Los
nuevos héroes.
Esta semana volverán al trabajo
y nadie aplaudirá a su paso. Pero es más heroico
enseñar a un niño que marcar un gol de chilena
o que hacer de agente secreto y perder la credibilidad en
el intento.
Parafraseando al poeta más de
una generación podría decir: "Yo nací,
perdonadme, en la época de James Bond, de Flint y
de Palmer". Eran los tiempos en los que los agentes
secretos del mundo occidental no sólo eran los buenos
sino que además eran los más sabios. Los héroes
eran esos tipos que tan pronto nos salvaban del fin del
mundo como se ligaban a las espías del bando contrario
mientras iban generando ideología para defender,
decían, "nuestro modo de vida".
Pero la realidad es imparable. Y pronto
supimos que ni James Bond, ni Flint ni Palmer sabían
nada de nada. Ejércitos de descamisados les invadían
Kuwait y unos aviones fantasmales abatían el símbolo
del imperio. A partir de ahí la
defensa de "nuestro modo de vida" ha consistido
en transmitir enormes estímulos de miedo,
porque es en el miedo donde ya nada se comprende y donde
caemos en todas las abyecciones. Incapaces de defendernos
de unos pocos, los gobiernos han decidido vigilarnos a todos.
El héroe ha perdido credibilidad. Era nuestro aliado
y ahora nos oprime. Las máquinas que servían
para identificar al enemigo ahora sirven para identificarnos
a nosotros. Los héroes antes eran caballeros y ahora
ya sólo son carceleros.
Pero siempre faltan héroes a
los que seguir y a los que admirar. La caída de los
superhombres con licencia para matar coincide en el mundo
cinematográfico europeo con la ascensión de
hombres y mujeres comunes que también ejercen a su
manera un cierto tipo de heroísmo. De Francia nos
han llegado dos muestras de los nuevos modelos. La vida
del futuro, la pequeña esperanza, gira en torno a
los maestros de escuela. Una fue Hoy empieza todo, de Bertrand
Tavernier. Ahora tenemos en las pantallas tre et avoir (Ser
y tener, en español) un documental rodado en una
escuela unitaria de Auvernia, cerca del Puy-de-D�me. En
ambos casos se muestra a profesionales de la enseñanza
que cumplen su papel sin abnegación pero recibiendo
todas las contradicciones de un mundo imperfecto. Al maestro
le llegan los problemas domésticos de cada hogar,
pero también las contradicciones de un sistema que
intenta paliar la falta de recursos con una burocracia asfixiante.
No es casual que el nuevo héroe
sea el maestro. Al fin y al cabo en él
está la salvación del nuevo mundo y de "nuestro
modo de vida". Y esa figura tan olvidada y tan poco
prestigiada se convierte --como los agentes secretos del
espíritu-- en un personaje que no se limita a cumplir
con su trabajo sino que lleva su implicación personal
mucho más allá de lo que sus jefes le exigen.
Caídos los héroes sobrehumanos
llegan las pequeñas heroicidades de cada día.
Es el heroísmo de conseguir
que un niño de pocos años consiga dominar
la tabla de dividir, pero también el heroísmo
de lograr que se doble la servilleta, que sepa escuchar,
que pueda ayudar a un compañero y que respete al
abuelo. Nada de eso parece importante cuando la NASA abre
escaparate en el planeta Marte. Pero esta semana los maestros
vuelven al trabajo. A ellos les confiamos el material más
sensible de la humanidad. Me fío
más de la licencia para enseñar que de la
licencia para matar.
Joan
Barril
El periódico,
6-01-04
|