El positivismo consiste en una epistemolog�a que plantea la naturaleza emp�rica del conocimiento, en una teor�a que enlaza ese conocimiento al desarrollo intelectual del individuo y de la sociedad, y en un plan para aplicar los m�todos de la ciencia al estudio de las relaciones sociales. Intenta reemplazar, en nombre del progreso, la religi�n y la metaf�sica con los procedimientos emp�ricos de la ciencia moderna.
Se pueden distinguir tres grandes corrientes en el positivismo del siglo XIX: el positivismo social, formulado por Auguste Comte, en el que se acent�a la naturaleza hist�rica y los fines pr�cticos del conocimiento; el positivismo evolucionista de Herbert Spencer, que afirma un patr�n universal de transformaciones progresivas en el conocimiento, la ciencia y la sociedad; y, finalmente, el positivismo de Ernst Mach, que minimiza el componente social y propone una reducci�n sistem�tica de los conceptos cient�ficos a las sensaciones.
Las ra�ces intelectuales del positivismo son el inductivismo de Francis Bacon, el �nfasis cartesiano en el m�todo, el empirismo ingl�s y la confianza en el poder de la raz�n y del sentido com�n, t�picos de la Ilustraci�n. Lo nutren tambi�n los avances cient�ficos, tecnol�gicos y pol�ticos de fines del siglo XVIII y principios del XIX: el conocimiento profundo de la naturaleza logrado por la ciencia newtoniana, la mecanizaci�n del trabajo, el esfuerzo por sanar al ambiente, el crecimiento de la clase media y los cambios pol�ticos iniciados por la Revoluci�n Francesa.
La filosof�a de Hume propone un fenomenalismo radical que basa el conocimiento en los datos inmediatos de la experiencia. De esta tesis se derivan dos puntos importantes para el positivismo: a) el significado de toda idea se debe reducir a las impresiones que le dieron origen; b) aquellas ideas que no se puedan reducir a una impresi�n directa son jerigonzas y deben ser extirpadas de la filosof�a y la ciencia. Hume se propone excluir del discurso significativo aquellos conceptos que carezcan de base emp�rica. Tal empirismo radical cae, sin embargo, en un escepticismo paralizante y obstaculiza el desarrollo de las ciencias naturales. El positivismo del XIX se puede caracterizar como un intento de reconciliar el empirismo radical con los requisitos epistemol�gicos de la ciencia moderna: reduce la metaf�sica a cuestiones de m�todo, convierte la ciencia en instrumento para predecir los fen�menos y despoja el conocimiento humano de las pretensiones de poseer verdades sobre el universo como un todo.
El positivismo es el romanticismo de la ciencia. La tendencia propia del romanticismo a identificar lo finito con lo infinito, a considerar lo finito como revelaci�n y realizaci�n progresiva de lo infinito, es transferida y realizada por el positivismo en el seno de la ciencia. Con el positivismo, la ciencia se exalta, se considera como �nica manifestaci�n leg�tima de lo infinito y, por ello, se llena de significaci�n religiosa, pretendiendo suplantar a las religiones tradicionales.
En sus fundadores y en sus seguidores, el positivismo se presenta como la exaltaci�n rom�ntica de la ciencia, comoinfinitizaci�n, como pretensi�n de servir como �nica religi�n aut�ntica y, por tanto, como �nico fundamento posible de la vida humana individual y social. El positivismo acompa�a y provoca el nacimiento y la afirmaci�n de la organizaci�n t�cnico industrial de la sociedad, fundada y condicionada por la ciencia. Expresa las esperanzas, los ideales y la exaltaci�n optimista, que han provocado y acompa�ado esta fase de la sociedad moderna. El hombre ha cre�do en esta �poca haber hallado en la ciencia la garant�a infalible de su propio destino. Por esto ha rechazado, por in�til y supersticiosa, toda alegaci�n sobrenatural y ha puesto lo infinito en la ciencia, encerrando en las formas de la misma la moral, la religi�n, la pol�tica, la totalidad de su existencia.
El positivismo en sentido estricto corresponde al esp�ritu de la ciencia moderna tal como se la celebraba en el siglo XIX. Valora las ciencias cuyo estado de desarrollo (la metodolog�a) habr�a alcanzado el estadio positivo: las matem�ticas y la f�sica; en medida notablemente inferior, la qu�mica y la biolog�a, y, por �ltimo, la sociolog�a o �filosof�a social�, que Comte contribuye a elaborar. Los rasgos distintivos del esp�ritu positivista son las caracter�sticas de las ciencias de la naturaleza m�s desarrolladas a comienzos del siglo:
Empirismo: la experiencia, la observaci�n de los fen�menos intersubjetivamente controlables, e fuente de conocimientos objetivos. El empirismo constituye una actitud cient�fica relativamente pasiva, moderadamente abierta al experimentalismo, es decir, a la invenci�n, la provocaci�n, construcci�n de experiencias que suponen, en general, t�cnica, mediante una vigorosa interacci�n con la naturaleza;
Descriptivismo: el saber positivo es fundamentalmente comprobante: una ley s�lo es la f�rmula general de una regularidad natural, pues la observaci�n permite comprobar que hasta el presente, un acontecimiento o un hecho de tipo y sigue siempre a un acontecimiento o un hecho de tipo x. La ciencia positivista no pretende tanto explicar los fen�menos naturales (lo que implica el recurso a la noci�n discutible de �causa�) como describirlos;
Abanderamiento antimetaf�sico: la formulaci�n nomol�gica de regularidades fenomenales no va m�s all� de una hip�tesis prudente a prop�sito de lo observable. No da intervenci�n a nociones metaf�sicas relativas a la naturaleza profunda de las cosas o a sustancias que est�n �detr�s� de los fen�menos o los hechos observables y ni siquiera a la noci�n de causalidad. El positivismo es nominalista, rechaza la hip�stasis de abstracci�n o de entidades no observables emp�ricamente;
Relativismo: no se puede extrapolar (o, en todo caso, s�lo con gran prudencia y a modo de hip�tesis), ni mucho menos absolutizar. Nada permite afirmar que en el futuro se verificar�n las regularidades naturales que se ha comprobado hasta ahora, ni que las leyes astron�micas que se han enunciado a partir de la observaci�n del sistema solar sean v�lidas m�s all� de �ste;
Pragmatismo: �Saber para poder con el fin de proveer�. El valor del saber cient�fico, positivo, consiste en su eficacia y en su utilidad social. Las �creencias cient�ficas�, aun cuando, en t�rminos absolutos, no sean m�s verdaderas que las otras (en el sentido de conformidad a la naturaleza profunda de las cosas), son, por el momento, las mejores en lo que concierne a la supervivencia y a la organizaci�n de la vida de los hombres en sociedad;
Consensualismo: la organizaci�n social y el mejoramiento de las condiciones de existencia exigen la paz. Ahora bien, las ciencias que han llegado al estado positivo se caracterizan por un m�todo no violento para regular los conflictos de opini�n que, en la mentalidad religiosa y metaf�sica, son interminables o se dirimen de manera dogm�tica y hasta con violencia f�sica. El esp�ritu positivo permite regular los diferendos de manera pac�fica y consensuada por todos los que aceptan someterse a la regla de la observaci�n emp�rica, objetiva, es decir, repetible y compartida. Lo que ha de poner fin a las discusiones es la comprobaci�n de los hechos y no la ley del m�s fuerte ni del m�s h�bil. Ese consensualismo pac�fico es un modelo para regular los conflictos entre los seres humanos, sean los que fueren;
Estatismo: es mitigado y se refiere sobre todo a las ciencias que han llegado al estado positivo, para las cuales Comte no espera ya ninguna revoluci�n. Estas ciencias se contentan con acrecentar o precisar un corpus de leyes del que ya se ha adquirido lo esencial. Por tanto, todas las transformaciones profundas que ocurran en matem�ticas, en l�gica o en f�sica quedan al margen de la perspectiva del positivismo. Su concepci�n de la ciencia positiva es cerrada, doctrinaria: s�lo requiere una exposici�n sistem�tica en un tratado enciclop�dico. �nicamente algunas ciencias �como la biolog�a o la sociolog�a� tienen todav�a mucho que evolucionar hacia el estado positivo, que es el estado superior o adulto final.
La idea fundamental de Saint-Simon es la de la historia como un progreso necesario y continuo. �Todas las cosas que han sucedido y todas las que suceder�n forman una sola y misma serie, cuyos primeros t�rminos constituyen el pasado, y los �ltimos el futuro�. La historia est� regida por una ley general que determina la sucesi�n de �pocas cr�ticas y �pocasorg�nicas. La �poca org�nica es la que descansa sobre un sistema de creencias bien establecido, se desarrolla de conformidad con �l y progresa dentro de los l�mites por �l establecidos. En un cierto momento, este mismo progreso hace cambiar la idea central sobre la cual la �poca estaba anclada y determina as� el comienzo de una �poca cr�tica.
El progreso cient�fico, al destruir las doctrinas teol�gicas y metaf�sicas, priv� de fundamento a la organizaci�n social de la Edad Media. A partir del siglo XV cristaliz� la tendencia a fundar todo raciocinio sobre hechos observados y debatidos, y esta tendencia condujo a la reorganizaci�n de la astronom�a, de la f�sica y de la qu�mica sobre una base positiva. Tal tendencia hab�a de extenderse a todas las dem�s ciencias y, por tanto, a la ciencia general, que es la filosof�a. Vendr�, pues, una �poca en la cual la filosof�a ser� positiva, y la filosof�a positiva ser� el fundamento de un nuevo sistema de religi�n, de pol�tica, de moral y de instrucci�n p�blica. S�lo en virtud de este sistema el mundo social podr� volver a adquirir su unidad y su organizaci�n, que no pueden ya fundarse en creencias teol�gicas o en teor�as metaf�sicas.
En la organizaci�n social fundada en la filosof�a positiva dominar� un nuevo poder espiritual y un nuevo poder temporal. El nuevo poder espiritual ser� el de los cient�ficos, o sea, el de los hombres �que pueden predecir el mayor n�mero de cosas�. La ciencia ha nacido como capacidad de previsi�n; y la verificaci�n de una predicci�n es lo que da al hombre la reputaci�n de cient�fico. La administraci�n de los asuntos temporales ser� confiada a los industriales, a los �emprendedores de trabajos pac�ficos, que dar�n ocupaci�n al mayor n�mero de individuos�. �Esta administraci�n, por efecto directo del inter�s personal de los administradores, se ocupar�, en primer lugar, de mantener la paz entre las naciones y, en segundo lugar, de disminuir lo m�s posible el impuesto, de manera que se empleen los productos del modo m�s ventajoso para la comunidad�
Fundamental al positivismo comteano es la aserci�n metodol�gica de que el conocimiento positivo se debe derivar estrictamente de la experiencia: se observan los fen�menos, lo dado en las sensaciones; se notan sus relaciones de semejanza y sucesi�n; se identifican grupos uniformes, estables y duplicables de fen�menos (los hechos); se analizan las circunstancias en que se producen y, considerados como objetos de leyes invariantes, se suman al resto del conocimiento organizado que llamamos ciencia. Estos datos de la observaci�n, una vez incorporados a la ciencia, ya sea como hechos, ya como principios o leyes emp�ricas, se reexaminan a la b�squeda de semejanzas y sucesiones de mayor generalidad y se reducen al menor n�mero de leyes posibles.
Nuestro arte de observar se compone, en general, de tres procedimientos diferentes: 1) observaci�n propiamente dicha, o sea, examen directo del fen�meno tal como se presenta naturalmente; 2) experimentaci�n, o sea, contemplaci�n del fen�meno m�s o menos modificado por circunstancias artificiales que intercalamos expresamente buscando una exploraci�n m�s perfecta, y 3) comparaci�n, o sea, la consideraci�n gradual de una serie de casos an�logos en que el fen�meno se vaya simplificando cada vez m�s (Comte, Curso de filosof�a positiva, I, 99)
El modelo es la ciencia inductiva; el prop�sito, comprender la naturaleza y los l�mites del conocimiento, a fin de pronosticar y proceder eficazmente: �Ver para prever; prever para actuar�.
