Idea común a todas las opciones de la filosofía analítica: Los problemas filosóficos son problemas lingüísticos; problemas cuya solución exige enmendar, volver a esculpir nuestro lenguaje o, cuando menos, hacernos una idea más cabal de sus mecanismos y de su uso. Aceptar esto es aceptar que la filosofía se convierte en (o ser reduce a) análisis del lenguaje.
Ahora bien, el análisis del lenguaje no es exclusivo de los filósofos analíticos. Los filósofos han estado siempre interesados por investigar distintas especies de sistemas de conceptos. Desde los tiempos de Sócrates se ha supuesto que el análisis conceptual (o el análisis lingüístico) no sólo arroja luz sobre el modo como los seres humanos han ido describiendo la realidad, sino también sobre el mundo mismo y sus categorías, sobre las cosas que lo pueblan y sus propiedades. El Análisis clásico pregunta, entonces, cómo están organizados nuestros conceptos: de qué otros conceptos están formados y de qué manera estos componentes suyos se articulan entre sí.
Lo que la Filosofía Analítica añade a la empresa clásica del análisis del sistema conceptual es la doctrina de que los problemas filosóficos pueden solventarse a través de su disección, ya que derivan de una interpretación errónea de nuestro lenguaje o de la utilización de un sistema lingüístico inadecuado.
Quizá la única propiedad común que se puede señalar a esta orientación analítica tan amplia es la de asignar al lenguaje un papel fundamental en el planteamiento y resolución de los problemas filosóficos. En efecto, el lenguaje es, en buena parte de la filosofía de este siglo, el ámbito en que es relevante repensar los tradicionales problemas filosóficos, desde los epistemológicos a los ontológicos, desde los psicológicos a los morales y políticos.
En este sentido, afirma Manuel García-Carpintero que la filosofía analítica se distingue por mantener la tesis metodológicade
La prioridad filosófica del estudio del lenguaje, y de los conceptos tal y como se expresan en el lenguaje, sobre el estudio de los pensamientos. La filosofía, en esta concepción, es una actividad intelectual teórica, coincidente con la lexicografía en particular y la semántica de los lenguajes naturales en general en sus métodos y en su objetivo: la investigación del significado de las expresiones lingüísticas. La diferencia con estas disciplinas es doble. En primer lugar, el ámbito de la filosofía es más restringido: a la actividad filosófica interesa sólo el estudio de los significados de ciertas expresiones, a propósito de las cuales la tradición filosófica viene planteando (desde los presocráticos) genuinos problemas teóricos: términos tales como ‘saber’, y ‘opinión’; ‘objetivo’ y ‘subjetivo’; ‘causa’’; ‘realidad’ y ‘apariencia’; ‘mente’ y ‘cuerpo’, etc. De este modo, la filosofía sería, si acaso, una parte propia de la lexicografía o la semántica. Pero no cabe en rigor hablar de inclusión, como consecuencia de la segunda diferencia; pues las explicaciones que la filosofía pretende ofrecer al elucidar los significados de palabras como las mencionadas (o, como diremos alternativamente, al elucidar los conceptos expresados por estas palabras) no son meramente descriptivas(como ocurre en el caso de la semántica), sino críticas, regulativas. La actividad filosófica se arroga a sí misma la capacidad de corregir el uso que hacemos comúnmente de expresiones como las anteriores (Las palabras, las ideas y las cosas, pp. xvii-xviii)
Se puede, sin embargo, hacer una distinción general en la función o en la orientación del análisis del lenguaje como forma de resolución de problemas filosóficos. En este sentido, cabe distinguir entre dos grandes tendencias a las que se puede denominar como análisis clásico y críticos del análisis clásico, subdividiéndose éstos a su vez en constructivistas y deconstructivistas.
Dentro del análisis clásico, Fue Frege el primero en practicar esta forma de filosofía. En su Conceptografíaescribe que “es tarea de la filosofía romper la tiranía de las palabras sobre el pensamiento, trayendo a la luz las confusiones que son casi inevitables en el uso del lenguaje”.
Dummett afirma que para Frege, como para todos los filósofos analíticos posteriores, la filosofía del lenguaje es el fundamento del resto de la filosofía porque la única ruta para analizar el pensamiento va a través del análisis del lenguaje:
Sólo con Frege quedó finalmente establecido el objeto propio de la filosofía: a saber, primero, que la meta de la filosofía es el análisis de la estructura del pensamiento; segundo, que el estudio del pensamiento debe distinguirse tajantemente del estudio del proceso psicológico de pensar; y, finalmente, que el único método apropiado para analizar el pensamiento consiste en el análisis del lenguaje... la aceptación de estos tres principios es común a la escuela analítica entera (Dummett, M. “Can Analiytic Philopsophy be Systematic, and Ought it to Be?”,Hegel-Studien 17, 305-26; reimp. en Dummett, M., Truth and Other Enigmas, Duckworth, Londres, 1978, pp. 437-58, p. 458).
En Moore el objeto del análisis aparece bajo la forma de propiedades o universales unas veces, de conceptos otras y designificados las restantes. A su modo de ver, no había gran diferencia entre las tres cosas, pues pensaba que un concepto es el significado de una expresión y asimilaba conceptos a propiedades. Pero consideraba que el análisis no era del lenguaje sino de algo objetivo significado por las expresiones. Para Moore había una importante diferencia entre conocer el significado de una expresión, esto es, conocer su definición verbal y su uso, y conocer el análisis de su significado. Se puede conocer lo primero sin conocer lo segundo. Analizar el concepto por el que está una expresión es algo así como inspeccionar un objeto mental, distinguiendo sus partes componentes y su combinación y especificando cómo se relaciona con, y se distingue de, otros conceptos. Ahora bien, la práctica del análisis, en cuanto distinta de su teoría, llevaba a Moore hacia el análisis del lenguaje. El resultado del análisis era o bien la revelación de que un cierto concepto es simple o inanalizable o bien una combinación de conceptos equivalente al analysandum.
Russell también adoptó la concepción mooreana del análisis como descomposición de conceptos o de estructuras conceptuales en sus constituyentes simples, pero di a sus análisis un carácter más lógico y un propósito más reductivo. La lógica se convierte en la herramienta principal del análisis y éste está presidido por “la máxima suprema de todo filosofar científico”: siempre que sea posible, entidades inferidas han de sustituirse por construcciones lógicas. Aunque Russell presenta el análisis lógico como el resultado de la “filosofía científica”, lo consideraba sólo un instrumento para descubrir la forma lógica de la realidad, dado el supuesto en que en un lenguaje lógicamente perfecto las formas lógicas de las expresiones serían isomórficas con las formas lógicas de la realidad.
Wittgenstein, por su parte, consideraba que el lenguaje ordinario está en orden tal como está. Su sintaxis lógica es isomórfica con la estructura lógica de la realidad. El análisis debe desvelar las formas lógicas que están ocultas bajo el revestimiento del lenguaje. La filosofía pone límites al pensamiento poniendo límites al lenguaje –determinando los límites del sentido–. Consiste en el análisis lógico de las proposiciones, entendiendo por tales las oraciones con sentido. La tarea de la filosofía es la clarificación lógica de los pensamientos por medio de la clarificación de las proposiciones. El filósofo demuestra la ilegitimidad de la metafísica clarificando los modos en que el metafísico intenta decir algo que transgrede los límites del sentido. Mientras que Russell afirma la continuidad entre ciencia y filosofía y entiende el análisis lógico como el “método científico” en filosofía, Wittgenstein traza una tajante distinción entre ambas empresas. Para él la filosofía no es una disciplina al lado de las ciencias. Si la meta de las ciencias es hallar verdades, expresables en proposiciones, la tarea de la filosofía es clarificar esas proposiciones. Los resultados de la filosofía no son “proposiciones filosóficas” sino clarificaciones de proposiciones no filosóficas.
Esta concepción influyó en el Círculo de Viena. Para Schlick, mientras que la ciencia se ocupa de la verdad, la filosofía se ocupa del significado, elucida las proposiciones que la ciencia verifica. No es un “sistema de cogniciones”, sino un sistema de actos: la actividad a través de la cual se determina el significado de las proposiciones. Los positivistas lógicos compartían con el primer Wittgenstein y con Russell la idea de que el análisis lógico es el método de la filosofía. Veían dos usos en ese método. Su uso negativo consistía en eliminar pseudo-proposiciones metafísicas; para ello apelaban al principio de verificación, de acuerdo con el cual toda proposición significativa debería ser o bien una proposición analítica, o bien una proposición verificable mediante la observación empírica. Toda proposición que no satisfacía este criterio era considerada un sinsentido.
Las filosofías de Moore y Russell, el Tractatus de Wittgenstein y el positivismo lógico son variedades de lo que se ha denominado el análisis clásico. Este tipo de análisis se concibe como una especie de traducción.Ciertas proposiciones que contenían conceptos problemáticos, o conceptos no básicos, o ciertas proposiciones cuya forma gramatical patente resultase desorientadora en cuanto a su verdadera forma lógica latente, eran objeto de análisis. Y el análisis consistía en sustituirlas por otras proposiciones equivalentes que contuvieran conceptos menos problemáticos, o conceptos más básicos, o por otras proposiciones cuya forma lógica evidenciara la verdadera estructura de los hechos que representan. El análisis se entendía como descomposición, como el desmenuzamiento de un concepto o de una proposición en sus componentes elementales y la exhibición de la relación mutua que guardan esos componentes.
La meta del análisis clásico era reformular una proposición, el analysandum, por medio de otra, elanalisans, de manera que al término del proceso encontrásemos una proposición que cumpliese al menos dos requisitos. En primer lugar, ser sinónima o equivalente en algún sentido a la proposición original; de lo contrario, el análisis sería inadecuado. En segundo lugar, ser explicativa del significado de la proposición original; de lo contrario, el análisis no sería iluminador. Y sería explicativa de su significado bien por que lo desmenuzara en sus elementos lógicos últimos o porque expusiera patentemente su verdadera forma lógica subyacente. La mayoría de los analistas clásicos dieron por sentado que la nueva lógica de los Principia Mathematica de Whitehead y Russell suministraba el armazón o esqueleto formal del análisis y que el contenido de este armazón vendría dado por los datos sensoriales en los que se descompondría últimamente nuestra experiencia. Russell y otros acomodaron la teoría de los datos sensoriales, según la cual lo que nos es dado inmediatamente en la experiencia no son objetos físicos sino siempre datos de los sentidos fugaces, privados y ciertos, en una teoría fenomenista de la percepción. Las teorías representativas de la percepción suponen que la conexión entre la experiencia sensorial y los objetos del mundo externo es contingente, causal. Los contenidos de la experiencia nos proporcionan una evidencia inductiva de la existencia de objetos externos. Percibir un objeto material es tener un dato sensorial que es causado por el objeto en cuestión, de manera que la consciencia perceptiva es una inferencia desde el efecto a la causa. Así las creencias acerca de objetos físicos son equiparables a las hipótesis científicas. Pero los críticos de este tipo de teorías han señalado una desemejanza crucial entre hipótesis científicas y creencias sobre objetos. Pues una inferencia causal sólo es legítima si es en principio posible obtener a favor de la existencia de la causa una evidencia que sea independiente de los hechos para cuya explicación se postula. Pero en este caso no hay ningún control independiente que nos permita examinar los objetos físicos para ver si son representados fidedignamente o no por los datos sensoriales. Como consecuencia, los críticos de la teoría representativa se han visto llevados a afirmar una conexión necesaria entre experiencia sensorial y objetos: hablar de objetos es hablar de modo abreviado de ciertas regularidades o pautas que presenta nuestra experiencia. En expresión de Russell, los objetos físico no son sino “construcciones lógicas” a partir de datos sensoriales. La máxima suprema de la filosofía científica nos exige substituir las entidades inferidas, los objetos físicos, por construcciones lógicas a partir de los datos sensoriales. Reformulado lingüísticamente, el programa fenomenista consistía en reemplazar el lenguaje de objetos físicos por el lenguaje fenomenista.
Los críticos del análisis clásico concebía, por su parte, la filosofía como la clarificación lógica de las proposiciones. Ahora bien, esta labor de clarificación podía llevarse a cabo siguiendo dos caminos que se vieron como excluyentes: o bien el camino de la construcción lingüística o el camino de la descripción lingüística. Estas dos corrientes equivalen a lo que más arriba hemos denominado constructivismo y deconstructivismo.
Dentro de los críticos del análisis clásico, las tendencias constructivistas se caracterizan por el empleo de los recursos técnicos de la lógica moderna tanto en el planteamiento como en la resolución de problemas filosóficos. Las deconstructivistas se identificarían mediante la utilización de técnicas lingüísticasetológicas, esto es, por el análisis de los tradicionales problemas filosóficos en el hábitat natural en que se plantean, esto es, en el uso del lenguaje natural.
