Tema 34. Conquista, colonización y administración de la América hispánica en los siglos XVI al XVIII
1. La expansión europea en el siglo XV: el reparto del mundo
Los descubrimientos portugueses en África y Asia realizados a partir de la segunda mitad del siglo XV, constituyeron una escuela de aprendizaje en las artes de la navegación para muchos capitanes y hombres de mar. Entre quienes navegaron bajo los auspicios de la Casa de Avis destacaron Cristóbal Colón, Américo Vespucio y Hernando de Magallanes, todos los cuales con el tiempo llegarían a prestar sus servicios a la corona española. ¿Pero qué motivó a los Reyes Católicos a contratar a estos marinos en medio de conflictos bélicos contra los moros y en Italia? La respuesta nos revela la importancia que en determinado momento puede alcanzar un personaje en la historia, pues de no ser por el tesón y la perseverancia de don Cristóbal Colón, difícilmente los españoles se habrían incorporado de la manera que lo hicieron al proceso expansivo y accedido al continente americano.
En efecto, tras varios años de tramitación y dos informes de consejeros de los monarcas que rechazaron el proyecto colombino de llegar a la India por el occidente, los Reyes Católicos resolvieron respaldar al navegante genovés. En abril de 1492 firmaron un contrato con Cristóbal Colón, denominado Capitulaciones de Santa Fe, mediante el cual se le otorgaron una serie de concesiones y títulos sobre los territorios que eventualmente se descubriesen. De esta manera, España se involucró en la aventura de la expansión ultramarina; aventura que se inició después del regreso de Colón de su célebre primer viaje y que permitiría emprender la exploración y explotación del "Nuevo Mundo", como fue bautizado el continente americano.
1.1. Los tratados
El tratado de Alcacovas-Toledo
Portugal, en su calidad de principal Estado monárquico empeñado en el reconocimiento de las islas atlánticas y las costas africanas, durante la década de 1470 se vio enfrentado a una serie de problemas con España. Una vez concluida una guerra favorable a los españoles, representantes de ambos Estados firmaron un acuerdo de paz en la localidad portuguesa de Alcacovas (4 de septiembre de 1479). Luego este tratado sería ratificado en Toledo en marzo de 1480.
El tratado de Alcacovas-Toledo se centraba en dos aspectos: 1) cláusulas relativas a acuerdos matrimoniales y de sucesión y 2) un acuerdo de paz perpetua entre Portugal y España. En cuanto a lo segundo, el convenio incluía algunas regulaciones en torno a la navegación por el Atlántico, de manera que no hubiese discrepancias futuras en el dominio de las rutas atlánticas. Concretamente, se adjudicó a los reyes de Portugal todas las tierras descubiertas y cuantas se hallasen en adelante "de las islas de Canaria para abajo contra Guinea", con la única excepción de las propias islas Canarias que quedaban para Castilla. De esa manera, los monarcas españoles reconocieron la supremacía portuguesa en África y se comprometieron a no enviar expediciones hacia aquellas zonas sin el consentimiento de los reyes de Portugal.
En función de la expansión europea, lo realmente importante de este tratado radica en el hecho que por primera vez las dos coronas que encabezarían este proceso tuvieron que negociar el reparto de los espacios marítimos atlánticos que se estaban abriendo. Asimismo, se sentó un precedente para futuras negociaciones entre España y Portugal, cuyo punto más alto fue el acuerdo logrado en Tordesillas en 1494.
Las Bulas de Donación del papa Alejandro VI
La llegada de Cristóbal Colón a América causó más que una molestia en Portugal, pues según su rey Juan II se había pasado a llevar el tratado de Alcacovas-Toledo. Los españoles, por su parte, argumentaban no haber violado dicho tratado, pues Colón no había invadido el espacio marítimo situado al sur de las Canarias al navegar hacia el oeste. Se sucedieron entonces las reuniones diplomáticas, pero sin resultados. En 1493, los Reyes Católicos acudieron al papa Alejandro VI, para que mediara y pusiera fin a la controversia que se había generado.
A partir de mayo del mismo año, el papa dictó cinco bulas conocidas como las Bulas de Donación a los Reyes de Castilla. Tal como señalan Charles Verlinden y Florentino Pérez-Embid, "en ellas Alejandro VI hizo a Fernando e Isabel, reyes de Castilla, la donación de las tierras que acababan de ser descubiertas, la concesión allí de privilegios como los ostentados por los reyes portugueses en su zona africana, y sobre todo mandaba que la partición de zonas se hiciera por medio de una raya vertical a cien leguas de las Azores y Cabo Verde". Al mismo tiempo, estas bulas de Alejandro VI constituyeron el último gran acto de soberanía universal del pontificado romano.
Carta marina trazada en 1522 que representa las costas de Asia y Filipinas.
A grandes rasgos, las bulas estipulaban lo siguiente:
1) Bula Inter coetera (3 de mayo de 1493): donó a los Reyes Católicos las tierras situadas al occidente que no pertenecieran a otros príncipes cristianos.
2) Bula Eximiae devotionis (3 de mayo de 1493): ratificó y clarificó las concesiones hechas a los Reyes de Castilla por la bula anterior.
3) Segunda Bula Inter coetera (4 de mayo de 1493): fijó una línea demarcatoria entre los territorios pertenecientes a España y Portugal, situada a cien leguas al oeste de las islas Azores y Cabo Verde. Dado que la latitud de ambos archipiélagos es diferente, la línea no era derecha y no se podía utilizar un meridiano para precisar la demarcación. Ello daría origen al Tratado de Tordesillas de 1494.
4) Bula Piis fidelium (25 de junio de 1493): concedió a fray Bernardo Boil amplias facultades espirituales, a quien los reyes luego enviaron a encabezar la evangelización en el Nuevo Mundo.
5) Bula Dudum siquidem (26 de septiembre de 1493): precisó el dominio castellano sobre las tierras que se descubriesen más allá de las encontradas por Colón.
El Tratado de Tordesillas
Las Bulas de Donación del papa Alejandro VI no solucionaron la controversia que se había iniciado entre españoles y portugueses tras el primer viaje de Cristóbal Colón. Por el contrario, los problemas prosiguieron a raíz de dos factores: por una parte, la línea demarcatoria propuesta por el papa en la segunda Bula Inter coetera -100 leguas al oeste de las islas Azores y Cabo Verde- resultaba no ser una línea recta y era difícil de concebirla en la práctica; por otra, Portugal no aceptó esta división argumentando que era imposible respetar las 100 leguas al oeste de estas islas, ya que la navegación portuguesa requería abrirse más hacia el oeste para aprovechar los vientos atlánticos y poder así dar la vuelta al continente africano.
