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TEMA 45.- L�RICA CULTA Y POPULAR EN EL XV. LOS CANCIONEROS.

JORGE MANRIQUE. EL ROMANCERO.

 

 

1.- La l�rica tradicional en los siglos XV y XVI: los villancicos y el romancero.

 

����������� 1.1.- Los villancicos.�

 

����������� Con tal nombre se conoce toda la l�rica tradicional castellana, catalana y sefard�. No se conoce por escrito hasta el siglo XV, cuando m�sicos y poetas de la corte de los Reyes Cat�licos empiezan a fijarla, pero anteriormente tuvo una tradici�n oral: en la Chronica Adepholsis Imperatoris y en la Cr�nica del Tudense, del siglo XIII, se citan canciones de boda, de soldados, y otras cantadas por el pueblo. Su descubrimiento en la Corte provoca una oleada neopopularista que se refleja en los cancioneros del XV y principios del XVI. La palabra �villancico� no se consolida hasta principios del XVI y var�a con el nombre de �villan�ete� y �villancillo� siempre designando una estrofa amorosa tradicional o popularizante culta que ser� acompa�ada por una glosa.

 

����������� La glosa popular es m�s corta y sint�tica, con l�xico popular y una �ntima relaci�n, tem�tica y formal, con el villancico base. La culta, por el contrario, es m�s larga, se explaya en la narraci�n y el di�logo, incluye un l�xico culto y tiene al villancico base como una excusa para la expresi�n po�tica culta.

 

����������� El villancico, as� entendido, es una poes�a sint�tica de lenguaje simb�lico, que se vale de pocos adjetivos y tiene un predominio de las oraciones simples y parat�cticas. Suelen ser canciones femeninas y amorosas: una muchacha toma como confidente a su madre, quej�ndose de su amigo -como el habibi de las jarchas-. Tiene grandes coincidencias con las jarchas y las cantigas galaicoportuguesas; en Provenza existieron z�jeles del mismo tipo; en Francia, los refreins eran versos a�adidos a composiciones mayores de la misma �ndole, como los frauenlieder germ�nicos. Probablemente todas estas composiciones vengan del mismo tronco, el de las winileodas de la baja latinidad de los siglos VII y VIII, que, a su vez, pudieran arrancar de lo ritos primaverales femeninos del Paleol�tico, que cantaban al amor y� a la fecundidad.

 

����������� S�nchez Romeralo ha establecido una clasificaci�n tem�tica de los villancicos en cinco grandes grupos: la ni�a -con los temas de la morenica, el juego de los ojos y los cabellos-, el encuentro amoroso -al alba, en los ba�os de amor o en la romer�a-; las penas de amor -el insomnio, la ausencia, el olvido, las quejas al mar, la malcasada,...-; el desenfado y la protesta -por ejemplo en la ni�a que no quiere ser monja-; y las fiestas de amor -de mayo o de San Juan-.

 

����������� Formalmente, los villancicos presentan una predominancia de la asonancia, versos de arte menor, preferentemente octosil�bicos, y una variada serie estr�fica: pueden mezclar libremente estrofas de dos a cuatro versos; aunque hay dos combinaciones fijadas en el z�jel y el cosaute.:

 

/   D�sticos: el segundo verso repite parcialmente al primero y se asemeja en el ritmo acentual.

/   Tr�sticos: de estructura abb.

/   Estrofas de cuatro versos: cuartetas abab; en forma de endechas, en heptas�labos, preferidas para� los temas dolientes; las redondillas, abba; y las seguidillas de estructura 7a5b7a5b.

/   Z�jel: tiene un estribillo al que le siguen unos versos de mudanza, contin�a con un verso de vuelta al estribillo y se cierra con el mismo estribillo. Tiene una estructura parecida a las moaxajas y qasidas, donde, en vez de estribillo, est� el markaz al inicio.

/   Cosaute, o cosante: es una serie de pareados separados por un estribillo invariable: el primero de los d�sticos, o cabeza, contiene el estribillo y presenta el asunto, mientras que el resto de pareados insisten por variaci�n sobre la idea dada en la cabeza.

 

1.2.- El romancero en los siglos XV y XVI.