El supuesto que guía las actitudes constructivistas es básicamente el mismo que compartieron Frege, Russell y el primer Wittgenstein, que la construcción (y contemplación) de un mecanismo lingüístico ideal impide plantear ciertos problemas filosóficos, o los resuelve. Lo cual a su vez implica que la actitud constructivista considera que los problemas filosóficos se plantean irremediablemente en el lenguaje común, en el cual no pueden encontrar salida. En cambio, de acuerdo con la actitud deconstructivista, ocurren dos cosas que hacen inútil la estrategia del constructivista:
Las reconstrucciones ideales no son “artefactos” en la comunicación cotidiana, por lo que la resolución filosófica se ve desplazada a un reino lulliano. El deconstructivista ha considerado una desventaja (un error) esta remisión a una solución externa de los problemas filosóficos, al margen de los problemas internos de la reconstrucción lógica en cuestión: dudas sobre la sinonimia, insuficiencias de las equivalencias lógicas como elucidaciones conceptuales, etc.
Las reconstrucciones ideales no son unívocas: terminan reflejando las opciones filosóficas de sus autores, por lo que los problemas filosóficos que se habían arrojado por la puerta vuelven a entrar por la ventana. Ello se debe a que la relación con los conceptos del habla común es tan laxa (de hecho, ni se requiere el análisis previo de tales conceptos) y los criterios de adecuación tan problemáticos que se pueden ofrecer diferentes reconstrucciones de esos mismos términos o conceptos naturales. Por su parte, la actitud deconstruccionista parte de la necesidad de encontrar una resolución filosófica en el ámbito de la comunicación mediante el lenguaje común, no mediante la utilización de recursos técnicos, sino mediante una profundización en la comprensión del lenguaje común y de la comunicación humana, básicamente en el mismo sentido de lo propuesto por el segundo Wittgenstein. Los problemas filosóficos son ineliminables en la medida en que surgen naturalmente del lenguaje común, y éste es insustituible a los efectos, no solamente de la comunicación no cognitiva, sino también en los procesos de fijación y transmisión del conocimiento, científico o no científico.
Un supuesto compartido hasta cierto punto por las diferentes actitudes hasta los años 70 era que los problemas filosóficos tienen que ver con el mal uso del lenguaje por parte del filósofo. Lo que no compartían era el tratamiento a prescribir. La razón estaba en que unos ponían el énfasis en el propio lenguaje: el lenguaje natural es irremediablemente vago, impreciso, enmascarador de su auténtica forma, etc., y los otros, en cambio, insistían en la maldad del usuario: los problemas tienen que ver con el uso ilegítimo del lenguaje natural, con su utilización fuera de los contextos pertinentes, con la violación de reglas o convenciones sociales de empleo, etc.
Pero esta diferencia de énfasis resultó fundamental en el siguiente sentido: el constructivista se imponía una tarea de traza normativa, aunque no siempre la concibiera así. Proponía un nuevo uso lingüístico que se debe adoptar si se quieren evitar o solucionar los problemas filosóficos. Por ello, poco tiene que reprochar al filósofo tradicional que adopta un nuevo uso lingüístico para plantear problemas filosóficos. En definitiva, en lo que difieren es en su valoración de esos problemas: para el constructivista son cuestiones que hay que resolver, para el filósofo especulativo son asuntos que es interesante plantear. Las quejas del filósofo analítico están justificadas en la medida en que se da mala fe, esto es, cuando el especulativo trata de hacer pasar como descriptiva de los conceptos de la lengua natural la propuesta o estipulación de nuevos sentidos o contextos de uso para tales conceptos. Pero en la medida en que su actividad es lúcida y transparente, sus propuestas pueden ser tan legítimas como las del que ofrece una particular reconstrucción lógica de una familia de expresiones de la lengua oral.
En cambio, la orientación deconstructivista es voluntaria, metodológicamente descriptiva. Al insistir en la responsabilidad del usuario y no del lenguaje, el descriptivista no se ha sentido impelido a proponer normativamente ninguna construcción artificial carente de problemas. Su tarea ha tenido que ver con la descripción cuidadosa y veraz de los diferentes usos socialmente sancionados, esto es, considerados como legítimos en una comunidad de comunicación. Su posición y la orientación de sus argumentaciones, frente al filósofo de corte tradicional, son muy diferentes a las del constructivista. Su esfuerzo ha sido doble: por una parte, mostrar que el uso filosófico es un uso lingüístico desviado, esto es, carente de apoyos en las convenciones o reglas comunicativas. Y por otra demostrar que, como tal uso desviado, es ilegítimo, esto es, ajeno o extraño a las convenciones que rigen su comunidad comunicativa.
La Conceptografía presentaba una teoría de la inferencia deductiva apta para la argumentación en cualquier rama de la investigación científica y, muy especialmente, la matemática. También Frege pretendía realizar un servicio a la filosofía. Era su intención construir un instrumento que permitiera al filósofo detectar las trampas que el uso del lenguaje inevitablemente tiende al pensamiento.
Como matemático, la principal preocupación de la trayectoria intelectual de Frege fue la de dotar a la aritmética de unos sólidos fundamentos, tanto en el orden conceptual como en el orden demostrativo. En su opinión, los conceptos sobre los que se erige el edificio de la aritmética necesitaban de definiciones exactas, desprovistas de aditamentos innecesarios o equívocos. Las teorías mismas debían ser explícitamente formuladas para que su naturaleza y su estructura quedasen bien de manifiesto. Asimismo, todos y cada uno de los recursos empleados en la demostración de teoremas deberían investigarse, de modo que cada paso de ese proceso pudiera controlarse y simplificarse al máximo.
Al final, pretendía Frege, tanto los conceptos fundamentales de la aritmética, como los mecanismos necesarios para la demostración de sus verdades, descansarían sobre principios puramente lógicos. Este programa se conoce como programa logicista.
Frege propuso desarrollar el programa logicista en tres etapas, a la primera de las cuales corresponde la Conceptografía. (En la segunda etapa, cuyo trabajo se plasma en Los fundamentos de la aritmética, Frege definió la noción de número natural a partir de las nociones lógicas de concepto y propiedad. En la tercera, a la que pertenecen las Leyes básicas de la aritmética, intentó la reducción efectiva de las verdades aritméticas a verdades lógicas). En su primera obra, Frege presenta un simbolismo especial en dos dimensiones concebido para poder expresar en él cualquier contenido científico. A este simbolismo le dio le nombre de conceptografía. Su conceptografía es un medio en el que poder expresar los contenidos y el cálculo de la demostración de teoremas.
Frege ideó ese instrumento para poder representar e investigar eso que aparece en sus escritos bajo la denominación de el pensamiento puro. Para hacerse una idea de qué es esto, es necesario distinguir en todo aserto o enunciado dos componentes:
el acto lingüístico, o el acto mental de asentimiento, y
el contenido de tal acto.
En su simbolismo, cada uno de estos componentes viene representado por un trazo. El trazo del juicio o de la afirmación es vertical; el trazo del contenido es horizontal y conecta el trazo vertical con la representación del contenido.
El pensamiento puro (o pensamiento sin más) forma parte del contenido del acto de afirmación, enunciación o aserción, y no siempre puede identificarse con él. Esta identificación no es siempre posible porque en la expresión lingüística, además de haber los medios para la transmisión de pensamientos, se encuentran elementos con los cuales
se pretende actuar sobre los sentimientos, el estado de ánimo del oyente o estimular su imaginación. (El pensamiento, en Investigaciones lógicas, Madrid, Tecnos, 1984, p. 54)
Estos efectos o rasgos psicológicos, si bien son parte del contenido de la aserción, no pertenecen al ámbito de lo lógico. Constituye eltono del acto verbal. Podemos decir, pues, que el pensamiento es esa parte del contenido diferente del tono.
Hay otra forma más directa de indicar cual es el ámbito del pensamiento. Es el ámbito de lo verdadero y de lo falso. Sólo de los pensamientos puede decirse que son o verdaderos o falsos. Es más, sólo de los pensamientos valen las leyes o principios lógicos, pues únicamente ellos entran en el mundo de las relaciones lógicas. Es exclusiva de los pensamientos el ser contradictorios los unos con los otros, o el ser unos consecuencias lógicas de otros. Lo psicológico, por su parte, es el ámbito de lo que se juzga verdadero, de lo que se cree, de lo que se piensa, de lo que se toma por verdadero. Lógica y psicología son, consiguientemente, ciencias del todo independientes.
Los cálculos que la conceptografía permite simbolizar adoptan el ropaje de cadenas de expresiones cuyo rasgo más característico es su bidimensionalidad. En cada una de estas cadenas o sucesiones, todo elemento salvo el primero, o los dos primeros, se obtienen de uno o más de los que le preceden por la aplicación de una regla de inferencia. Una deducción o una inferencia deductiva se representa como una sucesión de expresiones del simbolismo (fórmulas) cuyos elementos o bien se obtienen de expresiones precedentes o bien son axiomas lógicos o axiomas de la teoría en cuestión.
¿Qué razón hay para no utilizar nuestra propia lengua, con el añadido de los conceptos y definiciones necesarias para el estudio del tema que nos ocupe, en vez de tal lenguaje de fórmulas? ¿No es, aprender tal simbolismo, una nueva dificultad que sumar a la que de por sí suponga el objeto de investigación? La contestación de Frege compara la relación que hay entre una lengua natural y su conceptografía con la que existe entre el ojo humano y el microscopio.
El ojo humano tiene un campo de aplicación incomparablemente mayor que el del microscopio. Mientras que con el ojo pueden verse muy diversas cosas en cuanto a tamaño y color, el microscopio sirve a unos fines muy específicos dentro de márgenes estrechos. Así, en lo referente a su adaptabilidad a situaciones muy diferentes, el microscopio es muy inferior al ojo. Sin embargo, debe decirse a cambio, en aquello para lo que el microscopio ha sido concebido, allí donde las exigencias científicas llevan la voz cantante, el ojo es un instrumento insuficiente, incapaz de proporcionar las observaciones precisas que se requieren.
Pues bien, algo análogo puede decirse de una lengua natural y de la conceptografía. Para la expresión de nuestros sentimientos y de nuestras opiniones en la práctica totalidad de nuestra vida cotidiana, la conceptografía sería algo más que un obstáculo engorroso. Sin embargo, cuando importa la formulación y el control estricto de inferencias válidas, la conceptografía es incomparablemente más sutil, exacta y adecuada que nuestro lenguaje.
Entre las innovaciones de la Conceptografía está el abandono de las antiguas categorías lógicas de sujeto y predicadopor las nuevas de argumento y función.
En la conceptografía fregeana a cada expresión significativa le corresponde un elemento de la realidad; es decir, cada expresión significativa es nombre de, designa o refiere a una cierta entidad del universo. (Incluso las oraciones declarativas son, para Frege, nombres de algo. Ese algo son los valores de verdad: todas las oraciones declarativas o asertóricas verdaderas son nombres de un objeto llamado lo verdadero; las falsas son nombres de lo falso). De esto se sigue que todas las expresiones o son expresiones de objeto o son expresiones de función.
En un inventario del universo, un filósofo á la Fregesólo mencionaría objetos y funciones. Son objetos los números, las personas y otras entidades físicas como las gotas de agua y los granos de arena; lo son también las regiones geográficas y las ciudades y un largo etc. Entre las funciones, las aritméticas o las lógicas.
Una expresión de concepto es una expresión no-saturada a partir de la cual se forman oraciones declarativas. Y pasando del plano lingüístico al plano óntico (es decir, al plano de las cosas), podemos decir que los conceptos son aquellas funciones que tienen como valores lo verdadero o lo falso.
Los conceptos son una especie tan solo dentro del género de las funciones.
Entre las expresiones funcionales, las hay que tienen un destacado protagonismo lógico. Ese es el caso de expresiones como no, y, si, entonces, o, etc. A estas y a otras expresiones se las denomina constantes lógicas. Las constantes lógicas se caracterizan por la circunstancia de que, cuando una inferencia deductiva es lógicamente válida –y su conclusión se sigue de sus premisas–, su validez descansa en el significado de las constantes lógicas que en ellas se den. Las constantes lógicas mencionadas –pues esto no se aplica a todas– son nombres de funciones. De funciones de verdad, para ser más exactos.
Frege pretende que con su lenguaje de fórmulaspodemos obviar algunos problemas, característicamente filosóficos, que surgen de un uso del lenguaje poco sensible para con sus sutilezas lógicas.
Si es una tarea de la filosofía quebrar el dominio de la palabra sobre la mente humana al descubrir los engaños que sobre las relaciones de los conceptos surgen casi inevitablemente en el uso del lenguaje, al liberar al pensamiento de aquéllos con que plaga la naturaleza de los medios lingüísticos de expresión, entonces mi conceptografía, más desarrollada para estos propósitos, podría ser un instrumento útil a los filósofos. (Conceptografía, México, UNAM, 1972, p. 10)
Es esta utilidad de la conceptografía la que autoriza a considerar a Frege el mentor de la Filosofía Analítica. Frege consideró que una gran parte de la labor filosófica venía a ser una lucha contra el lenguaje.