La presión del rey portugués Juan II tuvo sus frutos, de manera que los Reyes Católicos aceptaron buscar un nuevo acuerdo. Se convocó a representantes de ambas coronas a la localidad castellana de Tordesillas para el mes de junio de 1494. Ahí se llevaron a cabo las negociaciones, donde los lusitanos impusieron hábilmente sus criterios a los representantes de los Reyes Católicos. El 7 de junio se signó el tratado de Tordesillas, cuyas cláusulas más significativas eran:
- Se fijó el meridiano de partición del Océano Atlántico a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, sin hacer referencia a las Azores. De esta forma, España tendría el dominio del hemisferio occidental y Portugal del oriental. Se había concretado así un verdadero reparto del mundo entre estas dos coronas.
Juan II de Portugal continuó con especial empeño el patrocinio de las expediciones de descubrimiento por las costas africanas.
- Ambas partes se comprometieron a realizar exploraciones y ocupaciones sólo en el hemisferio que le correspondía de acuerdo al tratado, aunque se autorizó a los barcos castellanos a atravesar la zona portuguesa en los viajes de regreso a España provenientes del Nuevo Mundo.
Página final del Tratado de Tordillas donde se aprecian las firmas de los Reyes Católicos.
Para concluir este reparto del mundo que se estaba recién conociendo, en 1529 las coronas de España y Portugal volvieron a negociar en Zaragoza, para resolver el dominio de la otra mitad del planeta. Ello, porque el viaje de Hernando de Magallanes y Sebastián Elcano había permitido a los españoles acceder a las Indias Orientales por el oeste, que en ese momento estaban adjudicadas a los portugueses. El tratado de Zaragoza del 22 de abril de 1529 delimitó exactamente la zona de influencia portuguesa en Asia y terminó con las desavenencias que se habían producido con su vecino.
2. El proceso de conquista
El 12 de octubre de 1492, muy temprano en la mañana, los aborígenes de las actuales Bahamas avistaron tres extrañas siluetas en el horizonte. Poco a poco las siluetas fueron cobrando forma y color, semejando construcciones de madera que flotaban en el mar. Mientras tanto, una pequeña embarcación a remos se acercaba lentamente a la playa.
Atónitos, los nativos contemplaban a un grupo de seres blancos y barbudos que les hacían gestos y vociferaban en una lengua desconocida. Un hombre al que llamaban Colón tomó la iniciativa e intentó establecer contacto con el cacique de la isla. Se trataba nada menos que del primer encuentro entre habitantes de la vieja Europa y de la América Indígena. Este hecho, tan significativo para toda la humanidad y especialmente para los indígenas, se repetiría en adelante en todos los lugares poblados por las múltiples culturas americanas.
La expedición proveniente de Europa había llegado desde el puerto de Palos en España, en busca de una ruta más corta para llegar a las preciadas islas de las especies en las denominadas Indias Orientales, hoy India, Borneo, Sumatra, Ceylan y Filipinas. En efecto, España y Portugal hace tiempo estaban empeñadas en establecer lazos comerciales por vía marítima con estas tierras ricas en pimienta, clavo de olor, canela o nuez moscada, entre otras especies. Ello obedecía a la necesidad de los nacientes Estados monárquicos del Viejo Mundo de beneficiarse de esta actividad comercial muy lucrativa en aquella época y así acrecentar las escuálidas arcas reales.
A partir del siglo XV, los portugueses fundaron factorías en las costas de África y dominaron el Océano Indico en las primeras décadas del siglo XVI. España, en tanto, intentó llegar a las Indias Orientales por una ruta diferente ideada por el almirante Cristóbal Colón. Hace mucho tiempo sabemos que los españoles no llegaron a las islas de las especies pobladas por indios, sino que hallaron el continente americano, denominado luego Indias Occidentales, habitadas por los taínos, aztecas, mayas, incas, o mapuches, por sólo nombrar a algunas de las etnias nativas. Pero volvamos al primer encuentro hispano-indígena.
Los aborígenes de las Lucayas no poseían prácticamente nada de lo que esperaban encontrar Colón y sus hombres, quienes siguieron navegando hacia el sur. En las Antillas Mayores, Colón consiguió algo de oro y la hospitalidad del cacique taíno Guacanagarí en la isla bautizada como La Española. Tras el regreso triunfal del Almirante, la corona española auspició tres viajes más, en el transcurso de los cuales los hispanos se asentaron en las Antillas y doblegaron por la fuerza a algunos cacicazgos taínos. Los principales incentivos para ocupar la isla eran los lavaderos de oro y la posibilidad de utilizar a los nativos como mano de obra. Así, la América Indígena se tornó un lugar muy atractivo para quienes querían hacer riqueza fácil y mejorar su situación social, mientras los aborígenes eran forzados a trabajar y perecían a causa de ello y por otras razones.
Desde 1497, se autorizó a los particulares para organizar empresas de conquista a las tierras descubiertas por Colón. En los primeros años del 1500 fueron ocupadas las islas de Puerto Rico, Jamaica y Cuba y se comenzó a trasladar mano de obra indígena de las "islas inútiles" hacia los centros de explotación aurífera de las Antillas Mayores. De esa manera, España empezaba a conformar un vasto imperio colonial, el más importante de la época, y las Antillas se transformaron en la primera plataforma de conquista para acceder posteriormente a Tierra Firme y México.
Hacia 1520, el espacio antillano se hallaba completamente dominado por los conquistadores españoles. La relativamente fácil victoria sobre los sonrientes taínos y los fieros caribes se puede explicar en virtud de su escaso número de población, la superioridad de las armas de fuego y hierro españolas y la ausencia de mayores concentraciones de guerreros y articulación política en el mundo taíno.
2.1. Asentamiento español
Los viajes de Cristóbal Colón (1492-1504) proporcionaron a la corona española tierras, nuevos súbditos y oro. Sin embargo, muy pronto el proyecto colombino, consistente en instalar factorías en las Antillas, fue sobrepasado por los hechos, los intereses de la corona y de los compañeros de Colón. La dimensión de los nuevos dominios y las excesivas atribuciones otorgadas al Almirante en las Capitulaciones de Santa Fe, provocaron un giro en la política de los Reyes Católicos. Una empresa originalmente privada, bajo responsabilidad de Colón, se transformó en un proyecto de colonización, explotación económica y evangelización, sustentado por la monarquía. Por una parte, se autorizó la intervención de particulares en la exploración y conquista de nuevos territorios, y por otra, la corona se reservó el derecho de administrar las flamantes posesiones y nombrar funcionarios que velaran por los intereses reales. Expresión de esto último fue el envío de Nicolás de Ovando como gobernador de La Española en 1502, el cual arribó al frente de 2.500 personas que venían a asentarse en la isla. En España, mientras tanto, se creaba la Casa de Contratación en 1503.
