen nada sobre el mundo. Las proposiciones l�gicamente verdaderas son anal�ticas (no dependen de la experiencia). Las tautolog�as no pueden ser confirmadas ni refutadas por la experiencia; al no comprometerse con la verdad de ning�n estado de cosas, ning�n posible estado de cosas puede entrar en conflicto con ellas. En sentido estricto, ni tautolog�as (proposiciones que siempre son verdaderas), ni contradicciones, son proposiciones, pues las proposiciones son figuras de la realidad, mientras que aquellas no representan ninguna posible situaci�n en particular. Las tautolog�as las representan todas, las contradicciones ninguna. Siendo m�s estrictos, podr�amos decir que la tautolog�a no es una combinaci�n de signos; es un caso l�mite de combinaci�n, como lo ser�a la contradicci�n.
La l�gica no versa sobre objetos, sino sobre el lenguaje que hace posible hablar de esos objetos mediante proposiciones con significado emp�rico. Las tautolog�as expresan las reglas que rigen la aplicaci�n de las palabras a los hechos. La tautolog�a es verdadera en virtud de las constantes l�gicas que en ella aparecen. L�gica y matem�tica son parte de la empresa gramatical que se requiere para poder despu�s representar el mundo. Para los empiristas l�gicos no hay proposiciones sint�ticas a priori al modo de Kant. Las proposiciones a priori (l�gica y matem�tica), verdaderas con independencia del mundo, son necesarias porque la �nica necesidad del conocimiento humano es ling��stica. Hay pues dos tipos de proposiciones: sint�ticas, que nos informan de c�mo est�n las cosas y ampl�an nuestro conocimiento del mundo; anal�ticas, que dependen de los significados de ciertas constantes l�gicas y no hablan del mundo. La verdad de las proposiciones sint�ticas descansa en el lenguaje y el mundo, la de las anal�ticas s�lo en el lenguaje.
Para el empirismo l�gico, ni la �tica ni la metaf�sica son verdades sint�ticas; pero tampoco son verdades anal�ticas; de donde se deduce que las proposiciones metaf�sicas y �ticas carecen de sentido (son pseudoproposiciones). El principio de verificaci�n exige que el significado de una proposici�n sea aquello que supondr�a su verificaci�n. Pues bien, �tica y metaf�sica son inverificables y, por tanto, carecen de sentido.
Con el lenguaje podemos hacer dos cosas:
- describir o dar informaci�n acerca del mundo
- usarlo para dar salida a nuestros sentimientos, crear estados de �nimo.
Etica y metaf�sica pertenecen a la esfera expresiva del lenguaje. La ciencia emp�rica se mueve dentro de las coordenadas de la funci�n representativa o descriptiva del lenguaje.
De este an�lisis se deduce que para los empiristas l�gicos la filosof�a es una actividad. El objetivo filos�fico ser�a, no el de determinar la verdad o falsedad de las proposiciones de la ciencia emp�rica, sino la b�squeda de significado, las b�squeda de las condiciones de verificaci�n de las proposiciones cient�ficas. La filosof�a se convierte en la l�gica de la ciencia. La filosof�a es un m�todo de an�lisis l�gico; el an�lisis filos�fico es el an�lisis sint�ctico del lenguaje cient�fico. La filosof�a tendr�a que someter a an�lisis el lenguaje cient�fico y pasar las proposiciones de un modo material de hablar a un modo formal.
Por ejemplo: - 5 no es una cosa, es un n�mero
- �5� no es un nombre de objeto, sino un nombre num�rico.
Ryle critica la teor�a cartesiana de que el cuerpo es una m�quina sujeta a leyes mec�nicas, y que la mente humana est� compuesta por otra sustancia que perdura y que el mundo mental es un mundo privado. El cuerpo ser�a un artefacto y la mente el fantasma en su interior. Ryle intenta librarse de la concepci�n cartesiana y de la de Russell que sostiene que lo f�sico y lo mental son organizaciones distintas de una misma sustancia (los particulares). Para Russell, los particulares son algo extramental. Pero lo natural ser�a verlos como algo privado en la interacci�n del mundo f�sico con mis terminaciones nerviosas. Entonces los particulares tendr�an la estigmatizaci�n de lo mental (cosa que un materialista combatir�a).
Schlick hab�a rechazado que las cualidades sensoriales entraran a formar parte de la descripci�n del mundo que dan las teor�as f�sicas. No obstante, para �l no se trata de dos realidades, sino de una, designada por dos sistemas conceptuales diferentes: el f�sico y el psicol�gico. Schlick identifica la mente con el cerebro y as� explica nuestra incapacidad verbal al ser da�ado el n�dulo occipital. Se reduce lo mental a lo fisiol�gico. Pero esta tesis fue un revulsivo para el empirismo l�gico. Este reduccionismo ten�a dos inconvenientes: 1) no hay conocimiento tal que nos lleve a correlacionar cada acto mental con su correspondiente estado fisiol�gico del cerebro; 2) un lenguaje as� ser�a un lenguaje fisicalista, con lo cual se echaba por tierra el programa fenomenista.
El empirismo l�gico acept� un lenguaje fisicalista y la soluci�n de Carnap fue la siguiente: un lenguaje fisicalista es p�blico, y tiene que remitir a cosas observables. En este sentido, no remite solo a la neurofisiolog�a, sino que se puede hacer una reducci�n de lo mental a una ciencia del comportamiento, hacer una ciencia de lo mental en lenguaje fisicalista. Si yo digo que �x est� ruborizado� describo ese estado mental mediante proposiciones verificables (pulso, rubor de la cara, comportamiento an�malo, ...).
Como Carnap, Ryle est� de acuerdo con la opci�n conductista, los episodios mentales no son algo distinto de los actos y las disposiciones de las personas. No hay dimensi�n oculta ajena a la conducta que sea propia de lo mental (adem�s del guante derecho y del izquierdo no existe �el par de guantes�).
Para Ryle, cuando ejercemos nuestras capacidades intelectuales, por citar una parte de la vida mental, no nos referimos a episodios ocultos que originan nuestras manifestaciones ling��sticas o nuestros actos p�blicos, sino a las manifestaciones y actos p�blicos mismos. El error consiste en que duplicamos el mundo f�sico, con sus causas mec�nicas y su dimensi�n espacial, hasta obtener otro mundo distinto, con sus leyes y observadores propios. Las palabras se remiten a la conducta humana. Describir las operaciones mentales de una persona no es describir otro orden de realidades. Es describir c�mo se comportan los seres humanos en circunstancias reales e hipot�ticas de muchos tipos.
