PRINCIPALES PROBLEMAS ÉTICOS EN LA ACTIVIDAD CIENTÍFICA Y TÉCNICA Y EN LA CONVIVENCIA SOCIAL DE NUESTRO TIEMPO

1. Introducción: moral y ética aplicada

El uso del sustantivo “moral” remite a la existencia de una cierta regularidad en las conductas habituales de los miembros de una misma institución, una familia o una asociación más amplia. Se suele hablar de la moral de una familia o institución, entendiéndose por ello un código más o menos privativo de conducta que es seguido por todos sus miembros. Cuando el entrenador de un equipo de fútbol, el director de un colegio, o el jefe de un cuerpo militarizado, por ejemplo, se refieren a la moral del conjunto que dirige, el término engloba no solamente códigos reglados de comportamiento, válidos internamente, sino también un conjunto de sentimientos recíprocos de solidaridad, lealtad, etc., que liga entre sí a sus miembros y torna confiables y previsibles sus acciones de acuerdo a determinadas expectativas, normalmente satisfechas.

Generalizando, podemos señalar tres significados de “moral”:

  1. Comportamiento, individual o colectivo, que está orientado en relación a un valor. Al hablar de la existencia de una determinada moral positiva en el interior de un grupo social, estamos indicando que ese grupo comparte una determinada orientación evaluativa con respecto a sus acciones, en razón de la cual éstas son comprendidas, reconocidas y apreciadas por los miembros integrantes del mismo, los que comparten un standard evaluativo común. Al utilizar “moral” en este sentido, nos estamos refiriendo al campo de la vida moral, que abarca todos aquellos aspectos que han influido decisivamente en la conformación de los ideales intramundanos de conducta humana en el curso histórico del desarrollo, choque y entrecruzamiento de las distintas corrientes religiosas, filosóficas, políticas, y culturales de la modernidad.

  2. El uso del lenguaje indica que prescribir un comportamiento acorde a la moral y las buenas costumbres hace referencia a un sentido más estricto del término, según el cual se inviste a una cierta conducta con la autoridad de una tradición, de modo tal que conjuntamente se ejerce una presión o coerción pública en pro del acatamiento generalizado de ella. Este segundo sentido remite a un rasgo distintivo del fenómeno moral: el carácter imperativo de sus recomendaciones, sea por el peso de la autoridad de una tradición o sea por el libre ejercicio de las convicciones subjetivas. Este significado normativo aparece conectado con la regulación de las relaciones interpersonales, sea directamente o por intermedio de las instituciones jurídicas y políticas de la sociedad. Desde el comienzo de la modernidad, la pregunta moral por antonomasia, «¿qué debo hacer?», restringe el ámbito de sus respuestas posibles a las interacciones entre seres humanos a tal punto que la existencia o no de una posible interacción con alguien distinto del agente se convierte en condición necesaria para admitir que una determinada acción pueda tener o no relevancia moral.

  3. “Moral” se aplica a las acciones cuya moralidad puede apoyarse en razones más generales que la mera vigencia fáctica de una costumbre. La pregunta por la licitud o ilicitud de lo prescrito se nos plantea al demandar si una cierta acción que está dentro de nuestras posibilidades es moral. Con ello no estamos interrogándonos simplemente sobre la mera adecuación a una costumbre transmitida y amparada por la autoridad de la tradición, sino que pretendemos encontrar razones más generales que nos permitan sostener a conciencia la moralidad de esa acción. Este tercer sentido conecta lo moral a la moralidad de una acción, entendiendo por ello su carácter de obligatoria o prohibida. Esta restricción de la moralidad al deber, al conjunto de acciones que tienen un carácter de obligación como fenómeno moral central, y al desentendimiento de las cuestiones atingentes al fin último de la vida –la felicidad o la perfección–, queda firmemente establecida luego del giro copernicano llevado a cabo por Kant a fines del siglo XVIII.

Mientras que “moral” alude a los fenómenos mismos, “ética” es reservada para denominar aquella parte de la filosofía, también llamada práctica, destinada al estudio teórico de las acciones morales. Uno de los puntos de unión entre la ética y la moral es la consideración de la segunda como “ética aplicada”.

En la expresión “ética aplicada”, el atributo “aplicada” parece ser redundante con respecto a la noción ya expresada por el sustantivo, pues, como afirmaba Aristóteles, no reflexionamos sobre las cuestiones éticas por mera curiosidad teórica, sino para poder actuar en consecuencia. Además, el término “aplicada” parece establecer un paralelismo directo entre las teorías éticas y las teorías científicas: de la misma manera que éstas consisten en grandes construcciones hipotéticas que requieren ser convalidadas empíricamente y, posteriormente, aplicadasa todas las instancias isomorfas sin excepción, así también las teorías éticas se presentarían como grandes especulaciones teóricas, lógicamente estructuradas, a partir de las cuales se deducirían sus aplicaciones a los casos particulares. Por último, la diversidad del material empírico del que trata es tan grande que difícilmente pueda considerársela como una disciplina única.

Con respecto a la viabilidad de una ética aplicada hay tres posiciones alternativas:

  1. Es imposible que una misma disciplina teórica pueda extenderse sobre una diversidad tan grande de problemas como los que ofrece cotidianamente la realidad concreta. Este punto de vista proviene de una actitud anticognitivista, para la cual el fenómeno moral se da básicamente en el plano de las emociones.

  2. Se debe distinguir entre el nivel teórico, que es general y consta de unos pocos principios y reglas de inferencia a partir de ellos, por un lado, y la especificidad de los casos a los que estos principios se aplican, por el otro, especificidad que requiere una tarea adicional de descripción y tipificación para lo cual es necesario contar con la ayuda del experto en cada campo del conocimiento. Este punto de vista se apoya en una concepción cognitivista, racionalista y universalista en ética.

  3. Se debe renunciar a construir a priori una teoría ética universal que englobe la multiplicidad de las situaciones empíricas, y, en cambio, se debe ir desarrollando, mediante el estudio de cada caso y valiéndose de un tipo de razonamiento práctico que amplíe a través de la analogía su campo de aplicación, una casuística que servirá luego como jurisprudencia para la resolución de nuevos casos. Este punto de vista está a medio camino entre los dos primeros, ya que pretende renovar una ética como la aristotélica, que, atribuyendo un papel decisivo al razonamiento moral, rechaza, sin embargo, su carácter deductivo a partir de principios más universales.

2. Problemas éticos en la actividad científica y técnica

Hacia el final de la Crítica de la razón pura Kant resume:

La legislación de la razón humana … tiene dos objetos, la naturaleza y la libertad, y por lo tanto no sólo contiene la ley de la naturaleza, sino también la ley moral: al principio en dos sistemas distintos, pero finalmente en un único sistema filosófico. La filosofía de la naturaleza trata de todo lo que es, la de la moral, de lo que debe ser (A 840/B869)

Esta expresión clásica de la relación entre el conocimiento científico y el conocimiento de lo bueno muestra de inmediato la división entre el hecho y el valor, así como el proyecto de su coherencia que subyace a la historia del pensamiento filosófico. Ambos reinos, el de la naturaleza y el de la libertad humana, están sujetos a la legislación de la razón, según Kant; ambos pueden llegar a conocerse bajo el aspecto de leyes y, así, ambos son objeto de la ciencia. La penetrante y difícil pregunta acerca de la relación que guarda el conocimiento científico natural con los valores y con la libertad humana se nos presenta, pues, como una pregunta por la “ciencia”.

La cuestión general de la relación entre la ciencia y los valores puede dividirse en tres preguntas separadas:

  1. ¿Son los valores susceptibles de estudio científico, y puede tomarse el objeto de este estudio como un hecho natural, humano o social?: ¿Existe una ciencia de los valores?

  2. ¿Qué valores se muestran en la ciencia?
  3. ¿Cuál es el valor de la ciencia?; ¿qué intereses más amplios sirve o subvierte?

De estas tres preguntas, nosotros nos centraremos en la tercera, pero no aplicándola solo a la ciencia, sino también a la tecnología pues, en el fondo, la tecnología no es otra cosa que una puesta en práctica de los conocimientos científicos y, aunque no siempre ciencia y tecnología sirven a los mismos intereses, no es menos cierto que ambas están íntimamente unidad, hasta el punto de que en algunos casos es difícil separar entre ciencia y técnica; así, por ejemplo, cabe plantear la siguiente pregunta: ¿es la medicina una ciencia o una técnica?, la misma pregunta se puede hacer en el caso de las nuevas “tecnologías de la información”.

2.1 Ciencia y valores

2.1.1 El debate sobre la ciencia y los valores

Resulta común leer que, de existir valores que rijan la ciencia, y de ser importante su estudio filosófico, los únicos valores que deben interesar a los filósofos de la ciencia son los valores cognitivos o epistémicos. Según estas posturas, el conocimiento científico está determinado por valores tales como la verdad, la coherencia, la simplicidad o la capacidad predictiva. Puesto que la ciencia es, ante todo, la búsqueda de conocimiento verdadero, fecundo, coherente y, a poder ser, bien ordenado, la filosofía de la ciencia no debe de interesarse en los valores que determinen la praxis científica, a no ser aquellos que nos impulsen a la búsqueda de ese tipo de conocimiento. Para la gran mayoría de los filósofos de la ciencia, el conocimiento científico debería ser descriptivo, explicativo o comprensivo de lo que es, pero en modo alguno tiene que ocuparse de lo que debe ser: esto es tema para éticos, políticos, ideólogos, predicadores o “malos” filósofos de la ciencia. Mezclar cuestiones morales y argumentos científicos, de acuerdo con estas posturas, implica caer en lo que, desde Moore, se llama falacia naturalista.

El origen de las posturas filosóficas que separan estrictamente la ciencia y los valores no epistémicos hay que buscarlo en Locke y Hume. Locke, al final de su Ensayo sobre el entendimiento humanoafirma:

[...] me parece que la ciencia puede dividirse en con propiedad en las tres clases siguientes.

Primero. “Physica”. El conocimiento de las cosas, como son en su propio ser, en su constitución, propiedades y operaciones … La finalidad de esta ciencia es la pura verdad especulativa, y todo cuanto a este respecto pueda enriquecer a la mente humana queda comprendido dentro de esta rama, así sea Dios mismo, los ángeles, los espíritus, los cuerpos, o cualesquiera de sus atributos, como el número, la forma, etc.

Segundo. “Práctica”, o sea la habilidad de aplicar bien nuestras propia potencias y actos con el fin de alcanzar cosas buenas y útiles. Lo más importante, bajo este título, es la ética, que consiste en el descubrimiento de aquellas reglas y medidas de las acciones humanas, que conducen hacia la felicidad, y los medios de poner en práctica esas reglas. La meta de esta clase de ciencia no es la pura especulación y el conocimiento de la verdad, sino la justicia, y una conducta de acuerdo con ella.

Tercero. … Doctrina de los signos, y, como las palabras constituyen la parte más útil, también puede llamarse con suficiente propiedad Lógica. El asunto de esta ciencia consiste en considerar la naturaleza de los signos de que se vale la mente para entender las cosas, o para comunicar sus conocimientos a los otros. Porque, como entre las cosas que la mente contempla no hay ninguna, salvo sí misma, que sea presente para el entendimiento, es necesario que alguna otra cosa se le presente como signo o representación de la cosa que considera, y ésas son las ideas. Y como la escena de las ideas, que constituye los pensamientos de un hombre, no puede exhibirse de una manera inmediata a la vista de otro hombre, ni guardarse en ninguna parte que no sea la memoria, que no es un almacén muy seguro, por eso tenemos la necesidad de signos de nuestras ideas para poder comunicar nuestros pensamientos los unos a los otros, así como para registrarlos en beneficio propio.

