Tema 8.
La humanidad siempre ha tenido la necesidad de transformar los elementos de la naturaleza para poder aprovecharse de ellos. En un sentido genérico a esa transformación de la naturaleza es a lo que podríamos llamar industria. Al elemento de la naturaleza que vamos a transformar le llamamos materia prima y al objeto transformado y dispuesto para usar lo llamamos producto elaborado. Si el producto obtenido necesita una segunda elaboración se trata de un producto semielaborado, como por ejemplo las planchas de acero que aún deben usarse para hacer coches, o clavos.
La industria fue el sector motor de la economía desde el siglo XIX y hasta la segunda guerra mundial la industria. Era el sector económico que más aportaba al producto interior bruto (PIB), y el que más mano de obra ocupaba, pero desde entonces y con el aumento de la productividad gracias a la mejora de las máquinas, y el desarrollo de los servicios, ha pasado a un segundo término. Sin embargo, continúa siendo esencial, puesto que no puede haber servicios sin desarrollo industrial.
Hacia finales del siglo XVIII, y durante el siglo XIX, el proceso de transformación de los recursos de la naturaleza sufre un cambio radical, que se conoce como revolución industrial. Este cambio consiste, básicamente, en la disminución del tiempo de trabajo necesario para transformar un recurso en un producto útil, gracias a la utilización, en el proceso, de máquinas. Esto permite reducir los costes unitarios, y aumentar la productividad, si bien es necesario incrementar los costes totales, lo que hace imprescindible la acumulación de capital. Para entonces está plenamente asentado en modo de producción capitalista, que pretende la consecución de un beneficio aumentando los ingresos y disminuyendo los gastos. Con la revolución industrial el capitalismo adquiere una nueva dimensión, y la transformación de la naturaleza alcanza límites insospechados hasta entonces.
Gracias a revolución industrial las regiones se pueden especializar, sobre todo debido a la creación de medios de transporte eficaces, un mercado nacional y otro internacional, lo más libre posible de trabas arancelarias y burocráticas. Algunas regiones se van a especializar en la producción industrial, conformando lo que conoceremos como regiones industriales.
El capital de inversión, en Europa, procede de la acumulación de riqueza en la agricultura. El capital agrícola se invertirá en la industria y en los medios de transporte necesarios para poner en el mercado los productos elaborados.
En principio los
productos industriales harán aumentar la productividad
de la tierra, con lo que se podrá liberar
fuerza de trabajo para la industria y se podrán obtener productos agrícolas excedentarios para alimentar a una
creciente población urbana, que no vive del campo. La
agricultura, pues, proporciona a
la industria capitales, fuerza de trabajo y mercancías. Todo ello es una
condición necesaria para el desarrollo de la revolución industrial.
En los países del
Tercer Mundo, y en algunos países de industrialización
tardía, el capital lo proporciona la inversión
extranjera, que monta las infraestructuras necesarias para detraer la
riqueza y las plusvalías que genera la fuerza de trabajo; sin liberar de las
tareas agrícolas a la mano de obra necesaria, sino sólo a la imprescindible. En
un principio hubo de recurrirse a la esclavitud para garantizar la mano de
obra. Pero el cambio de la estructura económica, y la destrucción de la
sociedad tradicional, garantizó la disponibilidad de suficiente fuerza de
trabajo asalariada y voluntaria.
La existencia de recursos naturales es también una condición básica para que se desarrolle la industria. Pero lo que es, o lo que se considera, un recurso natural cambia con la tecnología y el desarrollo de la ciencia. Un recurso natural es aquel elemento de la naturaleza que la sociedad, con su tecnología, es capaz de transformar para su propio beneficio. Esto quiere decir que no siempre se consideran recursos naturales los mismos elementos de la naturaleza, sino sólo aquellos que se pueden transformar. Mientras se desconozca cómo aprovechar un determinado elemento, este no es un recurso natural. El ejemplo más claro es el del petróleo, que se conocía desde antiguo pero sólo en el siglo XX se pudo aprovechar para mover motores y crear energía: sólo entonces se convirtió en un recurso natural.