Dos de los éxitos en esta tarea de Frege fueron los siguientes:
1) Un apartado central del pensamiento de Frege es su crítica de la lógica tradicional. El principal reproche que le hace Frege a ésta es el de que confunde lo lógico con lo psicológico. Más en concreto, que emplea conceptos, como los de sujeto y predicado, que son conceptos psicológicos, disfrazados de otra cosa; pertenecen a la esfera del modo en que los hablantes de una lengua entienden las oraciones y proferencias que leen o que oyen, y no conceptos relevantes para la verdad o la falsedad de unas y otras. Así, el llamado sujeto de una oración indica de qué habla ésta, es decir, cuál es su tema. El predicado, por su parte, expresa lo que se dice o cuenta del tema. Entender una oración supone, entonces, identificar el tema y lo que se predica de él. La teoría tradicional es, por tanto, una teoría acerca de qué identificamos en las oraciones y proferencias cuando las entendemos cabalmente.
Esta mezcla de lo lógico con lo psicológico tiene, en ciertos casos, efectos fatales. Según la perspectiva lógica fregeana, a la vista de la oración
habría que decir que su tema es César y que se dice de él que conquistó las Galias; y a la vista de
habría que decir que su tema son los españoles, y que de ellos se dice que son europeos. Hasta el momento, por tanto, el modo de analizar ambas oraciones es el mismo. Sin embargo, ese análisis no distingue entre propiedad y característica. Lo primero, en la perspectiva de Frege, es lo que se tiene en (1). De lo segundo es de lo que se trata en (2). Esa confusión conduce a un problema insoluble.
En efecto, neguemos ahora ambas oraciones. Puesto que –ésta es la hipótesis que Frege combate– ambas atribuyen una propiedad a algo (o se dice algo de un tema), su negación debería expresar la ausencia de posesión de tal propiedad por parte de ese algo (o bien que se diga lo contrario del mismo tema). Es decir, la negación de (1) tendría que ser (1’), y la negación de (2) tendría que ser (2’):
Sin embargo, aunque (1’) es la negación de (1), (2’) noes la negación de (2). Una oración y su negación deben expresar pensamientos contradictorios (es decir, que no pueden ser ambos verdaderos), pero (2) y (2’) no se encuentran en ese caso. La negación buscada de (2) es (2”):
Como la premisa que nos ha llevado a esa errónea conclusión es que (2) consta de una expresión de objeto (en función de sujeto) y una expresión de concepto (en función gramatical de predicado), esa premisa debe considerarse fundamentalmente errónea.
2) El segundo éxito tiene que ver con la cuestión del argumento ontológico de la existencia de Dios. Con el argumento ontológico se trata de demostrar la existencia de Dios partiendo de premisas que establecen que Dios posee todas las propiedades que supongan alguna perfección. San Anselmo parecía pensar que la existencia es una de esas propiedades, de modo que infería de una y otra cosa que Dios existe. Desde antiguo, se ha objetado al argumento ontológico que la existencia no es una propiedad y que, por tanto, en una oración declarativa como Dios existe, la expresión existeno puede considerarse un predicado.
Trasplantada al sistema conceptual de Frege, la objeción al argumento ontológico se expresa diciendo que, en la oración Dios existe,existe no es una expresión de concepto; y que al decir que Dios existe no estamos afirmando que el objeto Dios cae bajo el concepto de existencia. Si no es así, ¿cuál es el estatuto ontológico de una expresión como existe?
La tesis de Frege de que la existencia no es un predicado deriva de la siguiente reflexión en torno a oraciones como La Tierra tiene un satélite o como Frege escribió en vida tres libros. ¿Qué hacemos al afirmar la primera oración? Predicamos algo de un concepto, pues afirmamos que bajo el concepto satélite de la Tierra cae un objeto (que es la Luna). ¿Y qué afirmamos al proferir la segunda oración? Afirmamos que bajo el concepto libro publicado en vida por Frege caen tres objetos.
Un análisis análogo vale de asertos como el de que existen números primos mayores que 100. La oración
expresa el pensamiento de que bajo el concepto número primo mayor que 100 cae más de un objeto. Así, pues, los juicios de existencia expresan propiedades de conceptos, y no de individuos. Por ello, cuando decimos de algo que existe no se está atribuyendo propiedad ninguna de ese algo, sino que se está predicando algo de un concepto. Siendo esto así, el defecto del argumento ontológico –o mejor: uno de sus defectos– es que recurre a una premisa en la que se confunden propiedades de conceptos con propiedades de individuos, al malinterpretar los enunciados de existencia.
Mientras que los intereses más primordiales de Frege eran de índole lógica, los de Russell eran, además, metafísicos. Así, Frege podía examinar el argumento ontológico y decir: ¿Lo veis? Se malinterpreta un enunciado de existencia al decir que en él se predica algo de un objeto cuando, de hecho, se dice que algo cae bajo un concepto. Y si el precio que hubiese que pagar por la claridad lógica fuese alto, Frege no dudaría en pagarlo. La actitud de Russell es bien distinta. La claridad lógica era importante para él, pero no lo era menos el que la descripción del mundo que pudiese resultar de esa claridad fuese razonable. En su opinión, el pensamiento de Frege no armonizaba ambos desideratum.
Un aspecto bien conocido de la obra de Frege es el de su distinción entre el sentido y la referencia de un signo. Esta distinción subraya la existencia en toda expresión de dos dimensiones de su significado. En primer lugar, los signos son nombres de, están en lugar de, representan a, o designan objetos. La relación en la que entra un signo con aquello que designa o representa hace a éste la referencia de aquel. Ahora bien, un signo no tiene o deja de tener referencia sin más, sino siempre de algún modo. La expresión designativa el autor del Quijote refiere a Cervantes en tanto que autor de una obra literaria; y el autor de las Novelas ejemplares tiene la misma referencia, aunque la presente de un modo distinto, a saber, como autor de otra obra. En una situación así, Frege diría que estas dos expresiones tienen la misma referencia, aunque un sentido diferente. El sentido es, así pues, el modo en que un signo presenta su referencia.
Aunque esta dimensión está presente en todo signo, un caso especialmente interesante lo proporcionan las oraciones asertóricas. Estas expresan, por sí solas, un pensamiento y refieren, por sí solas también, un valor de verdad. Pensamiento expresado y valor de verdad son, respectivamente, el sentido usual y la referencia usual de tales expresiones.
Estos principios generales tienen excepciones. Es más, estas expresiones ponen en serio aprieto la validez de algunas reglas de inferencia lógica. Una de esas reglas nos dice que si una oración es verdadera y cambiamos una de sus expresiones componentes por otra con su misma referencia, la nueva oración resultante seguirá siendo verdadera. Este principio lógico se enfrenta a oraciones complejas en las que una oración subordinada se encuentra subordinada por expresiones de actitud psicológica, tales como cree que, me parece que, se teme que, etc. En ejemplos como estos, la doctrina de Frege del sentido y la referencia parece verse entre la espada y la pared. Sea la oración c):
c) Copérnico creía que las órbitas planetarias eran circulares
en la cual tenemos la oración subordinada
d) Las órbitas planetarias son circulares.
La oración c) es verdadera, pues Copérnico creía efectivamente lo que en ella se afirma. Por tanto, c) refiere a lo verdadero. Por otro lado, d) refiere a lo falso. También refiere a lo falso la siguiente oración:
e) 7 + 5 = 13
Así, por el principio anterior, si cambiamos en c) la oración d) por la oración e), el resultado tendrá que ser una oración verdadera. Pero f) no es verdadera (pues Copérnico sabía sumar):
f) Copérnico creía que 7 + 5 = 13.
¿Qué falla aquí? Según Frege, el valor de verdad de c) no depende de cómo sean las órbitas planetarias, sino de qué creía efectivamente Copérnico; es decir, no de la referencia de d), sino de su sentido. Por ello, si reemplazamos en c) la oración d) por otra que exprese el mismo pensamiento que esta, la nueva oración tendrá que ser verdadera. En efecto, c) es verdadera y g) también lo es:
g) Copérnico creía que las trayectorias descritas por los planetas (al girar alrededor del Sol) eran circulares
Puesto que el valor de verdad se conserva, y puesto que, en el ejemplo desarrollado, el valor de verdad se mantiene al sustituir una oración por otra que exprese su mismo pensamiento, Frege concluyó que las oraciones subordinadas precedidas por cláusulas como cree que y otras tienen como referencia el pensamiento que expresarían por sí solas. A esta referencia Frege la denominó indirecta. La referencia usual de una oración declarativa (o asertórica) es su valor de verdad, pero su referencia indirectaes el pensamiento que por sí sola expresaría.
Ahora bien, esta conclusión iba más allá de lo que Russell estaba dispuesto a admitir. Las referencias de las expresiones son lo que hay en realidad, y admitir que las expresiones pueden tener referencia indirectas implica aceptar que, junto a personas, ríos, libros o bares donde se vende alcohol a menores, hay entidades como el pensamiento de que las órbitas planetarias son circulares o como el de que 7 + 5 = 13. La revuelta de Russell contra Frege es, por tanto, una revuelta contra la idea de realidad:
Suponer que haya en el mundo real de la naturaleza todo un conjunto de proposiciones falsas dando vueltas de un lado para otro resulta monstruoso para mi mentalidad. No puedo ni siquiera ponerme a suponerlo. No puedo creer que se den ahí, en el mismo sentido en que se dan los hechos. (Russell, B., “La filosofía del atomismo lógico”, en Muguerza, J. (comp.), La concepción analítica de la filosofía, Madrid, Alianza, 1974, p. 188)
Por realidad entiende Russell:
Todo aquello que habría de ser mencionado en una completa descripción del mundo.
En esa descripción habría que mencionar, sin duda, las creencias falsas, pero no incluir, pongamos por caso, los pensamientos fregeanos. Hace falta disfrutar de un instinto de realidad bien afinado para no dar entrada a entidades puramente fantásticas; y si el análisis del lenguaje las introdujera, ese análisis sería reprobable. Para evitar ese tipo de errores Russell construye su teoría de las descripciones.
Según Russell,
Una teoría lógica debe ser puesta a prueba por su capacidad para enfrentarse con rompecabezas, y ejercitar a nuestra mente en el más amplio repertorio posible de rompecabezas constituye, por lo que hace a la lógica, un procedimiento sumamente recomendable, puesto que aquéllos desempeñan, en gran medida, idéntica función que los experimentos en física (Russell, B., “On denoting”, Mind 14, 479-93, reimp. en Russell, B., Lógica y conocimiento, Madrid, Tecnos, 1981, p. 62)
Russell enumera cuatro rompecabezas que una teoría de la denotación debe ser capaz de resolver; estos cuatro rompecabezas son:
El rompecabezas de Frege: ¿Cómo es posible que un enunciado de identidad de la forma “Clarín es Leopoldo Alas” sea más informativo que “Clarín es Clarín”?
El rompecabezas de los enunciados existenciales singulares: según Meinong, cuando decimos de la montaña de oro que no existe, en el enunciado “La montaña de oro no existe”, estamos afirmando la no existencia de un determinado objeto, a saber, la montaña de oro. Pero, ¿cómo podríamos afirmar algo de la montaña de oro si ésta no existiese? Por tanto, parece que la montaña de oro ha de existir, o al menos subsistir, según expresión de Meinong. ¿Es aceptable esto?
El rompecabezas de los términos singulares no denotativos: ¿cómo puede ser significativa una oración que contenga un nombre vacuo? Si el significado de un nombre es su portador, los nombres no denotativos carecerán de significado. Pero si carecen de significado, las oraciones en las que aparecen carecerán también de él. Esto es consecuencia del principio de composicionalidad, según el cual el significado de una expresión compleja es función de los significados de sus componentes y de su ordenación. Ahora bien, encontramos oraciones con nombres no referenciales que no sólo son significativas sino incluso verdaderas, como (2) anterior. Russell advierto que las oraciones que contienen términos singulares no referenciales parecen violar la Ley de Tercio Excluso. Consideremos (3) “El actual rey de Francia es calvo”. Parece que (3) no puede considerarse verdadera, en cuyo caso deberíamos poder decir que (4) “El actual rey de Francia no es calvo” es verdadera. Sin embargo, si hacemos una lista con todos los individuos calvos y otra con todos los no calvos, no encontraremos en ninguna de ellas al actual rey de Francia.
El rompecabezas de los contextos oblicuos: sea la oración (5) “Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley”. De acuerdo con el principio leibniziano de Sustitutividad de los Idénticos, deberíamos poder sustituir en (5) ‘el autor de Waverley’ por ‘Scott’, dado que el enunciado de identidad (6) “Scott es el autor de Waverley” es verdadero. Pero esta sustitución arrojaría el enunciado falso (7) “Jorge IV quería saber si Scott era Scott”.
Según Russell, la teoría de las descripciones es capaz de resolver satisfactoriamente estos cuatro rompecabezas. De acuerdo con su teoría, las palabras son símbolos significativos en virtud de lo que simbolizan. Su significado es aquello que simbolizan. En Los principios de la matemáticausa la palabra “término” para todo aquello por lo que está, o indica, una palabra y distingue dos tipos de términos: cosas y conceptos–que más tarde llamará particulares y universales–. Así toda palabra indica un término y los términos son parte de la realidad. Todo término tieneser. Esto lleva a una ontología barroca, pues entre los términos se incluyen algunas cosas que no existen.