En el Tractatus Wittgenstein distingu�a �nicamente dos relaciones sem�nticas, la nominaci�n y la descripci�n figurativa. La primera era propia de las expresiones nominales y la segunda de las proposiciones. Wittgenstein fue abandonando la idea de que �stas son las dos �nicas funciones semi�ticas de los signos ling��sticos. En efecto, que una expresi�n nominal denomine realmente un objeto (en el seno de una proposici�n) no depende de la propia naturaleza del nombre, sino de factores externos a sus propiedades estrictamente ling��sticas. Que un nombre denomine efectivamente un objeto depende de su aplicaci�n como nombre, y �sta no est� en una relaci�n internacon el nombre, sino que es externa a �l, puesto que depende de que efectivamente tal nombre sea utilizado en una ocasi�n concreta, con el prop�sito de nombrar un objeto. El supuesto de que los nombres se refieren a objetos independientes de los prop�sitos de su utilizaci�n, y de que �ste es un hecho b�sico en el proceso de aprendizaje del lenguaje, es el primero de los cuestionados por Wittgenstein en las Investigaciones. Con ello, Wittgenstein critic� toda una tradici�n filos�fica occidental. De acuerdo con esta tradici�n, los signos significan porque est�n en lugar de aquello que designan; su significaci�n consiste en sustituir realidades; comprenderlos equivale a advertir que est�n en lugar de esas realidades. La nueva teor�a del lenguaje que Wittgenstein esboz� en las Investigaciones consiste en la propuesta de un nuevo modo de entender lo que es la significaci�n de un signo y su comprensi�n.
La estrategia seguida por Wittgenstein fue la siguiente: a) imaginar un conjunto de circunstancias comunicativas para las que fuera verdadera la imagen tradicional, la concepci�n nominativa del lenguaje; b) demostrar que el uso nominativo del lenguaje en esas circunstancias est� intr�nsecamenteunido a ellas, esto es, que s�lo adquiere sentido en el seno de la situaci�n descrita; c) mostrar que este hecho, la conexi�n entre lenguaje y situaciones concretas, no s�lo es lo que da sentido a la funci�n ling��stica nominativa, sino tambi�n a cualquier funci�n ling��stica, de hecho tantas como (tipos de) situaciones imaginables en que se pueda o deba utilizar el lenguaje. El prop�sito tras esta estrategia expositiva y argumentativa era claro: demostrar que lo que el Tractatus y la tradici�n ling��stica consideraban esencial en el lenguaje no lo es en absoluto; que constituye una extrapolaci�n abusiva de un juego sem�ntico muy simple, el de nombrar objetos.
#2. [�] Ese concepto filos�fico del significado reside en una imagen primitiva del modo y manera en que funciona el lenguaje. Pero tambi�n puede decirse que es la imagen de un lenguaje m�s primitivo que el nuestro.
#3. [�] Esto debe decirse en muchos casos en que surge la cuesti�n: �Es esta representaci�n apropiada o inapropiada? La respuesta es entonces: S�, apropiada, pero s�lo para este dominio estrictamente circunscrito, no para la totalidad de lo que pretendemos representar.
El juego nominativo no tiene un car�cter paradigm�tico, ni es esencial a la comunicaci�n ling��stica: est� al mismo nivel que otras formas de utilizar el lenguaje para la comunicaci�n.
Tampoco el juego nominativo es esencial para el aprendizaje ling��stico, ni siquiera primario: de hecho, la imagen tradicional de lo que es aprender un lenguaje implica una circularidad. En efecto, si concebimos que el aprendizaje consiste en pensar (decirse) que ciertas palabras corresponden con objetos, el propio aprendizaje supone ya una forma de lenguaje, siquiera muy primitivo. Para aprender el lenguaje, el ni�o ya ha de dominar alguno.
#26. Se piensa que aprender el lenguaje consiste en dar nombres a objetos, a saber: a seres humanos, formas, colores, dolores, estados de �nimo, n�meros, etc. Como se dijo: nombrar es algo similar a fijar un r�tulo en una cosa. Se puede llamar a esa una preparaci�n para el uso de una palabra. �Pero para qu� es una preparaci�n?
La imagen alternativa que presenta Wittgenstein subraya el aspecto social de tales juegos. Lo esencial es que el ni�o aprende a nombrar como una forma de comportamiento en un entorno social que le proporciona aprobaci�n o reprobaci�n. Practicar o dominar tales juegos elementales no es en principio diferente de la adquisici�n de otros h�bitos o t�cnicas que se aprenden en el mismo lecho social. Cuando el ni�o aprende a nombrar un objeto no est� aprendiendo en realidad lo que es la denominaci�n. Eso suceder� despu�s, cuando vaya adquiriendo conciencia de la heterogeneidad de los fines para los cuales se puede emplear el lenguaje. Lo que est� aprendiendo es una forma (correcta, recompensada) de comportarse respecto a los objetos.
#6 [�] Los ni�os son educados para realizar estas acciones, para usar con ellas estas palabras y para reaccionar as� a las palabras de los dem�s.
Es una idea fundamental de las Investigaciones que aprender el significado del nombre no consiste en evocar las correspondientes im�genes o cualquier otro fen�meno mental concomitante. Aprender el significado de una palabra consiste en aprender una forma de conducta que, en diferentes individuos, puede estar asociada a diferentes representaciones o procesos psicol�gicos. Pero la referencia a hechos psicol�gicos no puede constituir una explicaci�n de la homogeneidad necesaria para que se produzca la comunicaci�n.
La clave de la nueva concepci�n de Wittgenstein es la noci�n general de juego y, en particular, la de juego ling��stico o juego de lenguaje.
Wittgenstein emple� la expresi�n �juego de lenguaje� con acepciones ligeramente diferentes, ya fuera para designar modelos simplificados de comportamiento ling��stico, como ciertos sistemas de comunicaci�n inventados por �l, ya fuera para indicar actividades ling��sticasreales, descritas con especificaci�n de las circunstancias en que se producen.
#7. Podemos tambi�n imaginarnos que todo el proceso de uso de palabras en (2) [el juego nominativo] es uno de esos juegos por medio de los cuales aprenden los ni�os su lengua materna. Llamar� a esos juegos �juegos de lenguaje� y hablar� a veces de un lenguaje primitivo como un juego de lenguaje.