Advierte que, al estudiar la naturaleza, el investigador no comienza a observar con la mente en blanco, como cre�a Locke, sino que tiene que hacer varias suposiciones necesarias y fundamentales. Estas suposiciones especifican en qu� consiste la experiencia, qu� son los hechos, c�mo se pueden concebir, y hasta c�mo se deben percibir. Son necesarias, pues sin ellas no es posible concebir siquiera la investigaci�n misma, y fundamentales porque indican c�mo obtener conocimientos que llegar�n a ser ciencia. Son estrictamente reglas metodol�gicas que impropiamente interpretadas crean mitolog�as y metaf�sicas, pero que bien aplicadas indican c�mo observar, sin dictar los resultados ni afirmar verdades.
Comte comienza por recordar que para Arist�teles era necesario concebir la filosof�a como una ciencia estricta, como una verdadera episteme, para pasar posteriormente a formular la pregunta crucial: �lo consigui� Arist�teles?. A Comte no le interesa lo que ha sucedido en cada una de las ciencias y en la filosof�a como ciencia, sino que lo que le interesa es la ciencia y la filosof�a consideradas como un aspecto del estado general del esp�ritu humano. Aquello que constituye el problema filos�fico es una operaci�n del entendimiento, en tanto que esencialmente incardinado en una colectividad, en la sociedad. La filosof�a es siempre y s�lo un momento de la evoluci�n del esp�ritu humano. Comte es ante todo un soci�logo, y enfoca sociol�gicamente el problema de la filosof�a. La filosof�a como modo de saber no es una operaci�n intr�nseca al entendimiento de cada cual, porque el individuo es un abstracto. Lo �nico concreto es la sociedad.
Los hombres viven en cada instante en una unidad social, en la que reciben su �ltima concreci�n. Esta unidad determina en cada cual, y, a su vez, cada cual determina en la sociedad en que vive, un conjunto de conceptos, de modos de ver las cosas, un conjunto de ideas generales acerca de las cosas y de los hombres mismos, en que todos los individuos convienen. El conjunto de estas ideas brota espont�neamente en el seno de todos los hombres que viven en esa sociedad; a este conjunto de ideas, tomadas en su m�xima generalidad, es a lo que Comte llama la sabidur�a universal. �c�mo ocurre esto?
Para poder vivir, el hombre necesita poner un cierto orden entre las impresiones que le producen las cosas que le rodean. La vida le fuerza a poner orden para poder prever lo que va a ocurrir. La previsi�n es la ra�z de esa ordenaci�n de las impresiones que llamamos saber. Saber es, ante todo, prever. Esta previsi�n tiene una funci�n formalmente utilitaria.
De entre las ideas generales, hay algunas de m�xima generalidad, ideas �ltimas que van envueltas en la sabidur�a universal y que, por ser �ltimas, son las que fundamentan todas las dem�s, y por consiguiente son las que �ltimamente fundamentan la estructura unitaria de la sociedad en un estado determinado. Cuando se hace tema intelectual de estas ideas �ltimas de la sabidur�a universal, tenemos propiamente la filosof�a. La filosof�a es as� la prolongaci�n met�dica de la sabidur�a universal. Ambas �sabidur�a universal y filosof�a� tienen un mismo origen: el asombro. Ambas tienen una misma preocupaci�n: poner orden entre nuestras impresiones para saber a qu� atenernos y prevenir las contingencias. Ambas tienen tambi�n una misma intenci�n: poder dominar las cosas para modificar su curso. La diferencia entre la filosof�a y la sabidur�a que brota espont�neamente del hombre en sociedad es, meramente gradual. La filosof�a tiende m�s a la generalidad que la sabidur�a y tiene un car�cter sistem�tico del que ordinariamente suele carecer el contenido de las ideas de la sabidur�a universal. Para Comte la filosof�a es aquel saber racional acerca de las cosas y de los hombres, que en �ltima instancia determina el r�gimen de vida del esp�ritu humano socialmente considerado.
Pero como este saber es ciencia, la filosof�a no es una mera copulaci�n de ideas. En la filosof�a se trata de una ciencia, pero de una ciencia que no es primariamente, ni formalmente, una especulaci�n de la raz�n abandonada a s� misma. Comte dice que la filosof�a es una de esas �grandes combinaciones intelectuales� que nos coloca en determinado �r�gimen�. La sociedad ha ejecutado varias veces esta combinaci�n en formas distintas. Pero falta a�n una, �una gran operaci�n cient�fica que queda a�n por ejecutar�: la creaci�n de la filosof�a como ciencia positiva
La filosof�a es un estado del esp�ritu humano socialmente considerado y es un estado caracterizado por la vertiente que da a las ideas �ltimas sobre las que se halla asentado cada estado social del esp�ritu. Por ello, la filosof�a no es un momento m�s entre otros cualquiera del estado social, sino que es el momento fundante de todos los dem�s. Todo estado social se halla fundado en un r�gimen intelectual. Y este fundamento, este r�gimen, es la filosof�a.
Hemos hablado hasta ahora de estado social, pero �qu� es un estado? Todo estado se halla caracterizado por una intr�nseca unidad de las ideas entre s�, en la que convergen los hombres que viven en la sociedad. Adem�s, un estado es una unidad organizada. En tercer lugar, esta unidad de ideas cobra el car�cter de un saber m�s o menos racional. En cuarto lugar, esta unidad as� entendida constituye la base fundamental sobre la cual se halla asentada toda la serie de modos de convivencia, de �estados sociales�.
Cada estado no es simplemente una estructura del esp�ritu social, sino que es un estado a que se ha llegado, un estado que abre otros posibles estados en el futuro. A aquello seg�n lo cual es el estado �estable�, lo llama Comte �orden�, y a aquello seg�n lo cual todo estado viene de otros y lleva, por lo menos en principio, a otros, lo llama Comte �progreso�. La unidad intr�nseca entre orden y progreso es para Comte la verdadera estructura de todo �estado�.
La filosof�a es el r�gimen intelectual de todo estado; y precisamente porque es un estado que viene de otros y conduce a otros, la filosof�a es algo esencialmente diverso en s� misma; de ah� que Comte concluya que la filosof�a en singular no es algo que haya existido ni pueda existir, sino que hay distintos tipos de filosof�a
Cada filosof�a, �dogm�ticamente� considerada, es un conjunto de ideas sistem�ticamente organizado; es un orden definido. Pero �hist�ricamente� cada uno de estos �rdenes se inscribe entre otros estados; es un progreso. Cada filosof�a se apoya en las anteriores, las presupone para llegar a ser lo que es. Adem�s, cada filosof�a abre el �rea de otra filosof�a. El orden progresivo, o el progreso ordenado, es lo �nico que expresa la unidad de la filosof�a. La unidad de la filosof�a es la �ley� fundamental del esp�ritu humano: la ley del orden y el progreso. Ley expresa la intr�nseca y formal estructura del estado social en cuanto tal. No es una ley de sucesi�n, sino una �ley estructural�.
Los estados por los que ha pasado, o debe pasar el esp�ritu humano, son tres: teol�gico, metaf�sico y positivo. La etapa aut�nticamente humana es la etapa positiva, de la cual son una preparaci�n los dos estados anteriores, necesarios para poner a punto la mente humana y las condiciones sociales propicias para una racionalizaci�n de la vida.
1. El estado teol�gico.- Las especulaciones del hombre se orientan hacia las cuestiones m�s insolubles, y hacia los temas m�s dif�ciles de investigar. En un momento en que la inteligencia humana y los avances cient�ficos est�n en pleno subdesarrollo, el hombre quiere buscar el origen de todas las cosas, las causas �ltimas de los fen�menos y los conocimientos absolutos. Esta peculiaridad de la etapa teol�gica va vinculada con distintas formas de religi�n, que llevan a Comte a distinguir tres fases, dentro del estado teol�gico: el fetichismo, el polite�smo y el monote�smo.
El fetichismo es �una religi�n dom�stica, en el mejor de los casos tribal, que, en este sentido, conserva siempre un car�cter local. El polite�smo es una religi�n nacional, y el monote�smo es una religi�n universal. Pero, a medida que se ampl�a el �rea de validez de una religi�n y a medida que se eleva la idea de Dios, parad�jicamente la religi�n se debilita.
La etapa teol�gica es el gran r�gimen de los dioses, que establece como m�todo cognoscitivo la imaginaci�n, y esta imaginaci�n se desarrolla de forma especial en el polite�smo.
El polite�smo significa un paso gigantesco en el desarrollo del esp�ritu humano, tanto en el aspecto mental como en el social, y en el cual se halla inmersa todav�a parte de la Humanidad. El polite�smo va ligado con el desarrollo del r�gimen militar y del sistema econ�mico de la esclavitud, llevando a una confusi�n entre el poder espiritual y el poder temporal.
Por su lado, el monote�smo tiene una concepci�n distinta de la igualdad entre los hombres, es hostil a la esclavitud y conduce, por un desarrollo de la racionalidad, al debilitamiento de la religi�n, pues al darle un alcance universal priva de su eficacia social a la idea de Dios.
2. El estado metaf�sico:- Los agentes sobrenaturales son sustituidos por entidades abstractas, verdaderas fuerzas ocultas o virtudes de las cosas. Es un progreso sobre el estado anterior porque aqu� no se trata de salir de las cosas para ir a agentes y causas ajenas al mundo, sino de quedarse en las cosas mismas; pero se ve en las cosas y en sus operaciones el resultado de caracteres abstractos, de entidades o virtudes intr�nsecas a las cosas mismas. El tipo de explicaci�n al que se tiende en este estado es, poco m�s o menos, el mismo que en el estado teol�gico: un conocimiento absoluto logrado por un m�todo m�s imaginativo que racional. Pero la explicaci�n lograda es superior a la del estado teol�gico, porque renuncia a las causas trascendentes y se mantiene dentro de la naturaleza, dentro de las cosas mismas.
El estado metaf�sico es una evoluci�n mental del esp�ritu humano que procura el paso de la etapa teol�gica a la positiva, conservando ciertas tendencias especuladoras absolutistas de la etapa teol�gica, pero con el hallazgo de soluciones nuevas.
En realidad, la metaf�sica, como la teolog�a, trata sobre todo de explicar la naturaleza �ntima de las cosas, el modo esencial de producci�n de todos los fen�menos; pero en lugar de operar con los agentes sobrenaturales propiamente dichos, los reemplaza cada vez m�s por esas entidades o abstracciones personificadas, cuyo uso, verdaderamente caracter�stico, ha permitido a menudo designarla con el nombre de ontolog�a (Discurso sobre el esp�ritu positivo)
El esp�ritu metaf�sico, que en un principio es mucho m�s partidario de especular que de observar, acaba convirti�ndose en un elemento cr�tico, disolvente de construcciones anteriores, pero incapaz de organizar nada propio. De esta forma, la metaf�sica va debilitando los supuestos teol�gicos en que est� inserta, lo cual facilita el desarrollo de las concepciones positivas.
3. El estado positivo:- Se caracteriza por quedarse en las cosas mismas, pero ateni�ndose a la observaci�n de los hechos y al razonamiento sobre ellos. No se trata de averiguar por qu� ocurren las cosas, sino tan s�lo c�mo ocurren: su objetivo no es descubrir causas, sino leyes, relaciones invariables de semejanza y sucesi�n en los hechos. El saber positivo no explica nada, renuncia deliberadamente a la naturaleza �ntima de las cosas. No quiere explicar, sino constatar hechos y descubrir en ellos esas regularidades que llamamos leyes. Su m�todo es el razonamiento.
Al primer estado corresponde una filosof�a teol�gica, al segundo una filosof�a metaf�sica y al tercero una filosof�a positiva. Todas ellas son filosof�as; y, rec�procamente, la filosof�a no existe m�s que en esta triplicidad estructural: se consideran las cosas, primero como efectos de una causa primera, Dios; segundo, como efectos de una Naturaleza intr�nseca a las cosas; tercero, como meros hechos o fen�menos observables de un solo hecho general.
El nombre de filosof�a designa �el sistema general de las concepciones humanas�. Pero esta filosof�a ha de ser positiva, y este adjetivo designa
esta manera especial de filosofar que consiste en considerar las teor�as, en cualquier orden que sea, como teniendo por objeto la coordinaci�n de los hechos observados (Comte, A.: Curso de filosof�a positiva, 1, c.p., VII-VIII).
