EDUCAR
PARA LA CIUDADANÍA
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Educar
para el siglo XXI sería formar ciudadanos bien
informados, con buenos conocimientos, y asimismo prudentes
en lo referente a la cantidad y la calidad. Pero es
también, en una gran medida, en una enorme
medida, educar personas con un profundo sentido de
la justicia y un profundo sentido de la gracia.
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1.
Republicanismo moral
Las sociedades moralmente pluralistas, aquellas en las que
no hay un código moral único sino varios,
se encuentran inevitablemente con el problema de dilucidar
qué personas o qué instituciones están
legitimadas para determinar qué es lo moralmente
correcto e incorrecto en las distintas cuestiones que afectan
a sus vidas. Como en otras ocasiones he comentado, las religiones
cuentan con distintas formas de magisterio, las comunidades
políticas ponen en manos del Parlamento o de otras
instituciones la capacidad de promulgar las leyes, pero
en las sociedades pluralistas no hay un Magisterio Ético
ni un Parlamento Ético, reconocidos por todo el cuerpo
social. De aquí se sigue inevitablemente un cierto
«republicanismo moral», es decir, que son los
ciudadanos los que tienen que elevar el listón moral
de sus sociedades, desde su capacidad de juzgar y de actuar,
desde los distintos lugares que ocupan en la sociedad. Nadie
puede hacerlo por ellos: son los protagonistas del mundo
moral.
Ahora bien, para que la vida compartida funcione bien en
las repúblicas, y en este caso para que sea alto
el nivel moral de la sociedad, importa que los ciudadanos
tengan virtudes bien arraigadas y se propongan metas comunes
desde el respeto mutuo y desde la amistad cívica.
Cosas todas ellas imposibles de lograr si no es empezando
desde la educación, empezando desde el comienzo a
educar ciudadanos auténticos, verdaderos sujetos
morales, dispuestos a obrar bien, a pensar bien y a compartir
con otros acción y pensamiento.
¿Cuáles serían los ejes de esta educación,
que es -como veremos- educación moral en el más
amplio sentido de la palabra? Tres ejes vamos a proponer
en este breve artículo, que no pretende ser exhaustivo,
sino abrir caminos a la acción y la reflexión
conjuntas: el eje de lo que vamos a llamar «conocimiento»,
la transmisión de habilidades y conocimientos para
perseguir cualesquiera metas; la «prudencia»
necesaria para llevar adelante una vida de calidad, si no
una vida feliz; y la «sabiduría moral»,
en el pleno sentido de la palabra, que cuenta con dos lados
esenciales, justicia y gratuidad.
2.
La sociedad del conocimiento
En principio, y a pesar de las protestas de algunos grupos
de que en nuestras sociedades «educar» acaba
reduciéndose a «formar en habilidades y conocimientos»,
es bien cierto que educar en ambas cosas resulta imprescindible
para tener una sociedad «alta de moral» y no
desmoralizada. Y no sólo porque las personas que
cuentan con conocimientos tienen más posibilidades
de abrirse un buen camino en la vida, cosa que no siempre
ocurre, sino porque una sociedad bien informada tiene mayor
capacidad de aprovechar sus recursos materiales y es, además,
menos permeable al engaño que una sociedad ignorante.
Como bien dice Sen, el nivel de ingreso de una sociedad
no está directamente relacionado con su nivel de
bienestar, porque muy bien puede suceder, y de hecho sucede,
que sociedades con un bajo nivel de ingreso, pero con un
buen nivel cultural, tienen un grado de bienestar más
alto que otras con una renta per cápita más
elevada. La cultura en sentido amplio permite aprovechar
mejor los recursos; por eso importa potenciar las capacidades
de las personas para llevar adelante el tipo de vida que
elijan. Y en este sentido, la educación en habilidades
y conocimientos, entendida en sentido amplio, es un factor
esencial del desarrollo, no sólo de las personas,
sino también de los pueblos1.
