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TEMA 43.- EL MESTER DE CLEREC�A. GONZALO DE BERCEO.

EL ARCIPRESTE DE HITA.

 

 

1.- El Mester de Clerec�a.

 

����������� En el �mbito castellano nace en el siglo XIII como el primer movimiento culto espa�ol. Se crea a ra�z del Prerrenacimiento, nacido en Italia y Francia un siglo antes. Algunas circunstancias sociales colaboraron en su nacimiento: desde la victoria cristiana en Navas de Tolosa, en 1212, la guerra va cediendo paulatinamente, posibilitando el crecimiento urbano y la creaci�n de universidades -la primera, en Palencia se funda precisamente entre 1212 y 1214-, que se suman a los monasterios como foco irradiador de cultura al que se acoge el mester. Adem�s la ruta jacobea es tambi�n atracci�n para nuevas ideas; y en el IV Concilio de Letr�n se promueve, de un lado, la necesidad de que los cl�rigos se culturizasen y, de otro, se invita a la evangelizaci�n en lenguas romances.

 

����������� El nombre y sus rasgos definidores le vienen de la estrofa segunda del Libro de Aleixandre, donde se destacan varios conceptos claves: Mester sen pecado (...) de clere��a, se refiere a que es una escuela eminentemente digna y moralizante, desvelando su car�cter did�ctico -en oposici�n a la �ndole noticiera de la juglar�a- y ligada a la condici�n de saber eclesi�stico, es decir, culto: en contraposici�n a la base tradicional de la juglar�a, el de clerec�a bebe en las fuentes cultas latinas. Adem�s aparece una conciencia de autor�a que no tiene sentido en la tradicionalidad de las composiciones juglarescas.

 

����������� Cuaderna v�a, como grant maestr�a, es muestra de la voluntad art�stica de estos autores, opuestos al anisosilabismo y descuido del mester de juglar�a. En efecto, la cuaderna v�a -tambi�n llamada tetr�metro, tetr�stico y tetr�strofo monorrimo- se compone de cuatro alejandrinos monorrimos en consonante. Este metro se import� del Roman de Alexandre franc�s, de la segunda mitad del XII. �ste, a su vez, lo tom� del Aleixandreis, en lat�n, que era usado como libro de docencia. Con todo, no todas las obras del mester tienen esta estrofa, especialmente en el siglo XIV.

 

����������� La extensi�n del mester es variable seg�n la cr�tica: mientras que Deyermond y L�pez Estrada mantienen que s�lo las obras del XIII son de la clerec�a, Men�ndez Pidal sostiene que tambi�n las del XIV han de incluirse bajo esta etiqueta. S� es cierto que las diferencias entre las composiciones de un siglo y las de otro muestran rasgos distintivos; de ah� que no sea tan f�cil alegar la segunda estrofa de nuestro Aleixandre como una suerte de po�tica del mester de clerec�a:

 

O      Mientras que en el XIII hay mayor regularidad de la cuaderna v�a, en el XIV hay una mayor heterogeneidad con la aparici�n de letrillas, pareados, tr�sticos,...

O      Las del XIV introducen elementos l�ricos, en oposici�n a la absoluta predominancia de lo narrativo del XIII.

O      El didactismo, claro al principio, se va haciendo cada vez m�s ambiguo.

O      La heterogeneidad de fuentes es mayor por momentos.

 

 

2.- Gonzalo de Berceo.

 

����������� 2.1.- Vida.

 

����������� Nace en Berceo, La Rioja, en 1196 aproximadamente. Entre 1221 y 1246 aparece como testigo o notario del abad Juan S�nchez, del monasterio de San Mill�n de la Cogolla, por lo que hubo de ser un sacerdote culto. Se le sabe vivo en 1252. Escribi� Milagros de Nuestra Se�ora entre 1246 -en el milagro XIV a�n viv�a Don Tello- y 1252.

 

 

����������� 2.2.- Fuentes de �Milagros de Nuestra Se�ora.

 

����������� Es fundamental reconocer la influencia de la literatura mariol�gica europea de los siglos XII y XIII, que ensalza a la Virgen al estilo del amor cort�s. Especialmente influy� el precedente del siglo VIII Tratado de la Virginidad de Mar�a, de San Idelfonso, y De aquae ducta, de San Bernardo de Claraval, que alegoriza a la Virgen como puente entre Dios y los hombres, otorg�ndole la importancia de la que hab�a carecido anteriormente entre la Cristiandad.

 

����������� No menos importantes son las colecciones de miracula, iniciadas en el siglo VI con el papa Gregorio Magno. Al calor del auge mariol�gico, Guillermo de Malisbury, en el XII, anima a continuar la actividad recolectora de milagros de Mar�a, que reafirma Letr�n un siglo m�s tarde: es en esta corriente en la que se integra Berceo.