Y los procesos de nombrar las piedras y repetir las palabras dichas podr�an llamarse tambi�n juegos de lenguaje. Piensa en muchos usos que se hacen de las palabras en juegos de corro.
Llamar� tambi�n �juego de lenguaje� al todo formado por el lenguaje y las acciones con las que est� entretejido
Ello es as� porque la noci�n de juego no s�lo tiene un aspecto metodol�gicamente descriptivo (nos sirve para describir situaciones), sino tambi�n una dimensi�n heur�stica: como los modelos simplificados de otros �mbitos de la ciencia, nos permite captar con claridad los mecanismos esenciales de los fen�menos que estamos tratando de explicar.
Cuando se utiliza la noci�n de juego para entender nuestro lenguaje, lo primero que viene a la mente es la multiplicidad de clases de juegos. �Sucede lo mismo con nuestro lenguaje? Wittgenstein pens� que as� era, que �se es uno de los rasgos en que son similares los juegos y el lenguaje humano: son internamente heterog�neos.
#43. �Pero cu�ntos g�neros de oraciones hay? �Acaso aserci�n, pregunta y orden? Hay innumerables g�neros: innumerables g�neros diferentes de empleo de todo lo que llamamos �signos�, �palabras�, �oraciones�. Y esta multiplicidad no es algo fijo, dado de una vez por todas, sino que nuevos tipos de lenguaje, nuevos juegos de lenguaje, como podemos decir, nacen y otros se olvidan.
Captar el papel significativo de una expresi�n no equivale a ser consciente de algo tan abstracto como su virtualidad denominativa: supone el conocimiento concreto de su funci�n en un juego de lenguaje, o en varios. Wittgenstein critic� en las Investigaciones la concepci�n m�gicade la denominaci�n, una concepci�n que concibe la conexi�n establecida entre la palabra y la realidad como un v�nculo secreto y esencial.
#38. [�] Si no se quiere provocar confusi�n, es mejor que no se diga en absoluto que estas palabras [�esto�, �eso�] nombran algo. Y, curiosamente, se ha dicho una vez de la palabra �esto� que es el nombre genuino. De modo que todo lo dem�s que llamamos �nombres� lo son s�lo en un sentido inexacto, aproximativo.
Esta extra�a concepci�n proviene de una tendencia a sublimar la l�gica de nuestro lenguaje [�].
Esto est� conectado con la concepci�n del nombrar como un proceso oculto, por as� decirlo. Nombrar aparece como una extra�a conexi�n de una palabra con un objeto [�].
En particular sus cr�ticas estaban dirigidas contra la idea de que existen expresiones l�gicamente simples y b�sicas en todo lenguaje, que establecen una relaci�n directa e inefable con la realidad. La falsa concepci�n del lenguaje b�sico es fruto de la forma peculiar de equivocarse los fil�sofos. La confusi�n filos�fica consiste generalmente en extraer una expresi�n o conjunto de ellas del juego de lenguaje en el que tienen su propio sentido, y extrapolarlas a otro �mbito distinto, con pretensiones de generalidad o esencialidad.
#38. Pues los grandes problemas filos�ficos surgen cuando el lenguaje hace fiesta. Y ah� podemos figurarnos ciertamente que nombrar es alg�n acto mental notable, casi un bautismo de un objeto. Y podemos tambi�n decirle la palabra �esto� al objeto, dirigirle la palabra �un extra�o uso de esta palabra que probablemente ocurra s�lo al filosofar.
Esta ileg�tima b�squeda de generalidad es el velo que impide ver la esencial complejidad y heterogeneidad del lenguaje, que no es sino una consecuencia de la heterogeneidad y complejidad de las formas en que vivimos.
La noci�n de juego de lenguaje en las Investigacioneses correlativa con la de forma de vida.
#19. Puede imaginarse f�cilmente un lenguaje que conste s�lo de �rdenes y parte de batalla �o un lenguaje que conste s�lo de preguntas y de expresiones de afirmaci�n y de negaci�n. E innumerables otros� e imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida.
Tanto los juegos de lenguaje como las formas de vida que Wittgenstein pone como ejemplos tienen una funci�n metodol�gica. Est�n tra�dos a colaci�n en la medida en que ilustran mecanismos y conexiones que se dan en las situaciones reales de comunicaci�n, en general mucho m�s complejas. Por muy simples que parezcan, cumplen una misi�n fundamental en la concepci�n wittgensteiniana: hacen ver en una forma muy esquematizada la complejidad de nuestros usos ling��sticos y la estrecha conexi�n que tienen �stos con nuestras acciones sociales. No quiere esto decir que pongan de relieve ninguna �esencia� o l�gica interna del lenguaje, general a todos los usos ling��sticos. Nada m�s contrario ni que m�s repugne a Wittgenstein en esta etapa que el ansia de generalidad. Los juegos de lenguaje mencionados no son sino una muestra de la inabarcabilidad de las formas en que utilizamos realmente el lenguaje. Ponen de relieve ante todo que, cuando preguntamos por el significado de una expresi�n, es in�til que demos vueltas tratando de encontrar una realidad (un objeto, un hecho) a que corresponda la expresi�n. Luchar contra esa imagen, la de que existe un reino de objetos no ling��sticos y otro de expresiones ling��sticas, y que la significaci�n consiste en la relaci�n entre ambos �mbitos, es uno de los principales prop�sitos de las Investigaciones. La declaraci�n emblem�tica de la concepci�n que all� expone Wittgenstein es que el significado no es una cosa, sino un uso.
#43. Para una gran clase de casos de utilizaci�n de la palabra �significado� �aunque no para todos los casos de su utilizaci�n� puede explicarse esta palabra as�: el significado de una palabra es su uso en el lenguaje.
Una explicaci�n del significado de las expresiones ling��sticas implica tambi�n una descripci�n de actividades humanas, una especificaci�n de su funci�n en una determinada forma de vida. La explicaci�n del significado de ��jaque!� no puede consistir en se�alar una determinada posici�n de las fichas de ajedrez en el tablero, ni mucho menos indicar un estado mental de quien profiere la expresi�n; tal expresi�n tiene sentido s�lo cuando aclaramos cu�l es su papel dentro del juego, el del ajedrez, por ejemplo.