 

����������� El m�s antiguo documentado est� en el cuaderno escolar del estudiante mallorqu�n Jaume de Olesa, que escribi�, en 1421, una versi�n de La dama y el pastor. Sin embargo es indudable que anteriormente se dieran romances: para Men�ndez Pidal nace con los hechos que narra: si la materia m�s antigua es la muerte de Fernando III, �sa es su fecha de nacimiento, principios del XIII. Parte de la �pica, arguye Pidal: el juglar satisface la demanda de cantar episodios aislados, que llegan a desgajarse del poema �pico y toman elementos l�ricos y novelescos. No obstante, Diego Catal�n, estima que la l�rica tradicional tiene como un tema m�s a la �pica, pero no parte de ella: los romances m�s antiguos son los novelescos: desde� inicios del siglo XII poetas l�ricos cultos, no juglares, de la Romania se dieron a la imitaci�n de la balada l�rica europea, que tiene, como apuntamos arriba, sus or�genes en las winileodas; en espa�ol ser�n predominantemente octosil�bicas porque el grupo f�nico base en nuestro idioma es de ocho s�labas.

 

����������� Son poemas narrativos que cuentan con un n�mero indefinido de octos�labos que� riman en asonante los pares, quedando blancos los impares. Narran asuntos �picos, que parten de los poemas �picos y de los romans carolingios e hisp�nicos; tambi�n pueden ser �noticieros�, si dan cuenta de todo tipo de hechos hist�ricos al margen de la �pica, como los fronterizos, ambientados en los l�mites con los territorios musulmanes; y �novelescos�, que son los que entroncan, como dijimos, con la balada l�rica tradicional europea.

 

����������� Suelen ser poemas profanos que se fundan en una historia amorosa, que se cuenta con inicio in media res, con final abierto y sin moral expl�cita, dando lugar al llamado romance - escena. Hay una gran sucesi�n de temas recurrentes: el castigo a la transgresi�n del matrimonio; las mujeres selv�ticas portadoras del mal; la violaci�n y el incesto; la fidelidad amorosa y el amor eterno; el vasallo independiente y heroico con reyes injustos; los romances fronterizos con los moros, que propician encuentros de amor;...

 

����������� En la segunda mitad del XV Juan Rodr�guez del Padr�n transcribe tres en el Cancionero de Londres y aparecen dos m�s el Cancionero de St��iga. El propio Marqu�s de Santillana pondera la potencialidad culta que guardan tales composiciones. En el siglo XVI Hernando del Castillo publica 48 tradicionales en el Cancionero General (1511), e ir�n apareciendo en n�mero creciente en sucesivos cancioneros hasta que, a partir de 1550, empiecen a publicarse colecciones de s�lo romances: las silvas.

 

����������� Las silvas son reflejo de la eclosi�n neopopularista de esta �poca. En ellas aparecen romances no tradicionales: trovadorescos, que reelaboran a la manera culta lo tradicional; juglarescos, largos poemas que imitan la �pica medieval; de cordel, imitan la materia tradicional y se vend�an en pliegos de baja calidad; eruditos, cantan la historia de Espa�a versificando las cr�nicas medievales; y artificiosos, como los trovadorescos, pero m�s sentimentales.

 

 

2.- La poes�a cancioneril del siglo XV. Jorge Manrique. El Marqu�s de Santillana. Juan de Mena.

 

����������� Es una l�rica eminentemente cortesana y culta nacida para el canto, de ah� que se compilara en libros llamados cancioneros. En el siglo XV los poetas empiezan a abandonar el gallego como lengua propia de la l�rica: a mediados de esa centuria un jud�o de Baena y escribano del rey, Juan Alfonso de Baena, le ofrece a Juan II un cancionero de cantigas propias del amor cort�s provenzal, el Cancionero de Baena,� que produce un af�n generalizado de retomar, aunque tard�amente, esa poes�a transpirenaica. A �ste le suceden otros como el de Palacio, el de Upsala, el de St��iga -todos de 1460-, el Musical de Palacio (1505-1520) o el General (1511).

 

 

����������� Hay que tener en cuenta que la poes�a cancioneril se nutre de cuatro fuentes principales: la neopopularista, que ya hemos visto, en menor medida de la aleg�rico dantesca; y muy especialmente del amor cort�s, que vamos a tratar ahora.

 

����������� 2.1.- El amor cort�s.

 

����������������������� 2.1.1.-Or�genes y temas.

 

����������� Seg�n Huizinga, nace en la Provenza del XII como toda una concepci�n del mundo en las cortes. �stas eran castillos que propiciaban el aislamiento de la vida refinada. De sus moradores, el amor cort�s se centra en algunos trovadores, en la mujer del se�or y en un reducido grupo de mujeres casadas: en torno a ellos gira la vida art�stica y entre ellos se genera una fuerte tensi�n er�tica que reflejan los poemas de amor cort�s.

