Uno de los factores de unidad de Iberoamérica es el de la colonización. Es una cultura llevada desde la Península Ibérica, que desplaza a las culturas precolombinas y las sustituye.
En cuanto a sus estructuras socioeconómicas hay que decir que existen grandes disparidades en la propiedad agraria, y son sociedades sumidas en el subdesarrollo, aunque hayan aparecido focos de intenso dinamismo económico, como Buenos Aires.
Existen notables diferencias sobre todo por los contrastes en el medio físico y en el desigual grado de ocupación y aprovechamiento del espacio. Las abruptas barreras de los Andes y las enormes distancias reforzadas por la densa vegetación han contribuido a que las diversas regiones o países de Sudamérica vivieran aisladas y faltas de integración.
Hay otras diferencias marcadas por la mayor o menor disponibilidad de recursos, relacionadas con las dimensiones territoriales y el potencial demográfico de los distintos países.
Esta crisis históricamente comenzó en los albores de la historia moderna, con la ruina de las sociedades precolombinas y con el establecimiento de una economía colonial, tendente a abastecer de materias primas agrarias y de metales preciosos a las metrópolis europeas, las cuales importaban esclavos. Esta crisis tuvo otra manifestación en la etapa independentista (primer tercio del siglo XIX).
Todas estas circunstancias han sido coyunturales, superadas por la crisis del siglo XX y que han tenido dimensiones mucho mayores, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, afectando al factor social, económico y territorial.
Esta crisis es derivada por:
- Su dinamismo demográfico: cabeza del mundo durante las últimas décadas, que exigen un gran esfuerzo económico.
- La importancia del hambre: entre las clases marginales.
- Desequilibrada distribución espacial y polarización social en dos grupos contrapuestos: las clases altas y bajas frente a la escasez de las clases medias.
- Inadecuada explotación del potencial agrario: Iberoamérica es potencialmente rica en el sector agrícola, pero hay un reparto injusto de la tierra. Las reformas agrarias han sido incapaces de eliminar la polarización de las explotaciones en los dos extremos opuestos: latifundio y minifundio, potenciando la agricultura de plantación.
La presión humana de los medios rurales se deja sentir con mayor fuerza en los urbanos, sobre los que confluyen los integrantes del éxodo campesino y los excedentes demográficos. El crecimiento urbano se ha hecho explosivo en ciudades como México.
La destacable industrialización y expansión económica, sobre todo en las grandes ciudades, no ha sido suficiente para dar empleo y disminuir las crecientes tensiones sociales.
Ha habido una gran expansión económica con gran dependencia del exterior, con una fortísima y acelerada deuda exterior que está hipotecando las economías nacionales.
Los capitales extranjeros más importantes son de origen británico y estadounidenses, que han llegado a deformar las estructuras industriales, pues sólo responden a la demanda de bienes de consumo de la clase alta, privilegiada, que es la única que puede comprar esos productos, los capitales buscan la rentabilidad.
La dependencia también se manifiesta en el
comercio exterior, pues todavía hoy las 3/4 partes de las exportaciones
iberoamericanas son de materias primas agrarias y minerales, en países
generalmente exportadores de un producto. Esta dependencia no sólo se traduce
en un
Iberoamérica tiene un panorama político desolador, con golpes militares continuos, y los regímenes constitucionales no están creando condiciones de estabilidad. Tampoco es válido el modelo de desarrollo aplicado por los militares brasileños desde el golpe de 1964. Cuba es la excepción.
Los regímenes políticos de esta área deben variar el rumbo para resolver todos estos problemas, para resolver la crisis territorial, económica y social. Pero esto es difícil ante la posición de los EE.UU.
El espacio iberoamericano es heredero de un pasado colonial que introdujo cambios. Se produjo por medio de conquistas, que fueron sustituyendo a los indígenas por grupos humanos ???tonos.
Las consecuencias del proceso colonizador en Iberoamérica, que en otros ámbitos territoriales constituyeron la base de unas estructuras funcionales y modernas (como en Norteamérica y Australia), representaron una herencia negativa: debido al papel que se le ha asignado en la división internacional del trabajo, se ha configurado como un espacio dependiente, dominado y abocado al exterior.
Iberoamérica fue conquistada por los colonos como un servicio para la metrópolis, son territorios comunitarios dependientes de la metrópolis. Al final del proceso colonizador sólo se habían ocupado los territorios que ofrecían productos agrarios o mineros fáciles de exportar, pero la dependencia del exterior se mantuvo a pesar de todo.
En el transcurso de un sigo hubo una bajada importante de la población. Se pasó de unos 90-120 millones de habitantes a 4'54 a mediados del siglo XVII, produciéndose las mayores caídas en el área azteca de México.
Las principales causas fueron:
- Pérdidas por las guerras de conquista.
- Ruptura de las bases económicas y de la organización social.
- Un factor decisivo fueron las epidemias.
La nueva organización introducida por los colonizadores fue la causa del desmoronamiento de las sociedades indígenas. La encomienda se convirtió en una gravosa institución para la obtención de excedentes agrarios o de mano de obra barata.
La erosión humana producida por esta situación indujo a los colonizadores a importar esclavos negros, lo que se mantuvo hasta el siglo XIX a pesar de que las repúblicas que se fueron independizando proclamaron la abolición de la esclavitud.
Como resultado de ambas corrientes inmigratorias, la población iberoamericana creció a un ritmo elevado (un 1'6% entre 1900-1950).
Terminada la catástrofe demográfica que introdujo la conquista, comenzó una nueva fase de la población en función de las bases económicas coloniales.
La consecuencia fue la ocupación exclusiva de tan sólo los territorios que ofrecían metales preciosos o riqueza agraria con la que poder comerciar y obtener dinero y prestigio social.
Al comenzar el siglo XVIII sólo habían adquirido una cierta densidad demográfica los enclaves mineros y las regiones con buenas condiciones para las producciones agrarias comercializables.
Así, fueron las coyunturas económicas forjadas por los colonizadores las que favorecieron la ocupación y puesta en explotación de unos territorios determinados.
En la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo, se ocuparon nuevas regiones con riquezas mineras diferentes a las tradicionales (estaño en Bolivia, nitrato y cobre en Chile, plomo y cinc en México y Perú) que, gestionados por capitales europeos y norteamericanos, experimentaron su mayor desarrollo en el siglo XIX.
Iberoamérica, a principios del siglo XX, constituía el principal abastecedor mundial de productos primarios. Brasil aportaba al mercado mundial la mitad del café consumido y casi la totalidad del caucho, Argentina la tercera parte de la carne, etc.
Por lo tanto, el papel otorgado a Iberoamérica en la división internacional del trabajo fue el de abastecedor de materias primas mineras, poniéndose en explotación los territorios de mejores condiciones. Este proceso duró hasta la crisis de 19829, pues después se inició una etapa expansiva que modificó las bases del desarrollo económico.
La explotación de los recursos naturales exigió la creación de una infraestructura y de unos servicios imprescindibles para realizarla, representados por los puertos, ciudades residenciales y administrativas y las vías de transporte. Así, Iberoamérica, durante los 150 primeros años, se organizó en función de la exportación de metales preciosos.
Las diversas coyunturas económicas de la etapa colonial y principios de la independiente dieron lugar al nacimiento de unos núcleos de poblamiento orientados a satisfacer las necesidades de los más ricos. Se crearon las grandes ciudades: México, Guatemala, Panamá, Quito, etc.
Los centros urbanos, las comarcas o regiones productoras de los mismos, fueron unidas a los puertos por medio del transporte rápido: el ferrocarril. Ello dio como resultado un trazado de líneas más o menos perpendiculares a la costa, o paralelas a la misma si el territorio explotado se ubicaba en una franja costera.
Todos estos servicios e infraestructuras fueron creados para exportar unas producciones obtenidas de las explotaciones agrarias o mineras que indujeron un escaso y dependiente desarrollo industrial.