[...] Y como estos tres objetos, a saber: las cosas, en cuanto cognoscibles en sí mismas; las acciones, en cuanto dependen de nosotros en orden a nuestra felicidad; y el debido uso de los signos en orden al conocimiento, son toto caelo diferentes, me parecieron que constituían las tres grandes provincias del mundo intelectual, enteramente separadas y distintas la una de la otra. (o.c., pp. 727 y ss. Subrayado mío)

Es decir, el ser, el decir y el deber ser constituyen los tres grandes objetos de nuestro entendimiento. Lo notable es que Locke afirme una estricta separación entre los tres saberes correspondientes. Esta separación fue criticada por Leibniz:

Con lo cual vuestras tres grandes regiones de la enciclopedia estarán siempre en continua guerra, pues cada cual se inmiscuye siempre en los derechos de las otras … Ocurre de ordinario que una misma verdad puede ser colocada en diferentes lugares, según los términos que incluye, e incluso según los términos intermedios o causas de las que depende, y según las consecuencias y efectos que se pueden deducir de ella (Leibniz, o.c., p. 636)

La separación entre la Filosofía de la ciencia y la Filosofía práctica, difícilmente puede mantenerse hoy en día. El problema estriba en que si reconocemos que la ciencia es una actividad (o una praxis), inevitablemente nos veremos conducidos a solapamientos entre ambos tipos de filosofía. ¿Por qué la ciencia, considerada como actividad, habría que tratar de hacerla bien? Esta es la pregunta clave en torno a la cuestión de la Ciencia y los Valores.

Sin embargo, la separación lockeana hizo fortuna. Las ciencias físico-naturales, las ciencias formales y la filosofía moral han constituido campos totalmente separados en la tradición empirista; el fundamento de esta separación ha sido la irreductibilidad entre el “ser” y el “deber ser”, irreductibilidad que fue planteada por primera vez por Hume:

las distinciones morales no son producto de la razón. La razón es totalmente inactiva, por lo que nunca puede ser origen de un principio tan activo como lo es la conciencia o sentimiento de lo moral (o.c., p. 676)

Partiendo de esta concepción contemplativa de la razón humana, Hume concluyó que:

Las acciones pueden ser laudables o censurables, pero no razonables o irrazonables (ibid.)

Hume, partiendo de esta concepción de la razón y de una gnoseología estrictamente empirista, separó estrictamente la racionalidad y la acción humana. Hoy en día no se acepta esta última conclusión de Hume, y se debate con frecuencia sobre teorías racionales de la acción humana. Lo difícil es armonizar las posiciones epistemológicas empiristas con las teorizaciones de la acción racional. La tesis de la falacia naturalista pesa muy fuerte sobre la tradición empirista: a partir de aserciones factuales no se pueden implicar aserciones morales. Los científicos pueden conjugar el verbo ser, pero no deben usar la expresión deber ser. Sin embargo, esta línea de argumentación se basa en una tesis previa que difícilmente se puede seguir manteniendo hoy: la naturalización de los hechos. En la medida en que haya una construcción social de los hechos, la falacia naturalista se desmorona.

La actividad de los científicos no sólo es cognitiva. Frente a los filósofos y sociólogos de la ciencia que piensan que lo esencial de la ciencia es la investigación y la producción de conocimiento, se puede afirmar que la ciencia se convierte en un saber en la medida en que dicho conocimiento es enseñado, en primer lugar, y luego es aplicado por aquellos que lo han aprendido correctamente. Ni la aritmética ni la geometría habría sido objeto de enseñanza a lo largo de los siglos si no hubiera sido porque permiten resolver de manera precisa y correcta numerosos problemas, tanto teóricos como prácticos; es decir, el valor de la ciencia no es sólo un valor cognitivo, sino que tiene también un valor práctico, social.

La teoría de la ausencia de valores en la investigación científica fue desarrollada por Max Weber. Según Weber, puesto que los valores son culturalmente dependientes, la objetividad de la ciencia sólo puede estar garantizada en la medida en que, aunque en las ciencias sociales (y quizá también en otras ciencias) pueda haber referencia a valores, sin embargo no haya nunca juicios de valor. El hombre de ciencia

debe indicar claramente al lector dónde y cuándo termina de hablar el científico y dónde y cuándo comienza a hablar el hombre de voluntad (o.c., p. 19)

Según Weber, los juicios de valor deben estar ausentes de las obras auténticamente científicas. En tanto observador del mundo (social, natural, histórico), el científico ha de guiarse por un único valor epistémico: la verdad. Según Weber, puesto que los valores son culturalmente dependientes, la objetividad de la ciencia sólo puede estar garantizada en la medida en que pueda haber referencia a valores, y sin embargo no haya nunca juicios de valor. Es posible estudiar empíricamente las evaluaciones que hacen los científicos, e incluso analizar cuáles son los valores subyacentes a las mismas, remontándose incluso hasta los valores últimos, pero los científicos no pueden proyectar sus respectivos sistemas de valores al estudio empírico de la realidad. En sus escritos, el hombre de ciencia:

Debe indicar claramente a los lectores dónde y cuándo termina la investigación científica y dónde y cuándo comienza a hablar el hombre de voluntad, es decir, debe indicar en qué momento los argumentos se dirigen al entendimiento y cuándo al sentimiento. La confusión permanente entre la discusión científica de los hechos y el razonamiento axiológico es una de las peculiaridades más nefastas y más frecuentes en los trabajos de nuestra especialidad (M. Weber, Essais sus la théorie de la science, Paris: Plon, 1992, p. 132)

Es decir, «una ciencia empírica no puede enseñar a nadie lo que debe hacer, sino sólo lo que puede hacer y, llegado el caso, lo que quiere hacer» (p. 125).

Según R. N. Proctor, la tesis básica de los neutralistas axiológicos es que «la ciencia puede ser usada para el bien o para el mal; éste es uno de los sentidos de la neutralidad de la ciencia (o de la tecnología); en sí misma no es ni buena ni mala”. El mal uso de la ciencia la hace mala, pero el conocimiento científico en sí es ajeno al ámbito axiológico. Algunos autores matizan esta postura, distinguiendo entre ciencia pura y aplicada: la ciencia pura es axiológicamente neutra, y únicamente la aplicación del conocimiento científico puede estar mediatizada por los valores que rigen esa utilización. Según Proctor, la distinción de finales del XIX entre ciencia pura y aplicada es otra de las tesis concomitantes con la de la neutralidad de la ciencia. De haber malo y bueno en la ciencia, ello radica en las aplicaciones de la ciencia, y en particular en la tecnología, entendida como ciencia aplicada.

Otra tesis coadyuvante, según Proctor, es que las cuestiones éticas, políticas, etc., no deben mezclarse para nada con los problemas científicos porque únicamente contribuyen a “contaminar” la pureza del conocimiento científico.

Una cuarta tesis sería que las ciencias sociales sólo pueden ser ciencias en la medida en que prescindan de cuestiones axiológicas. Un científico social ha de ser políticamente neutral o, cuando menos, debe distinguir claramente su actividad como científico de su actividad como hombre o mujer comprometido/a desde un punto de vista político, ético o religioso.

Proctor considera que la tesis de la neutralidad de la ciencia está asimismo vinculada a otras tesis fundamentales para los estudios sobre la ciencia:

Otros autores, como J. Echevarría, afirman por el contrario que existe un pluralismo axiológico en la ciencia. En la medida en que aceptemos que existen cuatro contexto en la actividad científica (contexto de descubrimiento, de justificación, de educación y de aplicación), los valores que rigen la praxis científica no pueden ser reducidos a algunos de los valores epistémicos que priman en el contexto de descubrimiento. La separación entre hechos y valores resulta, así, obsoleta. Así como los hechos están cargados de teoría, también hay que afirmar que la actividad científica, y por consiguiente las propias teorías, están profundamente influidas por diversos sistemas de valores, que habrá que intentar analizar y elucidar.

Admitir que una filosofía de la ciencia que se haya liberado del prurito cientifista debe partir de un estudio previo de la axiología de la ciencia, antes de llegar a la metodología o a la epistemología, implica aceptar que existen valores muy generales que priman sobre casi toda las praxis científica, incluida la producción de nuevo conocimiento. Entre dichos criterios axiológicos, según Echevarría, están los siguientes:

  1. Los resultados de la actividad científica deben ser públicos, tarde o temprano, y no solo privados

  2. Los resultados de la actividad científica deben ser comunicables y enseñables

  3. El saber científico debe ser accesible a cualquier ser humano, previa educación

  4. La objetividad prima sobre la subjetividad. O si se prefiere, la ciencia debe ser objetiva

  5. En la medida de sus posibilidades, los científicos deben tratar de mejorar lo logrado por sus predecesores.

Según Echevarría estos criterios no incurren en la falacia naturalista porque no están fundados en la naturaleza del ser humano, ni mucho menos en las leyes naturales. Esos valores no se infieren a partir de hechos naturales. Antes al contrario, la consolidación previa de esos valores es lo que posibilita el desarrollo pleno de la actividad científica, tal y como ésta se muestra en las sociedades en donde estos principios tienen plena vigencia. Ni la existencia de la ciencia, ni mucho menos su axiología, están garantizadas por ninguna tendencia natural. En la medida en que estos y otros valores dejen de estar vigentes socialmente, la ciencia podría desaparecer, o cuando menos verse relegada a una marginalidad social. No hay ciencia sin una voluntad social de mantener dicha forma de actividad humana.

2.1.2 El ethos de la ciencia según Merton

Merton define el ethos de la ciencia como

ese complejo, con resonancias afectivas, de valores y normas que se consideran obligatorios para el hombre de ciencia. Las normas se expresan en forma de prescripciones, proscripciones, preferencias y permisos. Se las legitima en base a valores institucionales. Estos imperativos, transmitidos por el precepto y el ejemplo, y reforzados por sanciones, son internalizados en grados diversos por el científico, moldeando su conciencia científica (Merton: Los imperativos institucionales de la ciencia, p. 66)

La ciencia no sólo es un acervo de conocimientos acumulados y un conjunto de métodos conforme a los cuales se logra ese conocimiento, sino que también incluye una serie de prácticas sociales o comunitarias que están regidas por normas, valores, prescripciones y proscripciones. Además de una Epistemología y una Metodología, la Filosofía de la ciencia debe de incluir una Axiología de la ciencia, en la medida en que quiera aproximarse a la práctica científica real. De hecho, la práctica científica está determinada por reglas obligatorias:

Las normas de la ciencia poseen una justificación metodológica, pero son obligatorias, no sólo porque constituyen un procedimiento eficiente, sino también porque se las cree correctas y buenas. Son prescripciones morales tanto como técnicas (La sociología de la ciencia, II, p. 359)

Al dar gran importancia a los objetivos de la ciencia, Merton caracterizó a la ciencia, desde el punto de vista axiológico, en función de una serie de objetivos globales de los que se desprendían los siguientes imperativos institucionales:

El ethos de la ciencia moderna incluye cuatro conjuntos de imperativos institucionales: el universalismo, el comunismo, el desinterés y el escepticismo organizado (Los imperativos institucionales de la ciencia, p. 67)

El universalismo incluye “el canon de que la afirmación que algo es verdad, cualquiera que sea su fuente, debe ser sometida acriterios impersonales preestablecidos”. La raza, la nacionalidad, la religión, la clase y las cualidades personales del científico no deben influir en la aceptación o el rechazo de una propuesta científica. La ciencia es cosmopolita y universalista: “el libre acceso a la búsqueda científica es un imperativo funcional”.

El “comunismo” mertoniano alude a la ciencia como producto de la colaboración social. La actividad científica es cooperativa y competitiva y, consiguientemente, debe ser comunicable. La ciencia moderna se caracteriza por la comunicación total y abierta, y no por el secreto. El reconocimiento y la estima es la única forma de propiedad privada atribuible a los científicos.