Las Antillas constituyeron la primera colonia española en América. Se fundaron numerosas ciudades y aldeas, siendo Santo Domingo la más importante; se dispuso que los nativos debían trabajar para los españoles mediante diversos sistemas laborales, como el repartimiento y la encomienda se crearon instituciones y cargos administrativos, como la Real Audiencia de Santo Domingo en 1511; y se enviaron misioneros para que adoctrinasen a la población nativa en la religión católica.
La base económica de esta colonia fue el oro que se obtenía en los ríos. Durante las dos décadas iniciales del siglo XVI se extrajeron unos 15.000 kilos de este valioso metal y se enviaron a la corona remesas importantes correspondientes al impuesto del quinto real sobre este producto. No obstante, este metal precioso se agotó rápidamente y ya a principios del siglo XVI hubo que buscar otras fuentes de subsistencia. De esa manera, se potenció el desarrollo agrícola, combinando productos autóctonos (mandioca, frutas, etc.) con semillas traídas desde Europa (trigo).
El agotamiento de los lavaderos de oro, la caída de la población indígena y la creciente emigración de los colonos hacia otras regiones de América, obligaron a buscar soluciones para retener a la población española en las Antillas y mejorar las condiciones de vida. En ese contexto apareció en escena un producto que marcó para siempre el destino de las Antillas: el "Rey Azúcar". En efecto, la caña de azúcar se había adaptado extraordinariamente bien al medio ambiente antillano y en Europa aumentaba la demanda por este artículo. A partir de 1520 los ingenios azucareros se multiplicaron y aumentaron sus rendimientos. Las cada vez mayores cantidades de azúcar producidas requerían de gran cantidad de mano de obra, lo cual se resolvió mediante la importación masiva de esclavos negros provenientes de África. Desde entonces, el azúcar y la población negra, con sus tradiciones, penurias y ritmos, son inseparables de la historia antillana.
El objetivo que más tardó en concretarse fue la evangelización de los indígenas. Durante el ciclo colombino hubo muy pocos religiosos que integraron los viajes de exploración y, por lo tanto, la conversión de los taínos no pasó de ser una quimera. Recién con el establecimiento de las Órdenes Religiosas de los Mercedarios, Franciscanos y Dominicos en La Española, en la primera década del siglo XVI, se promovió más activamente la cristianización. Pero a esas alturas, la realidad era dramática, pues casi no quedaban indígenas por convertir a la fe católica. En vista de ello, los Dominicos alzaron su voz en contra de los abusivos sistemas laborales a que eran sometidos los aborígenes y criticaron el pesado tributo que debían entregar a las autoridades de la corona. Emergieron así las figuras de Antón de Montecinos y Fray Bartolomé de las Casas, quienes dedicaron su vida a la defensa del desamparado indígena.
Podemos concluir que el asentamiento español en las Antillas tuvo consecuencias fatales para la población taína, la cual pagó el precio más alto de todo el proceso de conquista de la América Indígena. También sentó las bases de lo que sería el mestizaje entre indígenas, europeos y africanos que, en última instancia, generó la cultura y la sociedad características de nuestra América Latina.
2.2. Reacción indígena
La presencia de los españoles en las Antillas produjo distintas reacciones por parte de los nativos, predominando en el comienzo una acogida favorable y cálida. La hospitalidad hacia los recién llegados se manifestó, por ejemplo, en los intentos por establecer un diálogo con Colón, en la entrega de alimentos y obsequios y el alojamiento los españoles en sus poblados. En La Española, sobresalió la figura de Guacanagarí, cacique del Marién en el noreste de la isla, quien trabó amistad con el Almirante y aceptó la construcción del fuerte Navidad en sus dominios (diciembre de 1492). Así las cosas, Colón retornó tranquilo a España confiando en una rápida sumisión de los aborígenes de las Antillas.
El panorama sería muy diferente al regresar el Almirante en 1493. Una vez desembarcado en la isla, Colón observó las ruinas del fuerte Navidad, mientras un acongojado Guacanagarí lo recibió en su bohío y explicó lo sucedido. La guarnición se había comportado en forma abusiva con los indígenas, especialmente con las mujeres, lo cual motivó una furiosa reacción de caciques vecinos, encabezados por Caonabó, quienes incendiaron el fuerte y mataron a los treinta españoles que allí había. El ataque no pudo ser repelido, a pesar del apoyo que Guacanagarí y su gente prestaron a los sitiados. Una nueva realidad cobraba forma: la resistencia al invasor que, en adelante, sería una constante de todo el proceso de conquista de América, al igual que la actitud colaboracionista de facciones indígenas con los españoles.
Las represalias de Colón y sus sucesores con los nativos en el sentido de "meterle miedo a la gente", sólo engendraron más violencia y motivaron mayores tentativas por enfrentar a los extranjeros. Otras cargas impuestas a los taínos, como los tributos en oro y algodón, también generaron recelos. Caonabó sería el primer gran conductor de la resistencia taína hasta su apresamiento y muerte; luego su mujer Anacaona continuó la lucha hasta que, engañada por el gobernador Ovando, fue quemada viva junto a otros caciques. En otras islas, la resistencia se expresó en alzamientos como el liderado por el célebre Hatuey en Cuba.
La rebelión taína más exitosa fue, sin lugar a dudas, la encabezada por el denominado Enriquillo en La Española. Enriquillo era hijo del cacique Maxicatex, muerto junto a Anacaona, había pasado su infancia en un convento de los franciscanos y recibió de las autoridades un grupo de indígenas y tierras para sus sustento. Un problema muy puntual de índole personal provocó la rebelión del cacique en 1519, quien instó a otros señores a la sublevación. Se enfrentó a los españoles hasta 1533, valiéndose de un acertado plan de guerrillas en las montañas de la isla. Su posición casi invulnerable en los refugios que proporcionaban los montes, forzó a los españoles a la negociación y les significó cuantiosos gastos del erario real. Enriquillo falleció en paz y triunfante en sus dominios, sin poder ser desalojado nunca.
Las rebeliones antillanas implicaron asimismo el abandono de los conucos, para derrotar al invasor dejándolo sin alimentos. Lo mismo derivó en una elevada mortandad indígena a causa del hambre. El desgano vital y los suicidios colectivos constituyeron otras de las facetas que adquirió la resistencia, incidiendo significativamente en la fuerte caída demográfica de las Antillas.
2.3. Caída de la población indígena
Respecto a la drástica disminución de la población aborigen de las Antillas, disponemos únicamente de cifras para La Española. Dichas cifras, no obstante, nos permiten comprender la magnitud de la hecatombe demográfica ocurrida en todo el espacio antillano, que fue la región donde más rápidamente desapareció la población nativa debido a la irrupción europea.
Según un censo realizado en 1514 por Miguel de Pasamonte y Rodrigo de Alburquerque en La Española, la isla estaba poblada por unos 5.000 españoles, repartidos en 14 poblados, y aproximadamente 26.300 indígenas. Considerando que la población precolombina sobrepasaba los 350.000 habitantes, en apenas veinte años había desaparecido más de un 90% de los indígenas de La Española, lo que constituye uno de los casos más dramáticos en la historia de la humanidad. El decrecimiento de los taínos de esta isla se presentó de la siguiente manera:
Año Número de indígenas
1494 377.559
1495 360.699
1496 344.837
1497 329.672
1498 315.171
1499 301.314
1500 288.063
1501 275.395
1502 263.284
1503 251.706
1504 188.780
1505 141.585
1506 106.189
1507 79.642
1508 59.732
1509 44.799
1510 33.523
Fuente: Frank Moya Pons, Después de Colón, Ed.Alianza, Madrid, 1987, pág.187.
Una vez concluida la conquista española de gran parte del Nuevo Mundo (1570, aprox.), la metrópoli se abocó a la explotación sistemática y reglamentada de las riquezas que albergaban sus nuevos dominios. A partir de la primera mitad del siglo XVI, se configuró la estructura administrativa que tendría a su cargo el gobierno de ultramar. A la cabeza de las instituciones creadas con ese fin se situaron dos órganos con residencia en España: la Casa de Contratación y el Consejo de Indias.
Para controlar a los vasallos de la lejana América y asegurar el cumplimiento de las leyes e instrucciones emanadas de Madrid se designaron diversos funcionarios, leales a la monarquía europea.
Veremos a continuación las características de los principales organismos y su funcionamiento entre los siglos XVI y XVIII.
3. Administración colonial
3.1. La Casa de Contratación
Mediante real cédula, el 20 de enero de 1503, se creó en Sevilla la Casa de Contratación, organismo rector del comercio peninsular con las Indias. Contó inicialmente con un tesorero, un factor y un escribano-contador para controlar el movimiento de personas y bienes hacia las nuevas tierras.
Según las ordenanzas dadas en Alcalá de Henares en 1503, el factor se encargaba de la negociación de los artículos provenientes de los territorios descubiertos y era una especie de gerente de la empresa comercial americana. El tesorero recibía "todas las cosas e mercaderías e mantenimientos e dineros e otras cualquier cosas que hubiere o vinieren a la dicha casa", mientras el contador-escribano debía reflejar en los libros "todas las cosas que el dicho tesorero recibiere y las que fueren a su cargo de cobrar... y asimismo todas las cosas que el dicho factor despachare e hiciere a la dicha negociación".
Entre otras misiones los funcionarios tendrían cuidado de que no faltasen las mercancías necesarias en las expediciones a Indias, concederían licencias para zarpar, nombrarían a los capitanes de las embarcaciones fijándoles sus obligaciones y recibirían las riquezas indianas como perlas, oro y plata.
A partir de ese momento todo el comercio de exportación e importación con América quedaría centralizado en Sevilla. Asimismo, la Casa de la Contratación fiscalizaría todas las embarcaciones con destino a las colonias o procedentes de ellas que, necesariamente, debían zarpar o rendir viaje en la capital sevillana con el objeto de facilitar dicho control.
La elección de Sevilla como sede de la Casa de Contratación está relacionada con la designación del puerto de Guadalquivir como único punto para las mutuas transacciones entre la península y las Indias. Las favorables condiciones de la capital hispalense -centro neurálgico de la región andaluza-, su activa población donde pululaban hombres de negocios de distintas nacionalidades (genoveses muchos de ellos), la tradición marinera y mercantil proyectada en navegaciones por el Atlántico y las costas africanas, la seguridad de un puerto interior resguardado de posibles ataques de piratas berberiscos, entre otras razones, la convirtieron en el principal lazo de unión entre España y sus posesiones de ultramar.
Atribuciones de la Casa de Contratación
La Casa de Contratación tuvo atribuciones políticas especialmente en el orden fiscal, jugó un papel importante en el ramo de la administración comercial y judicial y, además, se constituyó en un impulsor poderoso para el estudio de la geografía americana y de la ciencia náutica de la época. Para el cumplimiento de las citadas atribuciones se fueron agregando, a lo largo del siglo XVI, una serie de nuevas normas a las ya establecidas en 1503.
Entre 1510 y 1511 las funciones de este organismo adquirieron una mayor especificidad en cuanto a la organización de expediciones colonizadoras, revisión de las naves, vigilancia sobre las mercancías y supervisión de los bienes de personas fallecidas en América.
También se encargó a la Casa la inspección y orientación de los emigrantes al Nuevo Mundo, de modo que no pasasen a Indias "individuos indeseables" (judíos y moros, entre otros).
El cometido más conflictivo de la Casa de Contratación, en cuanto a sus competencias, fue la intervención en los temas judiciales, pues se confundía con las jurisdicciones otorgadas a las Audiencias americanas y al Consejo de Indias, creado en España en 1524. En 1539 se dictaron las ordenanzas que fijaron la injerencia de la Casa en materia judicial reservándole las causas civiles y las derivadas del tráfico comercial con las colonias.
Esta institución mantuvo también atribuciones hacendísticas a través de la cobranza y administración de determinados gravámenes sobre el tráfico marítimo. Por ejemplo, la avería fue un impuesto, vigente desde 1518, destinado a sufragar los gastos originados por el mantenimiento de buques de guerra en la ruta de Indias, para de esa manera proteger a los navíos mercantes que trasladaban las riquezas de América hacia la península.
Los aspectos científicos y náuticos de la navegación al Nuevo Mundo fueron una preocupación más de este organismo, interesado en conocer todos los detalles de los viajes y descubrimientos de ultramar. En 1508 se creó el cargo de piloto mayor, cuya misión consistía en preparar a los tripulantes para la dirección de navegaciones a Indias y examinar a todos aquellos que pretendiesen pilotar una nave rumbo a América. Especial interés tuvo la confección de cartas de marear con los nuevos territorios y rutas descubiertas; al igual que la fabricación y reparación de instrumentos náuticos. Como un paso más de esta labor capital, en 1552 se implementó la Cátedra de Cosmografía y Náutica que convirtió a la Casa en la primera y más importante escuela de navegación de la Europa moderna, resaltando el carácter científico de la misma.
3.2. El Real Consejo de Indias
Por real cédula del 14 de septiembre de 1519 se creó dentro del Consejo de Castilla una sección especial con el nombre de Consejo de Indias. El 1° de agosto de 1524 éste se organizó con carácter independiente y bajo la presidencia del cardenal Loaysa.