Por otra parte, y en lo que hace a la posibilidad de evitar
el engaño, a los ciudadanos de una sociedad pluralista
les resulta imposible formarse un juicio moral acertado
sobre temas que desconocen si no reciben la información
adecuada. En cuestiones biotecnológicas, en relación
con problemas económicos, en las sutilezas jurídicas,
en las lecturas políticas, en las repercusiones de
la red para la vida humana, en los dramas ecológicos
y en tantas otras cuestiones extremadamente complejas, contar
con información fiable es imprescindible para el
juicio moral. En caso contrario, funcionan únicamente
los prejuicios, y aunque es cierto que todo ser humano parte
de «prejuicios», de juicios previos, y que el
proceso de conocimiento consiste en ir esclareciéndolos
hasta formular juicios, no es menos cierto que, cuando el
proceso de esclarecimiento e información no existe,
sólo funcionan las etiquetas, las consignas, no la
reflexión.
De ahí que resulte imprescindible contar con profesionales
y con expertos, con gentes suficientemente informadas, preparadas
para poner sus conocimientos al servicio. Que para hacerlo,
para poner sus conocimientos al servicio, hará falta
también una «buena voluntad», es obvio;
pero es igualmente obvio que sin conocimientos, con el puro
voluntarismo, una sociedad no crece humanamente. En este
sentido, mejor le iría a nuestro mundo presuntamente
«global» si los movimientos antiglobalización,
en vez de limitarse a la manifestación y repulsa
de lo que hay, presentaran alternativas moralmente deseables
y técnicamente viables. Que en lugar de decir «globalización,
no!», dijeran: «queremos que la globalización
se oriente de esta y esta manera».
Proponer alternativas realizables es lo que hacen quienes,
desde una moral alta, ponen su saber al servicio y se esfuerzan
por saber, precisamente porque quieren servir. No es desde
la ignorancia desde donde se diseña y pone en marcha
una banca de los pobres, una tasa para la circulación
de capitales financieros, una renta básica de ciudadanía,
instituciones internacionales de justicia, mecanismos de
comercio justo, fondos éticos de inversión,
fondos solidarios, investigación con células
madre, «recolocación» de los expulsados
de las empresas, control de la investigación biotecnológica
en países en vías de desarrollo... No es desde
la falta de conocimiento y habilidades desde donde es posible
hacer un mundo más humano, sino todo lo contrario.
Necesitamos, por eso mismo, expertos en economía,
en derecho, en empresariales y en humanidades, en biología,
en medicina, que estén dispuestos, ante todo, a tres
cosas: a diseñar en cada uno de sus campos alternativas
humanizadoras y viables y a intentar ponerlas por obra;
a presentar sus propuestas a los poderosos de la Tierra,
de tal modo que, si se niegan a llevarlas a cabo, hayan
rechazado una opción humana y viable, y no pronunciamientos
abstractos; y a llevar sus conocimientos y opiniones a la
esfera de la opinión pública, a ese ámbito
en el que los ciudadanos de las sociedades pluralistas deliberan
sobre lo justo y lo injusto.
En una «república moral», en la que el
peso de la deliberación pública resulta decisivo,
es imprescindible que profesionales expertos informen adecuadamente.
Pero para ello es preciso tener conocimientos: intentar
adquirirlos es un deber moral. El proceso de adquisición
empieza sin duda en la escuela y en la familia, pero continúa
en Universidades y Escuelas Superiores, en ese mundo cuyo
sentido y legitimidad estriba en formar profesionales, gentes
con un profundo conocimiento de su materia y dispuestas
a orientarse en la práctica por los valores y metas
que dan sentido a su profesión2..
Porque -y aquí vendrá el segundo de nuestros
ejes- la cantidad de conocimientos no nos convierte en sabios,
como la cantidad de productos del mercado no nos hace felices.
Las cantidades son siempre acumulaciones de cosas (técnicas,
mercancías) que necesitan darse en una forma para
resultar plenificantes desde el punto de vista humano. y
«darse en una forma» significa aquí «darse
una buena meta», «perseguir un buen fin»;
pero contando, claro está, con medios suficientes,
con conocimientos profundos y puestos al día
3.