Desde el punto de vista gramatical, existen varios tipos de oraciones que se distinguen por caracter�sticas estructurales; pero lo que es importante para Wittgenstein es dilucidar si los tipos de oraciones determinan tipos de significado, clases homog�neas de uso. La respuesta es rotundamente negativa: las aparentes homogeneidades estructurales esconden una infinita variedad de usos, unas indeterminadas posibilidades de que tales oraciones entren a formar parte de juegos ling��sticos. Lo interesante, en la medida en que queramos entender c�mo funciona el lenguaje, es que los aspectos gramaticales o estructurales de la oraci�n (la �gram�tica superficial� en la acepci�n de Wittgenstein) no determinan su significado. Suponiendo que s�lo existieran oraciones indicativas, interrogativas e imperativas, �supondr�a eso que lo �nico que podemos hacer es realizar afirmaciones, preguntas o mandatos? No, podemos efectuar infinidad de (tipos de) acciones que, entretejidas, constituyen nuestra vida social y comunicativa. Cuando se concibe de este modo el lenguaje, como algo que se hace en el seno de una comunidad, la apertura y la historicidad de la vida social se trasladan al propio lenguaje. No s�lo existe la libertad de inventar y vivir nuestras formas de comunicaci�n que den lugar a nuevos juegos de lenguaje, a nuevos significados; tambi�n es preciso considerar el lenguaje bajo la �ptica de la historia, como la acumulaci�n de formas de vida inventadas, practicadas, quiz�s ya olvidadas. No s�lo el lenguaje no determina la realidad, tampoco determina la vida.
El concepto clave que permite entender la concepci�n ling��stica general del segundo Wittgenstein es el de regla. Este concepto es objeto de una indeterminaci�n que, seg�n Wittgenstein, es propia de todos los t�rminos generales, e incluso de los nombres propios. Puesto que la tesis general que Wittgenstein mantuvo es que la fuente de donde mana el sentido de nuestros t�rminos es funcional, esto es, relativa al contexto de la forma de vida de la que participan, el significado de un t�rmino no puede constituir una realidad fija, sino que es esencialmente abierto. As� sucede con el t�rmino �regla�. Existen muchas clases de reglas o, si se prefiere, numerosas acepciones del t�rmino �regla�.
#54 �Pensemos en qu� casos decimos que un juego se juega seg�n una regla definida!
La regla puede ser un recurso de la instrucci�n en el juego. Se le comunica al aprendiz y se le da su aplicaci�n �o es una herramienta del juego mismo� o: Una regla no encuentra aplicaci�n ni en la instrucci�n ni en el juego mismo; ni es establecida en un cat�logo de reglas. Se aprende el juego observando c�mo juegan otros. Pero decimos que se juega seg�n tales y cuales reglas porque un espectador puede extraer esas reglas de la pr�ctica del juego �como una ley natural que sigue el desarrollo del juego.
Por tanto, cualquier an�lisis del concepto en cuesti�n no ha de pretender sacar a la luz una esencia o n�cleo general a todas las muestras de reglas que se nos ocurran. Es posible que las reglas ling��sticas no tengan mucho que ver con otros tipos de reglas.
Para el segundo Wittgenstein, las reglas ling��sticas son ante todo reglas del uso ling��stico, esto es, reglas que rigen la correctaaplicaci�n de los t�rminos en relaci�n con situaciones comunicativas concretas. Delimitan, como las reglas del Tractatus, el �mbito de lo que tiene sentido, pero se diferencian de ellas en su variedad y en su contingencia. Las reglas de uso ling��stico pueden admitir diferentes modalidades de formulaci�n o enunciaci�n (ostensi�n, elucidaci�n, par�frasis, ilustraci�n mediante ejemplos� todos los movimientos admitidos en el juego de explicar el significado) y no son universales, sino relativas a comunidades de comunicaci�n concretas. Tampoco son homog�neas en el sentido de adoptar una misma forma o ser reducibles a un mismo tipo de formulaci�n. Guardan entre s� lo que Wittgenstein denomin� un aire de familia, esto es, relaciones de parecido o similaridad no transitivas. Se puede decir de ellas que constituyen un conjunto, pero no un sistema. Lo que Wittgenstein denomin� �gram�tica� en las Investigaciones no es una totalidad estructurada internamente por propiedades formales ni genera una realidad homog�nea.
#65. En vez de indicar algo que sea com�n a todo lo que llamamos lenguaje, digo que no haya nada en absoluto com�n a estos fen�menos por lo cual empleamos la misma palabra para todos, sino que est�n emparentados entre s� de muchas maneras diferentes. Y a causa de este parentesco, o de estos parentescos, los llamamos a todos �lenguaje�
A diferencia de la l�gica del Tractatus, la gram�ticade las Investigaciones no es trascendental.
El papel de las reglas es el de inducir regularidades en la conducta que posibiliten la comunicaci�n. Siempre que una actividad est� regulada, existe una homogeneidad en la conducta de los que participan en ella. El lenguaje exige esa homogeneidad. Por otro lado, el concepto de regularidad est� l�gicamente unido al de identidad (relativa): cuando afirmamos que existe una regularidad, queremos decir que se produce una misma conducta o que se hace lo mismo. Por eso, el an�lisis del concepto de regla implica el an�lisis de la identidad de conductas y una respuesta a una eventual postura esc�ptica acerca de la observancia de reglas. La primera parte del an�lisis consiste pues en una elucidaci�n de lo que es observar una regla y de la conexi�n que se establece entre creencias y conducta, si es que es �sa la forma correcta de concebir la observancia de reglas. En cambio, la segunda parte entra�a una especie de argumento trascendental: consiste en la demostraci�n de que la observancia de reglas es necesariamente un proceso p�blico, controlable y valorable intersubjetivamente. Esta segunda parte constituy� el argumento de Wittgenstein en contra del lenguaje privado, una noci�n que hacen viable e incluso entra�an diversas posiciones filos�ficas.