2.1.3 La neutralidad de la ciencia según Wittgenstein y el positivismo lógico

Una manera de formular la tesis de la neutralidad científica echa mano, sin más, de una cruda distinción entre hechos y valores y de la diferenciación correspondiente entre afirmaciones de hecho y juicios de valor. Un lugar clásico donde estas distinciones aparecen es el Tractatus Logico-Philosophicus.

En el Tractatus se distingue tajantemente entre las proposicionesy el resto de las expresiones. Las primeras se caracterizan por describirestados de cosas (atribuyen una cierta propiedad a un objeto o afirman la existencia de una cierta relación entre dos o más objetos). Sólo de las proposicionescabe decir que tienen algún valor de verdad, que son verdaderas o falsas. Algunas describen estados de cosas posibles que no se dan, sin embargo, en la realidad, lo que las convierte en falsas. En cambio, aquellas otras proposiciones que describen estados de cosas reales, o hechos del mundo, son verdaderas, y la totalidad de las proposiciones verdaderas constituye la ciencia natural. Por otro lado, aquellas expresiones que no describen estados de cosas ni tienen valor de verdad no poseen significado alguno; tampoco merecen la denominación de “proposiciones” y no pertenecen, en sentido estricto, al lenguaje. A este grupo pertenecen, además de las expresiones metafísicas, los juicios de valor, entre los que el propio Wittgenstein destaca los de la ética. La razón de que estos juicios no puedan describir el mundo (y, por tanto, carezcan de significado) es que «en el mundo todo es como es y sucede como sucede: en él no hay ningún valor» (Tractatus Logico-Philosophicus, 6.41)

Esta concepción del lenguaje y del significado proporciona, al mismo tiempo, una concepción general de la justificación de las proposiciones científicas, de acuerdo con la cual la ciencia tiene que responder únicamente ante dos tribunales: el mundo o realidad, que determina la verdad o falsedad de las proposiciones elementales, y la lógica, cuyas reglas nos permiten enjuiciar la verdad o falsedad de las proposiciones complejas elaboradas a partir de esas proposiciones elementales. Estos dos tribunales pueden identificarse, respectivamente, con los requisitos de correspondenciacon la realidad y de consistencia interna de las afirmaciones de la ciencia. Un corolario de esta forma de ver la ciencia es que un científico honesto y responsable no debería permitir que compromisos distintos de los dos requisitos mencionados interfirieran en la construcción de su descripción del mundo. En particular, el científico meticuloso debería evitar la intromisión de preferencias personales, inclinaciones morales o políticas y, en general, de valores de cualquier clase.

Esta distinción entre proposiciones con significado que describen hechos, por un lado, y juicios de valor sin significado sufre ligeras modificaciones en el contexto de la filosofía positivista. En primer lugar, el criterio de significado experimenta un sutil desplazamiento desde una sensibilidad que podemos llamar ontológica, pues se pregunta principalmente por la verdad de las proposiciones, hacia una sensibilidadepistemológica, interesada en primer término por la justificación de éstas. Ahora el criterio de significado no viene dado tanto por la correspondencia entre proposiciones y hechos cuanto por la verificabilidadde las proposiciones: una proposición tiene significado (cognoscitivo) si es verificable empíricamente, esto es, si es posible establecer su verdad o falsedad por medio de la experiencia sensible. Una segunda diferencia es que los positivistas sustituyen el dictum wittgensteiniano según el cual los juicios de valor carecen de significado por la tesis, sólo en apariencia más piadosa, según la cual tales juicios (en particular, los de la ética) poseen únicamente significado emotivo.

Sin embargo, estas enmiendas positivistas no afectan a la conclusión principal. Lo relevante es que, en ambos casos, la distinción traza una barrera impermeable entre afirmaciones descriptivas (típicamente, las de la ciencia) y aquellas expresiones, valorativas y normativas, que se consideran ausentes del discurso científico y, al tiempo, endémicas en disciplinas como la ética. Las expresiones de la ética, por un lado, no describen la realidad; la ciencia, por su parte, excluye de su campo esos controvertidos, subjetivos y caprichosos juicios de valor con los que han de lidiar los moralistas y críticos de arte.

2.1.4 El objetivo de la ciencia, según Popper

Popper caracterizó su teoría de los objetivos de la ciencia como:

la teoría de que la ciencia busca la verdad y la resolución de problemas de explicación, es decir, que busca teorías de mayor capacidad explicativa, mayor contenido y mayor contrastabilidad (Realismo y el objetivo de la ciencia, p. 40)

En el Prefacio de 1956 al Postscriptum a la Lógica de la investigación científica, Popper afirma que:

No existe método para descubrir una teoría científica

No existe método para cerciorarse de la verdad de una hipótesis científica, es decir, no existe método de verificación

No existe método para averiguar si una hipótesis es “probable” o probablemente verdadera (p. 46)

Estas tesis no implican la negación de que haya una metodología científica. Popper defendió que, por muy diversas que puedan ser unas ciencias de otras, cabe hablar de una metodología científica general; de hecho, Popper propone como método de las ciencias el método hipotético-deductivo, el cual

consiste en ofrecer una explicación causal deductiva y en experimentar (por medio de predicciones). Este ha sido llamado a veces el método hipotético-deductivo, o más a menudo el método de hipótesis, porque no consigue certeza absoluta para ninguna de las proposiciones científicas que experimenta (La miseria del historicismo, p. 146)

Así pues, aunque no dispongamos de métodos para indagar ni para probar la verdad de los enunciados científicos, sí poseemos medios para probar su falsedad. El aumento del conocimiento, o si se prefiere, el progreso científico, depende fundamentalmente de la revisión crítica de nuestras conjeturas previas. Esta tarea no tiene término, pero puede ser llevada adelante. Popper afirmó que no somos prisioneros ni de nuestras mentes ni de las valoraciones, creencias o dogmas de nuestro grupo social. Precisamente por ello la ciencia supera el subjetivismo, por una parte, pero también el comunitarismo, si entendemos por tal la determinación de las creencias (o intereses) de una comunidad científica, puede ejercer en un momento histórico dado sobre la investigación científica:

La discusión racional y el pensamiento crítico no son como los sistemas primitivos de interpretar el mundo; no son un marco al que estamos atados y amarrados. Por el contrario, son los medios para escapar de la prisión, de liberarnos (Realismo y el objetivo de la ciencia., p. 195)

El método de la ciencia se basa esencialmente en la crítica:

las teorías científicas se distinguen de los mitos simplemente en que pueden criticarse y en que están abiertas a modificación a la luz de las críticas. No pueden verificarse ni probabilizarse (ibid., p. 47)

Por consiguiente, sólo cabe hablar de objetividad científica en la medida en que las conjeturas de los científicos han sido debatidas y sometidas a prueba mil veces. La universalidad de la ciencia es un valor continuamente subrayado por Popper, y ello tiene mucho que ver con su teoría del objetivo de la ciencia:

Sugiero que el objetivo de la ciencia es encontrar explicaciones satisfactorias de cualquier cosa que nos parezca a nosotros que necesita explicación. Por una explicación (o una explicación causal) se entiende el conjunto de enunciados, uno de los cuales describe el estado de las cosas a explicar (el explicandum), mientras que los otros, los enunciados explicativos, forman la “explicación”, en el sentido más estricto de la palabra (el explicans del explicandum) (ibid., p. 172)

El explicans debe entrañar lógicamente al explicandumy debe ser verdadero (en el sentido de haber sido contrastado y no haber sido falsado) e independiente del explicandum. Esto último significa que no debe ser una explicación ad hoc ni circular. La búsqueda de este tipo de explicaciones causales es el objetivo principal de todas las ciencias teóricas

La pregunta “¿qué clase de explicación puede ser satisfactoria?” lleva, pues, a la respuesta: una explicación en términos de leyes universales y condiciones iniciales contrastables y falsables. Una explicación de este tipo será tanto más satisfactoria cuanto más contrastables sean esas leyes y cuanto mejor contrastadas hayan sido. (Esto es también lo aplicable a las condiciones iniciales) … esta búsqueda de una grado superior de universalidad, de un grado superior de precisión … está plenamente de acuerdo con la historia y la práctica real de las ciencias teóricas (ibid., p. 174)

La explicación científica preferible, en el sentido de más satisfactoria es aquella que tiene como explicans una ley de la naturaleza.

Para Popper no hay duda de que la ciencia siempre tiende a superarse a sí misma: a mejorar. En su caso, las aplicaciones del conocimiento científico a la transformación del mundo apenas está presente. Sin embargo, la mayor universalidad y la aproximación a la verdad (que es, en último término, el objetivo inalcanzable de la ciencia) suponen un criterio de evaluación de teorías: el objetivo de la ciencia consiste en buscar explicaciones más satisfactorias.

A la teoría de Popper le subyace un fuerte imperativomoral, que es inseparable del objetivo propuesto por él para la ciencia:

Es cierto que dependemos de nuestra educación, nuestras creencias, nuestro conocimiento, nuestras expectativas. Pero también es cierto que no dependemos totalmente de ellos. Es indudable que sólo podemos liberarnos lenta y parcialmente de estas cadenas. Pero no hay límite natural para este proceso de liberación para el aumento del conocimiento (ibid., p. 196)

El racionalismo crítico popperiano está basado en una teoría de lo mejor y de lo peor, y ello no en términos individuales ni culturales ni sociales, sino en términos de humanidad. La falsación y la crítica no sólo son preceptos metodológicos, son también reglas propias del ethos de la ciencia.

Popper concedió mucha importancia a las instituciones científicas y llegó a formular una minuciosa teoría al respecto: la ingeniería social fragmentaria. Ello le llevó a formular una nueva característica universal para todo tipo de ciencias, a saber, su carácter público:

decimos que una experiencia es “pública” cuando todo aquel que quiera tomarse el trabajo de hacerlo puede repetirla … Esto es lo que constituye la objetividad científica. Todo aquel que haya aprendido el procedimiento para comprender y verificar las teorías científicas puede repetir el experimento y juzgar por sí mismo

La actividad de la ciencia debe ser entendida como intersubjetividad. Ahora bien, esta intersubjetividad no es reducible en absoluto a los procesos de consenso y de construcción de hechos (o de lenguajes) que estudian los sociólogos del conocimiento. En el caso de Popper se trata de una intersubjetividad transcultural y transhistórica.