Una vida de calidad
Ciertamente, como con sobrada razón decía
Aristóteles, con tanta destreza sabe fabricar venenos
el que los utiliza para matar como el que los utiliza para
sanar, tan diestro es en este arte el envenenador como lo
es el médico; lo que hace buena la técnica,
lo que hace bueno el conocimiento, es la bondad del fin
que se persigue. Y aconsejaba, a la hora de determinar la
bondad de la relación entre los medios y los fines,
el uso de la prudencia. Siglos más tarde insistía
Kant en que la prudencia es una virtud necesaria para orientar
las habilidades hacia una vida feliz, y en que por esa razón
debe- ría educarse a los niños tanto para
ser técnicamente habilidosos como para ser prudentes
en la búsqueda de la felicidad3.
Sin embargo, se me hace a mí que la prudencia, con
ser valiosa, es una virtud demasiado modesta como para pretender
cosa tan radical como la felicidad. Por «felicidad»
entendía Kant el conjunto de todos los bienes sensibles;
por eso creía que era un ideal de la imaginación,
y no de la razón. Pero tal vez resulte más
adecuado llamar «bienestar» al conjunto de los
bienes sensibles, a esos bienes que producen una satisfacción
sensible, y reservar el término «felicidad»
para una forma de vida en plenitud, en la que entran como
ingredientes satisfacciones sensibles, pero no sólo
ellas; entran -como veremos en el próximo apartado-
otras dos formas de bienes, que llamaremos «de justicia»
y «de gratuidad».
Con todo, el término «bienestar», empleado
en expresiones como «Estado del Bienestar»,
«medidas de bienestar», «bienestarismo»,
resulta todavía confuso en exceso para tomarlo como
meta de la virtud de la prudencia, y tal vez saldríamos
ganando si lo concretáramos en algo tan preciado
hoy en día como la «calidad de vida»,
inaccesible sin duda sin la mencionada virtud. Buscar una
vida de calidad exige, a fin de cuentas, aprender a ejercitar
un arte: el de atender cuidadosamente al contexto vital
a la hora de trazar proyectos y tomar decisiones, ponderar
las consecuencias que pueden tener las distintas opciones
para el propio sujeto, para los suyos, para cualesquiera
grupos o para la humanidad en general, y conformarse al
fin con lo suficiente. Entre el exceso y el defecto: el
arte de optar por la moderación, propio de las virtudes
clásicas, tan estrechamente relacionado con el logro
de una vida de calidad.
Recordemos cómo la expresión «calidad
de vida» empieza a hacerse habitual a partir de los
años cincuenta del siglo xx, y es en los setenta
cuando adquiere una connotación semántica
precisa, en estrecha conexión con la célebre
distinción de Inglehart entre valores «materialistas»
y «postmaterialistas»4. En 1964, Lyndon B. Johnson
convierte en emblemática la expresión al afirmar
que los objetivos de su política no pueden evaluarse
en términos bancarios, sino en términos de
«calidad de vida». En su parlamento enfrenta
Johnson la «calidad de nuestras vidas» a la
«cantidad de bienes», en el sentido de que la
primera se va concretando, con el tiempo, en un tipo de
vida que puede sostenerse moderadamente con un bienestar
razonable, en una vida inteligente, presta a valorar aquellos
bienes que no pertenecen al ámbito del consumo indefinido,
sino del disfrute sereno: las relaciones humanas, el ejercicio
físico, los bienes culturales.
Ciertamente, los estudios acerca de la calidad de vida y
de las medidas de calidad de vida se han multiplicado desde
entonces, aplicándose a campos como el desarrollo
de los pueblos o las ciencias biomédicas5. Una conclusión
común a todos ellos, en lo que aquí nos importa,
sería que la calidad depende del ejercicio de actividades
estrechamente relacionadas con la capacidad de poseerse
a sí mismo, con la capacidad de no «enajenarse»,
de no «expropiarse»; sea sometiéndose
a medios «extraordinarios» al final de la vida,
sea perdiendo la vida cotidiana en cosas que no merecen
la pena, como la cantidad de mercancías o la ambición
ilimitada de poder, que impiden relacionarse libremente
con otros seres humanos.