En todo proceso de transformación de la materia prima, en producto elaborado, aquella pierde peso, por lo que se generan residuos. Cuanto más peso se pierda más residuos se generan, pero también más importancia tendrá la ubicación de la materia prima en la localización de la industria, puesto que el coste del transporte de la mercancía, para la misma distancia, aumenta con el volumen. Sin embargo, hay excepciones, como en el caso de que el producto elaborado sea muy frágil o necesite medios de transporte muy especializados, y por lo tanto más caros. Por otra parte, es raro el producto elaborado que utiliza una sola materia prima. En este caso será más importante el recurso que más peso pierda en el proceso de elaboración.
Algunas industrias utilizan como materia prima productos elaborados por otras fábricas y su pauta de localización está en función de la ubicación de esas otras factorías, sobre todo si están instaladas antes que ella.
Pero además, muchas compañías se instalan allí donde ya hay otras industrias; en busca de las economías de aglomeración que generan los servicios conjuntos de las empresas. La cercanía a una zona industrial se busca para conseguir estas economías de aglomeración.
Uno de los fenómenos más llamativos de la actividad industrial es la contaminación que produce. La materia prima perdida en el proceso de elaboración se introduce en el medio de manera masiva, por encima de las posibilidades que tiene la naturaleza de recuperarse, generando, así, la contaminación. Por otro lado, el ritmo de consumo de los recursos naturales también puede ser un problema, ya que un uso mayor a su umbral de renovación lleva, inexorablemente, al agotamiento del recurso, y por consiguiente, al cierre de la industria por falta de materia prima que transformar.
La eliminación de los desechos o su acumulación, o la escasez producida por la depredación, pueden hacer desaparecer una región industrial, debido a las pocas garantías de pervivencia. El modelo capitalista de producción industrial tiene todas estas características, lo que la convierte en el mayor agente de agresión al medio natural, en el que encuentra sus recursos.
La existencia de un mercado con rentas altas y diversificadas es fundamental para el desarrollo de la industria. Es el mercado, sobre todo el mercado interior, lo que hace crecer la economía y lo que da salida los productos elaborados en la industria. Él es el encargado de distribuir la mercancía y facilitar su consumo, poniendo los bienes al alcance de los consumidores.
Con la revolución industrial los productos se multiplican, el precio unitario baja y, además, sube la renta nominal de muchas familias. Tras el crecimiento de la renta, las necesidades de abastecimiento se multiplican y se diversifican. Además, la vida urbana no permite proveerse de todo lo necesario. Surgen, así, los comercios permanentes (en todas las ciudades) que permiten acceder a la oferta de productos industriales y agrícolas de una manera continua.
Para la actividad industrial es fundamental la existencia, y el consumo, de energía que mueva los ingenios y las máquinas.
En épocas preindustriales las fuentes de energía eran renovables: cursos de agua, vientos y animales eran un factor de localización fundamental, puesto que sin ellas no puede haber industria.
Con la revolución industrial y la invención de la máquina de vapor por James Watt en 1767, la industria se libera un poco de esa dependencia tan estricta. Sin embargo, la máquina de vapor funciona con agua y carbón, ya sea este mineral o vegetal, y por lo tanto alcanza su óptimo de producción en lugares en los que haya estos dos recursos en abundancia. Las primeras industrias, que funcionan principalmente con máquinas de vapor, se localizan en regiones carboníferas, de carbón mineral, que es más barato que el vegetal, y en zonas húmedas, en donde el agua (aún no se habían regulado los ríos) era abundante. Son regiones como el Ruhr, Inglaterra, el norte de los Apalaches o Asturias.
La liberación definitiva se consigue con el abaratamiento del transporte, la producción de energía eléctrica y su transporte a larga distancia. Cosa que sólo ocurre en el siglo XX. Hoy en día la mayor parte de las máquinas industriales son eléctricas; y para las que no lo son el transporte de carbón, petróleo o gas es muy barato. Además, existe una política, al menos en Europa, de precios uniformes para el consumo de electricidad. Esto ha permitido liberar totalmente a la industria de una localización cercana a las regiones productoras de energía. En el caso de España las principales regiones productoras de energía son Castilla y León, los Pirineos, Galicia y Castilla-La Mancha; sin embargo, las regiones más consumidoras son Madrid y el Levante. En general, en todos los países las regiones productoras son pobres y están despobladas; ya que la producción de energía es una de las actividades más contaminantes, con más impacto ambiental y que más rechazo producen entre la población. Por el contrario, las regiones consumidoras son las más ricas y pobladas. En todo caso, las zonas donde se produce la energía están alejada de los núcleos importantes de población, aisladas en regiones montañosas; pero las zonas de mayor consumo son las ciudades y su entorno industrial.