�Qu� es un saber positivo? El saber positivo es un saber que responde a un principio fundamental: nada tiene sentido real e inteligible si no es la enunciaci�n de un hecho o no se reduce en �ltima instancia al enunciado de un hecho. El vocablo �positivo� tiene, seg�n Comte, al menos seis acepciones:
1. Se entiende por positivo lo real por oposici�n a lo quim�rico
2. Algo es positivo cuando es �til
3. Algo es positivo cuando es cierto y no indeciso
4. Un conocimiento es positivo cuando realmente es un conocimiento preciso, riguroso y estricto
5. Es positivo lo que se opone a lo negativo
6. Es positivo aquello que es constatable por oposici�n a aquello que es inconstatable.
Es el �ltimo car�cter el que resume a los otros cinco y, por tanto, la positividad se resume en constatabilidad. �Qu� es la constatabilidad?, �qu� es, por tanto, la positividad?
La positividad se halla constituida por ser un car�cter que afecta a las cosas en tanto que, en una o en otra forma, se nos manifiestan. Manifestarse se dice fen�meno
Estos fen�menos son algo con que el hombre se encuentra. En cuanto encontrados en su condici�n de fen�menos, las cosas son algo que est� ah�.
Estas cosas, as� puestas como fen�menos, han de poder encontrarse de una manera sumamente precisa: solamente en cuanto observables. No se trata de ir por detr�s de los fen�menos a aquello que se manifiesta en ellos, sino de tomar el fen�meno puesto ah� en y por s� mismo. Algo es positivo solamente en la medida en que es observable.
Es necesario, adem�s, que el observable sea verificable para cualquiera.
La unidad de estos cuatro caracteres es lo que llamamos un hecho.
Si estos hechos han de servir para un saber positivo, es necesario que sean observados y verificados con m�xima precisi�n y rigor. S�lo entonces adquieren su cualidad decisiva: la objetividad. Hecho es hecho objetivo. Y como el medio para lograr esta objetividad es el m�todo cient�fico, resulta que los hechos son los hechos cient�ficos
Las leyes son fen�menos de invariabilidad de presentaci�n; no nos dicen por qu�, sino c�mo ocurren los hechos. La ley es en s� misma un fen�meno. Cada ley no es sino un caso particular de una ley general: el fen�meno de la invariabilidad del orden, seg�n el cual se presentan los hechos, la ley de invariabilidad de las leyes de la naturaleza.
La idea de hecho y la idea de ley son las dos ideas fundamentales del saber positivo. No son categor�as metaf�sicas, sino algo observable y verificable. El conocimiento positivo es un conocimiento que consiste en conocer no la naturaleza �ntima de cada cosa, sino su modo de conexi�n o relaci�n con otras.
El conocimiento de los hechos es relativo porque hace referencia intr�nseca al hombre que se enfrenta con los hechos y a su modo de enfrentarse con ellos.
El saber que conoce de un modo aproximado, relativo a las condiciones del sujeto, lo que las cosas son relativamente unas a las otras es lo que Comte entiende por saber positivo. �Qu� es el saber filos�fico dentro del saber positivo?
Para Comte la filosof�a es: 1) un saber de raz�n teor�tica o contemplativa; 2) un saber que tiene ventajas o prerrogativas propias; 3) un saber que tiene una visi�n propia del universo; 4) un saber que racionaliza la acci�n, un saber de raz�n pr�ctica.
La filosof�a es una inducci�n general que recae sobre lo m�s general de las relaciones cient�ficamente conocidas. La filosof�a no es una ciencia, ni siquiera una enciclopedia de las ciencias. La filosof�a positiva se distingue de la ciencia en que abraza �solamente el estudio propio de las generalidades de las diferentes ciencias, concebidas como sometidas a un m�todo �nico y formando parte de un plan general de investigaciones�. La generalidad de que se ocupa la filosof�a recae sobre los principios o leyes generales que pueden inducirse comparando las diversas ciencias. La filosof�a positiva aprehende el esp�ritu de cada ciencia, y su inducci�n consiste en convertir este esp�ritu en m�todo general.
El objeto de la filosof�a es el hecho en cuanto tal.
La filosof�a concebida positivamente tiene ciertas ventajas; entre ellas est�n: 1) es la �nica manera de poner orden en el conjunto tan vario de los hechos y de los pensamientos en que aquellos son entendidos; 2) es el �nico medio de zanjar, de una vez para todas, las querellas in�tiles en que se ha perdido la filosof�a anterior; 3) la filosof�a positiva es constitutivamente progresiva; es decir, el progreso de cada ciencia no es s�lo algo que efectivamente se da, sino que es un momento constitutivo de la ciencia en cuanto tal, gracias justamente a su positividad; toda ciencia es por raz�n propia una progresiva aproximaci�n a los hechos cada vez m�s precisamente estudiados.
La ciencia a la cual todas las ciencias est�n subordinadas, como a su fin �ltimo, es la sociolog�a. La finalidad de �sta es �percibir netamente el sistema general de las operaciones sucesivas, filos�ficas y pol�ticas, que deben libertar a la sociedad de su fatal tendencia a la disoluci�n inminente y conducirla directamente a una nueva organizaci�n, m�s progresiva y m�s s�lida que la que se asentaba sobre la filosof�a teol�gica (Phil. Pos.), y concebir los fen�menos sociales como sujetos a leyes naturales que hagan posible la previsi�n de los mismos.
La sociolog�a es dividida por Comte es est�tica socialy din�mica social, divisiones que corresponden a los conceptos fundamentales en que se funda: los de orden y progreso.
La idea fundamental de la din�mica social es la de progreso. Cada uno de los estados sociales consecutivos es �el resultado necesario del precedente y el motor indispensable del siguiente�. El progreso realiza un perfeccionamiento incesante, aunque no ilimitado, del g�nero humano. Pero este perfeccionamiento no implica que una fase cualquiera de la historia humana sea imperfecta o inferior a las otras. Para Comte la historia es siempre, en todos sus momentos, todo lo que debe ser. Sin esta plenitud de cada �poca de la historia respecto de s� misma, la historia ser�a incomprensible. Los acontecimientos de la historia son necesarios en el doble significado del vocablo: en el sentido de que en ella es inevitable lo que se manifiesta desde el primer momento como indispensable, y rec�procamente.
Desde este punto de vista el futuro r�gimen sociol�gico le parece a Comte inevitable, por ser racionalmente necesario. En este r�gimen, la libertad de investigaci�n y de cr�tica ser� abolida.
Hist�ricamente considerado, el dogma del derecho universal absoluto e indefinido de examen es s�lo la consagraci�n, bajo una forma viciosamente abstracta, com�n a todas las concepciones metaf�sicas, del estado pasajero de la libertad ilimitada, en el cual el esp�ritu humano ha sido espont�neamente colocado por una consecuencia necesaria de la irremediable decadencia de la filosof�a teol�gica y que debe durar naturalmente hasta el advenimiento social de la filosof�a positiva.
La libertad de investigaci�n se justifica en el per�odo de tr�nsito desde el absolutismo teol�gico al absolutismo sociol�gico; una vez instaurado este �ltimo, ser� abolida por �l, como ha sido abolida por el primero.
Lo que para Comte significaba la sociolog�a lo indica su misma localizaci�n en el sistema de las ciencias: la sociolog�a es la ciencia te�rica abstracta de los fen�menos sociales. En 1822, cuando Comte y Saint Simon concibieron la necesidad de esta nueva ciencia, Comte escribi� en el "Ap�ndice" del volumen cuarto de su Pol�tica positiva:
Poseemos ahora una f�sica celeste, una f�sica terrestre, ya mec�nica o qu�mica, una f�sica vegetal y una f�sica animal; todav�a necesitamos una m�s y la �ltima, la fisica social, para completar el sistema de nuestro conocimiento de la naturaleza. Entiendo por f�sica social la ciencia que tiene por objeto el estudio de los fen�menos sociales considerados con el mismo esp�ritu que los astron�micos, los f�sicos, los qu�micos o los fisiol�gicos, es decir, sujeto a leyes naturales invariables, cuyo descubrimiento es el objeto especial de investigaci�n.
Precisamente, el objeto era
descubrir a trav�s de qu� series fijas de transformaciones sucesivas ha llegado gradualmente la especie humana, partiendo de un estadio no superior al de las sociedades de los grandes monos, al punto en que se encuentra hoy la Europa civilizada.
Comte cambi� de muy mala gana el nombre de f�sica socialde la nueva ciencia por el de sociolog�a. En la �ltima parte de su Filosof�a positiva dice que hab�a inventado un nombre nuevo porque el viejo lo hab�a usurpado un cient�fico belga (Qu�telet) que lo tom� para t�tulo de una obra dedicada a materia tan baja como la simple estad�stica. El t�tulo de la obra de Qu�telet es Sobre el hombre y el desarrollo de las facultades humanas: Ensayo sobre fisica social, que, por cierto, es pese al enfado de Comte , una de las aportaciones a las ciencias sociales de mayor influencia en el siglo XIX.
En su Pol�tica positiva se propuso Comte dar m�s carne y m�s sangre a la definici�n formal de sociolog�a impl�cita en Filosof�a positiva. En cierto lugar pareci� identificar la sociolog�a con el estudio de la totalidad de los fen�menos del entendimiento humano y las acciones de ellos resultantes. En otras partes limit� esa opini�n diciendo que la sociolog�a no es el estudio del entendimiento como tal, sino el de los resultados acumulativos del ejercicio del entendimiento. Como est� fuera de toda duda que Comte no abandon� su concepci�n de la sociolog�a como ciencia te�rica de los fen�menos sociales, la suma total de estos �ltimos la identificaba �l ahora con los resultados cumulativos del ejercicio del entendimiento. Esta concepci�n de los fen�menos sociales es an�loga al concepto de cultura frecuentemente empleado por los soci�logos contempor�neos, que lo han tomado de la antropolog�a cultural. En germen, ese concepto de la cultura estaba ya presente en la obra de Comte mucho antes de que le concedieran estrat�gica importancia los antrop�logos y los soci�logos modernos.
Comte pensaba que el estudio de los m�todos no pod�a separarse del estudio de los fen�menos investigados por ellos. Para �l, la sociolog�a debe emplear el m�todo positivo; esto iba impl�cito en el programa mismo de la nueva ciencia y se derivaba de las premisas fundamentales de Comte. Pero, �qu� es el m�todo positivo? Comte apenas dijo sobre ello m�s que dicho m�todo exig�a la subordinaci�n de los conceptos a los hechos y admitir la idea de que los fen�menos sociales est�n sujetos a leyes generales; de otro modo, no podr�a construirse ninguna ciencia te�rica abstracta concerniente a esos fen�menos.
Pese a su buena preparaci�n en matem�ticas, negaba Comte que el m�todo positivo se identificara con el empleo de las matem�ticas y de la estad�stica. Se opone al �prejuicio de los f�sicos seg�n el cual no hay certeza fuera de las matem�ticas�. Pero �desde la formaci�n de las dos grandes ciencias positivas, que son la qu�mica y la biolog�a, en las que no representa ning�n papel el an�lisis matem�ticos y sin embargo se las considera no menos ciertas que las otras, tal prejuicio ser�a absolutamente inadmisible�.
�C�mo puede conquistarse el conocimiento positivo? Comte menciona cuatro procedimientos: la observaci�n, la experimentaci�n, la comparaci�n y el m�todo hist�rico. La observaci�n, el empleo de los sentidos f�sicos, s�lo puede realizarse fruct�feramente cuando la orienta la teor�a. De los modos de observaci�n, Comte estimaba poco la introspecci�n, es decir, la observaci�n de los fen�menos que se producen en la mente del observador. Comte sab�a que la verdadera experimentaci�n es casi imposible en el estudio de la sociedad. Pero en franc�s experiment significa tambi�n �observaci�n dirigida�. Sosten�a que pod�an hacerse comparacionesfruct�feras entre las sociedades humanas y las animales (lo que hoy se denominaetolog�a), as� como entre sociedades coexistentes y entre las clases sociales de una misma sociedad. Por m�todo hist�rico entend�a Comte la b�squeda de leyes generales de la constante variaci�n de las opiniones humanas, punto de vista que refleja el predominante papel de las ideas manifiesto en la ley de los tres estadios.
Comte hab�a estado perpetuamente preocupado por un problema que fascin� a muchos autores del siglo XIX: la Revoluci�n hab�a inaugurado una nueva era en la pol�tica, la del individuo soberano, portador de derechos y fuente �ltima de la legitimidad pol�tica; pero, al hacerlo, hab�a destruido los anteriores fundamentos del v�nculo social, dejando en su lugar una sociedad amenazada por la inconsistencia, e incluso destinada al desorden institucional y social. En gran medida, la interrogaci�n de Comte se sumaba a la de Benjamin Constant, a la de Tocqueville, o a la, un poco m�s tard�a, de John Stuart Mill: la violencia revolucionaria, la inestabilidad cr�nica de las instituciones, son s�lo los s�ntomas de un problema recurrente, el del v�nculo que une al individuo con el cuerpo social.