El prudente, el que «sabe lo que le conviene en el
conjunto de la vida», trata de conservar las riendas
de su existencia, no dejándose deslumbrar por la
cantidad ilimitada de productos o deseos, que al cabo esclavizan,
sino optando por las actividades que merecen la pena por
sí mismas; por las que, por eso mismo, producen libertad.
En este sentido, es un óptimo ejercicio de prudencia
preferir tiempo libre para emplearlo en las relaciones humanas,
en actividades solidarias y culturales, a optar por la cantidad
del ingreso desmedido. Como lo es también apostar
por ciudades con dimensiones humanas y no por urbes descomunales;
elegir al amigo leal frente al conocido ambicioso; entrar
por el camino de la cooperación, antes que por el
camino del conflicto; negociar, y no enfrentarse, cuando
la derrota está asegurada... El Reino de los Cielos
es como un rey que, viendo que su adversario llevaba un
ejército mucho mayor, le envió mensajeros
pidiendo la paz y prefirió la pérdida parcial
que una negociación implica siempre, a la inmensa
pérdida de la derrota.
Contar con ciudadanos prudentes y con gobernantes asimismo
prudentes, en los distintos campos en los que existen gobernantes
y gobernados (político, académico, eclesial,
empresarial, sanitario, etc.), es sin duda indispensable
para organizar las sociedades y también la república
de todos los seres humanos atendiendo a los criterios de
calidad de vida y no de cantidad de bienes, sean del tipo
que fueren. Sólo desde esta visión prudencial
tiene sentido el enfoque de la sostenibilidad de los recursos
naturales y humanos, la moderación a la hora de explotar
los bienes de la ecosfera, pero también las energías
de los seres humanos, que son todo menos infinitas.
En este sentido es en el que los educadores ayudan a sus
educandos a resolver conflictos con prudencia, cosa que
también hacen quienes imparten cursos de negociación
en las empresas o en la Administración pública.
Preferir la vida apacible, la áurea mediocritas,
el mundo sostenible a la carrera desenfrenada es síntoma
de inteligencia bien educada, de prudencia. Lo que ya es
dudoso es que puedan identificarse calidad de vida y felicidad.
4.
El sentido de la justicia y el sentido de la gratuidad
Educar
en la búsqueda de la calidad de vida es, sin duda,
preferible a educar en la búsqueda de la cantidad
de bienes, pero es, sin embargo, insuficiente para formar
a una persona en el pleno sentido de la palabra, porque
quien prudentemente persigue una vida de calidad para sí
mismo y para los suyos, no siempre está dispuesto
a atender a las demandas de justicia, ni está tampoco
dispuesto a arriesgarse a ser feliz.
En cuanto a las demandas de justicia, las tiene en cuenta
mientras no perjudiquen su bien, o mientras lo refuercen;
pero si entran en colisión la calidad de su vida
y las exigencias de quienes en ocasiones ni siquiera tienen
los bienes básicos para sobrevivir, la prudencia
puede aconsejar excluirlos sin más consideraciones.
Sobrada experiencia de este modo de actuar hemos tenido
a largo de la historia y la estamos teniendo en estos últimos
tiempo por ejemplo, en relación con lo que se llama
el «fenómeno de inmigración»;
fenómeno que se reduce a algo tan simple como que
las gentes de los países desarrollados andan tan
preocupadas con lograr cantidad de productos del mercado
y, en el mejor de los casos, calidad de vida, que no les
quedan energías mentales para pensar en el profundo
malestar de los países «en vías de desarrollo»,
menos aún energías volitivas para tratar de
ayudar a crear riqueza en esos países. Declaraciones
sobre los derechos humanos cuantas se quieran; pero quien
en realidad está educado para busca la cantidad de
los productos y la calidad de su vida es inevitablemente
«excluyente»: excluye a cuantos no entran en
el cálculo prudencial de su bien.
Por eso, educar en el sentido de la justicia exige siempre
ir más allá del cálculo y la prudencia.