El ethos de la ciencia, tal y como lo concibió Popper, conduce rápidamente a vincular la actividad científica con las formas políticas e institucionales de la sociedad concreta en donde la ciencia se elabora:

En último término, el progreso depende en gran medida de factores políticos, de instituciones políticas que salvaguarden la libertad de pensamiento: de la democracia (La miseria del historicismo, p. 170)

La axiología de la ciencia subyacente a la teoría popperiana del objetivo de la ciencia nos muestra nuevos valores, que él considera fundamentales para el desarrollo de la actividad científica: por ejemplo la libertad de pensamiento y la libertad de crítica. Ello no equivale a decir que la democracia y la libertad sean condiciones necesarias para que haya ciencia; sin embargo, la ciencia siempre ha florecido en mayor medida cuando los regímenes imperantes en las sociedades correspondientes han sido democráticos. A pesar de que la ciencia es una actividad regulada y normativizada, la posibilidad de criticar y de mejorar dichas reglas siempre debe de estar abierta. Para ello sin imprescindibles

las instituciones sociales, creadas para fomentar la objetividad y la imparcialidad científica; por ejemplo, los laboratorios, las publicaciones científicas, los congresos. Este aspecto del método científico nos muestra lo que puede lograrse mediante instituciones ideadas para hacer posible el control público y mediante la expresión abierta de la opinión pública, aun cuando ésta se limite a un círculo de especialistas

Como conclusión de la teoría axiológica de Popper en filosofía de la ciencia citaremos al propio Popper:

La ciencia es el resultado directo del más humano de los esfuerzos humanos, el de liberarnos … La ciencia no tiene autoridad. No es el producto mágico de lo dado, los datos, las observaciones. No es un evangelio de verdad. Es el resultado de nuestros propios esfuerzos y errores. Somos usted y yo los que hacemos la ciencia lo mejor que podemos. Somos usted y yo lo que somos responsables de ella … La bomba atómica (y posiblemente también el llamado “uso pacífico de la energía nuclear” cuyas consecuencias pueden ser incluso peores a largo plazo) nos ha mostrado, pienso yo, la superficialidad del culto a la ciencia como un “instrumento” de nuestro “dominio de la naturaleza”: nos ha mostrado que este dominio, este control, es capaz de autodestruirse y es más capaz de esclavizarnos que de hacernos libres, si no nos elimina por completo. Y aunque merece la pena morir por el conocimiento, no merece la pena morir por el poder … Todo esto puede estar muy trillado. Pero hay que decirlo de vez en cuando. La Primera Guerra Mundial no sólo destruyó la república del saber; estuvo a punto de destruir la ciencia y la tradición del racionalismo, porque hizo a la ciencia técnica, instrumental. Llevó a una especialización creciente y apartó de la ciencia a quienes tendrían que ser sus verdaderos usuarios: el aficionado, el amante de la sabiduría, el ciudadano corriente, responsable, que tiene un deseo de saber. Todo esto empeoró mucho con la Segunda Guerra Mundial y la bomba. Por eso hay que volver a decir estas cosas. Porque nuestras democracias atlánticas no pueden vivir sin ciencia. Su principio fundamental –aparte de ayudar a reducir el sufrimiento– es la verdad (Realismo y el objetivo de la ciencia, p. 300)

2.1.5 Los valores y la ciencia, según Kuhn

Kuhn había afirmado que la elección entre dos paradigmas rivales “no puede resolverse por medio de pruebas (empíricas)”, y ello por varias razones, pero sobre todo por una fundamental, ligada a la inconmensurabilidad

quienes proponen los paradigmas en competencia practicas sus profesiones en mundos diferentes … al practicas sus profesiones en mundos diferentes, los dos grupos de científicos ven cosas diferentes cuando miran en la misma dirección desde un mismo punto (La estructura de las revoluciones científicas)

Entre los científicos que defienden paradigmas opuestos no hay más que una comunicación parcial, sin que la observación o la experimentación sirvan como juez de paz. Consecuentemente, la aceptación de un nuevo paradigma se logra mediante “técnicas de persuasión, argumentos o contraargumentos, en una situación en la que no puede haber pruebas”. Todo lo cual le llevó a concluir que:

Sin criterios que dicten la elección individual lo que tiene que hacerse es confiar en el juicio colectivo de los científicos formados de esa manera (ibid.)

Estas tesis de Kuhn remitían la decisión sobre la validez de una teoría u otra a un criterio pragmático: el juicio que la comunidad científica correspondiente pudiera acabar teniendo al respecto.

¿Cuáles son las características de una buena teoría científica?1Kuhn propuso inicialmente cinco características para dilucidar si una teoría es buena: precisión, coherencia, amplitud, simplicidad y fecundidad:

En primer término, una teoría debe ser precisa: esto es, dentro de su dominio, las consecuencias deducibles de ella deben estar en acuerdo demostrado con los resultados de los experimentos y las observaciones existentes. En segundo lugar, una teoría debe ser coherente, no sólo de manera interna o consigo misma, sino también con otras teorías aceptadas y aplicables a aspectos relacionables de la naturaleza. Tercero, debe ser amplia: en particular las consecuencias de una teoría deben extenderse más allá de las observaciones, leyes o subteorías particulares para las que se destinó en un principio. Cuarto, e íntimamente relacionado con lo anterior, debe ser simple, ordenar fenómenos que, sin ella, y tomados uno por uno, estarían aislados y, en conjunto, serían confusos. Quinto –aspecto algo menos frecuente, pero de importancia especial para las decisiones científicas reales–, una teoría debe ser fecunda, esto es, debe dar lugar a nuevos resultados de investigación: debe revelar fenómenos nuevos o relaciones no observadas antes entre las cosas que ya se saben (ibid.)

Ninguno de estos criterios basta por sí solo para elegir entre dos paradigmas rivales. Y lo que es más: esa lista de criterios resulta ambigua a la hora de ser aplicada, tanto individual como colectivamente. Dos científicos distintos pueden obtener valoraciones diferentes respecto de una misma teoría a pesar de usar un mismo criterio. Y desde un punto de vista colectivo, algunos criterios pueden oponerse a otros a la hora de evaluar teorías. Por eso Kuhn concluyó que:

toda elección individual entre teorías rivales depende de una mezcla de factores objetivos y subjetivos, o de criterios compartidos y criterios individuales. Como esos últimos no han figurado en la filosofía de la ciencia, mi insistencia en ellos ha hecho que mis críticos no vean mi creencia en los factores objetivos (ibid)

El proceso de evaluación de teorías científicas rivales resulta ser mucho más complejo de lo que creyó la filosofía empirista de la ciencia. La valoración de un descubrimiento o de una nueva aportación científica no se lleva a cabo en función de un criterio único. Los científicos poseen sus propias tablas de valores a la hora de enjuiciar las innovaciones, y por eso hay que distinguir entre “criterios, reglas, máximas y valores”.

Los criterios de elección entre teorías funcionan como valores incompletos, y no como reglas de decisión. Científicos adscritos a los mismos valores pueden hacer valoraciones muy distintas de las teorías porque la aplicación de esos valores a la hora de enjuiciar las innovaciones científicas no es determinista, ni individual ni colectivamente. Si a la lista de cinco le añadiéramos un sexto valor, la utilidad social, las elecciones cambiarían, pareciéndose más a las que podría hacer un ingeniero: “las diferentes disciplinas se caracterizan, entre otras cosas, por conjuntos diferentes de valores compartidos”.

La racionalidad científica depende así de una pluralidad de valores compartidos, cuya combinación fluctuante suscita la elección e una teorías frente a otras. Para Kuhn no existe ningún algoritmo compartido de elección racional que pudiera dilucidar sobre la mayor o menor cientificidad de las teorías científicas. La actividad científica en el contexto de descubrimiento está regida por una pluralidad de valores, cada uno de los cuales genera criterios y reglas de evaluación diversos según los diferentes científicos y equipos investigadores.

La constatación de que la investigación científica, y en concreto la elección entre teorías rivales, que Kuhn consideró como un “problema filosófico primordial”, está regida por una pluralidad de valores como los siguientes: precisión, coherencia, universalidad, simplicidad, fecundidad, ajuste a la naturaleza, utilidad social, etc.

Esta axiología de la ciencia tiene tres características: no es una axiología monista, no es reduccionista, no es fundacionista. Según Kuhn, los valores que orientan la actividad investigadora de los científicos no determinan sus opciones teóricas ni sus criterios de elección, sino que simplemente influyen sobre los mismos. Lo esencial es buscar un cierto equilibrio, que simplemente será dinámico, entre las diversas tentativas de realización de esos valores que los científicos pueden llevar a cabo a través de sus investigaciones y de sus propuestas teóricas. La ciencia no tiene un objetivo único del tipo “aproximarse a la verdad”, “conocer el mundo natural”, “resolver problemas”, etc. La actividad científica está regida en el contexto de investigación por una pluralidad de valores.

Los valores científicos han cambiado a lo largo de la historia, tanto por su gradación como por su expansión. Algunos valores adquieren mayor peso en determinadas circunstancias históricas. Otros se propagan de unas disciplinas a otras, contribuyendo poderosamente a la aparición de nuevas disciplinas científicas. No cabe hablar de una tabla permanente de valores científicos, lo que Kuhn propone es un estudio histórico de los mismos. La racionalidad de la ciencia ha de basarse en una axiología de la ciencia, y no sólo en una metodología ni en una epistemología.

2.1.6 Putnam

En Razón, verdad e historia Putnam afirma la objetividad de los valores epistémicos de la ciencia, y amplía esta tesis inicial a los restantes valores, incluidos los valores éticos. Putnam se opone frontalmente a la concepción subjetivista de los valores y en concreto a la teoría emocionalista, que tiende a identificar los valores con la expresión de nuestras propias emociones.

Russell escribió en Religión y ciencia que «cuestiones como los “valores” se encuentran fuera del dominio de la ciencia», e incluso que «están enteramente fuera del dominio del conocimiento; es decir, cuando afirmamos que esto o aquello tiene “valor”, estamos dando expresión a nuestras propias emociones, no a un hecho que seguiría siendo cierto aunque nuestros sentimientos personales fueran diferentes. Russell afirmó que:

Si el análisis anterior es correcto, la ética no contiene afirmaciones, ya sea verdaderas o falsas, sino que consiste en deseos de cierta clase general, a saber: aquellos que conciernen a los deseos de la humanidad en general –y de los dioses, ángeles y demonios, si existen– [...] La teoría por la que he estado abogando es una forma de la doctrina llamada de la “subjetividad” de los valores. Esta doctrina consiste en sostener que, si dos hombres difieren sobre los valores, no hay desacuerdo respecto a ninguna clase de verdad, sino una diferencia de gusto.

Concluyo que si es cierto que la ciencia no decide cuestiones de valor, es porque escapan en absoluto a la decisión intelectual y se encuentran fuera del reino de la verdad y la falsedad. Todo conocimiento accesible debe ser alcanzado por métodos científicos, y lo que la ciencia no alcanza a descubrir, la humanidad no logra conocerlo (Religión y ciencia, México, FCE, 1965, p. 158)

Contrariamente a Russell, Putnam ha afirmado la objetividad de algunos valores (y no sólo los epistémicos, sino también los éticos), así como el entrecruzamiento entre hecho y valor en la actividad científica. Putnam ha afirmado que «sin los valores cognitivos de coherencia, simplicidad y eficacia instrumental no tenemos ni mundo ni hechos, y ni siquiera hechos sobre qué es relativo a qué» (“Beyond the Fact-Value Dichotomy”, Crítica, XIV, 41 (1982), pp. 8-9)

Putnam no duda en afirmar que «la dicotomía hecho-valor carece de base racional», o más tajantemente: «un ser sin valores tampoco tiene hechos». Así como toda observación de hechos empíricos está cargada de teoría, así también está cargada de valores. Los valores cognitivos (coherencia, verdad, simplicidad, etc.) son buena prueba de ello, en todo lo que se refiere a la búsqueda de conocimiento científico.

2.1.7 El modelo de Laudan

Laudan propone un modelo que proporciona una visión “gradualista” o “evolutiva” del cambio científico. Si bien este modelo recoge la existencia de cambios en todos y cada uno de los niveles de la construcción científica, sin embargo, sustituye la idea de una “conversión” global por la de revisiones sucesivas en cada uno de los niveles de la ciencia, unas revisiones que los practicantes de esta acuerdan racionalmente sobre la base de su consenso provisional acerca de los restantes niveles.