El recurso energético básico para la producción industrial es la energía eléctrica, salvo para el transporte, los altos hornos y la propia producción de energía eléctrica.
La producción de electricidad necesita otras fuentes de energía, de las que no puede prescindir. Dos son las fuentes de energía básicas, para la producción eléctrica: la hidroelectricidad y la termoelectricidad.
La producción hidroeléctrica se consigue haciendo pasar por una turbina grandes cantidades de agua a mucha presión. Para esto es necesario el embalsamiento de agua en grandes cantidades y con grandes desniveles. Esto supone una ubicación limitada a regiones con excedentes de agua y con grandes desniveles, por encajamiento de ríos. Puesto que no es posible encontrar estas condiciones en todas partes, ni siquiera de manera abundante, la potencia posible de esta forma de producir energía parece limitada; a la espera de avances tecnológicos de importancia.
La producción termoeléctrica consiste en hacer pasar por una turbina aire caliente a presión. El aire caliente se consigue calentando agua, para lo cual es necesario: bien quemar carbón, bien quemar petróleo, o bien recurrir a la fisión nuclear. La opción por uno de estos tres métodos depende del precio de la misma, de la tecnología, y de las externalidades ecológicas. En todo caso, esta es una opción política, ya que la producción eléctrica suele estar en manos del Estado.
La posibilidad de instalar potencia eléctrica por medios térmicos es muy superior a la hidroelectricidad, ya que no precisa de condiciones naturales favorables, y es apta para ubicarse en regiones secas o llanas.
Existen otras formas de producir electricidad, con fuentes de energía renovables: eólica, solar, geotérmica, etc.; pero tienen el mismo inconveniente que la hidroelectricidad: necesitan unas condiciones naturales óptimas, y su producción no se podrá incrementar mientras que no se consiga un cambio tecnológico sustancial. Sólo la energía solar puede llegar a ser ubicua, si se consigue la tecnología necesaria.
La electricidad no es el único recurso energético utilizado por la industria; el carbón, el gas y el petróleo tienen una importancia no pequeña en la producción industrial (mucho mayor en el pasado que en la actualidad). En general son los hornos los que utilizan este tipo de fuentes de energía.
Si todos estos factores han contribuido al despegue industrial de ciertas regiones, el factor decisivo que ha impulsado la renovación ha sido el transporte y la creación de un mercado nacional.
El sector del transporte es esencial para el funcionamiento de los países; por eso es el Estado quien construye las infraestructuras viarias: carreteras, vías de ferrocarril, puertos y aeropuertos, que todos pueden utilizar más o menos libremente. Para cualquier zona subdesarrollada la construcción de una carretera es una garantía, y una condición, de desarrollo.
Los precios del transporte dependen de la distancia, el volumen, los cuidados necesarios durante el traslado (frío por ejemplo), y de las operaciones de carga y descarga. El precio del transporte puede influir de manera decisiva en el precio unitario del producto. Cuando este coste unitario total es menor que el coste del unitario de producción, el artículo se importa de los lugares donde se fabrica más barato. Esto facilita la especialización funcional de las regiones. Ello permite conseguir ventajas comparativas en las que la dedicación exclusiva a un producto, o a una gama pequeña de productos, eleva las rentas lo suficiente como para permitir el transporte y la importación de las mercancías que se han dejado de producir.
Este intercambio de manufacturas entre regiones, en el ámbito nacional o internacional, crea un mercado interrelacionado al que no es ajena la política económica o la moneda.
Distinguiremos tres tipos básicos de industria: la industria pesada, la industria de equipo y la industria ligera.
