La
autoestima docente a la baja
La autoestima,
entendida como la actitud valorativa y la representación
cognitiva que un sujeto o colectivo hace de él mismo,
es un de los conceptos que, en los últimos tiempos,
han penetrado con más fuerza en la comunidad educativa.
Se habla a menudo de infravaloración de la actuación
docente, de carencia de protagonismo, de pérdida
de autoridad, de la construcción y proyección
de una imagen negativa y difusa de la profesión,
y de algunas cosas que tienen que ver con la baja consideración
del auto concepto docente.
En cualquiera caso, es evidente que
la profesión vive y sobrevive con un fuerte complejo
de inferioridad, porque se piensa que lo que se hace está
poco valorado, que sus innovaciones no son reconocidas y
que sus esfuerzos son menospreciados. Es necesario decir
que a menudo es el profesorado mismo el que hace bien poca
cosa por luchar por este merecido reconocimiento, profesional
y social, instalándose en la cultura de la queja
permanente; una vía que no conduzco a ninguna parte,
más que al propio cansancio y a la desmoralización
individual y colectiva.
Las causas de este fenómeno
son internas y externas a la profesión y extraordinariamente
complejas. Analicemos diez hipotéticas razones de
la baja autoestima docente planteadas de forma necesariamente
sintética: 
1.
El creciente, diversificado y poderoso mundo de los expertos
y especialistas de la psicopedagogía y del conjunto
de las llamadas ciencias de la educación que monopolizan
el discurso educativo. Ellos son los que diseñan
reformas, programas de innovación y planes de formación;
ellos son los que marcan la agenda de los temas de los cuales
hace falta hablar, de lo que es importante y de lo que no
es. Ellos son los que investigan, publican y son invitados
a los foros educativos y a los medios de comunicación.
De esta forma, durante los últimos años, la
innovación educativa se ha hecho más desde
la academia que desde la escuela. Hay profesores que sólo
son escuchados cuando se convierten en expertos.
2.
La permanente culpabilidad (desde el ámbito familiar,
social y de los medios de comunicación) de la escuela
por elfalso descenso del nivel de enseñanza y trabajo
del profesorado. Aquí se da una curiosa
paradoja: las familias y el conjunto de la sociedad critican
los maestros y hasta desconfían, pero, al mismo tiempo,
cada vez delegan y confían nuevas funciones y responsabilidades.
Es evidente que la polivalencia docente tiene un límite,
y cuando se confunde la profesión con las heroicidades
de un superman o de una superwoman, difícilmente
las expectativas sociales se cumplen.
3.
El discurso obsesivo y dominante sobre el malestar docente
que eclipsa los aspectos satisfactorios y positivos de la
profesión.
No negaremos algunas obviedades en algunos contextos y situaciones
escolares, donde las condiciones de trabajo se hacen particularmente
difíciles, el malestar docente es una consecuencia
lógica. Ahora bien, en otras situaciones y circunstancias
es necesario analizar si el malestar docente es fruto de
las condiciones objetivas o no es otra cosa que la construcción
de una coartada y de un discurso cómodo y autojustificatorio
para oponerse a cualquier proceso de innovación y
de cambio, venga de donde venga. Por otra parte, se olvida
la cara positiva de la profesión, como si existiera
un cierto complejo de inferioridad a mostrarla, cuando es
evidente que hoy hay muchos maestros que encuentran mucho
sentido a su oficio, que disfrutan y que descubren un montón
de satisfacciones.
4.
La irrupción de otros agentes educativos y la competencia
que surge, que han hecho que el magisterio ya
no ejerza con la exclusividad de hace un tiempo la instrucción
o transmisión del conocimiento. La televisión
y el mundo de la imagen, las nuevas tecnologías de
la información y de la comunicación y el alud
de ofertas extraescolares han generado un cierto grado de
desconcierto y confusión. Algunos sectores lo perciben
incluso como una pérdida de autoridad, como sí
su trabajo quedara cuestionada y con un cierto grado de
miedo y de angustia delante de un futuro tecnológico
que cada vez controlan menos.
5.
La crisis la vocación
del magisterio, entendida como una carencia de identificación,
ilusión y compromiso global con la infancia, la escuela
y la comunidad, y una falta de orgullo hacia la profesión.