Para salvar esta ontología barroca introduce, en “Sobre el denotar”, la noción de “expresión denotativa” mediante los siguientes ejemplos: “un hombre, algún hombre, cualquier hombre, todo hombre, ...”. Russell afirma que una expresión es denotativa exclusivamente en virtud de su forma. La cuestión de si una expresión constituye una descripción definida depende únicamente de su forma, no de si hay un individuo determinado que responda a esa descripción. Admite, pues, expresiones denotativas que no denotan nada –descripciones impropias–.
Además de las descripciones impropias, distingue otros dos tipos de descripciones: las que denotan un objeto determinado (expresiones de la forma “el tal-y-tal”, que llamará descripciones definidas) y las que denotan un objeto indeterminado (expresiones de la forma “un tal-y-tal”, llamadas descripciones indefinidas).
Cuando en un enunciado como:
(8) Encontré un hombre
aparece una descripción indefinida, Russell afirma que en el enunciado no “interviene” ningún nombre. A este respecto contrasta (8) con
(9) Encontré a Pérez
(8) y (9) tienen distinta forma lógica; (9) nombra una persona real, Pérez; en cambio (8) involucra sólo una función proposicional, la función
(10) Encontré a x y x es humano.
Lo que dice (8) realmente es que esa función es verdadera para al menos un individuo x. Así en (8) interviene un concepto. Según Russell, la carencia del aparato de las funciones proposicionales llevó a Meinong a postular la existencia de objetos irreales, tales como la montaña de oro (nuestro rompecabezas 2).
En tales teorías me parece que hay una carencia de ese sentido de la realidad que debe preservarse incluso en los estudios más abstractos. (Russell, B., “La filosofía del atomismo lógico” en Russell, Lógica y conocimiento, p. 148-9)
Obedeciendo a su “robusto sentido de la realidad”, Russell insiste en que en el análisis de la proposición no debe admitirse nada irreal. Para ello niega significación al grupo de símbolos “un unicornio” en la frase “Encontré un unicornio”. Tanto la oración completa, como la palabra “unicornio” son significativas, pero la descripción indefinida “un unicornio” no forma un grupo significativo por separado. De lo contrario, nos veríamos abocados a afirmar que debe haber algo que signifique. La teoría de Russell podría resumirse diciendo que las expresiones denotativas no denotan nada, sino que tienen significado sólo en el contexto; esto es, que son expresiones sincategoremáticas. En términos formales, sea un enunciado de la forma (11) Un tal-y-tal tiene esta-y-aquella propiedad. La tesis de Russell es que (11) no es de la forma sujeto-predicado ‘Fa’, sino de la forma
(12) $x (Gx & Fx),
donde ‘Gx’ representa la propiedad tal-y-tal y ‘Fx’ la propiedad ‘ésta-y-aquélla’.
Ahora podemos ver como una oración como “Una montaña de oro no existe” (rompecabezas dos) puede ser significativa y verdadera, sin comprometernos con la existencia o el ser de esa entidad fantástica. Esa oración es equivalente a “No hay nada que sea una montaña y sea de oro”, donde la expresión “una montaña de oro” no es un componente.
Russell define un nombre como
Un símbolo simple que designa directamente un individuo que es su significado y que tiene ese significado por derecho propio, independientemente de los significados de todas las demás palabras (Introducción a la filosofía de la matemática, Barcelona, Paidós, 1988, p. 152).
Por el contrario, las descripciones no tienen un significado por sí mismas, aunque contribuyen al significado de las oraciones en las que aparecen. La idea básica es que las descripciones no son auténticas expresiones singulares, no están por un objeto que es su significado, como sucede con los nombres. Así Russell pretende mantener a la vez una teoría referencial del significado y evitar la jungla meinongiana de los objetos irreales.
Russell ofrece una prueba de que las descripciones son símbolos incompletos. La prueba tiene dos partes. Primero, muestra que las descripciones definidas impropias como ‘el círculo cuadrado’ son símbolos incompletos. Una descripción como ésta no está por un objeto porque no hay un objeto así. Sea el enunciado ‘El círculo cuadrado no existe’. Ese enunciado es verdadero, pero no podemos concebirlo como la negación de la existencia de un cierto objeto determinado ‘el círculo cuadrado’. Si hubiese tal objeto, existiría. No podemos asumir que hay un objeto denotado por esa descripción y luego negar que lo haya. Pero, dado que el enunciado en cuestión es significativo y verdadero, la descripción que contiene no puede denotar el objeto descrito.
La segunda parte de la prueba trata de mostrar que todaslas descripciones definidas son símbolos incompletos, o lo que es lo mismo, que no son nombres. Para demostrar esto Russell da cinco argumentos:
(a) El argumento basado en la distinción simple/complejo: un nombre es un símbolo simple. Una descripción es un símbolo complejo: consta de partes que son símbolos. Así ‘el autor de Waverley’ consta de cuatro palabras cuyos significados ya están prefijados y determina a su vez el significado de la descripción. En cambio un nombre como ‘Scott’ es un símbolo simple cuyo significado no queda ya determinado al determinar el significado de las restantes palabras del lenguaje. Para entender el significado de ‘el autor de Waverley’ basta entender la lengua española; para entender el significado de ‘Scott’ hay que saber a quién se aplica.
(b) El argumento basado en la paradoja de la identidad: tomemos el enunciado
(1) Scott es el autor de Waverley.
Si en (1) intentamos sustituir la descripción por un nombre cualquier, ‘c’, obtenemos
(2) Scott es c.
Ahora bien, sólo hay dos posibilidades: que ‘c’ sea el nombre de alguien distinto de Scott, en cuyo caso (2) es falso, o que ‘c’ sea un nombre de Scott, en cuyo caso (2) se convertiría en una tautología. Pero (1) no es ni falso ni tautológico. Por tanto, ‘el autor de Waverley’ no significa nada; no es un nombre.
(c) El argumento basado en las descripciones impropias: según Russell, no hay nombres vacuos, pero hay descripciones vacuas. La función semántica de un nombre requiere que tenga un portador, pero la función de una descripción deja abierta la cuestión de si tiene o no tiene denotación. Pues podemos entender una descripción sin saber si tiene denotación o sin saber cuál es su denotación, pero no podemos entender un nombre sin saber cuál es su referente. La alternativa al punto de vista de que hay descripciones impropias es la posición que le atribuye a Meinong: distinguir entre ser y existencia de modo que podamos decir que algunas cosas que no existen sin embargo tienen ser o subsisten. Pero Russell objeta que esta posición infringe la Ley de Contradicción, porque comporta, por ejemplo, que el círculo cuadrado es cuadrado y también no cuadrado.
(d) El argumento basado en la noción de alcance: Russell afirma que las descripciones son sensibles a las distinciones de alcance, mientras que los nombres no lo son. En los Principia Mathematicase entiende por alcance de una expresión que no sea un paréntesis la fórmula más breve en la que ocurre. Diferencias relativas de alcance pueden conllevar diferencias de significado. Por ejemplo, ‘¬$x Fx’ y ‘$x ¬Fx’ significan cosas distintas debido a los alcances relativos diferentes del negador y del cuantificador existencial. En la primera el alcance del negador es toda la fórmula y el alcance del cuantificador es ‘$x Fx’. En la segunda sucede al revés: el negador cae dentro del alcance del cuantificador.
Sea el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’. Un enunciado así contiene una ambigüedad de alcance. O lo que es lo mismo, la descripción ‘el actual rey de Francia’ es sensible al alcance del negador. Decimos que una expresión es sensible al alcance cuando hay una expresión ambigua en la que aparece que puede desambiguarse en términos de los diferentes alcances de esa expresión en relación a otras expresiones. Según Russell, el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’ puede significar que no existe un individuo que sea actualmente rey de Francia y sea calvo, en cuyo caso tiene la forma
(1) ¬$x (Fx & "y (Fy ®y = x) & Gx).
(1) no entraña ‘El actual rey de Francia existe’. Aquí la negación tiene alcance largo y la descripción aparece en una intervención secundaria en el enunciado más amplio que empieza por el negador. Pero el enunciado en cuestión puede leerse también como afirmando que el individuo que es actualmente rey de Francia no es calvo, en cuyo caso tiene la forma
(2) $x (Fx & "y (Fy ® y = x) & ¬Gx).
(2) sí que entraña ‘El actual rey de Francia existe’. En este caso la negación tiene alcance corto y la descripción tiene intervención primaria.
Por el contrario, Russell afirma que los nombres propios son insensibles al alcance. Así, en ‘Scott no es humano’, no hay posibilidad de doble negación como la que existe en el caso de una expresión descriptiva.
(e) El argumento basado en los existenciales singulares: según Russell, no tiene sentido un enunciado existencial cuyo sujeto sea un nombre propio, pero sí podemos hacer enunciados existenciales rellenando con una descripción en blanco en ‘–– existe’ o en ‘–– no existe’.
La teoría de las descripciones definidas ofrece definiciones contextuales de las descripciones de la forma ‘el tal-y-tal’. Una descripción definida puede aparecer en un contexto existencial. Sea el enunciado ‘El autor de Waverley existe’. Según Russell este enunciado entraña, y es entrañado, por el siguiente par
(1) establece el requisito de existencia de por lo menos un individuo que satisfaga la propiedad en cuestión; (2) establece el requisito de unicidad –debe tratarse a lo sumo de un individuo que satisfaga la propiedad en cuestión–. Conjuntamente (1) y (2) exigen que una y sólo una persona escribiera Waverley.
En general, cualquier enunciado de la forma ‘El xtal que Fx existe’ entraña, y es entrañado por, el par
"x "y (Fx & Fy ® y = x).
La conjunción de (3) y (4) puede reescribirse en la forma
(5) $x (Fx & "y (Fy ® y = x),
que puede tomarse como definiens canónico de ‘El xtal que Fx existe’. A su vez, el enunciado ‘El x tal que Fx no existe’ es analizado como
(6) ¬$x (Fx & "y (Fy ® y = x).
Una descripción definida puede aparecer también en un contexto no predicativo. Sea ‘El autor de Waverley era un poeta’. Según Russell, este enunciado es equivalente a la conjunción de tres enunciados, los enunciados (1) y (2) más el enunciado
(7) Quienquiera que escribiese Waverley era un poeta.
(7) establece un requisito adicional: la subsunciónde quienquiera que satisfaga la primera propiedad en la clase de los individuos que satisfacen la segunda propiedad. Conjuntamente, (1), (2) y (7) exigen que un único individuo escribiera Waverley y que ese individuo fuera un poeta.
En general, cualquier enunciado de la forma ‘El xtal que Fx tiene la propiedad G’ entraña, y es entrañado por, el trío formado por (3), (4) y (8)
(8) "x (Fx ®Gx).
La conjunción de (3), (4) y (8) puede reescribirse como
(9) $x (Fx & "y (Fy ® y = x) & Gx),
que podemos tomar como definiens canónico de ‘El x tal que Fx tiene la propiedad G’.
El análisis de Russell tiene el efecto de asimilar las descripciones definidas a las expresiones cuantificacionales y de sacarlas de la clase de los términos singulares o expresiones referenciales singulares. Las expresiones de la forma ‘un F’ y ‘el F’ son cuantificadores. La primera contiene el cuantificador existencial. La segunda contiene lo que podríamos llamar el cuantificador singular ‘el x tal que Fx’. De modo que Fx es G’ dice que todo F es G y hay exactamente un F.
Ontológicamente, la teoría de las descripciones tuvo un efecto liberador. Al tratar las descripciones como símbolos incompletos, Russell ya no necesita asumir que designan entidades que deben incluirse en el “mobiliario de la realidad”.
La teoría de las descripciones también contribuyó a advertir sobre la posibilidad de que la forma gramatical superficial de una oración pueda ser desorientadora en cuanto a su forma lógica profunda. Si comparamos la forma lógica de ‘El autor de Waverley era un poeta’ [$x (Fx & "y (Fy ®y = x) & Gx)], con la que tiene la oración ‘Scott era un poeta’ (Ga), vemos que hay una enorme diferencia. Mientras que esta última es una oración de la forma sujeto-predicado, aquélla es una generalización existencial en la que no hay ningún símbolo que corresponda a la expresión descriptiva.
La paradoja de la identidad: para que un enunciado de identidad sea verdadero y a la vez informativo es necesario que al menos uno de los flancos del signo de identidad esté ocupado por una descripción definida. Si ambos flancos están ocupados por auténticos nombres propios, el enunciado es “sólo una tautología”. Sobre la base de este supuesto hecho, Russell argumentó que los nombres propios ordinarios son descripciones definidas disfrazadas, abreviadas, o truncadas.