 

����������� �ste recoge el llamado Manuscrito Thot 128 de Copenhague, que contiene 28 milagros en lat�n, de los que 20 est�n en Berceo. No obstante, �l hace una aut�ntica recreaci�n mediante la reductio y la amplificatio: en la obra castellana hay m�s di�logos, y a�ade el Milagro de la iglesia despojada. Adem�s tiene conciencia de autor�a -aparece el yo al principio y al final de la obra- y de p�blico: actualiza el texto a las coordenadas espacio-temporales de su tiempo y usa f�rmulas f�ticas juglarescas en cuanto el texto era transmitido por un juglar o por un sacerdote en los sermones.

 

 

����������� 2.3.- Estructura de Milagros de Nuestra Se�ora.

 

����������� Para M. Gerli y V. Beltr�n la unidad compositiva de la obra viene dada por el tema y por el yo del autor que abre y cierra la obra. Curtius a�ade que se refuerza con el valor del n�mero mariano, el cinco: as� cinco multiplicado por s� mismo da los veinticinco milagros que forman el libro.

 

����������� Cada milagro se estructura seg�n el orden de los sermones: exordium, para llamar la atenci�n de los oyentes, narratio, donde se cuenta el milagro, y conclusio, que da la moral de modo expl�cito. La introducci�n se divide del mismo modo y nos da las claves del libro: en el exordium apela a los vasallos de Dios y en la conclusio marca la intenci�n difusora del fervor a Mar�a de la obra. Sin embargo, es la narratio la que guarda mayor carga simb�lica: en una primera parte, aleg�rica, presenta un ortus conclusus, o locus amoenus, donde se refiere a �l mismo como maestro e introduce el t�pico del peregrinum vitae: Seg�n Dutton, esto �ltimo se explica porque en San Mill�n hubo un culto mariano, a lo que se a�ade que el monasterio comprara un hospital anejo para los peregrinos a Santiago: de este modo los �Milagros de Nuestra Se�ora se explican como una propaganda del culto y como un entretenimiento did�ctico para el hospital, que representaba a la Virgen en la cotidianidad gracias a la actualizaci�n de los milagros de Berceo.

 

����������� En el segundo apartado de la introducci�n, el autor realiza una ex�gesis de la parte aleg�rica; as�, el romero es el hombre, y la romer�a, la vida; los prados representan a la Virgen; y la verdura y los �rboles del mismo, su virginidad y sus milagros, respectivamente; las flores son los nombres de Mar�a; las aves, los santos y apologetas; y la sombra, las oraciones.

 

����������� Para Gerli, Berceo representa a la Virgen, siguiendo a San Bernardo de Claraval, como puente que puede conducir al Para�so de Dios. Para ello, el hombre ha de estar sin pecado: as�, el peregrino ingresa pecaminoso en el prado -pecado simbolizado en su desnudez-, pero se aviene al buen camino gracias a Mar�a. De este modo la introducci�n y los milagros mismos presentan el proceso de ca�da, castigo y redenci�n mariana.

 

 

 

 

����������� 2.4.- Rasgos de estilo de Berceo.

 

����������� Se sirve de la cuaderna v�a, con muchas rimas asonantes en los hemistiquios. Por lo dem�s usa de abundantes recursos po�ticos que muestran su voluntad de estilo: iron�as, metonimias, l�totes, met�foras, par�frasis y per�frasis en las franjas de amplificatio, an�foras,... Por lo dem�s su estilo est� lleno de rasgos que procuran un cierto aire popular: invocaciones propias de la cotidianidad del XIII, diminutivos en -iello,...; pero no olvida los rasgos cultos: invocaciones en las conclusios, ap�strofes cultos a la divinidad, latinismos,... Todo ello marcan una clara voluntad de autor�a por vez primera en nuestras letras.

 

 

3.- El Arcipreste de Hita.

 

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����������� 3.1.- Vida.

 

����������� Tiene af�n de reconocimiento: no s�lo se nombra sino que se hace retratar por uno de sus personajes dentro del tipo sangu�neo, seg�n la fisiognom�a medieval: tranquilo, placentero, enamoradizo,... Probablemente estudiara en Toledo; vivi� en Alcal� de Henares y fue arcipreste de Hita -Guadalajara-. Durante un tiempo se pens� como cierto que fuera preso por orden de Gil Albornoz, pero D�maso Alonso y Leo Spitzer apuntan que se trata de una c�rcel metaf�rica: la de la prisi�n terrenal frente al cielo.

 

 

����������� 3.2.-Unidad Compositiva.

 

����������� Ninguno de los manuscritos encontrados tiene t�tulo: desde la primera edici�n de Tom�s Antonio S�nchez se llam� Libro o Tratado del Arcipreste de Hita; en 1864 Janer lo bautiza como Libro de los Cantares. Ser� Men�ndez Pidal quien le d� el nombre definitivo: Libro de Buen Amor.