Seguir una regla ha de conceptualizarse como una pr�ctica. Es preciso distinguir cuidadosamente entre las reglas y las formulacionesde reglas, sin confundir �stas con aqu�llas. En realidad, el hecho de que una expresi�n sea considerada como la formulaci�n de una regla depende de la forma en que se use la expresi�n, no de ninguna propiedad de la expresi�n misma. En segundo lugar, tampoco hay que confundir la regla con lo expresadopor la formulaci�n de la regla. No s�lo ello conducir�a a un platonismo desaforado, que admitir�a un reino ideal de entidades abstractas como las reglas, sino que adem�s conducir�a a un callej�n sin salida. Si la regla es lo que la formulaci�n expresa, la regla es el resultado de interpretaresa formulaci�n. Pero, �cu�les son los criterios que determinan la interpretaci�n correcta? Uno podr�a sentirse tentado a responder: la conducta. Pero Wittgenstein se adelant� observando que toda regla se puede interpretar de tal modo que concuerde con la conducta (#58). Adem�s, si se distingue entre la regla y su aplicaci�n, se abre una especie de regreso al infinito: para saber cu�ndo es correcta la aplicaci�n de una regla, deber�amos dominar otra regla, para aplicar la cual nos ser�a precisa una de orden superior, y as� sucesivamente. Es preciso concebir las reglas de forma que sean inseparables de sus aplicaciones, esto es, hay que pensarlas como pr�cticas sociales, objeto de adiestramiento y de transmisi�n cultural.
De aqu� se siguen dos importantes consecuencias:
Seguir una regla es diferente, e independiente, de pensar que se sigue una regla (#202) y,
No se puede seguir una regla privadamente (#199)
El concepto de observancia de una regla es l�gicamente inseparable del concepto de correcci�n. Es consubstancial a la gram�tica de �regla�, a las condiciones que definen el uso de esa expresi�n, que podamos enjuiciar y estar de acuerdo en que alguien (incluso nosotros mismos) estamos observando una regla. As� es como en muchas ocasiones explicamosla conducta nuestra y de los dem�s. Y es una explicaci�n precisamente porque es parcial, esto es, porque no se aplica correctamente a todas nuestras acciones. Pero, si la observancia de una regla fuera lo mismo que la creencia de que se sigue la regla, la posibilidad de desacuerdo, evaluaci�n o correcci�n desaparecer�a.
Las Investigaciones siguen la misma l�nea del Tractatusen los siguientes aspectos:
la filosof�a sigue concibi�ndose como un conjunto de t�cnicas de an�lisis del lenguaje;
la aplicaci�n de esas t�cnicas ha de tener como consecuencia una aclaraci�n de la propia naturaleza del lenguaje;
tal iluminaci�n permite trazar un l�mite a lo que se puede decir con sentido;
la filosof�a es una pr�ctica que no es equiparable a la ciencia: su objetivo no es proponer teor�as que expliquen un cierto dominio de los fen�menos, sino de profundizaci�n en nuestra comprensi�n del lenguaje y de la comunicaci�n, y
esa mejora en nuestra comprensi�n nos ha de permitir desembarazarnos de los problemas filos�ficos, ha de suprimir el desasosiego que, en una u otra forma, esos problemas provocan.
En cuanto a las diferencias entre las dos obras, se pueden situar en dos planos: el del diagn�stico y el de la metodolog�a filos�fica. En cuanto al primero, Wittgenstein comparti� con Frege y Russell la idea de que la causa de los problemas filos�ficos es la incomprensi�n de la naturaleza l�gica del lenguaje. Las expresiones de la lengua natural, y en particular las que parecen enunciar profundos problemas filos�ficos, ocultan su aut�ntica naturaleza l�gica: una vez que el correspondiente an�lisis ha sido efectuado, desvelando la forma l�gica real de la expresi�n, el problema queda resuelto. El lenguaje toma contacto con la realidad a trav�s de esa estructura l�gica que, entre otras cosas, especifica cu�les son los componentes l�gicamente elementales de la proposici�n que est�n en contacto directo, pero simb�lico, con la realidad.
En cambio, al abandonar la teor�a del lenguaje como representaci�n, Wittgenstein tambi�n abandon� la idea de que los problemas filos�ficos surgieran de la incomprensi�n de la l�gica de nuestro lenguaje. Es m�s, lleg� a la conclusi�n de que el lenguaje natural no tiene una forma l�gica que el an�lisis pueda o deba descubrir. El an�lisis ha de tener entonces como objetivo el lenguaje tal como se nos presenta, sin pretensiones reductoras ni reformistas. Los problemas filos�ficos no surgen de la naturaleza del propio lenguaje, sino del uso que hacemos de �l; tienen su origen en nuestra utilizaci�n desordenada de las expresiones, esto es, de su empleo fuera del juego de lenguaje de que son parte, aisladas de la forma de vida que les da sentido.
El m�todo que propone el Tractatus es el del an�lisis l�gico, b�sicamente intervencionista: consiste en analizar las proposiciones hasta que sus �ltimos componentes (los nombres) y las conexiones l�gicas entre ellos queden completamente claras.
Por el contrario, el m�todo de las Investigaciones no es l�gico, sino elucidativo. Como el lenguaje natural est� en orden, no hay que reformarlo, ni sustituirlo por otro m�s preciso: se trata de comprenderlo mejor. Para ello, el camino fundamental es la captaci�n de la gram�ticade las expresiones. La filosof�a es una investigaci�n gramatical, entendiendo por tal la investigaci�n que consiste en averiguar cu�les son las reglas que regulan la aplicaci�n correcta de una expresi�n. Por supuesto, estas reglas incluyen las gramaticales en sentido tradicional, pero tambi�n las que se pueden considerar lexicogr�ficas en sentido amplio, esto es, las que rigen el uso correcto de una expresi�n. Para descubrir tales reglas, es preciso analizar los diferentes juegos de lenguaje en que puede entrar la expresi�n, determinar la funci�n que desempe�a en esos juegos y elucidar las relaciones, si las hay, entre unos usos y otros.
Los problemas filos�ficos tienen la forma t�pica de preguntas por realidades ocultas o misteriosas (�qu� es el tiempo? �qu� es el color? �qu� es el lenguaje?). Son resultado de pulsiones ling��sticas: el tratamiento adecuado consiste en reformular tales preguntas como si fueran preguntas referentes a la gram�tica de las expresiones correspondientes (�c�mo utilizamos �tiempo�? �en qu� circunstancias empleamos �color�? �cu�ndo hablamos de �lenguaje�?). Cuando realizamos tal reconsideraci�n, observamos que los problemas filos�ficos no se resuelven, sino que se disuelven: su irrealidad queda puesta de manifiesto en el an�lisis del funcionamiento comunicativo de las expresiones.