Pero no «ir más allá» en línea
recta, como siguiendo un camino o la vía de un tren,
sino en profundidad, en interioridad. Rumiando qué
es lo que a fin de cuentas nos hace personas, qué
es lo que a fin de cuentas me permite decir «yo»,
si no es el hecho de que los otros me han reconocido y me
reconocen como persona y como «tú». Es
la experiencia básica del reconocimiento recíproco,
tal como se narra en el libro del Génesis -«ésta
sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos»-,
la que abre un sentido humano inteligente con dos vertientes
igualmente inteligentes, igualmente sentientes: el sentido
de la justicia y el sentido de la gratuidad.
El sentido de la justicia, del que tanto se ha dicho y escrito,
es el que nos impulsa a dar a cada uno lo que le corresponde;
y justamente sobre lo que se ha dicho y escrito es sobre
qué le corresponde a cada uno, que es lo que recogen
las distintas teorías de la justicia que en el mundo
han sido. Pero en este momento básico, en esta básica
experiencia del reconocimiento, lo que al otro y a mí
se nos debe en justicia es lo que merecemos como personas.
Y aquí viene la «pregunta del millón»:
¿qué merecemos como personas?
La historia humana es -decía Hegel- la historia de
la libertad; y realmente puede leerse así nuestra
historia. Sin embargo, yo propongo una lectura no menos
acertada: relatarla como historia de la justicia. Porque
al hilo del tiempo hemos ido cargando los dados de la justicia
con exigencias inusitadas en épocas anteriores. Lo
justo es que todas las personas gocen de alimento, vivienda,
vestido, educación, atención en tiempos de
vulnerabilidad, libertad de expresarse, formarse su conciencia
y orientar personalmente su vida. Lo justo es que las sociedades
que deseen estar a la altura de la mínima dignidad
moral satisfagan estas necesidades básicas o promuevan
las capacidades de las personas para que puedan satisfacerlas
y llevar adelante una vida feliz. Teoría esta de
las capacidades que hoy ofrece Sen, y que presenta la ventaja,
frente a la de las necesidades, de poner en manos de los
sujetos la autoría de su propio bien, de proponer
el «empowerment» de los empobrecidos7 .
Regresando a nuestro texto, quien reconoce a los demás
seres humanos como sangre de su sangre y huesos de sus huesos
se exige a sí mismo y exige a quienes tienen poder
para ello, como exigencia de justicia, que ningún
ser humano se vea mermado en las capacidades que le permiten
obtener esos bienes y perseguir una vida feliz. Y emplea
sus habilidades y sus conocimientos, su «saber»,
en discernir todos los medios posibles para hacer justicia.
Ciertamente, los nombres de estos «bienes de justicia»
campean ya en Declaraciones Universales y Cartas Internacionales,
pertenecen ya al mundo de nuestras «ideas morales»,
perfectamente diseñadas en la teoría de los
discursos y los libros. Pero quien carece de sentido de
la justicia, quien carece de una razón justa, no
hará de esas ideas creencias que mueven la vida,
no las tomará como motor de su existencia, sino que
en la vida cotidiana vivirá del cálculo y
la prudencia.
El sentido de la justicia, exigente y lúcido, es
un poderoso motor. Es «responsable» de buena
parte de lo mejor de nuestra historia, historia en la que
se han ido encarnando, haciendo exigibles, los bienes que
hemos mencionado.
Sólo que el mundo humano no es sólo el de
la exigencia y lo exigible, no digamos el del cálculo
y la prudencia: no es sólo el de los derechos reconocidos,
a los que corresponden deberes y responsabilidades. Quien
hace la experiencia del reconocimiento recíproco,
la experiencia de la Alianza con otro ser humano que es
carne de la propia carne y hueso del propio hueso, no sólo
se siente exigido a dar al otro «lo que le corresponde»
como persona, sino que se siente urgido a compartir con
él lo que ambos necesitan para ser felices.
La felicidad es una cuestión radical, va a la raíz.