El objetivo de Comte es concebir de otra forma las condiciones de la vinculaci�n del hombre moderno, individualista, al cuerpo social; dar una base a la legitimidad de un poder que, a la vez, respete los nuevos principios y garantice la coherencia de la sociedad.
Su tentativa puede resumirse en la b�squeda de una forma de asentar en una historia cient�fica una pol�tica reorganizadora. El fundamento de este proyecto est� sin duda en la convicci�n de que las ciencias llamadas exactas proporcionan el modelo de un positivismo universal, mientras que la pol�tica se halla todav�a en una fase precient�fica que exige una urgente superaci�n. El pensamiento pol�tico se apoya entonces sobre la ciencia por partida doble: en una teorizaci�n de la historia, Comte demuestra a la vez los irresueltos problemas del presente y las soluciones, y queriendo �hacer que la pol�tica entre en la edad positiva�, produce una especie de epistemolog�a que debe fundamentar una pr�ctica. A partir de una homologaci�n entre las etapas del desarrollo del individuo y las de la humanidad, Comte distingue tres edades que llama respectivamente teol�gica, metaf�sica y positiva.
Primera fase del desarrollo de la inteligencia, primera edad de la humanidad, la edad teol�gica es aquella en la que reina lo sobrenatural y, en la pol�tica, �la doctrina de los reyes�, que basa en el derecho divino las relaciones sociales y el orden pol�tico. Esta edad termina con la Revoluci�n Francesa, que ve el triunfo de un pensamiento pol�tico abstracto (el de los derechos individuales, del contrato �), caracter�stico de la edad metaf�sica: a los principios sobrenaturales los sustituyen entidades abstractas, el derecho y los derechos, que se convierten en el medio para una cr�tica incesante de las instituciones, en nombre de una idea general del hombre. Pero este estado es solamente �bastardo�, es decir intermedio, y ha de ser superado por la �ltima etapa de todo desarrollo, el estado cient�fico. Aqu� ya no hay nada sobrenatural ni tampoco hay entidades metaf�sicas (el hombre, el contrato, los derechos), sino realidades, una pol�tica fundada en la observaci�n cient�fica, que descubre constantes, plantea leyes y describe la organizaci�n �nica y necesaria de la sociedad. Pensar la pol�tica en el presente equivale pues, para Comte, a realizar a partir de esta historia una doble tarea: criticar las concepciones comunes, en cuanto expresiones que son de un pensamiento metaf�sico surgido de la Revoluci�n y del siglo XVIII, y colocar las bases del futuro describiendo las contradicciones de una pol�tica positiva.
Una vez reconocido que s�lo la filosof�a positiva, como f�sica social, puede �presidir realmente hoy la reorganizaci�n final de las sociedades modernas�, Comte define una exigencia de m�todo en tres proposiciones. Su doctrina pol�tica y social tiene que estar en �perfecta coherencia con el conjunto de sus aplicaciones�, tiende hacia la unidad bajo la ley de las �necesidades sociales�, y realizar� por fin la uni�n del pasado y del presente haciendo �salir a la luz la uniformidad fundamental de la vida colectiva de la humanidad�.
Unidad, coherencia, uniformidad, estos parecen ser finalmente los conceptos fundamentales del pensamiento pol�tico de Comte. La revoluci�n metaf�sica, dice substancialmente Comte, descansa en dos �dogmas�, la igualdad y la libertad, dogmas positivos en cuanto han servido para destruir las bases de la doctrina de los reyes y as� realizar un progreso, pero que luego se han hecho negativos, ya que al servir de punto de apoyo a un pensamiento sistem�tico �cr�tico�, impiden toda reorganizaci�n.
Habiendo sido sucesivamente el orden y el progreso los factores de la evoluci�n de la sociedad, no lo han hecho nunca cooperando sino combatiendo entre s�; es por lo tanto imprescindible recuperar el principio de orden de la doctrina �org�nica� y el de progreso de la doctrina �progresista�, pero depurando ambas nociones de sus escorias, sobrenaturales en un caso y metaf�sica en el otro. Frente a tal proceso radical, el pensamiento �estacionario� del liberalismo ignora la necesidad de un �poder espiritual� que garantice la unidad de la sociedad, mientras que, por temor a las utop�as, pretende congelar la evoluci�n social en un estado que no puede ser sino transitorio. Pero, adem�s, el liberalismo se basa por entero en una concepci�n de la libertad como dogma, concepci�n que para Comte no se puede mantener.
No existe la libertad de conciencia en astronom�a, en f�sica, en qu�mica, e incluso en fisiolog�a, hasta el punto de que todo el mundo encuentra absurdo no creer en los principios que han sido establecidos para estas ciencias por hombres competentes. El que en pol�tica no suceda lo mismo, es �nicamente debido a que los viejos principios han ca�do y los nuevos no se han formado a�n, y por eso en este intervalo no puede hablarse de principios establecidos.
Comte destruye as� la doctrina de la libertad basada en la autonom�a del individuo, y el antiindivualismo le lleva a ciertas posiciones muy l�gicas desde su punto de vista. En primer lugar un anticonstitucionalismo radical: las operaciones constituyentes, dice, no han hecho sino �trozar� los viejos poderes al �organizar entre ellos a unos antagonismos ficticios y complicados�, sin cambiar lo esencial, �la naturaleza general del antiguo r�gimen�. Cambio que desde luego no podr� conseguirse con el principio de la soberan�a del pueblo, que no es m�s que una expresi�n vac�a, como lo es la palabra derecho. Esta, dice Comte, debiera ser �apartada del verdadero lenguaje pol�tico, como la palabra causa del aut�ntico lenguaje filos�fico�. El liberalismo pol�tico est� basado en un individualismo que hace de la libertad el valor primero y que no consigue encontrar una soluci�n al problema del v�nculo social, de la cohesi�n de la sociedad en un per�odo de crisis. Comte ve en �l una doctrina �cr�tica�, sobre la que no se podr� construir nada estable, y, para responder al problema de la cohesi�n social, desplaza el an�lisis del individuo a lo social y trata de pensar de nuevo lo pol�tico desde el punto de vista de la sociedad y por la sociedad, suprimiendo el de la autonom�a del hombre. La libertad ya no es la libertad-autonom�a liberal, la libertad de criticar, de pensar, de experimentar, pues s�lo tiene sentido en el �desarrollo gradual de las facultades humanas�, en la �sumisi�n racional a la sola preponderancia, convenientemente comprobada, de las leyes fundamentales de la naturaleza�. La pol�tica entonces no es sino sumisi�n a �invariables leyes naturales�, debe estar apoyada en una educaci�n positivista, confiada a ese poder esencial para una sociedad moderna que es el �poder espiritual�, que por medio de un �sistema universal de educaci�n� debe dar relieve al �ascendiente social�.
El comtismo pol�tico es extremadamente ambiguo: Comte plante� con fuerza el problema con el que se enfrenta todo pensamiento pol�tico del siglo XIX; es decir, c�mo contrarrestar la disoluci�n del v�nculo social producida por el individualismo cuando emergen nuevas capas sociales, pero su soluci�n pasaba por la negaci�n de los principios modernos del humanismo. Toda la operaci�n republicana consistir� en eliminar esta ambig�edad, efectuando la s�ntesis parad�jica del ideal cient�fico del comtismo y del pensamiento del derecho marginado por �ste. Littr� conservar� de Comte una sensibilidad en los l�mites de la inestabilidad, e incluso de la anarqu�a, de las �edades intermedias�, aquellas en las que un viejo orden ha sido abolido y el nuevo trata de nacer, que se fundamenta en una articulaci�n clara de una concepci�n del v�nculo social y una teor�a de lo pol�tico. A partir de este momento, tanto para �l como para Comte, debe reintroducirse un principio de orden. Para Littr� el gobierno representativo no es algo vano y la libertad individual no es un falso principio.
�Los dos intereses que predominan al presente en la sociedad europea son la libertad y el socialismo; la libertad sin la cual el hombre moderno considera incompleta su existencia y se siente, como dec�a el romano, deminutus capite; el socialismo como aspiraci�n de las clases populares hacia la plenitud de la vida social. Poco importa c�mo pueden satisfacerse estos dos intereses con tal de que lo sean. Pero ambos implican la libertad de discusi�n, y la experiencia se encarga de comprobar diariamente que la discusi�n no es efectiva sino en los gobiernos representativos. Comte pretend�a sustituirlos por la dictadura, pero nadie podr� jam�s unir la dictadura con la libertad de discusi�n�. Littr� rechaza toda voluntad de sistema, toda idea de un voluntarismo dirigido a reconstruir a toda costa una unidad, y prefiere apostar por unas instituciones libres.
Los republicanos se convencieron pronto de que la pol�tica deb�a ser experimental. Esto significa dos cosas: el rechazo de los dos dogmas antagonistas, el de la restauraci�n y el de la revoluci�n, que en realidad pretend�an detener el movimiento profundo de una sociedad dividida con soluciones tan radicales como peligrosas para dichos conflictos, pero tambi�n la preocupaci�n por tener en cuenta lo que es, por ejemplo para Littr�, esencial: el tiempo. Aqu� el pensamiento republicano es realmente un pensamiento de conflicto: consciente de su existencia, rechaza toda soluci�n aprior�stica, pero trata de hallar, teniendo en cuenta la duraci�n, soluciones armoniosas, porque respetan la complejidad de lo real. �La rep�blica, escribe Littr�, es el r�gimen que mejor permite que el tiempo conserve su justa preponderancia�. No se trata de valorizar la tradici�n por s� misma en contra de cualquier voluntarismo pol�tico; los republicanos no conciben el futuro de las sociedades como la realizaci�n de un plan de la Providencia, y no esperan nada de lo que Chateaubriand llama �la lenta conspiraci�n de las edades�, sin embargo quieren que el tiempo cumpla su papel, apostando que la verdad terminar� por ganar la partida sin que haga falta imponerla por la fuerza, y que los conflictos perder�n agudeza, sin que sea necesario extinguirles construyendo una unidad por la fuerza.
Es precisamente por eso por lo que la Rep�blica debe ser conservadora: no en el sentido de los �conservadores� partidarios del inmovilismo e incluso del regreso al orden antiguo, sino para no da�ar el tejido social, para eliminar la soluci�n violenta de los conflictos. �Dos categor�as de hombres trabajan para evitar el peligro: por un lado, los republicanos, que tratan de llevar el partido revolucionario al campo de la discusi�n y de la legalidad; por el otro, los conservadores, que aceptan el r�gimen republicano y son garant�a del orden.�
As� se abre la posibilidad de una pol�tica que ser� �oportunista� al menos por tres razones. Porque es el �nico medio de respetar el tiempo, que es lo �nico que puede reconciliar el orden necesario del lado de lo social y el progreso, horizonte de una filosof�a y una pol�tica. Pero tambi�n porque los republicanos piensan que lo provisional es lo �nico que puede erradicar los fantasmas de la violencia e instalar lo definitivo; en esta dial�ctica, Littr� destaca que resulta imposible imponer por la fuera lo deseable, pues eso es algo que s�lo se puede conseguir por la discusi�n, por la libertad practicada. Por �ltimo, la pol�tica republicana es oportunista porque se basa en la �transacci�n�. En pol�tica, para reunir las fuerzas suficientes para instalar un r�gimen que no puede ser m�s que parlamentario para dar una forma a la publicidad. En materia social, porque esta forma de r�gimen no cierra el paso a ninguna posibilidad, sin que sea necesario imponer nada, sino s�lo convencer.
Comte concibe la ciencia como dirigida esencialmente a establecer el dominio del hombre sobre la naturaleza. No es que la ciencia sea ella misma de naturaleza pr�ctica o tienda expl�citamente hacia la acci�n. Comte afirma el car�cter especulativo de los conocimientos cient�ficos y los distingue claramente de los tecnicopr�cticos. Sin embargo, considerado en su conjunto, el estudio de la naturaleza est� destinado a suministrar �la verdadera base racional de la acci�n del hombre sobre la naturaleza�, ya que �s�lo el conocimiento de las leyes de los fen�menos, cuyo resultado constante es el de hacerlos prever, puede, evidentemente, conducirnos en la vida activa a modificarlos en provecho nuestro�. El fin de la investigaci�n cient�fica es la formulaci�n de las leyes, porque la ley permite la previsi�n; y la previsi�n dirige y gu�a la acci�n del hombre sobre la naturaleza.
