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El Pulso de la Noche

Selección de poesía de Maribel Ruiz

El fuego en la chimenea crepita
alrededor de un sábado
que parece domingo,
sentados sin costuras, pies calientes,
ellos te consideran
un ave sin paraíso

es invierno, mi amigo está enfermo
y quisiera arrancar
el dolor de su cuerpo

(te besa la medianoche
con sus gruesos labios negros,
con sus anchos brazos negros
te abraza la medianoche)

hace calor, mi amigo está dormido,
el olor de su tierra
me devuelve la calma,
abre los ojos para respirar,
unas palabras tenues
no serán imposibles

y tomaremos un vaso de vino
antes de amar el miedo,
ese rayo atrevido.


Es viscoso, resbala entre las piernas,
baja por las rodillas, cosquillea,
alcanza el vello de las pantorrillas,
llega hasta los talones, se entretiene,
aísla los pies y los rodea lentamente,
se extiende sobre el suelo embaldosado
(estoy aquí clavada como un palo)
y cada vez ocupa más lugar,
roza los muebles de la habitación
y sigue su camino alrededor,
se topa con las paredes cuadradas,
avanza, la rendija de la puerta
le muestra la frontera del afuera
y hacia la calle dirige su charco,
todo lo prueba, nada le retiene,
nada, muerto de sueño, de cansancio,
él, ya lejano, sólo quiere hallar
la plenitud de amar y ser amado.


Luna llena amarilla mantequilla,
lúpulo rubio cacerola vieja,
jabón de agua pulido corazón

el ángel de pata de palo
voluminoso toca el acordeón,
canción cálida y ambarina,
dulce y miel, vuela lejos, corre,
corre papel, vete con él.


En el mar navegan las olas
pero las dudas a solas caminan,
una escapada siempre lleva
al lugar de partida

cielo azul, sublevada lluvia,
de oraciones se cubren los tejados,
de súplicas caritativas
a Quién todo lo sabe

si sobrepasamos las huellas
y despegamos hacia la incerteza,
las caracolas en el mar,
si navegan las olas,
a solas descubrimos las respuestas.


Sin miedo, pero cautelosamente,
gira la rueda y el mago con ella

éste es mi tiempo, la luna princesa,
se considera al ser humano,
el sol irrepetible

éstos los pasos, la cálida tierra
y tan pocas manos abiertas,
el silencio piadoso

algunos olvidaron el billete
en el cajón de la mesilla
entre papeles escritos a mano

otros deambularon sin ser vistos
donde no habían ni soldados
ni expertos en vigilancia nocturna

sólo que al cruzar la barrera,
todos nos reuniremos al calor de las llamas
o al temblor de las olas
o al susurrar del viento

todos hambrientos y esqueléticos
de algún que otro alimento.