El
sinsentido de la polémica educativa
28/05/2004, El Comercio, ROMÁN
GARCÍA / PROFESOR DE FILOSOFÍA
DISEÑAR un sistema educativo es diseñar un
proceso que se inicia, al menos, a los cinco años
y que finaliza a los 15 ó 16. Es decir, que, en el
mejor de los casos, la entrada en vigor de una ley educativa
supone una planificación a diez años vista:
cambio de los libros de texto, nuevas inversiones en infraestructuras,
una reforma de las plantillas del profesorado (funcionarios),
programas de transición para los alumnos que repiten...,
con los costes y dificultades que ello conlleva.
Expuesto así el problema, e
independientemente de cuestiones ideológicas, pedagógicas
y sociológicas, lo que parece evidente es que una
ley de educación debería estar pensada para
un periodo superior a veinte años. Es absurdo que
se cambie cada vez que un partido político tiene
mayoría absoluta en el Congreso, bajo la influencia,
quizá, de las modas pedagógicas del momento,
o de intereses económicos editoriales.
La polémica de la educación
viene determinada porque algunos sectores, muy variopintos,
suelen entender que las causas y soluciones de los problemas
sociales se derivan directamente del modelo educativo y
que, por tanto, la conflictividad social es consecuencia
lógica de determinados modelos pedagógicos
aplicados en las aulas.
El anuncio por parte del PP de una
reforma (Ley Orgánica de Calidad de la Educación,
LOCE) de la reforma de la LOGSE (Ley de Ordenación
General del Sistema Educativo), fue, inicialmente, bien
recibido por una parte del profesorado, sobre todo de la
Educación Secundaria Obligatoria (ESO), donde la
enseñanza pública y las condiciones de trabajo
de los docentes se habían degradado de modo intolerable.
Sobre todo, dos eran los problemas que más preocupaban
al profesorado: por una parte una cierta caída de
los contenidos y, por otra, el problema de orden público
en los centros, cuestiones que en muchos casos se pueden
entender como las dos caras de una misma moneda. No es extraño
que la promesa de corrección de algunas de las disfunciones
más evidentes levantase serias expectativas entre
el profesorado. Sin embargo, la cuestión es que la
LOCE no sólo no entra en la rectificación
de los problemas de fondo, sino que además no tuvo
en cuenta a los interlocutores a los que pretendía
defender. Incluso se desarrollan algunas cuestiones que
son muy discutidas desde la comunidad educativa.
¿En qué se diferencian
la LOCE y la LOGSE? Para la mayoría, de forma sustancial,
en nada. Los cambios desde el punto de vista técnico
tienen poca importancia. Asistimos, a nuestro modo de ver,
a un falso debate entre dos conjuntos de tópicos
-los anteriores de la LOGSE y los nuevos de la LOCE- que
enfrentan, sobre aspectos parciales, dos posiciones que
son, no olvidemos, complementarias. Este debate sirve para
encubrir los objetivos reales de estas leyes y oculta cuestiones
ideológicas que sí representan concepciones
diametralmente opuestas, pero que no se encuadran en uno
u otro partido político.
El problema radica, fundamentalmente,
en la interpretación que se haga de la igualdad de
oportunidades, especialmente para los discapacitados, pero
también para los emigrantes. Sin embargo, esta cuestión
queda oculta ante otro fenómeno que tiene, debe tener,
otro tratamiento, y es el del abandono escolar, ligado directamente
al fracaso escolar.
Los responsables de educación
del PSOE ignoran el fracaso escolar o, más correctamente,
tienden a reducir el problema a un problema de integración:
el alumnado suspende por falta de capacidad. Esto es radicalmente
falso. En estos momentos, un número importante de
escolares que suspenden lo hacen debido no a un retraso
escolar como consecuencia de una discapacidad o a un handicap
(o, al menos, no es el motivo principal) sino por el abandono,
por la falta de motivación o por la carencia de perspectivas
frente a los estudios.
Si bien el argumento de la necesidad
de reforma de la LOGSE, por parte del PP, se centraba en
la «caída de los niveles escolares»,
sobre la que nunca se dan en realidad datos rigurosos, pronto
empezaron a aflorar otras cuestiones: itinerarios, elección
de opciones con unas consecuencias determinantes a edades
muy tempranas; Pruebas selectivas, lo que pone en cuestión
todo el sistema; elección por parte de la Administración
de los directores de centros; potenciación de la
asignatura de Religión... Esa situación, unida
a la falta de ese debate con los interlocutores de los sectores
implicados, llevo a la contestación a la LOCE.
Sin embargo, debemos decir que
si bien todos los problemas se centran en los planes de
estudio, nadie ha reparado en algo más importante:
la necesidad de abordar una profunda reforma de la Administración
educativa, compuesta por personas sin una formación
rigurosa, que en un análisis objetivo de los déficit
del actual sistema educativo, suponemos, tendría
una gran responsabilidad. Una reforma educativa debería
especificar qué problemas o déficit manifiesta
la enseñanza y, lógicamente, cómo se
podrían solventar. La Administración, en la
actualidad, se nutre fundamentalmente de profesores de especialidades
que no tienen que ver directamente con la función
que se va a desarrollar, poco cualificados en áreas
de gestión y, desde luego, con poca capacidad para
la planificación (como se demuestra todos los años
con el inicio de curso). Sería necesario reflexionar
sobre la necesidad de eliminar tanto puesto de libre designación,
que muy pocas veces tiene que ver con cuestiones políticas
y sí con cuestiones económico-administrativas.
La profesionalización que se pretende para la gestión
de los centros parece más que evidente que debería
iniciarse por el aparato burocrático-administrativo
del Ministerio de Educación y las respectivas consejerías.
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