En sentido estricto una industria pesada es aquella que trata grandes cantidades de productos brutos, pesados, para transformarlos en productos semielaborados. En realidad estos son, en su mayoría, bienes de equipo, pero trataremos esto a parte; por lo que consideraremos, como industria pesada a las de primera elaboración, y como industrias de equipo a las que emplean productos semielaborados.
En el caso de la industria pesada, de primera elaboración, es aconsejable la instalación de las plantas cerca de las materias primas o en su caso cerca de los puertos a los que llegan. En la industria de equipo, en cambio, el valor añadido del producto aumenta, y el nivel tecnológico necesario es mayor, lo que la libera un poco de la dependencia de los recursos. Se suelen instalar en las grandes ciudades industriales.
En la industria pesada distinguiremos, como industrias principales, la metalurgia y la química.
La industria metalúrgica tiene una gran dependencia de las materias primas; excepto en el caso del aluminio, cuyos procesos de elaboración son muy complejos y su valor añadido es alto. Las partes esenciales de esta industria son: el alto horno y los trenes de laminación. Son industrias que exigen inversiones muy elevadas, y ocupan mucho suelo industrial. Además, es necesario preparar lugares de almacenamiento y acondicionar el lugar para el transporte de los materiales, por ejemplo con cintas transportadoras.
La industria metalúrgica proporciona: lingotes, forjados, tubos, planchas de acero, hierro, aluminio u otro metal con vistas a utilizarlos en otras fábricas, como la construcción o las vías del ferrocarril. Cuanto más complejo sea el proceso de la obtención del producto mayor será el valor añadido. Esta industria permite tener asociadas otras formas de rendimiento, como la producción de energía eléctrica en los altos hornos o la obtención de cemento. A este tipo de industria se le considera una actividad básica de la economía. Durante mucho tiempo fue el índice por el que se medía el desarrollo de un país.
La industria química es más variada, ya que utiliza una gama mayor de materias primas: combustibles sólidos, líquidos y gaseosos, pirita, cal, sales, productos vegetales y animales, etc. La elaboración de productos químicos es más compleja, y su nivel tecnológico mayor, por lo que dependen menos de una localización cercana a los recursos.
Los productos químicos precisan de unas condiciones de transporte y almacenamiento especiales, ya que pueden ser muy contaminantes para el medio. Al igual que la metalurgia, las plantas ocupan mucho suelo industrial. Los trabajadores de estas empresas tienen que estar altamente cualificados, lo que dificulta su traslado.
Los productos más comunes son: fertilizantes, colorantes, explosivos, plásticos, gomas, caucho, detergentes, aislantes, fibras artificiales, productos fotográficos, productos farmacéuticos, etc. Su dependencia de la tecnología implica que se localicen principalmente en los grandes países industriales.
Un tipo de industria química diferenciado es la refinería de petróleo, esencial para la economía capitalistas desarrollada. Son industrias que se sitúan cerca de los grandes puertos de entrada del petróleo o cerca de los yacimientos. Todas ellas producen graves problemas de contaminación, tanto por el peso perdido en el proceso de elaboración como por las grandes cantidades manejadas.
Las industrias de equipo se dividen en dos grandes grupos: las industrias de construcción y las metalúrgicas de transformación.
Las industrias de construcción van desde la construcción de viviendas a las grandes infraestructuras: pantanos, carreteras y autopistas, centrales hidroeléctricas, puentes, ferrocarriles, etc.; pero también entra aquí la fabricación de productos cerámicos y vidrios, desde azulejos a botellas, que se emplean en otros procesos industriales.
La metalurgia de transformación es todavía más compleja. Simplificando, se pueden distinguir las industrias productoras de utillaje industrial; la fabricación del material para los transportes pesados: construcción naval y ferrocarril; la fabricación de automóviles, aviones y material agrícola; y la fabricación de material eléctrico para otros usos.
En definitiva, esta industria genera bienes que serán utilizados en otros procesos, bien como producto que se ha de elaborar, bien como maquinaria necesaria para la producción.