 

����������� Es un poema largo, de 1709 estrofas, donde se mezcla lo religioso con lo profano, lo narrativo con lo l�rico y lo culto con lo popular. Esta miscel�nea se divide en tres partes: preliminares, corpus y postliminares. Los preliminares se abren con una oraci�n y se cierran con unos Gozos a la Virgen, que era t�pico ya en la Clerec�a; pero su n�cleo lo conforma un pr�logo en prosa culta que hunde sus ra�ces en la Biblia. Marguerita Morrelae se�ala que en las escuelas del Studium Generale, donde estudi� el de Hita, los autores se interpretaban mediante el accesus: se explicaban las obras a trav�s de citas b�blicas y sermones, que realizaban la amplificatio y las digresios, o reflexiones exeg�ticas. En el pr�logo se distingue entre littera, o sentido literal, y sensus, o sententia, que marcaba el significado latente: de aqu� provienen muchas de las ambig�edades del Libro de Buen Amor, de hecho, el propio autor aclara en la historia de griegos y romanos que el receptor ha de comprender la obra con las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Deyermond llega incluso a decir que todo el libro es un ejercicio de sensus.

 

����������� Las otras dos partes del libro la forman el corpus, o conjunto de narraciones amorosas; y los postliminares, que incluyen varias cantigas: las de Virgen de Escolares, las de ciego, las de los cl�rigos de Talavera,...

 

����������� A pesar de esta estructura externa, la cr�tica discute si el libro est� realmente cohesionado. Men�ndez y Pelayo apuesta por una verdadera unidad compositiva: el corpus es la parte principal, a la que se le a�aden unos preliminares y postliminares, pero el tema �nico del libro es las aventuras amorosas del Arcipreste. Las piezas provienen de las f�bulas de Esopo, Fedro y de los fableux franceses, que amplifica mediante digresiones morales, asc�ticas, sat�ricas, episodios aleg�ricos y composiciones l�ricas. M� Rosa Lida de Malkiel y Francisco Rico apoyan esta idea, aunque eliminan su picaresca.

 

����������� Por el contrario Men�ndez Pidal alega que el libro es� miscel�neo y juglaresco en cuanto incluye muchos t�picos de la juglar�a. Hab�a dos tipos de juglares: frente al an�nimo, profesional, exist�a el juglar cazurro desde el XIV, producto de la decadencia de la �pica: en sus poemas busca la originalidad en la diversidad y en un repertorio configurado seg�n la t�cnica del desbarajuste, o miscel�nea. A esa amalgama le daba unidad la autor�a, pero no la forma ni los temas tratados. As�, concluye, Juan Ruiz, escribi� el libro para un juglar cazurro.

 

 

����������� 3.3.- Los temas.

 

����������������������� 3.3.1.- Autobiografismo y didactismo.

 

����������� El autobiografismo cobra una franca importancia porque era raro en la latinidad y desconocido en romance. Para Leo Spitzer Juan Ruiz se presenta como todos los hombres importando m�s su ense�anza que su vida misma.

 

����������� �Am�rico Castro not� la influencia de El collar de la paloma, de Ibn Hazm, de donde tom� lo autobiogr�fico y lo er�tico. En una misma l�nea orientalista, M� Rosa Lida de Malkiel afirma que proviene del g�nero �rabe de las maqamat, que conocer�a por los hispanojud�os del XIII y del XIV, especialmente por el m�dico jud�o Me�r Ibn Sabarra, quien en su Libro de las delicias, mostraba su vida como ejemplo moral.

 

����������� Emilio Garc�a G�mez desmont� las tesis de Castro al demostrar que el arcipreste no pudo conocer el libro de Ibn Hazm. Francisco Rico le apoy� y opt� por notar la influencia de la obra amorosa de Ovidio: en la Alta Edad Media se dieron relatos de aventuras amorosas en primera persona y en lat�n atribuidas a Ovidio; en el XIV tuvieron una gran difusi�n en especial con De vetula, donde aparecen muchas concomitancia con Juan Ruiz.

 

����������� Para Amador de los R�os es un libro moral contra el loco amor, el terrenal sin mesura, opuesto al bueno, o divino. Esta tesis la apoya� M� Rosa Lida de Malkiel: el libro se integra en el mester de clerec�a decadente del siglo XIV: utiliza la t�cnica de un tipo de didactismo moral asc�tico del Medievo: predicar algo exponiendo su contrario, en este caso con su propia vida: el loco amor no tiene nunca un buen final; de hecho, todas la mujeres la rechazan menos la monja Garoza, que muere. Jorge Guzm�n abunda en esta idea: Hita escribe contra la misoginia medieval y as�, llama sensatas a las mujeres cuando rechazan el trato carnal vacuo.