La extensión de este tipo de estructura agraria desequilibrada es fruto de un largo proceso histórico, pero que tiene estas bases de? Apropiación de grandes lotes de tierra por los colonos, frente a un alto grupo de comunidades indígenas, esclavos negros y minifundistas.
La consolidación de esta estructura dual ha permitido la consagración de los desequilibrios sociales durante la etapa tradicional hasta los años 40, cuando se ampliaron las clases medias.
La expansión industrial del siglo XIX-XX no fue capaz de crear un fuerte desarrollo económico. Se trató de una industrialización dependiente, poco desarrollada y tradicional, aspectos que sólo fueron superados parcialmente en la segunda fase.
En el siglo XX también aparece una nueva inversión extranjera: el petróleo.
Por lo tanto, la industrialización que llega hasta la Segunda Guerra Mundial es escasa, concentrada en la agricultura y minería y dependiente de las inversiones exteriores, orientadas hacia procesos dinámicos: Buenos Aires, Sao Paulo...
Sólo en países con mejores condiciones (Argentina, Brasil...) tuvo cierta importancia el capital nacional, que fue creciendo poco a poco desde los años de la independencia.
Las consecuencias de la independencia fueron diferentes en cada país, pero con una base común: el movimiento independentista no trajo cambios radicales ni en lo social ni en lo económico.
Pero las diferencias se marcaron a favor de los grandes países por disponer de mayores recursos territoriales y demográficos, que atrajeron pronto la inversión, mientras que los pequeños continuaron como subsidiarios de la economía tradicional, con una gran dependencia económica.
Hacerlo.
Hacerlo.
Se fundamenta sobre todo en la caída drástica de la mortalidad (general e infantil). Así, las sociedades iberoamericanas tienen las tasas más bajas de mortalidad de todo el mundo, la mayoría menores del 10 por mil (Brasil 8 por mil, México 6 por mil, Argentina 9 por mil).
Pero hay una excepción: las coyunturas económicas de países como Uruguay, Argentina y Chile favorecieron un comportamiento cercano al europeo, con natalidad moderada-baja (20-22 por mil) y mortalidad baja (8-10 por mil).
El ritmo acelerado del crecimiento demográfico trae consecuencias socioeconómicas negativas:
- Rejuvenecimiento de la población: más de las 2/5 partes son menores de 15 años, lo que exige unas fuertes inversiones demográficas e implican unas elevadas tasas de dependencia.
- Dificultades para atender satisfactoriamente a una creciente masa escolar: a pesar de la alfabetización, todavía hay mucho camino por recorrer (en Brasil, más de la quinta parte de la población es analfabeta).
- Aumento de la presión demográfica sobre la tierra y disminución de oportunidades para la población rural: cuanta más gente hay menos tierras, y también hay dificultad para la roturación de nuevos terrenos dada a desequilibrada estructura de la propiedad.
El éxodo rural afecta a las ciudades medias y grandes, y es responsable del 50% del crecimiento urbano.
Hay distintos casos:
- Los que apenas han cambiado la situación (Argentina, Paraguay, Uruguay, Santo Domingo y otros de América Central).
- Orientados hacia la colonización y promoción agrarias, en vez de una verdadera reforma (Venezuela, Colombia, Brasil, Ecuador y algunos de América Centra).
- Reforma fruto de una evolución interrumpida (México y Bolivia).
- Reforma avanzada problemática (Perú).
- Contrarreforma (Chile).
- Reforma socialista (Cuba).
Estas reformas agrarias no han sido suficientes, la explosión demográfica ha originado el minifundio, la proletarización y el paro entre los pequeños campesinos. Se ha roto también el equilibrio rural tradicional, basado en un sector de exportación y otro de autoconsumo nacional, agravado por la mayor dependencia del exterior.
Si las reformas agrarias no han dado solución a los problemas del campo, tampoco han resuelto los de la ciudad.