En resumen, ciencia, por tanto, previsi�n; previsi�n, por tanto, acci�n: tal es la formulaci�n sencill�sima que expresa de manera exacta la relaci�n general entre la ciencia y el arte, tomando estos dos t�rminos en su acepci�n total
La investigaci�n de la ley se convierte as� en t�rmino �ltimo y constante de la investigaci�n cient�fica. La ley, implicando el determinismo riguroso de los fen�menos naturales y su posible subordinaci�n al hombre, tiende a delinear la armon�a fundamental de la naturaleza. Entre los dos elementos que constituyen la ciencia, el hecho observado u observable y la ley, es la ley la que prevalece sobre el hecho. Toda ciencia consiste en la coordinaci�n de los hechos; y si las diversas observaciones fueran del todo aisladas, no habr�a ciencia.
En general, cabe tambi�n decir que la ciencia est� destinada esencialmente a prescindir, hasta el punto en que los diversos fen�menos lo consienten, de toda observaci�n directa, permitiendo deducir del n�mero m�s peque�o posible de datos inmediatos el n�mero m�s grande posible de resultados
Nosotros hemos reconocido que la verdadera ciencia, considerada seg�n aquella previsi�n racional que caracteriza su principal superioridad con respecto a la pura erudici�n, consiste esencialmente en leyes y no en hechos, aunque �stos sean indispensables para su establecimiento y su sanci�n
El esp�ritu positivo, sin dejar nunca de reconocer la preponderancia necesaria de la realidad directamente experimentada, tiende siempre a aumentar lo m�s posible el dominio racional a expensas del domino experimental, sustituyendo cada vez m�s con la previsi�n de los fen�menos su exploraci�n inmediata
Con esta tendencia l�gica de la ciencia se relaciona su esencial relativismo. Las operaciones de la inteligencia, en su calidad de fen�menos vitales, est�n, inevitablemente, subordinadas a la relaci�n fundamental entre el organismo y el ambiente, cuyo dualismo constituye, en el conjunto de sus aspectos, la vida. Por esta relaci�n, todos nuestros conocimientos reales son relativos, por una parte, al ambiente, en cuanto influye sobre nosotros, y, por otra, al organismo, en cuanto es sensible a esta acci�n. Todas las especulaciones humanas est�n, por tal raz�n, influenciadas profundamente por la constituci�n externa del mundo, que regula el modo de acci�n de las cosas, y por la constituci�n interna del organismo, que determina el resultado personal; y es imposible establecer en cada caso la apreciaci�n exacta de la influencia propia de cada uno de estos dos elementos inseparables de nuestro pensamiento. En virtud de este relativismo, se debe admitir la evoluci�n intelectual de la humanidad. De esta manera queda excluida la inmutabilidad de las categor�as intelectuales del hombre; desde este punto de vista, las teor�as sucesivas son �aproximaciones crecientes de una realidad que no podr�a nunca ser rigurosamente apreciada, siendo siempre la mejor teor�a en cada �poca aquella que mejor representa el conjunto de las observaciones correspondientes�.
Las ciencias se pueden clasificar considerando en primer lugar su grado de simplicidad o, lo que es lo mismo, el grado de generalidad de los fen�menos que constituyen su objeto. Los fen�menos m�s simples son los m�s generales; y los fen�menos simples y generales son tambi�n los que se pueden observar m�s f�cilmente. Por esto, graduando las ciencias seg�n un orden de simplicidad y generalidad crecientes, se viene a reproducir el orden de sucesi�n con que las ciencias han entrado en la fase positiva.
Se pueden distinguir, en primer lugar, los fen�menos de los cuerpos brutos y los fen�menos de los cuerpos organizados, como objetos de dos grupos principales de ciencias. Los fen�menos de los cuerpos organizados son m�s complicados y m�s particulares que los otros. Dependen de los precedentes, que, a su vez, no dependen de ellos. De aqu� la necesidad de estudiar los fen�menos fisiol�gicos, despu�s de los fen�menos de los cuerpos inorg�nicos. La f�sica se encuentra, pues, dividida en f�sica org�nica y f�sica inorg�nica. La f�sica inorg�nica ser� primero f�sica celeste (astronom�a) y, despu�s, f�sica terrestre (f�sica y qu�mica). Una divisi�n an�loga se establecer� en la f�sica org�nica: tendremos por una lado una f�sica org�nica o fisiol�gica y, por otro, una f�sica social fundada en ella.
De esta clasificaci�n han sido excluidas las matem�ticas, por cuanto son la base de todas las dem�s ciencias. Las matem�ticas se dividen en dos grandes ramas: abstractas (c�lculo) y concretas geometr�a).
A pesar de esta divisi�n de las ciencias Comte se muestra contrario a la especializaci�n. Forma parte del esp�ritu de la sana filosof�a admitir que las leyes naturales, verdadero objeto de nuestras investigaciones, no pueden ser rigurosamente compatibles, en ning�n, caso con una investigaci�n demasiado detallada; y por eso ninguna sana teor�a puede sobrepasar con �xito la exactitud reclamada por nuestras necesidades pr�cticas. La investigaci�n cient�fica debe salir al paso de las necesidades intelectuales del hombre; y todo lo que parece desbordar tales necesidades cae fuera de ella.
El Sistema de pol�tica positiva tiende a fundar la unidad dogm�tica, cultural y pr�ctica, de la humanidad, unidad que, rota por la decadencia del r�gimen teocr�tico y por los primeros escarceos del esp�ritu positivo, no ha sido todav�a restablecida. Esta unidad no es solamente, debido a esto, la unidad de una doctrina, sino tambi�n la de un culto, de una moral y de una costumbre.
El concepto fundamental es el de la Humanidad, que debe ocupar el lugar de Dios. La Humanidad es el Gran Ser como �conjunto de los seres pasados, futuros y presentes que concurren libremente a perfeccionar el orden universal�. Los seres pasados y futuros son la �poblaci�n subjetiva�, y los seres presentes la �poblaci�n objetiva�. La existencia del Gran Ser implica la subordinaci�n necesaria de la poblaci�n objetiva a la doble poblaci�n subjetiva.
Esta suministra, por una parte, la fuente, y por otra, el objetivo de la acci�n que s�lo aqu�lla ejerce directamente. Nosotros trabajamos siempre para nuestros descendientes, pero bajo el impulso de nuestros antepasados, de los cuales derivan a la vez los elementos y los procedimientos de todas nuestras acciones. El privilegio principal de nuestra naturaleza consiste en el hecho de que toda individualidad se perpet�a indirectamente a trav�s de la existencia subjetiva, si su obra objetiva ha dejado resultados dignos. Se establece as� desde el principio la continuidad propiamente dicha, que nos caracteriza m�s que la simple solidaridad, cuando nuestros sucesores prosiguen nuestros objetivos como nosotros hemos seguidos los de nuestros predecesores
El concepto de Humanidad no es un concepto biol�gico, sino un concepto hist�rico, fundado en la identificaci�n rom�ntica de tradici�n e historicidad. La Humanidad es la tradici�n ininterrumpida y continua del g�nero humano, tradici�n condicionada por la continuidad biol�gica de su desarrollo, pero que incluye todos los elementos de la cultural y de la civilizaci�n del g�nero humano. La Humanidad no es m�s que la tradici�n divinizada; una tradici�n que comprende todos los elementos objetivos y subjetivos, naturales y espirituales, que constituyen el hombre.
As� entendida, implica, en primer lugar, la idea del progreso. El progreso es �el desarrollo del orden�. El concepto del mismo fue establecido en la Revoluci�n Francesa. Pero tal concepto no hubiese podido completarse de no haberse antes hecho justicia a la Edad Media, por la que la Edad Antigua y la Edad Moderna est�n, al mismo tiempo, separadas y unidas. La tendencia final de toda vida animal consiste en formar un Gran Ser, m�s o menos an�logo a la Humanidad. Esta disposici�n com�n no pod�a, con todo, prevalecer m�s que en una sola especie animal; por esto, toda especie animal fuera del hombre es �un Gran Ser m�s o menos abortado�.
Para el positivismo de Stuart Mill, el recurso a los hechos es continuo e incesante, y no es posible ninguna dogmatizaci�n de los resultados de la ciencia. La l�gica tiene como fin principal abrir brecha en todo absolutismo de la creencia y preferir toda verdad, principio o demostraci�n a la validez de sus bases emp�ricas.
En la Introducci�n de la L�gica, Mill se desembaraza de todas las cuestiones metaf�sicas que, seg�n afirma, caen fuera del dominio de esta ciencia, en cuanto es la ciencia de la prueba y de la evidencia.
Est� generalmente admitido que la existencia de la materia o del esp�ritu, del espacio o del tiempo, no es por naturaleza susceptible de ser demostrada, y que si hay alg�n conocimiento de ella, debe ser por intuici�n inmediata
Pero una �intuici�n inmediata� que caiga fuera de toda posibilidad de investigaci�n y de razonamiento est� privada de significaci�n filos�fica. Al lado de la eliminaci�n de toda realidad metaf�sica est� la eliminaci�n de todo fundamento metaf�sico o trascendente o, en general, no emp�rico de las verdades y de los principios universales. Todas las verdades son emp�ricas: la �nica justificaci�n del �esto ser� es el �esto ha sido�. Las llamadas proposiciones esenciales son puramente verbales: afirman de una cosa indicada con un nombre s�lo lo que es afirmado por el hecho de llamarla con este nombre. Son, por tanto, fruto de una pura convenci�n ling��stica y o dicen absolutamente nada real sobre la cosa misma. Lo que llamamos axiomas son verdades originariamente sugeridas por la observaci�n. Tales axiomas no tienen un origen diferente de todo el resto de nuestros conocimientos: su origen es la experiencia.
Toda proposici�n universal es una generalizaci�n de hechos observados. Pero �qu� justifica esta generalizaci�n, dado que nunca es posible observar todos los hechos y que a veces basta un hecho solo para justificar una generalizaci�n? Este es el problema fundamental de la inducci�n. Mill ve la soluci�n de este problema en el principio de la uniformidad de la naturaleza. Las uniformidades de la naturaleza son las leyes naturales: son reveladas por la experiencia y se confirman y corrigen rec�procamente. Pero las uniformidades naturales, reveladas por la experiencia, evidencian entre s� una uniformidad fundamental, que es, a su vez, una ley: la ley de causalidad. Esta ley, al afirmar que todo hecho que tiene un comienzo tiene una causa, establece que �es una ley que todo tenga una ley�.
Nosotros creemos que el estado del universo entero en cada instante es secuencia del estado del mismo en el instante precedente; de modo que uno que conozca todos los agentes que existen en el momento presente, su situaci�n en el espacio y todas sus propiedades �en otras palabras, las leyes de su acci�n� podr�a predecir toda la historia subsiguiente del universo, a menos que sobreviniera una nueva decisi�n de una fuerza capaz de controlar todo el universo. Y si alg�n estado particular del universo surgiera por segunda vez, todos los estados subsiguientes, acaecer�an de nuevo igualmente, y asimismo toda la historia, como un decimal peri�dico de muchas cifras (A system of logic, III, 5, � 8)
La investigaci�n l�gica de Mill tiende a establecer un m�todo y una disciplina para el estudio y direcci�n del hombre. La libertad no contradice �la necesidad filos�fica�, la cual implica que, dados los motivos presentes al esp�ritu de un individuo y dados, asimismo, el car�cter y las disposiciones del individuo, se puede deducir infaliblemente su futura conducta; de manera que �si conocemos la persona a fondo y si conocemos todos los motivos que act�an sobre ella, podemos predecir su conducta con la misma certeza con que podemos predecir cualquier acontecimiento f�sico. Esta necesidad filos�fica le parece a Mill la interpretaci�n de una experiencia universal y la expresi�n de una convicci�n com�n a todos. Con todo, no debe confundirse con la fatalidad, que supondr�a un lazo m�s �ntimo. Una constricci�n de esta clase ser�a, seg�n Mill, opuesta a nuestra conciencia y repugnar�a a nuestros sentimientos.