 

����������� La mujer, pues, se concibe como fuente de la que emanan todas las virtudes ideales. Bajo seud�nimo tiene un sirviente que es quien abstrae a la mujer concreta hasta hacerla divina y perfecta y, por ello, inaccesible al trovador.

 

����������� De este modo la religiosidad y el amor se imbrican de modo absoluto: en ello se ha visto varias influencias: Ovidio, en su Ars amandi, contempla al amor er�tico, pero tambi�n lo entiende como dios que esclaviza y es causa de privaci�n del conocimiento y la voluntad: los trovadores matizan esto �ltimo: �ste esclaviza, pero tambi�n es camino de perfecci�n. Por eso la poes�a trovadoresca toma el l�xico eclesi�stico y mariano: la amada, como la Virgen, es una dama divina que libera y purifica al amante.

 

����������� Por otro lado, este amante es, convencionalmente, un trovador de la baja nobleza, dedicado a las letras bajo la protecci�n de su se�or, diferenci�ndose del juglar, a quien pod�a contratar para que recitara sus composiciones, en su estilo, arist�crata y oscuro. Adem�s lo que diferencia a este autor de otros nobles es su cortes�a, entendida como un conjunto de preceptos que forman la concepci�n literaria del amor cort�s: en primer lugar se define por su humilitas: es un amante - servidor, y ello lo expresa con un l�xico feudal, equiparando a la dama con un se�or feudal, al que pide protecci�n a cambio de fidelidad; de ah� que se haya apuntado que pudiera tener un origen real en forma de paneg�rico a su se�or a trav�s de los elogios a su mujer.

 

����������� En segundo lugar, es consciente de que se trata de un amor imposible, contemplativo e inacabado y camino de perfecci�n �tica y espiritual: el enamoramiento convencional es v�lido por s� solo, con independencia de su final: el trovador canta para recibir gracias de su dama. Por eso se establece una rigurosa jerarqu�a de grados de amor:

 

A     Fenhedor: no osa dirigirse a su dama por considerarse indigno de ello; se limita al visu, o contemplaci�n.

A     Pregador: amante suplicante, que alcanza el alloquium, o conversaci�n con ella.

A     Entendedor: ella lo tolera como enamorado y a�n puede darle una gratia, o pertenencia suya, por ejemplo un cord�n, y un contactus, como una caricia.

A     Prutz: muy raro y heterodoxo: la dama le ofrece el lecho y llega el factum.

 

 

����������� 2.1.2.- Introducci�n en Espa�a.

 

����������� A inicios del XIII entra en Catalu�a por las buenas relaciones con Provenza; se compone en provenzal hasta finales del siglo, cuando se hace en catal�n. En Galicia entra por el Camino de Santiago, cre�ndose una escuela trovadoresca que produce abundantes cantigas de amor y de escarnio. Las de amor reelaboran las can��s provenzales, son m�s simples, de cuatro versos con estribillo, por influencia de las de amigo y canta a un amor m�s abstracto, menos sensual y con menos descripciones de la amada. Las de escarnio siguen el sirvent�s y la tens� provenzales: son poemas sat�ricos e imprecatorios fundados en juegos de palabras ingeniosos.

 

 

����������� Tras un tiempo de decadencia, entran de nuevo a mediados del XV con el Cancionero de Baena, como hemos se�alado con dos formas principales: la cantiga, ahora tambi�n llamada canci�n, y el dezir, ambas de rima consonante. El dezir se define no por su forma -consta de un n�mero indeterminado de estrofas, que marcan el esquema del poema-, sino por su �ndole: no estaba destinado al canto, sino a� la lectura, y no se queda en el� amor cort�s, sino que es recipiente para temas elevados: mitol�gicos, filos�ficos, morales, narraciones diversas... La canci�n s� tiene una forma r�gida y se especializa en amor cort�s; su estructura es as�:

 

i.      Estribillo, cabeza, o tema: normalmente con forma de redondilla, abba, de octo o hexas�labos que pueden tener pie quebrado. Las canciones sin estribillo son muy escasas.

ii.    Medio, o variaci�n: estrofa de rima independiente.

iii.  Versos de vuelta, o cabo: repite la rima del estribillo total o parcialmente.

iv.  Represa, o recuesta: es total cuando la �ltima estrofa repite totalmente el �ltimo verso del estribillo; y parcial cuando lo hace fragmentariamente.

v.    Finida: tiene rima independiente, pero repite la forma estr�fica del estribillo.

 

 

����������� 2.2.- ��igo L�pez de Mendoza, el Marqu�s de Santillana (1398 - 1458).