Enunciados existenciales singulares: según Russell, no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios. Suponiendo que ‘a’ sea un nombre propio genuino, la afirmación ‘a existe’ sería trivial, redundante, puesto que el hecho mismo de usar el nombre ya presupone que su referente existe. A su vez, la afirmación ‘a no existe’ sería contradictoria: presuponemos que existe el portador del nombre usado y luego procedemos a decir que no existe. Russell considera que esto es un corolario de la idea de Frege según la cual la existencia es una propiedad de segundo orden, esto es, no una propiedad de objetos sino de conceptos. Según esto, cuando decimos que existe un satélite de la Tierra estamos afirmando que el concepto satélite de la tierra no es vacío, es satisfecho al menos por un individuo. Si tiene sentido decir que ‘Rómulo no existió’ es porque ‘Rómulo’ no es un nombre propio sino una descripción definida disfrazada. En esa proposición Rómulo no interviene como elemento constitutivo, pues, si lo hiciera, el enunciado de que no existió sería autocontradictorio. Una consecuencia de la posición de Russell en este punto es que el argumento ontológico de la existencia de Dios es inválido. La primera premisa del argumento dice que Dios es el ser más perfecto. ‘El ser más perfecto’ es una descripción definida. Por tanto, esta premisa entraña que el ser más perfecto existe. Pero esto es lo que el argumento pretende probar y asumirlo en la premisa es pedir la cuestión.
Términos singulares no denotativos: el enunciado ‘El actual rey de Francia es calvo’ es unívoco y tiene la forma ‘La propiedad G se predica del x tal que Fx’. Este enunciado entraña que el actual rey de Francia existe y por ello es falso. Por tanto, por tercio excluso, su negación debe ser verdadera. Pero el enunciado ‘El actual rey de Francia no es calvo’ es ambiguo. Si la descripción tiene incidencia primaria, entraña asimismo que el actual rey de Francia existe y por ello es también falso. Por tanto, bajo esta lectura, no es el contradictorio del ‘El actual rey de Francia es calvo’, ya que ambos son falsos, sino su subcontrario. El contradictorio de ‘El actual rey de Francia es calvo’ es aquel enunciado interpretado de manera que la descripción tenga intervención secundaria, pues entonces niega que una y sólo una persona sea a la vez rey de Francia y calva; y éste sí que es verdadero, si aquél era falso. Así pues, la Ley de Tercio Excluso no resulta dañada.
Contextos oblicuos: ‘Scott es el autor de Waverley’ no contiene como constituyente ‘el autor de Waverley’ y por ello no hay nada que podamos sustituir por ‘Scott’. Cuando reescribimos ‘Jorge IV quiso saber si Scott era el autor de Waverley’ y ‘Scott es el autor de Waverley’ empleando el análisis de las descripciones definidas, la descripción desaparece con el análisis y ya no hay descripción que reemplazar.
Russell concluye que los nombres ordinarios son en realidad descripciones definidas disfrazadas por dos razones: porque no puede haber enunciados existenciales singulares cuyos sujetos sean nombres propios y porque, de lo contrario, los enunciados de identidad entre nombres propios tendrían que ser o triviales o falsos.
Una tercera razón sería la siguiente. Russell distingue dos tipos de conocimiento de cosas, en cuanto distinto del conocimiento de verdades, el conocimiento por familiaridad y el conocimiento por descripción. El conocimiento del primer tipo es directo o inmediato, obtenido “sin el intermediario de proceso alguno de inferencia o de conocimiento alguno de verdades”. Se trata de una relación cognitiva directa con un objeto por la que tenemos apercepción directa del objeto mismo. Tenemos conocimiento directo solamente de ciertos particulares como nuestros datos sensoriales y de ciertos universales, como la rojez, que tienen ejemplificaciones particulares con las que estamos familiarizados y sobre cuya base abstraemos el universal. Al no depender de inferencia ninguna, el conocimiento así obtenido es indubitable, no está sujeto a error. En cambio, el conocimiento por descripción siempre involucra algún conocimiento de verdades como su fuente y fundamento. En este caso no se trata de una relación cognitiva directa con el objeto, sino que conocemos el objeto como “el tal-y-tal”, esto es, como el único objeto que satisface una cierta función proposicional. Russell cree que el conocimiento de las cosas ordinarias es por descripción.
En Los problemas de la filosofía formula así el principio de familiaridad:
Toda proposición que podamos entender debe componerse totalmente de constituyentes con los que estemos familiarizados.
Es decir, en último análisis toda proposición inteligible debe ser analizable en términos de proposiciones cuyos componentes tengan un significado que podamos captar por familiaridad. Del principio se desprende que la existencia de los portadores de los nombres propios ordinarios está sometida a duda y sólo tenemos garantía epistémica acerca de los objetos de conocimiento directo. Si a esto añadimos la teoría referencial del significado de los nombres, según la cual el significado de un nombre es su portador, se sigue que los nombres propios ordinarios no son auténticos nombres y que los únicos nombres lógicamente propios deben designar objetos de conocimiento directo.
Los nombres propios ordinarios no son nombres propios genuinos porque los objetos que parecen denotar no son particulares simples sino entidades complejas. Y no son conocidos sino por descripción. Los nombres lógicamente propios son signos puramente demostrativos, carentes de todo contenido descriptivo o connotación y se caracterizan porque su significatividad garantiza la existencia del objeto denotado. Y puesto que los únicos particulares garantizados epistémicamente son aquellos que nos son dados inmediatamente en la experiencia, sólo los signos que se refieran a nuestros datos sensoriales privados contarán como genuinos nombres propios. Esto reduce la categoría de esas expresiones a los demostrativos ‘esto’, ‘eso’ y ‘aquello’, pero sólo cuando se usan para referirse a nuestros datos sensoriales actuales. Sólo los datos sensoriales que percibimos están enteramente garantizados desde un punto de vista epistémico. De ahí que ‘esto’ sólo funcione como nombre auténtico cuando se refiere a los datos sensoriales presentes.
Otra consecuencia es que un lenguaje lógicamente perfecto será un lenguaje privado:
Un lenguaje perfecto, si fuera posible construirlo, sería no sólo intolerablemente prolijo, sino, en buena medida, y por lo que respecta a su vocabulario, del dominio privado del que habla, es decir, todos los nombres que en él intervinieran serían de la exclusividad de aquél último, y no podrían entrar a formar parte del lenguaje de otro interlocutor.
La razón es que en un lenguaje lógicamente perfecto los nombres propios ordinarios no tendrían ningún papel que desempeñar. Serían sustituidos por descripciones definidas. Y los únicos nombres serían los demostrativos usados para designar los datos sensoriales privados del hablante.
Russell excluye a las descripciones definidas de la categoría de expresiones referenciales. Sin embargo, Russell defiende la viabilidad de un nombrar genuino: el que viene posibilitado por el uso de lo que llama nombres lógicamente propios.
Las únicas palabras de que, de hecho, nos servimos como nombres, en el sentido lógico del término, son palabras como “esto” o “aquello”. Podremos hacer uso de “esto” como de un nombre referido a algún particular directamente conocido en este instante. Supongan que decimos “Esto es blanco”. Si convienen en que “esto es blanco” refiriéndose a “esto” que ven ustedes, estarán usando “esto” como un nombre propio. Pero si tratan de aprehender el sentido de la proposición por mí expresada al decir “Esto es blanco”, ya no podrán usarlo como tal. Si se refieren a este trozo de tiza en cuanto objeto físico, ya no estarán usando “esto” como un nombre propio. Sólo cuando usen “esto” refiriéndose al objeto inmediatamente presente a sus sentidos, funcionará de hecho aquel vocablo como un nombre propio. Y precisamente en este punto posee “esto” una propiedad bien extraña para ser un nombre propio, a saber, que raramente significa la misma cosa en dos momentos consecutivos ni significativa lo mismo para el que habla que para el que escucha. Se trata de un nombre propio ambiguo, mas no por ello es menos un auténtico nombre propio, y casi la única palabra que alcanzo a imaginar que se use estricta y lógicamente como un nombre propio en el sentido en que he venido hablando de los nombres propios (La filosofía del atomismo lógico, en J. Muguerza, La concepción analítica de la filosofía)
Según Russell, sólo el pronombre demostrativo neutro usado por el hablante para referirse a un dato sensorial en presencia de aquello que lo provoca es un nombre propio en sentido lógico. De acuerdo con el sentido común, un nombre propio es una palabra que sirve para referirse a un particular. Ahora bien, si se cuestiona que las cosas que se consideran como particulares desde el punto de vista del sentido común sean tales, y se conciben como entidades complejas, mientras se mantiene la definición de los nombres propios como “palabras que se refieren a particulares”, obviamente cambiarán el tipo de expresiones que pueden clasificarse como nombres propios. Éste es el punto de partida de la teoría de Russell. Russell define los particulares como “términos de relaciones de los hechos atómicos”.
Los hechos más simples imaginables son aquellos que consisten en la posesión de una cualidad por parte de una cosa particular. Hechos como, por ejemplo, “Esto es blanco”. Estos hechos habrán de interpretarse en un sentido un tanto rebuscado. No les pido que piensen en el trozo de tiza que tengo entre los dedos, sino en lo que ustedes ven cuando contemplan esta tiza (ibid.)
“Esto” tiene como referente el dato sensorial percibido por el hablante mientras contempla el trozo de tiza, y este dato sensorial es un particular. Si el pronombre demostrativo tuviera como referente el trozo de tiza que el hablante está mirando en ese momento, la oración “Esto es blanco” sería equivalente a “Este trozo de tiza es blanco”; en este caso, “esto” no sería un nombre propio, puesto que el trozo de tiza no es un particular. Los particulares son, por tanto, privados y evanescentes, difieren de un individuo a otro y sólo persisten lo que dura la experiencia del sujeto. Russell funda su epistemología sobre la distinción entre el conocimiento directo y el conocimiento por referencia (o descripción):
Diremos que tenemos conocimiento directo de algo cuando sabemos directamente de ello, sin el intermediario de ningún proceso de inferencia ni de ningún conocimiento de verdades. Así en presencia de mi mesa, conozco directamente los datos de los sentidos que constituyen su apariencia –su color, forma, dureza, suavidad, etc.–; de ello soy inmediatamente consciente cuando veo y toco mi mesa. [...] Mi conocimiento de la mesa, como objeto físico, no es al contrario, un conocimiento directo. Es obtenido, tal como es, a través del conocimiento directo de los datos de los sentidos que constituyen la apariencia de la mesa [...] Mi conocimiento de la mesa es de la clase que denominaremos “conocimiento por referencia”. La mesa es “el objeto físico que causa tales y cuales datos de los sentidos”. Así se describe la mesa por medio de los datos de los sentidos (Los problemas de la filosofía, pp. 47-48)
Sólo se puede nombrar un particular; no es posible nombrar nada de lo que no se tenga conocimiento directo; conocemos directamente los datos de los sentidos y éstos son los particulares que podemos nombrar. ¿Por qué sólo podemos nombrar aquello de lo que tenemos conocimiento directo? ¿Qué sucede con los nombres propios en sentido usual? Nombrar algo viene a ser equivalente a señalarlo mediante un signo lingüístico, siendo la relación entre el nombre y su portador directa, pues el nombre, en su mera calidad de signo, es suficiente para identificar al referente. Esta asociación directa entre el lenguaje y una entidad extralingüística sólo es posible cuando el nombre designa el dato sensorial que el hablante está experimentando; es decir, una entidad particular percibida directamente. A una entidad compleja “construida” a partir de particulares (datos sensoriales) resulta imposible nombrarla, puesto que sólo somos capaces de identificarla merced a las verdades, descripciones, que conocemos acerca de ella. Si decido poner un nombre propio a la mesa de mi estudio, “Frida”, lo único que conseguiré será poder aludir a ella de una manera más breve; en lugar de decir “la mesa de mi estudio” podré utilizar el nombre propio “Frida” que, de este modo, funcionará como una descripción definida abreviada. No identificamos el referente porque un signo lingüístico nos los señala, sino porque se ajusta a las descripciones que sabemos acerca de él.
Nosotros no conocemos directamente a Sócrates y, por tanto, no podemos nombrarlo. Cuando empleamos la palabra “Sócrates”, hacemos en realidad uso de una descripción. Lo que pensamos al decir “Sócrates” podría traducirse por expresiones como “El maestro de Platón”, “El filósofo que bebió la cicuta” o “La persona de quien los lógicos aseguran que es mortal”, mas no emplearemos ciertamente aquel nombre como un nombre en sentido propio (La filosofía del atomismo lógico)
La categoría de los nombres propios queda, pues, reducida a los pronombres demostrativos neutros usados por el hablante para designar sus datos sensoriales cuando los está experimentando. Ninguna información acerca del referente está asociada al nombre propio en sentido lógico; su función es exclusivamente la de estar por el referente, de ahí que su significado sea el portador del nombre y conocer este significado sea conocer el referente, tener conocimiento directo del particular nombrado. Los particulares se conciben como completamente autosubsistentes, existiendo cada uno de ellos con total independencia de los demás, y el reflejo semántico de esta tesis metafísica es al asignación a los nombres propios de un significado autónomo, independiente del contexto.
Las características fundamentales de la lógica de Russell son dos: su identificación con la matemática y su planteamiento realista. Sobre el primer punto Russell ha dicho:
Si no existiese el deseo de atenernos al uso, podríamos identificar la matemática con la lógica y definir una y otra como la clase de proposiciones que contienen únicamente variantes y constantes lógicas; pero el respeto a la tradición me mueve preferiblemente a adherirme a la citada distinción, aun reconocido que ciertas proposiciones pertenecen a ambas ciencias (Los principios de las matemáticas, § 10).