La teor�a verificacionista del significado pas� de su versi�n dura de una verificaci�n concluyente a una versi�n m�s atemperada basada en la confirmaci�n, en conocer qu� observaciones verificar�an una proposici�n. El problema que subyace en el empirismo es el problema de la inducci�n. El empirista asiente su conocimiento en la observaci�n emp�rica. Una ley cient�fica se considera el resultado final de un proceso de inducci�n en el que se organizan los datos de la experiencia. Los conceptos de inducci�n y confirmaci�nguardan una relaci�n estrecha. Los datos D permiten inducir la hip�tesis H, pero, a su vez, los datos D confirman la hip�tesis H. Hay pues una relaci�n. El problema est� en pasar de un (o miles) caso observable a una proposici�n general. Si yo digo
a) b es una esmeralda y b es verde (b es cualquier esmeralda)
b) toda esmeralda es verde
pasar de a) a b) es problem�tico. En el caso de una consecuencia l�gica, la verdad depende de los s�mbolos l�gicos, y de la verdad de las premisas se deduce la verdad de la conclusi�n.
Ahora bien, la relaci�n de confirmaci�n no es una relaci�n formal. No depende de la peculiar disposici�n de los s�mbolos l�gicos. Imaginemos, dice Goodman, el predicado verdul, que se aplica a todas las cosas verdes que hayan sido examinadas antes de un tiempo t y a todas las cosas azules que se examinen despu�s de t. Tenemos que todas las proposiciones que confirman b) confirman tambi�n la proposici�n
c) todas las esmeraldas son verdules
Sin embargo, el que las esmeraldas sean verdules es para nosotros algo incre�ble. c) estar�a en relaci�n de confirmaci�n con a) (lo cual es in�dito). Y los datos D podr�an respaldar tanto una hip�tesis genuina H como una accidental H�. Los datos respaldar�n igual a b) que a c). Ahora bien, nosotros consideramos a verdul como in�dito, porque los conceptos han sido forjados a lo largo del tiempo y se han organizado lenta y trabajosamente. Esta biograf�a nos decantar�a por usar verde en lugar de verdul, y esta biograf�a es la que la l�gica inductiva no puede recoger.
Critica lo que bajo su punto de vista son los dos dogmas centrales del empirismo l�gico:
Que para cada proposici�n o enunciado existe el conjunto de experiencias que lo confirmar�an (y el conjunto de aquellas otras que lo desconfirmar�an)
Que hay dos clases de proposiciones: las anal�ticas, que son verdaderas seg�n los signos del lenguaje, y las sint�ticas, que se confirmar�an o desconfirmar�an por la experiencia.
En �Dos dogmas del empirismo�, Quine abandona el punto de vista tradicional seg�n el cual la verificaci�n sucede entre enunciados at�micos y moleculares y hechos. Quine apuesta por un verificacionismo holista, seg�n el cual, el proceso de revisi�n de la asignaci�n de verdad a nuestros enunciados y de reconocimiento de aquella verdad que debe ser mantenida a la luz de la experiencia recalcitrante, no hacemos intervenir a los enunciados tomados de uno en uno e independientemente, sino desde consideraciones impl�citas del conjunto de enunciados que constituye nuestro lenguaje como sistema.
La clave de este ensayo reside en que t�rminos como anal�tico o sint�tico, intensi�n y extensi�n, no son traducibles a un lenguaje neutral, como podr�a ser el lenguaje de la vida cotidiana. La tesis final del ensayo dice que la vinculaci�n de la sem�ntica al lenguaje cotidiano, como �mbito en el que las teor�as deben ser comprendidas por un nativo de otra tribu diferente a la tribu de los fil�sofos del lenguaje, siempre es ambigua e insegura. De hecho, las palabras de la tribu de los fil�sofos del lenguaje no pueden traducirse a las palabras de la tribu del hombre com�n. Afortunadamente, sus pr�cticas s� que eran traducibles.
Las tesis de Quine no dicen nada acerca de si los nativos delfach �filosof�a del lenguaje� pueden seguir usando o no sus palabras preferidas. Dice simplemente que cuando estos nativos quieren explicar a los nativos de la tribu �lenguaje com�n� de qu� est�n hablando, no se hacen entender.
Quine realiz� una breve y sorprendente historia de la metaf�sica en este peque�o art�culo. Con agudeza denunci� al platonismo como ontolog�a dependiente de una teor�a extensionalista del significado, f�cil de resolver desde una teor�a de clases. Tal teor�a extensionalista dice que el significado de una palabra es la clase o el conjunto de entidades de las que �ste es verdadero. El significado-extensi�n de la frase �criatura con coraz�n� es la clase de todos los seres con coraz�n. Si ahora comprendemos esta clase como un ente m�s, hacemos que la palabra tenga significado por este ente que, justo porque no es uno de los entes que pertenecen a su conjunto, es elevado a idea. As�, la palabra puede separarse de cada uno de los entes dados y sin embargo tener significado en relaci�n con la idea.
Para definir el significado de esta palabra, de una manera separada de estos entes, se requiere establecer una ecuaci�n entre ella y otra palabra. Esta ecuaci�n es la relaci�n de sinonimia o analiticidad. As�, la problem�tica de la significaci�n reclama saber qu� es la sinonimia o la analiticidad. La consecuencia de ello es que resulta muy dif�cil saber qu� es la significaci�n de una palabra. Pues no hay manera de definir la sinonimia sin la analiticidad y viceversa.
Quine est� interesado en las relaciones discursivas, esto es, en el paso de unas palabras a otras. Por eso, supone que las palabras forman parte de un sistema de relaciones que parece muy fluido, pero que resulta muy dif�cil de explicar realmente. El atomismo l�gico, al especializarse en los enunciados at�micos directamente referidos a los hechos, estaba muy interesado en esos momentos en que la palabra apunta al hecho, y, desde su perspectiva, la discursividad, en tanto que mero juego de identidad l�gica, no ofrec�a ning�n problema. El positivismo jugaba con la analiticidad del tipo �Ning�n hombre no casado es casado�, donde, sea cual sea la interpretaci�n que se d� a casado, la frase es verdadera. De hecho esta f�rmula es semejante a �Ning�n A e No-A�. pero cuando en el juicio candidato a definir una palabra mediante la analiticidad aparecen dos palabras distintas, como por ejemplo, �Ning�n soltero es casado�, no es sin m�s evidente que sea verdadero para cualquier interpretaci�n de soltero y de casado.