La propuesta de Laudan está motivada por el intento de proporcionar una descripción de la racionalidad científica que permita explicar tanto el asombroso grado de consenso existente entre los científicos como la persistencia de importantes desacuerdos a lo largo de la historia de la ciencia. Según Laudan los filósofos sociólogos de la ciencia de los años 1930-1950 mostraron una clara predilección por subrayar el éxito de la ciencia en promover el acuerdo general en torno a sus resultados pero obviaron la presencia de incómodos desacuerdos que no siempre parecen atribuibles a causas transitorias como la falta de suficiente evidencia empírica. Por el contrario, los filósofos y sociólogos de la ciencia posteriores, primordialmente interesados en señalar lo extendido del disenso entre los científicos, parecen incapaces de explicar la existencia de una asombrosamente amplia base de consenso sobre la cual la comunidad científica puede edificar sus discrepancias. Así pues, parece que ambos grupos ofrecen una visión insuficiente del debate científico, lo que hace necesario buscar un nuevo modelo para la descripción de éste.

Los miembros de los dos grupos mencionados comparten un presupuesto importante. En este encuentra Laudan el principal defecto de ambas exposiciones. Ambos grupos presuponen lo que Laudan denomina un modelo jerárquicode la justificación epistémica. Este modelo se caracteriza por distinguir tres niveles superpuestos de debate científico y por remitir los desacuerdos surgidos en cada nivel (con excepción del nivel más alto) al estadio inmediatamente superior. Esos tres niveles son:

  1. Nivel fáctico. Constituido por las hipótesis y teorías que procuran describir la realidad de la forma más adecuada posible. En este nivel surgen, con frecuencia, desacuerdos acerca de si una determinada descripción parcial del mundo es o no correcta

  2. Nivel metodológico. Proporciona procedimientos para la resolución de esos desacuerdos. Dentro de este nivel metodológico los científicos encuentran habitualmente normas compartidas que, cuando son lo suficientemente específicas, conducirán a la obtención de evidencia adicional que permita inclinar la balanza en favor de una de las hipótesis en disputa. Pero tampoco este nivel está libre de discrepancia: científicos y filósofos de la ciencia han aplicado y propuesto, respectivamente, principios mitológicos que chocan con los aplicados y propuestos por otros científicos y filósofos.

  3. Nivel axiológico. En este se estipulan ciertos objetivos o valores epistémicos últimos de la investigación científica. Puesto que los principios metodológicos del segundo nivel pueden ser entendidos como medios para la consecución de ciertos fines, bastará, para saldar el desacuerdo, averiguar cuáles, de entre las propuestas metodológicas en disputa, promueven más eficazmente, de hecho, la realización de esos fines.

De acuerdo con este modelo, los valores del nivel axiológico no están sujetos al juego de incesantes reajustes internos que caracteriza al cambio científico. Para ciertos defensores del modelo jerárquico esos valores epistémicos últimos, por lo que al juego de la ciencia respecta, han de considerarse fijos, y definen de hecho el ámbito de lo que entendemos por ciencia. Si cambiáramos nuestros objetivos, simplemente cambiemos de juego. En cuanto a la elección de los objetivos últimos del juego, nuestra opción es puramente emotiva y convencional: no hay debate racional posible, y menos aún debate científico posible, acerca de los fines últimos de la ciencia. En el caso de Kuhn, se reconocen las discrepancias radicales de valores en la ciencia, pero, en cualquier caso, no se concibe la posibilidad de debate científico racional entre los que se adhirieron a un paradigma (con sus teorías, sus principios metodológicos y sus objetivos epistémicos propios) y los que se adhirieron a otro.

La propuesta de Laudan se resume en la sustitución de este modelo jerárquico por un modelo reticulado de la racionalidad y el cambio científicos. Este dibuja un mapa algo más complejo de las interrelaciones entre los distintos niveles científicos. En el modelo jerárquico las relaciones de justificación operan en un solo sentido: las teorías del nivel fáctico buscan su justificación en los principios del nivel metodológico y éstos en los valores del nivel axiológico (que, al no existir nivel superior, quedan sin justificación racional). En cambio, el modelo reticulado describe el cambio científico como el resultado de una incesante interpelación entre los tres niveles mencionados. Así, según Laudan, consideraciones fácticas intervienen en la justificación de las normas metodológicas; de este modo, la prioridad tradicional de las reglas sobre las teorías se desvanece, para dar paso a una relación más compleja de interpelación y justificación mutuas. Los contenidos del nivel fáctico también imponen limitaciones a los valores epistémicos incluidos dentro del nivel axiológico. En concreto, Laudan menciona dos limitaciones de este tipo que permitirían cuestionar un cierto valor epistémicos propuesto como uno de los objetivos últimos de la ciencia: el carácter irrealizable del fin propuesto y la discordancia de éste con los objetivos implícitos en nuestras prácticas científicas.

El modelo de Laudan choca con el esencialismo del modelo jerárquico y con el de cualquier otro modelo que intente preservar algún elemento intocable dentro de alguno de los tres niveles descritos. Pues si tanto las teorías como los métodos y los valores epistémicos que en cada momento histórico encontramos en la ciencia son resultado de un incesante proceso de reajuste entre los elementos pertenecientes a cada uno de estos tres grupos, entonces cualquier elemento es, al menos en principio, inmune a una posible revisión. Naturalmente, ninguna teoría científica puede darse por definitivamente verdadera con absoluta certeza; pero tampoco cabe pensar en ningún principio metodológico como parte de un supuesto núcleo irrenunciable del método científico; ni siquiera tiene sentido intentar definir la esencia de la ciencia invocando algún noble valor epistémico que deba presidir toda indagación científica.

A pesar de que los planteamientos de Laudan socavan el esencialismo hay un rasgo notable en su modelo que permite salvar la tesis de la neutralidad y que, incluso, lo hace compatible con una cierta forma de esencialismo. Ese rasgo consiste en lo que podemos llamar el internalismode ese modelo. En el esquema de Laudan el cambio científico es el resultado de los reajustes internos entre los niveles fáctico, metodológico y axiológico, y el nivel axiológico incluye únicamente lo que se denominan valores epistémicos o cognoscitivos. De este modo, al menos por omisión, Laudan es encuadrable entre aquellos autores que, reconociendo la presencia de valores epistémicos en la ciencia, ignoran la relación de la ciencia con valores no estrictamente epistémicos y, de esta forma, dibujan una pintura de la ciencia como un procesoautónomo con respecto al contexto social.

¿Puede una descripción puramente internalista como la de Laudan, dar cuenta adecuadamente de la racionalidad y el cambio científicos? Lo sería si la ciencia pudiera considerarse un proceso completamente autónomo con respecto a determinaciones sociales externas a ella misma. Sin embargo, parece que ocurre lo contrario. Diversas investigaciones históricas y sociológicas han puesto de manifiesto que los valores prácticos socialmente dominantes (morales o de otro tipo) acaban repercutiendo en los métodos y en los contenidos de la ciencia, bien contribuyendo a seleccionar los objetivos epistémicos que predominan en una determinada fase de la actividad científica, bien suplantando a éstos en el proceso de resolución de los debates científicos.

No solo la actividad y la metodología científicas, sino incluso los resultados aceptados por una determinada comunidad de investigadores pueden verse afectados por los objetivos prácticos de esa comunidad, a través de la influencia que esos objetivos prácticos ejercen sobre los valores epistémicos aceptados.

2.2 El valor de la ciencia: ciencia “buena” y ciencia “mala”

La cuestión del valor de la ciencia puede dividirse en dos: 1) por una lado, podemos considerar la empresa científica como un todo (en sus distintos aspectos) de acuerdo con el valor o desvalor que produzca (lo cual se refiere al efecto de la ciencia sobre la vida nacional, la economía, la política, la paz y la guerra, y todos los aspectos de la vida y la supervivencia humanas, a los que tan estrechamente está unida); 2) por otra parte, podemos estudiar de qué manera la misma actividad del trabajo científico engendra ciertas normas valorativas referentes a la verdad, la conducta correcta y la satisfacción estética. Entonces se nos presentan cuestiones como éstas: ¿es que las normas de la objetividad científica, de las actitudes críticas o escépticas frente a la ciencia, de lo que constituyen pruebas y contrastaciones experimentales, de la modestia científica y de la autocrítica rigurosa tienen por sí mismas a constituir una ética científica peculiar? ¿Es que los raseros de economía en la formulación, de sistematicidad y de buena ordenación, así como los aspectos de intuición creadora de los descubrimientos científicos, nos sugieren una estética científica particular?

En su consecuencia más positiva, tales rasgos de la ciencia muestran en verdad un humanitario ideal de conducta humana, de moderación intelectual y de apertura mental. A lo largo de gran parte de su historia, se ha definido la ciencia, en un sentido amplio, como pensamiento racional; pero la ambivalencia con respecto a ella se muestra también en esa otra imagen del científico como el diablo, como ser amoralmente racional, como el Frankenstein que produce el monstruo que lo destruirá a él mismo y a todos con él. Y, en la medida en que también esta actitud tiene sus raíces en la práctica antihumana de algunos científicos que, como los médicos nazis, olvidaron que eran seres humanos, compromete todo el punto de vista de una ética científica.

Así, R.S. Cohen afirma:

La verdad es amarga. La ciencia ya no es el esclarecedor aliado del progreso humano que antaño parecía ser, y el hombre humanitario contemplará con cautela todo modelo de orden social científicamente racionalizado, una devoción excesivamente estricta a los hechos, y un enfoque de los recursos intelectuales demasiado centrado sobre los propios campos técnicos que han permitido la mecanización de la vida y la cultura humanas … Volvemos a darnos cuenta que la ciencia es moralmente neutral: no ha sido automáticamente una fuerza a favor del bien … Además, la aplicación de la ciencia al estudio de la sociedad y de la historia no es garantía de un compromiso humanitario en la comunidad científica, ni de una sabiduría moral dentro del conocimiento científico

La relación entre el conocimiento científico y el uso de ese conocimiento para fines humanitarios nos plantea la cuestión práctica de la relación entre los hechos y los valores. Según un punto de vista, la ciencia es conocimiento de hechos, que sólo sirve como instrumento para el logro de fines, mientras que la elección de los fines a lograr no pertenece al dominio del científico, sino al del moralista, del artista o del ciudadano: cuando el científico hace juicios valorativos, se quita el sombrero de científico y se pone el de moralista, o el de ciudadano. La relación entre medios y fines orientaría así la relación entre la ciencia y los valores hacia lo que parece ser una dicotomía entre conocimiento cognoscitivo y juicio valorativo; y, de acuerdo con esta tesis, cuando el científico tiene puesto su sombrero de tal no es más que el realizador de unos fines elegidos, o el crítico de la posibilidad de su realización.; lo que le compete es la verdad y la validez de los conocimientos, así como su utilización como un instrumento; pero cómoy si no son lo mismo que por qué (en el sentido de razones para elegir esta o aquella meta).

El contraargumento que cabe oponer es que la actividad científica no es meramente una cuestión abstraída del “conocimiento en sí”, sino que constantemente arrastra el uso de este conocimiento: decir que la ciencia es moralmente neutral es un enunciado analítico, si por ciencia significamos “conocimiento abstraído de su propio uso”; pero entonces no estamos hablando de la ciencia real, en su actividad concreta. El científico es siempre algo más que entendimiento o indagar desencarnado; no existe ninguna razón no normativa para la neutralidad científica, salvo la de que sirve a los fines del progreso científico. Así pues, la propia condición de neutralidad presupone algún fin o una elección de metas, cosa que es, en último término, valorativa.

2.3 Ciencia y técnica

Las primeras concepciones científicas que consideramos afines a nuestra tradición surgen en el seno del pensamiento griego. Si atendemos a la consideración merecida por sus clásicos nos percatamos de la aparente actitud despectiva que éstos conceden a la técnica. Ésta, en tanto que capacidad transformadora de la naturaleza aún en pequeña escala, se corresponde con un estatus inferior de la actividad racional humana. La tarea artesanal se aprecia como distante de la más noble empresa humana: la ciencia. Tenemos así una doble vertiente en la actividad racional humana: una científica y otra técnica. La primera, superior, pretende articular una red especular ante el mundo, que dé cuenta de sus relaciones y de su estructura en modo teórico, contemplativamente. Tal planteamiento no supone ninguna controversia en cuanto a su valor moral: la descripción puede resultar racionalmente discutible en tanto que afortunada como tal o no, es decir, determinando el grado de ajuste entre la estructura lingüística que describe y el mundo descrito, pero no cabe atribuirle bondad o maldad en sí, sencillamente desde un punto de vista ético es neutra. El mundo clásico aún concebía el cosmos como orden inmutable a descubrir, como regularidad por encima del hombre desde la eternidad.