La distinción a que alude es aquella por la cual la lógica está constituida por las “premisas de la matemática”. La posición de Russell es el logicismo que afirma cierta prioridad de la lógica sobre la matemática y admite la lógica como guía o disciplina intrínseca de la matemática. Russell define la matemática como «la clase de todas las proposiciones de la forma “p implica q” donde p y q son proposiciones que contienen una o más variables y ni p ni q contienen ninguna constante excepto las constantes lógicas» (ib., § 1). Constantes lógicas son las nociones definibles por medio de las siguientes: la implicación, la relación de un término con una clase a la que pertenece como elemento, la noción de tal que, la noción de relación y otras nociones parecidas que pueden entrar en la noción general de proposición en la forma antes expuesta. Son variableslos términos precedidos por cualquiera o alguno. Desde el punto de vista de Russell, la identidad entre matemática y lógica se puede afirmar en la forma más simple observando que ambas tienen por único objeto la teoría general de las relaciones.
La otra característica fundamental de la lógica de Russell es su planteamiento realista.
La aritmética hay que descubrirla en el mismo sentido en que Colón descubrió las Indicas Occidentales, y nosotros no podemos crear números como tampoco pudo Colón crear los indios. El número 2 no es puramente mental, sino una entidad a en la que se puede pensar. Todo lo que puede ser pensado tuene ser y su ser es una precondición, no un resultado, de su ser pensado (ib., § 427).
Russell compartía con Frege «la creencia en la realidad platónica de los números los cuales poblaban el reino del tiempo del ser». Pero este platónico “reino del ser” lo consideró siempre Russell como la estructura misma del mundo. «La lógica se ocupa del mundo real lo mismo que la zoología, por lo que hace a sus rasgos más generales y abstractos» (Introducción a la filosofía matemática). «No queremos que nuestros números verifiquen las fórmulas matemáticas sino que se apliquen de modo exacto a los objetos con los cuales se hallen en contacto» (o.c.). Y contra el formalismo de Hilbert afirmaba:
La aplicación del número al material empírico no forma parte ni de la lógica ni de la aritmética: pero no puede ser justa una teoría que a priori la haga imposible. La definición lógica de los números hace inteligible su relación con el mundo efectivo de los objetos que se pueden contar: no así la teoría formalista (Introducción a la segunda edición de los Principios de las matemáticas)
Las partes de la lógica son el cálculo de proposiciones, el cálculo de clases y el cálculo de relaciones. El cálculo de proposicionesestudia las relaciones de implicación material entre las proposiciones. Se entiende por implicación material la que es verdadera (por lo menos) si la conclusión es verdadera. La implicación “Sócrates es un hombre implica Sócrates es mortal” es una implicación formal que exige para su verdad que ambas proposiciones sean verdaderas: basándose en esta exigencia, en Sócrates, en aquella implicación, se puede sustituir algún hombre, no alguna otra entidad. En cambio, en la implicación material, en la variable se puede sustituir una entidad cualquiera, es decir, no sólo un hombre, sino un pastel, un árbol o una piedra. Este tipo de implicación es el único que hace posible la generalización matemática. Basadas en la implicación material, las proposiciones falsas implican todas las proposiciones y las proposiciones verdaderas están implicadas por todas las proposiciones. Además, entre dos proposiciones cualesquiera, habrá siempre una que implique a la otra.
En el cálculo de clases, Russell distingue la clase del concepto-clase o predicado con el que se define la misma: así los hombres son una clase, mientras el hombre es un concepto-clase. Russell afirma que de los dos aspectos considerados siempre por la lógica, la extensión y la intensión, el primero es el más importante, y que la clase se interpreta en el sentido de la extensión. Desde este punto de vista, la extensión es un término único (si se considera en su totalidad) o es aquel tipo de combinación de términos que se expresa conectando los términos con la conjunción Ú. Así, la frase “Sócrates es un hombre” puede interpretarse de alguna de las siguientes maneras: 1) “Sócrates es humano” o “Sócrates tiene humanidad”, que es la interpretación predicativa o intensional de la frase misma; 2) “Sócrates es un hombre”, que expresa la identidad entre Sócrates y uno de los términos denotados por un hombre; 3) “Sócrates es uno entre los hombres”; 4) “Sócrates pertenece a la raza humana”. Esta última expresa la relación de un individuo con su clase y considera la clase como uno y no como muchos, es decir, en el medio en que está requerido por la posibilidad de la relación. Esta constituye la expresión puramente extensional de aquella proposición y es la forma que más se da en la matemática simbólica, ya que ésta no puede prescindir del todo de los conceptos-clase y de la intensión. En el campo del cálculo de las clases se ha introducido también el concepto de función proposicional, que se obtiene poniendo en la proposición “Sócrates es un hombre” x en el lugar de Sócrates. La proposición “x es un hombre” será una función proposicional, verdadera para algunos valores de la variable y falsa para los demás. Los valores para los cuales es verdadera, introducen el concepto de tal que. Así: Sócrates es tal que, sustituyendo a x en la función “x es un hombre”, la hace verdadera.
La lógica de las relaciones establece la diferencia fundamental entre lógica antigua y lógica nueva: la lógica antigua consideraba una sola forma de proposición, la que resulta de un sujeto y de un predicado y se fundaba en el supuesto metafísico de que no existen en realidad más que cosas y sus cualidades. La lógica nueva toma como fundamento suyo las proposiciones que expresan una relación y niega que las relaciones puedan reducirse a cualidades de una cosa. Una relación puede ser simétrica o asimétrica, transitiva o intransitiva. Es simétrica si, mediando entre ay b, media también entre b y a; en el caso contrario es asimétrica. Una relación es transitiva si cada vez que existe entre a yb, y b y c, existe también entre a y c; es intransitiva cuando, existiendo entre a y b y b y c, no existe entre a y c. Ahora bien, si las relaciones simétricas, transitivas e intransitivas pueden expresar la posesión de cualidades comunes o diferentes, las relaciones asimétricas no expresan la posesión de ninguna cualidad y, por tanto, no son reducibles a cualidades de las cosas. La existencia de tales relaciones hace imposible el supuesto de la lógica antigua (y de la antigua metafísica) de que no existen sino las cosas y sus cualidades.
Una proposición que expresa que una cosa tiene una determinada cualidad o que unas cosas tienen una determinada relación, es una proposición atómica, es decir, la forma más simple de las proposiciones. Afirmar o negar una proposición atómica es cosa que sólo se puede hacer en virtud de la experiencia porque las proposiciones atómicas son indeducibles de otras proposiciones. Por otra parte, la lógica pura es independiente de los hechos expresados por las proposiciones atómicas (hechos atómicos); de modo que la lógica pura y los hechos atómicos son los dos polos opuestos entre los cuales existe una vasta región intermedia. En esta región intermedia se sitúan las proposiciones moleculares, las cuales incluyen el contenido de hechos atómicos, pero incluyen también una conexión entre estos hechos que no es reducible a un hecho atómico. Además, existen proposiciones generales que tampoco son deducibles de tales hechos. La fórmula de las proposiciones generales en lógica es la siguiente: «Si una cosa posee una propiedad determinada y si lo que posee esta propiedad posee otra propiedad, entonces la cosa en cuestión posee esta otra propiedad».
En la teoría general de las relaciones se identifican matemática y lógica. Contar significa establecer una relación de término a término entre la serie de los objetos contados y los números naturales. Y el número natural, como procedimiento empleado al contar, no es ni los diversos números particulares ni las varias colecciones de objetos a las cuales son aplicables los números particulares: es, más bien, lo que todos los números tienen en común. Por ejemplo, el número 12 no es ni los 12 apóstoles, ni las 12 tribus de Israel, ni los 12 signos del zodíaco, ni ninguna otra colección o clasede 12 objetos: es, más bien, lo que todas estas colecciones o clases tienen en común; por lo que puede definirse como «la clase de todas las clases parecidas a ella», esto es, la clase de todas las clases cuyos términos tienen una relación de uno a uno entre sí. Si tal es el número particular, el número general será simplemente un conjunto cualquiera que sea el número de uno de sus miembros, es decir, «número es aquella cosa que es el número de una clase dada». Sobre estas bases, y empleando el principio de inducción matemática de Peano (que Russell transforma en: «Toda propiedad de que gozan el cero y el sucesor de un número que goza de tal propiedad, pertenece a todos los números naturales») Russell logra transformar en enunciados lógicos los fundamentos de toda la teoría de los números reales y con ello realizar completamente la reducción de la matemática a la lógica (la matemática que es recudible a la teoría de los números reales). Russell llama inductivos a los números naturales, para indicar que su definición depende del uso de la inducción matemática; pero afirma que existen números no inductivos, para los cuales no valen todas las propiedades inductivas; tales son los números infinitos, a los que Russell define como una clase “reflexiva”; pero esto nos lleva a las antinomias.
En 1902 Russell comunicaba por carta a Frege el descubrimiento de una paradoja en la lógica fregeana. Esta paradoja (conocida desde entonces como paradoja de Russell) es similar a la paradoja del mentiroso. Russell la enuncia así en los Principios de las matemáticas (§ 101):
Un concepto-clase puede ser o no ser un término de la propia extensión [por ejemplo, la clase de los conceptos, siendo a su vez un concepto, es un término de la propia extensión; la clase de los hombres, no siendo un hombre, no es un término de la propia extensión]. La expresión “concepto-clase que no es un término de su propia extensión” es abiertamente un concepto-clase. Pero si ella es un término de la propia extensión, ella es un concepto-clase que no es un término de la propia extensión y viceversa.
En cristiano, la clase de todas las clases que no contienen a sí mismas como elemento (K) ¿contiene o no contiene a sí misma como elemento? Si K contiene a sí misma, contendrá una clase que contiene a sí misma como elemento y, por lo tanto, no será “la clase de las clases que no a sí mismas como elementos”. Si K no contiene a sí misma, entrará precisamente con ello en el ámbito de las clases que no contienen a sí mismas como elementos y, en consecuencia, deberá contener a sí misma. En un caso y en otro se produce una contradicción. Veámoslo con un ejemplo: la paradoja del barbero: Supongamos que existe un barbero que afeita a todos, y sólo a aquellos, barberos que no se afeitan a sí mismos. ¿Quién afeitará a este barbero?. Si decimos que se afeita a sí mismo caemos en contradicción, pues anteriormente hemos dicho que sólo afeita a los barberos que no se afeitan a sí mismos. Pero también caemos en contradicción si decimos que no se afeita a sí mismo, pues como hemos dicho que afeita a todos los barberos que no se afeitan a sí mismos, debería afeitarse a sí mismo. ¿Quién lo afeita pues?
La característica común de todas estas paradojas es, según Russell, la autorreferencia o reflexividad, por la cual derivan de creer que, cuando se considera una totalidad, por ejemplo la totalidad de las x, la totalidad misma está incluida entre las x y es otra x. Por lo cual, se pueden evitar las antinomias tomando como regla que cada vez que se habla de la totalidad de una colección no hay que considerar la totalidad misma como un miembro de la colección; pero este principio puramente negativo no muestra el modo en que pueda ser rectificada la antinomia. Para responder a este problema Russell elaboró la teoría de los tipos. Según esta teoría, se deben distinguir conceptos de tipo cero que son los conceptos individuales, es decir, los nombres propios; conceptos de tipo uno que son propiedades de individuos; conceptos de tipos dos que son propiedades de propiedades y así sucesivamente. Dado lo cual, la regla para evitar la antinomia es la siguiente: un concepto nunca puede hacer de predicado en una proposición cuyo sujeto sea de tipo igual o mayor que el concepto mismo.
Russell nunca ha dudado de que el punto de partida del conocimiento es la experiencia individual, el dominio privado o egocéntrico de los datos inmediatos; pero tampoco ha dudado de que el conocimiento no se reduce a tal dominio sino que comprende otro dominio que sólo puede ser alcanzado mediante la inferencia, que se reconoce y se expresa de modo totalmente distinto del primero, como constituido por elementos tomados de aquél.
Como punto de partida de todo conocimiento, la experiencia no puede ser, en opinión de Russell, un método de comprobación. En esto se basa la crítica de Russell respecto al neoempirismo del Círculo de Viena. Cuando los neoempiristas afirman que el significado de una proposición es el método de su comprobación, el principio de verificación, dejan de considerar las proposiciones más ciertas, o sea, los juicios de percepción:para éstos no hay ningún método de comprobación porque ellos mismos constituyen la comprobación de todos las demás proposiciones empíricas que pueden ser conocidas de alguna manera. Además, los neoempiristas descuidan el hecho de que todas las palabras necesarias tienen definiciones ostensivas (que son aquellas con las que se aprende a captar una palabra sin el empleo de otras, es decir, con referencia al dato inmediato a que se refiere la palabra) y que un enunciado puede ser comprendido si está compuesto de palabras que comprendemos, aunque no tengamos una experiencia que corresponda al significado total del enunciado mismo.