 

����������� No obstante, para otros cr�ticos este didactismo no est� tan claro: S�nchez Albornoz lo tilda de c�nico por su falsa moralidad, pues el libro es un canto al amor carnal. M�rquez Villanueva, por su parte, expone que hunde sus ra�ces en el amor cort�s, que es el buen amor, y que permit�a escarceos f�sicos salvo la consumaci�n; igualmente toma elementos del amor udr� �rabe, paralelo al cort�s y que produce la regeneraci�n espiritual del amante a partir de los cuerpos; por tanto, concluye, no es tanto un canto al goce como al deseo, que es innato en la condici�n humana; como esta concepci�n chocaba con la doctrina cat�lica introdujo elementos morales, por eso nunca ataca ning�n dogma de fe.�

 

����������� Por �ltimo Jacques Joset establece una soluci�n intermedia: es un libro propio de la confusi�n siglo XIV, cuando se produce una enorme relajaci�n de costumbres, no de fe; presenta el conflicto entre las normas morales y el goce de vivir, ri�ndose tanto del que sigue el loco amor como del cuerdo moral de su �poca.

 

 

 

 

 

����������������������� 3.3.2.- El amor y la muerte.

 

 

����������� Con todos los matices que hemos apuntado arriba, expone con su vida que hay que tener mesura y no corresponder al amor pasional que siempre trastorna: lo opuesto es el amor divino, en el que se encuentra refugio vital. Por vez primera es tema principal el amor a mujeres reales; aunque no es correspondido se ensalza el deseo como proceso de conquista y motor de la vida. Los retratos femeninos los construye seg�n la ret�rica cl�sica: el g�nero demostrativo trataba de alabar o censurar al retratado para crear una disposici�n en el receptor. As�, Do�a Endrina y Do�a Garoza responden al t�pico de mujer rubia y de piel blanca, bella y digna de ser amada, aunque rompe con la ret�rica en dos puntos: las describe no s�lo de busto hacia arriba, como era preceptivo, y les atribuye unas notas de comportamiento amoroso. Por el contrario las serranas responden al tipo de mujeres agrestes y selv�ticas y, por ello, casi animalizadas, que toma del folklore medieval y de las pastorelas francesas, que parodia. Por su parte, Trotaconventos prefigura el tipo de la alcahueta que culminar� en Celestina: aparece como mujer madura, codiciosa y sabia tanto por el conocimiento que tiene de la condici�n humana como por estar pr�xima a la brujer�a.

 

����������� La muerte cobra una gran importancia en la eleg�a a Trotaconventos, la primera de la literatura espa�ola, y que da las pautas para la posteridad: su estructura es tripartita: consideraciones generales,� lamento de los supervivientes y alabanza del difunto. La muerte es cruel por ineludible: de ah� lo in�til de acumular bienes terrenos y de albergar esperanzas. Aunque sabe que hemos de prepararnos para que nos acoja, Juan Ruiz no disimula su miedo y acude a Dios a pedirle pr�rrogas vitales: la muerte significa la putrefacci�n del cuerpo y el cese del deseo, motor de la vida. Esta verdad moral de la brevedad de la vida le sirve para actualizar los t�picos en su tiempo: analiza humor�sticamente a todos los estamentos del XIV, especialmente, y tal vez por influencia goliardesca, a la propia iglesia: ya sea mediante la parodia -como la de los cl�rigos de Talavera, que se niegan a renunciar a sus barraganas- o la aseveraci�n contra el af�n de riquezas del clero.

 

 

����������� 3.4.- M�trica y estilo.

 

����������� 1534 estrofas de las 1709 de las que se compone est�n en cuaderna v�a, aunque introduce hexadecas�labos con hemistiquios como octos�labos populares; en las partes l�ricas predomina las composiciones con estribote, como el z�jel, delatando la heterogeneidad de la clerec�a del XIV.

 

����������� Su estilo mezcla lo culto con lo popular. Por influencia escolar utiliza la amplificatio mediante enumeraciones, sin�nimos juntos, per�frasis, ex�gesis e ilustraci�n con ejemplos. De la Escol�stica recoge la f�rmula de himno b�blico -vocativo m�s oraci�n de relativo-, los diversos tropos, las digresiones y las estructuras bimembres y coordinativas.

 

����������� De lo popular toma la yuxtaposici�n, el dativo �tico, las f�rmulas f�ticas juglarescas y numerosos rasgos del habla popular: diminutivos y aumentativos, hip�rboles, refranes, exclamaciones, interjecciones, juramentos e imprecaciones de todo tipo y eliminaci�n de los verba dicendi; mostr�ndose� as� como un producto t�pico de la heterogeneidad de la clerec�a del XIV.

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