Desde el punto de vista del positivismo l�gico, esta frase no pod�a ser anal�tica. Pues con su teor�a de la verificaci�n de enunciados at�micos con hechos independientes, el positivismo ten�a que establecer dos enunciados diferentes �Juan es soltero� y �Juan es casado�, con lo que la frase �Ning�n soltero es casado� ser�a un enunciado sint�tico. Carnap, por tanto, hab�a establecido un criterio de analiticidad para lenguajes no atravesados por relaciones de discursividad, en los que hab�a que suponer relaciones perfectas de sinonimia y una teor�a de las tautolog�as, pero no ten�a noci�n alguna de analiticidad en el sentido de discursividad interna a un lenguaje.
Este problema de la ecuaci�n propia de la discursividad reproduce el viejo problema de la definici�n. Pero lo que Quine deseaba extraer de este giro era una conclusi�n muy elemental: la definici�n misma no pod�a ser empleada para definir la sinonimia ni la analiticidad. Lo que se segu�a desde aqu�, no era que no existiese la discursividad ling��stica, o que no existiese la definici�n de las palabras. Quer�a decir que era imposible tratar de establecer un programa de filosof�a del lenguaje fundacionalista que explicara de una manera t�cnica � con el lenguaje de la sem�ntica � lo que de hecho hacemos todos los d�as. Existen definiciones de palabras: las que hace el lexic�grafo. �stas, sin embargo, no pueden ser aclaradas a su vez desde una teor�a de la sinonimia, sino �presumiblemente, en t�rminos referentes al comportamiento ling��stico�. Hacemos interconexiones de sinonimia entre formas ling��sticas, pero no sabemos lo que hacemos. Ahora bien, �cualesquiera que sean, esas interconexiones est�n ordinariamente basadas en el uso�. Las definiciones son pues informaciones acerca del uso de las palabras. Si una definici�n quer�a establecer el significado de una palabra, el significado de una palabra es una informaci�n sobre su uso.
Pretender llegar a un l�mite en el proceso infinito de la discursividad constitu�a una empresa absurda. Toda sinonimia descansa en una preexistente. No hay una senda privilegiada y �nica, jerarquizada de ning�n tipo, que nos permita recorrer las calles de la sinonimia. La consecuencia era que nosotros no recorremos los canales de sinonimia por deporte, por afici�n o por el placer de ver hasta qu� punto est�n despejadas las interconexiones ling��sticas, sino que lo hacemos dentro de ciertos contextos de necesidad y de uso, y cuyo criterio fundamental es que la invocaci�n de una sinonimia pueda resultar �til. �El objeto de la explicaci�n es preservar el uso de esos contextos privilegiados y afinar el uso de otros contextos�.
Al referir sus diferencias a un mero asunto de definici�n, o de econom�a, Quine estaba desmitificando la pretendida exactitud de la l�gica o de la matem�tica, y con ello estaba haciendo gratuita la preferencia que el positivismo l�gico hab�a mostrado por estas disciplinas. Para �l era algo as� como si se diese preferencia a unas tijeras sobre una azada. En realidad, la verdadera cuesti�n es que tenemos necesidad de ambas cosas. En los sistemas naturales del lenguaje com�n se busca la facilidad de la pr�ctica, con lo que se requieren muchos elementos individuales, y un gran n�mero de palabras. Este vocabulario tan amplio permite mucha complejidad para caracterizar relaciones y, mediante compuestos �nicos de elementos, da expresi�n a contextos muy diferenciados de uso. En los sistemas l�gicos, por su parte, se requiere poca gram�tica y poco vocabulario, m�nimo n�mero de conceptos b�sicos y facilidad para establecer relaciones complejas mediante mera combinaci�n y repetici�n de los pocos elementos. Este lenguaje no tiene utilidad para los contextos pr�cticos porque todas las particularidades del mismo s�lo podr�an expresarse mediante una enorme reiteraci�n de elementos. El lenguaje com�n re�ne much�simos de estos posibles elementos en una palabra y simplifica la expresi�n. Sin embargo, la utilidad mayor del lenguaje l�gico es que simplifica el discurso te�rico acerca de sus elementos: no s�lo minimiza el n�mero de t�rminos, sino que los define con m�s claridad.
Ambos lenguajes son econ�micos a su manera: uno en su capacidad comunicativa expresiva, otro en la precisi�n de su gram�tica y vocabulario. Si llamamos al lenguaje de la l�gica la �notaci�n primitiva�, entonces podemos caer en la tentaci�n de pretender que cada una de las expresiones del lenguaje com�n m�s amplio puedan hallar una ecuaci�n en el lenguaje de la notaci�n primitiva. Esta ecuaci�n ser�a una definici�n. �ste fue de hecho el proyecto en el que se embarc� el positivismo l�gico. Pero este proyecto ten�a ciertos problemas. En efecto, en el lenguaje de la l�gica, simple y sencillo, se daban ciertas relaciones que, de ser traducidas al lenguaje natural, o de tener alg�n tipo de relaci�n epistemol�gica, deber�an ser traducidas al lenguaje natural con el adverbio �necesariamente�. Todos los problemas del empirismo, y de Hume, emergen aqu�; pues si afirmamos �necesariamente� de una relaci�n de sinonimia o analiticidad, �no hay ninguna seguridad de que � descanse en la significaci�n y no en circunstancias f�cticas accidentales�. En este sentido, no hab�a que mitificar el lenguaje de la l�gica. Tiene poca necesidad de lenguaje te�rico para aplicarse, pero �ste no carece de problemas y sobre todo no es traducible al lenguaje natural.
Quine sabe que el lenguaje funciona, o algo as�, y que lo hace pragm�ticamente, pero no sabe realmente ni cuando ni c�mo, y por tanto no hay casos paradigm�ticos en los que podamos confiar para seguir haciendo lo mismo. la regla �lo mismo� es un caso m�s de expresi�n que no tiene traducci�n.
Cuando Quine analiza la propuesta de que un enunciado anal�tico, como �ltima salida, ha de ser aquel cuya verdad no se establece en virtud de la verificaci�n, ni en virtud de l�gica, sino en virtud de la regla sem�ntica, recuerda que no est� claro qu� sea una regla sem�ntica. Su comprensi�n como un postulado que hay que cumplir en el seno de la comunicaci�n, cae dentro de la visi�n pragm�tica de la ciencia. Un postulado o una regla es relativa a un actoconcreto de investigaci�n o de regulaci�n. Lo que subyace a la tesis es que no hay un c�digo cerrado done est�n escritas todas las reglas.