Esta crítica confirma que, para Russell, la experiencia no es un método para la comprobación de los enunciados sino el punto de partida de donde nacen el conocimiento y el lenguaje. Pero como punto de partida, la experiencia es inmediata y privada. Los Problemas de la filosofía, de 1912, ya contenían una exposición completa y ordenada de lo que Russell entiende con estos términos. La experiencia es la esfera del conocimiento directo, de cuyos objetos somos directamente conscientes sin mediación de ningún proceso de inferencia ni de ningún conocimiento de verdad. Las cosas no son objetos del conocimiento directo, sino los datos sentibles por un lado, los datos de la introspección (es decir, de la reflexión en el sentido de Locke) por otro lado, y además los proporcionados por la memoria. También es probable, según Russell, que tengamos conocimiento inmediato de nosotros mismos, esto es, de nuestro yo, ya que no se ve cómo podremos conocer la verdad de la proposición: “Yo tengo conocimiento de los datos sensibles” si no tuviésemos un conocimiento inmediato de algo que llamamos “yo”. Además, Russell admite que se tiene un conocimiento inmediato de los universales (o sea, de las relaciones que entran como componentes esenciales de todo enunciado) y que tal conocimiento es el concepto.
Pero, además del conocimiento inmediato, existe lo que Russell llama conocimiento por descripción, que está constituido por el conocimiento de la verdad. En tal caso, lo que conocemos es precisamente una descripcióny conocemos además que hay un solo objeto al que se aplica la descripción y conocemos además que hay un solo objeto al que se aplica la descripción, aunque el objeto mismo no sea directamente conocido. Por ejemplo, “el ordenador que tenemos delante es el objeto fisico que causa este y aquel dato sentible”. Esta proposición describe el ordenador por medio de los datos sentibles. Tanto los objetos fisicos, como los espíritus de las demás personas no se conocen directarnente, sino sólo mediante el conocimiento por descripción. Pero, en todo caso, el conocimiento por descripción es finalmente reducible al reconocirniento directo. En esto se funda el principio que regula el análisis de las proposiciones: Toda proposición que nosotros podamos comprender ha (le estar compuesta totalmente por constituyentes (le los que tengamos conocimiento inmediato Este principio es la base de la lógica y de la teoría del lenguaje de Russell.
El punto de partida del conocimiento es la experiencia individual, el dominio privado o “egocéntrico” de los datos inmediatos; pero el conocimiento no se reduce a tal dominio sino que comprende otro dominio que sólo puede ser alcanzado mediante la inferencia, que se reconoce y se expresa de modo totalmente distinto del primero, como constituido por elementos tomados de aquél. Como punto de partida de todo conocimiento, la experiencia no puede ser, en opinión de Russell, un método de comprobación. Cuando los neopositivistas afirman que «el significado de una proposición es el método de su comprobación», dejan de considerar las proposiciones más ciertas, o sea, los juicios de percepción: paraéstos no hay ningún método de comprobación porque ellos mismos «constituyen la comprobación de todas las demás proposiciones empíricas que pueden ser conocidas de alguna manera». Además, los neopositivistas descuidan el hecho de que todas las palabras necesarias tienen definiciones ostensivas y que un enunciado puede ser comprendido si está compuesto de palabras que comprendemos, aunque no tengamos una experiencia que corresponda al significado total del enunciado mismo.
Para Russell la experiencia no es un método para la comprobación de los enunciados sino el punto de partida de donde nacen el conocimiento y el lenguaje. Pero como punto de partida, la experiencia es inmediata y privada. La experiencia es la esfera del conocimiento directo, de cuyos objetos “somos directamente conscientes sin mediación de ningún proceso de inferencia ni de ningún conocimiento de verdad”. Las cosas no son objetos del conocimiento directo, sino los datos sensibles por un lado, los datos de la introspección por otro y los datos proporcionados por la memoria. Además, Russell, admite que se tiene conocimiento inmediato de universales(o sea, de las relaciones que entran como componentes esenciales de todo enunciado) y que tal conocimiento es el concepto.
Pero, además del conocimiento inmediato, existe el conocimiento por descripción, que está constituido por el conocimiento de la verdad; en tal caso, lo que conocemos es precisamente una descripción y conocemos además que hay un solo objeto al que se aplica la descripción, aunque el objeto mismo no sea directamente conocido. El conocimiento por descripción es reducibleal conocimiento directo. En esto se funda el principio que regula el análisis de las proposiciones: «Toda proposición que nosotros podamos comprender ha de estar compuesta totalmente por constituyentes de los que tengamos conocimiento inmediato».
“Atomismo lógico” es el nombre que B. Russell da a su primera teoría filosófica, expuesta en unas conferencias dadas en 1918 y tituladas Lecciones sobre el atomismo lógico, cuyo origen atribuye a ideas de L. Wittgenstein, discípulo suyo, y que éste más adelante expondrá también en su Tractatus Logico Philosophicus (1921). También es el nombre que se da a la teoría filosófica sobre el mundo que aparece en el Tractatus de Wittgenstein; a la versión wittgensteiniana del atomismo lógico se le da el nombre de “teoría pictórica o figurativa de la realidad”.
Según esta teoría, el mundo consta de “hechos atómicos”, o simples, que son el referente de los enunciados simples o “enunciados atómicos”, de modo que el lenguaje viene a ser como una “pintura” (Bild en alemán Picture en inglés ) del mundo, a la manera como un mapa dibuja un terreno o región determinados; el mundo posee, igual que el lenguaje, una estructura lógica, cuyos elementos se manifiestan mediante el análisis lógico. Este isomorfismo entre lenguaje y mundo supone que a cada nombre corresponde, como referente, una entidad concreta, llamada en este caso dato sensorial (sense data), y a cada predicado, sea una cualidad o una relación, una propiedad real, absoluta o relativa. Con este isomorfismo, Russell pretendía superar las ambigüedades del lenguaje ordinario o natural, cuyo uso ha hecho que muchas de las proposiciones de la filosofía sobre todo, de la metafísica sean “sinsentidos”. El atomismo lógico lleva a la consideración de un lenguaje ideal, característica que no es posible hallar en los lenguajes ordinarios, y que es sólo propia de un lenguaje formalizado. Toda metáfora debe ser abandonada. El atomismo lógico influyó notablemente en el neopositivismo lógico, pero posteriormente tanto Russell como Wittgenstein abandonaron esta teoría.
El propósito de Russell es semejante al de Frege, y análoga la justificación de su interés por las condiciones que ha de cumplir un lenguaje para alcanzar la perfección lógica. Pero en Russell, la reflexión se da en un contexto filosófico más rico y logra un grado de elaboración más alto.En la doctrina de Russell, tanto los supuestos epistemológicos como las consecuencias metafísicas poseen una riqueza y tienen una explicación del todo ausente en Frege. Como hemos dicho antes, la teoría de Russell es denominada por él, en virtud de las razones que mencionaremos, “atomismo lógico”, y alcanza su madurez hacia 1918, año en que pronuncia las conferencias citadas sobre “La filosofia del atomismo lógico”.
Aquí caracteriza su tema como de gramática filosófica, y lo justifica así:
Creo que prácticamente toda la metafísica tradicional está llena de errores que se deben a la mala gramática, y que casi todos los problemas y resultados tradicionales de la metafísica se deben a no hacer, en lo que podemos llamar la gramática filosófica, el tipo de distinciones de las que nos hemos ocupado en estas conferencias.
Y unos años después, en un resumen de su teoría, escribiría:
Creo que la influencia del lenguaje en la filosofía ha sido profunda y casi no reconocida. Para que esta influencia no nos extravíe, es necesario que seamos conscientes de ella, y que deliberadamente nos preguntemos en qué medida es legítima. En este aspecto, el lenguaje nos extravía por su vocabulario y por su sintaxis. Debemos estar en guardia sobre ambas cosas para que nuestra lógica no nos conduzca a una falsa metafísica".
En cumplimiento de estas advertencias, Russell desarrollará un tipo de análisis del lenguaje que aspira a poner de manifiesto sus imperfecciones lógicas, contrastándolas con las cualidades de un lenguaje lógicamente perfecto.
¿Cómo debe ser un lenguaje “lógicamente perfecto”? Lo primero que Russell va a decir hace referencia no tanto al lenguaje en sí y a su estructura formal cuanto a la relación entre el lenguaje y la realidad. La primera condición para que un lenguaje sea lógicamente perfecto es una condición semántica: que las palabras de cada proposición correspondan una por una a los componentes del hecho correspondiente. Se exceptúan palabras tales como “o”, “no”, “si... entonces”, las cuales tienen una función diferente, es decir, carecen de conexión directa con la realidad; son las palabras que expresan modos de componer oraciones, y que pueden traducirse a functores lógicos, y que, naturalmente, están incluidas en lo que antes hemos llamado “término sincategoremáticos”. Queda así establecido por Russell el principio de isomorfía semántica: “en un lenguaje lógicamente perfecto habrá una sola palabra para cada objeto simple, y todo lo que no sea simple será expresado por una combinación de palabras...”. Un lenguaje semejante tiene la ventaja de que muestra a simple vista la estructura lógica de los hechos que afirman o niegan. Según Russell, de esta clase pretende ser el lenguaje de los Principia Mathematica, con la única diferencia de que este lenguaje posee sintaxis, pero carece de vocabulario: es el tipo de lenguaje que, si le añadiéramos un vocabulario, sería un lenguaje lógicamente perfecto”.
Pero hay que entender adecuadamente lo que Russell quiere decir. Los Principia Mathematica, como todo cálculo lógico, tienen su vocabulario, a saber, el conjunto de signos con los que se componen sus fórmulas en aplicación de sus reglas. Pero lo que Russell quiere dar a entender es que un lenguaje lógicamente perfecto podría ser un lenguaje que, poseyendo un vocabulario, no de signos lógicos, sino de palabras, como las del lenguaje natural, tuviera una sintaxis, unas reglas de estructuración y composición de oraciones, como las de aquel cálculo lógico. Los lenguajes naturales, las lenguas humanas, no son de esa manera. Y esto, que es una desgracia desde el punto de vista filosófico, es una ventaja a efectos prácticos de comunicación. A diferencia de un lenguaje lógicamente perfecto, el lenguaje ordinario se caracteriza por la ambigüedad de sus palabras, de tal manera que, cuando alguien usa una palabra, no significa por medio de ella la misma cosa que otra persona. Esto, que a primera vista podría parecer un inconveniente, no lo es en realidad, y lo grave sería que todos los hablantes significaran con sus palabras las mismas cosas, pues la comunicación resultaría imposible.¿Por qué? Porque el significado que uno dé a sus palabras tiene que depender de la naturaleza de los objetos con los que esté familiarizado, y puesto que las diferentes personas están familiarizadas con diferentes objetos, no podrán hablar entre sí a menos que den a sus palabras significados muy diferentes.
El significado depende del conocimiento por familiaridad o conocimiento directo, que Russell contrapone al conocimiento por descripción. El conocimiento directo excluye la mediación de procesos de inferencia o de conocimiento de verdades. Los datos sensibles constituyen la apariencia de un objeto material, como color, forma, dureza, etc., son ejemplo de algo que se conocen directamente por familiaridad. El conocimiento del objeto como tal es, en cambio, un conocimiento por descripción: supone, no sólo mis datos sensibles actuales, sino además el recuerdo de otros, junto con el conocimiento de ciertas verdades físicas que están presupuestas por nuestro trato con los objetos materiales. Estos objetos no nos son, pues, conocidos directamente. Lo que conocemos directamente son los datos sensibles que ellos nos producen; los objetos, como tales, son sólo construcciones lógicas que hacemos sobre la base de nuestros datos sensibles, y los conocemos por descripción. El fundamento de nuestro conocimiento está, por consiguiente, en el conocimiento directo, en la familiaridad. Pero ésta no se limita a los datos sensibles. Russell amplía el conocimiento directo a los recuerdos, con lo que la memoria resulta ser, además de los sentidos, una vía para tal conocimiento; e incluye asimismo, en aquél, los estados psicológicos propios, objeto de familiaridad por autoconciencia, aunque duda sobre si incluir también el propio yo. Y no sólo son conocidos directamente estos fenómenos particulares; los conceptos universales son igualmente conocidos por descripción.
Del conocimiento directo quedan explícitamente excluidos por Russell los objetos físicos, en cuanto distintos de los datos sensibles que producen, así como los estados psicológicos ajenos. De aquello que conocemos, todo cuanto no es conocido por familiaridad es conocido por descripción, y esto se aplica tanto a los fenómenos particulares como a los conceptos universales. El conocimiento por descripción tiene una importante función de permitirnos sobrepasar los límites de nuestra experiencia personal. Pero el conocimiento por familiaridad es la base de todo conocimiento, y a él es reducible el conocimiento descriptivo, pues "toda proposición que podamos entender debe estar compuesta enteramente de constitutivos con los que estemos familiarizados". La razón de esto ya la hemos visto: el significado que demos a nuestras palabras ha de ser algo con lo que estemos familiarizados.
La primera gran obra de Wittgenstein es el Tractatus Logico-Philosophicus. Tanto las conferencias de Russell (La filosofía del atomismo lógico) como el Tractatus de Wittgenstein contienen una nueva doctrina metafísica del mundo, una visión considerablemente abstracta de la naturaleza y de la composición última de la realidad.