El colapso de los intercambios comerciales (Primera Guerra Mundial9, la crisis de 1929 y la Segunda Guerra Mundial trajo consigo una pérdida de divisas para los países exportadores de materias primas agrarias y minerales. Entre 1930-1934 los países iberoamericanos experimentaron una caída del 30% de las divisas ingresadas por exportaciones.
Todo ello, unido al crecimiento de la población y a las dificultades de abastecimiento surgidas en el mercado exterior motivó que la burguesía nacional invirtiera sus capitales en industrias de bienes de consumo. Al principio se localizaron en las áreas que ofrecían los mercados más amplios, seguros y rentables: las grandes ciudades o metrópolis regionales.
El proceso se vio estimulado por la política
gubernamental, tendente a sacar a sus países del atraso industrial y a proteger
a las nuevas industrias de la competencia extranjera mediante aranceles
elevados. Ello atrajo a nuevos capitales exteriores que se invirtieron en los
territorios nacionales para asegurarse el
Por lo tanto, el proceso arranca de una tímida inversión de capitales nacionales privados y se acelera desde que los gobiernos conceden estímulos (subvenciones al transporte, créditos a bajo interés, etc.), y de manera directa a la construcción de industrias básicas.
Las siderurgias no representan un gran paso hacia la industrialización, excepto en Brasil y México, ya que sus producciones son muy pequeñas.
En los años 50 las grandes firmas multinacionales se sintieron atraídas por el mercado iberoamericano, se orientaron sobre todo a la producción de bienes de consumo duraderos (como los automóviles). El capital multinacional acude a Brasil, Argentina y México. Ya a principios de los 70 la inversión en estos tres países iba dirigida en un 75% a las industrias manufactureras.
Se da un nuevo paso en los países de vanguardia: Brasil ya no importa bienes de equipo, sino que ahora se fabrican en el territorio nacional. Argentina sigue a Brasil en esta diversificación industrial.
Este proceso de industrialización ha acarreado graves inconvenientes:
- Concentración espacial: se han agravado los desequilibrios espaciales, ya que las grandes ciudades ofrecían las mejores condiciones a la inversión, con lo que los capitales extranjeros localizaron sus fábricas en ellas.
- Profunda dependencia tecnológica y financiera: la industrialización exigió conceder subvenciones y créditos a bajo interés, para lo que los gobiernos acudieron al crédito internacional. A esta dependencia económica se une la tecnológica, que se manifiesta en la importación de las piezas más delicadas de un proceso de fabricación.
- El paro y problemas sociales: la industrialización de alta tecnología no es la que conviene a Iberoamérica, porque los artesanos, urbanos o rurales, se arruinan ante la masiva desaparición de empleos.
La importancia de la actividad agraria es mayor de la que le corresponde por el volumen de población que emplea o por su baja participación en el PNB de cada país, pues representa una fuente de ahorro interno.
La sociedad iberoamericana es incapaz de hacer frente a las necesidades alimenticias de sus habitantes, debido a varios factores:
- Tanto los gobiernos como el sector privado han concentrado sus inversiones en la construcción, industrialización, etc., marginando al medio rural.
- Los gobiernos han buscado unos precios bajos para los productos alimenticios como medida política para tranquilizar a las masas urbanas.
- Las inversiones agrarias han sido especulativas, centradas en cultivos industriales y de exportación.
- En épocas excedentarias se han importado grandes cantidades de grano a precios muy bajos.
La política económica de la fase desarrollista ha olvidado que la actividad, la producción y las estructuras agrarias son lo más básico de cualquier economía.
El espacio agrario adquiere mayor complejidad y así se cristalizan nuevos tipos de explotaciones bien como fruto de iniciativas particulares o a consecuencia de reformas agrarias. La densificación demográfica ha provocado una presión sobre la tierra y unas formas más intensivas de aprovechamiento.
La gran explotación, obligada a intensificar sus producciones bajo la presión de las reformas, va perdiendo su carácter latifundista.
Junto a la hacienda, la gran explotación ganadera moderna, más o menos extensiva, se ha extendido por toda Iberoamérica. Se emplea muy poca mano de obra, al sustituir los pastores por alambradas. Así, tienen una elevada productividad por persona empleada y bajos rendimientos por unidad de superficie.