A veces Quine acepta que ciertos enunciados cumplen las funciones que los positivistas l�gicos dicen que cumplen. Lo que discute es que esos enunciados sean una clase.
Quine conclu�a sus, por �l mismo llamadas, sombr�as reflexiones con las siguientes palabras:
Es obvio que la verdad en sentido general depende a la vez del lenguaje y del hecho extraling��stico. El enunciado �Bruto mat� a Cesar� ser�a falso si el mundo hubiera sido diverso en algunos aspectos de lo que ha sido, y tambi�n lo ser�a si resultara que la palabra �mat� tuviera el sentido de �procre�. Por eso se presenta la tentaci�n de suponer que la verdad de un enunciado es algo analizable en una componente ling��stica y en una componente f�ctica. Dada esa suposici�n, parece a continuaci�n razonable que en algunos enunciados la componente f�ctica se considere nula. Y esto son los enunciados anal�ticos. Pero por razonable que sea todo eso a priori, sigue sin trazarse una l�nea de separaci�n entre enunciados anal�ticos y enunciados sint�ticos. La convicci�n de que esa l�nea debe ser trazada �es un dogma nada emp�rico de los empiristas, un metaf�sico art�culo de fe�
Una vez criticados los enunciados anal�ticos, Quine la emprende con los enunciados sint�ticos. Quine entiende el proceso de la verificaci�n a la manera de Peirce, no a la manera de los atomistas l�gicos. Para �stos, cierta semejanza estructural permit�a que la vinculaci�n de una proposici�n y un estado de cosas se mostrase por s� misma. Peirce, por el contrario, hablaba de �m�todo de confirmaci�n o confutaci�n emp�rica� de las expresiones. Enunciado anal�tico ser�a aquel que resultase confirmado bajo cualquier resultado de este m�todo de confirmaci�n. Sin�nimos ser�an los enunciados que resultaran confirmados por el mismo proceder o m�todo.
Quine no es tan ingenuo como para asumir la viabilidad del proyecto reduccionista radical del positivismo l�gico � verificar consiste en traducir todo el lenguaje de objetos f�sicos a lenguaje de percepciones �. No s�lo se�al� la ambig�edad con la que los positivistas hablaban de datos sensibles como acontecimientos de los sentidos y como cualidades sensibles. Tambi�n se refiri� al car�cter gratuito de tal empresa, que no mejora nuestras disposiciones pragm�ticas comunicativas. Adem�s, tal lenguaje de las percepciones no era tal, sino que estaba estructurado alrededor de entidades procedentes del lenguaje sofisticadamente matem�tico, de l�gica de clases, etc. Por �ltimo, la reducci�n no era posible por cuestiones de principio. Cualquier lenguaje m�nimo que desease expresar aquellos enunciados fundamentales en los que reducir el lenguaje de objetos f�sicos, incorporaba conectivas no definidas en el lenguaje elemental. As� el enunciado reducido �la cualidad c se encuentra en x,y,z,t�, donde z, y, z, t, son realmente las coordenadas de lugar y de tiempo, no puede prescindir de �se encuentra�, que no es definible de forma empirista, o �cualidad� que tampoco lo es.
Aunque el programa reduccionista no se mantuvo mucho tiempo en su forma m�s radical, se mantuvo su esp�ritu en relaci�n con los enunciados sint�ticos. Se crey� que todo enunciado sint�tico, tomado por s� mismo, independientemente de toda otra consideraci�n, est� asociado a un �nico campo posible de acontecimientos sensoriales. Una ocurrencia en ese campo supone aumentar o disminuir su probabilidad. Contra esta tesis, Quine opone la tesis pragm�tica tradicional de que �nuestros enunciados acerca del mundo externo se someten como cuerpo total al tribunal de la experiencia sensible, y no individualmente�. Al llegar aqu�, Quine demostraba que, de hecho, el dogma de la diferencia radical entre enunciados anal�ticos y sint�ticos depend�a, a su vez, de este otro dogma de que la confirmaci�n o la refutaci�n es un asunto de un enunciado aislado. Pues si se trata de verificar o refutar un enunciado, parece que en el caso l�mite puede haber algunos enunciados que son verificados o refutados sea cual sea el estado de cosas del mundo, y �stos ser�an los enunciados anal�ticos. La clave entonces consist�a en dejar de creer en la especializaci�n de trabajo estable entre los enunciados: unos para referirse a los hechos y otros s�lo interesados en las palabras. Quine concluy� que �la unidad de significaci�n emp�rica es el todo de la ciencia�.
En el � 6 de su ensayo Empirismo sin dogmas, afirmaba que lo definitivo de la ciencia era justamente la frontera que separaba el interior del exterior. Aqu� se hablaba de conflicto en la periferia sensible. La experiencia era la noticia de este conflicto que, para garantizar la supervivencia del sistema, exige redistribuir el peso de nuestras creencias y expectativas, a fin de dar cuenta de los nuevos sucesos y anticiparse a ellos. Lo decisivo, lo que pone en tela de juicio el criterio de verificaci�n o falsaci�n, es que los conflictos de la periferia no deciden por s� solos qu� enunciados del interior del sistema debemos eliminar o alterar. Esta decisi�n no es un�voca, ni depende de que exista una relaci�n de uno a uno entre enunciados y estados de cosas. La relaci�n entre hecho y enunciado que debe eliminarse, alterarse, corregirse, etc., �se establece a trav�s de consideraciones de equilibrio que afectan al campo como un todo�.
Si nuestra capacidad de hacer reajustes dentro del sistema fuese absolutamente libre, ninguna experiencia falsear�a una de nuestras creencias. Si nuestra soberan�a sobre las palabras fuera absoluta y tuvieran claramente definido el criterio de uso en todos sus casos, al decir �Todos los cisnes son blancos�, estar�amos asumiendo que cualquier animal exactamente igual al cisne, pero negro, se llamara de otra manera. De hecho, las cosas no son tan simples. Hay margen de elecci�n en la reestructuraci�n de nuestras palabras y creencias, pero, sobre todo, este asunto est� determinado, m�s que por una decisi�n racional, por una �tendencia natural a perturbar lo menos posible el sistema en su conjunto�.