En el seno de la modernidad tales concepciones conocen una profunda transformación. La nueva ciencia pretende articularse desde la matemática y desde la experimentación. El mundo no queda preñado de significados que el lenguaje refleja, sino que comienza a revelarse como escenario para la acción. La ciencia antigua, teórica, y la técnica emprenden su andadura juntas, donde aquella crea modelos, realidad matematizable de la naturaleza sobre la que es posible operar como un esquema repetible y objetivable. De este modo tal ligazón determina la imposibilidad de hablar de ciencia y técnica como sistemas diversos, necesitando acudir al término englobador de “tecnociencia”. La ciencia antigua, contemplativa, pretendía la reflexión sobre lo real como dado desde lo eterno o desde la creación de un dios trascendente en el pensamiento cristiano. La nueva tecnociencia aspira a la representación de un modelo operable. La naturaleza debe mostrarse calculable en términos matemáticos y físicos que permitan la experimentación. La dedicación al hallazgo de la esencia constituía el quehacer científico y filosófico: encontrar el signo distintivo desde donde formar una ontología. El modo novedoso insiste en atender al grado de manipulabilidad de los entes dado que pueden ser transformados. La tecnociencia moderna se convierte en una suerte de creador de los entes que, simultáneamente, analiza. El propio concepto de “verdad”, que tradicionalmente se sostiene sobre la adecuada correspondencia entre el lenguaje y el mundo, se sustituye ahora por aquél que se construye en la polaridad acierto-error para la finalidad de la eficacia técnica.

La tradición del pensamiento y de la cultura occidentales ha propiciado y perpetuado una visión singular en lo que concierne a la situación del hombre en el cosmos. El hombre se ha constituido en el centro del cosmos, sobre todo desde la famosa proclama de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Este antropocentrismo pretende situar al hombre como cúlmen de la actividad cósmica, bien desde la creación deliberada de la divinidad, bien en el curso de la evolución natural. En esta amplia corriente se tiende a concebir la técnica como un recurso instrumental del ser humano, una extensión funcional de los órganos naturales del hombre. Esta idea se sostiene como la confianza en un dominio humano sobre la naturaleza, hostil y proveedora de no pocos males y sufrimientos para el hombre, distanciado éste del entorno, aun cuando ligado a él en tanto que hábitat necesario.

Una vertiente distinta, pero igualmente antropocéntrica, es aquella que sostiene que la atención a la naturaleza ha de constituir un principio indiscutible, teniendo en cuenta lo pernicioso del abuso de aquello que de ella emana para nuestra utilidad. Es fácil advertir que tal interés por la naturaleza proviene del servicio que ella hace al hombre.

El hombre moderno conforma la técnica como el gran instrumento de sí mismo, erigido en el ingeniero, en el gran constructor racional. La Ilustración aún dotará de mayor grandeza el papel de la técnica en tanto que ésta sirve al hombre de medio para su autoafirmación en el mundo, para su liberación de la miseria y del oscurantismo en pro de la consecución de los más altos logros a los que está llamado.

Simultáneamente, no obstante, se alza la discrepancia ante esta consideración de la técnica, advirtiendo de los peligros de la despersonalización y de la funcionalización del hombre en la relevancia de la técnica.

No obstante, en ambos casos vemos un punto de vista englobador de las perspectivas de corte antropocéntrico, esto es, el hombre ocupa el centro de una relación en donde la técnica es su instrumento que puede o no revertir negativamente en aquél. El antropocentrismo como modo de abordar el papel de la técnica en nuestra civilización insiste, hoy día, en el modo en que debe conformarse la técnica a la estructura política y a sus demandas. Surge así el concepto de “tecnocracia”, definido como “el ejercicio del poder de decisión y organización (en el ámbito de la economía, la industria y el comercio, el Estado o la gran empresa) de un pequeño grupo de hombres de formación técnica que aceptan la disciplina jerárquica y están, generalmente, colocados bajo la autoridad de un jefe”.

2.4 Naturaleza e invención

El principal motivo que alienta la sospecha de que la técnica bien puede no ser un mero instrumento es observar el hecho de que la tecnociencia produce una posibilidad para la reinvención del hombre y del mundo. El pretendido orden natural puede quedar transmutado. El primitivo afán de la ciencia de ofrecer el reflejo del mundo queda lejos. Biología y tecnología comienzan a confundirse y a producir entes diversos de novedosa identidad. El mismo hombre puede optar por su propia manipulación y modificar la tradicional concepción de su naturaleza y de su esencia.

Estas posibilidades abruman la conciencia común y provocan una alarma popular confusa ante las bondades evidentes del progreso técnico y la alternativa no sólo de la destrucción del planeta, sino de la reconversión del ser humano en un ente irreconocible

2.5 Posibilidad y responsabilidad

La proyección hacia delante de la tecnociencia es una de sus características más evidentes: se nutre a sí misma de sus propios avances, de su reparación de errores funcionales en el curso de una pretendida línea progresiva. Lo que aparece ante nosotros es un mundo abierto a las nuevas creaciones y construcciones de la técnica. Las mismas teorías científicas parecen avalar que la impredecibilidad constituye el principal rasgo de la interacción de estructuras complejas. Ante esto, cabe preguntarse por la posible responsabilidad ante lo que se puede hacer y lo que cabe aguardar del desarrollo tecnocientífico.

El antropocentrismo insiste en la dependencia de la técnica con respecto al hombre, en tanto éste es quien la ha concebido y creado para su servicio particular y en su provecho y beneficio. Los que se sitúan en una posición no antropocéntrica conciben su análisis de la posible independencia de la tecnociencia desde una perspectiva más amplia en el tiempo: el hombre resulta del juego de las fuerzas del universo en la creación de entes; de este modo bien pudiera ser que el hombre fuese una forma instrumental más del cosmos en su actuación, siendo la tecnociencia el modo de recreación del universo con el hombre como medio y no como responsable último.

En resumen, la situación actual de las concepciones sobre la tecnociencia se divide en dos grupos que aglutinan, en el primero, a los afines al antropocentrismo para los cuales el cambio tecnológico supone una actividad completa y racionalizada donde cada innovación y mejora es seleccionada conscientemente para un fin determinado por el hombre como rector y creador; en el segundo, a aquellos que se muestran acordes con una interpretación evolucionista total en la que la técnica y sus cambios se manifiestan en un proceso “ciego de éxitos y errores, al que se añaden, progresivamente, pequeñas modificaciones aleatorias pero, casi, mecánicamente seleccionadas”.

Los defensores del postulado antropocentrista indican contra los evolucionistas que éstos no advierten la influencia de la economía y la sociedad sobre el progreso técnico; no se puede, arguyen, establecer rigurosamente una analogía entre la evolución biológica y la evolución técnica en tanto que la última no participa del azar en la adaptación de los seres vivos al medio, sino que es el modo de adaptar el medio a la especie humana de forma cultura.

La pregunta fundamental, una vez vistas las posibilidades de la técnica, y sus problemas, es esta: ¿qué debemos hacer con nuestra especie una vez entrevistas las acciones que es posible abordar desde la tarea técnica?. Las respuestas posibles parecen ser tres:

2.6 Tecnofobias y tecnofilias

Con respecto a la actividad científico-técnica, G. Hottois distingue tres posiciones, a las que podemos denominar tecnofobia metafísica, humanismo tecnófilo y tecnofilia evolucionista. Veamos cada una de ellas.

2.6.1 Tecnofobia metafísica

La tecnofobia presenta aspectos comunes a la filosofía y a la religión. Hunde sus raíces en la mitología: la Caída, la Torre de Babel, Icaro, Prometeo... Alimenta el imaginario artístico y crea mitos modernos: Fausto, Frankenstein. Su idea básica es la imposibilidad de superar la condición humana, caracterizada por la finitud. El límite es a la vez una imposibilidad y una prohibición. Pretender transgredirlo no sólo lleva al fracaso, sino también al castigo. En general, fracaso y castigo adoptan la forma de una catástrofe, que es la respuesta de la naturaleza o de dios a la desmesura, desmesura que consiste en querer “jugar a ser dios”, comportarse como creador cósmico, cuando el hombre sólo es una criatura y únicamente dios y la naturaleza son auténtica y legítimamente creadores.

La tecnofobia está estrechamente asociada a la institución de la filosofía. Esta es idealista (Platón); promueve el lenguaje y la mirada, no la acción y el trabajo. La victoria sobre la muerte (y sobre todo aquello que la condición humana tiene de insuperable: sufrimientos, accidentes...) se logra mediante la unión imaginaria a un mundo estable, eterno, necesario, no material, que es el verdadero mundo y la verdadera patria de la humanidad. En consecuencia, ésta no tiene por qué preocuparse por modificar su condición material, cuyos límites también han sido fijados de manera inmutable. El hombre se libera de su miseria y “se eterniza” dedicándose a la contemplación del mundo trascendente. La tecnofobia se acompaña de la primacía del homo loquax (el hombre hablante) sobre el homo faber(el hombre trabajador). Religión y filosofía son solidarias de una cierta forma de vida que privilegia la simbolización, la actividad introvertida (el discurso interior) y el retiro de carga afectiva del mundo. Se dice que esta forma de existencia favorece la “vida del espíritu”, lo único digno del ser humano. Un representante destacado de esta tradición es Hans Jonas.

2.6.1.1 Hans Jonas

Según Jonas, la acción humana ha cambiado profundamente en las últimas décadas. Esta transformación se debe a los desarrollos tecnocientíficos y a la dimensión colectiva de la acción. Como consecuencia de esta transformación, la naturaleza y la humanidad están en peligro:

Los riesgos asociados a las tecnociencias habrían sido limitados de no haberse impuesto, al mismo tiempo que la tecnociencia, un estado de espíritu nihilista. Esto quiere decir:

Según Jonas, el humanismo y todos sus valores (libertades individuales, fe en el progreso de las ciencias y de las técnicas, tolerancia, pluralismo, libre examen, democracia...) dependen del nihilismo. Para el humanista sólo el hombre es fuente de sentido, de valores y de finalidades. Pero el humanismo no puede ofrecer una defensa segura del exceso de la tendencia (el nihilismo) de la que él mismo forma parte. El humanismo confía en la posibilidad de modificar la condición humana y se siente tentado de echar mano a todas las posibilidades tecnocientíficas y políticas que ayuden a la emancipación de la humanidad respecto de las servidumbres de la finitud. La alianza del humanismo y el materialismo es una de las fuentes principales de explotación de la biosfera. No hay que esperar que la democracia ni la opinión pública eviten las catástrofes con el fin de garantizar el futuro de la naturaleza y de la humanidad. El hombre solo no es capaz de asegurar el valor y la supervivencia de la humanidad. Por tanto, es imperioso garantizar de otra manera –con independencia de los hombres y, llegado el caso, contra su voluntad (la libertad)– el valor y la supervivencia del hombre. Esta garantía debe ser absoluta, no dependiente del deseo individual o colectivo; debe ser teológica, o por lo menos ontológica o metafísica.