Nosotros sabemos que en el caso de nuestras voliciones no existe esa misteriosa constricci�n. Sabemos que no estamos impulsados, como por un m�gico encanto, a obedecer a alg�n motivo particular. Sentimos que, si deseamos mostrar que tenemos fuerza para resistir el motivo, podemos hacerlo (ya que el motivo mismo se convierte, como es evidente, en un nuevo antecedente); y ser�a humillante para nuestro orgullo y (lo que importa m�s) paralizar�a nuestro deseo de perfecci�n el pensar de otra manera.
La fatalidad supondr�a una especie de conexi�n metaf�sica entre la volici�n y sus m�viles, mientras la necesidad no puede significar otra cosa que uniformidad del orden y posibilidad de predicci�n. Sobre estas dos cosas se funda la ciencia de la naturaleza humana, cuyo ideal consiste en el poder predecir la conducta futura de un individuo humano con la misma certeza con que la astronom�a predice los movimientos de los astros. Tal ciencia es la psicolog�a.
Sobre a psicolog�a y sus leyes se funda la etolog�a, que estudia las leyes de formaci�n del car�cter. Junto a la ciencia del car�cter individual, Mill pone la ciencia del car�cter social y colectivo, que es la sociolog�a. Esta ciencia debe fundarse en el principio del progreso del g�nero humano. El objetivo de la sociolog�a debe ser el descubrimiento de una ley de progreso que, una vez hallada, haga posible predecir los acontecimientos futuros. Mill admite una est�tica social y una din�mica social que hab�an de explicar los hechos de la historia y determinar la direcci�n de su desarrollo progresivo.
Spencer ofrece una visi�n evolucionista de la realidad que, como la ley de los tres estados, tiene tambi�n consecuencias pol�ticas y sociales. A pesar de sus protestas, no deja Spencer de ser positivista, pues basa el conocimiento en el desarrollo intelectual de la humanidad, busca construir la ciencia y la filosof�a sobre una base emp�rica, rechaza la metaf�sica y ofrece la ciencia social como el �nico veh�culo capaz de estudiar la sociedad.
Spencer toma la condici�n biol�gica de la humanidad como dato concreto, innegable y esencial: el individuo y la sociedad son organismos que, para sobrevivir, est�n en transacci�n constante con el ambiente; todo �rgano y toda acci�n son instrumentos de supervivencia �la experiencia del pensamiento y los razonamientos adquieren su valor al incrementar las oportunidades para sobrevivir�. Este proceso biol�gico es tanto un modelo filos�fico como una realidad fundamental.
Seg�n Spencer, el conocimiento surge de la experiencia. Esta �ltima es fenom�nica y accesible a la observaci�n. Fuera de nuestro control o deseos, responde a algo terco, intransigente, que sentimos como externo y que llamamos la realidad. Dividimos la experiencia en dos categor�as epistemol�gicas: lo cognoscible y lo incognoscible. Dentro de la primera cae lo conocido y lo que se puede conocer �la experiencia misma�. De ella brota y a ella est� limitado el conocimiento: se observan los fen�menos, se descubren sus relaciones, se conectan con inducciones que al repetirse y acumularse en la memoria resultan en el saber que llamamos sentido com�n y que nos permite sobrevivir. El razonamiento �otra habilidad adquirida por el organismo para sobrevivir� consiste en conectar conceptos derivados de la experiencia por medio de procedimientos aprendidos y aprobados por la experiencia misma.
La segunda categor�a es lo incognoscible, lo que no se puede concebir o experimentar. En ella cae lo que est� detr�s de la experiencia, los objetos tradicionales de la metaf�sica y la religi�n: la realidad, la naturaleza absoluta de las cosas, el origen del universo, Dios, la consciencia, el tiempo y el espacio, la materia y el movimiento, etc. Seg�n Spencer, el razonamiento, por trabajar s�lo con conceptos emp�ricos, no puede formular ninguna concepci�n de estos absolutos. Al afirmar proposiciones sobre los incognoscibles, el razonamiento crea contradicciones, antinomias o suposiciones inauditas e inconcebibles. Por lo tanto, la metaf�sica no es posible, es pura palabrer�a porque se engendra de la aplicaci�n err�nea a lo incognoscible de los procedimientos racionales usados para comprender lo cognoscible. El error de la metaf�sica es suponer que los incognoscibles tienen referencias como las tienen los cognoscibles; creer que lo que se piensa tiene que existir m�s all� del pensamiento.
Una vez aclarada esta distinci�n epistemol�gica, Spencer define la filosof�a como un conocimiento completamente unificado y coherente. Su objeto es establecer no s�lo las conexiones simples entre los datos sino tambi�n una concepci�n unitaria del por qu� de las cosas. Representa el conocimiento m�s general de la realidad: �El sentido com�n es el nivel m�s bajo del conocimiento no-unificado; la ciencia es el conocimiento parcialmente unificado; la filosof�a es el conocimiento totalmente unificado�. La filosof�a comienza con las generalizaciones m�s amplias de las ciencias particulares que se sistematizan y se asocian para formar conceptos aun m�s generales, hasta llegar a una unificaci�n total del conocimiento bajo primeros principios, �las proposiciones m�s generales de la experiencia, no inferibles de ninguna m�s profunda y probadas al demostrarse una congruencia completa entre las conclusiones que implican�. La filosof�a es, entonces, una superciencia, un dep�sito de verdades inductiva de gran generalidad que expresan las reglas que unifican el conocimiento y las condiciones en que se produce la experiencia.
La ley de la evoluci�n tiene, para Spencer, una aplicaci�n universal. Afirma que los organismos, al ser constantemente retados por el ambiente o por otros organismos, tienden a adaptarse. Adaptaci�n significa alteraciones internas o externas que responden a cambios ambientales, y que se transmiten a la descendencia y, as�, a la especie. La evoluci�n es lenta, gradual, y siempre supone un aumento de complejidad org�nica. En Primeros principios la ley de la evoluci�n adquiere una posici�n fundamental como principio constitutivo de cambio en el universo: es el progreso de agregados hacia una integraci�n compleja de lo homog�neo a lo heterog�neo, de lo simple a lo complejo. Esto significa que todo cambio biol�gico, individual, social, qu�mico, f�sico, hasta gal�ctico que muestre tal integraci�n, est� en proceso de evoluci�n.
Al reducir lo cognoscible y lo incognoscible a los datos de la experiencia, Spencer da paso al uso de conceptos te�ricos, sin peligro de caer en la metaf�sica o de abandonar un inductivismo estricto. Para Spencer, los conceptos te�ricos no son m�s que concepciones simb�licas o representaciones sugeridas por la experiencia �ideas concretas que al aplicarse a situaciones m�s generales van perdiendo su car�cter concreto�. Cuanto m�s abstractos, los conceptos te�ricos menos conectados est�n con las experiencias que les dieron luz, y son m�s ficticios. Los m�s necesarios para la ciencia, como la materia, la fuerza, etc., son tan abstractos que carecen de contenido experiencial y se convierten entonces en incognoscibles. Son, desde luego, cuestiones psicol�gicas. Esto nos lleva a concluir que las leyes cient�ficas, como relaciones inductivas o te�ricas entre los fen�menos, son concepciones establecidas por la mente. La diferencia entre los conceptos inductivos y los te�ricos es, entonces, una diferencia psicol�gica: hasta qu� punto est�n arraigados en la experiencia. Y dado que la l�gica es fundamentalmente la asociaci�n instrumental de ideas sancionada por la experiencia, la diferencia l�gica entre los conceptos inductivos y los te�ricos es la diferencia de en qu� medida nos sentimos seguros al asociar un concepto con otro.
La inspiraci�n fundamental del evolucionismo de Spencer es justificar, en su ley y en su causa fundamental, el progreso, entendido como hecho universal y c�smico.
Tanto si se trata del desarrollo de la tierra, del desarrollo de la vida en su superficie, del desarrollo de la sociedad, como del gobierno, de la industria, del comercio, del lenguaje, de la literatura, de la ciencia, del arte, siempre en el fondo de todo progreso hay la misma evoluci�n que va de lo simple a lo complejo, a trav�s de diferenciaciones sucesivas. Desde los m�s antiguos cambios c�smicos de que quedan restos hasta los �ltimos resultados de la civilizaci�n veremos que la transformaci�n de lo homog�neo en heterog�neo es la misma esencia del progreso.
Spencer define la filosof�a como el conocimiento en su m�s algo grado de generalidad. La ciencia es conocimiento parcialmente unificado; la filosof�a, conocimiento completamente unificado. Las verdades de la filosof�a son, respecto a las verdades cient�ficas superiores, lo que �stas respecto a las verdades cient�ficas inferiores; de suerte que las generalizaciones de la filosof�a comprenden y consolidan las m�s vastas generalizaciones de la ciencia. Por esto, debe tomar como material propio y punto de partida los principios m�s vastos y m�s generales a que la ciencia haya llegado. Todos los principios de la ciencia est�n unificados en la ley de la evoluci�n, la cual significa que la materia pasa de un estado de dispersi�n a un estado de integraci�n (o concentraci�n), mientras que la fuerza que ha causado la concentraci�n se disipa. La filosof�a es, pues, esencialmente una teor�a de la evoluci�n.
La primera determinaci�n de la evoluci�n es que es un tr�nsito de una forma menos coherente a una forma m�s coherente. Pero la determinaci�n fundamental del proceso evolutivo es aquella que lo caracteriza como paso de lo homog�neo a lo heterog�neo. Finalmente, la evoluci�n supone tambi�n un tr�nsito de lo indefinido a lo definido.
La evoluci�n es un proceso necesario. La homogeneidad, que es su punto de partida, es un estado inestable que no puede durar y debe pasar a la heterogeneidad para alcanzar el equilibrio. Por esto, la evoluci�n debe empezar; una vez empezada debe continuar, porque las partes homog�neas restantes tienden, a su vez, por su inestabilidad, hacia la heterogeneidad. El sentido de este proceso necesario y continuo es optimista. Por lo que se refiere al hombre, la evoluci�n debe determinar una creciente armon�a entre su naturaleza espiritual y las condiciones de vida. �Y �sta es la garant�a para creer que la evoluci�n puede acabar solamente con el establecimiento de la m�s grande perfecci�n y de la m�s completa felicidad�.
La Biolog�a es, para Spencer, el estudio de la evoluci�n de los fen�menos org�nicos y de su causa. La vida consiste en la combinaci�n de fen�menos diversos, contempor�neos y sucesivos, la cual se verifica en correspondencia con cambios simult�neos o sucesivos del ambiente externo. Por esto consiste fundamentalmente en la funci�n de adaptaci�n; y precisamente a trav�s de esta funci�n se forman y se diferencian los �rganos, por la exigencia de responder cada vez mejor a los est�mulos del exterior. Spencer atribuye as� el primer lugar, en la transformaci�n de los organismos vivientes, al principio de Lamarck de la funci�n que crea el �rgano; pero reconoce la acci�n del principio darwiniano de la selecci�n natural, que, empero, no puede actuar sino a trav�s de la adaptaci�n del ambiente y, por tanto, del desarrollo funcional de los �rganos. Insiste en la conservaci�n y en la acumulaci�n de los cambios org�nicos individuales por obra de la herencia; y concibe el progreso de la vida org�nica como adaptaci�n creciente de los organismos al ambiente por acumulaci�n de las variaciones funcionales que responden cada vez mejor a los requisitos ambientales.
Para Spencer la sociolog�a debe limitarse a una tarea puramente descriptiva del desarrollo de la sociedad humana hasta el punto a que ha llegado hasta ahora. Puede, desde luego, determinar las condiciones que el desarrollo ulterior deber� satisfacer; pero no las metas y los ideales del mismo. Determinar las metas, establecer cu�l deba ser el hombre ideal en una sociedad ideal, es misi�n de la moral.
La sociolog�a determina las leyes de la evoluci�n superorg�nicay considera la misma sociedad humana como un organismo, cuyos elementos son, primero, las familias, y, despu�s, los individuos particulares. El organismo social se distingue del organismo animal por el hecho de que la conciencia pertenece solamente a los elementos que los componen. La sociedad no tiene un sensorio como el animal: vive y siente s�lo en los individuos que la componen.
El desarrollo social debe ser abandonado a la fuerza espont�nea que lo preside y lo impulsa hacia el progreso; la intervenci�n del Estado en los hechos sociales no hace otra cosa que perturbar u obstaculizar este desarrollo. A la objeci�n de que el Estado debe tambi�n hacer algo para quietar o disminuir la miseria o la injusticia social, Spencer responde que el Estado no es el �nico agente que puede eliminar los males sociales, por cuanto existen otros agentes que, dejados en libertad, pueden conseguir mejor este objetivo. Adem�s, no todos los sufrimientos deben ser prevenidos, ya que muchos sufrimientos son curativos, y prevenirlos significa prevenir el remedio. Adem�s, es quim�rico suponer que todo mal pueda ser eliminado; existen defectos de la naturaleza humana que obran de manera que, con un pretendido remedio, el mal s�lo cambia de sitio y queda reforzado con el cambio.
La �tica de Spencer es, sustancialmente, una �tica biol�gica, que tiene por objeto la conducta del hombre, esto es, la adaptaci�n progresiva del hombre mismo a sus condiciones de vida. Esta adaptaci�n implica no s�lo una prolongaci�n de su vida, sino tambi�n su mayor intensidad y riqueza. Entre la vida de un salvaje y la de un hombre civilizado no hay �nicamente una diferencia de duraci�n, sino de extensi�n: la del hombre civilizado implica la consecuci�n de fines mucho m�s variados y ricos, que la hacen m�s intensa y extensa. Esta creciente intensidad es lo que se debe entender por felicidad. Puesto que es bueno todo acto que se adapta a su fin, la vida que se presenta, en conjunto, mejor adaptada a sus condiciones es tambi�n la vida m�s feliz y placentera. Por esto, el bien se identifica con el placer; y la moral hedonista o utilitarista es la �nica posible. Spencer, sin embargo, no admite el utilitarismo en la forma que hab�a adoptado en la obra de Bentham y de los Mill. El motivo de la acci�n moral del hombre no es ni puede ser la utilidad. La evoluci�n social, acumulando con la herencia un enorme n�mero de experiencias morales, que permanecen inscritas en la estructura org�nica del individuo, suministran al individuo mismo un a priori moral, que es tal para �l, aunque no lo sea para la especie. Se debe admitir que el hombre individual obre por deber, por un sentimiento de obligaci�n moral; pero la �tica evolutiva da cuenta del nacimiento de este sentimiento, mostrando c�mo nace de las experiencias repetidas y acumuladas a trav�s de la sucesi�n de innumerables generalizaciones. Experiencias que han producido la conciencia de que el dejarse guiar por sentimientos que se refieren a resultados lejanos y generales e, habitualmente, m�s �til para alcanzar el bienestar que dejarse guiar por sentimientos que deben ser inmediatamente satisfechos y que han transformado la coacci�n externa pol�tica, religiosa y social en un sentimiento de coacci�n puramente interior y aut�nomo.
Congruente con el positivismo cl�sico, Mach reafirma que la ciencia describe y predice las relaciones observables entre los fen�menos; que sus m�todos no son los apod�cticos de la l�gica y las matem�ticas, sino los de experimentaci�n y verificaci�n; y que su objeto es dar una descripci�n completa y econ�mica de la realidad. La econom�a se logra al �reemplazar o salvar las apariencias por medio de la reproducci�n y anticipaci�n de los hechos en el pensamiento. La memoria est� m�s a mano que la experiencia, y frecuentemente sirve los mismos fines�. La ciencia economiza al sustituir las experiencias cient�ficas con los conceptos y leyes que la representan, facilitando el c�lculo y librando a la mente de labores excesivas. La ciencia es, adem�s, instrumental y utilitaria �es un instrumento para controlar la naturaleza a beneficio del que la estudia�. Por eso, tiene primero que liberarse de todo aquello que impida su misi�n �de conceptos metaf�sicos, teol�gicos o in�tiles� con un programa metodol�gico que permita derivar estrictamente el conocimiento de la observaci�n.
Para Mach, las sensaciones son los colores, sabores, olores, sonidos, etc., que sentimos. Las llamamos colectivamente la experiencia y, al enfocarlas en una direcci�n, se denominan observaci�n. Con ellas se construye la realidad: �el mundo consiste en nuestras sensaciones�. Para Mach no hay evidencia de que, detr�s de las sensaciones, exista una realidad que las cause. Las sensaciones son, por lo tanto, irrefutables. Los errores perceptivos y las ilusiones son, simplemente, malas interpretaciones de lo que observamos.
Este sensacionalismo se traduce en un reductivismo conceptual; todo concepto cient�fico tiene significado si se puede traducir sin residuo al lenguaje de colores, sonidos, etc. Mach ve tres tipos de conceptos cient�ficos: aquellos que se pueden reducir directamente a las sensaciones; aquellos �como los derivados de las inducciones� cuya reducci�n es indirecta; y los te�ricos, donde la reducci�n no es posible. La reducci�n de los primeros conceptos no ofrece dificultades. La de los segundos se lleva a cabo siguiendo reglas inductivas similares a las establecidas por Mill. Los conceptos que afirman nexos causales se reducen a la contig�idad y conjunci�n constante de fen�menos. Las leyes cient�ficas se tratan como registros de ocurrencias de tipos espec�ficos de sensaciones y abstracciones (relaciones generales entre las sensaciones) que funcionan como res�menes de las experiencias pasadas y sirven para predecir las futuras.
El problema est� en los conceptos te�ricos. �stos son irreductibles a las sensaciones y por lo tanto carecen de significado concreto. Mach admite que son �tiles y que sin ellos la ciencia resultar�a demasiado estrecha. Su soluci�n es tratarlos como conceptos auxiliares, instrumentos de c�lculo que sirven para facilitar el razonamiento y economizar la labor mental, pero que no se refieren a nada y carecen de veracidad.
Al permitirse el uso de lo te�rico como instrumental, tambi�n se permite el uso de lo metaf�sico, siempre y cuando recordemos que los enunciados de la metaf�sica no son verdades sino instrumentos que tambi�n economizan el razonamiento. Clasifican, ayudan a predecir o economizan la labor mental, pero no se refieren a ninguna realidad, ni nos comprometen a afirmar su existencia. Las sensaciones no presuponen algo externo que las causa en la mente, pues lo mental y la mente, tanto como lo corp�reo y el cuerpo, carecen de significado como entidades metaf�sicas. Son conceptos auxiliares que ayudan a organizar los datos de la experiencia misma.
Las matem�ticas del siglo XIX se caracterizan 1) por una notable exigencia de rigor, entendi�ndolo como una explicaci�n de los conceptos de las distintas teor�as y una determinaci�n de los procedimientos deductivos y fundacionales de aqu�llas y 2) por una gradual eliminaci�n de la evidencia como instrumento de fundamentaci�n y de aceptaci�n de los resultados matem�ticos.
Weierstrass, Cantor y Dedekind mostraron que la teor�a de los n�meros reales, junto con todas las construcciones que se pueden obtener partiendo de ella proceden de manera rigurosa del concepto y de las propiedades de los n�meros naturales, con lo que algunos especialistas consideraron que el n�mero natural era el material originario que pod�a servir como fundamento de toda la matem�tica. Sin embargo, hubo matem�ticos que no aceptaron el car�cter primitivo del n�mero natural, y pensaron que era posible relacionar la idea de n�mero natural con algo todav�a m�s profundo o m�s primigenio. De aqu� surgen dos l�neas: 1) Frege, quien quiso relacionar la aritm�tica con la l�gica, reduciendo el concepto de n�mero natural a una combinaci�n de conceptos meramente l�gicos; Frege pretend�a obtener �las leyes m�s simples del numerar� a trav�s de �medios puramente l�gicos�. Nace as� el logicismo. 2) Cantor, el cual deduce la aritm�tica a la teor�a de los conjuntos.
Por su parte, Boole mostraba la posibilidad de someter a un tratamiento calcul�stico �e.e., algebraico� no s�lo las magnitudes, sino tambi�n entes como las proposiciones, las clases, etc. Boole logra traducir a una teor�a de ecuaciones la l�gica de t�rminos tradicional y en particular la silog�sticas, esbozando adem�s una teor�a algebraica de la l�gica de las proposiciones. Boole transform� la l�gica en �l�gica simb�lica�, que ven�a a configurarse as� como una rama de la matem�tica que permit�a un control riguroso de las demostraciones matem�ticas. En esto concuerda con Frege, para el cual la l�gica no es �nicamente el fundamento al que se remontan a trav�s de la aritm�tica las diversas teor�as matem�ticas, sino tambi�n el instrumento que sirve para erigir de modo correcto y riguroso el edificio mismo de la matem�tica.
Yo podr�a enunciar del modo siguiente el ideal de un m�todo rigurosamente cient�fico para los matem�ticos [...] no se puede pretender, porque es imposible, que todo se demuestre; pero se puede exigir que todas las proposiciones, que se usan sin demostraci�n, sean expl�citamente enunciadas como tales, para que se pueda reconocer con claridad cu�les son las bases en que se apoya toda la construcci�n. Adem�s, hay que tratar de reducir al m�nimo la cantidad de estas leyes originarias, para que se d� la demostraci�n de todo lo que se pueda demostrar. Adem�s, y en esto voy m�s all� de Euclides, exijo que se expliciten previamente todos los procedimientos deductivos que se aplicar�n despu�s. En caso contrario, no queda satisfecha de un modo seguro la primera exigencia (Frege, Fundamentos de la aritm�tica).
Desde otro �mbito, la construcci�n de las geometr�as no euclidianas comportar� la eliminaci�n de los poderes de la intuici�n, sustituy�ndolos por la fundamentaci�n y la elaboraci�n de una teor�a geom�trica: los axiomas ya no son verdades evidentes, que garantizan la fundamentaci�n del sistema geom�trico, sino que se reducen a nuevos comienzos, puntos de partida convencionalmente elegidos y admitidos, con objeto de llevar a cabo una construcci�n deductiva dela teor�a. Ahora bien, si se considera que los axiomas son verdaderos, tambi�n ser�n verdaderos los teoremas correctamente deducidos de tales axiomas, y por lo tanto el sistema queda garantizado. No obstante, si, como han demostrado las geometr�as no euclidianas, los axiomas son meros postulados, �qui�n garantizar� el sistema? Esta cuesti�n es importante porque en la geometr�a no euclidiana la verdad reside en la no contradictoriedad de la teor�a. De aqu� partir� el programa formalista de Hilbert, al cual G�del dar� el golpe de gracia.
Euclides, en los Elementos, sistematiz� el saber geom�trico. En el primer libro de esta obra establece 23 definiciones, 5 postulados y algunos axiomas o nociones comunes; a continuaci�n, bas�ndose en lo ya establecido, pasa a la demostraci�n (o deducci�n) de las proposiciones (o teoremas) de la geometr�a. Las definiciones se proponen explicitar los conceptos de la geometr�a (Ejemplo: �Punto es lo que no tiene partes�). Lospostulados representan verdades indudables del saber geom�trico; estos postulados son cinco:
Se puede trazar una recta desde cualquier punto a cualquier otro punto.
Una recta finita puede prolongarse a voluntad.
Se puede trazar un c�rculo con un centro y un radio cualquiera.
Todos los �ngulos rectos son iguales.
Postulado de las paralelas.
Los axiomas son verdades que poseen validez universal, no solo en la geometr�a (Ej.: �Las cosas que sean iguales a una misma cosa, ser�n iguales entre s�).
Despu�s de definir los conceptos y de fijar los postulados y axiomas, Euclides deduce de ellos aquellas proposiciones o aquellos teoremas que constituyen el saber geom�trico (Ej.: �Sobre una recta determinada se puede construir un tri�ngulo equil�tero�). De este modo Euclides ordena los conocimientos geom�tricos en un sistema que fue aceptado durante muchos siglos como modelo de saber deductivo: los t�rminos de la teor�a se introducen una vez que han sido definidos, las proposiciones no se afirman si antes no son demostradas.
Ahora bien, en las demostraciones de los teoremas uno no puede remontarse al infinito; en alg�n momento hay que parar y apoyar la cadena de deducciones en proposiciones primeras; estas proposiciones primeras hab�an sido escogidas de tal modo que no parec�a que una mente sana pudiese tener dudas acerca de su verdad; y dado que los teoremas resultaban deducidos correctamente de las verdades primeras, tambi�n ellos eran verdaderos.
El problema de esta teor�a es que tiene su punto de partida en proposiciones evidentes; pero el concepto de �evidencia� no es en absoluto evidente; ello se ve claro con los problemas del quinto postulado, cuya discusi�n condujo a la transformaci�n de la noci�n euclidiana de axioma (entendido estrictamente como principio verdadero, autoevidente y fundamentador de los asertos posteriores de una ciencia).