La industria ligera es la que fabrica bienes de uso y consumo particular. Para ello utiliza materias primas y productos semielaborados. Aunque la industria alimentaria moviliza grandes cantidades de productos. El destino de estos bienes es el mercado al por menor. Entre ellas destacan: la alimentación, el textil, el mueble, la química ligera, los electrodomésticos, etc., pero su variedad es tan grande como los artículos que encontramos en el mercado. Todos ellos son mercancías de alto valor añadido, y su localización depende, sobre todo, de la cercanía de un mercado consumidor. En general consumen poca energía en el proceso de producción, la necesidad de suelo industrial es menor y su tasa de contaminación más baja.
Por lo común, el mercado de la industria pesada son otras industrias, mientras que el mercado de la industria ligera es el público. La prosperidad de la industria ligera depende de la tasa de consumo interno del mercado. Esta es la causa de que sean las primeras en sentir las crisis económicas, aunque luego las repercuten en la industria pesada al demandar de esta menos mercancía.
Ya desde comienzos del siglo XIX se intenta buscar un modelo teórico que explique la localización industrial. Será el alemán Alfred Weber quien en 1909 desarrolle una teoría pura sobre la localización industrial en el espacio.
Para su teoría Weber supone un espacio isotrópico, pero, con recursos localizados en un punto y con un mercado en otro punto. En general su teoría se aplica a la industria pesada, aunque puede aplicarse a la industria ligera. El factor fundamental del que trata la teoría es la distancia: la distancia de la planta de producción a los recursos y al mercado. Lo que se localiza es la planta de producción, que es el lugar de fabricación. También considera que los costes de producción son los mismos en todas partes. Con estos supuestos, lo ideal es que la planta se ubique en el lugar donde los costes de transporte estén minimizados. Weber representará su teoría en un triángulo, en el cual, dos vértices corresponden a los productos que necesita en su elaboración y otro vértice es el lugar de mercado.
Lo normal es que, en la elaboración de cualquier bien, se necesite más de un producto. Incluso productos elaborados por otras empresas. Weber distingue entre: materiales puros que se venden tal y como se encuentran en la naturaleza, como los tomates; y los materiales brutos, que han sufrido algún tipo de elaboración y han perdido peso, como la madera para muebles.
Según Weber la ubicación de una planta industrial está relacionada con cuatro factores fundamentales: la distancia a los recursos naturales, la distancia al mercado, los costes de la mano de obra y las economías de aglomeración. Estos dos últimos factores están modificados por decisiones políticas.
Weber no considera en su teoría las fuentes de energía, aunque pueden incluirse como materia prima, ya que es posible considerarlas como un coste más de producción, y tiene características muy similares a las materias primas.
En la teoría se consideran dos tipos de materiales de producción: los ubicuos, como el agua, la arena o cualquiera que pueda encontrarse en cualquier parte; y los recursos localizados, que sólo se encuentran en un determinado punto y son esenciales para la elaboración. Estos últimos son los que tendrán más peso en la localización de la planta, aunque existen regiones en las que, lo que Weber considera materiales ubicuos, no lo son tanto.
En el primer supuesto Weber considera que los costes de producción son iguales en todas partes, por lo que sólo es posible una variación del precio unitario debido a los costes de transporte. La ubicación de la planta será allí donde los precios de transporte sean mínimos. Estos precios están en función de la pérdida de peso en el proceso de elaboración, de la fragilidad o del aumento del valor añadido.
Weber elabora un índice, índice de materiales, en el que se divide el peso de los recursos utilizados entre el peso del producto elaborado. El resultado indicará la dependencia de la planta para localizarse cerca de los recursos o cerca de los mercados. En los materiales puros el resultado es 1, en los materiales brutos serán mayor que 1; cuanto más alto sea el índice material más dependencia tendrá la planta de la localización de los recursos, ya que el producto elaborado pierde más peso, y por lo tanto cuesta más transportar la materia prima que el producto elaborado; cuanto más bajo sea el índice material más cerca del mercado se situará la planta. Weber consideraba como peso de ubicación al índice de materiales más uno (PU=IM+1). En este modelo no se tienen en cuenta ni la energía empleada ni el valor añadido del producto.