 

����������� Fue un hombre de la alta nobleza prehumanista: conoc�a franc�s, italiano, gallego, catal�n y provenzal. Su desconocimiento de lat�n y griego lo supl�a con su amor a las traducciones. Su po�tica se recoge en la Carta prohemio al Condestable Don Pedro de Portugal: ensalza las fuentes cl�sicas, que marcan toda m�trica y ret�rica; y la precedencia, entre la literatura romance, de la l�rica galaicoportuguesa, que a su vez nace de la provenzal, que comparte predominio con la italiana de Boccaccio y Dante.

 

����������� Trat� infructuosamente de introducir el soneto italiano stilnovista a la m�trica castellana en los Sonetos fechos al it�lico modo. Practic� la poes�a aleg�rico - dantesca y la did�ctico - moral -como en el Di�logo de B�as contra Fortuna-. Como poeta de cancionero realiz� brillantemente canciones y decires seg�n la preceptiva que hemos expuesto, y donde realmente destac� fue en las serranillas.

 

����������� ��stas est�n destinadas al canto y tienen la misma m�trica que las canciones, pero se aproximan al dezir por su �ndole narrativa.� Sus fuentes est�n, por un lado, en las serranas selv�ticas del Arcipreste de Hita, que ayudan a encontrar un paso de monta�a a un caminante perdido; y, por otro, en las pastorelas francesas, m�s aristocr�ticas e idealizantes: un caballero, o un lacayo transformado en caballero por metamorfosis de amor, trata de enamorar a una pastora estilizada. El Marqu�s de Santillana las actualiza en Espa�a: usa del octos�labo para las menos estilizadas, y el hexas�labo para las m�s afines a las pastourelles. Las serranas aparecen m�s o menos idealizadas e incluso como damas de cortes�a, aunque a veces se llegue a la lucha, como eufemismo sexual.

 

 

����������� 2.3.- Juan de Mena (1411 - 1456).

 

����������� Fue un cristiano nuevo que estudi� en Salamanca y lleg� a ser Cronista y Secretario de cartas latinas de Juan II. Conoci� de primera mano el ambiente humanista de la Florencia de la �poca. As�, en prosa practic� la traducci�n en su Il�ada en romance, u Omero roman�ado, e hizo unos Comentarios a la Coronaci�n, poema suyo. No destac� como poeta de cancioneros: sus composiciones repasan de un modo muy filos�fico e introspectivo el proceso amoroso cort�s, introduciendo elemento prehumanistas como la mitolog�a; tampoco es especialmente relevante en sus composiciones did�ctico - morales: el Razonamiento contra la muerte y el Dezir sobre la justicia e pleitos e de la gran vanidad de este mundo son una mezcla de la literatura mortuoria de la �poca, que le sirve de excusa para realizar ejercicios de estilo italianizante y erudito.

 

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����������� Pero donde s� destaca es en la poes�a aleg�rico - dantesca: en la Coronaci�n, sigue La Divina Comedia, de Dante: contempla las penas del infierno y las glorias del para�so, donde el Marqu�s de Santillana ser� coronado por las musas al lado de los cl�sicos, hecho que propagar� Fama por el mundo.

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����������� El Laberinto de Fortuna, o Las Trescientas, es el mejor poema aleg�rico de nuestra literatura: en �l recibe influencias del Roman de la rose, de Jean de Menq, de Virgilio, Lucano, Dante y de los poemas aleg�ricos medievales, de los que toma la idea del palacio de Fortuna. Pero ante todo es un poema prehumanista por sus continuas alusiones a los cl�sicos, las formas aleg�ricas no teol�gicas sino patri�ticas, la profusi�n de la mitolog�a grecolatina, su idea de Fama como causa de inmortalidad, y de Fortuna como hado del destino, oscilando entre el providencialismo cristiano y el fatum pagano; su intenci�n pol�tica tambi�n se integra en la Edad Moderna: trata de apoyar a �lvaro de Luna para unificar Espa�a bajo el poder de Juan II.

 

����������� �Estil�sticamente, se le ve como un eslab�n que conduce a otro cordob�s, G�ngora, por su lenguaje oscuro y herm�tico: copia la sintaxis y l�xico latinos para demostrar que en romance son viables los recursos cl�sicos. Con todo, mantiene cierta actitud medieval en su mentalidad estamental y la alusi�n a los cl�sicos como ejemplos morales. Este poema se compone de 297 coplas de arte mayor. Esta forma se puso de moda a finales del siglo XIV y lleg� a sustituir a la cuaderna v�a, incluso se utiliz� en algunas danzas de la muerte, pero no sobrevivi� al siglo XV: es una octava, es decir dos cuartetos ABAB DCDC, de dodecas�labos divididos en dos hemistiquios con una fuerte cesura.