A esa experiencia básica de quienes no se conforman
con el cálculo y la prudencia, ni siquiera -y es
mucho decir- con responsabilizarse de que se haga justicia.
Va a satisfacer esas necesidades básicas que nunca
podrán exigirse como un derecho ni cumplirse como
un deber.
Más allá del derecho y el deber, pero no en
línea recta, como quien sigue un camino o la vía
de un tren, sino en profundidad, en interioridad, se abre
el amplio misterio de la obligación, el prodigioso
descubrimiento de que estamos ligados unos a otros de forma
indisoluble y, por tanto obligados, aun sin sanciones externas,
aun sin mandatos externos, sino desde lo hondo, desde lo
profundo. «No vayas hacia el exterior -era el sabio
consejo de san Agustín-, porque es en el interior
del hombre donde radica la Verdad». Es en lo profundo
donde se descubre esa ligadura profunda, el secreto de la
felicidad. De ella brota el mundo de las obligaciones que
no pueden exigirse, sino compartirse graciosamente; el mundo
del don y del regalo, del consuelo en tiempos de tristeza,
del apoyo en tiempos de desgracia, de la esperanza cuando
el horizonte parece borrarse, del sentido ante la experiencia
del absurdo.
Necesitamos -¿quién lo duda?- alimento, vestido,
casa y cultura, libertad de expresión y conciencia,
para llevar adelante una vida digna. Pero necesitamos también,
y en ocasiones todavía más, consuelo y esperanza,
sentido y cariño, esos bienes de gratuidad que nunca
pueden exigirse como un derecho; que los comparten quienes
los regalan, no por deber, sino por abundancia del corazón.
Educar para el siglo XXI sería formar ciudadanos
bien informados, con buenos conocimientos, y asimismo prudentes
en lo referente a la cantidad y la calidad. Pero es también,
en una gran medida, en una enorme medida, educar personas
con un profundo sentido de la justicia y un profundo sentido
de la gracia.
Actuales corrientes de ética se afanan por profundizar
en el sentido de la justicia, y algunas de ellas llegan
a ese radical momento del reconocimiento recíproco,
en versión secular (ética del discurso) o
en versión bíblica (Levinas); pero queda oscurecido
por la lógica trascendental o por el fárrago
verbal ese segundo sentido, en realidad tan diáfano,
de la gratuidad, que hunde también sus raíces
en la experiencia del reconocimiento8 . En la experiencia
de una ligadura que, curiosamente, es fuente también
de justicia.
Es en el libro del Génesis donde se cuenta esta parábola,
que nos constituye, de una humanidad ligada entre sí
y con Otro; y de su verdad seguimos viviendo a comienzos
del Tercer Milenio. Seguir contándola, educar personas
con conocimientos, prudencia, sentido de la justicia y gratuidad,
es construir una sociedad humana, en el más pleno
y digno sentido de la palabra.
1.
A. SEN, Desarrollo y Libertad, Planeta, Barcelona 2000;
E. MARTÍNEZ, Ética para el desarrollo de los
pueblos, Trotta, Madrid 2000.
2. A. CORTINA y J. CONILL (coords.), Diez palabras clave
en ética de las profesiones, Verbo Divino, Estella
2000.
3. I. KANT, Fundamentación de la metafísica
de las costumbres, cap. 2: «Pedagogía»,
Akal, Madrid.
4. R. INGLEHART, The Silent Revolution, New Jersey 1977.
5. Para el complejo mundo de la calidad de vida, ver, entre
otros, M.C. NUSSBAUM y A. SEN (eds.), The Quality of Life,
Clarendon Press, Oxford 1993.
6. He desarrollado el contenido de este último apartado
en A. CORTINA, Alianza y Contrato. Política, ética
y religión, Trotta, Madrid 2001.
7. A. SEN. Desarrollo y Libertad, Planeta, Barcelona 2000.
8. De explicitar estas dimensiones en una versión
hermenéutica de la ética del discurso me he
ocupado en Alianza y Contrato.
Adela
CORTINA ORTS
Catedrática
de Ética y Filosofía Política. Universidad
de Valencia.
http://www.aesece.org/
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