El Consejo no tuvo en sus primeros tiempos una residencia fija y generalmente seguía a la corte en sus desplazamientos. Cuando en 1561 el rey se radicó definitivamente en Madrid y se instaló en El Escorial, el Consejo lo hizo en el Alcázar Viejo y, más tarde, cuando se construyó el Palacio Real, éste pasó a residir en el Palacio de los Consejos.
Atribuciones del Consejo de Indias
Las atribuciones del Consejo de Indias eran de una amplitud y de una variedad que comprendía todas las materias concernientes a gobierno, justicia, guerra y hacienda.
Las funciones de este organismo estaban resumidas en la ordenanza Nº2 de 1571, donde el rey establecía que "dicho Consejo tenga la jurisdicción suprema de todas nuestras Indias Occidentales, descubiertas y que se descubrieren, y de los negocios que de ella resultaren y dependieren".
En uso de sus facultades gubernativas, el Consejo proponía al monarca el nombramiento de los cargos de virreyes, presidentes de Audiencias, gobernadores, oidores, fiscales y, en general, todos los puestos significativos en América. Asimismo vigilaba el cumplimiento y la observancia de las normas dictadas desde la península. El Consejo podía proponer al rey la aprobación de nuevas disposiciones legales para Indias, así como la derogación o modificación de las existentes.
En el aspecto judicial, singularmente importante, esta entidad tenía jurisdicción civil y criminal en última instancia, pues entendía en las apelaciones contra las sentencias emitidas por las Audiencias americanas, la Casa de Contratación y los consulados de mercaderes de Indias.
En el terreno militar, el Consejo intervenía en todos los temas relacionados con la organización bélica y defensa de las colonias ultramarinas, expediciones de conquista y cualquier asunto relativo al plano castrense.
Hasta 1557 dispuso de competencia en las cuestiones de la hacienda indiana, fiscalizando las distintas cajas reales y disponiendo de los recursos generados por los nuevos territorios, recibidos a través de la Casa de Contratación.
Por último, cabe mencionar que la actuación del Consejo de Indias se caracterizó por un exceso de burocracia, una exasperante lentitud en la adopción de decisiones y muchas veces fue utilizado para satisfacer los intereses de sus propios consejeros.
El recién fundado organismo era la más alta autoridad legislativa y administrativa del imperio americano después del rey. Estaba dividido en tres departamentos; dos dedicados a materias de gobierno y uno de justicia. Los consejeros eran togados o bien de capa y espada, pero todos hombres distinguidos en el servicio de ultramar. El número de estos consejeros fue de cinco, con dos secretarios, un promotor fiscal, un relator, un oficial de cuentas y un portero.
El Consejo tenía funciones meramente consultivas. Los acuerdos adoptados sobre cualquier asunto, tras las respectivas deliberaciones, eran elevados al rey en un documento denominado consulta, en el margen del cual el soberano escribía su decisión final. Una vez conocida la voluntad real, se redactaba la disposición definitiva para su promulgación y ejecución.
El 25 de agosto de 1600, se estableció la Junta de Guerra de Indias, uno de los organismos más influyentes dentro del Consejo. La creación de ésta obedeció a la preocupación especial que requerían los negocios y materias de guerra. También, a semejanza del Consejo de Castilla, el de Indias tenía una Cámara, llamada de Indias, encargada de la distribución de mercedes y de proponer al rey los nombramientos en los oficios seculares y eclesiásticos (Real Patronato).
A comienzos del siglo XVII se conformaron, dentro del Consejo, cuatro secretarías, siendo las más importantes y duraderas las encargadas de los virreinatos de Nueva España y Perú.
La administración del Consejo de Indias progresivamente se fue tornando más lenta y burocrática. Además, durante el siglo XVII, la debilidad de los monarcas que entregaron el gobierno a funcionarios allegados a la corte (llamados Validos), influyó negativamente en la eficiencia del Consejo.
4. El territorio americano y sus principales instituciones
4.1. Los Virreinatos
El virreinato constituyó la máxima expresión territorial y político-administrativa que existió en la América española y estuvo destinado a garantizar el dominio y la autoridad de la monarquía peninsular sobre las tierras recientemente descubiertas.
El primer virreinato otorgado en América recayó en don Cristóbal Colón como parte de las concesiones que la Corona le hizo en las Capitulaciones de Santa Fe, antes de iniciar su primer viaje rumbo a las Indias. Sin embargo, el virreinato colombino fue de corta duración, extinguiéndose definitivamente en 1536. En cambio, se establecieron en 1535 y 1543, los dos grandes virreinatos de Nueva España y del Perú, unidades que subsistieron durante todo el período colonial.
El virreinato estuvo encabezado por la figura del virrey, representante personal y especie de alter ego ("el otro yo") del monarca en las Indias. En los primeros tiempos el nombramiento de virrey se hacía de por vida, luego dicho mandato se limitó a tres años y más tarde se extendió gradualmente hasta los cinco años.
El virrey, además, pertenecía a la nobleza española cercana al monarca y ejerció la autoridad suprema dentro de su jurisdicción indiana. Fue el jefe civil y militar dentro de su unidad administrativa, dependiendo de él también la justicia, el tesoro y los aspectos seculares del gobierno eclesiástico.
Así, el oficio de virrey incorporó a un nivel superior todas las funciones de los gobernadores: atribuciones de gobierno (siempre se le designó virrey e gobernador), militares (fueron invariablemente capitanes generales), hacendísticas (ordenadores del pago del erario, más tarde titulados superintendentes de la real hacienda) y judiciales (fueron presidentes de la Audiencia en la ciudad en que residían, con jurisdicción disciplinaria sobre los oidores, pero sin intervenir en pleitos y sentencias, por no ser siempre letrados).
Este funcionario igualmente estaba encargado de la conservación y aumento de las rentas reales y nombraba a la mayoría de los funcionarios coloniales menores, laicos y eclesiásticos. Entendía en primera instancia en todos los pleitos referentes a los indígenas. También reasignaba las encomiendas vacantes, práctica ésta que dio lugar a muchos celos y discordias.
El virreinato de Nueva España
Consumada la caída del imperio azteca a manos de Hernán Cortés y enfrentados los españoles a la inmensidad de sus nuevos dominios, en 1535 fue establecido el virreinato de Nueva España. Su territorio abarcó una gran extensión cuyo centro natural sería el valle de México. Sobre los cimientos de la monumental Tenochtitlan se erigió la ciudad de México, sede de la corte virreinal durante todo el período colonial. El primer virrey fue don Antonio de Mendoza, conde de Tendilla.
Los límites del virreinato comprendieron, por el sur, toda la América Central (Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica), salvo la gobernación de Castilla de Oro con la estratégica ciudad de Panamá. Por el este, incluyó al golfo de México y al mar de las Antillas. Sin embargo, el territorio isleño compuesto por las pequeñas y grandes Antillas (Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico entre otras), no formó parte de Nueva España, constituyendo gobernaciones independientes.
Al norte, la frontera del virreinato fue avanzando gradualmente y a medida que las huestes españolas doblegaban la resistencia que oponían los temidos pueblos chichimecas. La jurisdicción de Nueva España incluyó, finalmente, gran parte de la zona occidental de los actuales estados de California, Texas, Nuevo México, Arizona, Utah, Nevada y parte de Colorado, pertenecientes a Estados Unidos desde 1848. Hacia el oeste Nueva España limitaba con el Océano Pacífico hasta que se le agregó la administración de las Islas Filipinas, conquistadas en 1564 por la expedición de López de Legazpi.
La población de Nueva España sufrió altibajos a lo largo de todo el período colonial, siendo muy difícil determinar con exactitud su número. Diversos investigadores de la demografía americana han publicado cifras de población muy disímiles, debido a la escasez y poca confiabilidad en los censos y en las fuentes sobre población regional americana. El cuadro que presentamos a continuación, con datos tomados de la Historia social y económica de España y América dirigida por J.Vicens-Vives, nos parece uno de los más completos para captar las principales tendencias demográficas de la época.
Cuadro de la población del virreinato de Nueva España y de las Antillas
s.XVI (1570) s. XVII (1650) fines s. XVIII
México 3.555.000 3.800.000 5.837.100
Centroamérica 575.000 650.000 870.200
Antillas 85.650 614.000 950.000
Total: 4.215.650 5.064.000 7.657.300
En la segunda mitad del siglo XVI, el virreinato de Nueva España empeñado en la consolidación de sus fronteras y la búsqueda de recursos mineros y agropecuarios, allanó el camino a su futura preeminencia dentro del mundo colonial. En efecto, tras un siglo XVII caracterizado por altibajos económicos que afectaron tanto a la metrópoli como a sus colonias, México se convirtió, a partir de las primeras décadas del siglo XVIII, en la unidad política hegemónica de ultramar, superando al virreinato del Perú.
El Virreinato del Perú
Mientras los españoles afianzaban su posición en las tierras del Incario y los nativos, liderados por Manco Inca, se refugiaban en Vilcabamba, convertido en eje de la resistencia a los invasores, en 1542 fue creado por orden real el virreinato del Perú. La ciudad de Lima fue la sede del gobierno virreinal y acogió el 15 de mayo de 1544 al primer virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela. La tarea de este funcionario chocó con los intereses de los encomenderos que, encabezados por Gonzalo Pizarro, se habían alzado en el Cuzco contra las Leyes Nuevas. La guerra civil costó la vida al flamante virrey y sólo a partir de 1555 (mandato de Andrés Hurtado de Mendoza) el Perú comenzó a vivir una etapa de mayor tranquilidad y prosperidad.
La nueva unidad política era más extensa en superficie que el virreinato de México. Abarcaba todo el continente sudamericano, excepto el Brasil portugués, las Guayanas y la costa del Caribe en Venezuela.
El ámbito del virreinato del Perú incluyó, en principio, la mayoría de las gobernaciones suramericanas. No obstante, el poder directo del virrey se manifestó sobre Lima, Charcas y Quito, pues éstas no tenían gobernador político. Mientras tanto, Panamá, Chile y el Río de la Plata eran territorios regidos por presidentes-gobernadores (autoridad máxima de una gobernación que cuenta con una Real Audiencia), que además eran capitanes generales, por tratarse de tierras de guerra. En consecuencia, actuaban con plena autonomía política dentro de la esfera del virreinato.
Cuadro de la población de América del Sur
s.XVI (1570) s.XVII (1650) fines s.XVIII
Colombia, Ecuador y Venezuela 1.548.500 1.700.000 2.150.678
Perú 1.585.000 1.600.000 1.400.000
Bolivia 737.000 850.000 800.000
Chile 620.000 550.000 522.658
Paraguay 258.000 250.000 97.480
Argentina 306.000 340.000 400.000
Uruguay 5.000 5.000 30.658
Indígenas misionados o independientes 1.566.465
Total: 5.059.500 5.295.000 6.967.939
Quizás una de las particularidades más significativas del Perú estuvo en la temprana explotación de los metales preciosos, cuyo centro más importante fue el cerro rico de Potosí, descubierto por los españoles en 1545. Estas riquezas permitieron a Lima un amplio predominio en América que, sin embargo, después del auge indiscutido del siglo XVI y parte del XVII, declinó y atravesó por un período de decadencia en el transcurso del último siglo colonial.
Finalmente, a lo largo del siglo XVIII, el virreinato del Perú sufrió un paulatino desmembramiento territorial que dio origen a los virreinatos de Nueva Granada y del Río de la Plata.
La creación del virreinato de Nueva Granada
El 29 de mayo de 1717 se instituyó el virreinato de Nueva Granada, suprimido en 1723 y restablecido definitivamente el año 1739. Su capital fue Santa Fe de Bogotá con jurisdicción sobre los territorios actuales correspondientes a Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá.
Las consideraciones que manejó la corona para su creación giraron en torno a dos hechos esenciales. En primer lugar, la zona era la más importante del continente en cuanto a la producción aurífera. En segundo lugar, su situación estratégica entre los dos océanos y puerta de entrada a la América del Sur, le permitiría enfrentar mejor el contrabando y los ataques de piratas y filibusteros del Caribe.
En cuanto a la población del virreinato, señala Carlos Malamud: "A lo largo de la centuria, la población del virreinato fue en constante aumento, estimándose una tasa de crecimiento para el último cuarto del siglo del orden del 1,5 por 100 anual. Según el censo de 1778, la población del virreinato, con exclusión de los territorios integrados en la Audiencia de Quito, ascendía a 742.759 habitantes. W.P.McGreevey estimó que la población de los territorios que forman la actual Colombia ascendía a 940.000 habitantes". Finalmente, la mayor concentración de población (62%) se encontraba en los altiplanos andinos colombianos.
El Virreinato del Río de la Plata
En 1776 se creó el virreinato del Río de la Plata, con capital en Buenos Aires e integrado por las gobernaciones del Río de la Plata, Córdoba del Tucumán, Paraguay y el Alto Perú. Este último fue incorporado con la intención de cubrir los gastos de su administración y funcionamiento con los ingresos fiscales provenientes de la producción de plata potosina.
La fundación de esta nueva unidad político-administrativa respondió esencialmente a factores internos y externos. En primer lugar, la rivalidad comercial entre Buenos Aires y Lima generó un clima de enfrentamiento y separación que amenazó los intereses económicos de la corona. En el ámbito externo influyeron tanto la presencia de contingentes portugueses en la estratégica colonia de Sacramento frente a Buenos Aires, como las incursiones de ingleses y franceses en la Patagonia e islas Malvinas del extremo sur.