Este tipo de explotaciones transforman y comercializan a veces sus propias producciones, integrándose en el sector denominado "agri business" (explotaciones de ganadería bovina con plantaciones y otros cultivos de exportación).
Las pequeñas y medianas explotaciones no disponen más que de una mínima parte de la tierra. Los minifundios (menos de 5 Has.), junto con las explotaciones familiares (de entre 5-20' Has.), representan más de las 3/4 partes del total.
Las sociedades iberoamericanas han conseguido unos elevados índices de urbanización, con valores actuales del 68%, entendiendo como urbano a aquellos núcleos que superan los 2.000 habitantes.
Se produce un contraste claro entre los países de América del Sur Templada (84% de población urbana) y los del Caribe (54%). A los primeros se pueden sumar los casos de Venezuela (82%) y Cuba (71%). Los países más grandes, Brasil (71%) y México (70%) están muy poco por encima de la media.
La urbanización ha sido acelerada. En 1960 la población urbana no superaba el 46%, y no sólo han crecido las grandes ciudades, sino que numerosas ciudades medias y pequeñas han multiplicado varias veces su población, aunque a menor ritmo.
La densificación urbana es una consecuencia del crecimiento demográfico y del éxodo rural. En 1970 no había más que unas 105 ciudades con más de 100.000 habitantes, a mediados de los 80 se alcanzaban unas 350, de las cuales 80 estaban en torno al medio millón, y unas 30 superaban el millón.
Las metrópolis nacionales han crecido bastante más deprisa que el resto de las ciudades. En 1.980 Montevideo tenia el 52% de la población nacional, Buenos Aires el 45%, Santiago, La Paz y Asunción el 44%, y Lima-Callao concentraba un elevado porcentaje de la población peruana, lo mismo que San José.
Esto hechos constituyen la base de la macrocefalia, que en la actualidad tiende a perder importancia, dado el firme crecimiento de numerosas ciudades medias. Sin embargo, las metrópolis nacionales continúan manteniendo una fortísima atracción, creciendo a ritmos muy acelerados (entre el 4-6'5% anual).
Estos ritmos se fundamentan en una gran acumulación de medios de producción y de servicios sobre ellas, y en este sentido es en el que puede hablarse de macrocefalia, en el de la enorme capacidad de decisión que estas aglomeraciones tienen, pues son sedes de las principales empresas, de los bancos, de organismos de la administración y de la política.
Su función de dirección afecta a todo el territorio nacional, aunque aumenta progresivamente el papel de las metrópolis regionales, si bien en Ecuador y Brasil la capital nacional se ve oscurecida por la función que desempeñan otras ciudades de gran poder económico, como Guayaquil frente a Quito y Sao Paulo frente a Río, aunque ésta ha perdido la capitalidad frente a Brasilia.
Ha sido básicamente en los grandes países donde más se han desarrollado metrópolis regionales, principalmente en Brasil, México y Colombia. Ciudades como Porto Alegre, Bello Horizonte, Salvador, Recife o Fortaleza representan auténticas metrópolis regionales con más de 1 millón de habitantes, que junto a Brasilia y a otras que no alcanzan todavía esa cifra, están sirviendo de contrapunto, por su acumulación de industrias y de servicios, a Río de Janeiro y Sao Paulo. En México, sobre todo Monterrey y Guadalajara (con más de 2 millones de habitantes cada una) son las aglomeraciones, además de México D.F., atraen inversiones y servicios.
En suma, aunque el acelerado crecimiento de las capitales nacionales no se detiene, existe una clara tendencia a la consolidación de metrópolis regionales, fenómeno que a largo plazo corregirá la desequilibrada red urbana actual.
Es ya tópica la imagen de la dualidad urbana en las ciudades del Tercer Mundo. Cualquiera de las grandes aglomeraciones revela bien a las claras ese carácter, y sus desequilibrios internos tienden a aumentar en vez de a corregirse.