Es necesaria la fundación absoluta del valor de la humanidad, tal como existe y ha existido siempre; tal fundación se apoya en una concepción finalista de la naturaleza, que combina motivos aristotélicos y evolucionistas:

La conclusión de Jonas es que el nihilismo y las tecnociencias que obedecen al imperativo técnico van contra este ejercicio esencialmente simbólico de la libertad humana en el respeto a un orden natural, ontológico o incluso teológico. Contra este imperativo es menester afirmar otro imperativo, fundado en la naturaleza misma de las cosas y que se enuncia así:

Actúa de tal manera que las consecuencias de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana en la Tierra (El principio de responsabilidad)

¿Cómo se lleva esto a cabo? Según Jonas, en nuestras acciones deberíamos guiarnos por una heurística del miedo. La heurística del miedo lleva a detener toda empresa tecno-científica de la que se puedan imaginar consecuencias “contra natura” en forma de eventual abuso, extravíos o patinazos.

Pero, ¿quién debe guiar tal heurística? No hay que esperar que la gente, la opinión pública, se ponga espontáneamente del lado de la contención, la moderación y la prudencia, especialmente en una civilización que valora el consumo de la novedad y que mantiene la utopía del progreso ilimitado. El pueblo es como un niño irresponsable al que hay que guiar. El modelo de la ética de la responsabilidad, según Jonas, es expresamente paternalista. Implica que se actúe en bien de los otros y, llegado el caso, a pesar de ellos. El poder debe ir a manos de un gobierno de sabios esclarecidos por la heurística del miedo y capaz de imponer las medidas de salvación. La legitimidad de tal gobierno se basa en la “naturaleza de las cosas”. La naturaleza de las cosas se impone apenas se ha comprendido la realidad y la naturaleza del “peligro absoluto” (nihilismo y tecnocracia) y se ha adherido a una metafísica finalista. Por tanto, el filósofo es quien legitima el poder político llamado a salvar a la humanidad del nihilismo tecnocientífico en el cual la modernidad ha embarcado.

2.6.2 El humanismo tecnófilo

La tecnofilia expresa una apreciación positiva de la técnica. Aunque se la puede encontrar en todas las épocas, sólo revistió real importancia a partir del siglo XVIII con la filosofía de la Ilustración. Su forma general es un instrumentalismo antropocéntrico. Se definen las técnicas como un conjunto de instrumentos, de medios, de herramientas al servicio de la humanidad. La técnica no tiene sentido ni legitimidad si no es en relación con una cierta concepción del hombre que determina la “verdadera naturaleza humana”, sus “necesidades auténticas”. La técnica debe permitir la satisfacción de éstas y, en consecuencia, la expansión del ser humano.

El humanismo tecnófilo alimenta una confianza optimista en la naturaleza humana, que es fundamentalmente buena. Los problemas de la humanidad son, por tanto, problemas técnicos, solucionables gracias al desarrollo de las artes y las ciencias. Estos problemas son relativos a la naturaleza (que debe ser dominada y explotada por y para el hombre) y a la sociedad (que es menester organizar de una manera justa y funcional con particular atención a la educación). El progreso de las ciencias y de las técnicas coincide con el de la humanidad y el desarrollo de una “cultura tecnocientífica” universal. Este progreso es escatológico, tiene una finalidad que coincide con el fin de la historia, la utopía realizada. Aunque no se le pueda anticipar con precisión, este fin será un estado de equilibrio y de reconciliación: del hombre con la naturaleza, de los seres humanos entre sí y de cada uno consigo mismo.

El humanismo tecnófilo no reclama ninguna remodelación esencial de la naturaleza humana: cree en su expansión feliz. El hombre es fundamentalmente zoon logon ekhon, el ser vivo hablante o simbolizante, que, merced a la manipulación técnica de su condición material y social, disfrutará feliz y plenamente de su esencia: vivir la vida del espíritu, la vida simbólica, pero en la Tierra y durante el tiempo limitado que dure su existencia. El humanismo tecnófilo considera posible una finitud feliz, universalmente reconciliada y desprovista de toda nostalgia de los supramundos. Entre sus representantes destaca Gilbert Simondon.

2.6.2.1 Gilbert Simondon

Según C. P. Snow (Las dos cultural y un segundo enfoque, Madrid, Alianza, 1997) nuestra civilización estaría divida entre dos culturas: la tradicional, principalmente literaria, y la científica y técnica. Desgarrado entre estas dos tendencias incapaces de comunicarse entre sí, el mundo contemporáneo parece irremediablemente esquizofrénico:

Simondon ve en la división entre ciencias-técnicas y culturas tradicionales el problema fundamental de nuestra civilización. Según él, no hay oposición esencial entre tecnociencia y cultura. Normalmente, la cultura es una interfaz, simbólica en gran parte, entre el ser humano y su medio, que hace posible relaciones y comunicación adaptadas. Ahora bien, la cultura (literaria, filológica) que tan ampliamente se sigue enseñando y teniendo por “la auténtica cultura”, ya es anacrónica. El problema es el de un desfase de la cultura dominante en relación con el medio real y actual. La tecnocientofobia no es más que el defecto de una mala representación del universo tecnocientífico que se siente incomprensible, incontrolable y extraño a una sensibilidad heredera del pasado, una cultura obsoleta, incapaz de seguir asegurando su papel regulador. En esta situación de bloqueo y de disociación se demoniza a la tecnociencia, pues la cultura disponible no permite simbolizarla de una manera apropiada.

El remedio debe proceder del intento progresivo de una nueva cultura armónica con el mundo tecnocientífico y susceptible de desempeñar el papel de interfaz entre el ser humano y éste.

Simondon ofrece una valoración positiva de la cultura tecno-científica, basada en los siguientes puntos:

No se debe olvidar que la primera aparición de un pensamiento individual libre y de una reflexión desinteresada [la filosofía] e sobra de técnicos [los primeros filósofos de Jonia], es decir, de hombres que supieron tomar distancia de la comunidad gracias a un diálogo directo con el mundo (L’individuation psychique et collective)

Factor esencial de universalización y de emancipación, las ciencias, las técnicas y las tecnociencias son profundamente humanísticas.

2.6.3 La tecnofilia evolucionista

El humanismo tecnófilo piensa que la condición humana es perfectible, pero no modificable en esencia. No se trata de transformar la realidad biofísica del hombre tal como la naturaleza la ha producido. No toma en serio la evolución biocósmica, en el curso dela cual hizo su aparición el homo sapiens. Sólo le importa la historia que comienza con esta aparición y cuyo desarrollo y culminación no requieren transformación radical alguna. El único futuro del homo sapiens es el homo sapiens sapiens.

La perspectiva evolucionista, en cambio, toma en cuenta la temporalidad biocósmica en su doble e inmenso alcance, hacia el pasado y hacia el futuro. Pone de relieve la extraordinaria brevedad de la historia humana y lo absurdo que es absolutizarla. También destaca el carácter contingente de los acontecimientos de infinita multiplicidad que han marcado el ritmo de la evolución y que hacen innecesarias las formas que ha tomado, incluida la forma de vida humana. Parte de la hipótesis según la cual esta forma no es inmutable ni no modificable. Estima también que en ausencia de un orden ontoteológico necesario, el futuro reservado a la forma de vida humana depende de los seres humanos y de sus capacidades y voluntad de intervención en el universo.

La perspectiva evolucionista es sensible al imperativo tecnocientífico –todo lo que se puede hacer, hay que hacerlo– e inclina al postulado según el cual “no hay nada imposible a priori”. Puesto que el futuro es radicalmente imprevisible y abierto y los límites pueden y deben ser superados, la perspectiva evolucionista no reconoce en absoluto término a la aventura cósmica, a no ser la producción de lo absoluto o dios.

El evolucionismo tecnófilo no adopta necesariamenteesta orientación teúrgica, según la cual la finalidad de la técnica sería la obra maestra de la producción divina. Puede destacar la extraordinaria e irreductible diversidad de las formas de vida, en lugar de concentrarse en la emergencia del hombre –que se considera un mero accidente– y en el progresivo empobrecimiento de la diversidad biológica. Entonces puede ver en las tecnociencias instrumentos de transformaciones libres e imprevisibles de los individuos y colectivos humanos en los sentidos más variados. Esta multiplicidad sería, por una parte, la consecuencia de la diversidad cultural de la humanidad comprometida en una gran cantidad de historias, evoluciones y mutaciones no destinadas a converger. Destacaremos a Tristan Engelhardt.

2.6.3.1 H. T. Engelhardt

Engelhardt reflexiona a partir de la realidad social existente en el mundo occidental: la de las sociedades multiculturales que se carazterizan por el hecho de que no todos sus miembros comparten la misma jerarquía de valores ni acuerdan el mismo contenido a la noción de “vida buena”. La pregunta que se plantea es: ¿cómo conviene administrar las diferencias morales que separan y oponen a “extraños morales”, pero obligados a cohabitar y a cooperar durante una parte importante de su existencia? ¿Es posible definir una “lógica del pluralismo” o son ineluctables el caos y la violencia? Engelhardt distingue cuatro tipos de interacciones y de soluciones unificadoras para las controversias y las divergencias relativas a lo que debemos o no debemos hacer:

  1. La interacción violenta y el uso de la fuerza, incluida la física, para unificar la acción de los individuos;

  2. La unificación por conversión;

  3. La discusión que conduce progresivamente al triunfo de los argumentos racionales (aceptables por todos) y al consenso que expresa la solución racional del problema;

  4. El perfeccionamiento empírico, pragmático y convencional de los procedimientos que se han de seguir con el fin de regular las controversias morales de una manera no violenta.

La primera no es una respuesta viable y aceptable. La conversión es un proceso incontrolable, aleatorio, con el cual no se puede contar normalmente para aproximar puntos de vista opuestos. Se asocia con creencias que reclaman para sí la Verdad, y cuyo dogmatismo y negativa de toda concesión puede desembocar en el uso de la fuerza contra quienes se muestran rebeldes a la gracia de una conversión espontánea. Pero Engelhardt no reconoce en mayor medida la respuesta racionalista. La fe racionalista no se diferencia demasiado de las creencias religiosas. También ella puede desembocar en el dogmatismo y en el uso de la fuerza. El racionalismo nunca ha sido universal: es una tradición y pertenece a una comunidad particular que, por lo demás, parece estar en decadencia en el seno de las sociedades posmodernas.

La salida hay que buscarla del lado de la definición de procedimientos pacíficos de gestión y de resolución de los conflictos engendrados por el encuentro de morales extrañas. El postulado básico que condiciona la posibilidad misma de la existencia ética es la voluntad de resolver los problemas sin apelar a la violencia. Sólo se entra en la esfera de la ética a partir del momento en que se decide no recurrir a la fuerza para imponer el punto de vista propio.

Engelhardt distingue dos significados de la racionalidad y del laicismo: en un primer sentido, el racionalismo laico corresponde a una moral particular con sus valores propios; en el segundo, la racionalidad laica tiende a identificarse con la universalidad de la esfera metamoral, pues pregona la tolerancia, la no violencia y el respeto a la autonomía de las personas.

El centro de la ética engelhardtiana es la noción kantiana de persona. Se describe la persona como conciencia capaz de razonar y de elegir libremente, y dotada de sentido moral. La persona es una entidad autónoma, sólo ella tiene autoridad legítima para imponerse reglas de conducta y el respeto a valores. La única regla inviolable es el respeto a la persona y la autonomía personal en sí misma y en los demás. Esta tesis implica:

Engelhardt considera válida toda clase de acuerdos y de contratos con tal de que se los haya establecido pacíficamente, aunque nos parezcan completamente irracionales. La noción de negociación pacífica no descansa en la distinción entre una argumentación racional y un discurso interesado o una empresa de persuasión que utilice sofismas. La ética del discurso, la invocación del racionalismo, sólo son una retóricaparticular. El uso de la publicidad y el recurso al poder de los medios de comunicación son perfectamente legítimos. Corresponde a las personas dar pruebas de espíritu crítico o dejarse seducir. Pretender protegerlas de los abusos (o de sus propias inclinaciones) lleva a querer hacer su “bien”, eventualmente a pesar de ellas, es decir, al desprecio de su autonomía.

