El
síndrome Saramago
La política,
tal como generalmente se expresa, querría simplificarlo
todo en dos opciones. O eres de los nuestros o eres de nuestros
contrarios. O eres progre o eres facha.
El reduccionismo se impone en todos los órdenes
de la vida social. Y así vamos colocando etiquetas
a todo bicho viviente, de modo que, una vez ya creemos saber
qué pie calza, nos ahorramos tener que discernir
por cuenta propia si estamos o no de acuerdo con su opinión.
El fenómeno -que prospera a medida que prosperan
la pereza mental y la adhesión automática
a lo que hemos dado en llamar lo políticamente correcto-consiste
en decir siempre lo que conviene decir. Y no según
la propia verdad, sino según el prejuicio generalizado.
Hablando de esta dimisión del pensar personalmente,
Ferran Sáez Mateu denunciaba en un artículo
en Avui el tan extendido mecanismo de adhesión o
de rechazo a alguna idea u opinión no en virtud de
su contenido de verdad más o menos contrastable,
sino simplemente en función de quién se haya
expresado. Omejor dicho: en función del estereotipo
en que se tenga previamente conceptuado al emisor de tal
o tal otro mensaje. Sáez Mateu, que bautizaba el
fenómeno con el sugerente nombre de "síndrome
Saramago", lo explicaba gráficamente con un
ejemplo extraído de una conferencia en la que el
ex president Pujol sentenció nada más y nada
menos que: "El absentismo en las aulas, el fracaso
escolar y la violencia en la escuela se deben a la dimisión
de la familia de sus obligaciones históricas".
¿Dimisión, por parte de la familia, de sus
"obligaciones históricas"? La cosa suena
como propia de un conservador, claro, si no de un reaccionario
puro y duro. Pero resulta que Pujol la dijo reproduciendo
textualmente lo que había manifestado pocos días
antes nada más y nada menos que José Saramago.
Si la frase hubiera sido anunciada como procedente de un
santón del progresismo como es Saramago, muchos ya
la habrían apreciado de entrada sin recelos.
Sáez Mateu considera que nos hallamos ante una "mutación
posmoderna del virus de la censura" y que "los
nuevos censores", que impelen a callar antes que a
decir algo que no cuadre con los esquemas preconcebidos
como de progreso, se ubican en "la acreditada trinchera
del pensamiento crítico". "La jugada es,
pues, perfecta: faculta a hacer callar a todo el mundo sin
necesidad de argumentar nada. Sólo es necesario ir
repitiendo que los otros son neocons,etcétera. El
síndrome Saramago se encarga del resto: el auditorio
espera a aplaudir con entusiasmo o bien a silbar hasta que
conoce al autor de la idea expuesta (que en sí misma
importa poco). Estos segundos de espera, que son la característica
esencial del síndrome Saramago, constituyen una curiosa
derivación del leninismo, que es la doctrina madre
de los nuevos censores".
No se trata, pues, de escuchar las razones de nadie, sino
de considerar qué etiqueta le ponemos al que dice
algo. Los mensajes dependen cada vez más, incluso
en nuestra apreciación, del canal por el que nos
llegan. Pasaron ya los tiempos en que el racionalismo, siempre
atento a no dejarse engañar, aconsejaba sopesar bien
los mensajes que llaman antes a nuestro entendimiento que
a nuestra adhesión inquebrantable. Joan Fuster replicaba
al acrítico "puix que parla català, Déu
li do glòria" con un socarrón "puix
que parla català... vejam què diu". Eso:
calibremos qué se dice, sin ceder al prejuicio de
quién lo dice.
La Vanguardia. Oriol Pi de Cabanyes
|