El caso de Río de Janeiro, que en 1950
contaba con un 8'5% de población viviendo en favelas, en 1980 ese porcentaje
afectaba en torno a 1/3 de la población (1.700.000 hab.) En Sao Paulo, donde
las favelas tardaron más tiempo en aparecer, alojan
sobre un 20% de la población, pero es significativo que 2'5 millones de los 9
del municipio en 1980 habitasen en casas de construcción propia y clandestina
sobre terrenos periféricos, que carecen de las infraestructuras mínimas
(abastecimiento de agua, red de alcantarillado, electricidad), al mismo tiempo
que faltan servicios básicos (hospitales, dispensarios,
El hábitat subintegrado, en forma de chabolas construidas con materiales de albañilería, constituye una auténtica plaga de las grandes ciudades de Iberoamérica, surgidas por las estrecheces económicas y por la pobreza de quienes las habitan. Es impensable su solución mientras no se atajen las causas que las originan. Este tipo de hábitat se halla distribuido por todo el espacio urbano, tanto en el centro en terrenos de fuertes pendientes y de difícil ocupación, en los valles inundables de los ríos, etc., como sobre todo en la periferia, donde forma interminables barriadas chabolísticas. En cada país o ciudad han recibido nombres específicos: Favelas en Río y Sao Paulo, mocambos en Recife, ranchos en Caracas, tugurios en Bogotá, barriadas en Lima, conventillos en Chile o Ciudades perdidas en México.
Todo este hábitat subintegrado introduce una segregación espacial que contrasta con los elegantes barrios de las aristocracias urbanas, las cuales se localizan en excelentes emplazamientos periféricos, como Pedregal en la Ciudad de México, Copacabana e Ipanema en Río de Janeiro, el Barrio Alto de Santiago de Chile, etc., aunque en la actualidad se tiende a construir lujosas viviendas en el centro para evitar los incómodos desplazamientos diarios ocasionados por la saturación del tráfico. Esta recuperación del centro por la alta burguesía se ha desarrollado ya en el “Centro Expandido” de Sao Paulo, y se ha iniciado en el área nuclear de Buenos Aires.
Los sectores centrales son asiento de una actividad económica urbana, similar al CBD de las ciudades del mundo desarrollado, que acogen en su suelo rascacielos elevados, que albergan las sedes de grandes empresas nacionales y extranjeras, de los bancos, de las agencias y de los organismos de la Administración. Los desplazamientos laborales masivos que esto provoca conllevan a una penosa congestión urbana, potenciada por las insuficiencias infraestructurales. Frente a estas actividades de servicios cualificados, los pequeños servicios, el artesanado tradicional o moderno, el pequeño comercio, ambulante y sedentario, los servicios personales, etc. se localizan en los barrios periféricos.
La industria se corresponde con una localización específica cerca de las vias de comunicación (ferrocarril - carretera) con modernos edificios bien cuidados y vigilados, que contrasta con las pobres construcciones chabolísticas de las inmediaciones.
Todo este entramado urbano, insuficientemente equipado, aparece con una ocupación laxa, salpicado de abundantes solares vacíos, pertenecientes, por lo general a especuladores del suelo urbano.
Tanto las grandes ciudades, como las
medianas y pequeñas están sujetas a una dinámica in
Es un espacio hijo de la colonización, con estructuras disfuncionales heredadas del pasado colonial, y mantenidas y potenciadas durante la fase neocolonial.
Las contradicciones que afloraban en los años 40 se mantienen en la actualidad, con el agravante de que en este lapso se han hipotecado las economías nacionales, sin que los enormes recursos mineros y agrarios hayan podido paliar la crisis económica, social y política. Se mantendrá dependiente de fuerzas exteriores y falto de integración regional. Una excepción es el caso cubano, con una dinámica económica y socio-espacial diferente a la del resto.
Los tres países de América Meridional templada participan de la mayoría de sus caracteres. Argentina sólo está a caballo entre el desarrollo y el tercermundismo.