Hay un solo uso legítimo de la fuerza: cuando se la emplea contra quien no respeta el principio fundamental de la autonomía de las personas. La protección del principio de autonomía es la principal función del Estado. El Estado tiene el deber de vigilar que se respete la autonomía de las personas; también debe vigilar que se cumplan los contratos libremente acordados por las personas; por último, debe vigilar que, en caso de conflicto moral entre comunidades, se sigan fielmente los procedimientos de regulación pacífica de los mismos. El Estado debe disponer del monopolio de la fuerza, pero no tiene derecho a utilizarla fuera de los casos que se acaban de definir.

3. Bioética

Van Potter señala que la bioética «puede definirse como el estudio sistemático de la conducta humana en el área de las ciencias humanas y de la atención sanitaria, en cuanto se examina esta conducta a la luz de valores y principios morales». Para muchos, empero, es un simple marco de reflexión y de investigación interdisciplinar sobre los desafíos alumbrados a raíz de los progresos técnico-médicos, pudiendo cada uno tomar libremente sus decisiones. Otros la reducen a un método que se centra en el análisis de casos complejos y de los procesos a seguir en la solución de los dilemas morales, ateniéndose especialmente al esquema de “costos” y “beneficios”.

Cuando se la considera como parte de la ética o como una forma de ella, que trata de orientar la acción de los ciudadanos y de influir en las opciones de la sociedad, se impone distinguir una doble tendencia. Según los partidarios de la que podemos llamar pragmática en cuanto parece obsesionada por la cuestión del consenso, la bioética es la ciencia normativa del comportamiento humano aceptable en el dominio de la vida y la muerte, reduciendo considerablemente la diferencia entre ética y derecho. La segunda corriente, que cabría calificar de idealista, por subrayar la perspectiva ética del término y de la reflexión, en general entiende la bioética como el estudio de las normas que deben regir nuestra acción en el terreno de la intervención técnica del hombre sobre su propia vida.

Por otra parte, aunque el vocablo “bioética” significa literalmente ética de la vida, muchos expertos le asestan dos profundos tajos, pues la definen como aquella parte de la ética que regula el trato debido a la vida humana en sus orígenes biológicos, desarrollo cualitativo y muerte digna mediante la aplicación de técnicas biomédicas avanzadas.

La bioética constituye una reflexión moral sobre el fundamento de ciertas actividades técnicas y de la posibilidad de una reinterpretación y reordenación del hombre como ser vivo en su relación con la técnica y, por añadidura, de otros seres vivos. La bioética acoge los problemas suscitados por la gestión de la biosfera. La actividad aplicada de la tecnociencia produce numerosos asuntos cuestionables en tanto que manipula y transforma el mundo. La gestación de la bioética se advierte en el seno de la teología. Las diversas religiones se han situado como defensores a ultranza de la concepción simbólica como transformadora del mundo en detrimento de la actividad tecnocientífica. En la actualidad, sin embargo, el ámbito de la bioética supone el lugar de convergencia para el debate entre lo tecnocientífico y lo simbólico. La bioética supone un intento de fundamentar una relación entre el hombre y el universo, en el que los asuntos más graves son la perseveración de un concepto digno de hombre y la preservación de las formas vivas.

El actual planteamiento de la bioética solicita, en primer lugar, desistir de una deliberada fundamentación teológica en el abordaje de estos asuntos. La necesidad de esta demanda deriva de la multiplicidad de discursos religiosos y de concepciones culturales que quedan enfrentados desde el primer momento y que estorbarían el fin de establecer una ética pública y común. En segundo lugar la bioética actual pretende ser normativa desde el posible consenso obtenido. Quiere proveer una serie de reglas que broten del entendimiento racional que propicie posturas éticas libres.

La articulación más elaborada de la formalización de la bioética es la de T.H. Engelhardt en “The foundations of bioethics”. Engelhardt parte de dos planteamientos: el “principio de autonomía” y el “principio de hacer el bien”.

El primero insiste en la condena de toda forma de represión sobre cualquier ente pacífico que tenga, como atributos, los de la capacidad racional y libertad:

El principio de autonomía es la condición necesaria de posibilidad para resolver las cuestiones morales sin violencia y para preservar un discurso ético mínimo de aprobación o reprobación. Es, en este sentido, formal. Ofrece la matriz vacía que permite engendrar la autoridad moral en una sociedad pluralista gracias al consentimiento mutuo”

El segundo principio se dirige a los colectivos morales diversos sugiriendo definir el bien y ordenar cumplirlo. La interacción de estos dos principios queda reflejada en estas palabras de Engelhardt:

La vida moral se vive de acuerdo con dos niveles o dimensiones: 1. Una ética no confesional pobre en contenidos, capaz de mantener unidas a muchas comunidades morales divergentes y 2. Las comunidades morales particulares en las que cada uno puede adquirir un sentido satisfactorio acerca de lo que es la vida buena. Este primer nivel ético puede defenderse en términos de una argumentación moral general concerniente a la naturaleza de la ética. Ofrece algunas conclusiones morales absolutas y universales, aun cuando es pobre en contenidos. La segunda dimensión presenta visiones concurrentes sobre la vida buena, los vicios y las virtudes. En esta segunda los argumentos no son concluyentes y, a menudo, si no siempre, se requiere la aceptación de algunas premisas básicas tal como, por ejemplo, que ninguna argumentación es segura. En consecuencia, los médicos y enfermos, así como otros trabajadores de la rama médica terminan asumiendo papeles morales muy complicados. En principio deben unir su vida moral en ambas dimensiones éticas. Por ejemplo, el ginecólogo católico-romano que se oponga al aborto y la contracepción deberá aceptar el hecho de que las mujeres tengan un derecho a abortar (conforme a la moral pluralista secular) pese a que éstos sean moralmente inaceptables para él

Este principio de autonomía es sólo aplicable a las personas, más que a los seres humanos:

existe una diferencia entre nosotros en tanto que personas y nosotros en tanto que humanos. Esta distinción es el abismo que separa al ser dotado de reflexión y de capacidad de manipulación del objeto de su reflexión y de su manipulación. Desde nuestro punto de vista, en tanto que personas que tienen concepciones y esperanzas particulares, podemos valorar si éste es el mejor lugar o medio del cosmos y hacer planes para cambiarlo. Podemos evaluar si ésta es la mejor naturaleza y buscar la forma de cambiarla si la encontramos satisfactoria. Como personas podemos objetivar nuestros cuerpos. Podríamos discernir el modo según el cual estaríamos mejor conformados. Hasta ahora nuestras intervenciones han sido modestas. Pero nuestra capacidad para ir contra la naturaleza humana y manipularla, según los fines impuestos por las personas, crecerá. Desarrollando las posibilidades de la ingeniería genética, no sólo en células somáticas sino también germinales, seremos capaces de conformar y remodelar nuestra naturaleza de un modo acorde con los diseños elegidos por las personas. A la larga esto podría entrañar un cambio radical de nuestra naturaleza humana que haga que los taxonomistas del futuro la consideren como una nueva especie. Si la naturaleza humana no tiene nada de sagrado (y ningún argumento secular, no confesional, podría atestiguarla como sagrada) no hay ninguna razón para que no sea radicalmente modificada sobre la base de razones particulares y con prudencia

El núcleo central de esta disciplina lo constituyen los temas siguientes: 1) diagnóstico prenatal, consejo genético, eugenesia fetal, terapia génica, prácticas abortivas, esterilización masculina y femenina por diversos motivos; 2) reproducción humana “artificial” o asistida en todas sus modalidades y con sus correspondientes implicaciones técnicas (bancos de esperma, bancos de embriones, madres de alquiler, etc.); 3) experimentación con seres humanos, embriones y cadáveres en cualquiera de las fases de la vida; 4) información clínica y comunicación veraz de su situación al enfermo, reanimación, encarnizamiento terapéutico, eutanasia, derecho a una muerte digna; 5) terapia y manipulación genéticas en todas sus formas. Algunos tratadistas incluyen también el suicidio y la ayuda al suicida, la tortura y la pena de muerte, los diversos trasplantes de órganos, la transexualidad, la organización y funcionamiento de las instituciones sanitarias, la política y sistemas de salud. Etc. Otros autores amplían aún más el campo incluyendo el problema demográfico, las cuestiones relacionadas con la guerra, los temas de ecología y medio ambiente, la biogenética animal, vegetal y alimentaria.

4. Informática y tecnologías de la información

En 1989, Alvin Toffler escribió un libro que pronto se convirtió en un clásico; su título era La tercera ola, y su tema, la sociedad de la información. La tesis del libro era que la irrupción de la sociedad de la información supondría en el mundo un cambio parecido al que impulsó la aparición de la imprenta. Nos encontrábamos así en la tercera ola (la primera fue la desencadenada por la revolución agrícola; la segunda por la revolución industrial). ¿Cuáles serían los efectos de esta tercera ola? En resumen, la irrupción de los ordenadores en nuestras casas tendría la virtud, según Toffler, de conseguir que –por fin– el hombre alcanzase una vida libre y humana.

La irrupción de la informática en nuestras vidas haría que por fin los seres humanos fuésemos iguales, pues la información es poder y si algo facilitaban las nuevas tecnologías de la información era el acceso a la misma. La información, almacenada en grandes bases de datos, sería accesible a todos por igual desde las grandes redes de comunicación –como, por ejemplo, Internet–.

Pero, al mismo tiempo que todos seremos iguales, todos seremos diferentes. La informática, junto con la televisión por cable, harían posible que cada individuo tuviese acceso a fragmentos de ocio –por supuesto, a través de la TV– totalmente personalizados, con lo que se resaltarían las diferencias individuales, haciéndonos así más humanos.

Al mismo tiempo la informática supondría un aumento de nuestro tiempo libre, tiempo que podríamos dedicar al ocio. ¿Cómo se conseguiría esto? Veámoslo con un ejemplo. En Madrid, casi cualquier trabajador, tiene que emplear al menos una hora para ir de su casa al centro de trabajo y otra hora para volver del centro de trabajo a su casa; eso conlleva que la jornada de trabajo no es en realidad, de ocho horas, sino de diez. Supongamos ahora que nos encontramos en una sociedad completamente informatizada, una sociedad en donde Internet y las videoconferencias son moneda común –y barata–. Si eso es así, desde mi casa –conectado a un terminal de ordenador– puedo conectarme con la oficina y realizar –una vez más desde mi casa– el trabajo que tendría que realizar en la oficina. La consecuencia es clara, me he ahorrado dos otras de transporte; dos horas que han sido ganadas para el ocio.

Además, la era de los ordenadores haría posible –ya era hora– una auténtica democracia, una democracia en la que –como en Grecia– todo el mundo podría dar su opinión ante cualquier tema de interés público. Organizar un referéndum a través de Internet es rápido y barato

Esta visión de las ventajas de la informática en nuestras vidas no ha sido defendida únicamente por Toffler; son muchos más sus defensores; entre ellos destaca el multimillonario Bill Gates. Sin embargo, también hay autores que, sin dejar de lado las ventajas que la informática nos depara, han prestado también atención a los peligros de la “Sociedad de la información”.

Entre estos peligros merece la pena destacar los siguientes. Primero, la idea de la Sociedad de la Información oculta intereses que están implicados en el desarrollo de la tecnología de la información. Por ejemplo, sus defensores afirman que el acceso a la información es un medio asequible a todos o, al menos, que llegará a ser más