 

 

����������� 2.4.- Jorge Manrique (c. 1440 - 1479).

 

����������� Es un noble, de la Orden de Santiago, y poeta de cancioneros: se han conservado 45 canciones de amor cortes y dos de escarnio. Su relevancia no le viene de estos poemas tanto como de las Coplas a la muerte de su padre.

 

����������� En toda la Edad media, y sobre todo en el XV, hay en toda Europa una literatura espec�ficamente mortuoria: literatura de debates de origen latino, que plasman di�logos entre vivos y muertos o entre el alma y el cuerpo; poemas de vado mori, de aviso y totalmente doctrinales; y las danzas de la muerte, donde �sta llama en un ambiente festivo y macabro a todos los estamentos erigi�ndose en la gran democratizadora; del XV nos quedan la Danza de la muerte y la Danza general.

 

����������� Por otro lado la eleg�a nace en Espa�a con la que hace Juan Ruiz a Trotaconventos, que marca un esquema deductivo y tripartito que se har� preceptivo: consideraciones generales, lamento de los supervivientes y alabanza del difunto. En el Cancionero de Baena aparecen tres m�s: la del propio Juan Alfonso de Baena al rey Don Enrique es superficial y pla�idera, con desmedidas alabanzas al muerto; la de Fray Migir, al mismo, introduce varios elementos decisivos: el ubi sunt?, la enumeraci�n de muertos ilustres y las reflexiones mortuorias del propio difunto incorporado en el f�retro; y la de S�nchez de Talavera a D�az de Mendoza a�ade un matiz que estar� en Manrique: nombra a los personajes no por su nombre, sino por su t�tulo nobiliario. El Marqu�s de Santillana realiza otra a Don Enrique de Villena y a su esposa Do�a Margarita, donde muestra su dominio de la ret�rica italianizante. Todas ellas tienen� en com�n el presentar la vida como camino hacia la muerte.

 

 

 

����������� Las Coplas a la muerte de su padre (1476) se componen de 40 coplas de dos sextinas de pie quebrado, que la tradici�n llamar�, precisamente, copla manrique�a, -cuatro octos�labos y dos tetras�labos- con rima consonante abc abc . Responden al esquema tripartito, aunque con variantes, y al car�cter moralizante rese�ados como preceptivos, pero de modo novedoso rechaza la visi�n macabra de la muerte y la ampulosa ret�rica italianizante. Se divide pues en tres grandes n�cleos:

 

I.     Exhortaci�n y generalizaciones (estrofas 1 - 14): presenta al mundo como un valle de l�grimas que hay que despreciar: la belleza y la fortaleza, la riqueza y la nobleza misma son bienes ef�meros. La Fortuna y la muerte se presentan como ley natural, rest�ndoles todo lo terror�fico y amenazante de la tradici�n anterior.

II.   Ejemplos de su tesis (estrofas 15 - 24): ilustra su idea con ejemplos de personajes a �l coet�neos, que aparecen no en orden cronol�gico, sino jer�rquico y se�ala los efectos de la Fortuna, el tiempo y los bienes mundanos mediante el ubi sunt? La lista de personajes, antes largu�sima, se reduce aqu� a siete nobles.

 

I.     Particularizaci�n en su padre, Don Rodrigo (estrofas 25 - 40): se divide en dos partes. Por un lado, desde la estrofa 25 a la 32 hace el paneg�rico ret�rico preceptivo de las virtudes del difunto mediante an�foras de �Qu� + virtud!; luego, aten�a su discurso e indica de modo sencillo las cualidades de su padre, hombre producto de sus obras: vida sin pretensiones vanas y materiales, entereza, lealtad a su rey y a los suyos y buen guerrero. Por fin, de la estrofa 33 a la �ltima adquiere un tono sereno y grave novedoso en su tiempo: presenta a su padre como ejemplo de que un buen vivir lleva a un buen morir. Introduce el t�pico de las tres vidas jerarquizadas: la terrena, la prehumanista de la fama despu�s de la muerte y la eterna: parad�jicamente la muerte es la verdadera vida. Por �ltimo a�ade dos mon�logos, el de su padre, sereno y preparado para el viaje, y el de la muerte, que aparece con naturalidad cristiana: es una enviada de Dios y trata con respeto a Don Rodrigo, culminando la escena con el muerto rodeado de los suyos.