Parece que algunas de estas palabras pertenecen a otros
tiempos y que la vocación de maestro se identifica
con sacerdocio, voluntarismo y carácter misionero,
como si este concepto no fuera susceptible de evolucionar
en la postmodernidad y no se pudiera pensar también
en clave de una concepción innovadora y progresista
de la profesión.
6. El
despliegue por parte de la Administración de una
amplia retórica sobre la importancia del profesorado,
que, en la práctica, se queda en nada.
La voz del profesorado -más allá de cuatro
simulacros y escenificaciones para salir del paso- es excluida
del debate sobre las reformas educativas, proyectos pedagógicos
u otras grandes decisiones que afectan directamente al profesorado.
Tampoco la Administración es demasiado sensible a
la hora de valorar el trabajo real del profesorado, mejorar
sus condicione de trabajo o escuchar sus reivindicaciones.
7.
La tan mencionada autonomía docente queda diluida
o borrada por la cada vez más poderosa colonización
administrativa y burocrática de la escuela.
Cada vez la enseñanza está más condicionada
y regulada -el currículo, la evaluación, los
tiempos, los espacios, la organización y funcionamiento
de los centros, etc.- y quita libertad a los equipos de
maestros y a las comunidades educativas para construir proyectos
educativos pedagógicamente diferenciados.
8.
Los nuevos planes de estudio de la década de los
noventa han supuesto la muerte del maestro y el triunfo
del especialista. De esta forma, muchos estudiantes
adquieren desde buen principio este nuevo perfil de especialista
de educación física, musical o especial, el
cual consolidan cuando acceden a los centros, al "integrarse"
en los claustros. Por otra parte, los estudios de magisterio
se han ido devaluando ante el alud de nuevas carreras más
exigentes y valoradas que han ido apareciendo en el ámbito
de las ciencias de la educación y otras ciencias
humanas y sociales. Un par de circunstancias avalan esta
situación: por una parte, la nota de corte de acceso
exigida a los estudiantes de magisterio suele ser más
baja que en aquellos otros estudios y, por otra parte, una
buena parte de los estudiantes que acaban magisterio siguen
otros estudios.
9.
El auténtico fracaso, quitado algunas excepciones,
de la formación del profesorado con respecto
a conseguir una nueva cultura profesional innova - dora
y una modificación de sus hábitos y actitudes
que hagan posible un cambio en sus prácticas escolares
y en la vida en los centros y en las aulas. Además,
esta formación es a menudo muy fragmentada y le falta
el enfoque de una visión global de la infancia, la
escuela y la enseñanza. En cierta manera, hemos asistido
a una continuación -explícita o implícita-
de aquella muerte del maestro y del triunfo del especialista
al que nos referíamos en el punto anterior.
10.
El hecho de que todo el mundo se siente autorizado para
criticar y cuestionar la escuela y el trabajo del maestro.
A diferencia de lo que pasa con otros oficios y profesiones
donde se reconoce la existencia de un saber específico
adquirido a fuerza de formación y experiencia, en
la enseñanza parece que este reconocimiento no exista
y que se piense que se trata de un campo donde el sentido
común, la práctica como educadores familiares
o la proximidad que da la experiencia como estudiante son
capital cultural suficiente por poder interpelar al profesorado
de igual a igual. Esta posición se va reafirmando
en la medida que el nivel cultural medio de la población
va aumentando. No se acaba de entender que el arte o la
ciencia también se adquieren con el estudio, y esto,
naturalmente, desmoraliza al profesorado.
¿Conclusiones?
Sólo tres y breves:
a)
Recuperar el orgullo de ser y hacer de maestro con todo
lo que esto supone.
b)
Investigar y analizar más a fondo estas y otras razones
de la baja autoestima, haciendo uso del pensamiento que
se fundamenta en las explicaciones complejas y multicausales
y no en los cuatro tópicos que buscan la fácil
-o imposible, según como se mire- cuadratura del
círculo.
c)
Transgredir y cambiar en la práctica todo aquello
que impide a los maestros tener más autonomía,
autoridad y poder. Las dificultades son grandes, pero las
posibilidades son inmensas.
Jaume Carbonell
|