4.2. Las reales Audiencias
La Real Audiencia fue el más alto tribunal judicial de apelación en las Indias, pues contó con jurisdicción civil y criminal y una amplia competencia extendida incluso al ámbito eclesiástico. Esto último debido a una de las facultades que el Real Patronato otorgó a la corona.
La creación de las Audiencias indianas, tuvo como principal objetivo reafirmar la supremacía de la justicia del rey por sobre la de los gobernadores.
Sobre la Audiencia sólo estaba el Consejo de Indias, al que únicamente se podía recurrir en los casos de mayor categoría. Al mismo tiempo, este tribunal real asesoró a la autoridad política del territorio asignado a su jurisdicción y se constituyó en un organismo consultivo de vital importancia para los virreyes y gobernadores.
Las Audiencias americanas estaban organizadas, al modo del Consejo de Indias, como autoridades colegiadas. Se componían de letrados profesionales que, en principio, fueron cuatro oidores y un fiscal presididos por el virrey o gobernador de la zona. Con el transcurso del tiempo el número de estos funcionarios aumentó en los territorios más extensos. Cada año, rotativamente, un oidor debía realizar viajes de inspección y judiciales por las provincias que formaban parte de la jurisdicción de la Audiencia.
La primera Audiencia indiana fue establecida en Santo Domingo en 1511. A partir de 1527 y hasta 1563, la fundación de nuevas Audiencias en México, Panamá, Guatemala, Lima, Guadalajara, Santa Fe, Charcas, Quito y Chile, marcó el proceso de la colonización y del poder monárquico en América. Su rango aumentó al hacérselas depositarias del sello real, tal como acontecía en las cancillerías peninsulares.
4.3. Los Cabildos
El Cabildo fue un organismo representativo de la comunidad, que velaba por el buen funcionamiento de una ciudad y tenía jurisdicción sobre el territorio de la misma. El concejo o cabildo estaba compuesto por los alcaldes o jueces municipales y por los concejales o regidores. El número de los primeros oscilaba de uno, en las pequeñas poblaciones, a dos en las demás; el número de los segundos variaba según la importancia de las ciudades: en villas y pueblos solía haber de cuatro a seis; en las urbes destacadas ocho; en las capitales virreinales, doce o más
Los alcaldes ordinarios ejercían su mandato por un año, al igual que los regidores, aunque hubo casos de ciudades con regidores perpetuos nombrados por el conquistador-fundador o por el propio monarca. Durante los siglos XVII y XVIII la Corona, por necesidades económicas, vendió estas plazas al mejor postor.
Además de los alcaldes y regidores, el Cabildo se compuso de una serie de funcionarios entre los cuales se pueden señalar al alférez real (heraldo y portaestandarte de la ciudad), el depositario general (de los bienes en litigio), el fiel ejecutor (inspector de pesas y medidas y de los precios en tiendas y mercados), el receptor de penas (recaudador de multas judiciales), el alguacil mayor (jefe de la policía municipal), el procurador general (representante de los vecinos ante el Cabildo) y un escribano (o secretario que levantaba acta).
Las funciones del Cabildo iban desde el buen gobierno de la ciudad, el control del presupuesto y de las rentas del municipio y el correcto abastecimiento de víveres, hasta la persecución de la delincuencia y la administración de la justicia local.
El Cabildo trabajaba a través de sesiones, algunas de las cuales eran públicas y otras privadas. En circunstancias especiales se efectuaban cabildos abiertos, donde participaban los vecinos más connotados de la ciudad. Sin embargo, la norma general fueron las sesiones privadas.
4.4. Las Gobernaciones
El avance de los conquistadores españoles a través del Nuevo Mundo y la voluntad de permanecer en él, obligó a la corona a dividir el territorio en unidades políticas administrativas que se denominaron gobernaciones. Estas generalmente fueron otorgadas al jefe de la hueste conquistadora por medio de las capitulaciones respectivas, y en general, confirmadas después por el rey como premio y a la vez como único medio de mantener cierto control sobre el desarrollo de la colonización. Al comienzo del período colonial este nombramiento tuvo un carácter hereditario.
Hubo muchos tipos de gobernaciones dependiendo de la naturaleza del territorio incorporado y del número y la actitud de la población nativa. Así, por ejemplo, existieron gobernaciones (Chile, Guatemala, norte de México) donde la permanente resistencia indígena convertía al gobernador a su vez en capitán general y a la gobernación en capitanía general.
El gobernador gozaba de atribuciones de gobierno y justicia, tenía autoridad para encomendar o repartir indígenas y tierras, poseía la jefatura militar y se beneficiaba de los productos de la región a su cargo.
4.5. Los funcionarios locales
A medida que la colonización española se consolidaba, en cada gobernación se designaba una serie de funcionarios subalternos. Los más numerosos e importantes fueron los funcionarios locales, y entre ellos el corregidor, originariamente titular del gobierno de una ciudad y su término. Este cargo coincidió, en líneas generales, con el de alcalde mayor aparecido en algunas regiones indianas.
Para el gobierno de los pueblos de indios se instituyó un cargo de menor categoría: el corregidor de indios. Este fue creado para intensificar la "acción civilizadora" entre los indígenas, favorecer su evangelización y evitar los abusos que sobre ellos ejercían a menudo los encomenderos.
Además de los mencionados existieron otros funcionarios de menor importancia dentro de la burocracia administrativa. Sus atribuciones fueron casi siempre de carácter local y escapan, por tanto, al marco general que entrega el presente software.
Por último, hay que precisar que a lo largo del siglo XVI se perfiló una clara evolución de los oficios públicos: considerados al principio como mercedes y recompensas a los conquistadores, con el transcurso del tiempo los más significativos fueron entregados a una burocracia asalariada en la que letrados y nobles peninsulares tuvieron un gran papel. Ello convirtió a la administración de los territorios americanos en instrumento apto y eficaz para afirmar el centralismo monárquico por sobre los intereses de las aristocracias locales.
5. Las Reformas Borbónicas en la América del siglo XVIII
Con la muerte de Carlos II -último rey de la dinastía de los Austrias en España- estalló el año 1700 una guerra de sucesión que se debió a la falta de un heredero al trono. Este conflicto involucró a las grandes potencias europeas de la época. Gracias a la alianza con sus parientes de Francia, Felipe V de Anjou pudo hacerse del trono en España (1701), en desmedro de las pretensiones austríacas. Tal estado de cosas fue ratificado en el Tratado de Utrecht de 1713, inaugurándose así los reinados de la dinastía borbónica en España y en su imperio colonial.