En el segundo modelo Weber introduce cambios en función del coste de la mano de obra y de las economías de aglomeración. Estos factores pueden hacer que el coste de producción descienda en algún otro punto; y la planta tendería a instalarse allí donde producir le saliera más barato, siempre y cuando el ahorro en los costes de producción superen el aumento de los costes de transporte; a los que se ha de hacer frente, ya que la nueva localización no es el óptimo de reducción de los costes de transporte. El triángulo que Weber utilizó en el primer modelo aparece ahora rodeado de círculos concéntricos que representan el coste del transporte en una área, cada círculo se llama isodapán. Si situamos un punto en el que los costes de la mano de obra son menores que los costes del transporte, dentro del isodapán, la planta se ubicará en ese punto, pero si los costes de la mano de obra quedan fuera del isodapán la planta no se trasladará. El límite entre los costes de transporte y el ahorro en la fuerza de trabajo es el isodapán crítico.
Weber también tuvo en cuenta el efecto de las economías de aglomeración. Por el hecho de estar situada en una región industrial, una planta puede beneficiarse de ahorros en cuestiones como el acceso a los mercados, a las vías de comunicación, a la mano de obra especializada, a los servicios comunes y a los proveedores. Sin embargo, estos ahorros pueden desencadenar una competencia por la tierra y dispararse el precio del suelo, anulando los posibles ahorros.
Como ocurre en todos los modelos la teoría es más simple que la realidad, pero es muy útil para comprender muchos fenómenos de localización industrial. La crítica más grave que se le puede hacer a este modelo es que no tiene en cuenta ni los costes de extracción del recurso, ni las limitaciones y costes del almacenamiento; dos factores que pueden hacer subir mucho el precio unitario del producto. Tampoco tiene en cuenta que cuanto mayor sea el valor añadido a un producto menos depende del transporte para generar plusvalías y crear beneficios.
Los poderes políticos pueden favorecer la ubicación de industrias: teniendo una mano de obra barata o una ley laboral favorable a los empresarios, ofreciendo suelo industrial barato, eximiendo de impuestos a las empresas, dando subvenciones u ofreciendo servicios a las compañías. Todas estas medidas, y algunas otras de tipo legal, fiscal o bancario, pueden hacer bajar los costes unitarios de un producto, al menos a corto plazo, por lo que una empresa puede decidirse a construir una planta en un determinado lugar en función de ellos.
Pero también existen factores ambientales de atracción o rechazo de una planta. Dependiendo de la cantidad de residuos que genere en su proceso de elaboración del producto, la planta podrá ser más o menos contaminante para el medio en el que se ubica. Esta contaminación genera rechazo y oposición de ciertos grupos, cuando se instalan plantas contaminantes para el medio cerca de núcleos de población, regiones naturales frágiles o de especial interés en su conservación.
Pero, además de los recursos naturales y energéticos, muchas plantas tienen una dependencia del medio más inmediata. A veces, las necesidades de agua o de zonas verdes cerca de la planta, no permiten la localización de la planta más que en determinados lugares.
Toda actividad industrial supone la existencia de un importante agente contaminante, que se convierte en un elemento de rechazo para las ciudades que les sirven como mercado, por lo que las industrias deben localizarse en los lugares de peores condiciones ecológicas.
Si atendemos a la localización global, tenemos que, el clima es un factor limitante de la actividad industrial, máxime cuando del clima depende la capacidad regeneradora de la naturaleza. Además, los climas extremos dificultan el funcionamiento de la propia planta y la aglomeración en las cercanías de la fuerza de trabajo.
También debe tenerse en cuenta la política de desconcentración de las grandes empresas multinacionales, sobre todo en momentos de crisis económica. Los bajos fletes permiten a las empresas construir las plantas de producción en los países con una fuerza de trabajo más barata. La vinculación de las empresas con esos países es escasa, y el traslado de las factorías frecuente. Incluso el domicilio social y fiscal de las grandes empresas se instala en países donde se pagan pocos impuestos. Sin embargo, en los países industrializados se queda lo más importante: los centros de decisión, la mano de obra especializada y más cualificada y la investigación. Esta política de desconcentración busca, en muchos casos, no depender de una sola planta para la fabricación de un producto, sino que se fabrican los componentes en varias factorías y se montan en una, con lo que no dependen de la crisis de una región o planta.