Euclides hab�a formulado su quinto postulado del siguiente modo: si una recta, al encontrarse con otras dos rectas, produce dos �ngulos internos colocados del mismo lado, inferiores a dos �ngulos rectos, dichas rectas �si se prolongan hasta el infinito� se encontrar�n del mismo lado en que est�n los �ngulos inferiores a dos rectas.
Es decir, si tenemos en un plano una recta s y un punto P exterior a ella, en el plano s�lo existe una recta r que pase por el punto P y sea paralela a la recta s, en el sentido de que jam�s la encuentre. Esto sucede cuando la recta r y la recta sse encuentran con la recta t y forman dos �ngulos rectos o dos �ngulos cuya suma sea igual a dos rectos:
|
|
|
Sin embargo, esta proposici�n no es evidente, y en otros modelos puede resultar falsa. Si el plano que contiene la recta s y el punto P exterior a ella queda limitado a la zona interior de un c�rculo, entonces hay muchas rectas que pasan por P y no se encuentran con s. Si aumentamos el radio del c�rculo, disminuye la cantidad de rectas que pasan por P y no tocan s; pero siguen siendo infinitas.
�Qu� intuici�n podr� garantizarnos que esta situaci�n dejar� de darse cuando el plano sea ilimitado? Adem�s, teniendo una recta sen un plano, y un punto P exterior a ella y por el que pasa la recta rque se encuentra con s en a, con el prop�sito de que r se convierta en paralela a s, hagamos girar en el sentido contrario a las agujas del reloj a r, que se encontrar� sucesivamente con s en B, C, D, E, ... Los puntos B, C, D, E, ... se alejan cada vez m�s de A, pero �cu�ndo en un plano infinito se producir� la separaci�n de r con respecto a s? �C�mo podr� controlarse dicha separaci�n? �Es absurdo afirmar que dos rectas paralelas se encuentran en el infinito?
El quinto postulado de Euclides m�s parece un teorema que un postulado; por ello se intent� demostrarlo como una consecuencia de los otros cuatro, o bien como una consecuencia de los otros cuatro m�s un postulado tambi�n evidente y fuera de toda discusi�n, como los cuatro primeros. Sin embargo, el primer intento fracas�; y el segundo solo se pudo llevar a cabo introduciendo un postulado tan problem�tico como el postulado en discusi�n.
Otro intento de demostrar la verdad del quinto postulado fue el siguiente: tomemos los cuatro postulados no problem�ticos y la negaci�n del quinto; a continuaci�n extraigamos consecuencias; si entre estas consecuencias encontramos una contradicci�n, por reducci�n al absurdo habremos demostrado que el quinto postulado es verdadero. De esta idea surgi� la primera geometr�a no eucl�dea, aunque tal reconocimiento no llegar�a hasta 1826, de la mano, por un lado, de Bolyai, y por otro de Lobachevski. La geometr�a de Lobachevski (geometr�a hiperb�lica) se obtiene sustituyendo el postulado de la paralela por su negaci�n; e.d., esta geometr�a postula la existencia de varias paralelas a una recta, pasando por un punto. M�s tarde, aparecer�a la geometr�a de Riman, en donde el quinto postulado se sustituye por el �postulado de Riemann� (dos rectas cualesquiera de un plano siempre tienen por lo menos un punto en com�n); seg�n este postulado, no existen rectas paralelas.
En primer lugar, las geometr�as no euclidianas sirvieron para abolir el dogma de verdad absoluta de la geometr�a euclidiana. Adem�s, la aparici�n de tales geometr�as asest� un golpe decisivo a la ingenua confianza en la intuici�n, que pretend�a fundamentar axiomas y postulados, justificando as� todo el edificio de la geometr�a. Con las geometr�as no euclidianas desaparece la noci�n de axiomas verdaderos por s� mismos, indudables y autoevidentes, con lo que los axiomas dejan de ser principios fundamentales de todo el conjunto de teoremas, para transformarse en comienzos o puntos de partida de la demostraci�n.
La concepci�n de los axiomas como convenciones nos lleva al problema de la consistencia (�c�mo garantizar la coherencia de los sistemas cuyas premisas s�lo son suposiciones y no principios te�ricos v�lidos?) y al problema de la completud, que puede dividirse en dos subproblemas: completud sint�ctica (�c�mo asegurarse de que los axiomas elegidos para un determinado c�lculo son capaces de demostrar o de refutar todas las proposiciones de dicho c�lculo?) y completud sem�ntica (si interpretamos un grupo de axiomas de manera que estos formalicen una teor�a, �c�mo podemos asegurarnos de que no existen proposiciones verdaderas, pertenecientes a la teor�a, que no son demostrables a partir de los axiomas dados?). otro problema a�adido es el de la independencia de los axiomas entre s�: �c�mo se har� para saber que un axioma no se puede deducir del conjunto formado por los dem�s axiomas del sistema?
El gran tema que conmovi� la cultura occidental del ochocientos fue el surgimiento del evolucionismo, el indudable traumatismo que supuso para los cient�ficos tener que admitir que las especies no eran estables, sino mudables. De ser una teor�a vaga y discutida, se convirti� en dogma de fe y martillo de otros muchos dogmas y que permit�a interpretar y renovar muchas disciplinas, incluso distantes de la propia biolog�a.
La recepci�n del darwinismo dio lugar a importantes pol�micas extracient�ficas. As�, principalmente debido a que en La descendencia del hombre y la selecci�n sexual (1871) Darwin (+1882) hac�a extensivo su planteamiento evolucionista publicado en El origen de las especies (1859) a la misma especie humana, se desencaden� un fuerte movimiento de rechazo capitaneado por la Iglesia, tanto anglicana como cat�lica, lo que manifestaba el gran alcance de una teor�a que rebasaba ampliamente el marco de una mera teor�a biol�gica y se instalaba plenamente en el centro de un debate sobre el lugar del hombre en el cosmos. Las concepciones antropol�gicas no pod�an ya ser las mismas despu�s de Darwin, y su influencia se extend�a a todo el �mbito filos�fico. De hecho, de la misma manera que la teor�a de Cop�rnico, que desplazaba la tierra del centro del universo y, por tanto, desplazaba con ella al hombre, la teor�a de Darwin, al se�alar el origen biol�gico de la especie humana dentro del contexto de la evoluci�n de las especies, abrieron nuevas perspectivas en la consideraci�n del ser humano. No obstante, en sus inicios la teor�a evolutiva de Darwin (apoyada, entre los naturalistas por Wallace y Huxley, principalmente), tuvo que enfrentarse a numerosos problemas no s�lo ideol�gicos y filos�ficos, sino tambi�n cient�ficos. La ausencia de pruebas directas de la eficacia de la selecci�n natural, la falta de evidencia de la existencia de especies que diesen explicaci�n (a modo de eslabones) de las transiciones entre unas y otras, as� como la excesiva juventud de la edad de la tierra (seg�n los c�lculos de Lord Kelvin, que luego se demostrar�an err�neos) eran otros tantos problemas cient�ficos que deb�an ser resueltos. A pesar de ello, la gran capacidad explicativa de la teor�a y los numerosos casos que pod�a explicar, hicieron que fuese ampliamente aceptada por la mayor�a de los naturalistas. Por ello, tambi�n entre los sectores que se hab�an negado a aceptar la teor�a tambi�n surgieron defensores. As�, el can�nigo Charles Kingsley reinterpret� el darwinismo y lo introdujo dentro de los planes divinos: el hombre ser�a producto evolutivo de la naturaleza, pero ella misma y toda su ordenaci�n de tipo finalista , se deber�an a los designios divinos. En cierta forma, el evolucionismo de Teilhard de Chardin propugnaba tambi�n algo parecido. Finalmente, el descubrimiento de las mutaciones y el desarrollo de la gen�tica permitieron superar la mayor�a de las objeciones cient�ficas que todav�a se opon�an al darwinismo y, aunque reformado con las nuevas aportaciones, la teor�a evolucionista fue aceptada por la inmensa mayor�a de los cient�ficos a comienzos del siglo XX.
Aunque el mecanicismo se inicia con Descartes, consigue sus bases te�ricas con Galileo y Newton, y triunfa definitivamente en el siglo XVIII con Laplace, la realizaci�n del programa mecanicista se lleva a cabo en el siglo XIX. El desarrollo de tal programa dio lugar al nacimiento de la termodin�mica.
Fourier observ� que el calor siempre se propaga seg�n una direcci�n: desde el cuerpo que posee una temperatura m�s alta hasta el que la tiene m�s baja, restituyendo as� el equilibrio. Esto parec�a contradecir la mec�nica cl�sica, que excluye la existencia de direcciones privilegiadas, as� como la tendencia al equilibrio y a la irreversibilidad. Otro problema procede del estudio de las transformaciones energ�ticas. Joule demuestra que la energ�a mec�nica puede transformarse �ntegramente en calor; m�s tarde, Clausius anuncia el principio seg�n el cual nunca se puede transformar �ntegramente una cantidad de energ�a t�rmica en energ�a mec�nica, sino que una parte de ella se transfiere siempre al exterior (segundo principio de la termodin�mica). Llegamos as� al fundamento te�rico del problema de la energ�a: en cualquier transformaci�n en la que est� implicado el calor, se pierde una parte de energ�a, con lo que aumenta el desorden del universo. Esto comporta una tendencia general hacia un equilibrio final, irreversible.
Kelvin elabor� una primera s�ntesis te�rica de la termodin�mica al introducir el concepto de entrop�a; con ello, la contradicci�n con la mec�nica se convierte en un fen�meno simplemente aparente, pues puede descubrirse una compatibilidad mediante la aplicaci�n de m�todos estad�sticos a sistemas que constan de una cantidad enorme de part�culas. Con base en esta premisa se demuestra que la espont�nea transferencia de calor desde un cuerpo m�s fr�o hasta uno m�s caliente, o transformaci�n termodin�mica completa, no sucede en la realidad, aunque sea posible en teor�a, porque tiene una probabilidad casi nula de llevarse a cabo.
Los estudios sobre electricidad fueron los primeros en asestar un golpe mortal al programa mecanicista. Al contrario que en termodin�mica, donde se empieza cuestionando el mecanicismo para al final aceptarlo, en electrost�tica se comienza aceptando el mecanicismo, para acabar con su derrota. La primera gran ley de la electrost�tica fue la ley de Coulomb, la cual es formalmente similar a la ley de la gravitaci�n de Newton. A partir de aqu� Faraday formul� la hip�tesis de que es posible obtener una corriente el�ctrica mediante una variaci�n del campo magn�tico.
Faraday manifest� la convicci�n �al principio puramente metaf�sica� de que la electricidad, el magnetismo, la luz y la gravedad constituyen manifestaciones diversas de una �nica fuerza. Esta idea fue confirmada por Maxwell, con lo que se llega a la primera s�ntesis te�rica de la f�sica despu�s de Newton. Y es en este momento donde se produce el choque definitivo. Una teor�a mec�nica de las ondas electromagn�ticas postulaba que dichas ondas ser�an vibraciones de determinado medio que penetra toda la materia, el �ter. Sin embargo, la existencia del �ter implicaba la exclusi�n de que dos cargas pudiesen influirse directamente a distancia, cosa que en cambio cre�a Newton que ocurr�a en la interacci�n gravitatoria entre dos masas.
Se inventaron hip�tesis que permitiesen conciliar las dos teor�as; pero todas fracasaron, porque ambas teor�as son incompatibles, pues las ecuaciones de Maxwell cambian su forma matem�tica si cambia su sistema de referencia junto con el m�todo de la mec�nica cl�sica (transformaciones de Galileo), lo que no sucede en las leyes de Newton.
Adem�s, la fenomenolog�a del campo magn�tico inducido por la corriente el�ctrica constituye una novedad conceptual con respecto a la teor�a de Newton, pues pone de manifiesto fuerzas que poseen una direcci�n distinta a la de la recta que une los dos cuerpos que act�an rec�procamente, y que presenta una dependencia de dichas fuerzas con respecto al estado de movimiento de los cuerpos.
Otro descubrimiento que llev� a la crisis de la teor�a de Newton fue una anomal�a en el movimiento de Mercurio, anomal�a inexplicable en la teor�a de Newton.
Mach, por su parte, realiza una cr�tica radical a los principios de la mec�nica cl�sica, concluyendo con la renuncia a formular ning�n modelo de naturaleza, y basando el conocimiento de �sta en una pura y simple conexi�n entre sensaciones.