Los desafíos de la nueva casa monárquica estarán encaminados hacia la recuperación del prestigio y del poder político, muy disminuidos en relación al de las potencias rivales europeas, en especial Inglaterra. A lo largo de todo el siglo XVIII los reyes y ministros destinaron sus esfuerzos a tres grandes objetivos: mejorar la organización interna del imperio, aumentar los ingresos de la corona y reforzar las defensas de todas las posesiones españolas.
Describiremos a continuación las reformas referidas a los ámbitos administrativo, judicial y eclesiástico, excluyendo aquí el aspecto comercial que es analizado en otra parte del programa.
5.1. Iglesia
A lo largo de los siglos XVI y XVII la corona, gracias al Real Patronato, ejerció un poderoso control sobre la organización financiera, institucional y judicial de la Iglesia en América.
En el siglo XVIII estas prerrogativas del monarca aumentaron aún más en virtud de la aplicación de la doctrina regalista. Ésta concedía al rey de España el derecho a desempeñar la función de vicario general de Dios en la Iglesia americana, a expensas de la autoridad papal.
Mediante real cédula del 14 de julio de 1765 se dio carácter oficial al regalismo que implicó, asimismo, el traspaso al rey de todos los aspectos de la jurisdicción eclesiástica. Sólo la potestad de orden (facultades sacramentales adquiridas por los clérigos al ordenarse) no podía ser ejercida por el rey, por ser ésta de naturaleza sacerdotal.
Así por ejemplo, mientras antes el rey nombraba a las dignidades eclesiásticas tras recibir una propuesta, ahora podía sustituirlas a su soberana voluntad.
En el marco de esta política hay que comprender la brusca expulsión de América de la Compañía de Jesús en 1767. Tal como señala acertadamente John Fisher, "lo que realmente se pretendía con la expulsión era eliminar el imponente obstáculo que constituían los jesuitas para el nuevo regalismo de Carlos III y sus ministros".
A esto debemos agregar otras razones, entre las cuales figuran el inmenso poder económico, materializado en la posesión de enormes haciendas, y el temor al influjo que sobre la masa indígena ejercían los jesuitas.
5.2. Administración
Las reformas introducidas por los Borbones, una vez finalizada la guerra de sucesión, modificaron sustancialmente la estructura administrativa encargada de los asuntos americanos. La intención de los reyes de la nueva dinastía era básicamente la de unificar y administrar todo el territorio perteneciente a sus dominios europeos y ultramarinos a través de organismos centralizados, encabezados por personas de su exclusiva confianza.
Para obtener un diagnóstico de la realidad americana, a lo largo del siglo XVIII se enviaron a las Indias una serie de funcionarios a realizar las denominadas visitas. Sus informes constituyeron la base de las reformas implementadas. Una mención especial merecen el rey Carlos III (1759-1788) y sus principales colaboradores, entre los cuales destacan el conde de Floridablanca y José de Gálvez.
Los organismos peninsulares que habían regulado las relaciones entre España y sus colonias entre los siglos XVI y XVII, poco a poco fueron perdiendo sus prerrogativas en favor de nuevas instituciones.
En 1714 se crearon en España cuatro ministerios o secretarías de despacho. El mundo colonial quedó a cargo de uno de ellos que se denominó Ministerio de Marina e Indias. Este heredó la mayoría de las atribuciones del Consejo de Indias como por ejemplo las de gobierno, hacienda, guerra, comercio y navegación, además de la facultad para nombrar a los funcionarios con responsabilidades políticas en las colonias hispanoamericanas. El Consejo de Indias quedó reducido a la asesoría del monarca y a la materia judicial y, despojado de sus principales poderes, vegetó casi sin destino hasta su definitiva abolición en 1834.
La Casa de Contratación, por otra parte, tampoco se libró del reformismo borbónico. En 1717 fue trasladada a Cádiz lo que en la práctica significó el fin de la supremacía de la ciudad de Sevilla en los asuntos comerciales. Más adelante, con la promulgación del decreto de reglamentación del libre comercio de 1788, la Casa perdió su razón de ser y fue eliminada tras 285 años de funcionamiento.
Pero la gran innovación borbónica fue el establecimiento de las intendencias de origen francés. En las ordenanzas del 13 de octubre de 1749 se definió al intendente como magistrado cuya misión era incrementar la agricultura, fomentar el comercio, activar la industria, estimular la minería y lograr, por todos los medios, "la felicidad de los vasallos indianos". El intendente reemplazó a los antiguos gobernadores y los subdelegados a los corregidores. En tanto, el virrey conservó sus facultades y pasó a denominarse superintendente.
El cometido principal del intendente será el de terminar con el fraude fiscal de contribuyentes y funcionarios, para transformar la recaudación de impuestos en un proceso honrado y eficiente. En virtud de ello, en cada provincia el intendente será el responsable de los asuntos fiscales y rendirá cuentas al superintendente de la capital virreinal quien, a su vez, lo hará al Ministro de Indias de Madrid.
Esta nueva estructura se implantó de modo experimental en Cuba (1764) y más adelante en todos los virreinatos. Para 1803 el sistema estaba vigente en la casi totalidad de la América española con doce intendencias en Nueva España, cinco en Guatemala, una en Cuba, una en Puerto Rico, cinco en Nueva Granada, una en Venezuela, nueve en Perú, ocho en el Río de la Plata y dos en Chile.
Si bien la recaudación de impuestos mejoró notablemente y el funcionamiento administrativo se agilizó en ultramar, las reformas borbónicas no alcanzaron a rendir los frutos deseados por la monarquía, debido al estallido de las guerras de emancipación americanas en la primera década del siglo XIX.
5.3. Justicia
La reforma del sistema judicial se debió al deseo de los monarcas de erradicar la corrupción y la incompetencia en las Audiencias americanas, de reforzar la autoridad de la corona a costa del fuero eclesiástico y, por último, de mejorar la calidad y honradez de la administración de justicia, especialmente en las regiones de mayor población indígena.
Para cumplir los objetivos mencionados, la corona terminó con la designación de criollos para los cargos en las Audiencias y además agregó un regente, proveniente de España, que informaría al ministro de Indias de las resoluciones más importantes. Estas medidas pretendían generar una burocracia judicial más eficaz y, sobre todo, independiente de la sociedad colonial y los intereses locales.
La modernización de la justicia implicó también un perfeccionamiento de las técnicas administrativas, vale decir, la buena letra, ordenada contabilidad e información expedita a los superiores.
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Autores
Hugo Rosati A.
Profesor del Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica. - Autor.
E-mail: hrosati@puc.cl
Daniel Palma A.
Magister(c) en Historia de América, Universidad de Santiago de Chile. - Autor.
E-mail: dpalma@ctcreuna.cl
página web: http://www.puc.cl/sw_educ/historia/iberoamerica/index.html