Un
mar de mediocridad
Tres, dos,
uno... Empieza la última prueba de estas olimpiadas:
¡el maratón! Los corredores ponen en marcha
sus cronómetros de muñeca y empiezan a mover
lentamente las piernas en dirección al estadio olímpico.
Súbitamente, el representante español (parece
que lleva boina) sale disparado, corriendo como si estuviera
loco, y deja muy atrás a todos sus adversarios. A
los 100 metros cae al suelo, destrozado y exhausto, y abandona
la prueba. Se abraza jubiloso a su mánager porque,
aunque no ha ganado la carrera, ha conseguido el objetivo
para el que se entrenó durante cuatro años:
¡salir por la tele liderando el pelotón a los
100 metros!
Me ha venido esta imagen a la
cabeza después de las muchas críticas que
nuestras escuelas, profesores y estudiantes han recibido
a raíz del informe Pisa que evalúa
la capacidad matemática, de lectura y de resolución
de ejercicios de miles de jóvenes de países
de la OCDE. El problema, dicen, es que nuestros niños
no quedan demasiado bien. Lejos de representar un fracaso,
yo interpreto los resultados como un éxito espectacular:
nuestros estudiantes y educadores han conseguido exactamente
lo que los legisladores, hechizados por el papanatismo progre
que invadió España durante los ochenta, buscaban
con la Logse. Como el cómico corredor descrito en
la cabecera, la Logse no ha servido para ganar la carrera
importante, pero ha conseguido los absurdos objetivos que
buscaba.
Nuestros líderes políticos quisieron un
sistema en el que los niños más listos o más
trabajadores no destacaran por encima de los demás
-supongo que para no herir sensibilidades con injustos agravios
comparativos- y eso es exactamente lo que se ha conseguido:
un sistema educativo en el que todos los niños son
igual... de mediocres. Cuando se busca simultáneamente
la educación universal y la igualdad de resultados,
se consigue la homogeneización a la baja. ¡Sí!
Es cierto que debemos garantizar la escolarización
para todos, pero no al precio de bajar niveles e impedir
que los más brillantes destaquen, progresen o sobresalgan.
El fracaso escolar es malo, pero el fracaso del sistema
escolar es todavía peor.
Nuestros legisladores quisieron que los niños no
tuvieran que pasar por esos supuestos traumas llamados exámenes
y evaluaciones, y eso es lo que tenemos: niños incapaces
de aprobar exámenes..., y por eso quedan de los últimos
en los rankings internacionales. Las evaluaciones deben
ser una parte importante de la educación. Primero,
porque sirven para ver si el niño aprende lo que
se le enseña. Segundo, y más importante, porque
el sistema educativo debe preparar para el futuro, un futuro
que, nos guste o no, ¡estará lleno de exámenes!
En el mundo de evolución constante en que vivimos,
los jóvenes tendrán que cambiar de trabajo
en infinidad de ocasiones y cada una de ellas representará
un exhaustivo examen de sus capacidades y conocimientos.
No sólo no ayudamos a nuestros niños a prepararse
para ello, sino que hacemos exactamente lo contrario.
Nuestros representantes quisieron que el aprendizaje estuviera
ligado al juego, a la diversión y a la falta de esfuerzo
y que se eximiera a los niños de toda responsabilidad...,
y eso es exactamente lo que hemos obtenido: niños
irresponsables, incapaces de hacer algún esfuerzo
que no tenga gratificación inmediata y que no dominan
herramientas tan esenciales para ir por el mundo como las
matemáticas o la lectura. Un buen sistema educativo
debe enseñar que la vida no es una gran casa de Gran
Hermano donde analfabetos y vagos pueden ganar fama y dinero
sin trabajar, esperando simplemente que se produzca un golpe
de suerte. Los niños deben aprender que, en la vida
real, no se pasa de curso sin hacer un esfuerzo.
Todo esto es lo que han querido los políticos y
todo esto es lo que han conseguido. El problema es que,
ahora que cada vez es más patente que los maestros
y los estudiantes hacen exactamente lo que les encargaron
los que diseñaron la Logse, resulta que los
responsables de aquella patraña (LOGSE) sacan pelotas
fuera y culpan a las televisiones, al profesorado, a las
propias familias o incluso a las consolas Nintendo.
Y no sólo eso: muchos tienen la cara dura de pedir
un ¡aumento del gasto público en educación!
Pero no, señoras y señores ministros, consellers,
parlamentarios, senadores y demás comensales del
erario público: nuestra educación tiene un
grave problema, y su solución no implica dilapidar
más dinero en un sistema que no funciona. La
solución implica, primero y ante todo, que ustedes
se den cuenta de que los experimentos progresistas con los
que han castigado a toda una generación de chavales
inocentes han sido un ostentoso fracaso. Una
vez admitida la derrota, dense cuenta de que el verdadero
progreso sólo se puede alcanzar con una educación
que permita a las futuras generaciones vivir con garantías
en el mundo real y no en el país de las maravillas
que dibujan las escuelas lúdico-sostenibles. Acepten
que la verdadera justicia requiere que todos los ciudadanos
tengan garantizado poder correr y empezar la carrera en
igualdad de condiciones. La justicia no consiste en que
todos lleguen a la meta al unísono y en que todos
tengan medalla aunque no se la merezcan.Yfinalmente, percátense
de que la vida es un maratón y que si ustedes insisten
en seguir preparándonos para los 100 metros, no sólo
seguirán siendo ustedes unos irresponsables, sino
que seguirán condenando a nuestros jóvenes
a seguir sumergidos en un mar de mediocridad.
La Vanguardia. Xavier Sala i Martí,
Fundació Umbele, Columbia University y UPF
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