Por último, no debemos desdeñar la importancia de la investigación en la ubicación de una planta industrial. En la actualidad, muchos bienes dependen del estado de la investigación científica, o en todo caso la fabricación de los mismos. Las nuevas máquinas pueden aumentar la productividad de la fuerza de trabajo, lo que significa que el valor añadido es mayor y el producto más ubicuo. Además, la investigación puede generar una industria de vanguardia en las regiones en las que existe. Muchos capitales están dispuestos a invertir en este campo. La investigación científica puede ser un factor de localización de primer orden.
Desde el comienzo de la revolución industrial, las fábricas ha tendido a concentrarse en algunas regiones, en busca de la cercanía a los lugares de los que procedía la materia prima, los mercados consumidores y las economías de aglomeración y escala. Estos son los factores fundamentales que crean una región industrial, es decir: una región en la que la actividad industrial está concentrada. Existencia de materias primas y un mercado consumidor son los ejes fundamentales de la localización industrial. Pero, además, la existencia de una fábrica o de una región industrial atrae nuevas inversiones, lo que estimula al mismo tiempo su crecimiento.
La primera región industrial se vio en Inglaterra, en un país agrícola, pero con acceso al tráfico marítimo internacional, la región de Liverpool-Manchester. Con el tiempo se creó en la zona nueva riqueza, que se distribuyó entre gran parte de la población: la cual creció espectacularmente, posibilitando el aumento del consumo interno y estimulando así la actividad industrial, gracias a las economías de escala. Pero pronto aparecieron los rendimientos decrecientes, el mercado se saturó y la industria comenzó a instalarse en otros territorios; que se convirtieron, también, en regiones industriales, como el entorno de Londres, el Ruhr, el noroeste de EE UU y poco a poco toda Europa, Estados Unidos, Japón y diversos enclaves en el resto del mundo.
Las empresas de una región industrial son productoras de bienes para el mercado; pero parte de ese mercado son otras empresas de la misma región, por lo que el ubicarse en la misma significa localizarse cerca del mercado.
La región industrial tiene una serie de infraestructuras que ofrece a las plantas que se instalan en ellas, con lo que no tiene porqué crearlas. Esto supone un gran ahorro de capital. Además, cuantas más plantas existan, mejores serán esas infraestructuras: vías de comunicación, mercados, mano de obra cualificada, agua, fuentes de energía, electricidad y una política empresarial, laboral y ambiental, favorable.
No obstante, la congestión de una región industrial puede hacer subir en exceso el precio del suelo, y como consecuencia sale más económico instalarse en una región no industrial. A la larga, esa nueva ubicación tenderá a crear las condiciones para una nueva región industrial.
Podemos distinguir varios tipos de región industrial, atendiendo a su morfología:
La región dispersa en el medio rural, vinculada al campo. A menudo es fruto de las actividades industriales antiguas.
La región mixta campo-ciudad, típica de Suiza y el norte de Italia; en la que encontramos grandes ciudades pero en las que la industria está muy vinculada al medio rural.
La región centralizada en una metrópoli, contigua a una ciudad que le sirve de mercado preferente.
La región portuaria, ligada a un puerto y a las rutas internacionales de comercio, como Amsterdam o Nueva York.
La región extractiva, vinculada a las actividades extractivas: minería, silvicultura o pesca, como Asturias. En estas regiones las industrias existentes pueden ser más o menos variadas, dependiendo de si sólo se dedican a la extracción o también a la transformación y elaboración del producto extraído. Aunque han podido atraer otras industrial ajenas a la actividad principal, bien sean estas de equipo o no.
En España las principales regiones industriales son: Madrid, Cataluña, Valencia, Asturias y País Vasco. Pero la industria se extiende por todo el país. Buena parte de ella está vinculada a una actividad principal: la pesca en Vigo, la alimentación el Castilla y León, el aceite en Jaén y Córdoba, el corcho en Extremadura, etc.
Hasta la segunda guerra mundial la industria era el sector económico que más aportaba al PIB, y el que más fuerza de trabajo ocupaba, pero desde entonces y con el aumento de la productividad gracias a la mejora de las máquinas, y el desarrollo de los servicios, ha pasado a un segundo término. Sin embargo, continúa siendo esencial, puesto que no puede haber servicios sin desarrollo industrial.
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