Russell afirma que no hay un único concepto de significado, pues hay variadas relaciones entre los símbolos y lo representado por estos. En particular, la relación entre un nombre propio y el objeto nombrado por éste, y la relación entre una oración y lo que ésta representa son de índole totalmente diferente. Russell y Wittgenstein cuestionan las bases que Frege había sostenido en su análisis del lenguaje; así, cuestionan el que las frases asertóricas o declarativas refieran a valores de verdad, que toda expresión saturadasea nombre de algo (este principio se recusa para que en nuestra descripción del mundo no exista algo tal como el cuadrado redondo), ... Incluso los nombres propios no son sino descripciones definidas abreviadas que indican la cosa nombrada sin añadir información alguna sobre ésta.
De lo que se trata es de distinguir entre la función de nombrar o referir y la función de describir o representar la realidad. La primera es propia de los nombres, y la segunda de las oraciones (proposiciones).
El Tractatus contiene la teoría figurativa del significado, o del sentido. Según ella, una proposición es una figura (o representación) de una parcela de la realidad. Una proposición es una figura (una especie de mapa o dibujo peculiar) de una situación real (es decir, existente) o hipotética.
2.11 La figura representa los estados de cosas en el espacio lógico, la existencia y no existencia de los hechos atómicos
Comprender una proposición es conocer la situación o el estado de cosas que representa. Ser figura de una situación es lo mismo que describirla o ser un modelo de ella
4.023 La proposición es la descripción de un estado de cosas
4.024 Entender una proposición quiere decir, si es verdadera, saber lo que acaece
Quien entiende lo que dice una proposición sabe qué hecho describe esta proposición. En una proposición construimos una situación a modo de experimento, creamos un mundo con la ayuda de un armazón o andamiaje lógico, formado por palabras con significado.
4.023 La proposición construye un mundo con la ayuda de un armazón lógico; por ello es posible ver en la proposición, si es verdadera, el aspecto lógico de la realidad
Es de este modo que las proposiciones son modelos, son reproducciones de hechos o de situaciones imaginadas, forjadas a base de los recursos que nuestro lenguaje pone a nuestra disposición. Wittgenstein explica cómo una proposición es figura de la realidad. Parte de dos premisas: la primera es que una proposición es algo articulado lógicamente (como una pieza musical en la cual su composición exige un plan). La proposición sería un signo articulado.
4.032 La proposición es una figura de un estado de cosas sólo en cuanto está lógicamente articulada
La segunda premisa es que una proposición, así como el pensamiento que expresa, debe compartir con la situación que describa una misma estructura, a la cual Wittgenstein denomina forma pictórica o forma lógica
2.1513 ... pertenece también a la figura la relación figurativa que hace de ella una figura
2.1514 La relación figurativa consiste en la coordinación de los elementos de la figura y de las cosas
Proposición y realidad comparte algo: la forma lógica. Hay dos correlaciones: a) la de los elementos de la proposición con cosas de la realidad, y b) la de las relaciones entre elementos de la proposición con relaciones entre las cosas de la situación representada.
Veamos un ejemplo de su Diario filosófico:
La proposición «A combate con B». El nombre A corresponde en el hecho imaginado al combatiente A. El nombre b le corresponde al otro combatiente B, y, finalmente, a «combate con», que conecta los nombres de la proposición, le corresponde en el hecho la relación de «combatir con» que A mantiene con B. De esta manera la coordinación entre proposición y estado de cosas es perfecta. De aquí se deduce que la relación entre los elementos de la proposición y los elementos de la realidad ha de ser isomórfica. Hay un isomorfismo entre el lenguaje y la realidad.
Esto significa que a cada elemento de la proposición debe corresponderle un único elemento de la realidad, y únicamente uno. Por otra parte, siempre que los elementos de una proposición guarden entre sí alguna relación, sus imágenes (los correspondientes elementos de la realidad) deben guardar entre sí la relación correspondiente.
Wittgenstein concibe el lenguaje como la totalidad de las proposiciones. Esto equivale a afirmar que el lenguaje es la totalidad de figuras de todas las situaciones existentes o inexistentes.
4.001 La totalidad de las proposiciones es el lenguaje
Ahora bien, si antes afirmaba que el lenguaje es figura o modelo de la realidad, habrá que determinar cuales son los correlatos extralingüísticos de la proposición. Los elementos de la proposición que tienen correlatos en el mundo o en las situaciones imaginarias son los signos simples o nombres. Su función en la proposición es la de servir de representantes de objetos. Los nombres tienen significado, su significado es el objeto en lugar del cual están en la proposición. Son elementos simples que no se pueden analizar. Su significado lo obtienen en el contexto de la proposición. Toda proposición acerca de un complejo puede resolverse mediante el análisis en una proposición en la que todo lo esencial se diga mediante combinación de nombres (no obstante, dentro de las proposiciones no todo son nombres, sino que hay también partículas lógicas que no son nombres de nada). Las proposiciones elementales son meras combinaciones de nombres. A una configuración de nombres en la proposición le corresponde una configuración de objetos en una situación. Pero, ¿qué son esos objetos? Antes que nada, decir que son simples, no compuestos. Son los átomos, no físicos, sino lógicos, del mundo (es decir, lo que el análisis del lenguaje exige). Son los últimos constituyentes de todo lo demás, y en especial de los hechos y situaciones posibles.
Cuando los objetos se combinan forman lo que Wittgenstein llama estados de cosas. A los signos le corresponden los objetos, y a las combinaciones de signos le corresponden los estados de cosas. Sólo falta que unas y otras combinaciones compartan una misma estructura formal para que el ajuste lenguaje-realidad sea perfecto.
La teoría de los estados de cosas tiene dos consecuencias:
– con independencia de que las situaciones sean o no existentes, los objetos que las forman son inalterables, son lo que subsiste. La substancia del mundo.
2.021 Los objetos forman la sustancia del mundo, por eso no pueden ser compuestos
– una vez que se han dado todos los objetos, se han dado todas las posibles situaciones. Tan pronto como se ha fijado la totalidad de objetos, se ha determinado también qué puede y qué no puede entrar en el conjunto de los posibles estados de cosas.
De entre los estados de cosas, algunos existen y otros no. La realidad está configurada por la existencia y la no existencia de los estados de cosas.
1. El mundo es todo lo que acaece
1.1 El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas
2. Lo que acaece, el hecho, es la existencia de los estados de cosas
El mundo que dibuja el Tractatus es la suma total de la realidad, la suma total de unos y otros estados de cosas. El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas
1.13 Los hechos, en el espacio lógico, son el mundo
El espacio lógico es el espacio de todos los mundos posibles. En este espacio, nuestro mundo, el mundo está unívocamente determinado por la existencia de algunos estados de cosas y por la inexistencia de los restantes. Si otros hubiesen sido los estados de cosas existentes, otro hubiera sido el mundo. Todas estas alternativas al mundo son denominadas mundos posibles. El espacio lógico es el conjunto de todos los mundos posibles, así como del mundo real.
Para Wittgenstein, el sentido de una proposición es la situación que describe.
2.22 La figura representa lo que representa, independientemente de su verdad o falsedad, por medio de la forma de figuración
4.06 La proposición puede ser verdadera o falsa sólo en cuanto es figura de la realidad
Con estas nociones podemos caracterizar el espacio lógico. Si la realidad pudiese ser descrita por una sola proposición tendríamos:
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P |
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V |
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F |
Esto implica que “p” describe dos mundos posibles: uno en el que la proposición es verdadera y otro en el que es falsa. Si el mundo se describiera con dos proposiciones (por ejemplo P.1 «Hay orquídeas que viven enterradas» y P.2 «Marlowe escribió Otelo») tendríamos:
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P |
Q |
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V |
V |
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V |
F |
|
F |
V |
|
F |
F |
En general, podemos decir que el espacio lógico es el conjunto de posibilidades que podría tener el mundo cuando puede ser descrito de acuerdo con un número fijo de proposiciones elementales. El espacio lógico correspondiente a un número de proposiciones es lo que representa la tabla de atribución de los valores de verdad formada por todas las asignaciones de verdad simultáneas a las n proposiciones. Una vez dado un lenguaje (un conjunto de proposiciones) el espacio lógico correspondiente a este lenguaje contiene todo aquello que puede decirse con sentido mediante el lenguaje
2.202 La figura representa un estado de cosas posible en el espacio lógico
Más allá de este espacio lógico no queda ya nada que el lenguaje pueda representar
Para Wittgenstein sólo los hechos pueden ser figuras de estados de cosas. El lenguaje pertenece al mundo, de ahí que deba haber algún error en esa imagen en la que el lenguaje y el mundo son cosas separadas y contrapuestas. El error radica en vernos a nosotros mismos fuera del mundo y fuera del lenguaje. No existe ese lugar fuera del mundo y del lenguaje. Por otra parte, no podemos decir por medio de nuestro lenguaje cual es la estructura o forma lógica de las proposiciones y, por consiguiente, tampoco podemos decir cual es la forma lógica o estructura de la realidad. Para hacer esto tendríamos que salirnos de la lógica y del mundo, y esto no puede hacerse. La lógica traza los límites del pensamiento humano, haciendo que éste sea posible.
5.61 La lógica llena el mundo; los límites del mundo son también sus límites.
Nosotros no podemos, pues, decir en lógica: en el mundo hay esto y lo de más allá; aquello y lo otro, no.
Esto parece, aparentemente, presuponer que excluimos ciertas posibilidades, lo que no puede ser, pues, de lo contrario, la lógica saldría de los límites del mundo; esto es, siempre que pudiese considerar igualmente estos límites también desde el otro lado.
Lo que no podemos pensar no podemos pensarlo. Tampoco, pues, podemos decir lo que no podemos pensar.
Salirse de la lógica sería poder pensar lo ilógico, lo cual no es posible. Los frutos del pensar son las proposiciones. Si el lenguaje es la totalidad de las proposiciones con sentido, salirse de la lógica es salirse del lenguaje, y los límites del lenguaje son los límites del mundo. El lenguaje define el espacio de todas las situaciones descritas por él. Por eso es un límite. Para Wittgenstein si se nos preguntase cómo sería un mundo ilógico, no podríamos decirlo.
Aunque no pueda decirse cual es la forma lógica de una proposición, nuestro lenguaje muestra esas cosas. El lenguaje no hace factible decirlas, pero unas y otras encuentran reflejo, se manifiestan en él. El lenguaje dicta las condiciones bajo las cuales es posible el mundo y bajo las cuales hablamos del espacio lógico. La principal consecuencia del Tractatuses la de investigar sistemáticamente las conexiones entre lenguaje y realidad, es decir, la imposibilidad de la teoría semántica. Esas conexiones entre nombres y objetos, entre proposiciones y situaciones, pueden aprenderse, pues se reflejan en el lenguaje y en el uso que hacemos de él.
Wittgenstein propone un criterio para distinguir las proposiciones con sentido de las que no lo tienen:
6.53 El verdadero método de la filosofía sería propiamente este: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural – algo, pues, que no tiene nada que ver con la filosofía –; y siempre que alguien quisiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones. Este método dejaría descontentos a los demás – pues no tendrían el sentimiento de que estábamos enseñándoles filosofía –, pero sería el único estrictamente correcto
La filosofía, pues, no es el conjunto de proposiciones verdaderas. La totalidad de las proposiciones verdaderas constituyen la ciencia natural. La misión de la filosofía es explorar esa posibilidad del espacio lógico que es el mundo. La filosofía es un esclarecimiento lógico del pensamiento, a saber, el análisis lógico del lenguaje.
El lenguaje oculta o disfraza el pensamiento. La filosofía está plagada de errores debido a la equivocidad de los signos. Hay que construir un sistema de signos regido por una adecuada sintaxis lógica en la que a cada símbolo le corresponda únicamente un signo. Desde un punto de vista filosófico, perseguir un sistema así es uno de los objetivos del análisis lógico. La filosofía tiene que fijar las fronteras del pensamiento (y de la ciencia natural), es decir, especificar las condiciones de lo que puede decirse.
Una consecuencia de esta concepción es que las proposiciones éticas son imposibles.
6.421Es claro que la ética no se puede expresar.
La ética es trascendental
(Etica y estética son lo mismo)
Por ejemplo, si yo digo que es bueno moralmente honrar a los padres, esta proposición es ilocalizable en el espacio lógico, ya que esta afirmación no describe ningún hecho del mundo. Los valores morales o éticos no son cualidades del mundo. Una máxima moral pretende ver el mundo desde fuera y compararlo con otros mundos posibles. Pero esto no puede hacerse ya que esto no lo podemos encontrar en el espacio lógico.
6.422 El primer pensamiento que surge cuando se propone una ley ética de la forma «tú debes» es: ¿y qué si no lo hago?
La odisea del filósofo es que sus doctrinas han traspasado los límites del sentido. Para la filosofía el único camino posible es el análisis lógico.
6.521La solución del problema de la vida está en la desaparición de este problema
(¿No es ésta la razón de que los hombres que han llegado a ver claro el sentido de la vida, después de mucho dudar, no sepan decir en qué consiste este sentido?)
6.54 Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprende haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido).